Benedetto Cotrugli Raugeo, un pensador contable moderno

Revista Nº 52 Oct.-Dic. 2012

Jesús Alberto Suárez Pineda 

(Colombia) 

Ph.D. (c) en Estudios Políticos 

Universidad Externado de Colombia 

Profesor 

Fundación Universitaria del Área Andina 

Al maestro Esteban Hernández Esteve, summa cum gratitudine

1. El mercader de Ragusa

En la costa adriática de la Dalmacia, que existió desde el siglo XIV hasta 1808 y comprende hoy el extremo sur de Croacia y una pequeña parte de Montenegro, floreció una ciudad que cae a pico sobre las aguas del Golfo de Venecia, al pie de la montaña de San Sergio: Ragusa.

 

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Figura 1. Mapa de la República de Ragusa, fechado en 1678.

 

El emperador bizantino Constantino VII Porfirogénito(1) (905-959), soberano intelectual nutrido en la biblioteca palaciega del Imperio Romano de Occidente, señala que el nombre latino Ragusa, en auge en el siglo XV, se originó en algún momento de la primera mitad del siglo VII como un apelativo que usaban los habitantes de la vecina ciudad de Epidauro para referirse a la topografía rocosa (del latín lausa ‘roca’) del lugar al que habían huido, justo antes de 614, como consecuencia de las invasiones eslavas:

“En la lengua de los romanos, la ciudad no se llamaba Ragusa; se hacía mención a que estaba situada encima de las colinas. En el idioma romano se llama Lausa (que en latín significa ‘roca’), de modo que los habitantes se llaman Lausaioi, que significa ‘aquellos que viven sobre la roca’; luego se corrompe dicho apelativo hasta llegar a Rausaioi”. (Citado por Harris (2008: 21), traducido del italiano).

El nombre que los romanos pusieron al nuevo asentamiento fue Ragusium. Con el tiempo, el nombre de la ciudad fundada transformó su fonética conservando el sentido original de ‘roca’: Lausa, Labusa, Raugia, Rausia, Rachusa y, finalmente, Ragusa.

Al otro lado del mar, había sido abandonada por los romanos Epidauro, la antigua Ragusa (actual Ragusavechia o Cavfat). Los recién llegados la renombraron a su vez Dubrovnik, que en eslovaco antiguo —cuyo pariente más cercano es el checo— significa ‘sitio poblado de robles’, ya que el territorio conquistado se encontraba al abrigo de los robledales que tapizaban las montañas de San Sergio, comoquiera que también sirvió de refugio a agricultores y trabajadores que, según una tradición eslava, en la noche eran excluidos de la ciudad y se reunían en un bosquecillo cercano, de modo que el nombre moderno de Dubrovnik significó, desde su fundación “ciudad de los robles”.

En el siglo XI, Ragusa florecerá como ciudad mercantil y gracias a la fuerte alianza con la república marítima de Ancona fue capaz de resistir la hegemonía de Venecia en el Adriático, logrando un comercio preferencial, especialmente con el Imperio Bizantino, con el cual mantuvo siempre estrechos vínculos.

Invasores e invadidos conformarán una misma etnia eslava, sin perder la herencia griega de Bizancio, “el Imperio que hizo posible la Europa moderna” (Herrin, 2010). La futura Atenas eslava fue impulsada por el comercio marítimo a la usanza de la economía bizantina, de cuyo imperio Ragusa fue tributaria entre 614 y 1204, debiendo pagar el kommerkion, un impuesto del 10% sobre el valor de los bienes vendidos(2) (Herrin, 2010: 206). Tras las Cruzadas, el complejo Ragusa/Dubrovnik caería bajo la soberanía de Venecia (1205–1358), en cuyo seno se constituiría luego como un Estado tributario del Imperio Otomano, entre 1358 y 1808, pero con autonomía política. Así surgió la soberana República de Ragusa, cuyo lema era: non bene pro toto libertas venditur auro (la libertad no se vende ni por todo el oro del mundo).

A mediados del siglo XV, la marítima Ragusa, ahora perla del Adriático, se había convertido en el centro cultural y comercial de los eslavos meridionales, a la altura de la hegemónica República de Venecia, cuando precisamente: “la grandeza y esplendor del comercio italiano estaba en decadencia, pero aun así era lo suficientemente importante para influir en el imaginario popular, y conservarse activo” (Kheil, 1906: 16, traducido del alemán).

Entre tanto, el poder de la identidad eslava estaba en pleno vigor. El humanismo, que florecía por toda Italia, también se propagó por las ciudades dálmatas que conformaron la República de Ragusa, de donde surgieron humanistas de gran nombradía. Por ejemplo, el raguseo Benedetto Cotrugli, mercader y humanista, quien se identificó como étnicamente croata, aduciendo que había escrito sus obras en italiano y latín “per far più facilmente circolare negli ambienti scientifici stranieri”, es decir, “para hacerlas circular más fácilmente en los ambientes científicos extranjeros”, firmando como Benedetto Cotrugli o Benedictus Cotrullus “Benito Cotrugli (o de Cotrullis), lo que equivale a una transliteración de su nombre en croata Benedikt Kotruljević que, según otra versión más reciente, sería también Benko Kotruljić (o Bencius de Cotruglio). Sin embargo, pese a ser natural de Ragusa, el autor vivió la mayor parte de su vida en Nápoles, primero como mercader y luego como consejero del rey Fernando I de Aragón.

