Cosmovisión social de la contabilidad como disciplina científica(2ªparte)

Revista Nº 6 Abr.-Jun. 2001

Jesús Alberto Suaréz Pineda 

Profesor de Teoría Contable de la Universidad Central, Colombia 

Profesor de Historia de la Contabilidad Politécnico GranColombiano 

Director del Departamento de Investigación Científica de la Escuela Militar de Cadetes 

Continuación de la 1ª parte presentada en la Revista Legis del Contador Nº 5 pp. 135-194

2.2. Enfoque geográfico: teoría contable

2.2.1. Alegoría contable

La contabilidad, en cuanto disciplina científica en ciernes, puede compararse a un polifacético diamante. Hoy se encuentra en estado de grafito, sustancia cristalina negra y blanda que, junto con el diamante, son las dos formas alotrópicas en que se presenta el carbono en la Naturaleza. Todavía está oscurecida por grandes enigmas que dejan permeables los cinturones de seguridad de la disciplina. Cuando la ciencia contabilidad logre su lenta gestación en las entrañas de paradigmas, tradiciones y programas de investigación científica emergentes podrá dar a luz la transparencia del diamante, la sustancia más dura que se conoce, según la escala de Mohs, y podrá mostrar sus hermosos cristales de elevada refringencia y se la apreciará como la gema de la economía, reflejando un color distinto según la dirección en que se la contemple. Del mismo modo el nuevo profesional contable ha de emprender desde ya un reto insoslayable: auparse en el inquebrantable faro de diamante del saber contable para dar transparencia a su fe pública y ser así un digno garante de responsabilidad social.

Y como la disciplina respetable que llamamos contabilidad es de naturaleza polivalente, según los diferentes contextos en que se aplique y los distintos actores sociales que utilicen sus sistemas de información, en mi caso particular puedo, pues, decir, situándome en una posición de modestia: he aquí mi visión contable. Una visión de alguien que se ha colocado junto a las aguas cristalinas del mar interdisciplinario de la contabilidad como en la margen de un agua en estanque que ve en su fondo un misterioso tesoro sumergido: aunque mi mirada no suele pasar del haz del agua, donde se refleja su riqueza y potencialidad con belleza suficiente, sí invita al experto, más versado en el manejo de sus redes teóricas de pescar en contabilidad, a que hunda la mano más allá, más adentro, que de seguro nunca la sacará sin premio. Estas palabras no solo alcanzan a expresar cómo veo la contabilidad, sino cómo soy capaz de interpretarla dentro de mis limitadas posibilidades. Aunque en tales casos suele sufrirse una especie de espejismo, es muy probable que al esforzarse por captar otra esencialidad de la disciplina se pierda algo de lo verdaderamente característico en ésta, dando lugar a que se mezclen bastantes elementos extraños. Si es ese el caso, por lo menos creo que mi idilio contable tuvo algunos efectos en el corazón, como los muchos que tuvo el poeta y matemático persa, Omar Khayyam, muerto hacia 1123, cuando con inspiración voluptuosa dice:

“Esa podre y ese barro que huellan hoy tus pies  

fueron pétalos de rosa... fueron labios de mujer.

Y esas rosas y esos labios en que cifras hoy tu bien

serán en próximos días podre y barro que huellen otros pies”.

No obstante, entre toda esta confusión, un contable experto puede encontrar algunos desarrollos teóricos importantes. Por lo pronto yo no he encontrado más que escollos y témpanos al tratar de navegar en el mar interdisciplinario de la contabilidad.

2.3. Enfoque geológico: ideologías sociopolíticas

Las cosas han cambiado desde que Freud planteó nuestra propensión a la racionalización y Marx demostró cómo las visiones de mundo tenían su origen en ideologías. Cada vez más se hace inminente establecer qué ideología fundamenta la cultura contable pública y privada. La contabilidad puede ser por excelencia o bien un vehículo de la ideología o bien una disciplina científica de naturaleza social.

¿La contabilidad es un vehículo de la ideología? Primero comencemos por distinguir una ideología de una ciencia. Es importante no confundir las definiciones lógicas con las categorías de las ciencias sociales. En el plano axiomático, el profesor Enrique Ballestero define una cuenta como “un par ordenado de variables (x, y) no negativas. La primera variable se llama Debe; la segunda se llama Haber”. A decir verdad nadie ha visto una cuenta. Es una abstracción lógica. Pero, ¿cómo definir un elefante? Tenía razón la persona que una vez dijo: ‘yo no sé cómo definir un elefante, pero puedo distinguir uno cuando lo veo’. Aunque tampoco nadie ha visto una ideología, una ideología se parece más a un elefante que a una cuenta. Es algo que existe, que se presta a discusión o controversia. Entablar un litigio no es una buena alternativa para una definición lógica; lo que necesitamos no son axiomas sino criterios. ¿Cuáles son los criterios de una proposición ideológica, en oposición de una científica?

Desde la perspectiva de la dialéctica del respeto, entendida como el “reconocimiento del otro” y la “responsabilidad social”, el interrogante anterior es de vital importancia para fundamentar nuestra cosmovisión de la contabilidad. Esta cosmovisión, bifronte como el dios Jano, permite una reorientación de la teoría contable a la solución de los problemas de desarrollo que se plantean en la evolución de la sociedad económica: una cara mira el conocimiento técnico-científico y, la otra, los procesos sociales en que ambos se nutren.

En el ámbito contable, no se trata de aguardar con reverente parsimonia la aparición providencial de un Lutero para que lance el cisma de la contabilidad y derrumbe el modelo latinoamericano de privatización de “socializar pérdidas y privatizar ganancias”. El sistema necesita la contabilidad: sirve a un sistema social no solo para generar productividad sino para racionalizar la redistribución del ingreso. El problema es a quién beneficia en ese esfuerzo. La contabilidad puede ser manipulada para servir al sistema sin desarrollo social. En este sentido el gran reto de la contabilidad es cómo proyectar de manera dinámica las finanzas como una relación trípode entre dinero, tiempo y decisión social, saliendo del paradigma estático y retrospectivo en que se encuentra, que la aleja de la realidad social al centrar sus esfuerzos solo en el problema de las garantías para efectos fiscales, lo que hace que el crédito se torne antidemocrático y mucho más costoso de lo que en sí implican las elevadas tasas de interés.

En consecuencia, mi discurso —y a eso dedicaré gran parte de mi vida— va en dos direcciones: 1. En el plano curricular, propender por elevar el nivel de competencia académica del profesional contable para formar un agente social de gran idoneidad y capacidad analítica para encontrar su propio cofre lleno de tesoros y proponer soluciones alternativas en la superación de la irracionalidad del sistema económico. Esto presupone no solo “ser competente” en auditar con espíritu proactivo y prospectivo en esas tareas repetitivas de la teneduría de libros, que cada vez más son ejecutadas por tecnofactos mecatrónicos, sino sobre todo en controlar problemas contables de naturaleza social y ambiental; y, 2. En el plano social, elevar el statu quo de un contador que acepte su función de pensador social y no de mensajero del capital, mediante un proyecto pedagógico y cultural de formar nuevas generaciones de contadores “a escritorio limpio”, que cimienten su responsabilidad social en una dimensión ética de altas calidades morales y con un enorme potencial revolucionario que devele la irracionalidad del sistema. Esto presupone el objetivo de redimir a la contabilidad de su base doctrinal de economismodependentista, concebido para privilegiar el sistema imperante, marcado por la impronta neoliberal. Este enfoque ha sido la causa principal de obsolescencia y estancamiento de nuestros sistemas contables, en lo que atañe a su función social, un problema estructural y no tanto coyuntural.

La naturaleza social de la contabilidad no radica tanto en su concepción como sistema de medición para generar productividad por la vía de los costos, sino en su concepción de sistema de información para racionalizar la redistribución del ingreso, develando sus procesos de racionalidad e irracionalidad en el nexo de producción-intercambio de la economía. El problema estriba en la cosmovisión de las restricciones éticas del sistema imperante. Un sistema que predica que la producción es social, pero la distribución es individual está muy lejos de cumplir una función social.

¿La riqueza para quién? En el contexto de una economía del bienestar, la solución de este interrogante tiene sentido y la función social de la contabilidad cobra un enorme potencial revolucionario, porque devela la irracionalidad del sistema. Es precisamente aquí cuando el contador se reviste de su verdadera función: la de pensador social y no la de un mensajero del capital ni la de un sujeto-billetera con mente de calculadora. De manera recíproca, la contabilidad tampoco debe ser un “pagaré teórico” del neoliberalismo, que se define por una normatividad contable de acumulación de la riqueza y distribución de la pobreza. En el ámbito de un sistema de capitalismo salvaje, la contabilidad puede ser manipulada para servir al sistema político. Dado que los sistemas macro y microcontables de una nación (economía) son el termómetro de su desarrollo económico, y no solo de su crecimiento económico, se precisa diseñar un cálculo racional de preferencias para encontrar un contenido socioeconómico a normas éticas encaminadas a la competitividad y el desarrollo social, en un contexto capitalista con rostro humano.

Desde la óptica de la ética, la conquista de la racionalidad de sistema económico sería objeto de las mayores esperanzas para la elaboración de macropolíticas de Estado por encima de los partidos políticos, ya encaminadas a la consecución de la paz —develando uno de los principales focos de violencia en nuestro país: la corrupción—, ya porque estén llamadas a contribuir a que la Patria más tarde ocupe el puesto que le corresponde entre las naciones respetables por su idiosincrasia e instituciones políticas —contando, por supuesto, con que no es siempre la política económica neoliberal la que infunde mayor respeto, y que el mérito de un ejército para instaurar la paz está en relación directa con el honor y el saber de sus oficiales. “Ahora quiero yo, jóvenes”, exhortaba el Sabio Caldas a los futuros oficiales de nuestra patria naciente, “haceros esta pregunta: ¿Queréis tener honor? Pues cumplid con religiosidad las obligaciones que os impone vuestro Estado, arded en deseos de ilustraros, aplicaos con tesón al estudio de las ciencias militares, velad, trabajad, obedeced. Este es, creedme, el único camino que conduce al templo del honor”. El anterior era un extracto del discurso preliminar que pronunció en 1814, el Coronel de Ingenieros Francisco José de Caldas el día en que dio principio al curso militar del cuerpo de ingenieros de la entonces República de Antioquia, época en la cual ingresó el alumno José María Córdova y a escasos dos años de ser fusilado por Pablo Morillo, adalid de la reconquista española, por haber defendido ardientemente la independencia de nuestro país. Ahora bien, con exclusión de toda concepción académica en torno a las expresiones: “ciencias militares” o el “verdadero honor”, ¿qué hacer para llegar a la mayoría de edad en el concierto de las naciones libres y dar coto a nuestras fraticidas guerras intestinas?

La violencia en América Latina, no solo es social (guerrilla, paramilitarismo), tal como se presenta en los medios, cuando ellos están en manos de la burguesía dominante, sino también sociocultural (violencia intrafamiliar, invasión cultural) y sobre todo político-económica (corrupción, monetarismo): “Paz” es una palabra huera, una simiente vacía, cuando lo que se siembra no es la paz de los vivos, sino la de los sepulcros. La violencia nace en el tire y afloje de la sociedad y las instituciones nacionales por una mejor calidad de vida en el marco de una ética del respeto a la dignidad humana y su entorno natural.

Este panorama multiparadigmático de la contabilidad puede compararse a un espejo partido en mil pedazos en donde cada pedazo refleja un conflicto de visiones diferente en todas las direcciones de la actividad económica. El espejo es la teoría del lenguaje con que se mire el lenguaje de los negocios, y los pedazos son elementos indispensables para el diseño de sistemas contables, que interactúan con el contexto —a la manera de burbujas de aire sumergidas en el líquido de los sistemas socioeconómicos diversos— que pueden ser gozados y sufridos por seres de carne y hueso, en beneficio del progreso de la humanidad o en detrimento del bien común, cuando la dinámica del sistema dominante solo privilegia el poder político y económico de los estratos superiores. El bien común depende de las restricciones éticas del libre juego de las tendencias, leyes y reglas económicas y de las imperfecciones del mercado. Soy consciente de que no hay una teoría económica que permita explicar los fenómenos globales del desarrollo, ni de esas crecientes disparidades sociales. Ante esta evolución, a la parcela especular de la contabilidad, corresponderá a los investigadores contables seguir investigando en modelos teóricos y en la práctica, el comportamiento y el control de las finanzas, la transformación de los procedimientos, concentración y redistribución de la riqueza, transmisión de la información contable y administrativa, así como continuar promoviendo la creación de nuevas empresas e instituciones donde los hombres realicen sus potencialidades, creando cosas útiles y respondiendo a la necesidad de su cuerpo y mente, que pide trabajar para el bien común y la justicia social.

