Aspectos laborales de los grupos de empresas

Revista Nº 133 Ene-Feb. 2006

La concentración empresarial ha traído consigo una nueva forma de organización de la actividad económica: los grupos de empresas.

Alejandro Castello(1) 

(Uruguay)

En los albores de la sociedad capitalista el rol dominante de la economía recayó sobre el comerciante y el productor individuales, que fueron el motor de la producción y los negocios. En la economía clásica el modelo se estructuraba —al menos en teoría— sobre un régimen de competencia perfecta, con un mercado al que concurrían un sinnúmero de productores de bienes y prestadores de servicios que tendrían la calidad de oferentes y demandantes. Bajo ese enfoque el mercado operaría como regulador impersonal y automático de los intereses que concurrían al mismo, ninguno de los cuales tendría por sí solo el poder para influir sobre la dimensión de la oferta o la demanda, ni sobre el precio del producto o servicio.

El desarrollo del sistema capitalista de producción, el avance tecnológico y la profundización de la competencia comercial en el ámbito nacional e internacional han traído consigo un nuevo fenómeno económico: la concentración empresarial, y esta, a su vez, una nueva forma de organización de la actividad económica: los grupos de empresas.

En cuanto a las causas o razones que generan e impulsan el fenómeno de la concentración empresaria y la creación de grupos de empresas, una lista no taxativa podría ser la siguiente:

(i) Libre competencia: la tendencia natural de la economía capitalista y de la libre competencia es a la concentración de capitales y a la conformación de monopolios;

(ii) Innovación tecnológica: el acceso a la alta tecnología muchas veces es solamente rentable con el crecimiento económico concentrado en las grandes unidades productivas;

(iii) Inversión en investigación y desarrollo: en general, solamente en empresas de gran dimensión es posible desarrollar la investigación científica y tecnológica;

(iv) Abastecimiento y mercado: en ciertos casos la necesidad de acceder a insumos y mercados, y asegurar los mismos, genera la conformación de agrupamientos de empresas —concentración vertical—. Se señala que gracias a la unión económica, los grupos poseen una mayor facilidad en el acceso al mercado de trabajo y consiguen una ampliación del volumen de producción;

(v) Autopotenciación: la concentración es un fenómeno que se retroalimenta ya que puede generar, a su vez, que las empresas competidoras sigan una estrategia igual de organización de la actividad, para así no quedar relegadas en el mercado y equilibrar las posibilidades de competencia;

(vi) Coyunturas económicas: la coyuntura expansiva por la que puede atravesar la economía nacional, regional o internacional puede determinar, en ciertos casos, un incentivo a las concentraciones. De esta forma, períodos de auge o expansión económica pueden coadyuvar a la integración vertical u horizontal de las empresas y a la concentración de las unidades empresariales;

(vii) Integración regional: la disminución o eliminación de restricciones arancelarias y paraarancelarias para el intercambio comercial en el espacio integrado, aumenta la competencia económica y comercial, lo que directa o indirectamente induce la conformación de agrupaciones y concentraciones como estrategia de crecimiento o supervivencia. Así, se señala que la creación de la Comunidad Económica Europea —hoy Unión Europea— ha fomentado la concentración de capitales;

(viii) Relaciones de cooperación que se convierten en dominación económica: Puede suceder que una integración que nació siendo de mera colaboración comercial entre empresas, termina convirtiéndose en relaciones de dominación o directamente de concentración integral;

