A propósito de la globalización y estandarización contables(*)

Revista Nº 14 Abr.-Jun. 2003

Guillermo León Martínez Pino 

(Colombia) 

Contador Público, Magíster en Estudios sobre Problemas Políticos Latinoamericanos. Profesor de la Facultad de Ciencias Contables Económicas y Administrativas, U. del Cauca, Colombia. Miembro del Comité de Investigaciones de la FCCEA. U. del Cauca. 

“...el feto de la actual globalización neomilenaria está naciendo con notorias deformaciones, tanto de origen genético como medioambiental. Está programada para devenir en un bebé macrocefálico llamado libremente mercado mundial. El resto de su cuerpo, su atrofiado torso y extremidades, se hace cada día más prescindible: la salud, el bienestar, la felicidad, las facultades éticas y estéticas (...) corren el riesgo de perder vigencia y vitalidad”. 

Esteban Mosonyi 

1. Presentación

La estandarización de la práctica contable, desde el punto de vista disciplinario, profesional y axiológico, constituye un componente importante del proceso de internacionalización perversa del capital, que se ha pretendido vender desde la visión del “globalismo pop”. Dicha estandarización está vinculada al desarrollo de paquetes de inventarios tecnológicos, comunicativos y consumistas; que embriagan la “globalización” y la inflan como el “paradigma” que norma las conductas colectivas de la época; desconociendo que este proceso obedece a una dinámica multisecular e histórica del capitalismo que urde sus orígenes primigenios en algunas ciudades europeas de los siglos XIV y XV.

Desde esta óptica, se puede argumentar, que es a partir de la segunda guerra mundial cuando el capitalismo ingresa a fase del “globalismo pop”, en donde nuevamente las unidades transnacionales empiezan a cumplir un papel cardinal; se crean acuerdos leoninos como el de Bretton Woods, el GATT, organizaciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización de las Naciones Unidas y de forma correspondiente se vislumbra la necesidad de la implementación de cierto proceso armonizador de las prácticas contables, cuyos orígenes tienen un carácter marcadamente privado, es decir, que su estructuración y posterior desarrollo “es llevado a cabo por instituciones, al margen de cualquier vinculación o dependencia gubernamental o legislativa. Son las organizaciones de expertos contables las que establecen su propia disciplina corporativa y los mecanismos sancionadores en el caso de incumplimiento de dicha disciplina. En este marco se inserta la emisión de normas para la práctica, cuya coercitividad no es jurídica, sino que se apoya en la aceptación que les deparan los profesionales, en el prestigio de la entidad emisora de la norma y en las garantías que ofrece la disciplina corporativa” (Tua, 1987, p. 209).

Esta fase que evidentemente es de “globalización” financiera, tuvo como protagonistas, esencialmente agentes privados, cuyo papel básico consistió en soslayar y minar el poder de los Estados-nacionales y desvirtuar la relación entre Estado y mercado, produciendo disfuncionalidades caóticas en el escenario de las relaciones internacionales. Como es obvio, el prestigio y de alguna manera la legitimidad de estas organizaciones están mediadas por claros intereses privados.

En este sentido la normalización y armonización de la práctica contable, participan de la lógica del capital financiero, no como una acción académica y neutral, desprovista de cualquier intencionalidad hegemónica y política, sino al contrario, su razón de ser está imbricada explícitamente en las relaciones de mercado y de poder, impuestas externamente; de donde se infiere —por lo menos para el caso latinoamericano— que dicho proceso ha tenido una vida precaria y una naturaleza marginal desde el punto de vista de los vectores epistemológicos que debieron presidirla.

2. La edad moderna y la nueva arquitectura global de los negocios

Al abocar el análisis de la configuración histórica de la sociedad moderna, Consuelo Corredor Martínez plantea “a manera de hipótesis, que el advenimiento de la sociedad moderna recoge un doble ideario: el de transformar el entorno material, y el de transformar al hombre como centro del mismo. Mientras el primero alude a la modernización, el segundo a la modernidad” (Corredor, 1992:37).

Con la edad moderna se inaugura un período de transformaciones y cambios radicales en las esferas de lo económico, político, social y espiritual. La modernización entendida como la transformación del entorno material, se ve reflejada, para el caso particular de lo contable, en el descubrimiento de los grandes negocios, en donde su radio de acción adquiere visos de mundialidad; el comercio pasa de Europa a América; de la ciudad-Estado como reducto de poder se pasa al concepto de Estado-nación; de la preocupación por la productividad del dinero se pasa a la especulación; de la supremacía de lo nobiliario y caballeresco se hace tránsito hacia el triunfo de la mercancía y la riqueza como poder centralizador; la noción gremial y familiar se transforma en noción empresarial; de la producción agrícola se pasa al predominio de la industria y comercio evolucionando el concepto de propiedad y de empresa. El reino caballeresco de la nobleza y la dirección espiritual de la iglesia, es sucedido por la creciente influencia de la burguesía que a decir de Karl Marx,

“Donde quiera que ha conquistado el poder, ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a “sus superiores naturales” las ha desgarrado sin piedad para no dejar sustituir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel “pago al contado”. Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta. Ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio. Ha sustituido las numerosas libertades escrituradas y adquiridas por la única y desalmada libertad de comercio” —y más adelante concluye— “La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenía por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, los ha convertido en sus servidores asalariados” (Marx, Engels. 1973, p. 113).

