“El Gobierno no tiene una política de concertación social”

Revista Nº 188 Mar.-Abr. 2015

Entrevista realizada por Javier N. Rojas a Óscar Hernández

Presidente de la Academia Iberoamericana de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de Venezuela

En entrevista con ACTUALIDAD LABORAL, este catedrático, invitado recientemente al país por la Universidad La Gran Colombia a exponer sobre el panorama del Derecho Laboral en Latinoamérica, criticó la falta de versatilidad de los movimientos sindicales para adecuarse a los desafíos de la globalización.

ACTUALIDAD LABORAL: ¿La globalización está llevando a que los Estados tengan menos posibilidades de proteger los derechos de los trabajadores?

Óscar Hernández: Cada vez se pierde un poco más el concepto de la soberanía nacional, es decir, las decisiones políticas y económicas más importantes no siempre se toman en los centros de poder de cada país, sino que están influenciadas por circunstancias que vienen de afuera. No diría que sea algo generalizado que el poder de las empresas transnacionales, en algunas situaciones, pueda exceder las mismas posibilidades de reglamentación que tiene el Estado. Eso ha ocurrido, más que todo, en algunos países que tienen elsistema de las llamadas maquilas que, a veces, se constituyen como una isla en cada nación, en la cual el poder de regulación y de protección del Estado viene a estar supeditado al poder de las empresas multinacionales.

A. L.: Entonces, ¿las empresas multinacionales están determinando la capacidad de los Estados para proteger los derechos de los trabajadores?

Ó. H.: En buena parte, sí, pero no solamente las políticas de protección a los trabajadores, sino, en general, las políticas económicas de los Estados; no digo que sea en un 100%, pero sí atienden a decisiones que vienen de centros de poder externos.

A. L.: Y eso, ¿qué consecuencias ha traído para los trabajadores?

Ó. H.: En algunos países ha traído la creación de especies de islotes (zonas francas), en los cuales la explicación de la legislación laboral de cada nación se deja a un lado por las políticas de esas empresas.

A. L.: ¿Y cree que se va a mantener esa tendencia?

Ó. H.: En algunos países, sí, y en otros, no; eso depende mucho de las circunstancias políticas internas de cada nación. También depende de la fuerza que tenga el movimiento sindical. Lamentablemente, en América Latina, el movimiento sindical cada día es menos poderoso, lo cual determina que haya un desfase en el equilibrio de las fuerzas económicas que se mueven en el mercado.

A. L.: ¿Por qué ha disminuido la fuerza de los movimientos sindicales latinoamericanos?

Ó. H.: Por muchas circunstancias; la conformación actual, contemporánea, de la organización del trabajo es muy distinta a la que existía cuando el derecho del trabajo se inició a principios del siglo XX. Existe, cada día más, el concepto de grupo de empresa o de empresa red, que descentraliza la idea tradicional de la gran planta industrial. Entonces, esta se divide en unidades muy diversificadas y desconcentradas, lo cual hace que al haber menos trabajadores por cada unidad, existan menos posibilidades
de que el movimiento sindical crezca. Y eso es especialmente grave en la mayor parte de países de América Latina, donde el sindicato es por empresa y no por rama de actividad económica. Aparte de eso hay circunstancias políticas presentes desde hace mucho tiempo; una derecha reaccionaria, también un sector militar muy reaccionario, muy refractario al movimiento sindical y todavía se dan casos de persecuciones.

A. L.: Pero da la impresión contraria de que en Latinoamérica han ido tomando más fuerza los movimientos de centro izquierda.

Ó. H.: Todavía persisten países en los cuales el movimiento sindical es objeto de persecución. Claro, por otra parte, ha algunas naciones en los cuales aquel ha llegado a ciertos pactos importantes con las fuerzas políticas y ha alcanzado el poder. El caso más particular sería el de Brasil; ejerce el poder un partido, cuyo origen es, justamente, el sindicalismo, pero, aun así, hay sectores en los cuales el movimiento sindical es débil, y esa debilidad es la que permite que un sector poderoso, como es el de las empresas transnacionales, pueda tener más libertad de acción.