Cotrugli nació en el seno de una familia mercantil. Su padre, Giacomo, era un comerciante notable que logró realizar negocios de ultramar con Italia, gracias al permiso de apertura que le había concedido en 1429 la reina Juana II de Nápoles, en calidad de embajador raguseo. Allí continuó su exitosa carrera de comerciante, con un amplio apoyo de la reina, llegando incluso a ocupar el cargo de maestro de la Casa de la Moneda, cargo que tuvo hasta su muerte, contribuyendo así a las buenas relaciones comerciales entre Nápoles y Ragusa.

2. El mercader escritor

El legado del padre como comerciante y diplomático lo heredarán Benito y su hermano Miguel. Pero ellos seguirán caminos distintos. Miguel se dedicará a la actividad comercial, consagrándose como un empresario de renombre que logró establecer una estrecha relación entre comerciantes importantes de Ragusa y los del sur de Italia. Benito será recordado más bien por continuar una tradición italiana de “mercaderes escritores” (Bec, 1965; Branca ed., 1985) que fijaron doctrina acerca del arte del comercio y del buen mercader, unos como mercaderes moralistas, otros como memorialistas, otros como historiógrafos y otros como contables (véase tabla 1), perteneciendo Cotrugli a la primera clase, con el valor agregado de ser el precursor de la partida doble, en una perspectiva ética de los negocios.

Esa tradición de mercaderes escritores que redactaron manuales sobre comercio a lo largo del siglo XIV y mediados del XV, había bebido en fuentes del pensamiento de filósofos griegos y romanos, tales como Aristóteles (Económicos, 1,1, 134a; Política I, III-X; Constitución de los atenienses, 2, 1-2; 54, 2; 6,1), Jenofonte (Económico; recuerdos de Sócrates,I), Cicerón (De Republica, II, 34; Defensa de Quinto Roscio, 2) y Plinio el Joven (Cartas a Trajano), quienes concibieron la contabilidad como arte de gobernar, en la perspectiva de la educación moral del príncipe. La tradición posterior a Cotrigli (1458), a su vez, seguiría tres derroteros, en los mismos orígenes de la modernidad: una línea de pensamiento técnico-estratégica con El Príncipe de Maquiavelo (1513); otra matemática con el libro Suma de aritmética, proporciones y proporcionalidades de Pacioli; y otra jurídica, específicamente con el tratado De las cuentas y las escrituras, título 9, tratado 11, de la obra anterior.

 

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Fuente: Adaptación de Christian Bec (1967) y Vittore Branca (1986), citado por Marco & Noumen (2008: iv), traducido del italiano.

Notas: *: mercaderes moralistas;

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: mercaderes memorialistas;

◘: mercaderes historiógrafos; •: mercaderes contables.

 

3. El precursor de la partida doble

En 1458, Cotrugli(3) escribió en Nápoles un manuscrito titulado: Della mercatura et del mercante perfetto el cual está hoy perdido, sin embargo, se conserva una copia de 1475 realizada por el copista Marino de Raphaeli en la Biblioteca Nacional de Malta. Dicha copia fue descubierta en 1998 (Van der Helm & Postma, 2000: 147-178) bajo el rótulo de mercantesca ‘registros mercantiles’, según informa Kristeller en su obra Iter Italicum (Kristeller, 1989), escrito a mano (Codex Malta XV), cuyo nombre completo es: Libro de l’arte de la menercatura (Cotrugli, 1458/1475).

La edición crítica de Tucci (1990) se hace con base en un manuscrito de 1484 (para entonces la copia más antigua de Cotrugli, realizada por Strozzi). No obstante, el manuscrito solo fue dado a la estampa 115 años después, es decir, en 1573, en Venecia, como: Della mercatura et del mercante perfetto, es decir, “Tratado sobre el comercio y el mercader perfecto”. Se sabe que el manuscrito fue terminado en un castillo cerca a Nápoles, el 25 agosto de 1458 y que luego fue traducido al francés y publicado en Lyon en 1582, así como reeditado en Brescia en 1602.

Kheil (1906: 19-20) indica que en la última página del libro, que tiene 106 folios numerados escritos por las dos caras, figura el siguiente colofón: “Finisce l‘opera di mercatura, dettata per M. Benedetto di Cotrugli a Francesco de Steffani. Deo gratias. Apud Castrum Serpici dum epidemia vexat urbem Neapolitanam. MCCCCLVIII. Die XXV Augusti Feliciter”, lo que es: “Aquí acaba la obra sobre el comercio, dedicada por el señor Benedetto de Cotrugli a Francesco de Steffani. Sean dadas gracias a Dios. En el castillo de Serpico, mientras la peste aqueja a la urbe napolitana. Día 25 de agosto de 1458. ¡Buena suerte!” (Hernández Esteve, 1992: 88-89).