(xi) Modificaciones en las modalidades de comercialización: imponer una marca constituye muchas veces el valor más importante en el proceso de producción o comercialización. Para ello se requieren elevados recursos económicos e inversiones, que difícilmente puedan ser aportados por empresas atomizadas o aisladas. El carácter cambiante de las estrategias de comercialización en la sociedad capitalista contemporánea se refleja en el expansivo fenómeno de la franquicia. Se señala que las empresas matrices se han dado cuenta de que sus activos intangibles —concepto y marca— tienen mucho más valor que los activos de las franquicias tangibles —fábricas, instalaciones, maquinaria y materias primas—. En unas pocas décadas las franquicias han crecido de forma tal que se han convertido en el medio más importante de la nueva organización de los negocios desde el advenimiento de las modernas corporaciones a principios del siglo XX. En estos casos, el poder económico no se ejerce directamente por la propiedad y control de los bienes físicos de un negocio, sino por el control del uso de los bienes intangibles. Con la franquicia, las grandes empresas comienzan a crear pequeñas unidades productivas que actúan como sus filiales. De esa manera, los pequeños empresarios se convierten en “asociados” de las grandes empresas, cediendo su autonomía a cambio de obtener el acceso a la economía de escala que ofrece ventajas competitivas.

(x) Política crediticia: en ciertas ocasiones la política crediticia de los bancos empuja la concentración empresaria. La banca, en especial la internacional, normalmente prefiere financiar a los conglomerados o grupos de empresas antes que a compañías solitarias e independientes. Se afirma que la concentración de empresas otorga posibilidades de acceder a créditos externos e internos, lo que estimula el proceso de conformación de agrupamientos de empresas;

(xi) Mejor aprovechamiento de los medios para autofinanciarse: los grupos de empresas pueden aprovechar las reservas de las diversas unidades que lo componen. Se facilita así la autofinanciación por medio de la reinversión explícita u oculta de utilidades y la generación de flujos financieros, que por la unidad de dirección y gestión pueden ser destinados racionalmente según las necesidades de fondos de los distintos integrantes del grupo;

(xii) Debilidad de las empresas independientes: la escasez de recursos propios con qué atender el crecimiento normal de la empresa y sus dificultades de competencia, alientan la búsqueda de alianzas, concentraciones, fusiones, etc.

(xiii) Política fiscal: en muchos casos la concentración es consecuencia del régimen fiscal de un país. La creación de grupos de empresas puede responder a una estrategia de organización de la producción que tenga como resultado final la disminución de la carga fiscal y el aumento de los niveles de competitividad y de las utilidades, o el aprovechamiento de beneficios fiscales;

(xiv) Competitividad internacional: la eliminación progresiva —pero constante— de barreras arancelarias y no arancelarias a la libre circulación de bienes, servicios y capitales entre los países y regiones que hace cada vez más abiertos los mercados, y, a su vez, el avance de la integración de los mercados financieros en el ámbito global, constituirían factores que estarían generando un aumento de la competencia comercial internacional y, por derivación, un incentivo a las estrategias de concentración empresaria;

(xv) Descentralización productiva: por último, aunque parezca contradictorio, la formación de grupos de empresas en ciertos casos puede ser el resultado de una estrategia de descentralización de las actividades de una compañía, que se tornó demasiado grande, pesada o que, por razones tecnológicas, organizativas, económicas, financieras, sindicales, de especialización o de cualquier otra índole, requiere la creación de empresas formalmente independientes, que no por ello dejan de constituir una unidad económica y de decisión.

La instauración de estructuras multiformes permite generalmente un mejor aprovechamiento de los recursos económicos y tecnológicos, y, en especial, una disminución de los costos y una flexibilidad en la gestión de cada unidad económica. La concentración económica mediante la creación de unidades formalmente autónomas, pero sometidas a una unidad de dirección o agente de control, responde también al interés empresarial de separar los patrimonios y diseminar los riesgos económicos. Como se verá seguidamente, esto sucede principalmente en aquellos sistemas jurídicos en los que aún hoy se mantiene la postura de que no existe comunicación de responsabilidad en el marco del grupo de empresas.

No existe una definición universalmente aceptada de qué es un grupo de empresas. Al concluir este trabajo, se optó por definir al mismo, como aquel que se constituye cuando dos o más empresas se relacionan por vínculos estables de dominación o control, sea este directo o indirecto, interno o externo, o se encuentran bajo la influencia dominante de una o más personas físicas o jurídicas, con independencia de la forma jurídica u organizativa que adopten —centralizada o descentralizada— y actúen bajo una dirección económica unificada.

