Contribución de las ciencias sociales y humanas a la formación del contador público

Revista Nº 29 Ene.-Mar. 2007

William Rojas Rojas 

(Colombia) 

Profesor del Departamento de Contabilidad y Finanzas 

Grupo de investigación Nuevo Pensamiento Administrativo 

Universidad del Valle 

Introducción

A las violetas que cultivó 

José Orlando Giraldo 

por considerarlas seres 

excepcionalmente bellas 

En primera instancia quiero señalar que en este trabajo se utiliza la expresión “Ciencias Sociales y Humanas” de una manera pragmática. Claro está que el autor del texto no desconoce la arbitrariedad que existe en esta decisión. La intención no es desconocer las polémicas y los desarrollos alrededor de la discusión epistemológica y filosófica de lo que algunos pensadores han llamado ciencias humanas, ciencias sociales o ciencias del espíritu, entre otras. Así, la antropología, la lingüística, la pedagogía, el derecho, la sociología, la historia, las ciencias políticas, la demografía, la psicología, el psicoanálisis, entre otras, están incluidas en esta expresión. Acotando un poco la noción de ciencias sociales y humanas, se retoma a Chanlat (2002: 19), quien sostiene que “las ciencias sociales son todas las ciencias que se ocupan de hacer inteligible la vida social en su totalidad o en uno de sus aspectos…”. Hegel lo supo resumir de manera lapidaria: “la realidad solo puede ser social. Es necesario, por lo menos, ser dos para ser humano”. En efecto, como escribe Gusdorf, citado por el autor en mención, “las ciencias humanas “son ciencias ambiguas, puesto que el hombre que es a la vez objeto y sujeto, no puede ponerse él mismo entre paréntesis para considerar una realidad independiente de él” (Ibíd.: 21).

El objetivo de este ensayo es llamar la atención sobre la importancia que tiene la enseñanza y el aprendizaje de las ciencias sociales y humanas en el proceso de formación del contador público en Colombia. El origen de esta preocupación resulta de una doble constatación que he vivido en los últimos diez años de mi vida académica, cuando interactúo con estudiantes de contaduría pública de diferentes universidades de la región y del país en general. ¿En qué consiste esta constatación? En que los estudiantes que han tomado los cursos de ciencias sociales y humanas experimentan dos sentimientos: el primero se expresa en una ruptura con algunos de sus principios rectores de vida, en este caso, algunos estudiantes me han hecho partícipe de un desencanto inmediato con la profesión contable. Dicha ruptura, de una u otra manera hace que estas personas miren con desdeño el trabajo teórico y práctico de los contadores públicos.

Realmente, no podría caracterizar el fundamento y la forma del desencanto de estas personas frente a la profesión que estudian. Pero lo que intuyo es que algunos de estos estudiantes o profesionales toman distancia de la contaduría pública acusándola de ser una profesión tecnicista y acrítica de los principios y los resultados de la civilización técnico-instrumental de nuestros tiempos.

¿Qué es la civilización técnico-instrumental? Es el tipo de sociedad que nació del capitalismo industrial y financiero que estandarizó y homogenizó unas técnicas instrumentales en los procesos productivos. Ella se caracteriza por colocar en primer plano la investigación y la tecnología como factores de progreso social, económico y cultural, y por la forma en que introduce y mercadea sus productos y servicios. La CTI surge de la resignificación de los metarrelatos modernos que fueron puestos en marcha por el mundo burgués que se revitalizó al retomar el proyecto griego y romano. El ser moderno postrenacentista hizo ruptura mental, simbólica y cultural con respecto a la mentalidad premoderna que privilegiaba la magia, la hechicería, el mito, entre otras manifestaciones culturales. Puede decirse que la pretensión de América Latina de incorporarse al mundo moderno y de gozar de los adelantos de la CTI ha conducido –inconscientemente– a que las diferentes culturas que hay en ella incorporen una temporalidad más: la contemporaneidad (mito del presente que hace de la rapidez y la velocidad, la ley del mundo, y que hace borrosos, entre otros valores, los rigores y las exigencias de la mentalidad científica; las ideologías igualitarias y libertarias; las consecuencias del monopolio empresarial capitalista; el costo ambiental y humano de las tecnologías y las ciencias aplicadas, y sobre todo, de la mentalidad secular derivada del desencantamiento del mundo). El anterior acontecimiento social ha consentido que la gran mayoría de personas que habitan en América Latina utilicen y/o consuman de manera simultánea los objetos, los procesos que emergen de la civilización industrial. En el consumo los ciudadanos (as) participan en la contemporaneidad “avanzada”. La CTI propaga, por un lado, una nueva ideología que instaura representaciones imaginarias respecto del poder y del prestigio “de lo nuevo”, de lo que se usa y está de moda, por el solo hecho de ser actual, y por otro lado, un tipo de hombre que siempre desea estar a la moda, que se encanta por lo novedoso y que está dispuesto a pagar el dinero que sea necesario para usar los servicios y los productos que se le presentan en el mercado(1).

En el peor de los casos, algunos estudiantes me han “confesado” que la aprehensión de algunas teorías y/o conceptos de las ciencias sociales les ha indicado que ellos, poco o nada, pueden hacer para transformar el quehacer profesional del contador público. Y frente a esta imposibilidad desean abandonar el estudio de la contabilidad(2).

El segundo sentimiento de los estudiantes se expresa en un desasosiego, fruto de la consideración de que los contenidos de las asignaturas de las ciencias sociales y humanas no contribuyen al éxito profesional. Es necesario aceptar que existen problemas educativos que impiden que los estudiantes conozcan el porqué la incorporación de las ciencias sociales y humanas en el proceso de formación del contador público(3). Uno de estos problemas, en esencia, tiene que ver con la organización del currículo y las prácticas pedagógicas que se establecen al interior de los programas de estudio. Me atrevo a decir que una de las causas de esos problemas es la ausencia de políticas educativas institucionales (prácticas pedagógicas y didácticas) que aseguren que los profesores articulen en sus clases la relación de su asignatura y el campo de estudio contable.