Así lo atestigua el título en italiano de la edición Príncipe de Cotrugli: Della mercatura et del mercante perfetto. Libri quatro Di M. Benedetto Cotrugli Raugeo. Scritti gia piu di anni XC. & hora dati in luce. Vtilissimi ad ogni mercante. Con privilegio. In Venegia, all’Elefanta. MDLXXIII, traducido en español: “Tratado sobre el comercio y el mercader perfecto. Dispuesto en cuatro libros del maese Benedetto Cotrugli, natural de Ragusa. Redactado más de 110 años antes. Y ahora salido a la luz. Obra muy necesaria a todo mercader. Con privilegio. En Venecia, Casa editora El Elefante. 1573” (véase fig. 2). Después de esta primera edición, el tratado fue objeto de una segunda edición en Brescia (véase fig. 4) el año 1602, así como de una traducción al francés en 1582 (véase fig. 3).

En la misma ciudad de Venecia, el gran Maestro de Sansepolcro publicaría en 1494 la Summa de arithmetica, geometria, proportioni et proportionalita (Suma de aritmética, proporciones y proporcionalidad), o sea, 36 años después de que Cotrugli terminara su libro Della mercatura, en 1458, en cuya Dictinctio IX (título noveno), aparece el Tractatus XI particularis de computis et scripturis (Tratado 11 a propósito de las cuentas y las escrituras) mencionado anteriormente y traducido al español con introducción y notas por Hernández Esteve (Pacioli, 1494/1994), acompañado de la reproducción fotográfica del original.

El libro de Cotrugli se leyó como manuscrito durante los siglos XV y XVI gracias a los buenos oficios de copistas italianos. Hoy se conservan dos de esos manuscritos, uno de 1475, hoy el más antiguo, que fue descubierto a principios de 1998 en la Biblioteca Nacional de Malta (copista Marino de Raphaeli de Ragusa), seguido de un apéndice que contiene un inventario con 266 registros contables; y otro de 1484 (copista Strozzi), publicado por Ugo Tuci (Venecia, 1990).

El capítulo 13 (Dell’ordine di tenere le scritture mercantilmente, “De la forma de llevar las escrituras mercantiles”) del primer libro de los cuatro que integran el tratado, es de particular interés para el estudioso de la contabilidad, cuya importancia ha sido valorada por destacados historiadores de la contabilidad (Alfieri, 1891: 117-118; Kheil, 1905; Massa, 1912: 153-173; Kats, 1929: 286; Stevelinck, E. 1970, 10: xvii-xviii; Vlaeminck-González Fernando, 1961: 119-120; Hernández Esteve, 1992; Van der Helm & Postma, 2000: 147-178). Gracias a este capítulo ha logrado su autor el mérito de ser el primero en describir el sistema de la partida doble, 36 años antes de que Pacioli, el pedagogo de la contabilidad más egregio en los inicios de la Modernidad, publicara en 1494 su inmortal tratado De computis et scripturis (De las cuentas y las escrituras).

 

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Figura 2. Texto impreso de 1573 del tratado sobre el arte del comercio y el mercader perfecto, publicado 115 años después del manuscrito original de 1458 redactado en Nápoles y hoy perdido. Se conserva un ejemplar en la Biblioteca Marciana de Venecia.

 

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Figura 3. Primera edición de la traducción francesa por Jean Boyron del libro Della mercatura et del mercante perfetto de Cotrugli, publicada en Lyon en 1582.

 

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Figura 4. Segunda edición impresa de 1602.

 

El libro Della mercatura et del mercante perfetto fue traducido al francés, en 1582, por Jean Boyron como Traicté de la marchandise et du parfait marchand (véase fig. 3).

Desde entonces, “La historia de la contabilidad ha sido dividida en dos periodos:

• El periodo ‘documental’: antes de {Benedetto Cotrugli y} Luca Pacioli tenemos que confiar en los libros de cuentas de, entre otras personas, los mercaderes;

• El periodo ‘literario’: con {Cotrugli y} Pacioli comienza una tradición de textos que versan acerca de la teneduría de libros”. (Postma & Van der Helm, 2000, conclusión, traducido del inglés).

En la historia de la contabilidad, en efecto, los manuales de mercaduría, o tratados sobre el arte del comercio, jugaron un papel importante en la enseñanza de la forma de llevar las cuentas mercantiles. En este intento descollaron dos nombres: Fray Luca Pacioli (1494), el gran pedagogo de la contabilidad que tuvo el honor de escribir el texto didáctico más antiguo acerca de las cuentas y las escrituras, y también el redescubierto e inolvidable Benedetto Cotrugli (1458), natural de Ragusa, precursor de la partida doble en Occidente y padre de la gestión empresarial moderna.

