La nueva ética indispensable en los creadores de la nueva paz

Revista Nº 14 Ene.-Mar. 2006

Antonio Beristain Ipiña, S.J. 

Catedrático emérito de Derecho Penal 

Director honorario del Instituto Vasco de Criminología 

(España) 

“Quien no se preocupa de los problemas de la vida 

y de la muerte no pasa de ser un cuadrumano con pretensiones”. 

S. Ramón y Cajal, Charlas de café, IV.

A las víctimas directas, indirectas y anónimas del totalitarismo

terrorista y de sus cómplices, en el País Vasco.

Sumario

Las visiones tradicionales de ética, conocimiento, justicia y paz, no han producido los resultados esperados dentro del conflicto penal. El desarrollo de la sociedad obliga a evolucionar las soluciones, razón por la cual, se deben buscar nuevas cosmovisiones y herramientas forjadoras de la naciente justicia restaurativa y la nueva paz. 

Temas relacionados

Amor; criminología; derechos humanos; esperanza; evolución; justicia restaurativa; neoliberalismo; paz; tecnoética; victimología. 

1. Lo nuevo desde Heráclito: continuo devenir y progreso, con interrupciones

Durante muchos siglos una parte de la cultura occidental ha aupado el “creacionismo” por encima del “darwinismo”. La cosmovisión estática de Parménides superior a la dinámica de Heráclito. Actualmente, el rápido desarrollo de la tecnología y de las ciencias, así como las profundas transformaciones sociales, están patentizando, cada día más, la necesidad de admitir y tener en cuenta que todo fluye —panta rei—, así como proclamó Heráclito.

Los descubrimientos de los “árboles filogenéticos” de la materia y/o de los minerales probaron con sólidos argumentos que el mundo desde el comienzo de su existencia —desde el primer big-bang—, evolucionó en progresión, aunque con interrupciones lamentables. Por eso debemos mirar al futuro con esperanza, conscientes de que la macrovictimación actual pasará, arrastrada por la corriente que avanza y se perfecciona. Nuestro optimismo no se apoya en “un mundo feliz” de Aldous Leonard Huxley, sino en los datos objetivos de la evolución progresista, que patentizan los especialistas como Macarulla (pp. 54 y ss., y figura 1), y Rojas Marcos (pp. 216 y ss.), etc.

Afirmamos con inexorable convicción científica que la energía del bien supera a la del mal. Si el hombre fuera lobo para el hombre, como escribió Hobbes, homo homini lupus, hace muchos años habría desaparecido la humanidad. Nos hubiéramos comido unos a otros.

 

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Sin embargo, gran parte de la ciudadanía e, incluso, de la intelectualidad —y de la iglesia cristiana— se resiste a caer en la cuenta de esta imparable evolución radical de las coordenadas sociales, culturales y hasta de los valores éticos, sin olvidar los jurídicos, políticos y económicos. Lógicamente, conviene investigar sobre la ética, el conocimiento y la justicia como realidades nuevas, frontalmente distintas de las que comentan los tratados políticos y gubernamentales o los libros universitarios y los documentos de las instituciones religiosas.

La aceleración de la evolución —o, mejor aún— del progreso durante el siglo XX ha sido exponencial en múltiples campos. Se ha pasado de la sociedad agraria a la urbana, y, de esta, a la saturada de sofisticadas herramientas humanas. Este avance ha producido también cambios en la cosmovisión. Por esto, hoy se considera que todo es mejorable y que nada es para siempre. Actualmente domina la mentalidad del cambio, de la provisionalidad. Ha cambiado el espacio —las distancias son menores— y el tiempo y, a su vez, debemos adaptarnos a nuevas situaciones de una forma más rápida. Los jóvenes que disponen de nuevos conocimientos y técnicas se consideran superiores a los mayores, hecho que antes era inconcebible, pues la autoridad correspondía al hombre con experiencia (J. Carrera, pp. 52 y ss.).

