“Estamos en manos de la avaricia y de la especulación del sector financiero”

Revista Nº 151 Ene.-Feb. 2009

Javier N. Rojas 

Especial para la Revista Impuestos 

Juan Zornoza, especialista español en derecho tributario internacional, señala que el planeta entero está sometido a los caprichos del sector financiero, como lo demuestra la crisis desatada en EE.UU. con repercusiones en las economías de todo el mundo. Asegura que esa situación evidencia la necesidad de establecer regulaciones y estándares contables internacionales que faciliten el análisis de la situación económica real de las entidades financieras con operaciones transnacionales.

En entrevista con la Revista Impuestos, Zornoza habla del proceso de adopción de las normas internacionales de contabilidad (NIC) en Europa y en España.

Revista Impuestos: ¿Por qué la tendencia mundial a unificar las normas contables?

Juan Zornoza: El hecho económico fundamental es la globalización que genera empresas de carácter transnacional, que operan en el territorio de distintos países. En consecuencia, cuentan con activos y obtienen rentas en diferentes naciones, cada una con sus propios sistemas contables, que pueden dar origen a divergencias importantes. Sin embargo, esas compañías tienen que consolidar todos sus resultados y sufren dificultades, porque las reglas contables de cada uno de los países arrojan resultados muy distintos y las ponen en una situación de riesgo constante.

R. I.: ¿Es decir que las principales gestoras de esa unificación han sido las compañías transnacionales?

J. Z.: No. Hay un segundo factor igualmente importante: la globalización de los mercados financieros. La deuda de una empresa multinacional se cotiza en esos mercados. No solo las acciones se venden en aquellos, sino también los títulos de deuda. Cuando los inversionistas analizaban la situación económica de la empresa en la que iban a realizar la inversión, tenían que hacer un esfuerzo notable para hacer comparaciones, porque los sistemas de contabilidad de cada uno de los países los ponían en una situación muy difícil, pues una empresa podía presentar un balance con un resultado aparente, debido no a su salud económica, sino a las reglas contables que le permitían presentarlo así.

R. I.: ¿Cuándo comenzó a ser apremiante la necesidad de homologar las normas contables?

J. Z.: A principios de la década de los ochenta, se empieza a trabajar a través de una organización que se denominaba International Accountant Standard Foundation (IASF), con sede en Londres (Reino Unido), que estaba empeñada en establecer reglas más o menos unificadas. También porque había una preocupación de los inversionistas y, además, de los auditores, dado que, para verificar si las cuentas estaban o no ajustadas a la situación económica de las empresas, cuando estas eran transnacionales, los auditores se volvían locos. Tenían que ajustar los resultados y la situación patrimonial en función de las reglas contables que habían empleado en cada uno de los países, lo que era disparatado.

R. I.: ¿Qué función tienen los Estados en ese afán unificador?

J. Z.: En su papel de reguladores se ven obligados a armonizar reglas. Como ocurre en el ámbito fiscal y en muchos otros, cuando se opera en un escenario global, no se puede hacer con reglas que sean exclusivamente locales. Y los Estados empiezan también a sufrir problemas, porque, como reguladores, tienen que controlar. Por ejemplo, el sector financiero está intervenido: cada Estado tiene sus reglas para vigilar la salud financiera de los bancos. Pero, ¿cómo se hace, si las reglas contables que aplican los bancos son distintas en cada sitio? El Estado como regulador tiene que aceptar una pérdida de su capacidad de control en beneficio del establecimiento de reglas comunes que hacen más fácil y dinámica la economía y permiten que las empresas propias compitan en el extranjero.

R. I.: ¿Es posible concentrar el interés de los Estados en un organismo supranacional que propenda por la unificación de las normas contables?

J. Z.: Ese es un punto muy importante. Aquí ocurre como en el ámbito de la doble imposición, pues hay, básicamente, dos modelos de reglas contables: el estadounidense y el europeo. Estos han ido convergiendo para evitar que se vuelva a producir la misma situación inicial, porque, como los mercados son globales, los inversionistas estadounidenses invierten en Europa y los inversionistas europeos en EE.UU. El problema es quién establece esas reglas. Aquí, el punto que planteaba es muy interesante, porque ha sido una organización privada (la IASF), sin ánimo de lucro, en la que básicamente están las grandes firmas de auditoría, la que ha tenido la iniciativa. Pero, en el ámbito europeo, se ha visto mediada, porque la Unión Europea (UE) ha dictado normas para la organización contable que se apoyan en esas reglas contables. Se ha establecido una convalidación por agentes públicos de esas normas privadas. Es decir, se ha producido una interacción entre las instituciones públicas y esa entidad privada que tenía interés en que sus recomendaciones fueran atendidas y, para eso, sabía que tenía que aceptar ciertas reglas. Y los Estados, en este caso a través de la UE, han podido tener una capacidad de diálogo y de influencia, de manera que la entidad privada trabajara dentro de parámetros de razonabilidad, porque, de lo contrario, el resultado iba a ser mediocre.

R. I.: ¿Cómo se ha desarrollado ese proceso en el viejo continente?

J. Z.: El papel de la UE ha sido, inicialmente, el de mediador. Pero, luego, cada Estado europeo ha aprobado su propia normativa contable, adaptándose a las NIC. Estas establecen principios que deben ser objeto de desarrollo, y la normativa europea fija esos principios, pero, luego, es de la competencia de cada Estado aprobar el plan general de contabilidad interno, porque la armonización contable y las normas internacionales, al principio, iban destinadas a esas grandes empresas; o sea, a grupos empresariales de carácter transnacional que planteaban problemas, mientras que, para las pequeñas compañías, las normas internacionales no tenían por qué ser aplicables. De manera que los Estados tienen que mantener su propia normativa contable. Entonces, van adaptando aquella a los estándares internacionales. Las NIC penetran en los Estados por dos vías. Por un lado, como estándares internacionales de aplicación obligada para los grupos de sociedades transnacionales. Y, por el otro, las normas internas van incorporando las NIC, de manera que, al final, hay una convergencia paulatina en todos los sistemas contables que tiene implicaciones muy serias, porque influye en los impuestos, en el sistema de garantías monetarias.

