La partida doble durante la Edad Moderna (1494-1789)

Revista N° 41 Ene.-Mar. 2009

Carlos Pérez Vaquero 

(España) 

Máster en integración europea y doctorando en Derecho 

Universidad de Valladolid 

Redactor jefe de la revista “CONT4BL3” 

Asociación Profesional de Expertos Contables y Tributarios de España 

Profesor universitario 

Conferencista internacional 

Autor de artículos nacionales e internacionales 

Introducción

Para muchos historiadores occidentales, la Edad Media se convirtió en Moderna cuando los turcos tomaron Constantinopla, en 1453; en cambio, otros autores consideran que ese momento llegó en 1492, al coincidir en esta fecha el final de la reconquista española —con la caída del reino nazarí de Granada— y el “descubrimiento” de América; finalmente, también hay quienes retrasan ese punto de inflexión a 1517, con la crisis de la Iglesia Católica y la posterior Reforma Protestante. Sea cual sea la fecha exacta, lo cierto es que en aquella época —segunda mitad del siglo XV y comienzos del XVI— Europa volvió su mirada hacia los textos clásicos grecorromanos; surgieron el Renacimiento y el humanismo; Gutenberg imprimió el primer libro con caracteres móviles (1455) y los diferentes países europeos(1) empezaron a consolidarse como Estados, al tiempo que la economía se recuperaba y desaparecían los problemas demográficos de los siglos precedentes.

Desde una perspectiva contable, sin embargo, no existe ninguna duda: la Edad Moderna comenzó en 1494, cuando Luca Pacioli publicó en Venecia su famoso tratado XI “De Computis et Scripturis”, incluido en el libro Summa di Arithmetica, Geometrica, Proportioni et Proportionalita.

1. El origen de la partida doble

En aquel tiempo, Italia no era el país que hoy conocemos. En la Península Transalpina convivían los reinos de Nápoles y Sicilia, al sur; Roma y los Estados Pontificios, en el centro; y numerosas repúblicas y señorías en el próspero y fragmentado norte: Siena, Florencia, Génova, Pisa, Módena, Parma y, sobre todo, Venecia, ciudades que, cuando superaron sus luchas internas sin declararse la guerra entre ellas, lograron enriquecerse a costa del aprovisionamiento y transporte de los cruzados y del comercio con Oriente, dando lugar al nacimiento de unos municipios libres que brillaron en todos los ámbitos, desde el económico hasta el cultural e intelectual.

En ese contexto, fray Luca Pacioli nació en el pequeño burgo de Sansepolcro (en la actual provincia de Arezzo, Toscana) en 1445 —como su paisano y coetáneo, el famoso pintor Piero della Francesca—, falleciendo en Roma, en 1517.

Sin duda, Pacioli fue uno de los grandes hombres del Renacimiento. Era monje franciscano, experto en álgebra y aritmética, profesor de matemáticas, creador de la “sección áurea” (el número de oro o “divina proportione”, simbolizada en la letra griega “phi”: j = 1,618034... como ideal de la belleza), pionero en el cálculo de probabilidades y autor de numerosos estudios sobre la proporcionalidad, con su amigo Leonardo da Vinci. Gracias a sus viajes por toda Italia —impartiendo clases en Bolonia, Asís, Perugia, Milán o Roma—, logró entablar relación con especialistas de diversos ámbitos —arquitectos, artesanos, ingenieros, escultores y pintores—, a los que enseñó geometría, conceptos algebraicos y su teoría de la proporción, aplicable en todas las áreas del conocimiento como un lenguaje universal de la ciencia y el arte.

Con estas ideas logró una gran influencia en la obra de artistas como el mencionado Della Francesca o el bávaro Alberto Durero, que todavía causa asombro, hoy en día, por la complejidad de su grabado en cobre “Melancolía I”, de 1514, donde el pintor de Núremberg incluyó un poliedro, con una extraordinaria perspectiva, un cuadrado mágico —de orden cuatro, con 16 números que siempre dan el mismo resultado si se suman las cifras por filas, columnas o diagonales: 34, la constante mágica— y dos casillas consecutivas con el año en que se grabó:

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Todo tenía que cuadrar, como en el debe y el haber.

La Summa di Arithmetica, Geometrica, Proportioni et Proportionalita que publicó fray Luca Pacioli en Venecia (1494) fue una obra muy detallada, lógica y con un marcado carácter divulgativo, aunque también peca —según los expertos— de cierta redacción algo farragosa, por mezclar el latín vulgar con términos italianos y de otras lenguas (imbroglio—maraña— lo llamó su propio autor) y porque los asientos no se formularon con una concisa anotación, sino mediante párrafos muy profusos; aun así, Pacioli tuvo la virtud de reunir en poco menos de treinta páginas, incluidas en aquella Summa bajo el título "De Computis et Scripturis", el primer tratado que recopilaba sistemáticamente los conceptos del método de la partida doble.

Pacioli fue “el maestro de este sistema de la cuenta y razón”, en palabras del checo Karl Peter Kheil, uno de los grandes precursores de la historia contable, quien recopiló los artículos que había publicado en la revista austriaca Zeitschrift für Buchhaltung (Diario de Contabilidad) durante 1895 en un libro que se editó en Praga (1896), donde se propuso “probar cuán interesante fue la publicación del libro de teneduría de libros por partida doble de Lucas (sic) Pacioli en el año 1494”. En España, el libro de Kheil se publicó en Alicante (1902), traducido por Fernando López y López, bajo el título Historia de la contabilidad.

Aunque no hay duda de que el tratado de Pacioli fue el primer trabajo que se publicó sobre el funcionamiento de este sistema contable, no fue, sin embargo, el primero que lo estudió.

Ese honor le corresponde a otro fraile, Benedetto Cotrugli —o Benedikt Kotruljević, en croata (porque nació en Ragusa; ciudad que se corresponde con la actual Dubróvnik, en la costa dálmata de Croacia)— y a su obra Della mercatura et del mercante perfetto, escrita en 1458, casi cuarenta años antes que el “De Computis” de Pacioli; sin embargo, su libro permaneció inédito hasta su publicación, también en Venecia, en 1573. Cotrugli dedicó el capítulo 13 del libro I —apenas cuatro páginas— a la partida doble, en “Dell´ordine di tenere le scritture mercantilmente”.

Muchos expertos no conceden a esas páginas más consideración que un simple boceto, un apunte de lo que Pacioli desarrolló años después. El propio Kheil afirmó en sus artículos que “(…) aunque Cotrugli escribió su tratado 36 años antes que el de Pacioli, no puede considerársele como primer maestro de la partida doble, pues como decimos antes, no vio la luz de la publicidad su trabajo hasta 79 años después de la edición de la obra Summa de Arithmetica,la que verdaderamente propagó ese sistema de cuenta y razón". Pero, siendo objetivos, tampoco debemos restarle méritos pues -aunque fuese brevemente- no cabe duda de que nos encontramos ante el germen de nuestra partida doble cuando el fraile de Ragusa describía que: “Ogni partita che si scrive in libro grande debbe essere scripta due volte, una volta facciendo debitore colui che de´dare, l´altra volta facciendo creditore colui che de´havere” (todas las partidas que se anotan en el libro deben estar asentadas dos veces, una vez haciendo deudor al que debe dar, y la otra vez haciendo acreedor al que ha de haber).