Merece la pena conocer el resumen gráfico de L. Margulis, R. Gupta y H. Morowitz —autorizados biólogos evolutivos—, en el que manifiestan su teoría, sólidamente argumentada, en un campo clave de la evolución (“El País”, Madrid, mar. 14/2001).

 

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Por la ignorancia de muchas personas — desde hace muchos años— acerca del constante y profundo devenir, se corre el peligro de intentar dialogar y discutir con ellas y con sus instituciones, las cuales manejan discursos que hace decenios perdieron toda o casi toda su vigencia. Personas e instituciones que intentan bañarse dos veces en el mismo río. Ignoran que los ríos de ayer ya no existen, los de hoy son otros nuevos. Desconocen, a su vez, que la paz de ayer ya no existe, la actual es una nueva, que se debe transformar. Lo mismo ocurre con la religión, la política y la ética, ahora son diferentes, pero, de igual forma, deben ser transformadas. Se debe poder crear, por ejemplo, una ética nueva, dinámica, tecnoética, rememorativa de las víctimas y creadora de paz.

En pocas palabras, frente a las cosmovisiones y herramientas tradicionales de ética, conocimiento, justicia y paz, se debe crear unas nuevas que forjen una justicia restaurativa y una paz auténtica, libre de terrorismo y sin neoliberalismo, como es el anhelo de toda Colombia y el mundo entero.

Rilke acertó en su primera Elegía de Duino cuando cantó el carácter dialéctico del pensar y del ser humano: “Para nosotros, en cambio, allí donde pensamos en/una cosa, del todo/se siente ya el despliegue de lo otro... para el dibujo de un momento,/se prepara un fondo de contraste”.

2. Tecnoética agápica, autónoma, rememorativa y victimal

“(...) hacer sufrir es la única manera de equivocarse”. 

Albert Camus, El hombre rebelde.

El hombre, el zoon politikon, el animal político, —a diferencia de los demás primates— no está predeterminado genéticamente a dar respuestas concretas ante cada paso que avanza en su vida cotidiana. La especie humana está pergeñada con una carencia de programación, con una estructura inconclusa de las tendencias o “ferencias” que la posibilita a tener preferencias, o la condena a elegir preferencias en cada momento de su cotidianidad, en todos sus actos humanos, que no sean meros actos del hombre. La ciencia y arte que estudia este, nuestro estar condenados a ser libres y a elegir entre comportamiento humano o animal, feliz o desgraciado, se llama ética.

De ella se comentará posteriormente su definición, su novedad, su necesidad, sus límites, así como sus relaciones con las ciencias y técnicas —sin olvidar la victimología— que capacita para fomentar una justicia restaurativa creadora de la paz sin terrorismo.

La ética se define, en general, como la ciencia que estudia sistemáticamente el conjunto de las conductas y normas sociales, las convicciones, los valores y los comportamientos humanos, acerca del bien y del mal de las personas. Con frecuencia se equipara y se confunde la ética con la moral. Aranguren las distingue acertadamente según sus antecedentes helénicos.

En otras palabras, consideramos la ética, comúnmente, como la parte de la filosofía que reflexiona sobre la moral y las obligaciones de la persona y de las instituciones sociales. Su objeto es el carácter de bondad o de malicia de las acciones humanas según la relación que guardan con el deber. Brevemente, la ética nos ilumina y resuelve los problemas de la moral. Y a esta la definimos —dentro de un cristianismo sapiencial y del homo, sacra res— como el arte de vivir y ser felices y hacer felices a los demás, a la luz del Sermón del Monte —evangelio de San Mateo, cap. 5— y de la “última cena” de Jesús con sus discípulos, cuando proclamó su deseo de gozo pleno para todos, ut gaudium vestrum sit plenum, que repite el Concilio Vaticano II, en la gaudium et spes, gozo y esperanza, como clave del mensaje bíblico.