Una adecuada lógica de “elecciones sociales” para la construcción de una cultura contable pública puede contribuir al desarrollo económico, cuando sus restricciones ético-normativas están fundadas sobre una base científica y humanista que fomente valores de equidad, distribución y justicia social, y no el mero interés egoísta maximizador que caracteriza el marco conceptual de la contabilidad financiera, apoyada en la lógica de “elecciones públicas” que traslada a todas las esferas del ámbito político la noción económica de “eficiencia óptima de Pareto” (teoría neoclásica del crecimiento económico), en el sentido de que todo se regula por la vía de los precios y la maximización de la utilidad. La teoría neoclásica del equilibrio económico de la oferta y la demanda no es aplicable al campo de servicios sociales como la educación y la salud, a menos que se comprometa la dignidad humana. El óptimo de Pareto se elige dentro de un conjunto de bienes; puede contribuir al progreso económico, cuando se enfoca la atención en la solución de problemas de la producción, la inversión, los intereses, el crecimiento económico, la distribución, la política fiscal, las regulaciones del gobierno, el poder sindical y otros factores objeto de las restricciones; sus sistemas de medición e información no deben estar orientados a privilegiar las preferencias de una política económica neoliberal, según la cual todo lo que hay que hacer para conservar la salud económica sea controlar la oferta de dinero, o sea, la impresión de billetes de banco y el crédito bancario (Friedman 1963, 1968, 1980). El monetarismo recuerda la panacea de la sangría que practicaba aquel médico famoso de una novela clásica: “Que el paciente se debilitara cada vez más, no importa, hay que proseguir tenazmente. En una de esas el enfermo muere. Pero el médico no se perturba y frente a sus discípulos desconcertados exclama: ¡Qué lástima, de no haberse muerto el paciente habríamos comprobado la eficiencia de mi terapéutica”. Pues bien, la sangría económica lleva finalmente a la contracción de la economía y del desempleo (Prebisch 1982: 13).

Los gobiernos conservadores, e incluso algunos liberales, adoptan el monetarismo porque favorece a los adinerados. La medida atrae a los políticos reaccionarios, puesto que predica el desmantelamiento del Estado benefactor. Para lograrlo los gobiernos regulan la oferta de dinero y destruyen todas las instituciones de seguridad social. Por supuesto que el monetarista invocará choques exógenos para justificar el fracaso de su política. Pero éste es precisamente el quid de la cuestión. Las restricciones éticas del monetarismo obedecen a la Ley de la Selva (cada cual por su lado: sálvese quien pueda) o la moral del darwinismo social (“solo los mejor adaptados sobreviven y merecen sobrevivir la competencia económica”.

En la sabiduría convencional de gran parte de los profesionales contables de nuestro país predomina un prejuicio muy arraigado: la función de la contabilidad es valorar los activos físicos de las empresas por medio de la partida doble. La idea de contar prevaleció durante casi quinientos años en la evolución de la contabilidad, del mismo modo que en la evolución de la física nadie notó durante más de tres siglos una clave importante para la comprensión de uno de los conceptos fundamentales de la mecánica, la masa. La física clásica suponía que el único método para saber cuál de dos cuerpos distintos que parten del reposo es más pesado era utilizar la balanza o algún dispositivo que utilizara el mismo principio. Así fue el gran reto que emprendió la física relativista que dio al traste con el descubrimiento de un método alternativo para determinar la masa, como lo emprendió hoy la nueva contabilidad, cuyo problema fundamental es medir, no contar: Una clave que pasó inadvertida, problema que se viene gestando a partir de la década del setenta, momento en que se vislumbra un cambio de época en las distintas esferas del mundo de la vida.

Al estudiar la contabilidad por partida doble, tal como ocurre con el estudio de la mecánica, recibimos al principio la impresión de que todo es simple, fundamental y definitivo. Con gran dificultad sospechamos la existencia de elementos caóticos o claves de interpretación de los conceptos fundamentales que pasan inadvertidas. En este contexto el reto adquiere dificultades colosales: “Triste época la nuestra”, recalca Einstein, “en que es más difícil quebrantar un prejuicio que quebrantar un átomo”.

La idea de hallar la masa de un cuerpo sin utilizar la balanza, esto es, pesando, mediante un método que no tiene relación alguna con la gravedad, o sea con la atracción de la Tierra hizo pensar en un concepto alternativo al de masa gravitacional: el concepto de masa inerte. “En efecto”, dice Einstein, “si sobre dos masas en reposo actúan dos fuerzas idénticas y la velocidad final de una resulta triple que la de la otra, concluimos que la primera tiene una masa tres veces menor que la segunda”(32). La prueba crucial consistía en diseñar un experimento ideal a partir de observaciones del mundo real: si imprimimos una misma fuerza a dos carros, uno cargado y otro sin cargar, en una superficie lisa, el carro cargado avanzará menos que el carro libre de carga, o su contraparte: un carro tirado por cuatro caballos marcha más de prisa que tirado por dos.

La idea de medir, en la nueva contabilidad, presupone el reconocimiento, valoración, medición, representación, evaluación y análisis e información, mediante cifras e indicadores, de hechoscontables. En la actualidad, el concepto de hechocontable está adquiriendo una indiscutible relevancia social que no tuvo en el pasado, por su gran injerencia en la propia economía y en la conducta de los agentes económicos. “El hechocontable”, dice el profesor Fernández Pirla (1986: 3), “se diferencia de la realidad en que supone su plasmación en términos contables, después de un proceso de interpretación y elaboración condicionada por la técnica específica correspondiente”.

La contabilidad como ciencia social ha de consolidar un cálculo de preferencias de decisiones éticas diseñadas por científicos sociales de la contabilidad que propendan por la búsqueda del bienestar económico, acerca de las cuales el contador ha de tomar una postura que moralmente pueda defender, develando problemas de inequidad (p. ej. la estanflación que genera el monetarismo) que comprometen seriamente el progreso económico. Las ciencias sociales son ciencias morales, puesto que las actividades humanas tienen consecuencias de orden ético; y las operaciones contables no son la excepción. Si éstas tienen repercusiones morales, su análisis y la manera de comunicarlas también entrañan cuestiones éticas. En este orden de ideas, una de las principales funciones de la contabilidad como ciencia social es el cuestionamiento del sistema económico monetarista, cuyas élites conciben que “los seres humanos no tienen necesidades sino apenas propensiones a consumir, inclinaciones psicológicas que originan sus demandas. Se desenvuelven en una naturaleza que no es más que un objeto de cálculo. No tienen tampoco ninguna necesidad de ella, sino solo inclinaciones psicológicas hacia ella. Con eso la realidad se desvanece, de modo que el sujeto humano concebido por la teoría neoliberal es un perfecto solipsista. En su raíz es una billetera caminante, que usa como brújula una computadora que calcula maximizaciones de las ganancias. El mundo rodante es un objeto de cálculo, hacia el cual siente inclinaciones sin necesitar de él”. (Hinkelammert, 1999: 97).

La búsqueda de bienestar social de una Nación no se logrará cuando se menoscaba la dignidad humana, en favor de la institución del mercado, concebida solo como un objeto de cálculo y ajena a la realidad social en que los mercados se desenvuelven, según la pretensión que en forma automática produce felicidad, prosperidad y libertad económica, sin necesidad de hacer inversión social, o cuando el homo economicus de la megápolis, en fin, ha dado muerte al Estado Nacional y el homo politicus del antiguo Estado benefactor es un cliente potencial de un mundo global que se ha transformado en un centro comercial en el cual pueden adquirirse ideas y productos al mismo tiempo desde cualquier parte con gerentes a manera de gobiernos, cuyo reinado continuará gracias a nuevas alianzas económicas e indiscriminadas políticas librecambistas y privatizadoras, para lograr ser un engranaje del nuevo orden mundial, en favor de una minoría opulenta de cosmopolitas, pese a que la gran mayoría de los ciudadanos regionales de economías en vías de desarrollo se mueran de hambre en barriadas crecientes de miseria y espeluznante injusticia social, la otra cara de la moneda del mito y realidad neoliberal, “que amenaza con aniquilarnos a todos, si es que no retomamos la senda de recomponer un proyecto anticapitalista para el nuevo milenio, porque, pese a todas las alabanzas que se le entonen, el neoliberalismo es reversible, como ya se está demostrando con la lucha y la resistencia organizada de sus víctimas en diversos lugares del mundo” (Vega, 1999: 13). Aquí se enfrentan dos tipos de intereses distintos: los intereses de las economías de mercado para defender a los productores frente a los defensores de lo público y de lo político en beneficio de los consumidores. ¿Cuánto Estado, cuánto mercado? La crisis que ha generado la victoria de la teoría económica neoliberal es la gran amenaza de la civilización occidental. El reto no es humanizar el neoliberalismo, sino humanizar la globalización. El pretendido “proyecto cultural” del capitalismo actual, cuya lógica mercantil capitalista ha ido impregnando los hilos invisibles del tejido social (trabajo, educación, salud) y todos los campos de la ciencia y la cultura (investigación, escuela, artes escénicas, cine y televisión, recreación y deporte, periodismo, etc.), bajo la égida de modas ideológicas (“economía social de mercado”, “tercera vía”, “desarrollo sostenible”, etc., expresiones eufónicas que suavizan el cinismo del vocablo “neoliberalismo”, pero que en últimas son perros guardianes del dogma económico fundamental) es una auténtica “escuela del crimen”, tal como lo ha caracterizado Eduardo Galeano (1999: 113-135) y una “teología de la muerte”, según Franz Hinkelammert.

En el ámbito económico, la hegemonía cultural del neoliberalismo, no guarda coherencia con la proyección social en su conjunto. La implementación del monetarismo en el escenario sociopolítico ha tenido un costo social y ambiental muy alto para las vastas mayorías de los cinco continentes, comparable con una victoria de Pirro, quien venció el temible imperio de los romanos, sí, pero fueron tantas las bajas que dijo: “Otra victoria más y tendré que regresar solo a Epiro”. En el vórtice de huracanes financieros que está arrastrando cada vez más empresas de la era industrial y estados nacionales, descendientes de la Revolución Francesa, para insertarlos en el nuevo orden mundial como una cadena alimenticia de alacranes en que el hijo (el neoliberalismo) devora al padre (el capitalismo nacional), quien a su vez había aplastado las otrora tormentas de revoluciones proletarias de los pueblos unidos de Marx: no hay ni democracia, ni libertad, ni igualdad, ni fraternidad.

En el ámbito contable, la eclosión del mercado bursátil en los años posteriores a 1960 ha planteado a investigadores y responsables de la regulación contable, pública o privada, problemas cruciales de investigación empírica sobre el funcionamiento del mecanismo de mercado para contrastar la eficiencia económica, utilidad, etc. de las hipótesis contables como fuente importante de productividad en una economía organizada según los principios de mercado. “Antes de los años indicados, cuando en contabilidad se utiliza el término investigación, es para referirse a la investigación a priori, tal como puede fácilmente comprobarse con la lectura de trabajos de la época, en los que el concepto de investigación se vincula al desarrollo de teorías normativas, bien sobre el entramado conceptual de nuestra disciplina, bien sobre los fundamentos racionales de una práctica concreta” (Tua, 1991: 21).

El auge de la investigación empírica tiene como causa principal el cambio de paradigma de “medición del beneficio”, que se apoyó esencialmente en la teoría económica, por el de “utilidad para los usuarios en la toma de decisiones”, como resultado de la aplicación a la contabilidad de planteamientos interdisciplinarios en que se tomó conciencia de la necesidad de una estrecha cooperación entre ciencias exactas y sociales o quizás de amalgamar ambas áreas de investigación. Esto propició, por un lado, la realización de estudios sobre el comportamiento y enfoques conductistas y, por el otro, el programa formalizador de establecer lazos entre modelos matemáticos y disciplinas contables y gerenciales; otras razones son la saturación de hipótesis a priori, la politización de la regulación y la creciente necesidad de contrastación empírica de hipótesis normativas, a la luz de modelos sociopolíticos que precisaban de exactitud descriptiva(33), y sobre todo el descubrimiento de los efectos económicos de la norma contable, “es decir, que puede constituir un elemento de redistribución de la riqueza, dado que impone costes a unos grupos sociales y es causa de beneficios para otros” (Tua, 1991: 35; 1995: 278-279), lo cual ha propiciado una nueva línea de investigación, ya que “el proceso regulador está más relacionado de lo que pensamos con la literatura de las organizaciones, acción política, cambio social y elección social”. (Tua, 1991: 34).

Es así como la eclosión del paradigma de utilidad coincide también con la consolidación de la hipótesis de eficiencia del mercado, teniendo en cuenta la alta incidencia de las cifras contables en el comportamiento agregado del mercado.

La joven ciencia normativa de la segunda mitad del siglo XX, se está viendo desmembrada por restricciones normativas para la conveniencia del nuevo orden mundial, y se está viendo sometida a pruebas terrribles, como las que practicaba Procusto con sus víctimas en la antigüedad, que tenía dos lechos, uno grande y otro pequeño. A sus prisioneros que eran altos, les hacía tender en el lecho pequeño, y les cortaba los pies; a los que eran bajos, les ponía en el lecho grande y les estiraba violentamente.

Ardua empresa es salir de esta mercadotecnia de violencia. ¿Hay posibilidades efectivas? En este punto hay dos modelos clásicos de equilibrio general para alcanzar la eficiencia económica del mecanismo de mercado, definida convencionalmente por medio de lo que los economistas llaman “optimalidad en el sentido de Pareto” (que se define en función de los intereses individuales, dado que se supone que la única motivación de todo el mundo es su propio provecho): Los resultados del llamado teorema de Arrow-Debreu (1954) —en honor de los autores originales Kenneth Arrow (1951) y Gerard Debreu (1959)— plantean la imposiblidad de mejorar los intereses de ninguna persona sin perjudicar los de las otras; en términos de utilidades muestran que en una economía de mercado no es posible aumentar la utilidad de una persona sin reducir la de otra. Amartya Sen (1999) plantea la hipótesis de la posibilidad de la eficiencia deseada en la satisfacción de preferencias o en las libertades individuales fundamentales (independientemente de la motivación) y no solo en las utilidades, aduciendo que el supuesto del egoísmo como exclusivo es difícil de defender empíricamente. Por libertades individuales, el profesor Sen se refiere a las libertades fundamentales de que disfrutan los individuos (independientemente de que se quiera disponer de ellas para satisfacer intereses egoístas o para alcanzar algún otro objetivo) en dos sentidos de elección: “a la libertad para elegir cestas de bienes” y “a las capacidades para funcionar”.

