“El trabajo con derechos está en crisis en Europa”

Revista Nº 199 Ene.-Feb. 2017

Ha comenzado a deteriorarse aquella visión de igualdad de oportunidades para todos los trabajadores europeos puesta en marcha tras la Segunda Guerra Mundial; se hizo mediante un modelo económico que distribuía con mayor equidad el ingreso nacional, el reconocimiento de los derechos sindicales, las mejores coberturas del sistema de seguridad social y el trabajo con derechos.

Joaquín Aparicio Tovar 

Profesor Catedrático Español de Derecho del trabajo y seguridad social Universidad de Castilla - La Mancha

En entrevista con ACTUALIDAD LABORAL Joaquín Aparicio, catedrático español de derecho del trabajo y seguridad social de la Universidad Castilla La Mancha (España), conferencista del XXV Encuentro de Exbecarios de Bologna, Castilla La Mancha y Torino, en Bogotá en octubre de 2016 habló del panorama actual del derecho del trabajo en el viejo continente.

ACTUALIDAD LABORAL: ¿Qué función tiene el trabajo como elemento de construcción de paz y democracia en Colombia desde la perspectiva europea?

Joaquín Aparicio: El ejemplo europeo es distinto, pero puede ser muy útil en Colombia. Después de la Primera Guerra Mundial hubo una desmovilización de los soldados que estaban en el frente, volvieron a sus respectivos países y no se hicieron las reformas sociales necesarias para incluir a los nuevos trabajadores, en pie de ciudadanía, en el resto de la población. Los países europeos eran democracias liberales donde los derechos de ciudadanía estaban ligados, sobre todo, a la idea de ser propietario, de ser titular de bienes. Aquellos, cuya única propiedad era su fuerza de trabajo, en cierto modo, estaban excluidos de los bienes de la vida colectiva. Esto provocaba una situación de luchas y, por lo tanto, una carencia de paz interna. Entonces, la búsqueda de paz en cada uno de los estados fue uno de los objetivos que no se cumplieron después de la Primera Guerra Mundial. El número de huelgas, manifestaciones, revoluciones, que se produjeron en todos los países europeos fue significativo y estalló la Revolución rusa en 1917 y la Revolución alemana (nazismo) que casi triunfa.

A. L.: ¿Y cómo se evolucionó en ese panorama europeo? 

J. A.: En definitiva, había ausencia de paz, porque hubo ausencia de derechos, ya que había un desempleo altísimo; en algunos países llegó al 44%, en Gran Bretaña era del 23%, en Alemania hubo desempleo masivo y eso explica el auge del nazismo: la desesperación, la falta de alternativas, el aumento del nacionalismo furibundo y la xenofobia. Todo esto en un caldo de cultivo horrible, que es el desempleo masivo y la falta de reconocimiento de derechos sociales a una gran parte de la población. Cuando después de la Segunda Guerra Mundial se piensa que el trabajo ha de cambiar al mundo, se determina que se deben hacer cambios sociales importantes, reformas sociales que garanticen el pleno empleo, por una parte, y, por otra, el trabajo con derechos, con dignidad. El padre de la seguridad social, William Beveridge (inglés), decía que las instituciones democráticas peligran, en cualquier país del mundo, cuando las tasas de desempleo son muy altas. Esto fue escrito en 1944 y es oportuno para la situación de la paz en Colombia, porque tras el acuerdo, se desmovilizan las personas armadas, pero construir la paz es una tarea más lenta, más dificultosa, pues implica la integración social y el ejercicio de la ciudadanía; y el trabajo es un elemento de integración.

A. L.: ¿Hay paz laboral en Europa actualmente? 

J. A.: Se está rompiendo. Se consiguió de una forma aceptable, bajo la fórmula del Estado social y democrático de derecho, que implicaba el desarrollo de las instituciones sociales hacia el camino de la igualdad en el sentido material. Formalmente, desde la Revolución francesa, todos los ciudadanos son iguales, pero en la forma de vida no. Una nueva manera de entender la igualdad en el sentido material, en el goce de los bienes y en las oportunidades, se puso en práctica después de la Segunda Guerra Mundial, con un sistema de reparto de rentas, el reconocimiento de los derechos sindicales, el desarrollo de los sistemas de seguridad social que incluían prestaciones por desempleo, los servicios de salud amplios y de alta calidad para toda la población. Y mediante el trabajo con derechos se crea la garantía frente al despido, frente a la arbitrariedad de ser trasladado de un sitio a otro, y unos sistemas judiciales en la jurisdicción social, que daban una respuesta más o menos rápida a las demandas que podía hacer un trabajador ante un juez. Pero eso está ahora en crisis.