En la era moderna que inaugura el capital, surge un hombre nuevo, con espíritu de riesgo, movido por el apetito ilimitado de ganancia, de riqueza y la alucinación perversa por la fructificación infinita del dinero. Y este nuevo imaginario, está justificado de igual forma por la construcción de una racionalidad ética, entronizada con el culto supremo de la razón y el inconmensurable afán por el progreso material, que habrá de causar una modernización indiscriminada, que conducirá finalmente a un proceso creciente de alienación del hombre respecto de su entorno natural y cultural.

2.1. La globalización y mundialización del capital y las manifestaciones de la extraterritorialidad perversa

A la actual crisis de la bien difundida, pero poco entendida “globalización”, que está imbricada en la edad moderna y que es producto de ella, le empiezan a aparecer nebulosos nubarrones, hasta el punto que sus más enconados defensores están cuestionando sus principios básicos. Los alquimistas y hechiceros financieros neoliberales están contemplando medidas de control del capital, que tan solo ayer les habrían parecido herejías violatorias de la ley natural. El escenario propiciatorio de este nerviosismo que coloca en tela de juicio ese discurso omnipresente de la “globalización”, no es otro que la erosión de la confianza pública, producto de que se quiso seguir vertiendo la fascinante realidad tecnológica, en viejos odres institucionales que no pueden ya contenerla. Esa misma realidad, que ha violentado las distancias; jerarquizado, pervertido y fragmentado el poder; ha compactado también los espacios mundiales a la velocidad de los ordenadores; volviendo las fronteras porosas a las influencias fraudulentas de los flujos nocivos del capital especulativo.

Al inaugurar la era nuclear Einstein graficaba, con una frase lapidaria, la incapacidad para abocar de manera audaz y creativa las nuevas urgencias del conocimiento que, requieren cambios profundos para proseguir su curso: “Todo ha cambiado —argumentaba— menos nuestra forma de pensar”.

En el umbral del tercer milenio la realidad exige nuevas formas de pensar el futuro. Siendo conscientes de que hay distintos futuros posibles; diferentes al dogma fundamentalista del “pensamiento único”(1), que nos augura un desenlace feliz, en la tierra prometida de la sociedad del totalitarismo del mercado.

Sin aceptar un ingenuo desconocimiento de que el capitalismo se ha vuelto un sistema más universal que nunca y que, la globalización es un concepto polisémico; entendida la polisemia como la propiedad de un término de poseer varios significados, sí es necesario precisar unos rasgos definitorios, a lo que algunos han dado en denominar “tesis de la globalización” y, que caracterizan los comienzos de los 70, periplo en el cual el capitalismo redefinió las bases de su proceso de “globalización”. Estos parámetros definitorios quedan explicitados de la siguiente manera:

1. Se coloca en lugar privilegiado la “hipertrofia” de las finanzas internacionales y concomitantemente la creación global del crédito, circunstancia que subordina los sistemas productivos como gregarios del mundo turbulento de las especulaciones financieras, llegando a considerárseles a estas últimas como una fuerza independiente, con un poder inconmensurable ejercido desde una superestructura centralizada de poder.

2. La asimétrica transnacionalización de la tecnología y la creciente dependencia de esa innovación tecnológica, con el correspondiente riesgo de su rápida obsolescencia.

3. La internacionalización del capital a través de corporaciones globales, con núcleos decisionales centralizados y con gestión y ejecución altamente descentralizados que, conjuntamente con la banca transnacional, se han constituido en poderes omnímodos que se ubican por encima de los propios Estados-nacionales.

4. El creciente poder de las agencias internacionales del capital como el Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio (OMC), para tan solo citar las más representativas; encargadas de la producción transnacional de “representaciones sociales”(2), como orientadoras de prácticas homogeneizadoras y estandarizadoras, de orden económico y cultural.

5. Los rápidos movimientos de capital financiero acelerados por las nuevas tecnologías de la información, en donde los circuitos electrónicos interconectados mueven enormes masas de capital en fracciones de segundos, sin ningún tipo de control privado ni estatal, configurando lo que Manuel Castell ha definido como la automatización del funcionamiento del capital, que fluye con una velocidad y complejidad que solo la red de instrucciones electrónicas puede manejar.