El proyecto neoliberal presta atención al problema de la eficiencia del mecanismo de mercado pero desconoce el problema de la equidad, que se agrava con la desigualdad en la distribución de las libertades y las capacidades fundamentales. “Una situación puede ser eficiente en el sentido de que no es posible mejorar la utilidad o las libertades fundamentales de una persona sin reducir la utilidad o la libertad de otras y, sin embargo, puede haber enormes desigualdades en la distribución de las utilidades o de las libertades” (Sen, 1999: 51). El monetarismo es una pieza clave del rompecabezas del neoliberalismo, entre otras más que conforman la mítica cueva de Alí Babá y los 40 banqueros, que nos invitan a observar desde lejos el maravilloso juego pirotécnico desplegados por alfombras voladoras (“ciega maximización del crecimiento económico” en el lenguaje terrenal de la teoría económica neoliberal) que invitan a unas cuantas élites —con la exclusión de la mayoría de la población mundial y de la naturaleza— a conocer los 55 paraísos fiscales de un mundo sin fronteras para las mercancías pero con retenes para los seres humanos (“centros bancarios” en el lenguaje bursátil) del mundo global, entre los que descuellan: Suiza, Islas de Caimán, las Bahamas, las islas vírgenes británicas, las Bermudas, San Martín, Vanautu, las islas Cook, la isla Mauricio, Luxemburgo, las islas Anglo-normandas, Dublín, Mónaco, Gibraltar, Malta, “buenos lugares para que el crimen organizado se relacione con las grandes firmas financieras del mundo” (Subcomandante Marcos, 1999: 75-76).

¿Quiénes son los usuarios de la información contable? En principio, la orientación que se dé a la solución de este interrogante podría abordarse en dos sentidos, dependiendo del enfoque anglosajón o latino del contexto en que estén inmersos los sistemas contables. En la escuelaanglosajona, por ejemplo, que prevalece hasta la fecha en estas latitudes, después de su vertiginoso apogeo de la razón instrumental del proyecto de la Modernidad en sus grandes momentos estelares (Renacimiento (Pacioli y Leonardo da Vinci), Revolución Francesa y Revolución Industrial, pasando por la Revolución Informática y de las Comunicaciones), el concepto de utilidad contable prima como mecanismo para verificar la gestión empresarial, pues en esta vertiente la utilidad es lo esencial en la consideración respecto de lo que deberían mostrar los estados financieros (habida cuenta de las controversias y desacuerdos en la literatura normativa tanto en la utilidad líquida realizada como en la utilidad para la decisión). En un ámbito empresarial, a la luz de esta escuela, habría muchas partes involucradas (expresión que bien podría corresponder a ese intraducible stakeholders del inglés, o partinaires del francés): instituciones financieras, bancos comerciales, competidores, tribunales de precios, el fisco, otras oficinas gubernamentales, sindicatos, empleados, proveedores, clientes, economistas y público en general. Pero he aquí que la respuesta a este interrogante aunque revela qué impacto tiene la información contable en los precios de las acciones en un mercado eficiente de capitales, no puede determinarse si la información contable contribuye a una mejor distribución de los recursos económicos, en el sentido de si los resultados arrojados por los estados financieros son deseables en la búsqueda de una generación de productividad sobre la base de una balance social. La función del contador queda, pues, sesgada y parcializada al servicio de la acumulación pura del capital: optimizar la calidad y minimizar los costos. Lo que se dignifica es el capital y no el trabajo.

Origen del proyecto neoliberal

El remedio que planteaba el mecanismo del mercado resultó peor que la etiología de la enfermedad inflacionaria que pretendía curar. El problema era cómo reconstruir las bases intelectuales de una sociedad ‘liberal’ (palabra entendida en el clásico uso británico y no en el moderno uso del inglés americano) que había sido aplastada durante la guerra y, particularmente cómo encauzar las energías de todos los académicos de las naciones guerreras hacia un nuevo orden capitalista, distinto del reinante capitalismo nacional. La tarea la emprende Friedrich Hayek: “A pesar de sus buenas intenciones, la socialdemocracia moderna inglesa conduce al mismo desastre que el nazismo alemán: a una servidumbre moderna” (Anderson, 1999: 16).

El Keynesianismo y el solidarismo vigentes en 1947 había encontrado su contraparte en el ideario de la sociedad internacional de Mont Pélerin, fundada bajo la égida contrarrevolucionaria de Friedrich Hayek que durante 35 años, celebró reuniones internacionales o regionales casi cada año y en más de una docena de países y con la participación de 39 académicos, entre los que se contaban Hayek (su fundador y quien no intervino solo en dos ocasiones entre 1947-1982, una por enfermedad y otra porque no lo estimaba conveniente), Milton Friedman, Karl Popper, Lionet Robins, Ludwig von Mises, Ludwig Erhard, Alfred Müller-Armack, Walter Eukpen, Walter Lippman, Michael Polanya y Salvador Mandariaga. Su propósito era preparar las bases de otro tipo de capitalismo, duro y libre de reglas, que en el futuro sería el despliegue del neoliberalismo (Anderson, 1999: 16). El mensaje de Hayek era contundente: “Debemos desechar la ilusión de que nosotros podemos ‘crear el futuro de la humanidad’... Esta es la conclusión final de los cuarenta años a los que me he dedicado sin interrupción al estudio de estos problemas...” (Anderson, 1999: 16). Esto lo decía con la convicción de que no eran viables las ideas utópicas del socialismo que se fundamentaban en una interpretación errada de la sociedad que estaba ganando fuerza en la gran Bretaña, en el tiempo en que escribió The Road to Serfdom (“Camino a la servidumbre”) en 1944.

La teoría económica neoliberal se fundamenta en una lógica de “elección pública” de libertad económica y fortalecimiento de la competencia, dentro del marco de un conjunto de preferencias explicitadas en programas políticos de maximización de la utilidad y el desmonte del Estado Nacional del tablero de la cultura, como reacción teórica y política contra la “elección social” del Estado intervencionista y de bienestar. El origen del proyecto neoliberal se remonta a su texto fundacional Camino a la servidumbre, de Friedrich Hayek, escrito ya en 1944. Según Anderson (1999: 15) de la Universidad de California, el libro es “un ataque apasionado contra cualquier imitación de los mecanismos del mercado por parte del Estado, denunciada como una amenaza letal a la libertad, no solamente económica, sino también política. El blanco inmediato de Hayek, en aquel momento era el partido laborista inglés, en la víspera de la elección general de 1945 en Inglaterra, que este partido finalmente ganaría”. El mensaje de Hayek era drástico: “A pesar de sus buenas intenciones, la socialdemocracia moderada inglesa conduce al mismo desastre que el nazismo alemán: a una servidumbre moderna” (la cita es del profesor Perry).

La ideología del monetarismo es una amenaza a la civilización. “Un caricaturista mejicano lo expresó como sigue. El guía de un museo de pintura va anunciando: “Este cuadro pertenece a la escuela de Giotto, este otro a la escuela neoclásica, y el de más allá es un buen representante de la escuela impresionista”. Y apuntando a una villa miseria (o ciudad perdida, o barrio chalampa, o villa Friedman) que se ve a través de la ventana, informa: “En cuanto a ése, es típico de la escuela de Chicago””. Creo que la actitud del caricaturista mejicano es la que debe adoptar todo aquel que escribe un libro científico relacionado con la ciencia contable, en el contexto de las ciencias socioeconómicas: no debe aspirar a ser más que un guía más o menos modesto que quizá no pase de cicerone de las rugosidades del terreno de la contabilidad o que quizá llegue a escalador de montañas, cuando logra columbrar en lontananza las altas montañas del saber contable, después de auparnos en hombros de gigantes como los forjadores de la ciencia contable con el apoyo de las grandes construcciones epistemológicas. La ventana es la contabilidad, concebida en su doble función de sistema tanto de información como de medición. Esta dimensión dual de la contabilidad le permite mostrar la irracionalidad del sistema económico sobre el que está fundada. La contrastación de la racionalidad del sistema se da en el punto de fuga de dos espejos paralelos que reflejan parcelas distintas de la realidad, al primero de los cuales se le ha practicado un diminuto agujero para ver a través de él la realidad virtual del segundo espejo. El primero refleja lo que quiere mostrar el sistema económico, según sus preferencias, en tanto que el segundo refleja, en últimas, la “mirada al infinito” de los sociosistemas, que miden el impacto de los instrumentos de política monetaria y fiscal en la sociedad, mediante imágenes portadoras de facetas multidimensionales: prosperidad o recesión, inflación y desempleo o estabilidad, acumulación o redistribución.

¿El reto es una utopía? Yo diría que es un problema de dignidad humana y de comprensión de la estructura de cambio de nuestra sociedad, lo que nos lleva a establecer relaciones entre las ciencias económicas y los poderes políticos y éticos, para determinar, por ejemplo, la mejor alternativa política de crecimiento económico, antes que debatir, en solitario, cuestiones de prosperidad y recesión. Esto implica una transformación de la cultura política, en beneficio de una planeación participativa y eficiente, fundada sobre un marco político-institucional, científico y humanista, tanto para proporcionar el ambiente apropiado para la obtención de estabilidad macroeconómica como para fomentar el comportamiento de ahorro en el propio interés individual. Las elecciones y restricciones de la ética del ahorro que produzcan prosperidad social no deben ser materia técnica que solo compete a los expertos en economía política, sino incluso de elección política y de consideración por parte de profesionales competentes de otras áreas sociales y técnicas. Aquí tiene validez especial la proposición realizada por Herbert Spencer en el prefacio a su libro The data on ethics (n. d.: VII): “Solo mediante una variada repetición pueden forzarse en mentes reacias concepciones nuevas”. ¿Cuál es el origen de las restricciones éticas en un contexto contable? Creo que su origen está en las restricciones políticas y legales sobre la acción humana, ya sea pública o privada.

2.4. Formación de pensadores sociales

“No es admisible que los estudiosos y científicos” decía Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), inventor del cálculo diferencial junto con Isaac Newton (1642-1727), “en lugar de elaborar y confrontar nuevas técnicas, pierdan su tiempo como esclavos en las fatigas del cálculo, que podía ser confiado a cualquiera si se pudiera utilizar máquinas para ello”(34). Como puede verse, Leibniz, no solo se adelantó desde el siglo diecisiete a la sociedad electrónica del siglo veinte, sino que sentó las bases para la construcción de la sociedad del conocimiento del siglo veintiuno.

El optimismo edificante de Leibniz puede resumirse en la frase: “Todo está perfectamente en el mejor de los mundos posibles”. Formar un contador competente implica formarlo como pensador social mediante la integración armónica de las necesidades cambiantes del mundo contemporáneo y el acto pedagógico de su formación académica. El fin último de la educación es ser un acicate instigador para que cada sujeto se adueñe hasta donde le sea posible de su destino, para que realice el sueño que esbozara Gabriel García Márquez en la Misión de educación, ciencia y desarrollo:

“Creemos que las condiciones están dadas como nunca para el cambio social, y que la educación será órgano maestro. Una educación desde la cuna hasta la tumba, inconforme y reflexiva, que nos inspire un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma. Que aproveche al máximo nuestra creatividad inagotable y conciba una ética —y tal vez una estética— para nuestro afán desaforado y legítimo de superación personal. Que integre las ciencias y las artes a la canasta familiar, de acuerdo con los designios de un gran poeta que pidió no seguir amándolas por separado como a dos hermanas enemigas. Que canalice hacia la vida la inmensa energía creadora que durante siglos hemos despilfarrado en la deprecación y la violencia, y nos abra al fin la segunda oportunidad sobre la tierra que no tuvo la estirpe desgraciada del coronel Aureliano Buendía. Por el país próspero y justo que soñamos: al alcance de los niños”. (García Márquez, 1995: 67-68).

Pensadores sociales, formados en el seno de una educación para la democracia, es lo que necesita nuestro país, para iniciar esta centuria no con la guerra de los mil días con que entramos al siglo veinte, sino con la paz de los mil días con que podríamos iniciar el tercer milenio, desde los mismos escombros de la violencia que nos azota en este siglo veintiuno, a partir de un proyecto educativo de justicia social y bien común para dinamizar la idea de realización de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial con la cuarta potestad que también soñó Bolívar (1978: 368)(35):

“Demos a nuestra República”, decía, “una cuarta potestad cuyo dominio sea la infancia y el corazón de los hombres, el espíritu público, las buenas costumbres y la moral republicana. Construyamos este Areópago para que vele sobre la educación de los niños, sobre la instrucción nacional”.

Por desgracia, Bolívar no tuvo las siete vidas del gato que se devoró su corazón, el cual se conservaba con sigilo en un frasco de formol, después de ser carcomido su cuerpo por la tuberculosis y de liberar al fin su alma atormentada por el fracaso del Congreso Anfictiónico de Panamá, última hazaña que le quedaba por realizar, luego de escalar las insondables cumbres del Chimborazo en Ecuador, para emprender el viaje a la muerte por el Río Grande de la Magdalena. Su vida no le alcanzó para convertir su propuesta en el punto cardinal de las sociedades del siglo XX.

