¿El sistema tributario está preparado para una revaluación permanente?

Revista Nº 143 Sep.-Oct. 2007

Javier N. Rojas 

Especial para la Revista Impuestos 

Después de 17 maratónicas jornadas, que culminaron el pasado 5 de junio, un grupo de reconocidos expertos en temas macroeconómicos, miembros de la Comisión Independiente del Gasto Público, dictaminó: “el ritmo de crecimiento del gasto público, en lugar de la tasa de cambio, debería ser el tema central del debate económico nacional”.

Esa apreciación de los especialistas opacó las repetitivas voces de diversos sectores y analistas que, hasta entonces, señalaban la pérdida de valor del dólar con respecto al peso (revaluación) como el principal tema económico de discusión del momento.

Los cinco integrantes de esa comisión, de manera unánime, expresaron que su mensaje al gobierno pedía disminuir el gasto del presupuesto nacional y reclamaron “ahorrar para reducir la deuda pública. Ahorrar para moderar el exceso de demanda, combatir la inflación y atenuar el proceso de revaluación del peso. Ahorrar para asegurar un crecimiento sostenible, generar empleo formal y proteger el bienestar de las familias colombianas”.

En la parte diagnóstica del documento de análisis y recomendaciones que se le entregó al Gobierno, se observa que, entre enero del 2003 y mayo del 2007, la tasa de cambio nominal disminuyó el 34%, es decir que el peso ganó valor en esa proporción frente al dólar.

Con tono académico, la comisión advierte que para una mejor comprensión de la coyuntura cambiaria, “la atención debe centrarse en la tasa de cambio real más que en la tasa de cambio nominal”. Precisa que esta última refleja el precio al que se compran o venden divisas, mientras la anterior “indica el poder de compra de la moneda nacional frente a un conjunto de monedas extranjeras”. A renglón seguido, afirma que la competitividad de los productos colombianos está directamente relacionada con la tasa de cambio real y no con la nominal.

Así mismo, asegura que la tasa de cambio real disminuyó cerca del 16%, entre enero del 2003 y abril del 2007. “Desde una perspectiva histórica, la coyuntura cambiaria no parece ofrecer motivos de alarma”, sostiene la comisión, respaldando esta afirmación al explicar que el nivel actual de la tasa de cambio real es el 20% más alto que el promedio del índice desde 1970, año que se toma como base para este estudio económico. La comisión comenta, además, que el nivel de la tasa de cambio del momento está “en los mismos niveles anteriores a la devaluación de comienzos de la presente década”.

Clave de competitividad

Con relación a este estudio, el experto en comercio exterior Jorge Ramírez Ocampo asegura que la conclusión es que la principal causa de la revaluación en el país es el gasto público y no el déficit fiscal, “especialmente el gasto de funcionamiento, pero también el gasto de inversión social, que se destina a la compra de bienes y servicios no transables”, es decir, aquellos que no se pueden importar ni exportar, cuyos precios dependen exclusivamente de la oferta y la demanda internas.

Ramírez sostiene que el gasto público incrementa la demanda interna sin aumentar la oferta, “lo que incide en unos mayores precios y, paradójicamente, esos bienes y servicios no transables determinan que un país sea competitivo o no, porque todo lo demás se puede importar del exterior, cuando convengan los precios internacionales”.

Aunque, para la comisión, el punto neurálgico en el manejo macroeconómico del país es el gasto público, el tema de la revaluación no puede perderse de vista, pues, además de representar un estímulo aparente a las importaciones y aminorar los ingresos por las exportaciones, también tiene algunas incidencias en materia tributaria.

El especialista en derecho aduanero y comercio exterior de la firma Deloitte Pedro Sarmiento recuerda que en Colombia siempre se había tenido un proceso de devaluación llamado “gota a gota”. “El problema es que nos cambiaron la partitura de la noche a la mañana, y no sabemos manejar un escenario nuevo, en donde nuestro peso se fortalece”. Por eso, considera inaplazable convocar una comisión gubernamental que estudie el tema y proponga una estrategia para atender este fenómeno.

En lo atinente al impuesto sobre la renta, las normas señalan que tales fluctuaciones de la tasa de cambio se deben reconocer inmediatamente, en el momento en que se registran las transacciones económicas valoradas originalmente en dólares, comenta el contador y tributarista Horacio Ayala.

Una fuerte fluctuación de la tasa de cambio en el mes de diciembre, afirma Ayala, puede, en la práctica, generar un impacto grande en los resultados de ese ejercicio, que se compensarían en el mes siguiente.

No obstante, sigue Ayala, se encuentran resultados completamente disímiles en dos años, que no corresponden a una realidad económica, sino a un fenómeno completamente extraño. Esto afecta negativamente el principio contable de la comparabilidad, conforme al cual los estados financieros que se presenten deben ser comparables entre sí.