Como puede inducirse la “globalización” es ciertamente una amenaza efectiva y por ende una estrategia política poderosa, a la cual no hay que desdeñar desde posturas conceptuales simplistas, sino desde una visión epistémica consecuente, lo cual implica no equiparar acríticamente amenaza con realidad.

Más allá de estos retos y desafíos a la noción de ese imaginario polisémico de “globalización”, existen interrogantes, que son necesarios y procedentes desbrozar en aras de una mayor claridad. ¿Se puede afirmar que se ha estado viviendo una nueva época a partir de la década de los ´70 del siglo pasado? y ¿qué tan novedoso y reciente es este fenómeno?

El abordar el tema del origen de la “globalización”, plantea la necesidad de rastrear, así sea en una muy apretada síntesis, cómo se organiza modernamente la economía de empresa y cuál es la dinámica que proyecta externamente, en especial en la conformación del mercado global.

Como bien lo plantea Braudel(3), es indispensable situar el análisis de la vida social desde diversos puntos de observación que involucren la espacialidad, la temporalidad, los órdenes sociales y las jerarquías. Siguiendo la categoría conceptual de la temporalidad, sugiere Braudel, considerar el devenir de la historia en tres velocidades del tiempo: un intervalo de corto plazo (tiempo de la crónica y del periodismo); otro de mediano plazo, donde ocurre mutaciones históricas a través de ciclos, movimientos y “ritmos lentos pero perceptibles” y; una perspectiva de largo plazo la —longue durée— en la cual el cambio ocurre con “una cadencia más lenta que, en ocasiones, bordea la inercia” y en la cual se estudian estructuras de vida social profundamente implantadas que perduran a través de los siglos.

Siguiendo la perspectiva conceptual braudeliana, puede decirse que la “globalización” no es una época sino un proceso de largo plazo o “longue durée”. No se trata de un nuevo tipo de capitalismo, sino de la lógica del capitalismo como ha sido desde siempre. Este análisis, por supuesto, no es óbice, para descalificar las mutaciones sucedidas en el mundo capitalista durante el transcurrir de su existencia. Por el contrario, las “leyes del sistema capitalista”, como bien lo ha expresado Karl Marx, son indiscutiblemente leyes del cambio constante. Pero como la interpretación de esas leyes dependen del cristal con que se las mire y de las coordenadas desde las cuales es pertinente instalarse para observarlas, se presentan sucintamente las dos visiones más generalizadas.

2.1.1. Los contenidos viejos y seculares de la globalización

La concepción de un mundo “globalizado” per se no es una figura perversa, es más, se puede argüir que se constituye en un imaginario planetario, obviamente bajo el respeto de las diferencias. El problema empieza a tener serios reparos, complicaciones y profundas repercusiones, cuando se descubre el trasfondo ideológico(4) del proceso que se está viviendo.

La “globalización”, actualmente, se funda sobre una arquitectura conceptual regida por el fundamentalismo neoliberal, que tiene como pretensión finalista la reproducción a escala mundial de las diferencias, es decir, la generación de una inconmensurable concentración de poder en manos de aquellos que son dueños del capital, los que ahora además no tienen patria, por tanto, no benefician a naciones, sino a determinados grupos privilegiados con trascendencia planetaria.

La “globalización”, vista como época, en la retórica y hermenéutica neoliberal aparece como la “gran novedad” de nuestros días cargada de una intencionada mitologización; en la cual el triunfo final del capitalismo ha clausurado todo tipo de alternativas plausibles y la historia ha quedado sometida a las fuerzas impersonales del mercado, a la “secreción natural” de un orden económico sin intereses corporativos, ni asimetrías de poder. Vista desde la perspectiva braudeliana, como un proceso de largo aliento, la pretendida “globalización” aparece como algo profundamente contradictorio que responde a una tendencia intrínseca y secular del modo de producción capitalista. Esta tendencia histórica del capitalismo hacia la mundialización y su inusitado dinamismo expansionista, hace más de siglo y medio llevó a Marx y a Engels a pronosticar premonitoriamente, cuán devastadora podría resultar esa violenta incorporación a esa expansiva economía del mercado. Obsérvese la notable similitud de lo que hoy la fantasía apologética nos presenta como novedoso, con lo que anticiparan Marx y Engels en el manifiesto:

“Espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a sus productos, la burguesía recorre el mundo entero. Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía dio un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son industrias que ya no emplean materias primas indígenas, sino materias primas venidas desde las más lejanas regiones del mundo y cuyos productos no solo se consumen en el mismo país sino en todas las partes del globo”. Y advierte: “La burguesía obliga a todas las naciones a adoptar el mundo burgués de producción, las constriñe a introducir la llamada civilización, es decir, a hacerse burgueses. En una palabra, se forja un mundo a imagen y semejanza” (Marx y Engels, 1973, pp. 23-24).