La definición por la que se inclinó, supone excluir de la noción de grupo de empresas una serie de elementos que son accesorios o contingentes, como por ejemplo:

a) El tipo de actividad que desarrollan las empresas —puede tratarse de actividad industrial, comercial, agropecuaria, financiera o de cualquier otra índole económica—. Además, no necesariamente tiene que existir conexión, complementariedad o sucesividad entre los giros de las empresas.

b) Tampoco interesa la naturaleza jurídica de la empresa. Si bien normalmente el grupo se integra con sociedades comerciales, podrían formar parte de él, cooperativas, asociaciones civiles, entidades públicas, fideicomisos, empresas unipersonales, etc.

c) El tipo de control que se ejerce sobre las empresas, que puede ser interno —u orgánico—, externo —o económico— o personal, salvo que la legislación excluya expresamente alguno de ellos.

d) La forma en que se organizan las empresas del grupo. No es indispensable que exista una sociedad madre o matriz, podrían existir formas de organización descentralizada e inclusive centros de poder múltiples.

e) La existencia de fraude, abuso de derecho, conducción temeraria o desviada. El comportamiento del grupo puede tener relevancia en ciertas legislaciones para justificar la comunicación de responsabilidad en el grupo, pero no para delimitar su concepto.

f) El motivo o causa por la cual se creó el grupo. Es perfectamente lícito que la fragmentación de la empresa en múltiples sujetos de derecho obedezca a la intención de limitar la responsabilidad, diversificar los riesgos, obtener un mejor posicionamiento en el mercado, optimizar los recursos, etc.

g) La mera coincidencia de algún director o administrador entre distintas empresas. La colocación de personas en los órganos de dirección de una empresa constituye una forma de control o dominación de tipo personal, solo si permite asegurar el resultado de las decisiones que se adopten.

h) La existencia de contratos comerciales estables entre empresas. Es frecuente que se entablen relaciones comerciales de diverso tipo entre empresas, que inclusive pueden dar lugar a fenómenos de alianzas estratégicas en el mercado o de subcontratación e intermediación laboral. Sin embargo, ello no puede confundirse con la existencia de un grupo de empresas, salvo que se verifique un régimen de control y dirección económica unitaria.

La observación de la realidad demuestra que la fenomenología de los grupos es sumamente compleja y variada, encontrándose en constante evolución, al punto de que se ha afirmado que existen tantos tipos de grupos como grupos existen en la realidad.

Inicialmente los grupos de empresas estaban constituidos sobre una base claramente jerarquizada y vertical, a cuya cabeza se encontraba una empresa madre o controlante. La empresa matriz no solamente tenía control orgánico —generalmente por tener participación en el paquete accionario— sobre las empresas subordinadas —filiales—, sino que, además, las conducía de manera unitaria —dirección unitaria—.

Los grupos de empresas jerárquicos o por subordinación son aquellos en los que una o varias empresas se hallan bajo el control directo o indirecto de otra u otras compañías o personas físicas, que ejercen en forma directa o indirecta la dirección total o parcial de los negocios sociales de aquellas, agrupándose en torno a una relación jerárquica de dependencia. En los grupos verticales la dirección unitaria es ejercida por una empresa matriz.

El fenómeno de la descentralización productiva ha provocado que la doctrina haya comenzado a hablar de grupos de empresas centralizados, que serían los grupos tradicionalmente constituidos sobre una base claramente jerarquizada y vertical a cuya cabeza se encuentra una compañía madre o controlante que ejerce la dominación del resto, y de grupos de empresas descentralizados en los que sus integrantes están dotados de un mayor grado de autonomía productiva, organizativa y de gestión, pero se encuentran vinculados por lazos de dominación formal.