A pesar de que ambos autores publicaron sus libros en Venecia, no se tiene la certeza de que el método de la Partita Doppia —como actualmente se denomina en italiano— se originase en aquella república. En realidad, según las últimas investigaciones, se considera que el “debe y ha de haber” ya era el sistema contable que se utilizaba en la Toscana, a finales del siglo XIII, para registrar las operaciones, de forma que cada partida asentada en el debe tuviera su propia contrapartida en el haber. Esta práctica contable se generalizó por todo el Véneto, la Lombardía y el Piamonte, de forma que —tanto Pacioli como Cotrugli— bebieron de las mismas fuentes, sólo que el primero lo explicó de forma mucho más detallada que el segundo y tuvo la suerte de publicarlo antes.

Más allá de su origen aún incierto —algunas tesis se decantan por atribuírselo a los mamelucos de Siria y Egipto, con los que comerciaban los genoveses, florentinos y venecianos—, no hay duda de que el desarrollo del comercio propició una mejora de la situación socioeconómica; se instalaron las primeras fábricas de papel, mucho más asequible que el pergamino para encuadernar los libros de cuentas, requisito consustancial de este sistema —a diferencia del método del pliego horadado—, porque la encuadernación garantizaba que no se pudieran añadir —o eliminar— anotaciones de forma fraudulenta; y, sobre todo, se implantó definitivamente el uso de los números arábigos —1, 2, 3— en lugar de los romanos —I, II, III— que, como es fácil de suponer, complicaban sobremanera cualquier multiplicación o división.

La suma de estos elementos, más el incremento de la actividad mercantil, con la implantación de ferias y mercados y la difusión llevada a cabo por los peregrinos y las congregaciones religiosas, propiciaron el desarrollo de los registros contables por todo el Viejo Continente y, en esa implantación, los mercaderes de la Ciudad de los Canales fueron quienes más contribuyeron a divulgar la partida doble por toda Europa; por ese motivo, se la conoció también como el “método veneciano”.

2. El legado de Pacioli en Europa

Lógicamente, el siglo XVI fue el momento de mayor divulgación de este sistema contable:

2.1. Italia

Poco después de que se publicara en la Toscana una segunda edición del Tratado de fray Luca —un éxito que rápidamente se tradujo a otros idiomas—, en Venecia fueron apareciendo otros libros sobre esta materia. Los más importantes fueron:

• En 1525, una pequeña —e incompleta— obra sobre la teneduría de libros, con casos prácticos, escrita por Giovanni Antonio Tagliente, titulada Luminario di arithmetica.

• El Quaderno doppio col suo giornale secondo il costume di Venetia (1534), de Domenico Manzoni, vino a reproducir la obra de Pacioli, pero con un estilo muy comprensible, al que añadió sus propias recomendaciones y ejemplos de unos 300 asientos que, unos años más tarde, reescribió “nuevamente compuesto y diligentemente ordenado”, como dijo él mismo, para su posterior edición de 1554.

Specchio lucidissimo, de Alvise Casanova (1558), refundió todo lo escrito hasta el momento por los demás autores.

Dell’universal trattato di libri doppii, de G. A. Moschetti (1610) sobre la naturaleza de ciertas operaciones.

• Y, finalmente, Il ragionato, de Andrea Zambelli (1671).

Además de Venecia, las imprentas de otras ciudades de la península itálica y Sicilia editaron tratados relacionados con la partida doble y la teneduría de libros. Los más destacados fueron:

• Milán: Girolamo Cardano —que fue un personaje muy singular para su época: médico, filósofo, astrólogo... llegaron a condenarlo por herejía al escribir el horóscopo de Jesucristo— publicó en 1539 la Practica Arithmeticae, donde consideró que Pacioli se había equivocado a la hora de realizar algunos cálculos matemáticos. Fue uno de los pocos autores que alteró la disposición típica de los cargos y abonos, situando el debe a la derecha y el haber a la izquierda.

• Mantua: el monje Angelo Pietra distinguió tres tipos de contabilidad: bancaria, comercial y patrimonial, en su obra Indrizzo degli economi (1586), donde incluyó supuestos prácticos y estableció cuentas de previsión de ingresos y gastos.

• Palermo: el jesuita y economista Ludovico Flori escribió el Tratatto del modo di tenere il libro doppio domestico (Palermo, 1636; Roma, 1677), un manual de contabilidad que la Compañía de Jesús le encargó para utilizarlo en sus casas del reino de Sicilia.

• Génova: el rico comerciante Giovani Domenico Peri publicó Il negotiante en 1638, para enseñar contabilidad a otros profesionales de su ámbito con un libro que, hoy en día, aún resulta muy interesante para conocer las costumbres mercantiles de aquella época. Defendió que las operaciones bancarias generasen intereses, incluso en contra del criterio de la Iglesia.

• Florencia: Della scrittura conteggiante di possessioni, del contable Bastiano Venturi (1655), verdadero precursor de la llamada contabilidad de gestión.

Acosadas por la supremacía del Imperio Otomano, a lo largo del siglo XVI comenzó un lento declive de todas las ciudades italianas y del comercio mediterráneo, en general, en favor de otras rutas por el Océano Atlántico. Como consecuencia, el eje sobre el que giraban todos los negocios europeos se trasladó de Italia a los Países Bajos (de igual forma que, un siglo más tarde, el desarrollo del comercio francés e inglés lograría su apogeo en detrimento del mercado flamenco). A partir de entonces, los mejores tratados sobre contabilidad empezaron a publicarse en Amberes, Ámsterdam y Londres y, desde el siglo XVIII, en París.

2.2. Países bajos

En el siglo XVI, la mayoría de los Países Bajos aún formaban parte de aquel “imperio en el que nunca se ponía el sol” para los emperadores Carlos I —natural de Gante (Flandes, actual Bélgica)— y Felipe II de España. En ese contexto, mientras el pueblo —al que un siglo más tarde empezaríamos a llamar holandés— se organizaba para levantarse en armas contra los españoles, liderados por Guillermo de Orange, la viuda del comerciante Jan Ympyn Christoffels publicó el trabajo de su difunto esposo titulado Nieuwe instructie ende bewijs der looffelijcker consten des rekenboecks ende rekeninghe te houdene nae die Italiaensche maniere, unas “nuevas instrucciones para llevar las cuentas a la manera italiana” —podríamos decir, por resumir ese extenso título—, que se publicaron en flamenco y francés, en Amberes, en 1543. Su obra fue el resultado de residir en Venecia durante más de 10 años, donde conoció las obras de Pacioli y Tagliente y su método de teneduría de libros, al que consideró “el mejor y más provechoso del mundo”, porque los venecianos “llevan los libros de una manera muy clara y comprensible”. Incluyó dos partes: una primera teórica —que prácticamente es una traducción literal de la obra de fray Luca— y una segunda con modelos.