Con una orientación parecida Fernando Savater, en su libro Ética para Amador, describe con profundidad científica y con inteligente humor, las líneas básicas de la ética. Cabe comentarse, al menos, dos aspectos: la justicia y el amor. En la página 140 exige que el comportamiento éticamente bueno necesita ajustarse a la justicia. Habla del primero de los derechos humanos, el derecho a no ser fotocopia de nuestros vecinos, a ser más o menos raros, y, con Bernard Shaw, nos pide: “No siempre hagas a los demás lo que deseas para ti. Ellos pueden tener gustos diferentes”. Además, el filósofo Donostiarra añade que, para entender del todo lo que los otros pueden esperar de nosotros, no basta con que cumplamos la justicia; no hay más remedio que amarle un poco porque también es humano el amar. Ese pequeño, pero importantísimo amor, ninguna ley instituida puede imponerlo.

Quien desea vivir éticamente bien debe ser capaz de una justicia empática o de una compasión justa. En el mismo sentido, si recordamos a Camus, afirmamos que la mejor manera de ser ético es hacer felices a los otros, especialmente a las víctimas. También Ruiz Vadillo insiste en esta dimensión agápica de la ética y la justicia. La que Henri Laborit denomina eutonología. Para iluminar los temas y los problemas que se plantean en este artículo, es necesario comentar un par de facetas de la ética “nueva”: su autonomía, su mayoría de edad, es decir, su relación con las ciencias sin sumisión a los paradigmas religiosos, y su dimensión victimológica.

La autonomía postula que los especializados en ética no permanezcan sometidos a los dogmas eclesiales, pues, actualmente, los saberes teológicos no les son suficientes, e, incluso, les pueden obstaculizar, en algunos supuestos. Nadie niega que desde las religiones se ha organizado y se organiza una fuerte resistencia a la tecnociencia, como consecuencia del tradicional conflicto entre religión —con su carga simbólica— por una parte y las ciencias por otra. Nadie se extraña de la hostilidad o desconfianza de las teologías con respecto a las tecnociencias (G. Hottois, pp. 174 y ss.). Por esta deseada autonomía, la tecnoética necesita relacionarse fuertemente con todas las ciencias, incluso con las “duras”, sin olvidar la economía y, sobre todo, las nuevas técnicas, en el sentido amplio del vocablo (Bone, pp. 116 y ss.; Ladriere, pp. 76 y ss.). Por eso hablamos de tecnoética y de ética civil.

Las reflexiones de las religiones con sus éticas correspondientes resultan sin duda imprescindibles a la ética mundial (Hans Küng, pp. 111 y ss.), pero también resultan insuficientes. A esa cultura tradicional se han de añadir, los éticos —como ha escrito Paul Ricoeur, refiriéndose a los filósofos en general—, el conocimiento y el cultivo de las aportaciones, las dudas y las afirmaciones de todas las ciencias. Por ejemplo, la existencia de un sistema judicial eficiente que constituye una precondición indispensable para el pacífico desenvolvimiento de toda actividad económica y política (J.J. Toharia, pp. 31 y ss., y T. Muñoz Rojas, pp. 2 y ss.). También las últimas investigaciones, metodologías y herramientas técnicas, como las que se están llevando a cabo en el campo de la ingeniería genética y de la utilización de células madre que revoluciona la neurobiología, etc.

Ahora analicemos la segunda faceta antes anunciada, la victimal, todo especialista de ética tiene que conocer también otra novedad en el devenir de su ciencia y praxis, quizás la más importante e influyente de todas las demás: la tecnoética victimológica. Por desgracia, los cultivadores tradicionales de la ética, del derecho penal y la criminología, han olvidado a las personas que deben ser sus protagonistas: las víctimas. Ellos, durante siglos, han desatendido “la razón de los vencidos”, como argumenta M. Reyes Mate. La tecnoética del tercer milenio, después de Auschwitz, debe ser rememorativa y construirse —transformarse— sobre las cenizas del holocausto nazi y de otros holocaustos.

3. Estamos capacitados y obligados a crear la paz, sin terrorismo, sin tantas diferencias económicas

“Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social” (Constitución española de 1978, artículo 9.º 2.).