4. El precursor de la ética de los negocios

El tratado Sobre el arte del comercio y del mercader perfecto es producto de una oleada humanista que ha consolidado en el mundo moderno las bases para una ética de los negocios. Tal origen ético del pensamiento contable se remonta a Platón, Jenofonte, Aristóteles y Plutarco en Grecia, pasando por Cicerón y Plinio el Joven, en Roma, sin olvidar la influencia musulmana del texto contable más antiguo por partida doble, escrito por Mohamen Ibn Abdullah Almazarandarani (1363) que posiblemente Cotrugli leyó, una de las obras más representativas de la contabilidad musulmana, que prosperó en el seno de una cultura árabe-persa cuya mentalidad es analizada en la obra de Ibn Jaldún (1332-1406), titulada Al-Muqaddimah (1382), traducida al castellano por Juan Feres como Introducción a la historia universal.

En la introducción de la versión francesa de 1582, Jean Boyron, su traductor pone de relieve la filiación de las ideas de Cotrugli sobre el arte del comercio con la tradición ética de los clásicos griegos y latinos del pensamiento comercial:

“Hace un poco más de 120 años que Benito Cotrugli Raugeo, hombre de rara doctrina, y mercader muy experto, escribió una obra que, según él lo advierte, aborda un tema nunca antes tratado por otra persona: se refiere a los cuatro libros de su obra acerca del Arte del comercio, bajo cuyo título estaba implícita su pretensión de formar un mercader en tal grado de perfección, como en los tiempos de Jenofonte y Cicerón, autores bien conocidos que con gran maestría se dieron a la tarea de instruir, este como orador y aquel a un rey. A tal mercader, Cotrugli lo concibe provisto y adornado de todas las virtudes, y cualidades dignas de ser honradas, que bien se puede suponer que él tenía en su mente una idea muy clara de mercader perfecto”. Boyron, Lyon, 1582, Al lector (Marco & Noumen, 2008: 5), traducido y adaptado del francés antiguo.

Allí mismo, el traductor aclara que Cotrugli escribió su obra en provecho de los mercaderes, ofreciéndoles preceptos, consejos, precauciones y conocimientos mercantiles de gran utilidad para el noble ejercicio del comercio, no sin antes precisar el sentido de la palabra italiana Mercatura que aparece en el título, aduciendo que la tradujo al francés como Merchandise con la acepción de “arte del comercio”, y no tanto como “mercado” o “mercancía”, significado que también tenía en el uso de la época dicha palabra. El mismo Cotrugli, a la altura del capítulo 2 del primer libro, habla sobre qué se debe entender por mercatura: “Mercatura è arte, ouero disciplina, tra le persone legitime giustamente ordinata, nelle cose mercantili, per conseruatione dell’humana generatione, con speranza di guadagno”. [El comercio es el arte, o bien la disciplina, que se rige por reglas de justicia, acerca de cosas que se trafican entre personas legítimas, para el mantenimiento del ser humano, con la esperanza de obtener ganancia]. (Cotrugli, 1573/1582: 15).

He aquí el fundamento de toda la obra de Cotrugli. La perfección de esta definición, según el autor, radica en que cumple las dos condiciones aristotélicas para definir un concepto: ser universal en lo que dice y distinguirse de otras definiciones. La expresión “personas legítimas” se entiende como un criterio que excluye a las personas que no pueden comerciar: reyes, príncipes, barones, caballeros y demás miembros de la nobleza a quienes el derecho civil prohíbe el ejercicio del comercio. Pero también a los miembros del clero y quienes profesan las sagradas órdenes, conforme al precepto bíblico del Nuevo Testamento, citado por Cotrugli, que dice: Nemo militans Deo implicat se negotiis secularibus {Ningún hombre que sirve a Dios como soldado, se involucra en los negocios comerciales de la vida} (2 Timoteo 2, 4). En la expresión “que se rige por reglas de justicia” está implícita la teoría del precio justo respecto de las cosas que se trafican en los negocios de compraventa.

Finalmente, la expresión: “con la esperanza de obtener ganancia” se emplea en dos sentidos: uno sublime, según el cual el fin del arte de comercio es la satisfacción de las necesidades de intercambio humano para la subsistencia, y otro terrenal, en el que la verdadera naturaleza del comercio se puede expresar como comprar a bajo precio y vender a uno alto. Con la palabra mercatura Cotrugli designa el “comercio” para la procuración de un beneficio, no obstante, su obra trata más bien sobre el arte o la disciplina del comercio que sobre la práctica de este.

Esta idea también estuvo muy arraigada en el pensamiento comercial del mundo árabe. En el capítulo 9 del libro quinto de Introducción a la historia universal de Jaldún (1382), el autor define el comercio en los siguientes términos:

Con la palabra “comercio” se designa la procuración de un beneficio, incrementando el capital mediante la compra de mercancías a bajo precio para venderlas más caras. […] ¡Dios, enaltecido sea, mejor lo sabe; y de Él procede toda asistencia! (Jaldún, 1382/2011: 696).