El espíritu de emancipación cultural que bulló en Mutis y Caldas, y en los dos Simones, vale decir Simón Rodríguez, el gran pionero de los maestros de América Latina, para quien “maestro es quien sabe aprender” y Simón Bolívar, ejecutor decidido de su juramento en el Monte Aventino.

La rigurosa disciplina de la férula del sistema Láncaster, para la educación básica, y el sistema panóptico y utilitarista de Jeremías Bentham, para la educación superior prefiguraron la reforma educativa de Santander. La doctrina lancasteriana que preconizaba que “la letra con sangre entra y la labor con dolor” y la carga ideológica de “vigilar y castigar” del sistema panóptico de Bentham(36) consolidaron las bases de una educación para la domesticación.

2.5. La formación de un contador competente

La educación del siglo veintiuno ha de ser competente en armonizar las tres potestades establecidas por derecho (poderes legislativo, ejecutivo y judicial) con la cuarta potestad bolivariana y macondiana que coinciden en una educación al alcance de los niños, es decir, en el marco de una prospectiva para sembrar Colombia. Pero, en materia de realizaciones, también ha de ser competente en enfrentar los retos de la modernidad que se debate en poderes instituidos de hecho (poder económico y poder político), redefiniendo los antiguos factores clásicos de la producción (capital, tierra y trabajo) en función del conocimiento, principal factor de productividad de la economía moderna, que se apoya en el saber científico y técnico, fundados en una educación integral por competencias.

Cuando hablo de “ser competente” me refiero, más que a ser depositario de un conocimiento, al uso de saberes teórico-prácticos con responsabilidad social y con una actitud de crítica contra el reduccionismo mecanicista, asumiendo una posición de compromiso ante el mundo de la vida, que le permitan al profesional establecer interacciones flexibles con su entorno, conformado por sistemas dinámicos no lineales y complejos (teoría del caos) y en relación con su contexto discursivo que tiene connotaciones epistemológicas, sociales, culturales, ideológicas, políticas y económicas.

Las competencias, en este sentido constituyen toda una teoría interdisciplinaria de la cognición, la inteligencia y las actitudes, cuyo objeto es interpretar y explicar las dimensiones del desarrollo humano (biológica, cognitiva, comunicativa, ética, espiritual y estética) que se realizan, es decir, se convierten en mundo, en el marco de una filosofía de la realización, una filosofía que se vuelve práctica mediante acciones como percibir, reflexionar y producir estructuras conceptuales, metodológicas, estéticas, actitudinales y axiológicas que orientan las actuaciones de los individuos en interacción con otros sujetos culturales.

Concebimos el contexto como un conjunto de elementos temporales, espaciales, sociales y culturales en relación e interacción con sistemas dinámicos no lineales, en cuanto cada estado inicial se traduce en un nuevo punto de partida que genera una nueva estructura.

Esta visión de mundo rompe la simetría de lo temporal: el futuro ya no está contenido en el pasado, como ocurre en los sistemas mecánicos simples, porque aun cuando no se conozca todo el pasado de los sistemas dinámicos no lineales, todavía queda muchísimo futuro abierto que no puede ser anticipado. La predicción no es tan sencilla: presupone la capacidad de pensamiento aleatorio y la medición adecuada y flexible de las magnitudes, ya no tanto en la seguridad de los métodos deductivos causa-efecto, sino incluso en la búsqueda de relaciones medios-fines: una causa de baja probabilidad puede producir un efecto sorprendente y una causa de gran probabilidad no genera el efecto esperado. Las lógicas de estos sistemas han de ser sensibles al contexto.

Estoy pensando, pues, en una cosmovisión situada que compromete totalmente a los agentes sociales, pues no se trata solo de una visión del mundo para ellos, de manera dogmática y relativista, sino que es al mismo tiempo una acción sobre el mundo, en cuanto nace de la acción y prepara la acción.

Frente al reto de interpretar, proponer y actuar, cada vez más se precisa mejorar y cualificar la competencia argumentativa en nuestros contadores, tomando el lenguaje como eje de integración curricular. Se trata de una competencia de gran importancia para el mundo de la vida moderna; supone el dominio de las competencias básicas del lenguaje: gramatical, significativa, comunicativa, textual y enciclopédica, que se actualizan no solo en la producción de textos científicos y argumentativos de la contabilidad, entendida como disciplina científica, sino en el mismo ejercicio ético de la Contaduría, entendida como práctica social de saberes interdisciplinarios afines a la contabilidad y la adquisición profesional de los sistemas de significación de la cultura contable en contextos comunicativos.

La competencia argumentativa contable puede definirse como la posibilidad de usar y explicar la práctica de los distintos sistemas de significación del lenguaje de los negocios para solucionar problemas contables de la realidad económico-financiera, ambiental y social, asumiéndose posición propia, de manera argumentada, frente a problemáticas definidas en los sistemas de información, medición, control y auditoría.

Decir “contabilidad” hoy no es solo “contabilidad financiera”. Un contador que solo sepa de contabilidad financiera, ni de contabilidad sabe. No es un contador competente, en el marco de la teoría moderna de competencias básicas para aprender a vivir y protagonizar.

Si el contador quiere asumir un papel protagónico, ha de levantarse de la silla frente a su escritorio lleno de soportes contables, ha de ser un contador “a escritorio limpio”, para entablar un diálogo permanente con los agentes sociales de la empresa y del ente económico en general, ha de ser competente, en fin, para establecer múltiples relaciones entre el conocimiento particular puesto en escena y el entorno sobre el cual actúa.

De hecho la noción de competencia ha adquirido una connotación técnica específica, desde la perspectiva teórica de la sicología cultural en los últimos diez años de la política educativa colombiana. Daniel Bogoya Maldonado (2000: 11)(37), concibe la competencia como “una actuación idónea que emerge en una tarea concreta, en un contexto con sentido”. María Cristina Torrado Pacheco (2000: 32)(38) equipara el sentido del término al de ‘idoneidad’. “En efecto”, dice, “con el mismo término designamos en castellano: las contiendas deportivas, la dinámica del mercado, el campo de acción de una autoridad o de un juez, la idoneidad para desempeñarse en una actividad profesional, entre otros”.

El estado del arte de la noción de competencia cuenta con una historia de casi una década de existencia en el ámbito de la reflexión educativa y pedagógica nacional, fortaleciendo y cristalizando la más amplia gama de proyectos de renovación curricular y reconceptualización de los procesos de enseñanza-aprendizaje de los saberes interdisciplinarios, en beneficio del mejoramiento de la calidad de la educación, en consonancia por mandato constitucional y en el sentido de fomentar una puesta en práctica de una educación para el desarrollo de competencias.

Con esto en mente, María Cristina Torrado (Ibíd.: 32) señala que “una educación básica de calidad orientada al desarrollo de las competencias, puede convertirse en una estrategia para formar personas capaces de ejercer los derechos civiles y democráticos del ciudadano contemporáneo, así como para participar en un mundo laboral cada vez más intensivo en conocimiento” (Cfr., entre otros, Tedesco, J., y Gómez Buendía, H., 1998)(39).

Al emprenderse este gran paso, quedaría expedito el camino para la educación superior para formar pensadores sociales, agentes de cambio y forjadores del mundo contemporáneo en el arte de solucionar problemas de los más variados ámbitos culturales, sociales, económicos, técnicos y científicos.

Como puede inferirse, el concepto de “competencia” básica no se asimila al de “competitividad” económica, aunque esto no implica que no haya interdependencia entre ambas nociones. En tanto que la noción de competencia erige el poder de la identidad cultural, la noción de competitividad, esto es, cómo se ganan partes de mercado, según el profesor Manuel Castells(40), del Instituto de Estudios Avanzados (CSIC) de Barcelona, “no necesariamente se realiza a costa de otros, ya que el mercado se puede ampliar. Esto genera la competitividad positiva y la competitividad negativa (te destruyo para tener más).

La noción de competitividad en términos de una ética de los negocios queda explicitada en la competitividad positiva, una alternativa que produce buenos resultados en un mercado en el que todo parece permitido. He aquí la argumentación de Castells (1998: 1):

“De hecho, la historia económica demuestra que la competitividad positiva, que es la ampliación del mercado, suele ser más beneficiosa para todos que la negativa, la de “te tiro por la ventana para quedarme con este trozo de mercado”. Por tanto, para empresas, regiones o países, estas dos variables —productividad y competitividad—, son las variables centrales de toda economía. Se puede demostrar que los elementos clave hoy día son la capacidad tecnológica y humana de generar, procesar y producir”.

Solo un proyecto educativo que desarrolle en los individuos competencias básicas podrá formar nuevas generaciones que, en su conjunto, serían la simiente para germinar una opción de cambio social en términos de equidad y dignidad en su valor humano que se traduzca en el manejo responsable de los códigos de la moderna ciudadanía, comprometida en humanizar la globalización en el marco de una competitividad positiva.

En términos económicos, en consecuencia, es posible establecer una ética de los negocios, en el ámbito de una economía que Castells tipifica en tres grandes características: es informacional, es global y funciona en red.

En el terreno de las ciencias de la gestión, Octave Gélinier (1994: 10)(41) plantea una pregunta fundamental para la competitividad: ¿Por qué tratar hoy día la ética de los negocios? A responder este interrogante dedica el libro citado. En su marco conceptual está implícita toda una pedagogía de las ciencias de la gestión, de la que forma parte la contabilidad directiva, comprometida en formar verdaderos hombres de empresa idóneos para obtener valor añadido por la confianza y capaces de evidenciar la irracionalidad de un mundo de los negocios adulterado, regido por la ética mínima de evitar a las autoridades fiscalizadoras que explotan, en últimas, en escándalos financieros y de corrupción asociados a menudo al poder político y siempre en detrimento del bienestar social.

En su afán de contribuir a detener esta deriva en que marcha la ética de los negocios, de la empresa y de lo público, no cabe más esperanza que cimentar un proyecto educativo para erigir una nueva sociedad económica:

“En esta ‘era de Damocles’ descrita por Édgar Morin(42), parece casi un oasis de acción constructiva, de respeto a los compromisos y a los hechos, de respeto, protección y desarrollo de las personas, dicho brevemente, de ética”.

Es precisamente la “acción constructiva” un referente válido para “ser competente” en el marco de un proyecto educativo para vivir y protagonizar y para establecer la dialéctica del respeto, en una dimensión ética de dignidad en su valor humano y en el contexto de las ciencias de la gestión.

2.6. La anomia educativa

La búsqueda de privilegiar el “ser competitivo” frente al “ser competente” generó un fenómeno educativo de orientación econocentrista que se hizo patente a nivel internacional en la segunda mitad del siglo XX, convirtiéndose en una verdadera “anomia educativa”, expresión que al parecer ya entró en desuso, considero que todavía sigue vigente en pleno siglo veintiuno, en el marco de una cultura alienada. Anomia viene del griego, de la partícula privativa a, sin, y nomos, vocablo que hacía alusión a todo un conjunto de leyes, tradiciones y costumbres que el pueblo heredaba del pasado y que constituían la base medular para instituir normas, valores y sistemas educativos y éticos que incentivaban y constringían la dimensión axiológica de sus vidas.

En la antigua Grecia, nomos fue el ideal de vida del siglo VI a.C. y era la palabra preferida que reemplazaba expresiones con que sus antepasados habían tipificado por themis y dike, cada una matizada con diversos grados de autoridad. Los individuos y los pueblos poseían un nomos, esto es personalidad o idiosincrasia, respectivamente, que se conjugan en identidad cultural. Todo aquél que se apartaba de su nomos era digno de lástima e incluso se le rechazaba, tachándosele de una persona “sin ley” o “sin maestro”, idea que perduraría hasta la Edad Media. Anomia, en consecuencia, era el estado más vil a que podían llegar el individuo y los grupos sociales que se alejaban de la convención y la moral.

En el siglo V a.C., los conceptos de nomos y physis eran antagónicos. Physis puede traducirse como naturaleza, en el sentido no tanto de cualidades externas sino de características innatas de la conducta de un individuo, cuya existencia no dependía de la convención o de un proceso de socialización por medio de la educación. Los problemas empiezan con los sofistas. Si a un sofista se le preguntaba: “Decidme: ¿que és justicia?, contestaría, encogiéndose de hombros:

“En verdad, aquí en Atenas, es una cosa, otra en Esparta, otra en Beocia y Siracusa. Escoge la definición que más te agrade”.

Después de la Primera Guerra Mudial se había instituido un nuevo orden social que nacía libre y bueno, pero rodeado por cadenas. Su visión de mundo estaba hecha de torturas, terror, asesinatos, exilios, genocidio. En el fragor de la revolución nihilista que desencadenó, se sentaron las bases del Estado totalitario del siglo XX, en que la “anomia educativa” y la “anomia cultural” son legión.

En este sentido, podemos entender el llamado de alerta que hace Albert Einstein en una revista de gran difusión(43):

“La insistencia exagerada en el sistema competitivo y la especialización prematura en función de la utilidad inmediata matan el espíritu en que se basa toda vida cultural, incluido el conocimiento especializado”.