Más allá de las controversias que pueda suscitar este pasaje del manifiesto, lo cierto es que existe una asombrosa coincidencia entre estas distorsiones mitificantes de lo que hoy se ha dado en llamar “globalización”, con los rasgos principales del capitalismo del siglo XIX. La mal llamada “globalización” del presente, entraña modificaciones complejas no solo reservadas al plano económico y tecnológico, sino que alcanzan el ámbito de las hegemonías políticas y de reproducción cultural, constituidas hoy por hoy en dispositivos de poder y formas de disciplinamiento social.

Estas estructuras globales de poder y de disciplinamiento, sobrepasan con creces las fronteras nacionales y regionales, favorecidas obviamente por la liberalización de las relaciones económicas internacionales, que arrasan y derriban cualquier barrera que impida el libre juego del capital. Este último circula globalmente por rutas de acumulación atípica, sin una dirección predeterminada, sin responder y respetar el plan de desarrollo de un territorio concreto, guiado tan solo por la lógica ciega y exclusiva de la maximización de la ganancia. El capital mismo, se mueve por las redes de la virtualidad, ya no transita físicamente, sino a través de los canales electrónicos. De manera específica, para el caso de lo contable, el comprobante de papel como soporte material del dinero al igual que el registro cronológico, en el más plausible de los casos, hacen parte, junto a la partida doble de las joyas pintorescas exhibidas en el museo de la historia de la profesión.

El verdadero poder, el del capital, cada vez más invisibiliza y enajena el rostro de esa figura legendaria que lo había acompañado durante todo el periplo de la llamada —por algún teórico— modernidad inconclusa: el Estado-nación. El adelgazamiento de los Estados es ya un imperativo del nuevo orden, cuyo destino manifiesto y fatal solo queda reducido a garantizar el orden y la seguridad necesarias a los designios de los flujos del capital.

3. “Globalización contable” y adopción de estándares internacionales: los límites oscuros de una falsa coartada

La “aldea global” aparece como una aldea que desconoce el resto del mundo, el cual ha quedado predestinado a roer con los dientes apretados el destino apocalíptico delineado por la economía de mercado. El vocablo globalización se ha generalizado a tal extremo, que hoy está presente, se recrea y manipula, en los códigos de lenguaje de las comunidades de especialistas; en la jerga diaria de los hombres de negocios, como simbolismo de una “nueva época”; sirviendo incluso hasta para explicar las más disímiles veleidades de la vida cotidiana. Esto que aparenta ser trivial, tiene una honda repercusión en el campo de las significaciones y simbolizaciones constitutivas de lo que Daniel Mato denomina una “conciencia de globalización”;

“la existencia de esta conciencia de globalización —nos dice— es sumamente significativa independientemente de cualquier consideración acerca de si ella podría calificarse de “falsa” o “verdadera” (....). Lo importante del caso es que esa conciencia de globalización es un fenómeno tan generalizado que numerosos actores sociales a lo largo y ancho del planeta actúan, es decir, desarrollan sus prácticas sociales, en el marco de esa conciencia; es la asunción de la existencia de procesos de globalización lo que explícitamente otorga sentido a sus prácticas, y esto es lo que es importante” (Matos, 2001: 131-132).

Esta “conciencia de globalización”, prohijada hoy por el pensamiento único ha tocado la médula de la práctica profesional contable; en tanto, para quienes rinden culto apologético al fundamentalismo del mercado, no hay otra salida que adaptarse o perecer porque este proceso es inexorable. Para los defensores de la estandarización como práctica homogeneizadora del modelo contable, la “globalización” es un hecho evidente e inevitable que se reduce a un conjunto de fenómenos como la internacionalización de los mercados financieros, los avances de la informática y la economía en red; en donde el Estado es, en cierto sentido, mirado como el representante oficial de estos intereses, cuyo papel es el de ser garante de la protección de los intereses hegemónicos e instrumento que crea las condiciones de reproducción y acumulación de poder y riqueza.

La “globalización” contable está inscrita en ese imaginario que Daniel Mato ha descrito como “conciencia de globalización”, que para efectos emblemáticos podríamos denominar “conciencia de globalización contable” y, que sirve como simbología de institucionalización y legitimación de posturas ideológicas comprometidos con la direccionalidad de los proyectos estandarizadores de la profesión, agenciados por las organizaciones de regulación contable internacional.