A. L.: ¿Cuándo se comenzó a deteriorar la realidad de los trabajadores europeos? 

J. A.: Al final de los años setenta empezó a haber una erosión del estado de cosas. Hasta los setenta se desarrolla lo que un historiador llamó los años dorados, es decir, desde el final de los años cuarenta hasta la mitad de los setenta. Durante estos se puede apreciar una cierta erosión, pero no una desaparición de los beneficios laborales. Una vez que se ha construido un aparato institucional tan grande del Estado social es muy difícil tirarlo abajo de un plumazo; cuesta más esfuerzo hacerlo en Europa. Ha sido un proceso lento de deterioro; lo primero que se ha presentado es el aumento del desempleo y puede decirse que no se han vuelto a recuperar las tasas de pleno empleo que se consiguieron al final de los sesenta, en Europa. No en España, donde teníamos la dictadura franquista. España se incorpora en los setenta a Europa; justo cuando empieza a notarse el declive, España entró en el club europeo con gran éxito. Tuvo un desarrollo importantísimo. En pocos años, España da los pasos que otros países tardaron treinta en hacerlo. Pero a partir de la década del setenta, el pleno empleo ya no se recupera en Europa, o sea, aquel nivel que no supera el 4% o hasta el 6% de desempleo.

A. L.: ¿Es una realidad generalizada? 

J. A.: En casi todos los países europeos no llegó a recuperarse el pleno empleo. Alemania precisó mano de obra extranjera masiva en los años sesenta, de ahí que emigraran italianos del sur, yugoslavos, españoles, portugueses a trabajar a esa nación y también a Holanda, Suiza, Francia y Bélgica. Y eso, sin embargo, ya no es así.

A. L.: ¿El derecho del trabajo tiene un entorno más favorable mientras una economía sea próspera? 

J. A.: Eso no se puede afirmar. Es más fácil conseguir una mejor calidad de vida cuando hay una situación de riqueza; hay más para repartir y entonces se puede avanzar más. Cuando existe pobreza generalizada, resulta más difícil distribuir el ingreso nacional, porque las tensiones son mayores. Lo cierto es que hasta los años setenta, en Europa, la participación en la renta nacional era favorable al trabajo, 52% correspondían a rentas del trabajo y 48% a rentas del capital. Ahora es al revés. Los trabajadores se llevan solamente el 47% de la riqueza nacional y los empresarios están recibiendo el 53%. Ha habido un vuelco.

A. L.: ¿Cuáles han sido las consecuencias sociales? 

J. A.: Si antes se avanzó en el camino de la igualdad, ahora estamos avanzando en el camino de la desigualdad. Esto es muy dramático y está provocando, en Europa, situaciones desconocidas en los últimos cincuenta años.

A. L.: ¿Se ha reflejado en un mayor número de conflictos laborales entre empleadores y trabajadores ante la justicia? 

J. A.: Sin duda, han aumentado muchísimo. También se han presentado huelgas, conflictos en la calle, manifestaciones que una sociedad democrática puede asimilar, sin que haya particu­lar violencia, pero sí, se ha creado una situación de conflictividad social.

A. L.: ¿Tal situación se agrava con la inmigración de personas desde otras latitudes a Europa en busca de una mejor calidad de vida? 

J. A.: Ese es un problema distinto que merece atención especial. En el pasado, Alemania, Francia y Holanda necesitaban trabajadores y hubo migración masiva a esos países, sin ningún problema, del hemisferio sur al norte. El caso español puede ser paradigmático. Desde los años ochenta hasta el 2007, España no deja de recibir inmigración. Hay un desarrollo económi­co y un flujo de inmigrantes en España, de modo que se invirtió la tendencia histórica, porque expulsaba españoles de su territorio a buscarse la vida en otros. En esos años fue al revés. España se convierte en una nación de inmigrantes hasta tal punto, que la población extranjera alcanzó el 12%, un porcentaje altísimo.

A. L.: ¿Pero se generó un conflicto en España al competir inmigrantes y nacionales por los puestos de trabajo? 

J. A.: Hubo alguno, pero no mucho. En gran parte, porque había trabajo para todos y el inmigrante no le quitaba trabajo al español. Es decir, el inmigrante hacía el trabajo que los españoles no querían, los más duros: en construcción, agricultura y servicio doméstico. Y, además, porque una gran parte de esa inmigración era de origen latinoamericano, personas que eran miradas con cierto desprecio, pero no excesivo, porque se les consideraba como los parientes pobres de la familia, pero parientes, al fin y al cabo. Por tanto no provocaban un rechazo radical como sí lo hacía el inmigrante del norte de África (especialmente de Marruecos). Pero ni aun así, llegó a ser un problema, porque había trabajo para todos y los inmigrantes hacían trabajos que no haría un español.

