LA FILOSOFÍA PUEDE AYUDAR A LOS TRIBUNALES A REDACTAR LAUDOS QUE LAS PARTES ACEPTARÁN COMO LEGÍTIMOS

 

La filosofía puede ayudar a los tribunales a redactar laudos que las partes aceptarán como legítimos

Revista Nº 18 Ene.-Jun. 2013

por Teresa Giovaninni

Emanuel Kant —Alemania, 1724-1804—, uno de los más grandes filósofos de todos los tiempos, fue el primero en aplicar la idea del astrónomo Nicolás Copérnico —también conocido como Copernicus— de que la tierra no es el centro del Universo —como se creía en esos tiempos—, pero en cambio que el centro es el sol y la tierra gira en torno a este. Este concepto cambió por completo la forma de pensar(1). El centro del mundo humano ya no era el egocéntrico “Yo” sino mi relación con “Usted”.

Como resultado, la gente debe ser tratada no como un medio, sino como un fin(2). Para Kant, nosotros tratamos a la gente como un fin cuando nuestras acciones hacia ellos reflejan su valor inherente(3). Esto es reflejado hoy en día en el pensamiento de que el mundo económico y empresarial no puede sobrevivir sin la ética, y que la supervivencia del capitalismo y el liberalismo está suje­ta a la condición de que el ser humano no es olvidado(4).

Para Kant, la sociedad adopta la visión de que la posibilidad de un juicio justo requiere el acuerdo de todos como un tipo de deber(5). Jürgen Habermas, otro filósofo de renombre —nacido el 18 de junio de 1929 en Alemania— siguió esa forma de pensar cuando propuso que una solución a una controversia es legítima si y solamente si aquellos involucrados en la controversia están de acuerdo con la manera en que la solución es redactada y comunicada a ellos(6).

Así, cuando somos llamados a trabajar como jueces o como árbitros, cómo podemos asegurarnos, que primero, el ser humano sea debidamente tenido en cuenta, y segundo, que la persona o entidades relacionadas con la controversia están de acuerdo con la solución adoptada y, por lo tanto, ¿hacen la solución “legítima”?

La respuesta general reside en utilizar las actuaciones arbitrales que están dirigidas precisamente a proteger los derechos al debido proceso de las partes, y al derecho a una audiencia justa y a ser escuchado, los cuales son los dos hitos de un laudo internacional válido y ejecu­table.

Para proteger más allá los intereses de las partes, un número respetado de instituciones arbitrales tienen reglas o guías que requieren la divulgación de conflictos de interés, actuales o potenciales, para asegurar que el árbitro sea y permanezca independiente e imparcial(7). La neutralidad e independencia de quien toma las decisiones son características esenciales para un proceso justo y por lo tanto un requisito básico para la declaración o el reconocimiento de un laudo arbitral.

El tema surge entonces sobre si los criterios para una revisión judicial —la cual hace responsables a los árbitros de llevar a cabo un proceso justo que conceda el debido proceso a las partes— bajo la ley Modelo Uncitral sobre Arbitraje Comercial Internacional, las leyes nacionales sobre arbitraje y la Convención de Nueva York sobre el Reconocimiento y la Observancia de Laudos Arbitrales Extranjeros son suficientes para asegurar que las partes sean realmente tenidas en cuenta como un fin —no como un medio— en un laudo perfectamente redactado que bajo ningún motivo sea anulado por ninguna corte; y que ambas partes, pero especialmente la parte perdedora, esté de acuerdo con la solución alcanzada en el laudo y la considere “legítima”.

Desafortunadamente, la respuesta es negativa, como lo demuestra la creciente insatisfacción en relación con los laudos por parte de quienes utilizan el arbitraje, manifestada por: 1) la pregunta que surge frecuentemente sobre si existe una necesidad por incluir circunstancias adicionales para una revisión jurídica, generando más oportunidades para anular los laudos arbitrales bajo las leyes nacionales; y 2) la creciente demanda por instituciones arbitrales en desarrollar guías complementarias sobre temas éticos relacionados con el árbitro. La comunidad arbitral es consciente de una creciente insatisfacción por parte de quienes utilizan el arbitraje en relación con los laudos arbitrales. Esta insatisfacción se debe no por el proceso; las partes sienten que han tenido amplias oportunidades para ser oídas, ya sea mediante documentos o por medio de audiencias personales. La insatisfacción es, en cambio, con el laudo en sí mismo. Al analizar la insatisfacción con los laudos en términos de comportamiento, uno puede identificar sentimientos de enojo como los provocados cuando una persona cree que “usted no me miró”, “usted no me escuchó”, “yo no le importo. En resumen, usted no me entendió”.

Así, una parte insatisfecha con el resultado del arbitraje se quejará frustrada de que el tribunal no tuvo en cuenta todos los argumentos. Para tomar un ejemplo sencillo, la parte podría afirmar, “El tribunal ha decidido contra nosotros con base en tal y tal argumento, pero ¿qué pasó con los otros argumentos que presentamos en las actuaciones que el laudo ni siquiera mencionó?