3.1. Las organizaciones y la armonización y estandarización contables en tiempos de la “globalización”

El tributarismo teleológico, referido al esfuerzo por atemperar las estructuras contables a la nueva arquitectura financiera internacional, imbricada en la pretendida “globalización contable”, irrumpe con un discurso mistificante e ideologizante; que da la espalda a la realidad histórica, en donde de entrada el proyecto homogeneizador se presenta a la escena invisibilizando los sujetos que las propician: las grandes corporaciones y agentes del templo de la escolástica financiera internacional, esto es, Banco Mundial, FMI, bolsa de valores de N.Y., Banco Interamericano de Desarrollo, Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), Organización Mundial de Comercio y obviamente sus abnegados e incondicionales socios; las organizaciones de armonización contable internacional: la Federación Internacional de Contadores Públicos (IFAC por sus siglas en inglés), el Consejo de Estándares Internacionales de Contabilidad (IASB por sus siglas en inglés), el AICPA, entre otros.

Ya el Fondo Monetario Internacional, ha previsto realizar una profunda revisión a los procesos de estandarización normativa y de monitoreo a los flujos de información financiera internacional, para ello ha planteado:

“Promover transparencia y accountability, y desarrollar, difundir y monitorear la implementación de los nuevos estándares y las mejores prácticas;

Fortalecer los sistemas financieros, incluyendo mayor supervisión y mecanismos apropiados para administrar las fallas en la banca;

Prestar mayor atención a la liberalización ordenada de los mercados de capitales;

Involucrar más plenamente al sector privado para anticiparse y a resolver las crisis (IMF,1999:16)”.

Este discurso “globalizador contable” hace parte integrante del proceso de dominación y apropiación del mundo: la dominación de los mercados, de los Estados, sociedades y pueblos; que se materializa en términos políticos, militares, financieros, tecnológicos o socioculturales, escamoteando su real rostro con discursos evangelizadores generosos, en donde se dice, por ejemplo, que en la era de la globalización unos ganan y otros pierden, pero la estrategia básica de la participación en ella implica ganar y dejar ganar.

Estos dispositivos de poder, obligan a la profesión contable a adoptar e implementar los estándares globales de contabilidad, que se asimilan a la presentación de reportes sobre desempeño financiero vía IASB; estándares de auditoría, esto es, examen independiente de estados financieros vía IFAC 2000; y proveedores de servicios, que en otros términos, vendría a ser lo atinente a los parámetros de estandarización de la práctica educativa, en donde se explicitan exámenes de aptitud, experiencia, educación continuada y certificación en contaduría; acción ésta reservada al proyecto IFAC ISAR UNCTAD.

“No en vano los esquemas de la IASC e IFAC, en sus versiones 2.000, se han ajustado a los mercados de capitales dada su pretensión por convertirse en los estándares globales de la contabilidad y auditoría financieras. Ello es una de las consecuencias de que, en este tipo de mercados, la contaduría está asociada indisolublemente a la tecnología de la información” (Mantilla, 2001:10).

Como se deja entrever, organizaciones como el IASC, creada en junio de 1973, se caracteriza por ser un gremio profesional, de carácter privado, encargado de emitir las normas internacionales de contabilidad (NIC’s.) —hoy convertida en el Consejo de Estándares Internacionales de Contabilidad (IASB por sus siglas en inglés)—; estándares éstos que se constituyen en una especie de vademécum, que regula la práctica contable en todas sus manifestaciones, y la International Federation of Accountants (IFAC), que emite, además de las normas de auditoría, el fastuosamente denominado código IFAC de ética para contadores profesionales y el compendio de directrices educacionales (Guías IFAC), en donde se establecen las metas de educación; los componentes del conocimiento y habilidades profesionales; elementos éstos sobre los cuales debe fundamentarse la educación y experiencia profesional y los límites mínimos que debe poseer un profesional para ser aceptado como “contador profesional”(5).

Estas organizaciones paulatinamente han ido creando estructuras orgánicas que dinamizan la puesta en vigencia de la propuesta estandarizadora, éste es el caso de la IFAD, un organismo que nació en el Congreso Mundial de la IFAC realizado en París en 1997, en la cual tienen asiento las principales instituciones financieras internacionales, interesadas en atemperar el funcionamiento de la profesión contable a los intereses del capital especulativo internacional. Los objetivos de esta organización son, entre otros:

“Promover el entendimiento, por parte de los gobiernos nacionales, del valor de la presentación de reportes financieros sólidos, de acuerdo con un sólido gobierno corporativo;

Asistir con la definición de expectativas relacionadas con la manera como la profesión contable (en los sectores público y privado) debe llevar a cabo sus responsabilidades para dar soporte al interés público;

Fomentar que los gobiernos se centren más directamente en las necesidades de los países en desarrollo y de las economías en transición;

Ayudar a conseguir fondos y experticia para construir capacidad en contabilidad y auditoría en los países en desarrollo;

Contribuir a una estrategia y a una estructura conceptual comunes de referencia para el desarrollo de la contaduría profesional; y,

Promover la cooperación entre gobierno, la contaduría y las otras profesiones, las instituciones financieras internacionales, reguladores, emisores de estándares, proveedores de capital y emisores” (Cfr: http:/www.ifad.net).