Quienes ven a través de la pupila de la evolución, pueden constatar que se debe y se puede crear la paz nueva cada día. Como ha escrito E. Ruiz Vadillo, “el derecho busca incansablemente la armonía social, es decir la paz”. Podemos lograr que desaparezcan los enemigos mortales de la paz: la desigualdad económica, el totalitarismo y el terrorismo. Las hodiernas aportaciones de la ética, el derecho y la justicia nos brindan instrumentos para lograr una paz básica, como se entiende en los países actuales democráticos herederos de la cultura helénica, romana y medieval. Hoy debemos superar la paz de Atenas, que se encuentra vinculada a la compensación de derechos y a la legislación —justicia del bienestar social dentro de la ciudad— y está íntimamente unida a la acción de los dioses, quienes, al fin y al cabo, regalan y aseguran toda bonanza material al respecto.

Todavía más, está en nuestras manos superar la paz de los romanos, con sus esclavos, sus ejércitos —si quieres la paz, prepara la guerra— y su regulación jurídica que canta Virgilio en la Eneida: “Tú, romano, pacificas los pueblos con tus leyes”. También nos compete rebasar la paz del medievo, de los teólogos salmantinos con su guerra justa. Sí, podemos crear la paz hodierna que actualmente disfrutan los países democráticos, sin grandes diferencias económicas, sin terrorismo, sin totalitarismo, como postula la Unesco en sus documentos y en su Proyecto de la Declaración de Oslo sobre el Derecho del Hombre a la Paz (A. Beristain, 1999, pp. 29 y ss.).

Hemos de crear la paz porque es condición indispensable para el logro del bien común nacional e internacional. Podemos crearla porque la antropología moderna confirma con creces la evolución innovadora heracliana, y porque la paz que esperamos no es algo utópico, sino realmente posible, como la que ahora han conseguido tantos países. Se basa en una ética y antropología dinámica y creativa: el homo creator. Exige que la justicia, la equidad y la igualdad dominen las relaciones entre los ciudadanos y entre las instituciones nacionales, regionales, municipales y familiares —acerca de las relaciones internacionales no trataremos ahora, debido a la limitación del espacio—. Empecemos por “barrer nuestra casa” en la que todavía encontramos personas —desplazados, inmigrantes— en situación de pobreza extrema, semejante casi a la esclavitud.

Prestemos más atención a la educación desde la infancia, con miras a cultivar el respeto y desarrollo de los derechos humanos de la primera, segunda y tercera generación. Recordemos la exigencia inexorable de la igualdad y el desarrollo económico de los individuos y los sectores menos favorecidos. Ello implica la obligatoriedad de que las personas y los grupos privilegiados se desprendan —nos desprendamos— de las riquezas desorbitadas. Urge lograr una clase media mucho más amplia. El principio de la solidaridad humana obliga a los estratos dominantes de nuestra sociedad a desprenderse de sus privilegios. A preocuparse —fraternalmente— de las necesidades ajenas, individuales o colectivas o estructurales y renovarlas en igualdad, aunque conlleve sacrificios dolorosos.

No olvidemos que el destino social de los bienes de la tierra es para el uso igual de todos los hombres y mujeres, según las normas de la justicia y de la caridad. Esta última exige que se cumpla la norma elemental que establece que todos los seres humanos deben comportarse fraternalmente los unos con los otros (Declaración de los Derechos Humanos, art. 1.º). Exige evitar las desigualdades. Merece recordarse la norma antes indicada de Savater, la justicia es necesaria, pero no basta, tenemos que añadir algo de amor a todos los ciudadanos, aunque no sean buenos, ni perfectos. En el mismo sentido se manifiesta Ruiz Vadillo en su discurso de ingreso en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación (pp. 116, 247, 250).

En el tercer milenio, cada vez es mayor el número de especialistas que, como C. Perelman (pp. 30, 108) y H. Henrion, consideran indispensable concebir la justicia integrada en —e integrante de— la noción de igualdad: à chacun la même chose, “a cada uno la misma cosa” (H. Henrion, p. 29).