R. I.: ¿Podría la Organización de Naciones Unidas (ONU) ocuparse de moderar la unificación de las normas contables en el resto del mundo?

J. Z.: No sé si la ONU, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. Lo cierto es que la crisis ha puesto de manifiesto la necesidad de que existan regulaciones en todo el sector financiero. Y entre los aspectos que se deben regular está el contable, porque el análisis de los balances de las grandes entidades financieras de EE.UU. demuestra que deben existir unos estándares más o menos unitarios que permitan establecer comparaciones serias. De lo contrario, estamos perdidos y en manos de la avaricia y de la especulación privada. Y eso debería hacerlo un organismo internacional. O sea que se requiere una regulación internacional más fuerte. No sé si la ONU es la institución adecuada. Pero, desde luego, hay que buscar instrumentos internacionales o instituciones globales para tratar de resolver problemas que son mundiales.

R. I.: ¿España ya adoptó las normas internacionales de contabilidad?

J. Z.: Sí. Las NIC se aplican desde el 2006, para todos los grupos de sociedades que cotizan en mercados internacionales, y, en el 2007, el Estado español ha aprobado un nuevo plan general de contabilidad adaptado a las NIC, aplicable desde el 1º de enero del 2008 para todas las empresas.

R. I.: ¿Ha resultado traumático el cambio?

J. Z.: No. Ha sido un proceso que se ha desarrollado muy lentamente, porque el trabajo sobre las NIC es antiguo. En la regulación comunitaria europea, las NIC están en vigor desde principios del año 2000. En España, se ha hecho un proceso a través de la creación de comisiones de expertos para la reforma contable, que ha sido dilatado y en el que siempre hay quejas e insatisfacciones. La regulación nunca es satisfactoria, pero es un proceso relativamente pacífico.

R. I.: ¿Tuvieron que asimilar esas pautas contables mediante legislación interna?

J. Z.: Sí. Las normas contables están en el Código de Comercio. Entonces, hubo una reforma mercantil que estableció unos fundamentos de las normas internacionales de contabilidad y el Gobierno desarrolló, sobre esas normas mercantiles, el nuevo plan general de contabilidad, que se aprobó por un decreto. La reforma mercantil se hace en el 2006 y, en el 2007, se aprueba. Ya está en plena vigencia, desde el 1º de enero del 2008. Las cuentas anuales del 2008 de las empresas serán de acuerdo con el nuevo plan general.

R. I.: ¿Qué aspectos fundamentales varían con el nuevo modelo contable?

J. Z.: Los cambios se producen más en cuanto al balance, en cuanto al reflejo de la situación patrimonial, que con respecto a la cuenta de resultados de pérdidas y ganancias de cada ejercicio, porque la perspectiva de las NIC es fundamentalmente financiera. Tratan de permitir la comparabilidad financiera, de manera que los inversionistas puedan valorar las rentabilidades que ofrecen las empresas y los activos de manera uniforme. Por eso, la perspectiva está orientada más a valores actuales que a los históricos. En eso, hay un cambio esencial. La valoración a costos históricos es sustituida por valoraciones a precios de mercado o lo que llaman el valor razonable de mercado, y eso supone un cambio contable. Pero ese cambio no siempre se traduce en cambios en los resultados.

R. I.: ¿Qué efectos se derivan de esa óptica contable?

J. Z.: A nivel de principios, al sustituirse la perspectiva tradicional por la financiera, el principio de prudencia contable pierde relevancia, porque se tienen que valorar las cosas por el valor razonable y no por un valor prudente. Como consecuencia, hay determinados movimientos que pasan a tener un sentido distinto. Por ejemplo, el tratamiento contable cambia radicalmente: ya no hay una orientación a la prudencia, de manera que se tenga que contabilizar cuál es el valor de los activos tangibles y luego provisionar las pérdidas. Ahora, lo que se hace es un test de deterioro, que permite decir: este activo valía tanto, pero se ha deteriorado en función de tales circunstancias y ahora vale menos. Luego, se le da de baja o se refleja esa pérdida de valor, y eso se pasa por la cuenta de resultados. Se anota como una pérdida en esta, de manera que hay muchos cambios técnicos, pero, desde un punto de vista general, creo que lo esencial es eso: la perspectiva pasa a centrarse en el foco financiero.

R. I.: ¿Qué efectos ha tenido el nuevo plan contable en cuanto a la información que se debe presentar a la administración tributaria?

J. Z.: Eso tiene una lógica compleja, porque los cambios de las NIC tienen implicaciones fiscales en aquellos sistemas como el español en que la base gravable del impuesto a la renta de las sociedades se determina a partir de la contabilidad. Ese es el sistema de dependencia del balance fiscal respecto del balance mercantil. Entonces, cuando se iban a establecer las NIC, hubo que plantearse la pregunta: ¿queremos que las NIC tengan impacto de carácter tributario? Y el legislador español decidió que fuera neutral, de manera que el cambio a las NIC no tuviera consecuencias de alza o reducción de los impuestos. Y, para eso, al mismo tiempo que aprobaba la reforma mercantil, aprobó algunas modificaciones en el impuesto sobre las sociedades, de manera que los ajustes que se realizaban por razones contables, se reajustaran desde la perspectiva fiscal.