Otro importante contable flamenco de esta época fue el matemático Simon Stevin, al que se suele castellanizar con el nombre de Simón de Brujas. En sus Memorias matemáticas (Wiskonstighe ghedachtenissen), publicadas en Leiden en 1608, dedicó un apartado a la contabilidad, divulgando los métodos que aprendió de las obras de Girolamo Cardano.

Gracias a la difusión de estos autores —y de otros como Michiel Coignet, Claes Pietersz van Deventer, Barthelemy de Renterghem, Elcius Edouard Leon Mellema, Joannes Buingha, Hendrik Waninghen, Burgert H. Geestevelt y, especialmente, Willem van Gezel (para quien sólo existían dos tipos de cuentas: las propias y las de los otros; su mejor obra fue Kort begryp van’t beschouwig onderwijs”, de 1681, con un enfoque más analítico que práctico) y las instrucciones de Abraham de Graaf de 1693, probablemente, el último de los grandes autores flamencos de su tiempo— la partida doble consiguió que la economía de los Países Bajos floreciera, dando paso a una verdadera Edad de Oro del comercio holandés, que —desde el puerto de Amberes— llegó hasta Indonesia, generalizando el uso de la partida doble también entre los alemanes e ingleses, gracias a la gran acogida que tuvo en estos países la obra póstuma de Ympyn.

2.3. Alemania

Como sucedió con el mapa de Italia, durante el siglo XVI, los límites alemanes tampoco se correspondían con el país tal y como hoy lo conocemos. Diversos pueblos del centro de Europa formaban parte del llamado Sacro Imperio Romano Germánico (desde Pomerania, en el mar Báltico, hasta Saboya y Austria en el sur, pasando por Brandemburgo —origen de la que, en el siglo XVII, se convertiría en Prusia—, Bohemia, Sajonia o el Palatinado). Las ciudades más importantes —desde un punto de vista contable y comercial— eran Ulm, Ausburgo, Viena y, sobre todo, Núremberg.

Junto a diversos comerciantes formados en Italia que acabaron ejerciendo su profesión y enseñando contabilidad en diversas ciudades alemanas y flamencas —es el caso de Lukas Rem, Matthaus Schwarz o Paulus Behaim—, podemos hablar de estos otros grandes nombres:

• Heinrich (Grammateus) Schreiber fue el pionero en escribir un librito de cuentas Rechenbuch, que se publicó en Viena en 1518, para enseñar la aplicación práctica de la partida doble.

• En enero de 1531 apareció en Núremberg la primera de las obras de Johann Gottlieb, Ein teutsch verstendig, que, junto con su segunda publicación, Buchhalten zwey kunstliche (1546), contribuyó a divulgar este método contable —de forma rudimentaria, según sus críticos— entre “propietarios y comerciantes”.

• Wolfgang Schweicker es, probablemente, el autor alemán más conocido de esta época, gracias a su libro Zwifach Buchhalten, publicado en Núremberg, en 1549. También vivió en la Ciudad de los Canales, donde conoció la obra de Domenico Manzoni, al que trató de imitar en la cercanía de su estilo... sin lograrlo.

• Valentin Mennher von Kempten, que, aunque nació en Baviera y vivió en Venecia, desarrolló su carrera en los Países Bajos. Curiosamente, es conocido por la traducción que hizo de su Compendio y breve instrucción por tener libros de cuentas, deudas y mercaderíael español Antich Rocha, obra que se publicó como apéndice a su propio tratado sobre Arithmetica, en 1564.

• Y el bruselense —aunque domiciliado en Alemania por motivos religiosos— Passchier Gössens, que publicó en alemán un manual para enseñar contabilidad, titulado Buchhalten fein kurz zusammen gefasst (Hamburgo, 1594).

2.4. Inglaterra

En 1543, Hugh Oldcastle fue el primer autor inglés que escribió sobre la partida doble, pero, desafortunadamente, no se ha conservado ningún ejemplar de su obra y, si sabemos que llegó a existir, fue gracias a que John Mellis reeditó “A Briefe Instruction and Maner How to Keepe Bookes of Accomptes alter the order of Debitor and Creditor” en 1588. Poco se sabe de la vida de aquel primer autor, salvo que debió de pertenecer a una importante familia de la nobleza pues, a instancia de ellos, el propio William Shakespeare tuvo que cambiar el nombre de un personaje de Enrique IV que se llamaba Oldcastle por el de Falstaff.

La obra de Oldcastle y Mellis —una traducción al inglés del tratado de Pacioli— fue la excepción a la regla general que, a partir de entonces, imperó entre los autores ingleses, cuya principal seña de identidad fue su carácter eminentemente docente, explicando esta disciplina con numerosos ejemplos concretos de transacciones y de cómo anotar las operaciones en el diario. Posteriormente, la inclusión de casos prácticos daría paso a tratar de encontrar unas reglas generales que fuesen fáciles de aplicar en cada operación, unas reglas que se “versificaron”; es decir, de la misma forma en que ya había escrito Domenico Manzoni a mediados del XVI, las normas contables inglesas se exponían en versos que, con el tiempo, se fueron volviendo cada vez más sencillos y breves (y más fáciles de recordar para los alumnos). Veamos uno de los múltiples ejemplos de las rimas que se utilizaron en aquella época:

“Attentive be, and I´ll impart 

What constitutes the accountant´s art. 

This rule is clear: what I receive 

I debtor make to what I give. 

I debit Stock with all my debts, 

And credit it for my effects. 

The goods I buy I debtor make 

To him from whom those goods I take; 

Unless in ready cash I pay, 

Then credit what I paid away. 

For what I lose or make, ´tis plain, 

I debit Loss and credit Gain”. 

Una curiosa regla nemotécnica —muy efectiva y rítmica— que unía dos versos octosílabos con rima en consonante. En España, hubo que esperar a 1784 para encontrar algo remotamente similar, en la Instrucción práctica y provisional de Francisco Machado, escrita mediante advertencias. La número 10, en concreto, indicaba las reglas de cargo y abono de la siguiente forma:

“1.º Lo que entra, debe;

2.º Lo que sale, ha de haber;

3.º Aquel a quien, o por cuya cuenta se paga, da o remite alguna cosa, debe;

4.º Aquel por cuya cuenta se recibe, o debe cobrar, ha de haber”.

Nada que ver —sin duda— con los didácticos versos ingleses escritos por autores como:

• James Peele y su obra The maner and fourme how to kepe a perfecte reconyng, alter the order of the moste worthie and notable accompte, of Debitour and Creditour, publicada en 1553.

• Catorce años más tarde, salió al mercado un libro de John Weddington con otro expresivo título: Rules verry Necessarie to be Observid by all Marchants, con las reglas que debía observar todo comerciante.

• En 1632, John Carpenter —al que los especialistas consideran un mero plagiador del flamenco Hendrik Waninghen— publicó A Most Excellent Instructions for the Exact and Perfect Keeping Merchants Bookes of Accounts, Founded on Real Business and Adapted to Modern Practice.

• Una de las obras más exitosas fue The merchants mirrour or Directions for the perfect ordering and keeping of his accounts —de Richard Dafforne of Northampton (Londres, 1635)—, porque el contable logró divulgar en todo el país los métodos empleados por los flamencos, gracias, precisamente, a sus propias reglas de ayuda, las rules of aide, donde explicó todas las operaciones con las que se podía encontrar un tenedor de libros.

