Diálogo entre un contribuyente escéptico y un estudiante de hacienda pública

Revista Nº 190 Jul.-Ago. 2015

Juan José Fuentes Bernal 

Asociación Nacional de Empresas de Servicios Públicos y Comunicaciones (Andesco). Director de la Cámara de Asuntos Tributarios y Financieros. 

Ahora que se vuelve a hablar de la necesidad de una reforma tributaria estructural en Colombia y que la comisión de expertos conformada por el Gobierno Nacional para estudiar el tema ha rendido su primer informe, revive nuevamente en los círculos académicos y empresariales el debate sobre el modelo de tributación que más se adecua a las necesidades del país. El siguiente diálogo imaginario entre un contribuyente escéptico y un estudiante de hacienda pública hace referencia a esa discusión, centrada en problemas como el aumento de las tasas impositivas, el destino del gasto público, el efecto económico de los impuestos, la evasión, las exenciones y la progresividad tributaria. Lejos de defender una sola posición de manera concluyente, el propósito de este ensayo es mostrar dos puntos de vista sobre temas respecto de los cuales todos creemos tener una opinión formada. El lector podrá encontrar afirmaciones válidas en cada uno de los interlocutores y sacar sus propias conclusiones. Debo advertir, además, que he tratado de usar un lenguaje coloquial, alejado del tecnicismo de los especialistas, lo que espero ayude a la divulgación y al entendimiento del tema.

C.E.: Ud. como estudiante de hacienda pública debe creer ingenuamente que pagar impuestos es bueno para el país, que los impuestos aumentan el bienestar de la gente, que la sociedad es más productiva y más justa cuando se hacen aportes al Estado. La realidad es bien diferente, no solo por las falencias del sistema tributario sino por el impacto negativo de los impuestos en la economía.

E.H.P.: No ignoro esos problemas pero no creo que los impuestos sean malos per se. Las instituciones, los derechos y la satisfacción de las necesidades básicas de la población dependen en gran medida de los impuestos. Además, los recursos tributarios le permiten al Estado prestar servicios a la comunidad, realizar obras de beneficio común e impulsar el desarrollo de diversas actividades económicas.

C.E.: El problema con ustedes los académicos es que se quedan en la teoría y, en el caso particular de los hacendistas, le dan demasiada importancia al papel del Estado.

E.H.P.: Explíquese.

C.E.: Muchas veces nos han hablado de las bondades de la tributación, del buen uso que se le puede dar a los recursos públicos, pero se ignora que el despilfarro y la corrupción, en países como el nuestro, son prácticamente inherentes a la existencia del Estado. En realidad los ciudadanos estamos inermes frente al aumento injustificado de los tributos que se utilizan para financiar una burocracia inoperante, que casi nunca rinde cuentas de su gestión y que vive de esquilmar al resto de los mortales. Como lo dijo alguna vez el filósofo político Frederic Bastiat, “el Estado es esa gran falacia que permite a muchos vivir a costa de todos los demás”(1). Actualmente se habla en Colombia de la necesidad de aumentar el gasto público en salud y en educación, del propósito de realizar grandes inversiones en infraestructura, de la importancia de financiar políticas como la ley de víctimas o el llamado posconflicto. Sin embargo, a pesar de que los colombianos pagamos una de las tasas de tributación más altas del continente, los recursos tributarios disponibles para adoptar esas medidas no son suficientes. ¿Qué van a hacer para suplir el déficit?, ¿incrementar los impuestos? ¡Si la cosa sigue así va a colapsar la economía pues no va a haber empresas viables en el país!

E.H.P.: Comprendo su frustración por el mal uso que a veces se le da a los recursos tributarios y por lo que se ha llamado “el crecimiento inercial del gasto público”. Frente a este fenómeno Colombia ha adoptado medidas como el principio de sostenibilidad fiscal y la llamada “regla fiscal” que obligan a reducir el déficit presupuestal y a disminuir el endeudamiento. Pero déjeme precisarle algo: La tasa de tributación en el país como porcentaje del PIB no es especialmente alta si se la compara con la de otros países del continente y, mucho menos, con la tasa que se paga en otras economías, como son los países de la OCDE. Mientras en Colombia la presión fiscal es apenas cercana al 20% del PIB, en varios países de la OCDE representa más del 35%(2).