4. Paz, fruto de la nueva justicia y política restaurativa

“Los pobres son débiles, frágiles y victimizados porque carecen de capacidad de autoprotección, pero también porque quienes tenemos capacidad para protegerlos no lo hacemos. Quizás no vemos en ellos personas como nosotros, creadas por las mismas manos” (M. Cherif Bassiouni, De Paul University, Chicago).

Recordemos que todas las realidades fluyen y, por lo tanto, son —más o menos— reversibles y, lógicamente, restaurables. Especialmente las realidades axiológicas y energéticas, como la paz. El significado de la “buena convivencia”, de los valores y de las conductas humanas deriva o emerge de la interacción simbólica que cada cual mantiene con los circunstantes y con las circunstancias. El significado no acaba en lo material y objetivo, sino que pertenece a su estructura fenoménica. Ni la psicología ni la sociología moderna consideran el significado como agotado en la “cosa permanente”, sino como resultante de un proceso, de un interaccionismo simbólico en continua evolución. También aquí hemos de afirmar que panta rei, todo fluye, aunque lo niegue Parménides.

Esta evolución exponencial posmoderna de la realidad y del significado, de la physis y del logos, ha invadido también —afortunadamente— el campo de la justicia. Ha arrinconado la justicia expiatoria y vindicativa. Ha generado grandes cambios en toda la vida pública. Ha creado la nueva justicia restaurativa, verdaderamente innovadora. Su centro deja de ser el crimen-castigo del derecho penal clásico de Carrara, y/o el delincuente-resocialización de la criminología de Lombroso, Ferri y Garófalo. Hoy su centro no se ubica en Caín, sino en Abel, en la reparación total de los daños causados a las víctimas directas e indirectas. Si culturas pasadas proclamaban que la paz era fruto de la justicia vindicativa y de la punitiva, con mucha mayor razón puede y debe afirmarse actualmente que la justicia restaurativa trae en sus brazos la paz. Esta nunca acompaña a la impunidad.

Dicho desde otra perspectiva, la justicia rememorativa y victimal crea una paz peculiar, dinámica. Mira al pasado, al recuerdo, no para castigar, sino para cicatrizar las heridas, darles nuevo significado, fortalecerlas —paradójicamente— desde su debilidad, su victimación. Como proclama la Biblia, virtus in infirmitate perficitur, la fortaleza se robustece en la debilidad, en la enfermedad. Iluminados por Rilke, vemos que de las cenizas de los asesinados brotan llamas vivas, pebeteros ígneos.

La justicia restaurativa extendida ya en todo el planeta (E. Giménez-Salinas; T. Peters) puede cumplir una tarea muy eficaz en el campo policial, judicial y penitenciario, pero también, como indican Benzvy Miller y Schacter (pp. 408 y ss.) en el ámbito de la política gubernamental superadora del terrorismo. La criminología, con su innovación radical metodológica, con su paradigma inductivo —que supera el deductivo del derecho penal—, nos prueba que ayer la sanción penal era venganza, pero hoy no. Ayer era el mal que se infiere al delincuente por el mal que él causó al ofendido: malum passionis propter malum actionis, en formulación de Grocio (De jure belli, lib. II, cap. XX, & 1, 1). Hoy, en cambio, es restauración, armonía de derechos y deberes, es configuración de la paz (A. Beristain, 2001).

5. Nuevos derechos de las víctimas reconocidos en el proceso penal. Parlamento Europeo 2001

El 24 de noviembre del 2000, la Comisión de Libertades y Derechos de los Ciudadanos, Justicia y Asuntos Interiores, del parlamento europeo, presentó un informe para la adopción de una “decisión marco” que regule un innovador estatuto de las víctimas en el proceso penal, el cual deberá aplicarse también en España. Este documento se puede comparar a una pirámide egipcia —triangular—: la cara norte formula las coordenadas de una justicia penal no vindicativa, radicalmente humanista, restaurativa; otra cara pide que, urgentemente, se reconozcan a las víctimas sus derechos —hasta ahora desconocidos— durante y después del proceso penal; y la tercera impone a los Estados miembros asumir varios deberes en favor de esas víctimas, que esperamos se transformen en las protagonistas del proceso, de la sanción y de todo el derecho.