En este sentido, Jaldún (ibíd., p. 702) recuerda al lector su definición de comercio “como el arte de hacer incrementar el capital comprando mercancías y procurando venderlas a mayor precio que su costo”, para ocuparse luego de las razones morales por las cuales los gobernantes no deben dedicarse al comercio:

“La utilidad que se obtiene de una operación comercial es exigua en proporción al capital invertido; mas si el capital es grande, la utilidad lo será también, porque lo poco multiplicado forma una importante suma; pero, para obtenerla, se precisa que los compradores tengan el dinero a la mano en el momento de hacer sus compras y que el vendedor se cobre en el acto, pues la honestidad es muy rara entre esas gentes. Eso ocasiona, por un lado, el fraude y la adulteración de las mercancías; por el otro, conduce al retraso de los pagos y, en consecuencia, la disminución en las ganancias del comerciante, porque carecería de capital al que hacer valer durante el intervalo” (Jaldún, op. cit.: 702).

“Esas gentes” para Cotrugli (ibíd., p. 15), “son personas de baja condición” (sono le persone ignobili) y, por tanto, no son dignas de comerciar. En el imaginario popular árabe, descrito por Jaldún en la cita anterior, la moral de los comerciantes es inferior a la de los altos funcionarios del Estado y se aleja de los hombres valerosos. Ya en el capítulo 40 del libro tercero (op. cit., p. 507), había aducido una razón técnica de por qué era nocivo para el Estado que el soberano comerciara por su cuenta, pues perjudicaba los intereses de sus súbditos, arruinando de paso las rentas del Estado: “Los hombres hacen la competencia hasta los límites de sus medios; pero cuando tienen por competidor al mismo soberano, que dispone de sumas infinitamente mayores que las suyas, apenas alguno de ellos puede mantenerse en pie y seguir logrando un tanto de sus menesteres”. Al igual que Jaldún, Cotrugli preferirá la venta al contado.

En la reflexión que hace Cotrugli sobre el problema moral en la gestión de los negocios y las organizaciones convergen dos orígenes intelectuales de la gestión en la evolución del pensamiento comercial:

• Una tradición logístico-técnica, a través del legado de Fibonacci (1202 [2002]) y Abdullah (1363), que culminó con la consolidación de la partida doble como técnica de gestión racional de las organizaciones. Ello configurará una dimensión algorítmica de la contabilidad como saber estratégico para la gestión eficiente de las organizaciones.

• Una tradición ética, heredera de pensadores clásicos de autores griegos y latinos como Platón, Jenofonte, Aristóteles, Plutarco, Cicerón, Séneca, entre otros, que concibieron la contabilidad en el marco de la economía doméstica y en el contexto de la educación del príncipe. De modo que aquí la contabilidad juega un papel importante en el gobierno de la casa dentro del conjunto del arte de gobernar. Aquí se configura una dimensión política y normativa de la contabilidad en la gestión de las organizaciones y de las instituciones.

En Cotrugli parece estar implícita la idea de dignificar el oficio de mercader. En este punto, el mercader de Ragusa, que pasó del comercio a la política como diplomático y que impulsó los negocios internacionales de su patria con el mundo mediterráneo, se apartó de una larga tradición de pensamiento ético de desdén hacia el comerciante por parte de la nobleza del Estado, en el sentido de Bourdieu. Esto fue muy evidente entre los griegos. Recordemos, por ejemplo, lo que Eurílao dice a Ulises, en el libro VIII de la Odisea, cuando intenta ofenderlo de manera insensata:

“Tú, oh extranjero, no pareces en lo más mínimo a un atleta experto en competiciones, sino más bien un hombre que, estando al mando de una chusma de mercaderes y traficando con una nave repleta de bancos, se ocupa tan solo de la carga, de los géneros y de las rapaces ganancias”.

Por otra parte, en el imperio bizantino la nobleza no participaba en el comercio. Su dignidad superior en la escala social se lo impedía. Los mercaderes eran despreciados como personas ignorantes y se consideraban manchados por ejercer el comercio. Sin embargo, las mujeres de alta alcurnia ejercieron en secreto la práctica del comercio y al parecer aprendieron el arte de llevar las cuentas en el marco de una cultura de la escritura, el gran aporte de Bizancio a la historia de la humanidad, por ejemplo, es ampliamente conocido que en el siglo IX “el emperador Teófilo (829-842) hizo quemar un cargamento entero cuando descubrió que su esposa, Teodora, mantenía cierta relación comercial con la embarcación” (Herrin, 2010: 208).