Por ejemplo, un profesor de antropología cultural que preste su servicio a un programa de contaduría pública y que no tenga suficiente información sobre la esencia y la problemática de la profesión contable y los fundamentos básicos de la contabilidad, no logrará mostrarles a los estudiantes, por ejemplo, cómo unos hallazgos arqueológicos pueden permitir la reinterpretación del quehacer contable en una cultura. Así mismo, puede imposibilitar que el futuro contador logre identificar cómo en un informe contable se ponen en juego unos valores, unas experiencias, unas intenciones, unos deseos y unas significaciones que son propias de una racionalidad. Para decirlo con otras palabras, un caso como este, aleja al estudiante de entender cómo la antropología en tanto ciencia social ayuda a comprender el rol del contador público y de la contabilidad en un contexto determinado. No cabe duda de que el vacío que resulta en la divulgación entre el saber antropológico y el saber contable le impide al estudiante entender la contribución de la antropología a su futuro profesional y al discernimiento de los fenómenos sociales de su época. En esta misma dirección, puede entenderse por qué algunos estudiantes relegan las asignaturas de ciencias sociales y humanas a lo que comúnmente se ha denominado por ellos como las “asignaturas de relleno curricular”(4).

Los dos sentimientos descritos hasta ahora me motivan a presentar este ensayo que tiene los siguientes cuatro apartes: en el primero se reflexiona sobre el contexto colombiano y el cruce de mentalidades existente; en el segundo se describe la racionalidad productiva instrumental y su relación con las organizaciones y la contabilidad; en el tercero, se presenta una ejemplificación de la articulación entre las ciencias sociales y humanas en un campo profesional; y por último, se presenta un epílogo que permite concluir sin concluir, pero que alienta la discusión sobre la incorporación de las ciencias sociales y humanas en un pensum de estudio de contaduría pública.

Espero que ustedes, al finalizar este ensayo puedan comprender por qué las ciencias sociales y humanas en un pensum de contaduría pública se constituyen en una caja de herramientas que le sirven al profesional para leer el contexto de su sociedad y elegir y considerar un proyecto ético y estético de vida en favor de la dignificación de la disciplina contable.

Con intención no quise contar solo las razones que explican la contribución de las ciencias sociales y humanas. Pues esto me hubiese obligado a enumerar múltiples argumentos que no son los míos. Más bien me propuse formular dos problemas para demostrar cómo un estudiante de contaduría pública puede aislarse o adherirse al espíritu capitalista fraternal que nos domina. Y desde ahí concluir sin concluir, considerando que más adelante vendrá otro acto académico en el cual culmine esta reflexión y que me permitirá acceder al honroso título de profesor titular.

1. El cruce de las mentalidades (premoderna, moderna, contemporánea) en Colombia(5) 

A partir de los trabajos de García Canclini (1989 y 2004) y Cruz Kronfly (1994 y 1998), puede sostenerse que en Colombia existe un cruce de mentalidades(6) que permite que cada ciudadano viva e interprete como quiera sus aciertos e infortunios personales y culturales con respecto de las personas e instituciones próximas o distantes de él, por ejemplo, el pertenecer a una comunidad étnica, tener un empleo, creer en Dios, etc.

Este cruce muy propio de los países latinoamericanos, que según García Canclini “son el resultado de la sedimentación, yuxtaposición y entrecruzamiento de tradiciones indígenas (sobre todo en las áreas mesoamericana y andina) del hispanismo colonial católico y de las acciones políticas, educativas y comunicacionales que intentan aplicar los valores modernos de igualdad, libertad y solidaridad humana”. Según García Canclini, “pese a los intentos de dar a la cultura de élite un perfil moderno, recluyendo lo indígena y lo colonial en sectores populares, un mestizaje interclasista ha generado formaciones híbridas en todos los estratos sociales” (1989: 71).

A la luz de lo anterior, se puede entender, por ejemplo, por qué un profesional de las ciencias de gestión (contaduría pública, administración de empresas, economía) en Colombia puede creer ciegamente en la existencia de Dios, en la vigencia de algunos mitos(7) (la existencia de “La llorona”, “El duende”, “La patasola”, creer que con cruzar dos tenedores se puede detener la lluvia, etc.), y también creer ciegamente en la autonomía de la razón y en el principio de la individuación. Como se observa, en algunas de las mentalidades del profesional contemporáneo está presente el cruce de idearios modernos, indígenas, católicos, que dan cuenta de cómo Colombia se ha insertado en la civilización occidental.

Este cruce de mentalidades o temporalidades mentales, no ha conducido a que los habitantes latinoamericanos pierdan su perspectiva identitaria, por el contrario, siguen desarrollándola, a tal punto que no dejan de ser atractivos para los colonizadores contemporáneos. Valga el caso mencionar aquí, cómo en el actual proceso globalizador las multinacionales han encontrado en Colombia y otros países de América Latina el espacio para colocar empresas tipo maquila que aportan muy poco al bienestar general e institucional de las sociedades. Pero, ¿cuál es la importancia de pensar este tópico para el problema que aquí se ha planteado?

Desde una postura antropológica-filosófica, puede decirse que la importancia de pensar este interrogante radica en que permite identificar y comprender la condición y la complejidad de las interacciones hombre-hombre, hombre-organización, hombre-institución. Dicho de otro modo, permite explicar los diversos dispositivos que el hombre colombiano ha elaborado para sobrellevar las preocupaciones, las inquietudes y las angustias que emergen de la reflexión que él hace de sí mismo, de los otros, y de las sujeciones que le proporciona su entorno. Sin duda, vale la pena preguntarse si en Colombia vivimos un mundo “encantado” que, parafraseando a Augé (1998: 42), se caracteriza porque en él, el error es siempre pasajero y no existe lo desconocido, lo que posibilita la emergencia de rituales que facilitan el reconocimiento entre los hombres. ¿Será que vivimos en un mundo donde la acción inventiva diaria se pone en favor de individualidades que facilitan la estabilidad mínima de las relaciones humanas? ¿Será que en Colombia hemos construido una interacción social estable que se fundamenta en acciones inventivas y resignadas donde la reflexión sobre las causas de los problemas sociales, económicos y culturales, no va más allá del juicio plácido: “de los míos!” o en el encuadramiento sin apelación: “de los otros!”? Admitamos, primero, que pensar en el entrecruzamiento de las mentalidades nos permite tomar distancia de los pensamientos prejuiciosos sobre la bondad o la malignidad de la cultura colombiana, y segundo, que un profesional de la contaduría pública solo puede entender este cruce de mentalidades desde la aprehensión de algunas de las principales teorías de las ciencias sociales y humanas.