Pasivos entre vinculadas

La revaluación tiene ciertos efectos en el balance general de las empresas, sostiene el tributarista de la firma Deloitte Mario Andrade. Y señala que dada la apreciación del peso con relación al dólar, un pasivo de una firma establecida en Colombia, registrado en tal moneda, disminuye de valor en la misma proporción en que se aprecia el peso. Explica, además, que cuando aquel pasivo se ha originado en una operación con un tercero o con un relacionado (del mismo grupo empresarial) y corresponde a una deuda de corto plazo, por importación de materia prima o de producto terminado, constituye una deuda desde el punto de vista fiscal y, en consecuencia, reduce el volumen de los activos.

Así, en la medida en que aquel pasivo disminuye por causa de la revaluación, afirma Andrade, el activo bruto o el patrimonio se va incrementando, lo que origina, por lo menos, dos efectos claros. En primer lugar, si una compañía tributa por renta presuntiva, posiblemente deba pagar un mayor impuesto.

Y, en segundo término, si en el futuro una empresa se ve sujeta a un nuevo impuesto de patrimonio, va a tener que pagar una tasa mayor o, eventualmente, se volverá responsable de este.

Afirma Andrade que los activos nominados en dólares también experimentan una reducción del valor producto de la revaluación: “Si ingresaron a la contabilidad 100 unidades de un producto determinado, cada una con un costo de 20 dólares, pues se tenía un valor total contable de 2.000 dólares en ese tipo de activos. Pero si ahora el costo de esas unidades es de 10 dólares, sencillamente se tienen 1.000 dólares como valor total, o sea que se registra una reducción del activo, con los mismos efectos tributarios mencionados anteriormente en el caso de un pasivo con valor en dólares”.

Comenta, por otro lado, que el aumento de la revaluación reduce los ingresos, particularmente en las compañías exportadoras. Esto impacta el impuesto sobre la renta, pues “deben reconocer, en los estados financieros, un menor ingreso, y si no se tienen costos o gastos que se comporten de manera similar, es decir, que también tengan un componente externo, seguramente se va a mermar la utilidad y, en consecuencia, a reducir el impuesto sobre la renta”.

Efectos en la deuda externa

Pese a esa circunstancia desfavorable para los exportadores, la situación ha sido positiva para el Estado, porque tenía una deuda pública externa muy importante. Entonces, al sopesar los efectos en el caso de los exportadores frente a la reducción del pasivo que obtiene el país como resultado de una revaluación, se encuentra un saldo positivo, pues la deuda de la Nación se reduce, sostiene Andrade; agrega además, que cuando el pasivo entre compañías relacionadas, sea consecuencia de un fenómeno como la revaluación, debe desaparecer. Por ejemplo, si se tienen unos activos por 100 dólares y un pasivo por 20 dólares, entonces el patrimonio equivaldría a 80 dólares. Pero si por causa de la revaluación ese pasivo se reduce a 10 dólares, el patrimonio pasaría a ser aparentemente de 90 dólares en términos contables.

Sin embargo, esa reducción del pasivo en 10 dólares en realidad no existe y, desde el punto de vista tributario, no se debe considerar un pasivo, pues simplemente es un valor que se elimina. Probablemente, en una situación similar, sostiene Andrade, se cancele el pasivo de inmediato. Entonces, “ahí sí se estarían ganando 10 dólares por efecto de la revaluación”.

Asegura que, en tales condiciones, los exportadores no suelen tener la capacidad de cancelar la deuda, dado que su utilidad se está reduciendo. Por el contrario, los importadores que abastecen el mercado interno sí se encuentran en una situación ventajosa para liquidar esas deudas en dólares.

“El solo hecho de que se haya adquirido una deuda en dólares equivalente a 2.000 dólares y hoy sea de 1.000 dólares significa que hay un ingreso en el estado de pérdidas y ganancias, que es gravable y que paga impuesto sobre la renta, porque representa un incremento patrimonial”, explica Andrade.

Imperio de la ley

De acuerdo con este especialista, si existen unas deudas de una empresa en Colombia con la casa matriz u oficina principal ubicada en el exterior y tienen más de 12 meses, la diferencia en cambio por causa de la revaluación, que se refleja como un ingreso, no se considera deducible del impuesto de renta. “Ahí hay una injusticia”, advierte.

Si ocurriera una devaluación, debería considerarse ese mayor egreso por causa de un pasivo en dólares —cuyo valor aumenta— como no gravable. Según Andrade, “ahí es donde radica la injusticia”.

Insiste en que lo lógico sería que como en épocas de devaluación no se puede deducir la diferencia en cambio obtenida en este tipo de operaciones, tampoco se debería, en tiempos de revaluación, pagar impuestos en estos casos. “Hay una asimetría tributaria”, advierte.