Muchos juristas, criminólogos y sociólogos equiparan este estatuto en importancia al corpus iuris, compilado por Mireille Delmas Marty (París, 1997), e, incluso, a la Convención de los Derechos del Niño, de las Naciones Unidas. También al informe, del 2001, del comisario Gil Robles, sobre la situación del País Vasco, aprobado por unanimidad en el Consejo de Ministros del Consejo de Europa, en el que están representados 43 Estados. Sin duda, este estatuto tendrá notable influencia en muchas leyes nacionales e internacionales. Por ejemplo, obligará a mejorar algunos artículos de la pionera Ley Orgánica española 5.ª del 2000, reguladora de la responsabilidad penal de los menores, pues nuestra ley coloca como interés superior los derechos del niño infractor. En cambio, esta decisión marco concede rango mayor al interés superior de las víctimas.

Actualmente en España, si un joven de 17 años viola a una joven de su misma edad, en supuestos de duda, se beneficia al infractor, porque rige el axioma in dubio pro reo. Pero la decisión europea exige que los tribunales apliquen el principio opuesto in dubio pro victima.

La ponente de la comisión Carmen Cerdeira Morterero proclama que el estatuto se apoya en sólidos argumentos jurídicos y previos documentos internacionales. Sobre todo en las conclusiones del Consejo Europeo de Tampere, de octubre de 1999, con sus apartados 5, 10, 31 y 38. Si somos conscientes de que millones de personas en todo el mundo sufren daños como consecuencia de la delincuencia, organizada o no, en particular del terrorismo, la trata de seres humanos y los delitos contra los niños, lógicamente comprenderemos que los derechos de estas víctimas deben ser objeto de un reconocimiento legislativo más eficaz y justo que los actuales, tanto en los Estados miembros como en la Unión Europea.

El estatuto pretende cubrir lagunas trágicas en el ámbito de la justicia, la ética, la solidaridad y la paz. Desea que se mejore sustancialmente la situación de las víctimas, incluidas expresamente las del terrorismo, pues la comisión considera textualmente que “el terrorismo genera una categoría especial de víctimas, cuya situación no constituye un asunto de índole privado”.

El texto oficial que se maneja dedica 53 páginas al informe de la comisión, seguidas del proyecto de la decisión marco: 17 artículos precedidos del considerando. Ahora cabe destacar tres campos de ese articulado: su concepto amplio de las víctimas, los principales derechos que les reconoce y algunos deberes que impone a los Estados miembros. Si bien el informe con frecuencia habla de “la víctima” en singular, el artículo 1.º explica que, además de la persona directamente afectada, dentro del concepto de víctimas se debe incluir también a otras personas, como los parientes cercanos, viudos o viudas y huérfanos.

Pide que esta pluralidad se mantenga al formular la definición de víctimas, así como al adoptar medidas dirigidas a facilitarles todas las ayudas materiales y no materiales necesarias. Por desgracia, esta noción fundamental para la teoría y praxis victimológica no ha encontrado todavía el debido reconocimiento en muchos países. Con frecuencia la doctrina, la legislación y la jurisprudencia continúan hablando de “la víctima”, en singular. Quizás la confunden inconscientemente con el perjudicado, el sujeto pasivo del delito, propio de la dogmática penal, pero no de la victimología. Esta —como lo indica el Ministro de Justicia holandés, tan preocupado por todo lo cristiano, Hans Boutellier (pp. 62 y ss.)—, ha puesto en marcha un proceso de victimalization of morality que patentiza la transformación de las piedras sillares del derecho penal, la moral e, incluso, la teología.

El legislador parlamentario conoce que los especialistas exigen que se les facilite a las víctimas los medios eficaces para que, desde el comienzo del proceso, sepan cómo se desarrolla este y puedan tomar parte en él. Además, la comisión, consciente de que el proyecto abarca un espacio geográfico tan amplio, pide que se concedan ayudas extraordinarias a las víctimas para superar las dificultades de traslados a otros países, como problemas lingüísticos, etc. Solicita, a su vez, que se les reconozca su derecho a recibir información —para el correcto desarrollo del proceso— desde el primer contacto con la policía, e, incluso, con posterioridad a la sentencia. Reclama que se les asegure la asistencia de letrado y el asesoramiento jurídico gratuito.