Aunque la palabra nomos no aparece en Homero, por lo menos sí su sentido. Homero describe a los primitivos, en términos como lo haría hoy un antropólogo para describir un pueblo primitivo: sin sociedad verdadera, sin idioma ni armas ni implementos ni hogar ni fuego para preparar los alimentos, en una palabra, sin civilización.

En su propósito de humanizar la administración, el profesor Omar Aktouf(44), de la Escuela de Altos Estudios Comerciales (CETAI) de Montreal, ha construido sus propuestas teóricas a partir de un modelo educativo crítico-interpretativo en la construcción de un nuevo currículo, como un aporte para aniquilar la “anomia educativa”.

El reto es titánico en el caso de las ciencias de la gestión, pues es preciso no chocar contra el témpano erigido por la “civilización de la incultura” que impera en los bancos de las facultades que imparten su enseñanza, so pretexto, falaz por cierto, de que el costurero de las humanidades no contribuye de manera directa a tejer la balsa de la producción y el crecimiento económico.

La consigna parece ser construir “cajas de herramientas” para la solución de problemas técnicos con apoyo de saberes instrumentales inmediatamente rentables, olvidando la tarea primordial de la educación de formar agentes sociales, constructores de sentido y con capacidad de hacer síntesis creadoras de los saberes interdisciplinares, con idoneidad e innovación, elementos esenciales de todo “valor agregado”. “Ser competitivo” es otra cosa, sobre todo en un mercado globalizado. Michael Porter es un teórico sobre este tema.

La formación integral de las nuevas generaciones de contadores implica hoy la posibilidad de tener una identidad, la posibilidad de desarrollarse en todas las dimensiones humanas y de crecer como pensadores sociales para entonces sí hablar de un buen ciudadano y del ejercicio responsable de la profesión.

La grandeza del hombre no es su grandeza social, sino su individualidad. Yo no puedo ser grande porque la sociedad me lo impone, sino porque reconozco que encarno una dignidad en su valor humano, que me lleva a desarrollar mis facultades sociales como algo natural, no como algo impuesto. Las facultades sociales las tengo yo como individuo y las tengo que desarrollar en la convivencia; las desarrollo porque reconozco al otro y el otro es el mundo. El bien común procede de la conciencia del hombre, de modo que convivir no es un acto impuesto ni tampoco lo lleva a cabo un Robinson Crusoe. Es un acto que involucra un conjunto de individuos, en un contexto de influencias mutuas: individualidad no es individualismo.

A lo largo de la historia, la contabilidad ha evidenciado un hecho que parece fuera de discusión: su capacidad de reflejar la evolución del patrimonio de la empresa (resultados económicos obtenidos con el tiempo por la marcha de los negocios de la misma). Esto configuró el “enfoque técnico” del lenguaje de los negocios, que bien se corresponde con el mundo del ser en que se desenvuelve la responsabilidad de la conducta social de la profesión contable ante toda una gama de problemas prácticos y logísticos. En cambio, la “visión ética”, que enmarcamos en el ámbito contable del deber ser, reconoce el patrimonio moral que plantea cuestiones complejas de la motivación y el logro social.

¿Producen buenos resultados la honestidad, la palabra empeñada, o la honradez en los negocios? ¿Se puede permanecer en una economía de mercado sin mejoramiento social? En caso afirmativo la victoria sería pírrica y la edad de la indiferencia tendría la última palabra en medio de la crisis de la ética social. “Es por eso que Hemón, el hijo de Creonte, enamorado de Antígona, cuando su amada va a ser sepultada viva, insiste ante su padre, tirano de Tebas, que toda la ciudad sufre ante hado tan cruel. A lo que replica Creonte, que “a él no le importa lo que piensa la ciudad”, contraargumentándole su hijo con dolor: “Padre, habéis nacido para mandar sobre una ciudad vacía””(45). No se trata de un problema retórico ni de erigir bases endebles de una psicología social para soliviar la afrenta de administrar el descontento y manejar la disparidad económica ni tampoco de negar nuestra identidad y adoptar para nosotros la ética protestante. El busilis de la cuestión estriba en cómo emprender cambios en nuestras estructuras políticas, económicas e institucionales sobre la base de un proyecto educativo que responda a necesidades socioculturales de avanzar en una economía de mercado con responsabilidad social y ecológica. No creo en vientos de retorno a la economía cerrada o en opciones totalitarias o populistas. Fracasados los modelos de socialismo real y de capitalismo salvaje, el profesor Mario Laserna(46) identifica dos opciones: un sector privado fuerte y un Estado eficiente que trabajen coordinados por el bien común o un Estado corrupto y neoliberal que trabajen descoordinados en pro del subdesarrollo.

TERCERA PARTE

Un marco conceptual para la historia de la contabilidad

3. Dos orígenes del pensamiento contable

Si Walter Scott preguntara hoy día: ¿La profesión contable es respetable? La pregunta debería entenderse a la luz de la dialéctica del respeto, en cuanto si la contabilidad, amén del patrimonio de la empresa, también da cuenta y razón de un “patrimonio de confianza”. He aquí los cimientos de la fe pública. El patrimonio moral no debe ser una situación etérea de la cuestión contable del mundo contemporáneo. ¿El recuerdo histórico de Goethe será de alguna utilidad en la evolución de la visión ética de la contabilidad? La pregunta no es fácil de responder, pero su investigación puede hacernos pensar que la contabilidad haya tenido dos orígenes bastante distintos, ambos relacionados, aunque de manera distinta, con la política.

De hecho es discutible que la contabilidad tenga dos orígenes: uno relacionado con la técnica y otro basado en la ética. Pero la misma naturaleza de la contabilidad nos hace pensar en ello, e incluso podría ponerse en perspectiva crítica a la luz de la historia de la contabilidad y la economía en su relación con el desarrollo social, con apoyo de los supuestos teóricos elaborados por Richard Mattessich (2000), por lo que compete al origen técnico de la contabilidad, y Amartya Sen (1987), en cuanto a la explicitación del vínculo original entre análisis económico, filosofía moral y economía del bienestar, tan útil para revitalizar el origen ético de la contabilidad como una teoría de la decisión social, con el ánimo de plantear en forma crítica el distanciamiento entre contabilidad financiera y contabilidad social que caracteriza el análisis contable moderno y que termina convirtiendo a la contabilidad en una ciencia de la mera capacidad de reflejar la evolución del patrimonio de la empresa.

El origen de la contabilidad relacionado con el enfoque técnico procede de dos vertientes en direcciones distintas y, además, puede remontarse hasta 10000 años en el Medio-Oriente (8000 a.C.). La primera vertiente tiene una marcada orientación práctica que perduró durante un período de tiempo de 6000 años, a partir de alrededor del noveno milenio a.C. y el final del tercer milenio a.C. (8000 a.C. - 2000 a.C.), época en que se desarrolla la gestación milenaria de la contabilidad de Mesopotamia. Para seguir el rastro a la segunda vertiente, en cambio, conviene hacer tres saltos: primero, uno cronológico, desde el tercer milenio antes de Cristo, al siglo cuarto a.C. (2000 a.C. - 300 a.C.); segundo, uno geográfico, desde Mesopotamia al centro de la India, para entender la contabilidad de occidente desarrollada en Grecia y Roma; y tercero, uno intradisciplinar, desde la concepción pragmática de la contabilidad que caracterizó los 6000 años de la contabilidad sumeria hasta los orígenes del pensamiento contable.

¿Por dónde empezar la historia de la Contabilidad? ¿Hacia dónde ir? He aquí dos interrogantes fundamentales: el primero plantea un problema de orígenes para entender la génesis de sus desarrollos actuales y, el segundo, otro de prospectiva, para construir escenarios futuros de sus megatendencias. En el prólogo al libro de Mantilla et al(47), el maestro Francisco de Paula Nicholls esboza algunos caminos que ha recorrido la contabilidad de occidente desde su florecimiento romano hasta llegar a los derroteros que consolidaron sus reflexiones teóricas: “Varios caminos ha transitado la contabilidad desde la Ley Paetelia Papiria, promulgada en Roma en el año 325 a.C., pasando por los ‘Quipus’ de los Incas, hasta las construcciones de la AAA y el AICPA, como el ASOBAT, SOTATA, FASB, etc., respectivamente” (Nicholls, 1992, introd.: V). En unas cuantas líneas quedan planteados los primeros intentos sociales de un saber que cuenta con diez milenios de historia, si asumimos la herencia milenaria de la contabilidad sumeria, a la luz de los descubrimientos hechos en nuestros días en los campos de la arqueología, la lingüística diacrónica, la etnología y la historia comparada.

Cabe destacar que, en el contexto de la cita, la tradición contable ya era depositaria de una doctrina jurídica, de naturaleza probatoria, en tiempos de la República romana, dado el entorno político de la época(48), en contraste con la ancestral orientación práctica de las primeras fuentes contables en escritura cuneiforme hacia el mero control de inventario de las sagradas cuentas de los templos sumerios. De modo que para analizar los caminos que ha recorrido la contabilidad, conviene distinguir entre la evolución de la práctica y la evolución del pensamiento de la contabilidad.

En efecto, durante el siglo cuarto antes de Cristo, fue precisamente cuando la contabilidad conformó todo un corpus doctrinal, dando origen a dos enfoques de pensamiento contable, uno técnico y otro ético. El giro lingüístico propició una nueva cosmovisión del lenguaje de los negocios. El enfoque técnico cedería ante el ético, lo que le daría a la contabilidad, como ocurrió con la economía, ese aparente carácter no ético, desprovisto de toda bondad.

3.1. Evolución de la práctica

¿Qué caminos siguió la tradición contable a nivel universal? ¿Cómo surgió? Nicholls et al. (1986)(49) consideran que la contabilidad en su fase de desarrollo técnico florece con las etapas plenas del comercio, siendo el intercambio de épocas milenarias los primeros pasos para su desarrollo embrionario, dado que el registro, medición e información de la técnica de las cuentas surgen para satisfacer necesidades ligadas al comercio. Su posición es ésta:

“El sol nace en oriente y la civilización nos viene de oriente; la contabilidad y el comercio han seguido con el correr de los siglos el mismo sendero. La historia los ubica entre los sumerios, en la Caldea y desde allí inicia su lento peregrinar por Biblos en el Asia Menor, por Chipre, Creta, Troya, Atenas, Egipto, Roma, Florencia, Venecia y Génova, el Norte de Europa, Inglaterra y los Estados Unidos, en un tiempo aproximado de 60 siglos, lo cual demuestra que la contabilidad no es tan joven como algunos aseguran ni tan vieja como otros creen.

La contabilidad ha estado ligada al comercio y posiblemente surgió para satisfacer una necesidad de éste; es posible que en las épocas milenarias del intercambio (entendido como diferente del comercio, en el sentido de obtener una utilidad) se hayan dado los primeros pasos para su desarrollo, pero su vigor, se inicia con las etapas plenas del comercio y allí donde florece el comercio está la contabilidad, por eso ha seguido sus mismos pasos y es éste con sus diferentes modalidades el que ha planteado problemas de registro, medición e información al contador”.

Por lo que respecta a los orígenes mesopotámicos de la contabilidad, en sus relaciones con el comercio, consideramos que dos premisas cimientan la aseveración anterior:

1. Fase de desarrollo embrionario. La contabilidad nace con la revoluciónagrícola del “crescente fertile” (media luna fértil) hace unos diez mil años, la cual progresó lentamente en el seno de una economía natural, siendo ésta el origen de las primitivas formas de intercambio (trueque de una cosa por otra sin la intervención de ninguna clase de dinero) que se remontan a miles de años más allá del nacimiento de la escritura en que aparecen los primeros testimonios históricos, encontrados en Sumer hacia el 3500 a.C., cuando los oficios (producción textil, elaboración de metales, la alfarería, etc.) se desglosaron de la agricultura.

2. Fase de desarrollo técnico. La contabilidad florece con la revoluciónurbana hacia el 4000 a.C., en el seno de una economía mercantil, cuyo rasgo característico son las mercancías, un producto que no se destina directamente al consumo, sino al comercio, que, junto con el progreso de los oficios, propician la creación de las ciudades, iniciándose la separación del campo y la ciudad, a medida que el comercio fue extendiéndose y convirtiéndose en un fenómeno usual, destacándose el dinero como la mercancía universal que servía para valorar todas las demás y actuando como medio de pago en las operaciones de cambio de los mercaderes, que aparecen movidos por su afán de ganancias: compraban las mercancías a sus productores para llevarlas al mercado, situado a veces a bastante distancia del lugar de producción, y venderlas a los consumidores.

3.1.1. Mesopotamia

Gracias a las tablillas sumerias descubiertas y a los últimos hallazgos realizados por arqueólogos e investigadores contables modernos, como Denise Schmandt-Besserat y Richard Mattessich, respectivamente, podemos seguir el rastro de la evolución de la práctica contable, durante los 6000 años de contabilidad mesopotámica, durante los milenios noveno y tercero antes de nuestra era (8000 a.C. - 2000 a.C.). Con base en investigaciones recientes en materia de sumerología y de arqueología contable, la fase de desarrollo embrionario de la contabilidad puede ubicarse entre el noveno y mediados del cuarto milenio antes de nuestra era (8000 a.C. - 3500 a.C.), y la fase de desarrollo técnico, entre principios de cuarto y finales del tercer milenio antes de Cristo (4000 a.C. - 2000 a.C). Mattessich(50) denomina el primer período, “contabilidad de los tokens”, y el segundo, “contabilidad de los tokens-envelope”.