En otros países, existen modelos en los cuales se aísla el tributo de toda diferencia en cambio (devaluación o revaluación), o sea que aquella originada por la simple fluctuación de las monedas no se grava. “Cuando se realice la diferencia en cambio, es decir, cuando se pague el pasivo o se recupere el activo y haya una diferencia monetaria positiva o negativa entre la fecha en la que se contrajo la obligación y en la que se paga, ahí sí se tiene derecho a una deducción, si es negativa, o se deben pagar impuestos, si se trata de una diferencia positiva producto de la revaluación”, expresa Andrade.

En Alemania, asegura este especialista, se aísla la diferencia en cambio no realizado, tal vez porque se tendría que exigir el pago anticipado de un impuesto o se permitiría la deducción en materia del impuesto de renta de ingresos que no son procedentes: “Hasta que no se realice la utilidad o la pérdida, no vale la pena que el Estado le establezca un mayor impuesto o le permita una deducción al contribuyente”.

Comenta que las operaciones entre empresas vinculadas siempre han estado bajo cierta restricción, aunque ahora existe algo de flexibilidad. Para este tipo de compañías, un endeudamiento por compras a una entidad del exterior que pase de 180 días deja de ser una importación y se convierte, cambiariamente, en un endeudamiento externo, que afecta la balanza de pagos de la Nación.

“Al país y a las autoridades monetarias no les gusta eso. Es como una especie de llamado para que, antes de que pase esa situación, se cancele el pasivo y se eviten consecuencias jurídicas tributarias no deseables, por ejemplo, que no se le considere como un pasivo o que la diferencia en cambio no sea deducible del impuesto de renta”, asegura Andrade.

Afirma que se trata de medidas para impedir que el endeudamiento externo de ciertas entidades extranjeras se incremente de manera exorbitante: se les brinda un plazo de seis meses para que roten el inventario. Pasado ese tiempo, tienen que cancelarlo, porque, de lo contrario, se sujetan al régimen de endeudamiento externo.

En otros países, se establece la llamada capitalización delgada. Bajo esta modalidad, expresa Andrade, se permite un endeudamiento de uno a tres, es decir, por cada unidad de moneda que exista de patrimonio, se autorizan tres de deuda. Al que pase de ese pasivo, no le permiten deducir los intereses ni la diferencia en cambio del impuesto de renta.

Colombia tiene un modelo híbrido. “Algún día tiene que adoptar la capitalización delgada, porque todos los países lo están haciendo y quizás el que no la incorpore tendrá una desventaja competitiva en esa materia”, asegura Andrade.

Cuentas pendientes

Cuando se habla de cuentas por cobrar, sostiene el tributarista Mario Andrade, en el caso de una compañía que vende al exterior un conjunto de bienes y servicios y no le pagan en el término previsto, se tiene que hacer una provisión de cartera.

En una circunstancia de revaluación, el valor de ese activo, llamado cuentas por cobrar, se reduciría e igualmente la provisión de cartera se vería disminuida, o sea que la deducción, para efectos del impuesto de renta correspondiente a tal provisión, también se contraería, situación que originaría eventualmente un mayor ingreso sujeto al impuesto sobre la renta. Debido al fenómeno de la revaluación, las provisiones de cartera de las empresas con ventas al exterior se han reducido.

Andrade explica que cuando una empresa ha solicitado la deducción en el impuesto sobre la renta derivada de una cuenta por cobrar en dólares, en la medida en que el activo vale menos, producto de la revaluación, la deducción también tiene que reducirse. Entonces, esa diferencia de lo que ya se había solicitado como deducible constituye un ingreso por recuperación de deducciones, que representa un ingreso gravado, precisa.

Por otro lado, manifiesta Andrade, en materia del impuesto sobre las ventas, la revaluación no tiene efectos evidentes sobre el cálculo del mismo, “porque esta no implica la compra o venta de productos tangibles ni tampoco la importación de bienes, ni es la prestación de un servicio”. Resulta claro que no tiene incidencia alguna sobre este, arguye el especialista.

Por su parte, el especialista Horacio Ayala señala que la tributación indirecta en el sistema colombiano se ajusta por sí misma a la revaluación, dado que la base gravable depende de los precios de las transacciones. Explica, en cuanto a las importaciones, que el Estado deja de recibir dineros en la medida en que estas se liquidan a un valor inferior en materia de aranceles e IVA.

En relación con las inversiones nominadas en moneda extranjera, Andrade asevera que con la revaluación se presenta reducción en el valor de las mismas y tal diferencia, por la variación del tipo de cambio del dólar con respecto al peso, teóricamente debería deducirse en materia de impuesto de renta, pues aquellas tenían un valor mayor en el pasado.