1.1. Contexto y emergencia de imaginarios

Si nos detenemos a considerar el contexto y la razón de ser de algunos de los imaginarios que se han entrecruzado en Colombia, puede observarse que estos han permitido el desarrollo de un proyecto de vida moral, político y económico aglutinador. Veamos por ejemplo, los griegos desde su idea de razón lograron pensar un proyecto de ciudad centrado en el antropocentrismo y una forma lógica de hacer ciencia. En la época medieval, y en el caso particular del cristianismo, se observa la potencia que ofrece la religión católica para desarrollar una idea de familia y un tipo de humanismo entre los diferentes pueblos. La religión católica, de una u otra manera, permitió el reconocimiento del prójimo y de la diferencia con respecto a la idea de un Dios que premiaba y castigaba el respeto de las sagradas escrituras en lo concerniente al respeto por el hermano (Fernández, 1995). En la época moderna, la Europa occidental incubó un proyecto histórico, artístico, político y filosófico que consintió que los hombres forjaran un proyecto de individuación y de autonomía moral por fuera —si se quiere decir— de los postulados religiosometafísicos del mundo, sea el caso mencionar, entre otros, los derechos del hombre y los postulados de dignidad humana. En el caso de los pueblos indígenas, podemos decir que el mito y el rito jugaron un papel fundamental en las formas de gobierno, de producción y aprovechamiento de las tierras. Puede decirse que dicho proceso mítico-religioso resultó indigno para la mentalidad de los colonizadores de América.

1.2. Violencia y entrecruzamiento de mentalidades: una interpretación

Expuesto lo anterior, puede decirse que el estado actual bajo el cual funciona nuestra sociedad está sedimentado por un proyecto económico y cultural que emerge de idearios eurocéntricos y americanos y que matizados con nuestra cultura de la magia, de la hechicería y del pensamiento mítico, logró consolidar apenas formalmente un proyecto de sociedad liberal ilustrada, del cual se derivan leyes y prácticas sociales en favor de la dignidad humana.

Veamos por qué decimos que en Colombia se ha construido un proyecto de sociedad liberal ilustrada solo en el papel. Admitimos que el hibridaje mental nos ha permitido desarrollar guías de acción para nuestro país, como la Constitución de 1991. Sin embargo, nos preguntamos lo siguiente: ¿La educación universitaria profesionalizante permite que un estudiante asuma crítica y políticamente la defensa de dicha Carta Magna?

Empero, ¿a qué le debemos, por ejemplo, la aparición y el mantenimiento de la violencia política e ideológica en Colombia? Veamos lo que nos señala Pécaut (2002: 19, 33):

“Desde 1980 nuevamente Colombia es teatro de una violencia de amplitud desconcertante: con una tasa de muertes violentas que se aproxima a 80 por cada 100.000 habitantes, se clasifica a la cabeza de todos los países, con excepción de aquellos que sufren un estado de guerra abierta. Supera, con creces, a los países latinoamericanos en los cuales la violencia constituye también un problema mayor: 22,9 en Panamá; 11,5 en el Perú, en Sri Lanka es de 12,2 y en Estados Unidos es de 8 (…) Queda por explicar por qué sus protagonistas han encontrado en Colombia un territorio tan favorable para su expansión, y, más aún, por qué, una vez desencadenada, la violencia se ha propagado tan rápidamente y ha tomado formas heterogéneas. Y, también, por qué esta propagación ha sido durante tanto tiempo percibida con relativa resignación, como si fuera casi normal”.

De otra parte, Catalina Borda subdirectora de investigaciones del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar señala: “La situación de pobreza en Colombia ha llegado a tal extremo que el 3,6% de los hogares se va a la cama cada noche sin comer”(8). El problema fundamentalmente de pobreza se debe a la inequidad social.

Considerando estas cifras espeluznantes nos preguntamos primero, ¿el incubamiento de este fenómeno social tiene que ver con una cultura en la que “el imperialismo espiritual del principio abstracto del interés egoísta —el núcleo de la ideología oficial del liberalismo—” excluye del ciudadano los valores que lo cohesionan a su comunidad y del ejercicio del pensamiento autónomo?(9), y segundo, ¿la situación de injusticia generalizada, la violencia y la corrupción interrogan de alguna manera el tipo de formación que brinda la universidad en la medida en que es ella, en parte, la forjadora del talante moral y de la personalidad de sus egresados, como lo plantea Orozco (1999: 7)?

Es preciso reconstruir las razones por las cuales en Colombia existe una cultura que gira sobre “principios” tales como: la ley del talión, “ojo por ojo, diente por diente”; el abuso de superioridad, poder o fuerza en la relación de subordinación, y el atajismo(10), “divorcio entre ley moral y cultura. Práctica social que permite alcanzar resultados en poco tiempo pero produciendo vejaciones en la persona con la cual se está negociando”. Lo anterior no desconoce las grandes redes de solidaridad y fraternidad que arropan el hibridaje mental que constituye la cultura colombiana. De otro modo no podría explicarse cómo la alegría, el amor, y la violencia corren juntos por los ríos que demarcan parte de la geografía colombiana.

En particular creemos que la poca participación de los estudiantes y/o profesionales de la contaduría pública en la lucha contra la violencia y la pobreza colombiana es el resultado de una educación que se funda en proyectos institucionales humanistas que educan poniendo énfasis en la capacitación en detrimento de la reflexión crítica de algunos de los postulados del eurocentrismo y del imperio norteamericano impidiendo estudiar y reflexionar las consecuencias del modelo de desarrollo económico global que se ha impuesto en nuestro país. Creemos que el contador público formado en un programa que articule las ciencias sociales y humanas con el saber contable puede liderar y/o participar en la construcción de la mentalidad empresarial que privilegia per se el crecimiento de la riqueza a la vez que desconoce las consecuencias sociales y ambientales de esta.

Un programa de contaduría pública que articule de verdad las ciencias sociales y humanas al saber contable posibilita que el profesional de nuestro tiempo posea, si él lo desea, una habilidad para actuar ético-moralmente desde una conciencia profesional y personal que privilegia los medios sobre los fines. Un programa de contaduría pública debe concebirse como el medio por el cual un estudiante o un egresado entenderá que su rol profesional debe ir más allá de los intereses de su gremio y de sus aspiraciones personales. Creo que un programa de contaduría debe tener claro que su misión no puede obviar la formación del carácter, de la personalidad y del espíritu crítico que sospecha de las representaciones que constituyen el orden de una realidad.