En ambas formas de organización del grupo existen lazos de dependencia, pero la diferencia radica en el margen de autonomía funcional que existe en uno y otro caso. La distinción entre ambas formas de organización del grupo de empresas no siempre tiene carácter meramente teórico, pedagógico o expositivo. Así, en la jurisprudencia española muchas veces se considera que el levantamiento del velo en materia laboral es un remedio adecuado cuando se está en presencia de grupos altamente centralizados, pero no sería una solución correcta cuando la empresa deudora en cuestión haya disfrutado de un margen relevante de autonomía empresarial y la deuda laboral pueda imputarse más específicamente a ella y no tanto al ejercicio de la dirección unitaria.

Cuando las unidades del grupo carecen de poder para imponer sus propios objetivos y dicho poder recae en una sola de las empresas, se configura una relación de dependencia o control que se traduce en la constitución de un grupo por subordinación. En cambio, cuando el poder de negociación de las unidades del grupo es suficiente para imponer o, al menos, influir sobre los objetivos y las estrategias globales del grupo, se instituye una relación horizontal o de igualdad, que, en ciertos casos, puede derivar en la constitución de un grupo de coordinación.

En los grupos por coordinación las empresas se encuentran situadas —al menos teóricamente— en un plano de igualdad, con equivalentes poderes de influencia sobre la dirección del grupo. En esos casos, la independencia jurídica y económica de cada una de las compañías integrantes del grupo no se ve afectada, por lo que no existe dependencia o control de ninguna clase. En todo caso, la estrategia común que sigue el grupo, que podría identificarse con la noción de dirección unificada, no es consecuencia del ejercicio de un poder de control o dominación, sino de la voluntad propia de cada empresa que ha resuelto libremente trasladar parte de su poder decisorio empresarial a favor de la estructura grupal.

Ejemplos de grupos por coordinación son los grupos de interés económico —también denominados agrupaciones de interés económico—, los consorcios —también llamados uniones temporales de empresas—, las sociedades accidentales y los joint ventures. También ingresarían en esa categoría, las vinculaciones entre empresas que son consecuencias de acuerdos comerciales que implican formas de cooperación e interconexión más o menos estables, como el franchising, el suministro, el know how, la asistencia financiera y otras modalidades de colaboración.

Sin embargo, en algunos casos los grupos por coordinación pueden deformarse y evolucionar hacia formas de dominación externa —económica— o interna —orgánica—, en las cuales una sola de las empresas pasa a tener injerencia determinante en el proceso de toma de decisiones de las demás compañías integrantes del grupo. Debe tenerse en cuenta que la estructuración de los grupos es dinámica, por lo que perfectamente se puede pasar de un grupo de empresas por subordinación a uno de coordinación o viceversa. En estos casos, el grupo en cuestión dejará de considerarse como de coordinación para pasar a ser de subordinación.

Para una importante corriente de opinión, los grupos horizontales, paritarios o por coordinación deben situarse en el terreno de la cooperación interempresarial y no en el de los grupos económicos. La inexistencia de subordinación o dependencia en cualesquiera de sus formas excluiría a los grupos por coordinación de la calificación de grupos de empresa, constituyendo únicamente una forma de colaboración empresarial.

En el caso de España, la jurisdiccional social no le atribuye ninguna responsabilidad laboral a los grupos por coordinación, salvo que los mismos estén constituidos por empresas aparentes o ficticias. El calificativo de grupo de empresas queda reservado únicamente para los grupos por subordinación. Ello se debe a que en este tipo de grupo las compañías no están en relación de dominación-dependencia, sino de igualdad económica y jurídica.

Otra clasificación de los grupos frecuentemente mencionada por la doctrina es la de grupos de derecho o contractuales y grupos de hecho o fácticos. Los grupos de derecho son aquellos constituidos de acuerdo con los instrumentos jurídicos que el ordenamiento establece a esos efectos —generalmente el contrato—, mientras que los grupos de hecho o fácticos son aquellos que no se crean conforme a un instrumento predeterminado por la ley. Esta clasificación tiene especial aplicación y relevancia en el derecho alemán, donde la legislación prevé la constitución de grupos de empresas a partir de un contrato de dominación, lo que ha dado lugar a que, ante la ausencia de contrato, la doctrina y jurisprudencia hablen de grupos de hecho o fácticos.