La deducción con respecto a las inversiones en títulos valores en dólares es un tema que genera debate. En opinión de Andrade, “es procedente, porque si se registrara una devaluación, originaría un ingreso por diferencia en tipo de cambio, que sería gravada; no veo cómo ahora, que se presenta revaluación, no se permite la deducibilidad. Creo que debe permitirse y se debe solicitar válidamente”.

En lo concerniente al impuesto de industria y comercio (ICA), los exportadores, en general, no acusan ningún efecto por la revaluación, porque las exportaciones están exoneradas de aquel. Sin embargo, en la medida en que esa revaluación se haga efectiva, es decir, se vuelva líquida, eventualmente sería parte de la base del ICA.

Andrade precisa que tal posibilidad no aplica a las operaciones de ventas en sí, sino al movimiento de los pasivos o de los activos. Considera que se trata de una situación un tanto injusta, porque la ley determina, acerca del ICA, sobre todo en Bogotá, que si la revaluación genera un ingreso no operativo, este será materia imponible en lo pertinente al ICA.

Alcances del impuesto local

“Me parece que, en ningún caso, la diferencia en cambio puede ser gravada con industria y comercio, porque la revaluación no constituye una actividad industrial, comercial ni de servicios. Pero la administración distrital de impuestos no ve eso así, pues la califica como un ingreso”, asevera Mario Andrade.

Cuando se establece, conforme a la norma, cuál es la base gravable o derecho imponible del ICA en Bogotá, se evidencia que son prácticamente todos los ingresos. Por lo tanto, cuando se presenta una revaluación y se tienen pasivos en dólares, se registra un ingreso por diferencia en cambio que es no operacional, pero se toma como un ingreso para fines fiscales.

Por su parte, Magda Montaña, experta en derecho tributario, afirma que el aparente ingreso de un contribuyente debido a la reducción de una deuda en dólares por efecto de la revaluación no puede ser un hecho gravable con el ICA, porque no corresponde a una actividad económica propia de aquel, como la venta de un bien o la prestación de un servicio. Sin embargo, cree que sería interesante debatir si esa clase de ingreso se puede registrar como un mero ajuste contable.

Por otra parte, como punto de partida de una reflexión que pretenda establecer cuándo ciertos ingresos pueden ser afectados por el ICA, Montaña recomienda tener presente que este último “grava los ingresos por realizar actividades en una jurisdicción municipal del país, independientemente de si tal operación se factura en dólares”.

El experto Ayala cree que las normas tributarias tienen herramientas para atender los vaivenes en una y otra dirección: de revaluación y de devaluación. Pero, a pesar de que se ha vivido un período largo de revaluación, existe la esperanza de que se trate de un fenómeno transitorio. La experiencia revela que en materia económica, esos movimientos son cíclicos.

Ayala cree que el comportamiento del dólar frente a las diversas monedas ha sido una sorpresa, dada la costumbre internacional de que el patrón dólar marcara la pauta en materia económica. Esta situación ha variado con el fortalecimiento del euro en sus primeros años de existencia.

Comenta que ese contexto mundial conlleva a reflexiones particulares respecto al hecho de que el país, como regla general —de acuerdo con las normas contables y tributarias—, ha valorado las inversiones extranjeras a la tasa representativa del mercado, sobre la base de que esta refleja la realidad económica de las empresas y de sus inversiones en el exterior.

La volatilidad que caracteriza las tasas de devaluación o de revaluación de la economía globalizada muestra que se debe ser muy cauto en materia de flujos internacionales de inversión y tomar previsiones, para no llevarse sorpresas desagradables como las que les ocurrieron a los inversionistas españoles en Argentina debido a la fuerte devaluación sufrida por esa nación hace algunos años. Así mismo, se recomienda aplicar el principio de la prudencia para registrar en la contabilidad las operaciones en dólares.

El especialista de Deloitte Pedro Sarmiento afirma que en empresas con capital extranjero que tienen transacciones con vinculados del exterior, cuyas operaciones deben ser sometidas al modelo de precios de transferencia, la revaluación les está generando menores utilidades.

Explica que tal situación ocurre, porque prepararon los presupuestos de producción y ventas con ciertos valores, sobre los cuales habían construido el escenario financiero, proyecciones que al no cumplirse, por efecto de la revaluación, conducen a la disminución del margen de rentabilidad, “al punto de que en algunos eventos tendrían que reajustar su tributación a los precios del mercado que se establecen mediante la metodología de precios de transferencia”.

Sarmiento anota que el Gobierno había dicho que, en esos casos, se presentaba un efecto compensatorio, “pero no lo hay”. Si los presupuestos están definidos para una economía normal y ocurre una gran revaluación imprevisible del peso, “se genera un problema de rentabilidad de la empresa y, en determinado momento, esta asume una carga tributaria mayor”, concluye.