Muchas personas mencionan que es normal para la parte perdedora estar insatisfecha con el resultado. Sin embargo, no estoy convencida que sea tan simple como eso, ya que no es poco común que la parte vencedora manifieste alguna frustración o insatisfacción con el laudo.

De conformidad con el filósofo contemporáneo de renombre, Edgar Morin, “la información no proporciona entendimiento”. Pero cuando intentamos entendernos unos con otros, existen tres formas de “comprensión”(8).

1. Comprensión objetiva, básicamente entendiendo la explicación. Este tipo de comprensión maneja información e información objetiva en relación con una persona, su comportamiento o una situación.

2. Comprensión subjetiva, “Esta es, de sujeto a sujeto, de persona a persona”. Esta forma de comprensión es más emocional y permite entender las motivaciones y sentimientos de otra persona.

3. Comprensión compleja. Esta incluye tanto la comprensión objetiva como la subjetiva; no es reduccionista. La comprensión compleja no reduce a una persona a un simple rasgo o lo miran a él o ella bajo una misma luz; busca tener en cuenta las varias dimensiones de la persona y la multiplicidad de sus varios roles.

Desde mi punto de vista, los tribunales pueden enfrentar esta insatisfacción empleando las ideas de Morin sobre la comprensión, sin necesidad que los legisladores agreguen nuevas circunstancias destinadas a anular los laudos arbitrales, o que las instituciones arbitrales generen nuevas reglas éticas para los árbitros. El tribunal debe referirse a todos los argumentos presentados por las partes, no solamente a los argumentos principales que llevaron al tribunal a su decisión. Las decisiones de la Corte Suprema Suiza proporcionan un modelo, en la medida en que exponen la razón de por qué un recurso ante la corte debe fracasar o ser exitoso; luego, aborda todos los otros argumentos presentados por las partes; finalmente, proporciona una decisión sobre cada argumento por medio de un razonamiento sustancial. Esto muestra a las partes cómo sus decisiones conducen al mismo resultado. Al fallar de esta manera, la Corte Suiza utiliza la comprensión objetiva mencionada arriba.

Pero el tribunal también debe mostrar la comprensión subjetiva en el laudo. El laudo debe comunicar a las partes algo más que el resultado. Debe mostrar a través de un lenguaje claro que el tribunal:

  1. Realmente entendió el fondo de la controversia,
 

  1. Conocía qué motivaba a las partes, y
 

  1. Comprendía la percepción de cada una de las partes en cuanto a lo que realmente pasó.
 

La pregunta natural es ¿cómo el tribunal logró esto? Yo sugiero estos dos principios de sentido común:

1. Al redactar un laudo, el árbitro debe evitar todo tipo de términos subjetivos o peyorativos —tales como “absurdo”, “ridícu­lo” o “abusivo”— para referirse a los argumentos presentados.

2. Cuando una parte en una audiencia acusa a la otra de una mala conducta o de algo peor, el tribunal, cuando sea factible, debe redactar una frase o dos en el laudo para referirse a las acusaciones, independientemente del resultado, y debe imponer sanciones si lo considera apropiado a través de la asignación de costos y tarifas.

Seguir estas reglas simples de comprensión objetiva y subjetiva conllevará a un laudo que manifieste el entendimiento complejo por parte del tribunal de las varias dimensiones de la controversia, de los argumentos de cada parte y de por qué las partes lo hacen, al igual que la ley aplicable y el idioma del contrato. Como resultado, las partes sentirán que han sido tratadas, no como medio, sino como un fin, tal como lo explicó Kant.

Con esta mejora en la redacción y en la comunicación en los laudos, las partes de un arbitraje probablemente verán las decisiones de los tribunales arbitrales como “legítimas”. Como consecuencia, el arbitraje muy seguramente sobrevivirá como una herramienta esencial en la economía comercial global, a pesar de la escaza revisión judicial de los laudos.

Esto se puede expresar en el siguiente aforismo corto de Esquilo en el siglo V a.C.: “La palabra pacifica la ira”.

(1) Encyclopaedia Universalis, p. 260.

(2) Id. en 265: “Así que actúe para tratar a la humanidad, ya sea en su propia persona o bajo la de cualquier otra, en todo caso como un fin, y nunca como un medio solamente”. Tomado de Immanuel Kant. Fundamental Principles of the Metaphysics of Morals —1785—.

(3) Internet Encyclopaedia of Philosophy, Ethics. Disponible en: www.iep.utm.edu/ethics.

(4) Esta fue la conclusión a la que se llegó como consecuencia del día Alejandrino dedicado a Philippe Fouchard el 28 de abril del 2005.

(5) Encyclopaedia Universalis, supra nota 1, p. 267.

(6) Wikipedia, Ethique. Disponible en http://fr.wikipedia.org/wiki/%C3%89 thique.

(7) E.g., las Guías IBA sobre conflictos de interés en el arbitraje internacional, disponible en www.iba.org.

(8) Discurso de Edgar Morin, mesa redonda. Diálogo entre civilizaciones de las Naciones Unidas. New York, septiembre 5, 2000. Transcripción literal temporal disponible en: www.unesco.org/dialogue/en/morin2.htm. Ver también Morin. Ethique, pp. 125-126 —Seuil, 2004—.