Es sintomático observar cómo, de manera coincidente, este discurso armonizador de la práctica contable y el discurso regulativo de formación profesional, están sincrónicamente unidos a la desregulación general de los movimientos internacionales de capital y de mercados financieros, procesos éstos consumados en los años setenta y ochenta y a la interconexión en tiempo real de todas las bolsas de valores, mercados de cambio, en donde se configura un único mercado financiero global “libre”, es decir, sin control de Estado-nacional alguno. El carácter decisional de las transnacionales —que se ubican por encima de la soberanía del Estado-nación— se refuerza y la información circula a una velocidad de vértigo por las infinitas redes y canales que enlazan los puntos más insospechados del planeta.

Es paradójico que estos organismos omnipresentes, hagan su irrupción con tanto ímpetu, en la década de los setenta, periplo caracterizado por un crecimiento fenomenal de capitales volcados al mercado financiero, generalmente en operaciones exclusivamente usurarias, rentísticas y especulativas, en donde se marca una brecha profunda entre la tasa de crecimiento de las actividades financieras y las referidas a las actividades productivas y donde, igualmente, adquiere un auge inusitado la denominada “investigación empírica en contabilidad” , entendida como el cambio del enfoque de los propósitos y objetivos de los estados financieros que sustituyen o, en el mejor de los casos, complementan el objetivo de “medición del beneficio” por el de “suministro de información útil al usuario”.

El afán por legitimar tal postura ha llevado a algunos “alquimistas” contables a considerar este movimiento como un verdadero programa de investigación, a la mejor estirpe lakatosiana, desconociendo de manera tan flagrante como lineal, los vectores epistemológicos de los programas de investigación de Irme Lakatos(6) y, en la misma dirección, a plantear los años setenta y ochenta como el lapso de oro de la investigación en contabilidad, en tanto, ha sido “el más compartido y ambicioso esfuerzo de investigación en la historia de la contabilidad” (Tua, 1995: 276).

4. Escisión entre racionalidad económica y construcción axiológica: a propósito del Código de Ética de la IFAC

“El fin de una sociedad es el intercambio. Una sociedad cuyo motor es competir, es una sociedad que dice que debo suicidarme. Si estoy compitiendo con el otro, no puedo intercambiar con él: debo dominarlo destruirlo”. 

Albert Jacquard 

Genetista francés

El sistema capitalista basa sus juicios morales en el éxito o fracaso económico de los individuos. Cuando se sostiene que el egoísmo puede llevar a través de la racionalidad del juego del mercado a construir un referente de bien común, se está no ante una postura axiológica, sino ante una visión ideologizante, es decir, encubridora y justificatoria del status quo, esto es, legitimando una posición antisocial para tratar de construir un valor universal (esencia de la ética).

La lógica del sistema capitalista, o mejor su ley inexorable, reside en la acumulación de capital y, si ésta se logra por medios ilícitos, delictuosos o poco “ortodoxos”, el fin último de esta lógica terminará siendo legitimado y absuelto por la moral del sistema. Ahora bien, el alcance del interés egoísta fundado en el fundamentalismo darwiniano del mercado, puede lograrse sobre las bases de unas reglas socialmente aceptadas por los actores que participen en este juego del capitalismo salvaje. Esas reglas así construidas entonces permiten la inmunidad del sistema.

Enron es el ejemplo más emblemático de este sistema inmunológico global, para tan solo citar el escándalo más visible del paraíso financiero de la “globalización” especulativa del presente:

“Cuando una empresa alcanza la desregulación de sus mercados ha alcanzado una panacea, actúa con libertad plena, contrata, desinforma, engaña sin control. Esa es la historia de la Enron, diversificó su actividad de generación de energía a la más lucrativa de la comercialización a los mercados financieros y otras actividades, creando para ello una red integrada por más de tres mil quinientas subordinadas, con las cuales se entrecruzan operaciones recíprocas que culminan en el no pago de impuestos y el ocultamiento de pasivos; la construcción de una burbuja que más temprano que tarde explota con profundas consecuencias sociales, a ahorradores y trabajadores, lo cual poco importa por cuanto no son contribuyentes del interés público” (Franco, 2002:26).

El llamamiento que hoy se realiza a la profesión contable es precisamente ese, que mediante la supuesta estandarización de conductas profesionales se colabore en generar los anticuerpos que hagan inmune el delito internacional que se genera al interior de la pretendida “globalización” financiera de los últimos tiempos.