Sostenemos que en Colombia la educación actual no garantiza que las personas se apropien del principio de la autonomía moral y por tanto muchas de estas actúan en un desequilibrio entre los deseos, la imaginación y la capacidad de actuar (Bauman, 2005). Así, muchas de las vejaciones (visibles e invisibles) realizadas a las personas son consentidas desde un imaginario que no convoca la razón ilustrada que exige a lo sumo no actuar meramente por los intereses, las pasiones, los miedos y las ilusiones. Actuando desde el egoísmo puramente subjetivo muchas de las personas contemporáneas actúan alejados del pensamiento ilustrado que asiste el juicio crítico moral de la acción.

En esta misma dirección se considera que la incorporación de las ciencias sociales y humanas a los programas de contaduría pública se justifica por: a) coadyuvar a que los estudiantes sean capaces de leer, pensar y actuar distantemente de los principios que rigen la racionalidad productiva instrumental dominante; b) ayudar a develar y comprender las pasiones e intereses que reposan en el fondo de su condición humana; c) facilita la oposición a las políticas que se contraponen al reconocimiento de la dignidad humana; d) ofrecen la posibilidad de la emergencia de proyectos de reconstrucción moral de las personas y grupos excluidos de la lógica económica afraternal. Sin duda, las ciencias sociales y humanas asienten que el futuro profesional, si así lo desea, asuma una postura deontológica y epistemológica que le permita, entre otras cosas actuar y juzgar los actos que desconocen la diferencia y el carácter sagrado del hombre moderno; investigar y construir teorías, técnicas y procedimientos que humanicen cada vez más las relaciones mediante las cuales los hombres se representan unos a otros en el trabajo.

Si se acepta que la incorporación de las ciencias humanas y sociales coadyuva a la educación de un hombre ilustrado podría suponerse que la cultura colombiana poco a poco vería emerger profesionales que estarían en capacidad de oponerse a la continuidad, diseño e implementación de políticas locales y globales que niegan la diferencia humana y cultural de las personas y sus etnias. En esta perspectiva los programas de contaduría podrían ser un dispositivo fundamental para que el futuro profesional deconstruya y reconstruya mediante la investigación, el cuerpo teórico e instrumental de la contabilidad que, como saber y profesión, puede oponerse a las políticas económicas globales y locales que discriminan legalmente los compromisos mutuos entre los seres humanos y que han desmoronado las agencias de acción colectiva que tenían por objetivo el compromiso activo con los grupos sociales, que los sociólogos contemporáneos, han denominado: los sin techo.

Las ciencias sociales y humanas divulgadas y articuladas objetivamente al campo contable facilitan que el estudiante comprenda por ejemplo, que las actividades como la violencia (bandolerismo), la magia (alquimia), e ingenio (capacidad inventiva) y el dinero (préstamo y juego de la bolsa), contienen como lo señala Sombart (2005: 45-68) los principios, gérmenes y posibilidades para el desarrollo de la empresa capitalista occidental. Así, el profesional de nuestro tiempo podría enfilar su actitud contra alguna de las consecuencias paradójicas del capitalismo económico dominante, porque él se asume como un ser ilustrado que actúa en y para la defensa de la dignidad humana y del bienestar general de su nación. Si la universidad desea contribuir al desarrollo de un mundo más humano debe aceptar, primero, que el ejercicio de la razón ilustrada allana el diseño de estrategias empresariales que se anteponen a las modas administrativas que explícitamente prometen el incremento de la productividad, de la competitividad y que implícitamente disuelven los sentimientos, los valores y los derechos de los subordinados. Y segundo, la decisión de no obedecer per se los planteamientos y enfoques de los gurús de las ciencias de la administración.

La creencia en los resultados que puede arrojar la articulación de las ciencias sociales y humanas en un programa de contaduría no surge de esperanzas idealizadas de la condición humana, sino de la aceptación de que una verdadera formación humanística facilita que los estudiantes puedan elegir proyectos de vida éticos en favor de la dignidad humana y de las lógicas inmanentes al medio ambiente. Creemos que un avance importante para la humanización de una cultura se obtendrá en el momento en que los profesionales decidan anteponerse a los deseos de negación parcial o total del otro, sea un ser humano (próximo o lejano). Tal decisión de respeto no discrepa totalmente de la aprehensión de los postulados metafísicos, sino que implica una nueva vía filosófica moral que otorga a los seres humanos y a las culturas un valor sagrado, es decir, una naturaleza inviolable.

El egresado de un programa de contaduría pública que articule las ciencias sociales y humanas con los marcos teóricos y metodológicos de su saber, puede recrearse en el trabajo moral y ético que requiere el control de los pensamientos y los sentimientos que desdicen y provocan el desdibujamiento del carácter sagrado de los seres humanos y de los ecosistemas.

Lo anterior nos permite avizorar que un profesional que articule a su proyecto de vida personal y profesional las obligaciones con su ser psico-biológico-social, puede acceder, si lo desea, a una autonomía moral que lo aleja, por un lado, del principio de individuación que se aferra al consumo, y por el otro, a oponerse a las actividades y procesos que contravienen los derechos del hombre y las demás reglamentaciones que de ellos se derivan.

2. La racionalidad productiva-instrumental: organizaciones y contabilidad

Múltiples estudiosos de nuestro tiempo coinciden en que el mundo capitalista globalizado está regido por una racionalización económica que se aleja sutilmente de los presupuestos modernos que hicieron posible el reconocimiento de la condición de humanidad de todos los hombres. Dicho de otra manera, el mundo de hoy funciona a la luz de una razón instrumental que erosiona los derechos del subordinado en la organización y que subvalora la importancia de los ecosistemas para la existencia del planeta.

El capitalismo actual se sobrepuso a la utopía humanista marxista que creía en el despliegue de las fuerzas productivas y en el poder revolucionario de la clase trabajadora para reivindicar la dignidad humana. Vivimos en un mundo, entonces, donde la dominación de la racionalidad productiva instrumental banaliza la cosificación del hombre y de la naturaleza. En esta perspectiva algunos de los postulados que guían el accionar gerencial y empresarial son los siguientes: “el mercado “perfecto” otorga dignidad al trabajador”, “la productividad y la eficacia de la producción contribuyen al bienestar de la sociedad y de los hombres en general”.

En contraposición a los postulados anteriormente señalados, Gaulejac en un libro reciente titulado La société malade de la gestion ha señalado que “la gestión se ha pervertido cuando ella favorece una visión de mundo en la cual lo humano deviene un recurso al servicio de la empresa”(11) (2005: 45). He aquí su argumento:

“(…) la gestión desde hace mucho tiempo ha sido dominada por una concepción física de la empresa que representa el funcionamiento de esta como un conjunto mecánico. Más recientemente, la gestión se ha recontextualizado a partir de otras preocupaciones que comprenden el factor humano, las interacciones y la complejidad. Ella ha devenido entonces en una disciplina multiforme sin cuerpo propio.