Los resultados de esas investigaciones, realizadas por la arqueóloga franco-norteamericana Denise Schmandt-Besserat (1992)(51), de la Universidad de Texas, en Austin, y enriquecidos con aportes propios por el profesor Richard Mattessich (2000)(52), de la Universidad de Columbia Británica, en Vancouver, Canadá, fueron analizados por el profesor italiano Giuseppe Galassi 1998: 37-63)(53), de la Società di Storia de la Ragioneria (Sociedad de historia de la contabilidad), con sede en Roma. Los estudios de estos dos insignes investigadores han logrado dilucidar con gran maestría importantes interrogantes de la contabilidad arqueológica.

3.1.2. Dos aportes de la contabilidad sumeria a la historia de la humanidad

Como quiera que haya sido su evolución, los modernos estudios de la contabilidad arqueológica revelan que la naciente técnica de las cuentas comenzó su paso indeleble por la historia de la humanidad con dos grandes aportes: la invención de los números y de la escritura...

Contrario a lo que tradicionalmente se daba por hecho en los estudios historiográficos de la contabilidad que sostenían que la escritura y el cálculo abstracto eran un prerrequisito de la muy ancestral técnica de las cuentas (p. ej. Littleton 1966(54): 12; Skinner 1987(55): 4-6), nuevos enfoques de la contabilidad arcaica ponen en tela de juicio esta idea tan arraigada en el mundo académico. El prodigioso invento de la escritura cuneiforme hacia el 3500 a.C. es posterior a la contabilidad. Lo mismo puede decirse del sistema de registro que llevaron los iniciadores de la civilización agrícola en Mesopotamia: ¡también fue anterior a la historia de la aritmética! La escena la podemos ubicar en los valles del ‘fertile crescente’, bañados por los bíblicos Tigris y Éufrates, dos ríos con más historia que agua, porque fue allí donde precisamente comenzó la Historia, según el experto sumerólogo Samuel Noah Kramer (véase Krammer 1974(56)).

Se plantea la hipótesis crucial de que el sistema contable por fichas dentro de envolturas, ambas en arcilla, denominado por Mattessich contabilidad de los “tokens-envelope”, no solo fue anterior a la representación pictográfica del lenguaje e incluso la aritmética sino que la gran contribución de la contabilidad a la historia de la matemática y de la escritura fue el mayor impulso que dio al cálculo abstracto y a la escritura de las palabras. Los autores reseñados ponen especial énfasis en dos puntos:

(i) Entre el 8000 y 3000 antes de nuestra era, los escribas sumerios llevaron un sistema elaborado de contabilidad por fichas de arcilla de diferentes formas (conos, esferas, discos y cilindros) a las que Schamandt-Besserat denominó “tokens”, y a cuyo sistema de inventario el profesor Mattessich llamó “contabilidad de los ‘tokens’”. De esta época datan los primeros pictogramas de la contabilidad. Cada forma representaba una mercancía diferente: una oveja, una jarra de aceite, etc.; para el caso de bienes de gran volumen, como el grano, se les relacionaba con una cantidad específica.

(ii) Entre el 4000 y el 2000 antes de Cristo, se produjeron cambios significativos en el arte de llevar las cuentas en el País de Sumer. En torno al 3250 a.C., las fichas contables eran almacenadas en recipientes perecederos y luego en envolturas permanentes de arcilla. Cincuenta años más tarde, hacia el 3200 a.C., la superficie de las envolturas era marcada con la huella de cada una de las fichas contables, antes de meterlas en la envoltura y de que ésta fuera sellada. Mattessich identifica este nuevo sistema de registro con la expresión “contabilidad de los tokens-envelopes” (sistema contable por fichas dentro de envolturas), para diferenciarlo del anterior y ubicar allí el origen de la escritura ideográfica y del cálculo abstracto.

El profesor Richard Mattessich interpreta estos dos hallazgos a la luz de la filosofía moderna, concretamente haciendo alusión a las dos filosofías de Wittgenstein que opone las acciones de ‘mostrar’ a las de ‘decir’, lo cual explica la transición fundamental de la ‘contabilidad de tokens’ (escritura pictográfica de representación concreta) a la contabilidad de los ‘tokens-envelopes’ (escritura ideográfica de representación concreta). La mágica aparición de las matemáticas se dio cuando el hombre comprendió que lo se representaba en la superficie de las envolturas era la misma cantidad que se obtenía después de contar las fichas de arcillas contenidas en su interior.

3.2. Evolución del pensamiento contable

Durante el siglo IV a.C., India, Grecia y Roma fueron tres escenarios propicios para la evolución del pensamiento contable. Un enfoque técnico bien definido se desarrollaría en el centro de la India, como lo atestigua el Arthasastra de Kautilya, contemporáneo de Aristóteles; un enfoque ético, mediante la disertación aristotélica de la economía y finalmente un enfoque jurídico se gestaría en la contabilidad con el auge del derecho romano.

3.2.1. India

El origen de la contabilidad relacionado con la visión técnica ocurre y se desarrolla con mayor énfasis en el centro de la India durante el período de la dinastía Mauryan (ca. 321 a.C. - ca. 184 a.C.), en que apareció un antiguo tratado que se anticipó, en 2300 años, a la formulación de algunos problemas contables modernos: el Arthasastra(57) (que en traducción literal del sánscrito, significaría algo así como “instrucciones sobre la propiedad material”), de Kautilya, consejero y ministro del emperador de la India Chandragupta, fundador de dicha dinastía y que escribió en el siglo IV a.C. (ca. 300 a.C.).

En el plano de la economía, el profesor Amartya Sen comenta: “El tratado comienza con la distinción, en el primer capítulo, entre los “cuatro campos del saber”, entre los que se encuentra (1) la metafísica y (2) el conocimiento de “la justicia y la injusticia”, pero, luego, se dedica a analizar tipos de saber más prácticos que tratan de (3) “la ciencia del gobierno” y (4) “la ciencia de la riqueza”. Al discutir una amplia gama de problemas prácticos, que van desde la “construcción de pueblos”, “la clasificación de tierras”, “la recaudación de impuestos”, el mantenimiento de la contabilidad”, “las regulaciones arancelarias”, etc. hasta “las maniobras diplomáticas”, “la estrategia para los estados vulnerables”, “los pactos para la colonización”, “la influencia en grupos de un estado enemigo”, “el empleo de espías”, “el control de la malversación llevada a cabo por los funcionarios”, etc., la atención se centra por completo en los problemas “técnicos”” (Sen 1987: 23-24).

A su vez, en el ámbito contable, el profesor Richard Mattessich destaca el uso de algunos conceptos relativamente sofisticados: “Este sabio hindú no solo distingue diferentes clases de ingresos, sino que menciona conceptos que presentan similitudes con las ganancias reales contra las ficticias, los costos fijos contra los variables, clasifica los gastos y se preocupa bastante de los asuntos de impuestos, y todo esto, dos mil años antes de que los contables occidentales desarrollaran ideas similares” (Mattessich 2000: 5, traducido) (nuestro subrayado).

La influencia del Arthasastra de Kautylia perdura hasta la Edad Media, sobre todo en lo que atañe al vocabulario técnico de más de cuatrocientos términos relacionados con la administración, las finanzas, la justicia, el bienestar. La historiografía del tratado en sus expresiones es analizado por S.C. Mishra (1997), en su libro: Evolution of Kautilya’s Arthasastra: an inscriptional approach [“Evolución del Arthasastra de Kautilya: un enfoque documental de sus inscripciones”]. El autor identifica cuatro hitos desde el siglo cuarto hasta la Edad Media, sobre la base de un análisis de frecuencias de conceptos provenientes del Arthasastra: (1) el período Mauryan en que se escribió el libro, (2) el siglo I de nuestra era, (3) los siglos V y VI y los siglos X y XII. El profesor Mattessich hace un análisis mucho más abarcativo, identificando dos momentos estelares en la contabilidad desde el amanecer del hombre hasta Pacioli: (1) evolución de la práctica contable en Mesopotamia (8000 a.C. - 2000 a.C.) y (2) evolución del pensamiento contable en la India (ca. 300 a.C. hasta la Edad Media). En estas dos líneas de tiempo, quedan prefiguradas las dos vertientes de la tradición técnica de la contabilidad.

3.2.2. Grecia

El origen de la contabilidad relacionado con la “visión ética” de la motivación y el logro social lo comparte con el de su hermana, la economía. De hecho es una visión algo extraordinaria para esta última, dado el carácter tímidamente “no ético” de la economía moderna que se interesa más en los problemas logísticos y técnicos, pero que en realidad tiene sentido en sí mismo, dada la naturaleza social de la economía o de la contabilidad, porque se supone que estas disciplinas se interesan también por personas reales. La génesis de esta visión es doble y se desarrolla en Grecia bajo la égida de la pregunta socrática de “¿cómo hay que vivir?” que enmarca la motivación fundamental para la ética, y el planteamiento de Aristóteles de que el fin de la política, ciencia rectora del resto de las ciencias en la que está incluida la economía, debe ser “lo bueno para el hombre”, apunta a la visión del logro social en perspectiva ética. Ni la pregunta socrática de motivación ética ni la de Aristóteles de logro social figuran en el Arthasastra de Kautilya, el primer documento relativo a la economía y uno de los primeros vestigios del pensamiento contable.

Sucede todo lo opuesto en Aristóteles, contemporáneo de Kautilya, pero de quien jamás tuvo noticia. Sin negar la importancia del enfoque técnico, Aristóteles prefiere la visión ética, aduciendo que la economía se encuentra relacionada, en última instancia, con el estudio de la ética y de la política. Esto explica por qué los filósofos griegos no se interesaron por la contabilidad, que nace del enfoque técnico del mundo comercial. Contrario a la economía, el origen ético de la contabilidad es posterior.

La preocupación de Aristóteles era el estudio de la política, “la ciencia más fundamental de todas”, como la denomina al comienzo de su Moral a Nicómaco, por cuanto “ determina cuáles son las ciencias indispensables para la existencia de los Estados, cuáles son las que los ciudadanos deben aprender” además de prescribir en nombre de la ley “lo que se debe hacer y lo que se debe evitar”. La economía, en tanto que ciencia de la riqueza está subordinada a la política, dado que su fin último es el bien común. “Al tiempo que Aristóteles discute el papel del Estado en los asuntos económicos, también mantiene firmemente el punto de vista de que “el fin del Estado” es “la promoción común de una buena calidad de vida” (Política, III, IX; en la traducción de Barker 1958, pág. 117). Véase también Política I, VIII-X.” (Amartya Sen 1987: 21, nota 3)(58).

Después de identificar dos modos de consecución de la riqueza (la economía de subsistencia y el comercio), el espíritu griego del Estagirita para quien el esclavo forma parte de la propiedad, desprecia el comercio: “Siendo doble la adquisición de los bienes, como hemos visto, comercial y doméstica, ésta necesaria y con razón estimada, y aquélla con no menos motivo despreciada, por no ser natural y sí solo el resultado del tráfico, hay fundado motivo para execrar la usura, porque es un modo de adquisición nacido del dinero mismo, al cual no se da el destino para que fue creado. El dinero solo debía servir para el cambio, y el interés que de él se saca, le multiplica, como lo indica claramente el nombre que le da la lengua griega. Los padres en este caso son similares a los hijos. El interés es dinero producido por el dinero mismo; y de todas las adquisiciones es ésta la más contraria a la naturaleza”(59). Tal vez éste fue un lujo que se dio la sociedad griega del mundo clásico en que prevaleció un modo de producción esclavista, pero no en un modo de producción capitalista como el nuestro, aun cuando hoy no se habla de esclavos, sino de obreros. “Hay una diferencia entre la fuerza de trabajo del esclavo y la del obrero: es que la vida de éste no le pertenece al burgués”, aclara el profesor Jack Araújo(60). La crítica aristotélica está dirigida contra todos aquéllos que utilizan la usura para crear un monopolio. El filósofo ha de sacar provecho de las enseñanzas de la economía sin perder de vista la aspiración suprema de lo bueno para el hombre.

En este sentido Aristóteles trae a colación un ejemplo elocuente. “Citaré lo que se refiere a Tales de Mileto, a propósito de una especulación lucrativa que le dio un crédito singular, honor debido sin duda a su saber, pero que está al alcance de todo el mundo. Gracias a sus conocimientos de astronomía pudo presumir desde el invierno, que la recolección próxima de aceite sería abundante, y al intento de responder a algunos cargos que se le hacían por su pobreza, de la cual no había podido librarle su inútil filosofía, empleó el poco dinero que poseía en darlo en garantía para el arriendo de todas las prensas de Mileto y de Quíos; y las obtuvo baratas, porque no hubo otros licitadores. Pero cuando llegó el tiempo oportuno, las prensas eran buscadas de repente por un crecido número de cultivadores, y él se las subarrendó al precio que quiso. La utilidad fue grande; y Tales probó por esta acertada especulación, que los filósofos, cuando quieren, saben fácilmente enriquecerse, por más que no sea éste el objeto de su atención”(61).