En función de la fuente que da origen a la dirección unitaria, también se clasifica a los grupos en grupos de base societaria, que serían aquellos en los que aquella nace de la propiedad de participaciones o acciones en el capital, las filiales o subsidiarias por parte de una empresa matriz; grupos contractuales, en los cuales el poder de dirección deriva de un contrato, y grupos personales, en los que la dirección unitaria se fundamenta en la coincidencia de las personas que ocupan el cargo de administradores en las diferentes sociedades agrupadas —generalmente la identidad radica en los lazos familiares—.

Otra clasificación es la de grupos de actividad homogénea y grupos de actividad heterogénea. Los primeros son aquellos en los que todos los integrantes se dedican a la misma actividad, en tanto que los segundos son aquellos en que los miembros realizan actividades diferentes. Emparentada con esta clasificación se suele hacer otra que divide a los grupos en industriales y financieros. En este caso no se toma en cuenta el conjunto de actividades realizadas por las sociedades agrupadas, sino exclusivamente la ejercida por la sociedad matriz. El grupo es industrial cuando la empresa madre realiza su propia actividad productiva, sea industrial, comercial o de servicios, en tanto que el grupo es financiero cuando la sociedad matriz tiene como único objeto la gestión y administración de las participaciones que posee en el resto de las compañías del grupo. En tales casos, la cabeza del grupo es generalmente un holding, cuya única finalidad es dominar a otras sociedades.

Como acertadamente señala María Luisa de Arriba Fernández, los grupos de empresas son fenómenos de reorganización empresarial que en sí mismos no son ni buenos ni malos, pero debido a los efectos que genera su actuación y la complejidad jurídica de los problemas que se crean, resulta imprescindible estudiar y regular los mismos desde la perspectiva de un verdadero derecho de grupos, necesariamente interdisciplinario(2).

La conformación de grupos de empresas interesa al derecho en general, ya que su funcionamiento puede afectar tanto intereses generales como particulares o individuales, como sucede con la formación de monopolios y oligopolios que tienden a distorsionar la competencia y los precios en el mercado y a disminuir el poder político de los Estados. Pero también son objeto de preocupación y tratamiento de otras disciplinas jurídicas, siendo una de ellas el derecho del trabajo. En esta disciplina, los grupos de empresas son centro de particular interés en lo que se refiere a aspectos vinculados al derecho colectivo —por las dificultades para hacer efectiva la representación, participación, negociación y huelga en el seno del grupo— y al derecho individual —¿qué sucede con la antigüedad del trabajador cuando circula por el grupo, con los traslados entre sus unidades, con la aplicación de beneficios diversos en cada empresa, con el poder de dirección ejercido por una entidad que no es formalmente la empleadora?—. Pero, indudablemente, el tema más importante es la tutela de los derechos del trabajador ante el fenómeno de los riesgos de insolvencia de unidades que conforman el conjunto.

En tal sentido, es de señalar que si bien las libertades de empresa, industria y comercio consagradas normalmente en la Constitución de cada país, permiten que el empresario elija la forma de organización de su actividad que considere más adecuada y eficiente, ello no implica que en protección de los terceros —trabajadores, proveedores, el fisco, accionistas minoritarios, etc.— la legislación pueda establecer formas o niveles de responsabilidad patrimonial del grupo por los actos y hechos ejecutados por sus integrantes. Esto es lo que sucede frecuentemente en el ámbito del derecho del trabajo.