Una disciplina científica se define ante todo por su objeto: la naturaleza por la física, lo viviente por la biología, la sociedad por la sociología, los comportamientos por la psicología… Definida con relación al objetivo práctico de hacer funcionar la empresa, la gestión desplaza su objeto. Se descompone, entonces, en dominios especializados como la gestión estratégica, la gestión de producción, la gestión comercial, la gestión contable, la gestión financiera, la gestión del marketing, la gestión del personal y de los recursos humanos. Alrededor de saberes prácticos que tienen por función modelar los comportamientos, orientar procesos de decisión, poner en marcha procedimientos y normas de funcionamiento. Hay en la gestión una construcción de un sistema de interpretación del mundo social que “implica un orden de valores y una concepción de la acción”, es decir, una ideología en el sentido de Raymod Aron (1968) (Ibíd.: 46).

Designar aquí el carácter ideológico de la gestión es mostrar que en últimas los instrumentos, los procedimientos, los dispositivos de información y de comunicación, están a la mano de alguna visión de mundo y de un sistema de creencias. La ideología es un sistema de pensamiento que se presenta como racional, que conlleva una ilusión y disimula un proyecto de dominación; ilusión de toda potencia, del dominio absoluto, de neutralidad de las técnicas y de la modelización de las conductas humanas; dominación de un sistema económico que legitima el beneficio económico (utilidad contable) como finalidad. Ese proyecto aparece claramente en la apuesta por un poder; poder que domina el objeto de la formación y de la investigación en administración. En el momento actual de la globalización, dichos factores cada vez más son dominados por un modelo americano que impone sus normas al mundo entero (...) (Ibíd.: 47).

Al servicio del poder dirigente, la ideología administrativa se basa en determinado número de presupuestos, de postulados, de creencias, de hipótesis y métodos de los cuales conviene verificar su validez. El paradigma objetivista confiere cierto barniz de cientificidad a la “ciencia administrativa”, fundamentándose en cuatro principios que describen la empresa como un universo funcional, a partir de procedimientos construidos sobre el modelo experimental, dominado por una concepción utilitarista de la acción y una visión economista de lo humano (Ibíd.: 48)”(12).

Si admitimos que la educación en administración y en contabilidad ha sido dominada por una concepción física que representa los procesos empresariales de forma mecánica, y si prestamos atención a lo que ello implica, podemos entender una de las causas por las cuales los programas de estudio no han logrado definir con precisión prácticas pedagógicas que permitan que el estudiante entienda que el ejercicio de su profesión actualmente requiere de una formación en ciencias sociales y humanas que le contribuya a poner en tela de juicio el núcleo conceptual o los presupuestos fundamentales de la disciplina contable en lo concerniente a su dimensión social y las formas de operacionalizarla. Desde el arsenal conceptual y desde la actitud crítica que pueden adquirirse en el estudio de las ciencias humanas y sociales se puede contribuir al desarrollo de un instrumento de registro y de interpretación del quehacer empresarial que esté más acorde con la armonía entre los entes que conforman el mundo. En sintonía con lo ya expuesto, estudiar la naturaleza de la contabilidad y la contaduría, su genealogía y su evolución requiere de profesionales críticos que contribuyan a identificar los centros referenciales sobre los cuales estas dan cuenta de su responsabilidad social(13).

2.1. ¿Cuál ha sido el aporte de la contabilidad a la racionalidad instrumental?

Habermas (1999), citando a Weber, sostiene que el racionalismo occidental se expresa en “la administración estatal con su organización racional de funcionarios, que opera sobre la base de un derecho estatuido o positividad; la calculabilidad y previsibilidad del comercio social regulado por el derecho privado de la empresa capitalista, que trabaja con vistas al lucro, que supone la separación de la hacienda doméstica y el negocio, esto es, el deslinde entre el patrimonio personal y el de la empresa, que dispone de una contabilidad racional que organiza el trabajo formalmente libre desde el punto de vista de su eficiencia y que utiliza los conocimientos científicos para la mejora en los dispositivos de producción y de su propia organización interna”.

En este sentido, podemos sostener que la contabilidad ha jugado un papel fundamental en la racionalización de la civilización contemporánea como lo señala Sombart (2005: 26) “es una idea moderna de que las cuentas hayan de “cuadrar” necesariamente (…) todo aquel que se ha ocupado en la investigación de las cuentas de la Edad Media sabe que la revisión de las sumas revela a menudo cifras muy discrepantes. Los errores por descuido o ignorancia están a la orden del día”. En esta perspectiva la contabilidad no ha podido responder a las críticas sociales y ambientales que se le hacen y se le han hecho a la organización económica capitalista y se pone al servicio de la lógica económica afraternal del capitalismo (Rojas, 2002).

2.2. La educación profesional no implica la obediencia total a la racionalidad productiva-instrumental

ideal de la formación crítica y la formación profesional son proyectos inconmensurables? La educación del contador público, como la mayoría de los planes educativos profesionales que nacieron de la revolución industrial, poco a poco se suscribieron a los propósitos de la ilustración (Cassirer, 1994). Así, todas las profesiones que surgieron en el siglo XIX y que se institucionalizaron en la universidad, estructuran unos currículos que parten del reconocimiento de que el hombre es un ser que mediante la formación puede alcanzar niveles de reflexión que le permitirán, por un lado, enfrentar sus preocupaciones y angustias existenciales, y por el otro, pensar los problemas conceptuales y técnicos de su quehacer.

Se sigue, de aquí, que los programas universitarios evolucionarían cognoscitivamente mediante actividades y procesos de investigación. Este presupuesto enaltece entonces la razón de ser de la universidad y la necesaria participación de los docentes-investigadores en los programas profesionales universitarios. No podemos desconocer que los programas de maestría y doctorado surgen de la maduración de los programas de pregrado en las universidades. ¿Qué nos indica lo anterior? Que en la modernidad aparece la institución universitaria como una organización en la que los estudiantes y profesores pueden problematizar (si así lo desean) los fundamentos de las profesiones, a la vez que pueden divulgar los principios teóricos que soportan la práctica profesional. La razón de ser entonces de las universidades es pensar: el hombre, la sociedad y la ciencia. Si esto se cumpliese, el sueño de la primera modernidad europea se hubiese hecho realidad, pues los hombres cada vez asumirían con tranquilidad, respeto y sapiencia los retos existenciales de su vida, a la vez que jalonarían el desarrollo de los ejes problemáticos del ejercicio profesional.