• John Collins explicó, en An introduction to Merchants Accounts Containing Five Distinct Questions or Accounts (1653), cinco preguntas y cuentas, sobre supuestos para principiantes o sobre el mantenimiento de las cuentas de los buques, hasta los casos de dobles intercambios.

• Y, finalmente, Thomas Browne, con “The Accurate Accomptant”, de 1670.

2.5. Francia

Las luchas de religión entre católicos y hugonotes (protestantes), la siempre polémica figura del cardenal Richelieu y el absolutismo del Antiguo Régimen caracterizaron el comienzo de la Edad Moderna francesa. Teniendo en cuenta que el esplendor llegaría con el siglo XVIII —el llamado Siglo de las Luces—, hasta ese momento podemos destacar a estas figuras:

En 1608, Pierre de Savonne d´Avignon —conocido por sus obras de aritmética— publicó también unas breves instrucciones en Lyón sobre la teneduría de libros con el método de la partida doble. Su mayor aportación fue la claridad de sus ejemplos, ficticios pero muy verosímiles.

En la segunda mitad del siglo, Jean-Baptiste Colbert, secretario de Estado del Rey Sol (Luis XIV), llevó a cabo una excelente gestión a favor de la economía francesa, que, años más tarde, se llamaría “colbertismo”, precisamente por su defensa de la intervención estatal en el ámbito económico y la regulación del comercio. Su mayor éxito fueron las ordenanzas sobre comercio terrestre (1673) y marítimo (1681), que reglamentaron el uso obligatorio de los libros y las formalidades que estos debían cumplir (firma, numeración, rúbrica, no dejar espacios en blanco, etc.). El contenido de estas ordenanzas —conocidas también como Código Savary, en recuerdo de uno de sus redactores más destacados, el comerciante Jacques Savary des Bruslons— ejerció una notable influencia en la codificación mercantil europea de todo el siglo XIX. Savary también fue autor de Le parfait négociant ou Instruction générale pour ce qui regarde le commerce des marchandises de France et des pays étrangers (París, 1675).

A medio camino entre los siglos XVII y XVIII, el más renombrado fue el holandés (aunque nacionalizado francés) Matthieu de la Porte, con su obra Le guide des négociants et teneurs de livres livres (París, 1685), un gran éxito que se reeditó en numerosas ocasiones, hasta que su autor terminó reescribiéndola en 1712 con el nuevo título de La science des négociants. Fue un libro de consulta imprescindible que destacó por sus propuestas de centralizar los libros auxiliares en el mayor, su clasificación de las cuentas en tres clases —jefe, “en nature” (bienes disponibles, mercancías e inmovilizados) y corresponsales— y su esfuerzo por luchar contra la habitual costumbre de la época de abrir una cuenta en el mayor a cada acreedor o deudor, propugnando que se abriera tan sólo una única cuenta de deudores diversos y otra de acreedores diversos.

Finalmente, aunque solo sea de forma breve, también merece la pena recordar estos otros nombres propios con una característica común, el realismo de sus ejemplos:

• En Ruán, Michel van Damme publicó en 1606 su Manière la plus industrieuse suptile et briefve qu’on pourra veoir et qui n’a encore esté imprimée à tenir justement et parfaitement livres de casse, de comptes ou de raison.

• En Lyón, tres autores editaron sus obras: en 1627, Claude Boyer escribió su breve método e instrucciones para tenir livres de raison par parties doubles, en laquelle se void la plus grande partie des négoces que faict Lyon en toutes les principales villes de l’Europe. Cuatro años más tarde, se editaba el libro Le stile des marchands pour tenir livres de raison, ou de comptes, par parties doubles, de Matthieu Thomas y, en 1676, salió al mercado Le bilan ou science des contes doubles nécessaire non seulement aux marchands, mais à toutes les gens d’affaires, oeconomes publics et particuliers, et aux personnes qui désirent de se pousser dans les affaires, de Pierre Pourrat.

• Y, en París, destacaron dos libros escritos por Jean André (Traité de comptes par parties doubles,de 1636, y La science des comptes,de 1640); La vraye manière de tenir livres de comptes ou de raison par parties doubles, de François le Gendre (1658), y el Méthode pour bien dresser toutes sortes de comptes à parties doubles, par débit et crédit, et par recette, dépense et reprise, de Claude Irson (1678) —protegido de Colbert—, que recapituló lo que habían escrito los autores franceses, flamencos y españoles que le precedieron.

En sus inicios —pese a lo que pueda parecer por el volumen de autores que escribieron sobre ella—, la implantación de la partida doble en Francia se llevó a cabo de un modo más lento y menos uniforme que en otros países de su entorno, ya que muchos comerciantes prefirieron ignorarla, utilizar otros métodos contables o, simplemente, aplicarla de forma irregular.

2.6. Otros países europeos

Esa misma resistencia a implantar este sistema la encontramos en los países situados al norte del Viejo Continente, especialmente, en las ciudades federadas de la Liga Hanseática, que preferían continuar con sus métodos más rudimentarios. Uno de los grandes divulgadores de la partita doppia italiana en esta zona fue Sebastian Gamersfelder, con su libro Buchhalten durch zwey Bucher nach Italianischer Art und Weise, publicado en alemán, en 1570, en Dánzig (Polonia).

Otros autores destacados del norte de Europa fueron el sueco Henrik Olofsson Hortulanus (en 1646, publicó en Gotemburgo un libro de aritmética, Räkne-book, que también trató la contabilidad), el danés Bartholomeus Pedersen (en 1673, tradujo a autores flamencos) y el escocés Robert Colinson y su Idea rationaria or the Perfect Accomptant, publicado en Edimburgo, en 1683. Recordemos que Escocia fue un reino independiente hasta que firmó el Acta de Unión con Inglaterra, en 1707, para formar el Reino Unido de Gran Bretaña con un parlamento único en Westminster, Londres.

En cuanto a Portugal, veremos sus particularidades cuando alcancemos los últimos años de la Edad Moderna.

3. La partida doble en la España de los siglos XVI y XVII

Al otro lado de la Raya —como se denomina coloquialmente a la frontera hispano-portuguesa (el límite más antiguo del mundo, si tenemos en cuenta que ha permanecido prácticamente inalterado desde que los dos países trazaron sus confines en el Tratado de Badajoz de 1267)—, España debió de ser uno de los primeros Estados que adoptó este nuevo sistema contable en el Viejo Continente.

Ya en la Real Pragmática de Cigales (Valladolid), de 1549, se estableció “que de aquí en adelante todos los bancos y cambios públicos tengan cuenta de caja”. El método del “debe y ha de haber” fue impuesto por el emperador Carlos I en otra Pragmática (Madrid, 1552), cuando reguló que “... mandamos que de aquí adelante los cambios tengan cuenta con el dinero que reciban por debe y ha de haber, y sean obligados de asentar en sus libros la moneda que reciben”.

Poco después, la “Nueva recopilación” de 1567 —el cuerpo normativo que, en tiempo de los Austrias mayores (Carlos I y Felipe II), vino a depurar los defectos del “Ordenamiento de Montalvo”— ordenó a los hombres de negocios llevar sus libros por este orden.