Particular mención merece el artículo 8.º cuando propugna tomar las medidas indispensables para la protección íntegra a las víctimas, y, en particular, la relativa a su intimidad e imagen. También, al reconocer su derecho a prestar declaración en privado o mediante videoconferencia, grabación en video u otro medio adecuado, cuando fuere necesario, sin perjuicio de lo dispuesto en el artículo básico 6.º del Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y de las LibertadesFundamentales. Dos avances dignos de mención brindan los artículos 9.º y 10 al proclamar que la indemnización deberá estipularse en el derecho penal correspondiente, prestando especial atención a la sensibilización del condenado respecto a las consecuencias de su acto en la vida de las víctimas. Y al permitir nuevas instituciones procesales que solucionen algunos litigios por vía de mediación, con el beneplácito de las víctimas.

Varios artículos (9-14) estipulan amplias obligaciones de los Estados miembros respecto a garantizar que las víctimas residentes en otro Estado participen en el proceso, de manera que afecte lo menos posible el desarrollo normal del mismo. También, desean la creación y mejora de redes de cooperación, servicios especializados y organismos de apoyo, formación profesional de personas que intervienen en el proceso y que están en contacto con las víctimas, condiciones prácticas relativas a la atención de las que residen en otros Estados miembros, ya sea de las existentes en el sistema judicial, o de las basadas en organizaciones privadas.

A pesar del necesario laconismo en la formulación del articulado, se introducen algunos detalles de rico humanismo, por ejemplo, cuando se expresa la importancia de la “acogida correcta, sobre todo en un primer momento (...) condiciones en el local de espera”, etc. No debe destacarse menos que el artículo 3.º exige, en concreto, aplicar medidas adecuadas a las víctimas que sean especialmente vulnerables por razón de su edad, sexo u otra circunstancia. Este precepto subsana la negligencia de muchos juristas que todavía en el 2002 no han caído en la cuenta de la multisecular carencia de la debida sensibilidad respecto a las mujeres y los niños.

6. Conclusiones discutibles

En contra de Parménides, con Heráclito —y, en cierto sentido, con T. de Chardin, S.J.— miramos esperanzados al futuro porque creemos que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, que todo fluye, todo cambia y, generalmente, prospera. Incluyendo la ética, la justicia, la paz y, lógicamente, los derechos humanos de las víctimas.

En contra de la tesis de Hobbes, con Rojas Marcos y otros especialistas constatamos que el hombre generalmente no es lobo para el hombre, sino colaborador solidario del continuo e imparable —aunque no constante— crecimiento y progreso humano. Según las estadísticas cada año hay más pobreza, se cometen más estafas, violaciones y asesinatos; sin embargo, paradójicamente, las personas buscan y logran, cada día más, ser felices y hacer felices a los demás.

La nueva ética del tercer milenio, como ciencia y práctica del bien y del mal, debe indicar a los ciudadanos cuál es el camino para respetar y desarrollar los derechos humanos de la primera, la segunda y la tercera generación. Su respeto y desarrollo aboca a la creación de la paz y a la experiencia de la satisfacción y alegría personal y comunitaria.

La nueva ética nos enseña dónde se halla el límite integrador entre la necesaria resistencia, oposición, contra la injusticia, y la igualmente necesaria resignación, sumisión —no olvidar la cizaña—, ante el mal inminente e imparable. La nueva tecnoética gira alrededor de dos polos: don Quijote y Sancho Panza. Es decir, resistencia y sumisión. Don Quijote simboliza la prosecución de la resistencia hasta el absurdo, incluso hasta la locura. Sancho Panza representa el acomodamiento satisfecho y astuto a una situación de extorsión injusta. Enseguida encuentra la disculpa y el descargo de un estado de necesidad justificante. Él paga el dinero que le piden los terroristas, pero no se arruina (D. Bonhoeffer, p. 158).