Para bien o para mal, y sin que exista un acuerdo total, como se ha esbozado anteriormente, prestigiosos pensadores e investigadores del proyecto cultural de la modernidad han señalado que este vive un declive profundo en la Europa de la que emergió. Las críticas apuntan a casi todos sus metarrelatos, y en particular describen las contradicciones entre los postulados que guían la acción y las decisiones tomadas para llevar a cabo el proyecto (el Gulag soviético, los campos de concentración, etc.). En el caso particular del capitalismo y el papel del trabajo en la civilización técnica instrumental de nuestro tiempo, autores (as) como Campillo (1985), Rifkin (1994), Forrester (1997) y Méda (1998), demuestran el resquebrajamiento de los presupuestos fundamentales de las teorías que mostraban que el trabajo moderno per se dignificaría al hombre.

Por supuesto que las críticas sobre los principales postulados que fundaron la modernidad son contundentes, pero no por ellas ese proyecto se ha desmontado de los imaginarios y los andamiajes de la sociedad contemporánea. En este sentido, Gaulejac (2005: 26) sostiene que el mundo actual se caracteriza por un triple movimiento impulsado por las empresas multinacionales que profundamente cambiaron las relaciones entre capital y trabajo: primero, la internacionalización y la financiarización de la economía; segundo, la abstracción del capital; y tercero, la abstracción del poder.

En otras palabras, y como lo he expresado en otro trabajo (Rojas, 2002) vivimos una época en que a pesar de todos los conflictos sociales (marginación de millones de seres humanos, la destrucción del planeta, deshumanización del acto del trabajo y la inhumanidad en la empresa, etc.), se delira en la creencia absoluta de que el comercio, la industria y el libre mercado per se, traen para la sociedad un bienestar económico y social.

La mentalidad delirante de muchos profesionales no nace de currículos abiertos, es decir, que articulen las posibilidades que brindan las ciencias sociales y humanas para comprender las lógicas contradictorias del sistema económico dominante (crecimiento de la riqueza y crecimiento de la exclusión y la pobreza) y que a su vez permiten la elección de un ejercicio profesional ético e investigativo. Por el contrario, dicha mentalidad nace de currículos que podríamos denominar como “ahistóricos y panóptico(14) delirantes”. Ahistóricos, porque no consideran la evolución y los desarrollos de su saber en los diversos momentos de las culturas y/o sociedades; y panópticos delirantes, porque educan a los estudiantes aferrándose a principios y valores que se consideran inquebrantables a las exigencias de una racionalidad instrumental que deja al libre albedrío del empresario la responsabilidad social de la empresa, además permiten que los estudiantes huyan y evadan la angustia que resulta de pensar la relación consigo mismos y con las poblaciones excluidas de la lógica económica dominante.

Esta idea implica que un programa de estudio que articule las ciencias sociales y humanas con un campo profesional debería permitir que sus estudiantes entiendan por ejemplo, que la nueva antropología sostiene que la precariedad, la inestabilidad y la vulnerabilidad del mundo del trabajo contemporáneo pueden ser resultado de una lógica económica regida por el lenguaje sociopolítico de la identidad(15) —lenguaje de las identidades de “clase” —, en el sentido lógico del término que conlleva que las empresas se rijan por criterios de inclusión y exclusión. Esto implicaría que el mercado global y sus lógicas productivas conducen a que en el mundo organizacional actual no tenga vigencia el lenguaje de la alteridad(16) que sugiere que la verdad de los seres humanos está en otra esfera diferente de las identidades de clase, relativizando la significación y presentando las cuestiones desde el punto de vista de la implicación, la influencia y la relación.

Dicho de otro modo, la formación de un profesional actual debe permitirle comprender las lógicas contradictorias de cualquier modelo económico. Será responsabilidad propia del estudiante profundizar y tomar partido por las inclusiones y exclusiones que de ello se derivan. Este sería un buen momento para pensar el papel que juega la institución universitaria como conciencia crítica de su tiempo. En particular para empezar a mapear los currículos de los programas de contaduría pública en Colombia, pretendiendo identificar los objetivos, los prerrequisitos y el porcentaje de las asignaturas de ciencias sociales y humanas. Considero que estas asignaturas deben estar agrupadas en un área que tenga por objetivo formar un espíritu crítico en el estudiante de contaduría pública. Pues, como lo señala Foucault (1990 [1995]) “La crítica es el movimiento por medio del cual el sujeto se arroga el derecho de interrogar a la verdad sobre sus efectos de poder y al poder sobre sus discursos de verdad... La crítica será el arte de la inservidumbre voluntaria, el arte de la indocilidad reflexiva que tiene esencialmente por función la des-sujeción en el juego de lo que podría llamarse la “política de la verdad””.

En esta dirección, reitero una vez más la pregunta por la filosofía y las prácticas pedagógicas que soportan la divulgación de las ciencias sociales y humanas en un programa de estudio de contaduría pública. Las asignaturas de ciencias sociales y humanas requieren de un tipo de enseñanza-aprendizaje que tenga por objetivo ir más allá de la mera divulgación del momento histórico en que aparecen estas disciplinas y la forma como ellas abordan el estudio de la sociedad, del hombre, de la cultura, de la raza; de la inconmensurabilidad de las culturas, del papel del inconsciente en el comportamiento humano, etc. No es extraño pensar que el papel de las ciencias sociales y humanas en un pensum de estudio contribuye a formar un espíritu crítico que le permite al estudiante deconstruir (mediante la investigación) y proponer unas nuevas teorías y técnicas para producir información contable, financiera y social capaz de reemplazar las representaciones cosificantes del mundo económico.

Resulta entonces paradójico proponer formar y educar para la deconstrucción de una civilización técnica-instrumental que se funda sobre la racionalidad productiva-instrumental y que demanda de la universidad una formación funcionalista. Este parece ser el problema y el enigma que debe resolver la comunidad contable para garantizar, primero, la no deserción de los jóvenes críticos de los programas de contaduría pública, y segundo, el desarrollo de programas de investigación que visualizan la contradicción entre lo que exige la empresa y lo que exige la sociedad.