C.E.: La regla fiscal es una buena medida pero, si el gasto sigue aumentando, es probable que terminen violándola. Ahora bien, eso de que la presión fiscal en Colombia no es alta puede ser cierto en términos globales, es decir, calculando el peso general de la tributación en el país como porcentaje del PIB. Sin embargo, otra cosa es el impacto de la tributación en el bolsillo de los contribuyentes. Encuestas recientes han demostrado que en promedio la carga tributaria total de las empresas en nuestro país representa más del 68% de las utilidades y que un alto porcentaje del impuesto sobre la renta recae en muy pocas empresas(3). Para las personas naturales la situación no es mejor porque, aparte del impuesto sobre la renta, deben pagar tributos como el de patrimonio, el predial, el impuesto de vehículos, el gravamen a los movimientos financieros, el IVA y el impuesto al consumo, además de los aportes a la seguridad social (como asalariados o independientes) y otros tributos como las contribuciones por valorización o el ICA, que grava la actividad comercial y la prestación de servicios.

E.H.P.: Bueno, el hecho de que la presión fiscal global no sea consistente con la presión individual significa que el Estado no recauda todo lo que debería recaudar debido, principalmente, a la evasión tributaria.

C.E.: De acuerdo. Pero en eso de la evasión hay un círculo vicioso porque las personas tienden a evadir impuestos cuando estos son muy altos y cuando no ven el beneficio de pagarlos y, por otra parte, el Estado tiende a aumentar la tributación para compensar lo que deja de recaudar por efecto de la evasión y lo que gasta superfluamente. Así, la poca credibilidad en las bondades de tributar y la falta de control a los evasores hacen que los mayores impuestos recaigan en los mismos contribuyentes de siempre.

E.H.P.: Otra razón que explica la baja presión fiscal como porcentaje del PIB es la multiplicidad de exenciones, descuentos, beneficios y tratamientos exceptivos que exoneran a muchas empresas y personas de la obligación de tributar. El Gobierno y el Congreso podrían enmendar esta situación eliminando esas gabelas.

C.E.: No creo que todos los beneficios tributarios sean malos. En años recientes se utilizaron en el país beneficios orientados al fomento de la inversión, como la tarifa especial del impuesto sobre la renta para usuarios de zonas francas o la deducción especial por compra de activos fijos, los cuales tuvieron efectos positivos en la economía.

E.H.P.: No está claro que el aumento de las inversiones en el país en la década anterior estuviera motivado por ese tipo de incentivos. Generalmente los empresarios responden más a otro tipo de variables como el aumento de la demanda, el acceso al crédito, la seguridad y la existencia de una buena infraestructura de servicios. Además, aparte de que reducen el recaudo tributario, muchos de los beneficios fiscales resultan contrarios a la equidad y a la progresividad. Por ejemplo, en el caso de las personas naturales, los incentivos tributarios al ahorro en fondos de pensiones o en cuentas para la adquisición de vivienda favorecen a los trabajadores de ingresos altos, lo cual es regresivo porque, en este caso, los que ganan más terminan pagando proporcionalmente menos impuestos.

C.E.: Pero es que el ahorro ni siquiera debería estar gravado y mucho menos si está destinado a la compra de vivienda. No se le olvide que el sector de la construcción es uno de los mayores generadores de empleo. Ustedes los hacendistas defienden a ultranza el principio de progresividad como si este fuera un postulado inamovible. En mi opinión la progresividad tributaria no es más que un concepto deformado de la justicia, una tara heredada de modelos y regímenes contrarios al desarrollo de la libre empresa y abiertamente intervencionistas.

E.H.P.: ¿Le parece justo que los que ganen más paguen menos impuestos?

C.E.: No me parece justo que los que ganen más paguen menos impuestos pero tampoco me parece justo que los que ganen más paguen más impuestos. En mi opinión todos los contribuyentes con capacidad de pago deberían pagar el mismo valor en impuestos.

E.H.P.: Noto una contradicción entre lo que acaba de decir y su defensa de los beneficios tributarios. Si todos debemos pagar el mismo valor en impuestos, entonces, no debe haber beneficios que le disminuyan a algunos la carga tributaria. Por otra parte, es claro que un tributo igual para todos no contribuye en nada a la redistribución social del ingreso.

C.E.: Y eso qué importa. No creo que la redistribución sea muy importante pero, si tiene algún valor, puede siempre realizarse a través del gasto público. Los impuestos no tienen por qué constituir un factor de igualación del ingreso, porque al atribuir cargas diferenciales en función de la renta generada se crean desincentivos a la producción y al crecimiento y se afecta la libertad de empresa. En cambio, el gasto público sí puede estar focalizado en los sectores más débiles de la población.