El criterio de desarrollo y las relaciones internacionales centradas en el individuo tomado de forma aislada y en abstracto, en el contexto del mercado y del dinero como absolutos y como fines, no constituyen referentes éticos para la concreción de un ethos axiológico que sea capaz de responder de manera satisfactoria, o por lo menos solidariamente, a las necesidades de la sociedad. En la órbita de la arquitectura del mercado global es donde se propone la implantación obligatoria de “código de ética” vía la IFAC para contadores profesionales, en donde se explícita que la estandarización de la conducta profesional, debe tener como imperativo que todo lo que constituya impedimento contra la libertad de competir, crecer, acumular y concentrar capital y riqueza debe suprimirse y eliminarse de cualquier forma de relación axiológica entre humanos.

Pero como no hay que desconocer el sustrato ideológico que hay detrás de esta superestructura de sociedad mundial, la “globalización” tiene sus proponentes, sectores con intereses evidentes en la extensión de estas singularidades; sea que se hallen vinculados a organizaciones transnacionales de poder, o que actúen como una red de aparatos (organizaciones), que impulsan la inclusión globalizante a través de los denominados estándares homogeneizadores de las diferentes prácticas profesionales. Es en éste y no en otro escenario, donde nace la propuesta de “Código Ética de IFAC para Contadores Profesionales”, que es “la base sobre la cual se fundamentan los requerimientos éticos (código de ética, reglas detalladas, guías de orientación, estándares de conducta, etc.), para los contadores profesionales en cada país” (IFAC,2001: Traducción Samuel Matilla).

La “globalización” neoliberal, es un factor que ha contribuido de manera radical a la disfuncionalidad de las instituciones del mercado, de la sociedad, de la empresa y el Estado, hasta el punto de generar grandes colapsos en todos los órdenes. Las asimetrías que se derivan de la contraposición de intereses entre los dueños del capital y las empresas de base nacional, han colocado al Estado a jugar un papel de salvaguarda de los privilegios del capital global, convirtiéndose finalmente en representante oficial que arbitra las reglas de juego de la economía de mercado, en donde como es lógico, esas reglas poseen la baraja escondida, para garantizar las condiciones necesarias para la reproducción y acumulación de procesos y medios que den origen al poder y la riqueza.

Refiriéndose a ese papel de salvaguarda, que le han asignado a los Estados de los países subalternos, Mario Rapoport argumenta:

“La libertad absoluta de los mercados supone, en particular, el derecho de los capitales y las empresas transnacionales a moverse por el mundo sin ningún tipo de controles mientras que, por el contrario, los gobiernos de los países en vías de desarrollo deben sujetarse al control de los organismos internacionales para asegurar esa libertad de mercados” (Rapoport,2000: 362).

Las asimetrías de este mundo están produciendo dinámicas que colocan en crisis las exigencias de igualdad. En un mundo sesgado por el “paradigma” del capital especulativo, donde incontables masas de capitales corren a velocidad de vértigo, inconmensurablemente superiores a la de la economía real, navegando por el ciberespacio y dando rendimientos sin la necesidad de la intervención de otros factores de producción, se convierte en una falsa coartada la pretensión de crear un código de ética profesional para contadores profesionales, desde organizaciones cuya racionalidad no es precisamente altruista, ni mucho menos movida por intereses colectivos universales que construyan un deber ser para la sociedad; esencia de toda fundamentación ética.

Como colofón se puede decir, entonces, que la estructuración del discurso estandarizador y armonizador de las prácticas contables, responde a las exigencias de las estructuras internacionales de poder, transferidos para ser adoptadas obligatoriamente por todos los Estados-nacionales, para convertir, a los contables y a la contaduría como profesión, en instancias que respondan a la eficiencia y competitividad, en un mercado que exige valor agregado y transparencia para los dueños del capital, a expensas de cualquier requerimiento axiológico de entorno informativo.

Se puede entonces, colegir que el discurso estandarizador ha sido y sigue siendo moldeado, estructuralmente, por la injerencia política e ideológica de los imperativos del mercado global. Esto explica por qué el fundamento epistemológico y conceptual de la modelación contable internacional es de corto alcance y está condenado a padecer un excesivo reduccionismo funcionalista.

Pero, desde una visión liberadora, no se puede pensar ingenuamente la “globalización contable” como una orbe transterritorial de contactos en todas direcciones. Ella no consiste en una efectiva interconexión de todo el planeta mediante una trama reticular de comunicaciones e intercambios. Se trata más bien de un sistema radial tendido desde núcleos de poder de distinta escala donde están presentes los sujetos impulsores del pensamiento único, hacia sus zonas económicas múltiples y altamente diversificadas. Este tejido está trazado sobre ejes norte-sur. Poco ha avanzado la globalización en la periferia, porque se ha globalizado desde y para los centros. Tal estructura implica la existencia de grandes zonas de silencio desconectadas entre sí o solo unidas impositivamente por vía de las neometrópolis a través de las agencias mediatizadoras del poder.

Bibliografía

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(*) Ponencia presentada al II Coloquio Internacional de la Contaduría Pública. Bogotá, septiembre 27-28 de 2002.