Debemos hacer la apuesta por proyectos académicos que permitan a los futuros profesionales de la contaduría pública comprender que las diferencias culturales y los diversos estilos de vida que están presentes en Colombia deben ser considerados desde una perspectiva contable que se oponga a la racionalidad que se representa al ser humano como un factor y/o recurso de la empresa. Pues como lo sostiene Gaulejac (2005: 56):

“Afirmar que lo humano es un factor de la empresa conduce a hacer una inversión de relaciones entre lo económico y lo social. Es cierto que la empresa es una construcción social y por tanto, es una producción humana y no a la inversa. Hay una confusión de causalidad, de expresión suplementaria de la primacía acordada a la racionalidad de los medios sobre los fines. Considerar lo humano como un factor entre otros en la empresa es ratificar un proceso de reedificación del hombre. El desarrollo de las empresas no tiene sentido, contribuyen al desarrollo de la sociedad, y al bienestar individual y colectivo, que en definitiva están al servicio de la vida humana. Administrar lo humano como un recurso, al mismo título que materias primas, el capital, los instrumentos de producción o las tecnologías, es colocar el desarrollo de la empresa como una finalidad en sí misma, independiente del desarrollo de la sociedad y considerar que la instrumentalización de los hombres es un don natural del sistema de producción(17)”.

Desde esta perspectiva el gremio de contaduría pública que surgió en Colombia, al seno de los debates políticos que tenían que ver con el mercado del trabajo y con una idea nacionalista podría contribuir al esclarecimiento de lo que hoy podríamos llamar, en el lenguaje de Bourdieu, un campo de conocimiento contable(18).

En síntesis sostengo que los estudiantes y los profesores que aprehendan el acervo de las ciencias sociales y humanas pueden inventar teorías y tecnologías (sistemas de información) que se antepongan a la dialéctica de dominación que se estableció entre el saber y el poder que legitiman los proyectos empresariales que representan el ser humano en la empresa como un mero recurso objeto de rentabilidad.

3. Ejemplificación de articulación de un campo profesional y las ciencias sociales y humanas

La articulación de un campo profesional y las ciencias sociales y humanas no es una idea utópica. El trabajo de Vásquez (1999) titulado: “Significado de la regulación de la fecundidad de los y las adolescentes en una comunidad urbano-marginal” lo demuestra. En esta investigación, y considerando la teoría de la Diversidad y la Universalidad del Cuidado Cultural de Madeleine Leininger (1991)(19) se muestra cómo es posible articular los cuidados culturales (la valoración de la estructura social, la visión del mundo, los valores culturales, los contextos ambientales, las expresiones lingüísticas y los sistemas de cuidado popular y profesional. “Identificaciones inspiradas de las ciencias sociales y humanas”) a la profesión de enfermería. En particular, Vásquez (1999) sostiene que estos componentes constituyen las bases críticas para descubrir los conocimientos sobre los cuidados como esencia de la enfermería y para practicar una enfermería terapéutica.

Lo que realmente impacta de esta investigación es el reto que impone a la formación y educación de la enfermería. Pues todo programa de enfermería, según mi lectura de la investigación mencionada, debe articular las ciencias sociales y humanas para que los futuros profesionales vean a su paciente como un ser social, como un ser simbólico e histórico que percibe y comunica sus percepciones a través de un medio o idioma simbólico llamado cultura, a otros seres humanos con los cuales él vive en contacto social. A mi juicio, esta perspectiva conlleva al abandono de la idea del paciente como un cliente que hay que atender.

El conocimiento de los valores, creencias y prácticas sociales de una organización y su entorno, resulta indispensable, por ejemplo, para la toma de decisiones de una organización. Pues el objetivo de cumplir con el principio de eficiencia productiva no debe obviar las consecuencias psicológicas y sociales que puede acarrear una decisión administrativa para quienes tienen que ver directa o indirectamente con una organización.

4. Epílogo

La compleja realidad de la sociedad colombiana necesita que los programas de contaduría formen profesionales críticos capaces de arrogarse el derecho de deconstruir y/o reconstruir los paradigmas dominantes en el mundo empresarial (contables y administrativos). Actualmente resulta poco pertinente un currículo de contaduría que vele porque sus profesionales tengan solo competencias y habilidades adaptativas a las teorías y modelos que soportan y/o subyacen a la civilización técnica instrumental de nuestra época. Obviando cualquier idealización sobre el progreso ético y moral de los hombres, creemos que la formación en ciencias sociales y humanas contribuye a que el futuro profesional elabore proyectos estratégicos de investigación y de administración que partan del absoluto respeto de la dignidad humana y de los ecosistemas.

En sintonía con lo antes expuesto, se requiere que quienes pertenezcan a la institución universitaria (profesores, gestores, reguladores) propongan e implementen prácticas pedagógicas que garanticen que el estudiante pueda vislumbrar que en el ejercicio futuro de su profesión se requiere de la formación humanística que alerta frente a las consecuencias sociales y humanas que provienen de aplicaciones técnicas que desconocen el carácter sagrado del hombre y del medio ambiente.

El reto de quienes diseñan, implementan, dirigen y/o ponen en marcha un programa de contaduría pública está en poder resolver, por lo menos, dos interrogantes: ¿Cómo articular una educación contable que valore equitativamente las distintas aspiraciones, las creencias, las normas y los estilos de vida de las personas que viven en una sociedad globalizada que se guía por la racionalidad productiva instrumental? ¿Cómo garantizar la articulación de las asignaturas de ciencias sociales y humanas, y las asignaturas propias del conocimiento contable que en sí mismo no se ha caracterizado de velar por mantener el carácter sagrado de la condición de humanidad de los seres humanos?

Las contradicciones entre el crecimiento empresarial y el crecimiento de la exclusión social exigen que los profesionales en contaduría actúen sin indiferencia ante los modelos económicos y administrativos de las sociedades postmoralistas que reinan actualmente.

Insisto, la incorporación de las ciencias sociales y humanas en un programa de contaduría pública permite que el estudiante conozca que la modernidad fundó, por un lado, los derechos del hombre y las normas morales y legales que castigan sus desacatamientos. Y por el otro, posibilitó la aparición de conocimientos que en muchas ocasiones los eluden. Debemos garantizar que un programa de estudios que incorpore las ciencias sociales y humanas y el conocimiento propio de la contabilidad posibilite la aparición de una actitud positiva en el estudiante frente a los límites teóricos y prácticos que actualmente presenta el campo contable para aportar a un tipo de desarrollo económico más equitativo y justo. Habremos avanzado mucho cuando un programa de estudios garantice que los estudiantes que se apropien de algunas de las teorías y/o conceptos de las ciencias sociales y humanas puedan ir más allá del desencanto pesimista y de las consideraciones de estas como parte de un relleno curricular y, cuando se logre formular un pensum de estudios en el que se articule el saber profesional con los saberes resultantes de las ciencias sociales y humanas. Ninguno de estos saberes, independientemente, asegura que los contadores públicos puedan salir de las aparentes sinsalidas en que quedan inmersos en el momento en que se deshechizan de la racionalidad productivo instrumental que domina la mentalidad empresarial de nuestro tiempo.