En su obra, Cotrugli defendería una actitud moral muy distinta y más cercana al dominio político. El comercio será para él una fuente de poder y prosperidad. En ello estriba en esencia la diferencia entre la hegemonía comercial de Venecia sobre Bizancio, pese a que Constantinopla mantuvo el control marítimo y comercial sobre lucrativos mercados del Mediterráneo oriental. “Sin embargo, los ingresos derivados del comercio representaban una pequeña parte del presupuesto global del estado bizantino, que obtenía una renta mucho mayor de los impuestos sobre la tierra y las personas” (Herrin, op. cit.: 207-208). En tanto que para Venecia “el comercio era una necesidad impuesta por las circunstancias de su fundación como colonia de refugiados. Sus ciudadanos estaban obligados a comerciar para sobrevivir, e hicieron de la construcción de barcos de pesca y del intercambio comercial un rasgo esencial de sus vidas” (ibíd.: 218). En este sentido, lo que apartó a los bizantinos de la actividad comercial fue su insistencia imperial de invertir en tierras, y de comprar títulos nobiliarios para obtener, en el largo plazo, pensiones vitalicias del Estado. Bizancio había heredado de Roma este desprecio por el comercio al verlo como una actividad indigna de los hombres libres.

A pesar de que el panorama cultural de Ragusa tenía origenes bizantinos, Cotrugli luchó a porfía por dignificar el oficio de mercader. Su obra está destinada a exhortar para hacer del comercio una actividad que fomenta el desarrollo de las naciones y hace más dinámicas sus instituciones económicas, de modo que compete al emprendimiento de los mercaderes, en una dimensión ética de los negocios, velar por la prosperidad de las organizaciones en la medida en que sus transacciones sean legítimas y redunden en beneficio de obtener utilidad de ellas.

5. El precursor de la gestión moderna

Los orígenes intelectuales de la gestión moderna deben buscarse en Cotrugli. Para él, el comercio era considerado un arte muy cercano a la gestión de negocios que versaba sobre contabilidad y aritmética mercantil (Cfr. Schumpeter, 1971: 198). El “mercader perfecto” era un hombre de cultura universal que orientaba su conducta en el marco de una ética de los negocios, conocedor del derecho mercantil, la geografía comercial, la historia natural, las artes y los oficios, las condiciones mercantiles, la situación política y las costumbres de los distintos países.

Esta idea sentó las bases de toda una literatura de tratados sobre comercio que se extendió a finales del siglo XVII y que concibió la gestión como “la capacidad de utilizar todos los recursos de la inteligencia humana para conducir bien los negocios y generar beneficios a largo plazo” (Marco & Noumen, 2008: iii, traducido del francés). Un texto significativo respecto a este tema es Le parfait négotiant {El negociante perfecto}, de Savary (1675), con varias ediciones hasta 1800 (véanse figs. 5 y 6). Savary hijo, por su parte, publicaría el Dictionaire universal de commerce {Diccionario universal de comercio}, terminado y publicado por su hermano Philémon-Louis entre 1723 y 1730, obra comprometida con la fundamentación de una base moral y ética en los negocios. Esto marcará, por ende, la línea de pensamiento ético en el contexto del comercio internacional de la época.

 

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Figura 5. Portada de la primera edición de El mercader perfecto de Savary (1675), con privilegio del Rey.

 

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Figura 6. Grabado de El mercader perfecto de Savary.

 

Conclusión

Della mercatura et del mercante perfetto (Tratado Sobre el Comercio y el Mercader perfecto) de Cotrugli, se menciona en la historia de la contabilidad en Occidente como la primera obra que aborda el arte del comercio, con fundamento en los principios logísticos de la partida doble, expuestos en el capítulo 13 del primero de sus cuatro libros. Si bien es cierto que existen otros autores que le precedieron en la exposición de este método, por ejemplo Mohamed Ibn Abdullah Ibn Almazarandarani, natural de la antigua Persia, hoy Irán, y autor de un libro de contabilidad conocido como Risale-i Felekeyye (1363), publicado 131 años antes que el de Pacioli y en donde se evidencia un avanzado estado de evolución en la historia de los registros contables. Con todo, existen pruebas concretas que evidencian que el método de la partida doble ya era utilizado en Toscana por lo menos un siglo antes de que apareciera el escrito de Abdullah.

No obstante, uno de los aportes más significativos de la obra de Cotrugli es plantear el problema moral de los negocios. En tal sentido, esta obra es heredera de una larga tradición ética que se remonta a los autores de la antigüedad clásica grecorromana y de pensadores orientales. Desde esta perspectiva, es posible rastrear los orígenes intelectuales de la gestión en la evolución del pensamiento comercial en que la partida doble jugó un papel fundamental para resolver problemas logísticos en la evolución del pensamiento comercial. Ello le ha dado a Cotrugli el mérito de no solo ser el precursor de la partida doble en Occidente sino incluso de ser considerado el padre de la gestión moderna.