(1) La concepción de “pensamiento único”, es definido por el politólogo francés Ramonet, acudiendo a cuatro características principales: es planetario, permanente, inmediato e inmaterial. Planetario, porque abarca todo el globo. Permanente, porque se supone inmutable, sin posibilidades de ser cuestionado o cambiado. Inmediato, porque responde a las condiciones de la instantaneidad del “tiempo real”. Inmaterial, porque se refiere a una economía y a una sociedad virtual, la del mundo informático. El modelo central del nuevo pensamiento son los mercados financieros, que no tienen más como marco de referencia, como en el caso de la economía productiva, las ciencias físicas o naturales o la química orgánica, sino la teoría de los juegos y el caos y la matemática borrosa. El núcleo duro del “pensamiento único” es la mercantilización acelerada de palabras y de cosas, de cuerpos y de espíritus (Ramonet,1997, cap. IV).

(2) El concepto de “representaciones sociales”, es concebido por Daniel Mato, un cúmulo de ideas que orientan las prácticas de actores sociales influyentes. En tanto unidades de sentido, las representaciones sociales “organizan” la percepción e interpretación de la experiencia, del mismo modo en que lo hacen por ejemplo las categorías analíticas en las formulaciones teóricas —así, las categorías analíticas constituyen un cierto tipo de “representaciones”—. (...) De este modo, orientan y otorgan sentido a las prácticas sociales que esos actores desarrollan en relación con ellas, y son modificadas a través de tales prácticas (Mato, 2001).

(3) Fernand Braudel, miembro significativo de la escuela de Annales, plantea que en la historia existen decenas y hasta centenas de tiempos diversos, una tentativa de clasificación de esta enorme masa de temporalidades, son agrupadas por este autor bajo una triple esquematización del tiempo: La corta duración, el coyuntural o tiempo medio y, el tiempo de las estructuras o denominado de larga duración. Tres tiempos, que hacen referencia a realidades analizadas por las ciencias sociales o por la historia. La temporalidad de corta duración, que se ocupa del ritmo del acontecer cotidiano, del relato de la crónica y el periodismo, el tiempo de la historia episódica; la temporalidad de mediano plazo, que aboca el análisis de las distintas coyunturas económicas, políticas, culturales y sociales, en referencia a la recurrencia de fenómenos, eventos y características de distintas generaciones humanas y; el tiempo de larga duración, que finalmente se ocupa de procesos y estructuras de un recorrido superior a un siglo, en donde se analizan realidades persistentes que hacen sentir efectivamente su presencia en el devenir de los procesos humanos (Braudel,1984).

(4) Cuando aquí se plantea el problema ideológico, se asume este criterio como una forma de conciencia falsa, de imagen invertida de la realidad. Paul Ricoeur (Ricoeur, 2001:48-49), al tratar de estudiar este concepto desde los primeros escritos Marxistas, plantea: “Es importante comprobar que el término se introdujo en los escritos de Marx mediante una metáfora tomada de la experiencia física o fisiológica, la experiencia de la imagen invertida que se da en la cámara oscura o en la retina. De esta metáfora de la imagen invertida y de la experiencia física que está detrás de la metáfora obtenemos el paradigma o modelo de la deformación como inversión. Esta imagen, el paradigma de una imagen invertida de la realidad, es importante para situar nuestro primer concepto de ideología. La primera función de la ideología es producir una imagen invertida.

Este concepto todavía formal de ideología se completa por una descripción específica de ciertas actividades intelectuales y espirituales consideradas como imágenes invertidas de la realidad, como deformaciones por inversión. Como veremos, aquí Marx depende de un modelo expuesto por Feurebach, quien había descrito y discutido la religión precisamente como un reflejo invertido de la realidad”.

(5) El contador profesional, es aquel individuo que debe adoptar por obligación una guía de formación que la determina la Federación internacional de Contadores (IFAC), la cual contiene un recetario en donde se definen los conocimientos, habilidades y valores profesionales, las evaluaciones de competencias profesionales, etc.; todos estos requisitos referidos a un proceso de formación restringido en sus alcances epistemológicos y disciplinarios. Ver guía IFAC N° 9, emitida en julio de 1991, revisada en octubre de 1996, “Antecedentes académicos, evaluación de capacidad y de la experiencia profesionales, requisitos de los contadores profesionales”. Traducido por Lázaro de Greiff Zapata y reproducido por la Revista Contaduría N° 32, de marzo de 1998, Universidad de Antioquia.

(6) Este concepto de la investigación empírica en contabilidad es tratado de manera suficiente por Jorge Tua Pereda, en el capítulo sexto de su libro “Lecturas de Teoría e Investigación Contable”, publicado por el Centro Interamericano jurídico-financiero. Medellín, 1995; bajo la denominación de “La investigación empírica en contabilidad. Los enfoques en presencia”.