En los primeros tiempos de la contabilidad española podemos mencionar las obras de autores como el jurista Diego del Castillo y su Tratado de Cuentas, en el qual se contiene qué cosa es cuenta y a quién y cómo han de dar cuenta los tutores y administradores de bienes bienes (un libro mucho más jurídico que contable, publicado en Burgos en 1522), la Suma de aritmetica pratica y de todas mercaderias con la horden de contadores (Valladolid, 1546), de Gaspar de Texeda, o las traducciones del alemán Valentin Mennher, que mencionamos anteriormente, realizadas por el matemático gerundense Antich Rocha.

Sin embargo, fue un maestro de escuela, Bartolomé Salvador de Solórzano —nacido en Medina de Rioseco (Valladolid), aunque afincado en Sevilla como factor (apoderado) de un rico mercader—, quien publicó en Madrid, en 1590, el primer texto en español sobre la partida doble, dedicándoselo al rey Felipe II.

Se trata del Libro de Caxa y Manual de Cuentas de Mercaderes y Otras personas, donde el autor expresó la importancia de la contabilidad “para governar el mundo” y su predilección por este sistema contable al que consideraba el método más perfecto; una opinión en la que influyó su estancia en Italia, donde fue alumno de Angelo Pietra —al que nos referimos en el apartado anterior como autor de un libro sobre la contabilidad mercantil, bancaria y patrimonial, que también contenía casos prácticos—. De ahí que Solórzano —a diferencia de Pacioli, más teórico— incluyera un anexo en el capítulo 30 de su libro con un completísimo supuesto contable en el que una persona tenía que reflejar en su diario (o manual) y en el libro de caja (o mayor), con su Índice, cómo disponer de 30.000 ducados de capital invertidos en diversos negocios en Castilla, Flandes, Italia y las Indias.

El autor castellano también incluyó una breve referencia al origen de la partida doble, indicando que este sistema lo usaban “tanto naturales (españoles) como extranjeros” y que se desconocía quién lo había inventado, pero que eran muchos los que fueron perfeccionando el método con el tiempo.

Al hablar de los “vocablos que se usan entre hombres de negocios”, Solórzano escribió que las palabras “(...) deve y debito, son tan antiguas y usadas entre todo genero de gentes, que no es menester gastar mucho tiempo en declararlo, pues no ay hombre que no entienda que dezir deve o debito, es deuda que se debe” y, en cuanto a las partidas, dijo que “(...) tienen este nombre; porque si uno se hiziesse deudor de tantos maravedis, que lo montaron tantas mercaderias, que se entregaron a tal precio, a pagar a tal plazo de que hizo escritura tal dia: la qual passo ante tal escribano, y al cabo desta razon sacasse la suma, esta tal se llama partida. Y si después en aquella misma cuenta se ofrece escrivir otra partida en que diga, El dicho debe tantos maravedis por tantas varas de terciopelo que le vendi y entregue a tal precio de que hizo obligación en tal dia ante tal escribano a pagar a tal plazo, y le saca luego la suma: esta tal seria otra partida, y a ambas se les podria dar nombre de partidas, y el mismo nombre se les podria dar a otras muchas o pocas partidas, que estuviessen escritas: por lo qual se entendera con facilidad que es partida y partidas”.

Gracias al estudio del riosecano, Felipe II terminó implantando este sistema en su Contaduría Mayor de Hacienda, en 1592. Lamentablemente, salvo el tratado de Solórzano, puede decirse que durante los siglos XVI y XVII españoles transcurrieron doscientos años de verdadera “sequía” en la bibliografía contable.

Tras la muerte de aquel monarca, el trono de Madrid fue ocupado por los Austrias menores, que sumieron al país en una situación de decadencia y estancamiento de la que sólo empezó a recuperarse con el cambio dinástico de 1700, la llegada de los Borbones y una indudable influencia francesa en la Corte de Felipe V. Hasta ese momento, la literatura contable española se ciñó a cuatro autores, y dos de ellos fueron, de nuevo, más juristas que contables:

• El primero fue un tratado de contabilidad escrito en latín y publicado en Medina del Campo (Valladolid), en 1603, titulado De ratiociniis administratorum et aliis variis computationibus tractatus, por Francisco Muñoz de Escobar, miembro de la Chancillería vallisoletana (un cargo muy importante en aquel tiempo, porque este tribunal administraba justicia sobre “todos los hombres de las tierras al norte del Tajo”; la otra Chancillería se había establecido en Granada, en 1505, con jurisdicción desde la orilla de ese río “á la parte de Andalucía”). Su tractatus incluyó un capítulo sobre los libros de contabilidad, la presentación de cuentas y su rendición.

• Juan de Hevia Bolaños fue un prestigioso jurista asturiano que desarrolló su obra en Iberoamérica durante las primeras décadas del siglo XVII, primero en Quito y después en Lima. Curia Philipicase publicó en la capital peruana en 1603 y, hasta el siglo XIX, se consideraba un libro de texto básico en cualquier universidad. La obra estaba formada por dos volúmenes: el contenido del primero se dividía en cinco partes, en las que “se trata de los juicios civiles y criminales, eclesiásticos y seculares, y de lo que sobre ellos está dispuesto por Derecho, y resoluciones de Doctores, útil para los Profesores de ambos Derechos y Fueros, Jueces, Abogados, Escribanos, Procuradores y otras Personas”. En el segundo tomo, distribuido en tres libros, “se trata de la Mercancía y Contratación de Tierra y Mar, útil y provechoso para Mercaderes, Negociadores, Navegantes y sus Consulados, Ministros de los Juicios y Profesores de Jurisprudencia”. Siguiendo esa línea jurídica, en 1617, publicó en Lima su Laberinto de comercio terrestre y naval, al que se considera el primer manual de derecho mercantil español. Su mayor trascendencia, en nuestro ámbito, fue que recopiló la regulación de los libros contables.

• Gabriel de Salavert defendió las ventajas de la partida doble frente al método del pliego horadado “que padece muchos defectos”, como manifestó en su Memorial, a comienzos del siglo XVII, donde mencionó que las Cortes de Monzón, celebradas en 1564, pidieron al Reino de Valencia que llevase los libros de cuentas per estil mercantivol, es decir, por partida doble.

• El último autor español de esta época fue el sefardí Jacob de Metz, autor de Sendero mercantil, publicado en Ámsterdam, en 1697, en forma de diálogo. Un curioso estilo, muy habitual en aquel tiempo, con el que el autor se autoformulaba “240 preguntas fundamentales con sus respuestas, para saber destingir entre deve a hade aver, y absolvar en algunas occasiones las Dudas, que se podran offrescer en asentar las partidas en el manuel para de ahi ser transportado, al libro grande de Caxa: hecho per industria y despeza”, tal y como expresó en el subtítulo de su libro.

4. El siglo XVIII

Si para la ciencia contable vimos que la Edad Moderna se inició con la publicación del tratado de Fray Luca Pacioli en 1494, este periodo de nuestra historia concluye en 1789. No porque entonces se publicara ningún otro libro imprescindible sobre nuestro arte, sino porque la Revolución Francesa puso fin a los gobiernos absolutistas del Antiguo Régimen, dando paso a la Edad Contemporánea y a un mundo que —simplemente— no volvió a ser el mismo de antes. Aquel movimiento fue el prototipo de los grandes cambios que vendrían a conmocionar el mundo durante el XIX, bajo la proclama de libertad, igualdad y fraternidad.