E.H.P.: Ud. olvida que la redistribución del ingreso es siempre una prioridad en cualquier modelo de desarrollo económico y que no siempre es factible llevar a cabo esta política mediante el gasto público. Cuando la capacidad de gasto de inversión o gasto social es limitada el cobro de un impuesto plano (igual para todos) no distribuye equitativamente el costo del Estado.

C.E.: Su planteamiento es muy teórico. En un país como Colombia siempre habrá un rubro de gasto social en el presupuesto.

E.H.P.: Pero es cada vez más reducido. La mayor parte del presupuesto se va en gastos de funcionamiento.

C.E.: Con eso que dice me está dando la razón. Si los recursos tributarios se destinan mayoritariamente a financiar burocracia, ¿cuál es entonces su función redistributiva? Para que haya redistribución y se beneficien los más pobres no basta con aplicar impuestos progresivos. Estos simplemente reducen las diferencias entre la renta disponible de las personas pero no evitan el despilfarro. La verdad es que el Estado desperdicia los recursos económicos que con tanto esfuerzo aportan los contribuyentes, lo que es más grave cuando se cobran impuestos progresivos sobre la renta o el patrimonio. Si el Estado de verdad quiere hacer algo por los menos favorecidos debe dedicarse simplemente a las tres o cuatro cosas que puede hacer bien y dejar que el resto lo hagan los particulares. Para hacer esas tres o cuatro cosas no necesita cobrar impuestos que aumenten a medida que aumenta la base gravable.

E.H.P.: No creo que todo lo que hace el Estado lo puedan hacer los particulares. Simplemente hay asuntos que el mercado no resuelve, como el acceso a los bienes y servicios básicos por parte de las personas de escasos recursos. Para adelantar políticas asistenciales y mejorar la situación de los más necesitados se requiere que los más ricos aporten impuestos más elevados. Para generar empleo y promover la demanda de bienes y servicios el Estado requiere de ingresos que le permitan realizar grandes inversiones. Es de esta manera, invirtiendo en programas sociales y en megaproyectos que difícilmente podrían adelantar las empresas privadas, como el Estado ayuda a la reactivación económica.

C.E.: Un mercado fortalecido, en el que los agentes económicos no tengan que soportar excesivas cargas tributarias, no necesita la participación del Estado como inversionista o prestador de servicios. Un mercado fuerte, con verdaderas garantías de seguridad y justicia, contribuye más eficazmente a la generación de empleo y, por consiguiente, al acceso de las personas por sus propios medios a los bienes y servicios básicos. La disminución de la desigualdad en el ingreso no depende de las políticas asistenciales sino que es una mera consecuencia del crecimiento económico. A mayor crecimiento mejor distribución de los beneficios económicos, es decir, menos pobreza, pero el crecimiento no tiene nada que ver con las políticas públicas puesto que obedece fundamentalmente a la iniciativa de los particulares. Por lo tanto, lo que hay que hacer es reducir la tributación, es decir, reducir el costo del Estado para fortalecer el mercado.

E.H.P.: Lo que acaba de decir es muy similar a lo que sostienen los neoliberales y a lo que dijo hace más de medio siglo el economista ruso-estadounidense Simon Kuznets: que el Estado y, por consiguiente, los tributos y el gasto público no son necesarios para reducir la desigualdad pues dicha reducción es simplemente consecuencia del crecimiento económico. Sin embargo, por lo que sabemos, el fundamento empírico de la hipótesis de Kuznets es muy frágil y desconoce que la reducción de la desigualdad obedece realmente a cambios políticos. Como lo afirma el reconocido economista francés Thomas Piketty, la desigualdad depende de las representaciones que se tienen sobre lo que es justo y lo que no lo es, así como de las elecciones que resultan de ello, especialmente en materia fiscal y financiera. El mismo autor señala que hoy la desigualdad en el mundo es creciente porque la tasa de rendimiento del capital es mayor a la tasa de crecimiento de la economía y resalta la necesidad de atacar este fenómeno mediante el uso de instrumentos tributarios que tengan incidencia directa sobre la riqueza(4).

C.E.: Por algo es que lo han llamado el nuevo Marx. Que susto con ese tipo de planteamientos. Yo creo que los que hoy proponen aumentar impuestos lo que realmente quieren es acabar con el capitalismo. No olvide que es precisamente a Marx al que se le atribuye la afirmación de que el capitalismo sólo se puede matar con impuestos, impuestos y más impuestos.