En esa dirección, atendiendo a la forma en que se posiciona el derecho laboral comparado ante los grupos de empresas, podría afirmarse que se observan tres grandes modelos de regulación laboral: a) Un primer modelo, que es cuantitativamente el más reducido, está constituido por aquellos países que regulan legalmente la figura de los grupos de empresas, en especial, en cuanto a su régimen de responsabilidad. Por lo general, los países que tienen legislación laboral sobre concentraciones de empresas se limitan a establecer su régimen de responsabilidad por las deudas laborales contraídas por cualesquiera de ellos. En esa categoría se incluyen Alemania, Portugal, Brasil y Argentina. b) En el lado opuesto, podemos ubicar a aquellos ordenamientos jurídicos nacionales —los más numerosos— cuya legislación laboral guarda completo silencio sobre los grupos de empresas. Debido a ello, en esos países el concepto de grupo de empresas y su tratamiento se busca en las demás ramas del derecho, especialmente, en las normas del derecho comercial y societario, y es el resultado de la elaboración de la doctrina y la jurisprudencia. Un ejemplo de este modelo son Chile, Perú y Uruguay. c) En medio de estos modelos opuestos, podría ubicarse aquellas legislaciones comparadas que contienen algunas regulaciones puntuales, sectoriales y parciales sobre los grupos de empresas. A vía de ejemplo, allí se ubica España, en donde existen referencias normativas a los grupos de empresas en materia de participación de los trabajadores en ese ámbito, pero no hay regulación sobre su régimen de responsabilidad patrimonial u otras consecuencias jurídicas sobre las relaciones individuales y colectivas del trabajo.

A su vez, en lo que se refiere estrictamente al régimen de responsabilidad patrimonial del grupo de empresas por deudas contraídas por sus integrantes con terceros, en grandes líneas también existirían tres modelos de comunicación de responsabilidad(3):

a) El tradicional —también llamado entity law approach—, que parte de la base de la autonomía de cada integrante del grupo y solo acepta la responsabilidad en caso de dolo o fraude, en especial, del agente controlante —a través del disregard y figuras similares—, es decir, admite solamente casos de responsabilidad subjetiva.

b) El sistema de la unidad del grupo —enterprise approach—, que atribuye responsabilidad solidaria o subsidiaria a la sociedad madre cuando existe dominación total, lo que constituye un modelo de responsabilidad objetiva. Este sistema ha sido recogido en varios proyectos legislativos(4), pero no fue sancionado por ningún país de manera expresa, aunque es de recibo en la jurisprudencia y doctrina de varios países, como, por ejemplo, Uruguay.

c) El sistema dual germánico —llamado dualist approach—, que prevé regímenes de responsabilidad diferenciados según se trata de grupos de derecho o de hecho. Cuando el grupo es fruto de un contrato —grupo de derecho o contractual— por el cual una filial se somete contractualmente a la dirección de una matriz, el reverso de tal sujeción es el establecimiento de una responsabilidad de la dominante por las pérdidas que tuviera la filial. En cambio, tratándose de grupos fácticos o de hecho —ausencia de contrato de dominación—, la sociedad matriz debe compensar a los terceros por los perjuicios causados como consecuencia de las directrices desventajosas emitidas.

En la actualidad, la posición predominante es admitir algún grado y forma de responsabilidad patrimonial en el marco del grupo de empresas. Cuando no existe legislación expresa sobre el punto, son la doctrina y la jurisprudencia de cada país las que se han encargado de establecer los andariveles por los cuales transita alguna forma de atribución de responsabilidad, aunque no sea en caso de fraude, dolo o abuso de derecho. Por ese motivo, puede afirmarse que la postura que sostenía la irresponsabilidad total en el seno del grupo ha sido superada en buena parte de los ordenamientos jurídicos.

Por lo general, la existencia de un grupo de empresas no se exterioriza como tal ante terceros; rara vez admite expresamente su propia condición y así se presenta ante la sociedad. Lo normal es que las compañías integrantes del grupo oculten la identidad de la dependencia o dominación de unas sobre otras, como forma de eludir los controles y responsabilidades que de la calificación de grupo económico se pueden derivar.