Hasta entonces, la historia de nuestra partida doble transcurrió entre numerosas obras, autores y momentos que debemos destacar en la última centuria de la Edad Moderna:

4.1. Francia

Si algún país ocupó un lugar destacado durante el siglo XVIII, ese honor le corresponde —indudablemente— a Francia. Más allá de la brillante aportación de los enciclopedistas (como Diderot, D´Alembert, Voltaire o Rousseau), el Siglo de las Luces también brilló con intensidad en nuestro ámbito, coincidiendo con la invención de las primeras “sumadoras mecánicas” de dígitos unidos por un sistema de engranajes, la realización de los primeros inventarios y el nacimiento de conceptos como la “razón social”.

Influidos aún por la obra de Matthieu de la Porte —que alcanzó en este momento su mayor difusión— los nombres propios de esta época fueron:

• El matemático Bertrand-François Barrême, quien centró sus aportaciones en la aplicación del método de la partida doble en la contabilidad pública, distinguiendo entre cuentas generales y particulares, en su Traité des parties doubles ou méthode aisée pour apprendre à tenir en parties doubles les livres du commerce et des finances (Paris, 1721).

• Jean-Baptiste Larue, un comerciante bayonés que se trasladó a vivir a Lyón, donde —pensando en cómo explicar el negocio a sus propios hijos— escribió una serie de instrucciones para los “jeunes negociants” que acabó publicando en 1745. Trece años más tarde, añadió un segundo tomo a su obra dedicado a “tenir en Parties Doubles les livres des Marchands et des Banquiers”.

• En Holanda, la familia de comerciantes franceses Picard —padre (Samuel) e hijo (Jean-Pierre)— publicó en Ámsterdam dos tratados homónimos: L´art de bien tenir les livres de compte en parties doubles à l’Italienne (de 1709 y 1724, respectivamente), donde el hijo depuró la obra de su progenitor, incluyendo instrucciones. Por su parte, Samuel Picard fue también el autor del Traité Générale du Commerce,cuya cuarta edición (Ámsterdam, 1721) sí que incluyó un capítulo específico dedicado a la contabilidad, escrito por Henri Desaguliers, un contable que ese mismo año publicó su Nouvelle instruction abrégeé sur les livres en parties doubles ou a l´italienne.

• El político Edmond Degranges retomó la idea de Barrême de establecer dos grandes cuentas y publicó en 1795 su elocuente La tenue des livres rendue facile. Allí clasificó las cuentas generales e inventó el diario-mayor, con ocho columnas, simplificando el sistema para que fuese más fácil de aprender. Fue el creador de la escuela que en Italia llamarían de los I cinquecontisti, por las cinco cuentas generales del comerciante: mercancías, caja, efectos a cobrar, efectos a pagar y pérdidas y ganancias.

• Así mismo, aportaron su particular “grano de arena” a la historia contable: Pierre Bernard d’Henouville (Le guide des comptables ou l’art de rédiger soi-même toutes sortes de comptes, suivant l’hypothèse de la recette, de la dépense et de la reprise, París, 1709), Pierre Giraudeau (La banque rendue facile, Ginebra, 1741, que desarrolló la idea de que las cuentas generales representan al propietario del negocio), Gaignat de L´Aulnais (Guide du commerce París, 1764, una obra especializada en la contabilidad relacionada con la trata de esclavos) y P. J. Migneret (La science des jeunes négocians et teneurs de livres, París, 1798, un completo curso con instrucciones elementales sobre las operaciones mercantiles).

Luego llegaría la Revolución, la Declaración de los Derechos del Hombre de 1789, las tres constituciones que aprobó la Asamblea, sucesivamente, en 1791, 1793 y 1795; la codificación del Derecho para dar seguridad jurídica al pueblo; la guillotina, el terror, Napoleón... y el mundo entero se transformó.

4.2. España

A pesar de que el método de la partida doble ya se venía empleando desde hacía varios siglos, la normativa española no utilizó expresamente esta denominación —creada en Francia— hasta la publicación de las Ordenanzas de la Universidad y Casa de Contratación de Bilbao, aprobadas en 1737 por Felipe V; buena muestra de la incipiente influencia francesa que ejercía la nueva dinastía borbónica.

El capítulo IX de esas ordenanzas estableció que “Todo Mercader Tratante, y comerciante por mayor, deberá tener, á lo menos, quatro libros de cuentas, es á saber: un Borrador, ó Manual, un Libro mayor, otro para el asiento de cargazones, ó facturas, y un Copiador de cartas, para escribir en ellos las partidas correspondientes, y demás que en cada uno respectivamente se deba, segun, y de la manera que se declarará, y prevendrá en los números siguientes”.

En esos números posteriores, el III indicaba que todas las cuentas se deberían cerrar en el Libro mayor “con los restos ó saldos que resultaren en pro, ó en contra” y, en el VI, que si “algunos Comerciantes quisieran tener más libros por necesitarlos, según la calidad de sus negocios, para mas claridad, y gobierno suyo; (...) lo podrán hacer y practicar, ya sea formandolos en partidas dobles, ó sencillas, lo qual quedará a su arbitrio, y voluntad”.

A partir de entonces, el tradicional “debe y ha de haber” se afrancesó con la nueva denominación de “partida doble” y en 1774 —casi 200 años después de que Solórzano escribiera el primer manual contable español— ese cambio se reflejó en el libro Arte de partida doble, publicado en Cádiz por Luis de Luque y Leyva, quien se enorgulleció —injustamente— de ser el primero de la nación en dar “a la prensa un tratado de esta facultad”.

Este error es una buena muestra de cómo la España del siglo XVIII se olvidó, incomprensiblemente, de que el método del “debe y ha de haber” se remontaba al XVI. La mediocre obra de Leyva representa a todos aquellos que erraron al creer que la partida doble llegó a España con los Borbones; eso explica que, en el preámbulo de Arte, él mismo se calificara como "el primer autor de un tratado en castellano de partida doble", obviando no sólo el excelente Libro de Caxa de Salvador de Solórzano, publicado en 1590, sino las traducciones que Rocha hizo de las obras de Valentin Mennher.