E.H.P.: Su visión es alarmista y sesgada. Le insisto en que muchas de las actividades del Estado que se financian con impuestos están orientadas a estimular el crecimiento económico y el desarrollo de la libre empresa. Ningún economista serio piensa hoy en acabar con el capitalismo sino en combinar las ventajas del mercado libre con las ventajas de la intervención estatal. En cuanto a Piketty, él simplemente ha manifestado que si no se hace nada, la desigualdad supondrá un peligro muy grave para las democracias. Pero volvamos a la progresividad. Usted ha dicho que esta es un concepto deformado de la justicia. ¿Por qué piensa eso?

C.E.: Porque los impuestos progresivos a la renta o al patrimonio discriminan en contra de las personas que obtienen mayores beneficios como resultado de su esfuerzo individual. Si yo trabajo más y soy más eficiente gano más dinero, pero el Estado me castiga cobrándome un impuesto mayor. Se nos ha dicho que la progresividad tributaria es buena porque obliga a que los ricos paguen más que los pobres, permitiendo que haya una transferencia de recursos de unos a otros, pero la verdad es que esta política es un castigo a la productividad y a la eficiencia. La verdadera justicia no consiste en quitarle al rico para darle al pobre (al estilo Robin Hood), sino en permitir que las personas obtengan los beneficios que se merecen conforme a su esfuerzo individual.

E.H.P.: Eso que dice suena bien si hay oportunidades para todos y si es posible confiar en que el mercado va a resolver automáticamente los problemas de pobreza. Pero infortunadamente no es así. Por ello, en todo el mundo se acepta que la distribución de los beneficios sociales debe estar en función de las necesidades de la población y no solo en función de los méritos individuales. Esto es lo que ha permitido el desarrollo de categorías como el Estado de bienestar, el constitucionalismo social y el Estado social de derecho.

C.E.: En mi sentir esas categorías no son más que socialismo disfrazado. En todas ellas está presente una defensa de la economía planificada y una obsesión por la igualdad. Pero, como dijo alguna vez Oliver Wendell Holmes, la pasión por la igualdad se me antoja mera idealización de la envidia(5).

E.H.P.: ¿Qué será peor, la envidia o la codicia?

C.E.: Lo peor de todo es la ineficiencia. Mire, no soy experto en el tema pero, con sentido práctico, creo que lo que se debe hacer en Colombia es eliminar la carga tributaria de las empresas, gravar únicamente a las personas naturales, pero no con impuestos progresivos a la renta o al patrimonio sino con un impuesto general y único al gasto. De esta manera se fomentarían el ahorro y la inversión, se reducirían los costos de cumplirle a la DIAN y, para satisfacción de ustedes los hacendistas, se controlaría mejor la evasión y aumentaría el recaudo tributario.

E.H.P.: Suprimir los impuestos directos a la renta y al patrimonio no es realista porque más de la mitad del recaudo tributario proviene de ellos. De otro lado, es más costoso fiscalizar a las personas naturales que fiscalizar a las empresas, por lo cual tampoco es viable desmontar la tributación de las sociedades.

C.E.: Sus argumentos son alcabaleros. No dicen nada sobre los riesgos de la progresividad ni sobre lo complejo y costoso de un sistema obsoleto, basado en impuestos personales, en el cual los únicos beneficiados son los recaudadores y los asesores tributarios. Insisto en las ventajas de adoptar un impuesto único al gasto.

E.H.P.: Bueno, le respondo en primer lugar que el impuesto a la renta que se aplica en Colombia no es significativamente progresivo: en el caso de las personas naturales la progresividad se aplica solo en los niveles medios de renta y de manera parcial, porque se grava la renta de los individuos y no la renta de las familias; en el caso de las sociedades el impuesto no es progresivo sino proporcional, lo que hace que, de acuerdo con la regla de eliminación de la doble tributación, todos los dividendos que reciben los inversionistas resulten gravados a la misma tarifa. En segundo lugar, estoy de acuerdo con usted ya que el sistema tributario debe ser más simple. Finalmente, en cuanto al impuesto general al consumo, le recuerdo que este ya existe en Colombia: se llama IVA.

C.E.: Si pero con una cantidad de exoneraciones que le restan eficacia. Además la tarifa que se paga no es tan alta como para compensar una disminución significativa del impuesto sobre la renta o para tener la seguridad de que no nos van a volver a cobrar el impuesto al patrimonio.