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(1) Para ampliar esta tesis véase Cruz Kronfly (1998: 28-32).

(2) Esta hipótesis se ha visto corroborada en parte en el bello artículo “En mi juventud interrumpí mi formación para estudiar contaduría pública. A propósito de la (de)formación contable”; título que significa “una suerte de equivocación histórica y una de las grandes calamidades académico-existenciales” para el autor (Quijano, 2006: 1).

(3) Hipotéticamente se cree que este problema está presente en casi todos los programas de estudio de las ciencias de gestión.

(4) Este punto me parece relevante, ya que si los estudiantes consideran las ciencias sociales y humanas como asignaturas de relleno, dilapidan las posibilidades explicativas que estas ofrecen para transformar las realidades sociales. Retomando a Chanlat (2002: 25), “mencionemos el caso del pensador alemán Dilthey, entre otros, quien considera que las ciencias sociales deben encarnar en una especie de ingeniería social cuya finalidad es la previsión y el control de las conductas humanas”.

(5) Este aparte no es de naturaleza concluyente. La alusión a los discursos de la cristiandad, modernidad, contemporaneidad y el mito, se hace para aproximarse a una posible descripción del presente de la sociedad colombiana. Sin embargo, es necesario hacer explícito que esta reflexión es solo un primer paso para comprender el funcionamiento de la sociedad. Por lo anterior, el planteamiento que a continuación se presenta no niega la riqueza cultural de los colombianos, más bien ensaya pensar y visualizar las distancias y cercanías que existen entre un pensamiento supersticioso y un pensamiento ilustrado. Ni uno ni otro es mejor; y cada uno tiene su propia racionalidad. El sinsentido del mundo obliga a que cada hombre escoja una modalidad de actuación y pensamiento. Sin duda, y considerando a Augé (1998: 43) “La racionalidad del mito, la racionalidad de la filosofía y la racionalidad de la ciencia se definen por sus respectivos grados (desiguales) de “turbiedad” que los caracteriza”.

(6) Según Lloyd (1996) el concepto de mentalidad ha sido utilizado en diversas disciplinas, en especial en antropología social, filosofía, historia y psicología. Puede decirse que la cuestión fundamental subyacente a la evolución de la noción de mentalidad emerge del deseo de explicar de la naturaleza de las uniformidades imaginarias y las bases de la diversidad del pensamiento humano. En síntesis, recurrir a la noción de mentalidad implica ofrecer una respuesta a la necesidad de encontrar sentido a determinadas circunstancias; las ideas, creencias, y supuestos que muestran determinadas características recurrentes y distintivas que sirven para distinguir una mentalidad (Ibíd.: 176).

(7) Según Dumont citado por Augé (1998: 43) el mito dice muchas cosas a la vez, lo mismo que el poema. El mito puede prestarse a lecturas o interpretaciones contradictorias y que la actividad ritual (pensemos, por ejemplo, en las sesiones de adivinación) descansa en gran medida sobre esta posibilidad de libre lectura y recreo.

(8) Véase: en el periódico El País “El 3,6% de hogares pasa hambre” (2006).

(9) Esta expresión es tomada de Horkheimer y Adorno (1946 [2004]: 58).

(10) Véase: especial elecciones 2006 del periódico El Nuevo Siglo, documento en el cual Antanas Mockus sostiene que el problema más grave de Colombia es el atajismo (2006: 1-12).

(11) Traducción directa del texto en francés por el autor de este ensayo.

(12) Traducción directa del texto en francés por el autor de este ensayo.

(13) Gonzalo y Tua (1994: 6), señalaron desde 1986 que con la expresión “responsabilidad social” se alude a la obligación que el profesional contable tiene de asumir las consecuencias del desempeño de su trabajo en el contexto social, y solo puede hablarse de estas consecuencias cuando su misión sobrepasa el ámbito de sus relaciones con el cliente, proyectándose a todos los grupos sociales.

(14) Adjetivo que según el diccionario de la Real Academia de la Lengua (2001) se utiliza para describir edificios que son construidos de un modo que toda su parte interior se pueda ver desde un solo punto.

(15) Según Augé (1998: 84-85), el lenguaje de la identidad “es solo uno de los dos lenguajes constitutivos de los nexos simbólicos que tejen la trama social. (...) un lenguaje ambivalente en el sentido en que es ambivalente una realidad que junta dos cualidades: puede uno ser una persona privada y una persona pública, puede ser padre y esposo (buen padre y mal esposo, o viceversa)”. Se puede aventurar que es un lenguaje socio-político.

(16) Según Augé (1998: 85), el lenguaje de la alteridad “es el otro lenguaje constitutivo del simbolismo social, ostenta el signo de la ambigüedad en el sentido en que es ambigua una realidad que no está determinada con pertinencia por una cualidad ni por una cualidad contraria, sino que lo está por una tercera cualidad que no tiene otra definición que la de esta doble negación: no es ni buena ni mala (...) el lenguaje psicofilosófico de la alteridad presenta la cuestión de la relación entre las personas o, más ampliamente, de la relación entre lo mismo y lo otro”.

(17) Traducción directa del texto en francés por el autor de este ensayo.

(18) La noción de campo según Bourdieu (referenciada por García Canclini (2004: 92-96)) permite caracterizar e identificar espacios sociales estructurados por diferentes fuerzas —donde hay dominantes y dominados, relaciones constantes, permanentes, de desigualdad que se ejercen en el interior de este espacio— que luchan para transformar o conservar el estatu quo. Valga mencionar que Bourdieu según García Canclini, nunca estudia, como parte del campo, las funciones lúdicas o de entretenimiento de los medios; solo analiza la desigual distribución de la palabra, la manipulación de la urgencia, del reloj, para interrumpir y controlar.

(19) Enfermera antropóloga americana, quien siendo enfermera se preocupó por la antropología cultural y sicosocial llegando a desarrollar la teoría de la etnoenfermería (Vásquez, 1999: 36).