Lo cierto es que la obra de este autor ha marcado un hito en la evolución social-histórica del pensamiento contable en los inicios de la modernidad, hacia la primera mitad del siglo XV. Antes de Cotrugli, el historiador de la contabilidad ha de confiar en los libros de los mercaderes. Después de Cotrugli, se inicia una tradición intelectual de manuales de mercaduría que buscan mejorar la técnica contable.

Bibliografía

I. Ediciones de la obra de Cotrugli

COTRUGLI, B. (1450) De Navigatione. Venecia. Disponible en: http://geoweb.venezia.sbn.it/cms/images/stories/Testi_HSL/Cotrugliy.pdf.

— (1458/1475) Libro del arte de la mercatura + Apéndice (Codex Malta). Copista Marino de Raphaeli. Valetta: Biblioteca Nacional de Malta.

— (1458/1573) Della Mercatura et del mercante perfetto Venecia: All’Ellefanta.

— (1573/1582) Traité de la marchandise et di parfait marchand. Traducción por Jean Boyron. Lyon: Les Hérétiers de Fraçois Didier.

— (1573/1602) Della mercatura et del mercante perfetto. Brescia: Alla Libreria del Bozzola, 213 pp. (Disponible en la página web de Google Books.)

— (1484/1990) Il libro dell’arte di mercatura (con base en el manuscrito de Strozzi, editado por Ugo Tuci). Venecia: Arsenale Editrice, 261 pp.

— (1573/2008) Traité de la merchandise et du parfait marchand. Traducción de la edición de 1582, editada por Luc Marco y Robert Noumen. Saint-Denis: À Saint-Denis, Éditions de la Gestión, L’Harmattan.

II. Referencias bibliográficas

ALFIERI, V. (1891) La partita doppia applicata alle scritture delle antiche aziende mercantili veneziane. Turín-Roma-Milán-Firenze-Nápoles: G.B. Paravia.

BEC, C. (1967) Les marchands ecrivains: ecrivains, affaires et humanisme a Florence, 1375-1434. Paris: La Haye, Mouton & CO.

BRANCA, V. (1986) Mercanti scrittori, ricordi nella Firenze tra Medioevo et rinascimento. Milán, Italia: Rusconi.

FIBONACCI L. (1202 [2002]) Fibonacci’s Liber Abaci. Leonardo Pisano’s Book of Calculation. A Translation into Modern English by Laurence Sigler. New York: Springer.

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Anexo: traducción al español del capítulo 13 de Della mercatura et del mercante perfetto

De la Forma de Llevar las Escrituras Mercantiles

Capítulo XIII

La pluma es un instrumento tan noble y excelente que resulta muy necesaria no solo al mercader, sino también a cualquier arte, sea liberal, mercantil o mecánica. Comoquiera que al mercader que le pese la pluma o que no la emplee con facilidad, no se le puede llamar mercader. Pues el mercader no solo ha de ser diestro en escribir, sino que debe saber también ordenar sus escrituras, de lo cual nos ocuparemos en el presente capítulo. Porque el mercader no debe confiar sus negocios a la memoria, a menos que fuese como Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de su ejército, que eran innumerables; o Lucio Escipión de Roma “que tenía una memoria prodigiosa”; o Cinea, embajador del rey Pirro, que al día siguiente que estuvo en Roma saludó por sus nombres a todos los miembros del Senado.

Pero como esto es imposible para nosotros, es preciso que veamos la práctica de las escrituras, que no solamente conservan y retienen en la memoria las cosas tratadas, sino que además permiten evitar muchos litigios, discusiones y escándalos. Y más aún, a los hombres de letras hacen vivir miles y miles de años, citando sus nombres gloriosos y hechos ilustres, lo cual no podría conseguirse sin este instrumento glorioso que es la pluma. ¡Cuán obligado está el género humano a Carmenta, madre de Evandro, de quien se dice que fue la primera en descubrir el uso de la pluma! De continuo vemos las ventajas que se derivan de la escritura; tanto más cuanto que sin ella no sería posible comunicarse de un lugar a otro, ni dar noticia de los sucesos, grandes o pequeños, que ocurren en la patria y en otros países, y que de cualquier modo son dignos de ser recordados.

Pero volvamos al tema que nos ocupa, donde radica precisamente nuestra intención central, es decir, a la forma de llevar ordenadamente las escrituras mercantiles, las cuales permiten que uno mismo pueda recordar todo lo que hace, y de quién debe recibir y a quién debe dar; así como el costo de las mercancías, las ganancias y pérdidas, y todos los negocios propios del comercio; advirtiendo que el saber llevar bien y ordenadamente las escrituras enseña a saber contratar, comerciar y tener utilidad.

El comerciante no debe confiar en absoluto en su memoria; tal confianza lo lleva a cometer muchos errores. De ello habla Averroes, comentarista “de Aristóteles”, al reprender a Avicena, que confiaba mucho en su inteligencia, diciéndole: “Duo hominem in naturalibus errare faciunt, fiducia intellectus et logice ignorantia”, es decir, “dos cosas hacen errar al hombre en su estudio de la naturaleza: la confianza en la inteligencia y la ignorancia de la lógica”.