La paz justa ha de ser también compasiva. Contra la doctrina de Hugo Grocio y los penalistas del just desert, de la justicia penal retributiva y expiacionista, nosotros con Savater y Ruiz Vadillo proclamamos que la justicia necesita ir acompañada de la equidad (Código Civil español, art. 3.1), de una dosis pequeña, pero indispensable de amor. Dicho desde la otra orilla, la compasión ha de ser justa.

Compete a las universidades investigar y renovar, sin cesar, el conocimiento y el fomento de los preferenciales derechos de las víctimas a una reparación rápida y completa que contribuye eficazmente a la construcción de la paz. In dubio pro victima. Lógicamente, la legislación nacional e internacional coincide en aprobar la dispersión de los presos de ETA, en España. Carecen de fundamento las protestas en contra —cfr. artículo 57 del actual Código Penal español. A. Beristain, 1997—.

A los medios de comunicación les compete informar y formar a los ciudadanos. Han de convencer a estos de que la energía de la justicia es mayor y supera a la energía de la criminalidad. Han de evidenciar a las víctimas que ellas siempre logran la victoria, aun cuando aparezcan como vencidas. Antígona triunfa sobre el victimario Creonte. También Gandhi, Maximiliam Kolbe, Alfred Delp S.J., Dietrich Bonhoeffer, los 6 millones del holocausto, etc.

En la actualidad, especialmente a partir de la firma del Convenio para la Constitución del Tribunal Penal Internacional (Roma, jul. 18/98), la doctrina, legislación y jurisprudencia nacional e internacional insiste en la necesidad de imponer sanciones penales a los victimarios autores de delitos de terrorismo y/o genocidio —cfr. la condena a privación de libertad durante más de doce años a dos religiosas católicas de Ruanda, en el mes de junio del año 2001—. Ningún asesinato admite justificación. Tampoco puede calificarse como delito “político”, o “de conciencia”, en terminología de amnistía internacional.

Si es cierto que 300.000 niños y niñas están enrolados en grupos armados en diversos países (6.000 niños entre los 9 y los 17 años, en Colombia, según El Mundo-País Vasco, del 10 de abril del 2001), debemos comprometernos en campañas eficaces que extirpen este cáncer y sus metástasis-cómplices. Urge que frenemos y reduzcamos el neoliberalismo capitalista. Para lograrlo, la ética, como la filosofía y la criminología, exigen complementarse e integrarse con investigaciones científicas y técnicas de aplicación inmediata. Preferencialmente en la economía nacional e internacional.

Este es un mensaje a las víctimas directas e indirectas de la actual victimación: es posible que a muchas víctimas indirectas les inquiete la duda que le agobiaba a Dietrich Bonhoeffer (p. 98): saber si realmente era Cristo la causa que le había motivado y le motivaba a tomar las decisiones y opciones fundamentales que le habían conducido a él y también a sus familiares y amigos a sufrir aflicciones. Pronto superó la tentación y adquirió la certeza de que su misión —el significado de su vivir y morir— consistía precisamente en provocar y soportar esas situaciones extremas, con toda su problemática. Se alegraba de ello, sin cesar, recordando la carta 1.ª de San Pedro, capítulo 2, 20, capítulo 3, 14, “(...) Si hacéis lo bueno y además soportáis el sufrimiento, esto ciertamente es aprobado delante de Dios”. “También si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. Por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis”.

Notas: 1. Por falta de espacio no puedo comentar algunas obras de Brancusi, El hijo pródigo; Chagal, La otra claridad; Chillida, Las manos del buen samaritano; Goya, Saturno devorando a su hijo; Ibarrola, El bosque de Oma; Miguel Ángel, La creación de Adán; y Rodin, La mano de Dios.

2. Estas páginas reproducen algunos puntos de la exposición oral del autor en el seminario organizado por la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, sobre “Etica, Reconocimiento y Justicia: Los Derechos de las Víctimas y la Construcción de la Paz en Colombia”, con correcciones de estilo y referencias bibliográficas.

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