Por ello, las formas clásicas de adquirir el dominio sobre otra empresa como la adquisición de acciones o participaciones sociales es cada vez menos frecuente, recurriéndose a mecanismos menos visibles de influencia dominante como el entrecruzamiento, intercambio o vinculación entre directivos de distintas entidades, la celebración de contratos de cooperación que implican forma de dependencia económica, entre otros. Tal circunstancia ha motivado que la doctrina, la jurisprudencia y las legislaciones hayan tenido que recurrir a la técnica de los indicios para detectar la existencia de un grupo de empresa —tal es el caso del artículo 21 del Reglamento de la Ley Orgánica del Trabajo de Venezuela—.

Los indicios que se suelen manejar son: coincidencia de directores o administradores entre las empresas, identidad de accionistas, lazos de parentesco entre socios, accionistas y directivos de las compañías, confusión patrimonial, utilización de mismo asiento físico y domicilio común, intercambio o utilización común de bienes, maquinarias, útiles de trabajo; identidad de organización administrativa o comercial, trasiego de personal, compartir personal común, cumplimiento de tareas indistintamente para varias empresas, pago de deudas de otra compañía del grupo, asistencia financiera entre el grupo y traslado de quebrantos y beneficios entre sí, asesores profesionales y apoderados comunes, representantes comunes, utilización del mismo logo o distintivo, apariencia externa unitaria, aplicación del mismo reglamento de trabajo interno, emisión de instrucciones y directivas de una empresa hacia la otra o de una persona física sobre varias empresas, planificación centralizada de los negocios de todas las compañías, unidad de dirección, similitud, analogía o identidad de giros por concomitancia o sucesividad o giros complementarios, y recepción de órdenes laborales por parte de varias empresas de forma indistinta.

Por último, interesa señalar que la organización de los grupos de empresas ha evolucionado a lo largo del siglo XX. Los grupos de primera generación se caracterizaban por su estructuración jerárquica, vertical y subordinada, a cuyo frente se encontraba una empresa madre o matriz que ejercía el control y dirección económica unitaria de todos los miembros del grupo, dando lugar a los grupos centralizados. Los grupos de segunda generación se organizan sobre formas más horizontales y descentralizadas, con mayor poder de decisión y actuación en competencias específicas —financieras, comerciales, laborales, tecnológicas—, lo que hace que la dirección económica unitaria que caracteriza a los grupos centralizados, sea menos perceptible o, inclusive, llegue a desaparecer.

A nuestro juicio, la creciente proliferación en el mundo contemporáneo de los grupos de empresas ha distorsionado los instrumentos jurídicos clásicos de regulación de la empresa como sujeto de derecho autónomo, obligando a replantear al legislador, al juzgador y al intérprete los enfoques teóricos sobre los mismos. En especial, en lo que concierne al tratamiento jurídico de cada empresa integrante del grupo como una entidad autónoma, con patrimonio propio y separado de las otras y la imposibilidad de comunicar responsabilidad patrimonial en el seno del grupo. En materia laboral, la búsqueda del empleador real por encima del aparente obliga a ajustar el modelo conceptual sobre la empresa a una realidad nueva y distinta sobre la forma en que se estructura la misma, de manera tal que coincida derecho y realidad.

1. Profesor de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Facultad de Derecho de la Universidad de la República, Uruguay. Magíster en Derecho del Trabajo y Seguridad Social. Director del Anuario de Jurisprudencia Laboral de Uruguay.

2. De Arriba Fernández, María Luisa. Derecho de grupos de sociedades. Ed. Thomson - Civitas, Madrid, 2004, pp. 32 y ss.

3. Girgado, Pablo. La responsabilidad de la sociedad matriz y de los administradores en una empresa de grupo. Ed. Marcial Pons, Madrid, 2002, pp. 32 y ss.

4. Por ejemplo en dos proyectos franceses promovidos por el diputado Cousté y en el anteproyecto español de Ley de Sociedad Anónima de 1979.