A. L.: ¿O sea que el movimiento sindical organizado por empresa tiende a desaparecer?

Ó. H.: No, todo lo contrario. El que no tiende a fortalecerse, en América Latina, es el movimiento sindical organizado por rama de actividad económica. Por ejemplo, en el caso de mi país, Venezuela, los sindicatos son por empresa; son muy pocos los sindicatos que pertenecen a una determinada actividad. Por ejemplo, hay un sindicato nacional, el sindicato de la construcción; es un caso excepcional. La mayor parte de los sindicatos son de empresa. Se supone que la mayoría de las empresas son pequeñas y medianas. Entonces, en esas compañías, no hay la posibilidad de organizarse sindicalmente. La tasa de afiliación sindical, en América Latina, en la generalidad de los países, es muy baja. Con una tasa muy baja, no hay un interlocutor fuerte frente a las grandes empresas que vienen de afuera.

A. L.: Pero, ¿no cree que el sindicalismo, en general, está en vía de extinción?

Ó. H.: No diría que tiende a desaparecer, pero, evidentemente, está perdiendo importancia.

A. L.: ¿Cuál es el futuro la figura sindical?

Ó. H.: No se ha generado, entre la mayoría de los países, una respuesta alternativa a las nuevas realidades industriales. El mismo esquema tradicional viene funcionando, y esa es una de las causas por las cuales se genera la debilidad del movimiento sindical, porque no hay una adaptación del mismo a las nuevas realidades. La tendencia del sindicato tradicional, en general, es muy reactiva; está en contra de las empresas transnacionales, de la descentralización, de la flexibilización laboral, está en contra de todo. Pero son realidades que están ahí. La globalización es una realidad contra la cual no se puede combatir. Entonces, el sindicato, en lugar de generar una óptica frente a estas nuevas realidades, las enfrenta y se estrella.

A. L.: En las economías modernas, ¿está en vía de desaparecer el trabajo estable?

Ó. H.: Tampoco puedo hablar de que va desaparecer, pero, evidentemente, hay una tendencia a que el trabajo sea precario, no sea estable, a que pueda haber una gran facilidad de la contratación. Pero eso tampoco está generalizado. En muchos países, en los noventa, incluso aquí mismo en Colombia, se dieron reformas legales destinadas a favorecer este tipo de empleos. Pero no llegaron a prevalecer. Coexisten las dos formas; la manera tradicional de empleo, pero con una gran presión, sobre todo desde el punto de vista empresarial, para tener una forma más flexible, o sea, un contrato a tiempo parcial o por un tiempo determinado; es la tendencia que gusta más al empresariado, pero no puede decirse que, legislativamente, se haya impuesto.

A. L.: ¿Persistirá esa tensión entre el trabajo estable y la flexibilización laboral?

Ó. H. En América Latina hay una gran dinámica contrastante entre la tendencia flexibilizadora, que persigue reducir el grado de intervención del Estado para contratar los trabajadores, y la garantista, que pretende seguir el esquema tradicional de protección al trabajador. Y esas dos tendencias están luchando permanentemente y se mantienen. En algunos países, en determinado momento, prevalece una y, en otros, la otra.

A. L.: ¿Cómo es la relación tripartita en Venezuela entre el Estado, los empleadores y los trabajadores?

Ó. H.: Ahora es muy complicada. Venezuela, durante mucho tiempo, fue un ejemplo de tripartismo. En la actualidad, no. No existe un diálogo real y permanente entre las fuerzas privadas y el Gobierno. Tenemos un Gobierno de tendencia autoritaria; ellos dicen que son socialistas, pero el hecho real es que las instancias legales y las instancias permanentes de diálogo entre los organismos de los trabajadores, los de empresarios y el Gobierno han sido sustituidas, fundamentalmente, por políticas que son generadas por el propio Gobierno. Entonces, no existe ese tipo de tripartismo que había anteriormente.