En la época de Sócrates, según el escritor italiano Luciano De Crescenzo, un ex ingeniero que abandona voluntariamente un “trabajo seguro” en la IBM, para dedicarse al mundo de la literatura y del espectáculo, “la proporción que había entre ciudadanos y esclavos en el siglo V antes de Cristo era uno por cada cuatro en Atenas, uno por cada ocho en las ciudades portuarias como Corinto, donde se guarecían centenares de naves cuyos esclavos estaban encadenados de por vida a los remos: al esclavo remero lo soltaban después de muerto. Mientras vivía, en cambio, de hecho formaba una unidad con el banco: comía, bebía, dormía, efectuaba sus necesidades (y, en cualquier momento, se ahogaba), siempre en su puesto de trabajo”(62).

En este modo de producción esclavista, característico del mundo antiguo griego y romano, observamos, pues, una connivencia entre la éticadelhéroe y la éticadelocio, para desgracia del esclavo. En tanto que el héroe griego era “un personaje”, añade De Crescenzo, “más importante que los artistas, que los poetas, que los políticos y tal vez incluso que los dioses”, para los ciudadanos libres estaba reservada la ética del ocio. La palabra ocio está implícita en la etimología griega de escuela. En tanto que el héroe garantizaba su sustento y gloria, como recompensa por sus fatigas de la guerra, o, a lo sumo, por su buen desempeño en competiciones de atletismo o pugilato, diciendo: “en la lanza está mi pan y en la lanza me apoyo para beber”, la misma con que obtenía el botín de guerra y mujeres para violar, el ciudadano libre, en cambio, obtenía su sustento, por derecho propio, lo que le permitía dedicarse a las artes, la literatura y la filosofía, despreciando cualquier forma de trabajo manual como la labranza de los campos o las labores artesanales, actividades estas que eran propias de los esclavos. “Para Sócrates”, concluye De Crescenzo, “el ocio no era el padre de todos los vicios, sino ‘el hermano de la libertad’. El término con que se indicaba el trabajo manual en Grecia era (banausía) y equivalía a “oficio innoble, digno de que lo lleve a cabo tan solo un individuo de raza inferior”. En lo que se refiere a las ganancias: ni hablar, en aquellos tiempos el mercader era considerado al mismo nivel que un ladrón. Bastará recordar lo que Euríalo dice a Ulises, en el libro VIII de la Odisea, cuando intenta ofenderlo de manera insensata:

- Tú, oh extranjero, no pareces en lo más mínimo a un atleta experto en competiciones, sino más bien un hombre que, estando al mando de una chusma de mercaderes y traficando con una nave repleta de bancos, se ocupa tan solo de la carga, de los géneros y de las rapaces ganancias”.

3.2.3. Roma

Roma fue el escenario de un naciente enfoque social, con la aparición de la primera referencia jurídica que otorgó valor probatorio a los asientos contables: la Lex Poetelia Papiria de nexis(63), promulgada en el año 428 de Roma (326 a.C.), la cual, según Tito Livio (59 a.C. - 17 d.C.), sería para los plebeyos pobres “como la aurora de una libertad nueva” al prohibir la esclavitud por deudas y permitir que el deudor (nexus), después de afirmar su insolvencia bajo juramento, tuviera la posibilidad de despojarse de todos sus bienes, salvando de este modo su libertad. El historiador-poeta de los romanos y de los latinos primitivos se refería a la supresión del nexum (encadenamiento) del deudor insolvente de lo que podríamos llamar un negocio de garantía por “atadura”(64) o “vínculo jurídico”, cuyo origen se remonta a la famosa Ley de las XII Tablas(65), “fuente de todo derecho público y privado” (fons omni publici privataticique iuris, Liv., 3, 34,6), que los decenviros(66) compilarían por escrito en el bienio (451-450 a.C.) a la manera de unas cuantas normas severas y procesos cortos en conexión con las incipientes luchas entre patricios y plebeyos, constituyéndose en “el primero y único Código de Roma” (Mommsen, 1958: 352 ss.)(67). La tradición romana señala a esta legislación cierta tendencia social, aunque con una marcada orientación hacia la seguridad jurídica y la rapidez del curso del procedimiento judicial y penal, más que hacia la equidad, pero que, sin embargo, servirían de armisticio a una apasionada lucha entre patricios y plebeyos, que a mediados del siglo V a.C. se debatían en medio de un cambio generacional, como resultado de acérrimos conflictos políticos. Lo único que querían los legisladores era redactar un derecho civil que otorgara seguridad al ciudadano medio en materia de justicia y de negocios jurídicos frente a la arbitrariedad de la nobleza patricia.

La Ley Poetelia Papiria era una medida social que cuenta con un antecedente en los legisladores griegos de finales del siglo VI a.C, en especial Solón, quien prohibió “prestar a interés contra los órganos de los cuerpos”(68). El ejemplo sería la simiente de un enfoque ético que revistiría a la contabilidad de funciones religiosas y jurídicas, produciendo buenos frutos en la Roma del siglo IV a.C., vía Sócrates y Aristóteles, pero que, en últimas, no se desarrollaría a plenitud ni en economía ni en contabilidad: por ello constituirá el acicate instigador del segundo interrogante planteado de “¿hacia dónde ir?”.

La Ley formaba parte de una importante reforma del régimen del crédito, para aliviar los males del sistema económico de la época, en que se hicieron decididos esfuerzos por remediar el conflicto social entre deudores y acreedores, dulcificando con el tiempo la suerte de los deudores (nexi), que por lo general eran plebeyos pobres que se hallaban en un penoso estado de dependencia con respecto al opulento patriciado: algunos eran artesanos o comerciantes en pequeña escala que cada vez más requerían del crédito, y la mayoría la conformaban pequeños agricultores que, desprovistos de campos labrantíos, no tenían más opción que tomar en arriendo las parcelas del ager publicus(69) [predios del Estado romano] que estaban bajo el monopolio de los patricios. “A cada mala cosecha, invasión devastadora u otra calamidad, el arrendatario plebeyo, reducido a la condición de deudor insolvente, se convertía, por ello, en virtud del derecho antiguo, en esclavo de su acreedor” (Diakov: 53)(70). Y Si había varios acreedores, la Ley de las XII Tablas sancionaba (III, 9): “podrán repartirse el cuerpo del reo; que corten más o menos, no se les imputará como crimen”.

La Ley de las XII Tablas había reproducido la severidad cruel del ancestral derecho consuetudinario que trataba al deudor fallido como si fuera un delincuente, concediendo al acreedor lo que el judío Shilock(71), despiadado y burlón a la vez, exigía de su enemigo mortal, como garantía para prestarle tres mil ducados: cortar de su cuerpo una libra de carne de la parte que le plazca, en caso de incumplimiento. No obstante, en algunas disposiciones ya se evidencian tendencias progresistas que tendían a humanizar la antigua legislación por deudas: “Se concedía al deudor, una vez declarado insolvente, un plazo de treinta días; si dicho deudor era encarcelado, el acreedor no tenía derecho a infringirle el suplicio del hambre y las argollas y hierros con que se cargaba al detenido, no habían de pesar más de quince libras. El deudor no podía estar detenido más de sesenta días y debía ser conducido al foro los días de mercado, donde cualquiera que lo desease tenía la facultad de rescatarle” (Diakov: 82-83)(72). El profesor Diakov se refería a las siguientes leyes de la Tabla III(73), acerca de las deudas.

 

La rigurosidad de las normas de las XII Tablas, era herencia del consuetudinario “derecho quiritario”(74), fiel reflejo del carácter rural de la primitiva sociedad romana. En realidad, se trataba de una mezcla de normas jurídicas, sacras y civiles, transmitidas por tradición(75), con otras sorprendentemente progresistas(76) para el siglo V a.C. (Mardagant, 1974: 51 ss., pássim)(77). El ordenamiento jurídico que hasta entonces no se había fijado por escrito estaba vinculado a la religión vernácula de un pueblo campesino que tenía fe ciega en el poder maligno de conjuros mágicos(78) y que había adquirido la propiedad “arrancándosela con sudor a la naturaleza”.

Ahora bien, la antigua influencia religiosa de la contabilidad puede recordarse en la interpretación de los contratos verbales hecha por los sacerdotes. Gracias a los malabares jurídicos de la interpretatio (en cuyo término se esconde la raíz latina pret-, que volvemos a encontrar en lenguas modernas como el inglés priest o el francés prêtre), el negocio per aes et libram (por medio del cobre y la balanza) empezó a formalizar las ventas a crédito, los préstamos, los depósitos, los comodatos, etc., constituyéndose así en el germen del cual surgió casi todo el sistema de los negocios jurídicos romanos.

El enfoque religioso de celebrar convenios en fuerza de la palabra hablada fue la característica de toda una herencia milenaria: la práctica contable asociada a las cuentas de los templos cede ahora ante la necesidad de legislar por escrito la responsabilidad jurídica de los “negocios de garantía”. Esto era natural que ocurriera, después de la difusión de la escritura en el ámbito de los negocios públicos y privados, sirviendo de prueba documental frente a la sola obligación de palabra o en confianza (fiducia) que podía ser comprobada bajo gravedad de juramento.

En términos generales, podríamos hablar de la transición de una cultura de la oralidad, propia del antiguo derecho consuetudinario, a una cultura de la escritura. La primera es anterior a la época de las XII tablas, y la segunda, se consolidará con el mayor auge en la época bizantina, cuando sobreviene la famosa compilación de derecho civil romano denominada corpus iuris civilis (cuerpo de derecho civil) ordenada por el emperador Justiniano a partir de 527, año en que asumió el poder del Imperio Romano de Oriente.

La cultura de la oralidad configuró la teoría de la obligación romana que poco a poco vino a ser reconocida por el derecho civil como “actos vinculantes” en garantía del cumplimiento de prestaciones nacidas de contratos ( ex contractu ) o de delitos (ex delictu), siendo éstas las dos fuentes más importantes de las obligaciones. De conformidad con el “derecho de obligación” de los tiempos antiguos, tanto el infractor del derecho, como aquel que había asumido eficazmente la responsabilidad de una obligación a través de un negocio formal, quedaban sometidos a un derecho de intervención del contrario sobre su persona y por ello sobre su patrimonio, cancelable por pago en dinero. Para las ventas a crédito y los préstamos, el deudor ponía en manos del acreedor un rehén, en condiciones de garante, que podía ser reducido a la esclavitud en caso de insolvencia, o bien, el deudor transfería en confianza al acreedor una cosa, especialmente un terreno suyo (predio) que podía ser expropiado por el acreedor en el caso de que no se realizara el pago oportunamente. Esta forma de “negocios de garantía” se hacía básicamente por declaración oral.

Lo anterior no quiere decir que no existía la escritura en la cultura de la oralidad, sino que su práctica era exclusiva de monjes amanuenses —en otro tiempo escribas—, prefiriéndose el discurso oral, aun cuando se conociera el arte de escribir, tal como lo evidencian los diálogos socráticos. Las obligaciones verbales se fundamentaban en la palabra hablada, definitiva incluso hasta la época clásica. El primitivo culto de la tradición oral tiene su origen en la íntima relación existente entre el derecho consuetudinario (interpretación de la costumbre de los antepasados) y el juramento sagrado (se arrojaban a un abismo a los perjuros). De modo que bajo el lema: “en el principio fue la palabra” de todo derecho naciente, la interpretación religiosa cimentó las bases del derecho de obligaciones, contraídas mediante contratos consensuales ante testigos que regulaban el cumplimiento de la obligación, según interpretaciones estrictamente literales.

La propagación de la escritura, —depositaria del rigor de una prueba documental del “lazo personal” existente entre acreedor y deudor— se debe a la creciente vida comercial que precisan de una mayor frecuencia de contratos escritos de interpretación lógica. La “mentalidad puntiforme” de la antigua cultura jurídica de normas de una concisión extrema, muy uniformes y sencillas en su estructura, cuya interpretación era estrictamente literal, evoluciona a una norma legal de oraciones condicionales que ratifican la prueba documental de lo que se podría llamar “negocios jurídicos por atadura”, mediante un “vínculo jurídico” abstracto, como fue el caso de la Ley Poetelia Papiria. “En esta ley se admitió la comprobación del nexum , escrita por el acreedor con consentimiento del deudor en el Codex; bastaba esto para hacer nacer la obligación civil como si hubiese habido realmente empleo de per aes et libram (por medio del cobre y la balanza)“ (Gertz Manero, 1994: 31)(79).

El profesor Gertz Manero se refiere aquí a la mancipación ( mancipatio , de manus y capio , “toma de mano”): era la forma primitiva y general de compraventa, cuya función económica es la transmisión definitiva y onerosa de dominio. “Mano” aquí, en el lenguaje jurídico, designaba todo poder de señorío y, “toma de mano”, o transferencia de la propiedad (que consistía solo en esclavos o ganado —familia pecuniaque —) de mano en mano mediante “una venta real simbólica” ( imaginaria venditio ) en que alguien adquiría una cosa de otro y recibía el poder de pleno dominio o posesión del bien. La tierra era un derecho propio de cada ciudadano.

Las dos partes realizaban una venta perfecta de un bien ( mancipare o mancipio dare ) cuando el comprador (el adquiriente) recibía ( manus accipere ) de manos del vendedor (el enajenante) la cosa vendible ( res mancipi ) después de pagarle su precio al vendedor, en presencia de cinco testigos mayores de edad (púberes de 14 años), y un portabalanza ( libripens ) que servían de testigos imparciales (testes), dado el carácter público de la negociación (¡los ciudadanos como testigos!). El comprador tomaba la cosa vendida y un pedazo de cobre o bronce (aes), recuerdo de una época premonetaria, con el cual golpeaba un platillo de la balanza (libra) del vendedor, como si se lo entregara, dado que representaba su precio (estimación de valor — aestimatio en la lengua comercial—). En la compra de un esclavo, por ejemplo, la transferencia solemne de bienes muebles se celebraba cuando el adquiriente pronunciaba: “Yo declaro que este hombre me pertenece conforme al derecho quiritario, pues lo he comprado con este cobre y esta balanza”.