E.H.P.: ¿Quiere decir que hay que eliminar las exenciones y aumentar la tarifa del IVA?

C.E.: Pues claro, hay que ampliar la base y aumentar la tarifa del IVA y disminuir el impuesto de renta.

E.H.P.: El problema con el IVA es que afecta más a los pobres que a los ricos porque los pobres tienen mayor propensión al gasto. En otras palabras, el peso relativo del IVA es mayor para las personas de menores ingresos, que gastan siempre una proporción mayor de su ingreso que las personas adineradas. Recuerde que el IVA se aplica sobre los bienes y servicios adquiridos, sin tener en cuenta el ingreso de los contribuyentes.

C.E.: En todo caso, los ricos consumen siempre más que los pobres lo que hace que, en términos absolutos, paguen más IVA. Por otra parte, si no se quiere afectar a los pobres se les puede devolver el impuesto pagado o se les puede compensar con el suministro de un bien o la prestación de un servicio. Es claro que, así tengan que pagar inicialmente el impuesto, las personas menos favorecidas pueden recibir mucho más de lo que aportan al pagar el IVA.

E.H.P.: El otro problema del IVA es que reduce la demanda, lo cual también es malo para la economía.

C.E.: Si se eliminaran todos los impuestos directos que hoy deben pagar las empresas se reducirían los costos de producción y, con ello, el precio de venta de los bienes y servicios. De esta manera, los consumidores se verían compensados por el mayor IVA pagado y no habría contracción de la demanda.

E.H.P.: La ventaja de los impuestos directos y progresivos es que permiten darle un uso eficiente a los excedentes y al ahorro de los particulares. De hecho, la progresividad tributaria se sustenta teóricamente en la llamada “ley de rendimientos marginales decrecientes” según la cual a medida que aumentan los ingresos el dinero es cada vez menos útil para las personas(6). Bajo este supuesto, la progresividad tributaria cumple un triple propósito: 1. Optimizar el uso de los recursos económicos, 2. Disminuir la desigualdad en el ingreso y 3. Garantizar que el costo de los tributos es, en términos relativos, igual para todos (igualdad en el sacrificio).

C.E.: Frente a los puntos 1 y 2 le reitero que no es así porque el Estado es derrochador. En cuanto al punto 3 le digo que no creo en la igualdad en el sacrificio ni en eso que llaman la ley de los rendimientos decrecientes. No existe un parámetro universal de satisfacción que permita afirmar que a mí me cuesta menos pagar $ 5 de impuestos que a una persona que se gana la mitad de lo que yo me gano. Simplemente cada persona tiene sus propias necesidades.

E.H.P.: Pero las personas de escasos recursos tienen siempre más necesidades. Por eso consideramos justo que paguen menos impuestos. ¿Me va a decir que es lo mismo tener que dejar de ahorrar (para quien tiene esa posibilidad) a tener que dejar de consumir (para quien no tiene capacidad de ahorro) cuando hay que pagar impuestos?

C.E.: Pues si tengo que dejar de ahorrar una parte de lo que he conseguido solo con mi esfuerzo individual, el pago de impuestos puede dolerme más a mí que a cualquier otro. No veo por qué pretende comparar un sacrificio de ahorro con un sacrificio de consumo si todas las personas somos diferentes. Tanto la teoría del sacrificio igual como la teoría de los rendimientos decrecientes no son más que falacias para justificar el castigo que nos imponen por cometer el pecado de haber sido más productivos.

E.H.P.: No veo la progresividad tributaria como un castigo. La veo más bien como el precio que se paga por la existencia de unas condiciones generales que permiten acumular riqueza más allá de lo que puede obtener la mayoría. A usted se le olvida que la existencia y rentabilidad de las empresas es posible gracias a que existe un sistema que garantiza la propiedad privada, que asegura el cumplimiento de las reglas contractuales, que brinda una serie de servicios a la población y contribuye a la configuración del mercado. No es solo el esfuerzo individual el que nos permite aumentar nuestros beneficios económicos.

C.E.: Pero no hay una relación directa entre lo que se paga por impuestos y lo que se recibe del Estado y, paradójicamente, cuanto más se paga en impuestos menos de lo que se paga es por servicios recibidos. En un alto porcentaje los impuestos se destinan a financiar servicios que no va a recibir quien los paga, sino otros que no los pagan.

E.H.P.: Eso que dice es cierto, pero no puede pasar por alto que la pobreza es un problema de todos. ¿Acaso no obtenemos también un beneficio cuando se ayuda a otros?, ¿no es la solidaridad un bien de interés público?