Afortunadamente, el olvidó se corrigió unas décadas más tarde, con el libro Disertación Crítica y Apologética del Arte de llevar Cuenta y Razón, de Sebastián de Jócano y Madaría. El vizcaíno confesó que había publicado su disertación contra la opinión “indecorosa y perjudicial” de Jakob-Friedrich, Barón de Bielfeld “... por haberse decidido á opinar, que no es aceptable á las Cuentas de las Rentas Públicas de un Reyno ó Estado el método de Partidas dobles”. Bielfeld había dicho que la ocupación de los empleados dedicados a la cuenta y razón era “(...) tan obvia y común, que se puede fiar á qualquiera muchacho que aun no ha salido de la escuela de primeras letras: indecorosa al arte mismo, en quanto le quiere excluir del honor de emplearse al servicio del Estado y del Público; y perjuducial en quanto persuade á privar á uno y otro de las ventajas que le puede traer un arte, cuya invención, confiesa el Señor Barón, ser excelente para el Comercio. Yo, pues, me propongo refutar su opinión, manifestándo, lo primero: Qué cosa sea llevar Cuentas, para que se conozca que el Barón de Bielfeld no tenía el menos conocimiento de esta facultad; segundo: Que sea llevar Cuentas en Partidas sencillas y dobles, para que se vea, que el Señor Barón decidió por solo el título; tercero: Que, según sus principios, es no solamente adaptable, sino incomparablemente mas necesario el Arte de Partidas dobles en las Cuentas de una Hacienda ó Erario Público, que en las del Comercio". Gracias a esta réplica, Jócano publicó su Disertación en Madrid, en 1793, y nos legó un verdadero tratado sobre los tres métodos “que pueden distinguirse en el arte de llevar Cuentas: el primero, el que dictó la razón natural sin auxilio del arte; el segundo, el que hoy se llama partida sencilla; el tercer, el que se llama partida doble” y todo un catálogo bibliográfico de autores españoles —como Solórzano o Luque—, italianos —Fr. Lucas—, franceses, flamencos y holandeses, que habían escrito sobre esta materia antes que él. Esta se convirtió en una obra de referencia que destaca por su carácter práctico y la cercanía de su lenguaje: “Por exemplo, yo tengo en mi poder dinero de Pedro, y éste dispone del todo ó parte de ello á favor de Juan, con quien tengo Cuenta corriente, y éste dispone que yo se lo abone en ella”.

Junto al contador vizcaíno, destacó el trabajo desarrollado por Francisco Xavier Machado Fiesco, contador general del Consejo de Indias y auténtico impulsor de que la Real Hacienda de Indias aplicara la partida doble; una cuestión muy debatida en su tiempo, como consecuencia del incremento del comercio transatlántico entre las colonias españolas de ultramar y la metrópoli.

Su manuscrito “Papel de Consideraciones en que se trata el método de Cuenta y Razón que con arreglo a tres leyes del título 7.º, libro 8.º de la Recopilación de las Indias conviene establecer en aquellos dominios” fue presentado en 1780 y aprobado por Carlos III en 1784. Se trataba de una ingente obra, redactada en forma muy clara, en la que Machado trabajó durante cuatro años con el objetivo de enseñar a los oficiales de las cajas reales el arte de la partida doble, al que consideraba “el método común de las demás Naciones”. A pesar de que empezaron a implantarse en los virreinatos de Nueva España (México) y del Perú, las instrucciones de este ilustrado —que tan bien conocía los trabajos de otros autores españoles y franceses— fueron abolidas por el monarca mediante una Real Orden de 25 de octubre de 1787 (ratificada dos años después), que recuperó la aplicación del método de cargo y data, a pesar de sus numerosos errores. Según los expertos, esta decisión pudo adoptarse cuando llegaron las primeras operaciones y —sencillamente— los miembros del Tribunal de Cuentas no fueron capaces de entenderlas, por simple ignorancia o por temor a cualquier innovación.

4.3. Portugal

Cuesta creer que un país volcado en el comercio y la navegación no publicase ningún libro sobre contabilidad por partida doble, en su propia lengua, hasta 1758, cuando se editó en Lisboa Mercador exacto nos seus livros de contas de João Baptista Bonavie. Máxime cuando en otros ámbitos —como las matemáticas— sí que existían trabajos desde el siglo XVI. Una de las hipótesis que se baraja es que el terremoto que asoló la capital portuguesa en 1755 —y cuyos efectos se pudieron sentir en toda la Península Ibérica— destruyó el patrimonio conservado en los archivos y bibliotecas que se derrumbaron con el sismo y, con el paso del tiempo, su rastro —simplemente— acabó perdiéndose en el olvido. Confiemos en que muy pronto se encuentre alguno de aquellos documentos.

Sí que es cierto que existe un antecedente de 1706, cuando un judío lisboeta llamado Gabriel de Souza Brito publicó en Ámsterdam el libro “Norte mercantil y crisol de cuentas”, pero el autor lo escribió en castellano, no en portugués; de ahí que Bonavie siga siendo —por el momento— el primer autor en la lengua de Camoens.

En plena “época pombalina” —por el Marqués de Pombal, ministro de asuntos exteriores y verdadero dinamizador de la contabilidad y el comercio portugueses, que alcanzaron sus momentos de mayor apogeo— se editaron un tratado anónimo sobre las “partidas dobradas”, en Turín (1764); el Arte de escritura dobrada para instruçao, de João Henrique de Sousa y Arte sobre partidas dobradas,de su alumno José Feliz Venâncio Coutinho (ambos publicados en 1765), en el que se puede leer que este era “O methodo que segue a mayor parte dos negociantes da Europa na arrumação dos seus livros de contas, foi inventada pelos Italianos, dos quaes he chamado scritura doppia, ou escritura dobrada”.

Aunque Coutinho nació en Río de Janeiro, desarrolló su vida profesional en Lisboa y fue allí donde publicó aquella obra; por ese motivo, se considera que el primer libro brasileño sobre contabilidad fue Erário régio de Sua Majestade Fidelíssima (1768), de Francisco António Rebelo, donde el escribano analizó los tributos y las cuentas de Minas Gerais. Recordemos que Brasil, como el resto de Iberoamérica, alcanzó su independencia entrado el siglo XIX.

La Edad Moderna concluyó —en lengua portuguesa— con el Novo tratado sobre os livros de contas en partidas dobradas de José Joaquim da Silva Perez (Lisboa, 1794), traducción de la influyente Le guide des négociants et teneurs de livres (París, 1685) de Matthieu de la Porte.

4.4. Gran Bretaña

Los manuales británicos desarrollaron en este siglo todas las características del anterior: continuaron con su marcado carácter docente, se incorporaron más casos prácticos, aumentó el número de ejemplos y los poemas con los que se versificaban las reglas se fueron abreviando y simplificando para que resultaran más fáciles de memorizar.

Los autores más destacados fueron:

• Edward Hatton: The Merchant´s magazine: or, Trades-Man’s Treasury(1701, aunque se venía publicando desde 1695), y Charles Snell: Rules for Book-keeping, According to the Italian Manner (1701), Accompts for Landed-Men or a plain and easie form which they may observe in keeping accompts of their estates (1711) y The Merchants Counting-House (1718), publicados todos en Londres.

• El subtítulo de An essay on book-keeping, according to the true Italian method of debtor and creditor, by double entry (1721), de William Webster, no puede ser más elocuente sobre el fin que perseguía el libro: “La teoría de esta excelente técnica se establece claramente con algunas reglas, y la práctica se pone de manifiesto con una variedad de ejemplos inteligibles, evidentes y sencillos”.