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(32) Einstein et al. (1938: 26).

(33) “Cfr. Henderson y Pierson (1978), que distinguen tres etapas en la investigación contable, caracterizadas esencialmente por la naturaleza de las hipótesis manejadas: explicativas (1801-1955), normativas (1956-1970) y descriptivas (a partir de 1970) (Tua, 1991: 23, nota 8; 1995: 274, nota 3).

(34) Citado, como epígrafe inicial, en el libro Historia de la computación: el siglo del procesador electrónico, elaborado por la IBM. p. 3.

(35) Bolívar, S. Obras completas, Santafé de Bogotá, Tiempo Presente, Cinco Tomos, referencia tomada del tomo quinto, 1978.

(36) Ideología que tuvo concreciones en nuestro sistema carcelario, como puede verse en la arquitectura de la Cárcel del Panóptico, hoy Museo Nacional.

(37) Bogoya, D. y otros. Competencias y proyecto pedagógico, Universidad Nacional de Colombia.

(38) Torrado, M.C., (Ibíd., p. 32).

(39) Tedesco, J. El nuevo pacto educativo, Madrid, Anaya, 1995. Gómez Buendía, H. Educación: La agenda del Siglo XXI. Bogotá, PNUD-Tercer Mundo, 1998.

(40) Cfr. Castells, M. La era de la información. Madrid, Alianza Editorial, 1997-1998. Globalización, tecnología, trabajo, empleo y empresa. Madrid, Alianza Editorial, 1999.

(41) Gélinier, O. Ética de los negocios. México, D.F., Limusa. Versión española de Purificación y José María Suárez, del título original: L’Étique des Affaires, éditions du Seuil, 1991.

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(43) New York Times, 5 de octubre de 1952.

(44) Aktouf, O. Administración y Pedagogía. Fondo Editorial Universidad Eafit, Medellín, marzo de 2000.

(45) Lino Rodríguez-Arias (1985: 210): Filosofía y filosofía del derecho. Bogotá: Editorial Temis.

(46) Senador de la República y fundador de la Universidad de los Andes.

(47) En: Mantilla et al, Conocimiento, metodología e investigación contable. Santafé de Bogotá, D.C.: Editora Roesga, prólogo de Francisco de Paula Nicholls.

(48) Por lo que compete al trasfondo político de la época, es claro que durante los primeros tiempos de su independencia de los etruscos (siglos V y IV a.C.), Roma entra en una crítica situación de militarización de la sociedad y de las costumbres. Otro aspecto son las luchas estamentales que obedecían a tendencias sociales (aquí desempeñaba no solo la protección de los deudores, de las víctimas de la usura, de los discapacitados, de los menores, sino también la defensa de la familia contra la prodigalidad y la disgregación patrimonial por última voluntad). En este contexto político se llevaron a cabo sendas reformas legislativas de gran trascendencia: la Ley de las XII Tablas (451-450), piedra fundacional del derecho romano y la Ley Poetelia Papiria (326 ó 313), que suprimiría la esclavitud por deudas.

(49) Nicholls, Francisco de P., Reyes, Guillermo, Benavides, Álvaro (1986): Principios de investigación contable. Fundamentos teóricos. Bogotá: Departamento de Publicaciones de la Universidad Externado de Colombia, serie 100 años. pp. 69-70.

(50) Las expresiones: “contabilidad de los tokens” (sistema de registro por fichas de arcilla) y “contabilidad de los tokensenvelopes” (sistema de registro por fichas dentro de envolturas de arcilla), fueron acuñadas por Mattessich, con base en las investigaciones realizadas por Denise Schmandt-Besserat (1977, 1979, 1983, 1992, 1996, 1997). Para una explicación somera de las mismas, véase el artículo: En los comienzos de la contabilidad y sus reflexiones teóricas, del profesor Richard Mattessich. Una explicación más detallada puede encontrarse en su libro: The Beginnings of the Accounting and Accounting Thought — Acounting Practice in the Middle-East (from 4000 B.C. to 2000 B.C.) and Accounting Thought in India (ca. 300 B.C. and the Middle Ages, New York: Garland Publishing Group, Inc. 2000. Giuseppe Galassi 1998: 37-63) analiza los aportes de estos dos insignes investigadores. La expresión: “contabilidad de los tokens” se refiere al sistema de registro empleado en el área del Cresciente Fertile desde el 8000 a.C. hasta el 3000 a.C., que utilizaban pequeños tokens (fichas) de arcilla de distintas formas. Por ello cada forma representaba una mercancía diferente (en el caso de bienes de gran volumen, como el grano, se les relacionaba con una cantidad específica). La expresión: “contabilidad de los tokens-envelopes” hace alusión a una etapa siguiente de este sistema contable: se utilizaban bolsas de arcillas huecas selladas (“envelopes”) para guardar los tokens, los cuales antes de meterlos, eran marcados en la superficie del envelope. La distinción entre estos dos niveles explica las dos fases de desarrollo de la contabilidad discutidas.

(51) Schmandt-Besserat (1992): Before Writing, Vol. I, From counting to cuneiform; Vol II, A Catalogue o f Near Eastern Tokens.

(52) Mattessich (2000): The Beginnings of Accounting and Accounting Thought - Accounting Practice in the Middle East (from 8000 to 2000 B.C.) and Accounting Thought (ca. 300 B.C. and the Middle Ages.

(53) Giuseppe Galassi (1998): Recenti Sviluppi dell’ archeologia della ragioneria: I contributi di Denise Schmandt-Besserat e di Richard Mattessich. (“Recientes desarrollos de la contabilidad arqueológica: contribuciones de Denise Schamandt-Besserat y de Richard Mattessich).

(54) Littleton (1966): Accounting Evolution to 1900.

(55) Skinner (1987): Accounting standard in evolution.

(56) Samuel Noah Kramer (1974): La historia comienza en Sumer.

(57) Además del citado libro de Mattessich (2000), información pertinente puede encontrarse en un artículo escrito por Choudhury (1982), Aspects of Accounting and Internal Control - India 4th century B.C. (en: Accounting and business research 46/spring: 105-110) y en el libro de Bhattacharyya (1988), Modern accounting concepts in Kautilya’s Arthasastra (Calcuta: Firma KLM Private Ltda.). Por lo que respecta a la traducción del tratado, existen dos versiones estándar: la original de Shamasastry (1915, 1967) y una extensa de Kangle (1963).

(58) Política, III, IX: Política, 1280 a 6-1281 a 10. Política I, VIII-X: 1256 a 1-1258 b 9. En la traducción de Patricio de Azcárate 1947, Política, III, IX: Libro V, capítulo III, pp. 607-609. Política I, VIII-X: Libro I, capítulo III, pp. 543-550, según el orden que le dio a los ocho libros de esta obra Barthélemy Saint-Hilaire. Utilizamos esta versión para las traducciones en español.

(59) Ibíd. pp. 530-549.

(60) Jack Araújo Ensuncho (1983: 18).

(61) Ibíd. p. 551.

(62) Luciano de Crescenzo (1995: capítulo I).

(63) Ley Poetelia Papiria acerca de los nexos. Su doble nombre indica que se trata de una ley comicial propuesta por los cónsules (como era usual) del año 326, Papirius y Poetelius. Sobre esta ley dan noticia: Tito Livio, Historia de Roma Ab Urbe condita (Desde la fundación de la ciudad), VIII, 28; Cicerón, De República, II, 34; Dionisio de Halicarnaso, Historia antigua de Roma, XVI, 9, obra conocida también como Antigüedades (o Arqueología) romana(s). Varían las grafías en los tratadistas de derecho romano consultados: Paetelia Papiria (Eugène Petit, Tratado elemental de derecho romano, México, D.F.: Editora Nacional, 1961, párrafo 270), Poetilia Papiria (Theodor Mommsen, Historia de Roma, Madrid: Aguilar, 1968, vol. I, p. 377), Poetelia Papiria (Hams Kreller, Historia del derecho romano, Universidad Externado de Colombia, p. 48) y Wolgang Kunkel, Historia del derecho romano, Barcelona: Ariel, 1982, pp. 40 y ss.).

(64) En un principio, los préstamos importantes de dinero se formalizaban mediante el nexum, una de las formas más antiguas de obligarse, mediante contratos verbales de negocios per aes et libram (por medio del cobre y la balanza), que no eran más que pactos-nudos. El cumplimiento de un deber (pagar) implicaba la disolución de la “atadura” (solvere = pagar, desatar; solutio = pago, acción de desatar). Una deuda (< debere < de-habere, deber < de- [en sentido negativo] + habere, tener) no se refería necesariamente a deudas en dinero, sino que equivalía a un deber en general. Una obligación tenía tres elementos esenciales: 1. uno o más sujetos activos: creditores (acreedores). 2. Uno o más sujetos pasivos: debitores (deudores). 3. Un objeto: dare (entregar algo), facere (hacer algo), praestare (responder por algo).

(65) La Ley de las XII Tablas fue el resultado de un armisticio que buscaba restablecer la paz entre dos partidos que se debatían en encarnizadas luchas: patricios y plebeyos, ante la imposibilidad de prolongar más la situación de anarquía permanente que conducía por fuerza a la ruina del Estado, sin provecho para nadie. Se trataba de una de las mayores conquistas de los plebeyos: la redacción y la publicación de un Código de Derecho Civil, que en otros tiempos era consuetudinario. Antes existía solo la “costumbre de los antepasados” (mos maiorum), cuya interpretación estaba reservada a los patricios, de modo que el derecho era un secreto del patriciado, lo cual abría una gran brecha a la arbitrariedad de los cónsules, en un mundo romano en que la palabra hablada (obligación verbal) era la definitiva hasta la época clásica.

(66) Una comisión especial de diez legisladores romanos que fueron enviados a Grecia en 452 para estudiar las leyes de Solón. Estaban investidos de poderes dictatoriales. “Dicha comisión funcionó dos años; en 451 y 450... El resultado de sus trabajos fue la publicación de un código grabado en XII tablas de bronce, monumento cuyo original no ha llegado hasta nosotros y del que solo conocemos algunos artículos conservados como citas en las obras de los juristas romanos de épocas posteriores” (Diakov: 82).

(67) Mommsen, Theodor, Historia de Roma, tomo I: de la fundación a la República, tercera edición. Madrid: Aguilar. Versión al español de Guillermo Lledó, del original en francés: Histoire de l’Antiquité (Historia de la antigüedad), tomo tres.

(68) En griego: danei/zein e)piì toi=j sw¿masin [daneídsein epí tois sómasin]. En 594 a.C. Solón suprime el derecho de servidumbre por deudas y la venta de esclavos en el extranjero.

(69) Propiedad del Estado ganada en conquistas que era repartida por concesiones entre las familias romanas más influyentes.

(70) Diakov, V. Historia de Roma, México, D.F.: Editorial Grijalbo, S.A. Versión al español de Guillermo Lledó, del original en francés: Histoire de l’Antiquité (Historia de la antigüedad), tomo tres.

(71) Véase la escena segunda del primer acto del Mercader de Venecia de Shakespeare.

(72) Diakov, V. Ibíd., pp. 82-83.

(73) El texto latino de la Tabla III, lo tomamos del Manual de la Legislación Romana, por D. J. R. V. corregido por Ricardo Ovidio Limardo. París: Imprimerie A. Cochet, 1869, p. 243. Nuestra versión.

(74) Del rudo pueblo de los Quirites, ciudadanos romanos de condición privada, por oposición a los ciudadanos militares.

(75) Como la muerte dada al deudor insolvente —siempre y cuando el acreedor no prefiriera venderlo como esclavo—; pena del talión —ojo por ojo y diente por diente—; muerte a niños deformes por sus padres, derecho de venta de los hijos, los patricios no pueden contraer matrimonio con los plebeyos, etc.

(76) Igualdad de todos ante la ley, nadie puede ser ejecutado sin proceso, derecho a apelar una sentencia a muerte ante la asamblea popular (provocatio ad populum); libertad testamentaria (derecho sucesorio); usucapión (adquisición de una propiedad mediante posesión prolongada durante un plazo fijado por la ley); diferenciación de la pena por incendio, según fuera causado por intención premeditada o por descuido.

(77) Mardagant, Guillermo. El derecho privado romano como introducción a la cultura jurídica contemporánea. Quinta edición. México, D.F.: Editorial Esfinge, S.A.

(78) Pena de muerte contra el que había “hechizado el fruto que se encuentra sobre el tallo para que las espigas se vuelvan estériles” o “murmurado malos encantamientos” para llevarse del campo ajeno al propio las fuerzas misteriosas que hacen crecer las semillas. “Se arrojará al abismo desde la roca Tarpeya a quien diese falso testimonio”. “No se arrojarán sobre las hogueras de los muertos bebidas ricas y costosas”. “Ningún muerto puede ser enterrado ni quemado dentro de ciudad, nadie puede usucapir un sepulcro, ni el lugar donde un muerto ha sido quemado”.

(79) Gertz Manero, Federico, Origen y evolución de la contabilidad. Ensayo histórico. México, D.F.: Trillas, segunda reimpresión, marzo de 1994.