A. L.: ¿Acaso no hay una instancia gubernamental que se ocupe de promover escenarios de diálogo?

Ó. H.: Venezuela es un país sumamente polarizado, desde el punto de vista político. Se han hecho esfuerzos, pero estos han sido más de prensa que de realidad. En efecto, el Gobierno no tiene, dentro de sus prioridades, la realización de una política de concertación social. Al promover y decir que es un Gobierno socialista que es contrario a la burguesía, en lugar de haber una política de acercamiento o de entendimiento, lo que ha prevalecido es una política de confrontación, que es el signo más importante del devenir político venezolano de la última década.

A. L.: ¿Cómo es la relación directa entre empleadores y trabajadores en Venezuela?

Ó. H.: Hay un alto grado de conflictividad social, lo cual tiene que ver con las circunstancias actuales del país, que son muy difíciles, que se caracterizan por una inflación muy alta, la más alta de América Latina, y una de las más altas del mundo. Y, además, hay un gravísimo problema de abastecimiento; no hay un libre acceso a los bienes esenciales. Entonces, evidentemente, dentro de esa situación, la relación, no solamente entre trabajadores y empleadores, sino la social, en Venezuela, se ha hecho conflictiva. Se presenta, inclusive, entre la gente que está frente a un almacén haciendo una fila para obtener los productos, porque se pelea por un pollo o por un paquete de pañales. Dentro de una situación tan compleja, no es fácil que exista un entendimiento (social) fluido.

A. L.: ¿Qué factores generan discrepancia entre trabajadores y empleadores?

O. H.: Cuando hay una inflación muy alta, ningún salario es suficiente para el trabajador, y eso genera conflicto. Por otra parte, el empresario también tiene, justamente, por las condiciones de la economía, dificultades para poder dar a sus trabajadores un salario suficiente y, además, mantener en la empresa una rentabilidad adecuada, es conflictivo.

A. L.: ¿Se están presentando numerosos casos de conflicto entre empleadores y trabajadores ante los jueces?

Ó. H.: Existe una tasa bastante importante de casos. En Venezuela, hay una cosa muy nuestra, y es que todo el tema de estabilidad en el empleo ha sido sustraído, por decreto ejecutivo, del conocimiento de los jueces y es sujeto a la decisión de la inspectoría de trabajo. En otras palabras, que buena parte de los conflictos laborales ya no están en el poder judicial sino en manos del inspector de trabajo.

A. L.: ¿Esa particularidad de la normativa laboral es positiva?

Ó. H.: Las inspectorías de trabajo están abarrotadas de esos casos, con lo cual están descuidando sus funciones específicas de inspección. La función normal, típica, de un inspector de trabajo es vigilar que se cumpla la ley del trabajo y hacer una inspección en las empresas para que se dé el cumplimiento de esta. Y la otra finalidad tradicional es la conciliación en los casos de conflicto. En Venezuela, los inspectores de trabajo cumplen esas dos funciones. Pero como desempeñan, además, esa función cuasi judicial de decidir cuándo los despidos son justos o no, las dos primeras están descuidadas.

A. L.: ¿Qué tan oportuna es la justicia laboral en Venezuela?

Ó. H.: Ha mejorado mucho. A raíz de una ley del 2002, el procedimiento escrito tradicional, que era sumamente lento, se cambió por uno oral, que es mucho más dinámico. Anteriormente, un juicio normal podía durar, sin ir a casación, cinco o siete años. Hoy, lo más que puede durar es un año y medio. Si acaso tiene que ir a casación, se demora ya un poco más. Pero el procedimiento es mucho más expedito. Eso ha sido una buena experiencia.