C.E.: No sé. Alguien dijo alguna vez que si subvencionamos la pobreza y el fracaso, lo único que obtenemos es precisamente más pobreza y más fracaso(7).

E.H.P.: También alguien dijo alguna vez que a la gente no hay que darle un pescado sino enseñarle a pescar pero ello requiere de acciones afirmativas más allá del funcionamiento de las leyes del mercado. Usted se ha manifestado a favor de los incentivos tributarios a la inversión, ¿qué opina entonces de los que promueven el mecenazgo, como el régimen especial de las entidades sin ánimo de lucro?

C.E.: No estoy de acuerdo con este tipo de medidas porque, en la mayoría de los casos, no logran los fines que persiguen. Muchas de las entidades que se dicen sin ánimo de lucro y que compiten con las empresas comerciales sin pagar impuestos no le reportan ningún beneficio adicional a la comunidad. Si lo que deja de recaudar el fisco por otorgar esos beneficios o tratamientos especiales me lo van a cobrar a mí en mayores impuestos, prefiero que los eliminen.

E.H.P.: Antes de que empecemos a volvernos reiterativos le propongo que cada uno haga una última reflexión sobre lo que hemos venido discutiendo.

C.E.: Los impuestos son un mal necesario, pero un mal a fin de cuentas. No deberíamos permitir que aumenten demasiado porque con ello se ponen en riesgo la propiedad, la libertad y el poder creador del ser humano. Demasiados impuestos da como resultado el estancamiento económico. Si existe alguna forma de ayudar a los pobres es reduciéndoles los impuestos a los ricos.

E.H.P.: No conozco ningún país con instituciones fuertes donde no se cobren impuestos elevados. La propiedad y la libertad no son gratuitas, no dependen solo del esfuerzo individual y no son derechos exclusivos de una minoría. La propiedad y la libertad requieren de acciones gubernamentales que las fomenten y las protejan. Si queremos tener una sociedad próspera, democrática y justa debemos estar dispuestos a contribuir con una parte importante de nuestros ingresos.

Corolario

Dicen que por sus buenos resultados académicos el estudiante de hacienda pública recibió una beca para estudiar derecho tributario, convirtiéndose después en un destacado consultor de empresas. Con el tiempo perdió el interés en los aspectos relacionados con la intervención económica del Estado y la finalidad de los tributos y un día notó, un tanto sorprendido, que sus opiniones generales sobre estos temas empezaban a parecerse a las del contribuyente escéptico. De esta manera pudo comprobar por sí mismo que cuando se trata de impuestos no es nada fácil ser objetivo porque, especialmente en estos asuntos, lo que pensamos está frecuentemente marcado por nuestros intereses.

(1) Frederic Bastiat (1801-1850) fue un legislador y economista francés al que se considera uno de los mejores divulgadores del liberalismo.

(2) Al respecto puede consultarse el informe presentado por la Comisión de Estudio del Sistema Tributario Colombiano en mayo del 2015.

(3) Véase al respecto la encuesta publicada por el Consejo Gremial Nacional en desarrollo del debate público al proyecto de reforma tributaria que culminó con la expedición de la Ley 1739 del 2014. El documento presentado ante las comisiones económicas conjuntas de Cámara y Senado, muestra que en Colombia el 76% del impuesto sobre la renta recae en apenas 3.576 empresas.

(4) Simon Kuznets fue premio nobel de economía en 1971. Sus trabajos sobre la disminución de la desigualdad en los países ricos, en las primeras décadas del siglo XX, se comentan en el libro del economista francés Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI, Fondo de Cultura Económica. Bogotá. 2014.

(5) Oliver Wendell Holmes Jr. (1841-1935) fue juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos y uno de los personajes más influyentes del pensamiento jurídico norteamericano del siglo XX.

(6) La ley de rendimientos marginales decrecientes afirma que a medida que se añaden cantidades adicionales de un factor en la producción de un bien, manteniendo el empleo del resto de los factores sin variación, se alcanza un punto a partir del cual la producción total aumenta cada vez menos. Cuando el factor que aumenta es el capital se habla de productividad marginal decreciente del capital. Microeconomía de Michael Parkin. Pearson Educación, México, 2006 (cap. 10, pág. 239).

(7) La frase es atribuida a James Dale Davidson, fundador y presidente de la liga de contribuyentes de los Estados Unidos.