A. L.: ¿En qué momento se presentan los cambios negativos? 

J. A.: A partir del 2008, cuando explota la crisis económica y financiera en toda Europa. El desempleo se dispara, entonces, no solo en España, sino en toda Europa, empieza a haber más problemas. Los primeros que pierden los trabajos no son solamente los inmigrantes, sino los que tienen contratos precarios. Los inmigrantes empiezan a ser expulsados del trabajo; muchos se quedan, pero otros se regresan a sus países.

A. L.: ¿Se pueden generar problemas en el mercado laboral europeo por la inmigración de refugiados de la guerra contra el Estado Islámico? 

J. A.: No. La Unión Europea tenía un programa para acoger solo a los refugiados más cualificados, pero eso es hipócrita, porque se les quitan los mejores talentos a los países más pobres y se les está condenando al subdesarrollo. Resulta muy egoísta.

A. L.: En la coyuntura actual, ¿cuáles son los derechos laborales más afectados? 

J. A.: Primero, en lo que se refiere a la relación empresario-trabajador, se han debilitado las garantías contra el despido con causa; no se podía despedir arbitrariamente. Teóricamente sigue existiendo, pero se ha debilitado, en general, en la Unión Europea; en unos países más que en otros. En segundo lugar, han aumentado los poderes unilaterales del empresario para la libre disposición de los trabajadores. Es lo que denominan la flexibilidad en el uso de la fuerza de trabajo. Eso significa movilidad funcional. Por ejemplo, si un trabajador está contratado como jardinero, en el momento en que el empleador lo decida, puede trabajar como albañil. Asimismo, si alguien está contratado en una ciudad, puede ser trasladado a otra. Esto se llama movilidad geográfica.

A. L.: ¿Cuáles otras consecuencias negativas puede señalar? 

J. A.: También se registra el debilitamiento en cuanto a la modalidad de los contratos, en algunos países más que en otros, debido al predominio de la temporalidad. El contrato de trabajo por tiempo indefinido, en España, especialmente, es cada vez más raro. Se contrata a la gente por un tiempo corto y para tareas muy concretas que acaban en dos o tres semanas, por ejemplo, o en dos meses. Entonces, los trabajadores tienen muy poca seguridad en el trabajo. De otro lado, se han debilitado las garantías que ofrecía el sindicato. Con ese sistema de trabajos precarios, muchos trabajadores tienen miedo de afiliarse al sindicato, porque pueden ser despedidos o no van a ser vueltos a contratar.

A. L.: ¿Qué otro impacto, en el campo laboral, amerita mención? 

J. A.: En Europa tenía mucha importancia la negociación colectiva por ramas de producción. Así, por ejemplo, todo el sector de la metalurgia tenía un convenio colectivo que garantizaba beneficios mínimos. Luego, si una empresa ensambladora de automotores suscribía un convenio de empresa, este debía tener condiciones superiores a las establecidas para el sector metalúrgico, con lo cual se garantizaba, en países como Italia o España, que tienen una estructura empresarial con muchas pequeñas y medianas empresas, un piso mínimo de protección para todos los trabajadores de aquellas, porque los trabajadores de las grandes compañías se defienden mejor; eso ocurre así con crisis económica o sin ella.

A. L.: ¿Cuál es el panorama europeo en seguridad social? 

J. A.: Se han erosionado mucho las prestaciones. El sistema de seguridad social tenía prestaciones que garantizaban una vida más o menos digna. Ahora va a ser más difícil para muchas personas alcanzar unas prestaciones de jubilación adecuadas. No se pueden modificar todas las cosas de un plumazo, pero se han endurecido las condiciones para ganar el derecho y se ha reducido la cuantía de las prestaciones económicas. Y en sanidad pública que, en general, era buena en Europa, hay menos personal sanitario para atender a la gente. Lo que antes hacían cien personas en este sector, ahora lo deben hacer setenta, con lo cual se deteriora la calidad de la atención.

A. L.: ¿Cuáles son las perspectivas en España en materia de derechos laborales? 

J. A.: Es difícil decirlo. Eso está muy unido a la coyuntura política y esta no es muy favorable. Pero nada está escrito, son relaciones de fuerza. Eso puede cambiar muy rápidamente.