De esta manera, el mercader debe llevar por lo menos tres libros, a saber: el borrador, el diario y el mayor. Este último debe tener su índice, con el propósito de encontrar rápidamente todas las partidas que se registren en el mayor. E identificarás este libro con la letra A. Y en el primer folio invocarás el nombre de Dios. Asimismo declararás de quién es el libro, y cuántos folios tiene. Y con la misma letra con la que se señaló el libro, deberá señalarse también su diario, su índice y su borrador. En el diario describirás ordenadamente, cosa por cosa, todo [tu] capital, y lo pasarás al mayor. Este capital lo podrás después emplear a tu conveniencia para comerciar con él.

Cuando hayas acabado de escribir todo este libro mayor, cerrarás en él todas las cuentas abiertas, pasando cada uno de sus saldos, tanto los deudores como los acreedores, al último folio, después de la última cuenta. Luego los pasarás al nuevo mayor, abriendo con cada saldo la respectiva cuenta. Dicho mayor lo señalarás con la letra B, señalando con la misma letra incluso su nuevo diario, su índice y su borrador, y continuarás de esta manera, de libro en libro, hasta llegar a la última letra del alfabeto. Y en el primer folio del mayor, invocarás siempre, como se dijo antes, el nombre de Dios, etcétera.

En el borrador debes anotar cada tarde, o cada mañana, antes de salir de casa, todo lo que en el dicho día hayas negociado y contratado en relación con tu mercancía u otras cosas necesarias y oportunas, como ventas, compras, pagos, ingresos, comisiones, libranzas, cambios, gastos, promesas o cualquier otra clase de negocios, antes de que den origen a asientos en el diario, dado que hay muchas cosas que, aunque se contratan, no dan lugar a ningún asiento en el diario. No sobra recordarte que siempre debes llevar contigo una libreta de apuntes pequeña, en que anotarás día a día, y hasta hora a hora, los detalles de tus negocios, para que puedas después con la mayor comodidad registrar los asientos en el borrador o bien en el diario, procurando siempre pasar el mismo día o al siguiente todas o parte de las anotaciones del borrador al diario.

Luego, las pasarás diariamente al mayor. Y a principios de cada año, irás verificando los resultados con los asientos de su Diario, haciendo el balance de comprobación de las cuentas y pasarás todos las ganancias, o bien las pérdidas, a tu cuenta de capital. Deberás tener además otros dos libros, uno para copiar las cuentas que mandes fuera, y otro para copiar tus cartas, aunque sean de poca importancia.

Deberás también tener en orden tu escritorio, y en todas las cartas que recibas anotarás en la parte superior de dónde vienen, así como el año, mes y día, conforme las hayas recibido diariamente. Y cada mes harás un manojo de cartas por separado, y las archivarás en cierto cajón de tu escritorio, junto con las otras escrituras, tales como contratos, instrumentos públicos, manuscritos, letras de cambio, cuentas, pólizas, etc., y los guardarás en el debido orden según costumbre de los verdaderos mercaderes.

Por no pecar de prolijo y en aras de la brevedad, bastará con lo dicho sobre las escrituras y la forma de llevar los libros, y también porque es imposible explicar con detalle toda su práctica, puesto que si falta la explicación de viva voz, difícilmente se podrá aprender por escrito. Por eso aconsejo y animo a todos los mercaderes a que se deleiten sabiendo llevar bien sus libros, y con el debido orden. El que no sepa, que se haga enseñar y, si no, que tenga un tenedor de libros joven, diestro y competente. De otro modo, tu negocio será un caos y una confusión babilónica. Así que guárdate, pues de ello depende tu honor y tu patrimonio.

(1) El adjetivo ‘porfirogénito’ viene del griego porphyrogénnetos ‘nacido en la púrpura’. En la época del Imperio Romano de Occidente, la expresión “nacer en la púrpura” se refería a los hijos de los emperadores. El costoso tinte, derivado de un diminuto molusco del género Murex, con que incluso se teñían los pañales de los recién nacidos, era símbolo de dignidad imperial. El color también era exclusividad en los sarcófagos de soberanos, adornados con la piedra púrpura de pórfido que se extraía únicamente de un solo lugar en Egipto. En la economía bizantina, las sedas teñidas con el color “púrpura real”, reservadas a los miembros de la familia imperial, no podían enviarse al extranjero sino como regalos diplomáticos.

(2) Los agentes recaudadores de este impuesto se llamaban kommerkiarioi y eran los encargados de recaudar los impuestos devengados por todas las transacciones comerciales producidas en el imperio bizantino.

(3) También es autor de la obra De Navigatione (Venecia, 1450), primer tratado sobre navegación en la literatura europea. Una edición moderna del texto italiano con traducción serbocroata fue editada por Damir Salopek como De navigatione / O plovidbi (Zagreb: Ex Libris, 2005).