• En 1730, el contable John Bland escribió un manual titulado An Essay in Writing Exemplified, donde se refirió a la necesidad de que los alumnos que quisieran lograr el éxito en el ámbito comercial y contable debían estudiar en academias. Su visión de futuro fue todo un éxito y su idea, secundada por otros autores. Por ejemplo, John Seally fundó un centro en Bridgewater Square (Londres), en 1767, para que sus alumnos pudieran adquirir los conocimientos necesarios sobre el "método italiano". Tres años más tarde publicó su propio libro, The accountant’s companion.De igual forma, otros contables acabaron abriendo sus academias y -con el tiempo- editando sus manuales para impartir las clases, como George Donn, Charles Hutton o Martin Clare. El profesor Thomas Dilworth, por ejemplo, fue autor de un compendio específico para los jóvenes contables que empezaban a ejercer esta profesión, The young book-keeper’s assistant(Londres, 1765), que alcanzó un notable éxito, llegando a las siete ediciones en pocos años. Hustcraft Stephens, por su parte, publicó su didáctico Italian Book-Keeping Reduced into an Art (1745).

• Como curiosidad, un conocido escritor y espía también dio sus primeros pasos en la contabilidad, dedicando el capítulo XX de The Complete English Tradesman (1725) a la teneduría de libros. Fue Daniel Defoe, creador del famoso personaje Robinson Crusoe.

• Por último, conviene citar a Malachy Postlethwayt, Roger North y Alexander Malcolm, este último autor de A Treatise of Book-Keeping, or, Merchants Accounts; in the Italian Method of Debtor and Creditor (1731), donde incidió, quizá con excesiva ingenuidad, en el habitual estilo del diálogo —mediante preguntas y respuestas— para resolver cada supuesto que se pudiera plantear. En cuanto a Escocia, su mejor representante fue John Mair, con su obra Book-keeping methodiz’d, publicada en 1736.

4.5. Italia

Pietro Paolo Scali retomó las ideas de De la Porte basadas en sus famosas tríadas (tres clases de cuentas en el libro mayor que podían negociarse de tres formas —compra, venta o trueque— y concluir también de tres formas: beneficios, pérdidas o ninguna de estas) y publicó Trattato del modo di tenere la scrittura dei mercanti a partite dopie (Livorno, 1755), sin embargo, el resultado no estuvo a la altura del original escrito por aquel autor franco-holandés.

Otra obra destacable fue Trattato teorico practico della vera scrrittura doppia (Pavía, 1790) de Giusseppe Forni. Poco tiempo después, ya entrado el XIX, se produciría un espectacular renacimiento de este país en el ámbito de la teoría contable, con la aparición de las escuelas lombarda, toscana y veneciana.

Al otro lado del Atlántico, la Declaración de Derechos del Buen Pueblo de Virginia, de 1776 —que sirvió de modelo a las otras ex colonias británicas, a la federal de EE.UU. de 1791 y a la de Francia de 1789—; la posterior declaración de independencia de los Estados Unidos, el 4 de julio de 1776 y la redacción de la Constitución de 1787 —la primera del mundo que se escribió como Ley Fundamental de un país— fueron el antecedente inmediato de los acontecimientos que tuvieron lugar en París con la toma de La Bastilla y el estallido de la Revolución Francesa.

El ser humano daba comienzo a su Edad Contemporánea.

En aquellos últimos años de la modernidad, dos autores llegaron a publicar en Filadelfia los primeros manuales estadounidenses sobre temas contables: Charles Hutton (A Course of Book-Keeping, According to the Method of Single Entry: with a Description of the Books, and Directions for Using Them; very useful either for young book-keepers entering into business, or for teachers in their schools , 1788) y William Mitchell (A New and Complete System of Bookkeeping by an Improved Method of Double Entry, 1796). Después, el siglo XIX nos traería nuevas formas de estudiar y analizar la “cuenta y razón” que, hacia 1830, pasaría a llamarse “contabilidad” por influencia francesa; un nuevo galicismo que se incorporó a nuestras vidas como ya ocurriera con el castizo “debe y ha de haber”, afrancesado como “partida doble”. La contabilidad fue evolucionando y surgieron nuevos debates, teorías y escuelas, pero eso —estimado lector— ya es otra historia.

Conclusiones

Aunque existen dos grandes antecedentes que no debemos olvidar (uno, que a finales del siglo XIII, el “debe y ha de haber” ya era el sistema contable que se utilizaba en la Toscana, Italia, para registrar las operaciones de forma que cada partida asentada en el debe tuviera su propia contrapartida en el haber; y, dos, que en 1458, un fraile de Ragusa, Benedetto Cotrugli, escribió cuatro páginas sobre la partida doble), no hay duda de que fue la publicación del tratado De Computis et Scripturis de Fray Luca Pacioli en Venecia, en 1494, el punto de partida de un proceso de divulgación del llamado método veneciano, que —durante la Edad Moderna— se extendió por toda Europa.

Siguiendo al “maestro” Pacioli, en un primer momento destacó la labor divulgativa de otros autores italianos, como Tagliente, Manzoni, Casanova, Moschetti, Cardano, Pietra, Flori, Peri o Ventura; pero el declive comercial de sus ciudades trasladó el epicentro comercial europeo del Mediterráneo a los Países Bajos, donde los contables flamencos (Stevin, Buingha, de Graaf o van Gezel) lograron generalizar el uso de la partida doble también entre los alemanes e ingleses, gracias a la gran acogida que tuvo en estos países la obra póstuma de Ympyn.

Posteriormente, Inglaterra tomó el relevo comercial de Holanda, basando su éxito, en gran medida, en la multitud de contables que desarrollaron sus propias reglas de ayuda para los comerciantes, a los que explicaban —con sencillos versos y rimas— todas las operaciones con las que se podía encontrar un tenedor de libros.

Ajena a todo ese proceso, la implantación de la partida doble en Francia se llevó a cabo de un modo más lento y menos uniforme que en otros países de su entorno, porque muchos comerciantes prefirieron ignorarla, utilizar otros métodos contables o, simplemente, aplicarla de forma irregular. Circunstancias que también se dieron en los países situados al norte del Viejo Continente.

En cuanto a España, fue Bartolomé Salvador de Solórzano quien publicó en Madrid (1590) el primer texto en español sobre la partida doble: el Libro de caxa y manual de cuentas de mercaderes y otras personas. Gracias a su estudio, Felipe II terminó implantando este sistema en suContaduría Mayor de Hacienda, en 1592. Lamentablemente, a su tratado le siguieron casi doscientos años de verdadera “sequía” en la bibliografía contable, hasta que Luque y Leyva se enorgulleció —injustamente— de ser el primero de la Nación en dar “a la prensa un tratado de esta facultad” en 1774.

Antes de finalizar la Edad Moderna, el siglo de las luces fue también el de los contables franceses (Barrême, Larue, los Picard, etc.), influidos por la obra de otro autor clásico: Matthieu de la Porte. El estallido revolucionario de las calles de París marcó el punto de inflexión para que el mundo no volviera a ser el mismo. Se puso fin a casi trescientos años inolvidables para la implantación de nuestro método contable y, en 1789, comenzó la Edad Contemporánea.

Bibliografía

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(1) En el siglo XV, el mapa europeo estaba formado —básicamente— por la Unión de Kalmar (territorio de las actuales Islandia, Noruega, Suecia, Escania, Holstein, Dinamarca y Finlandia), el Sacro Imperio Romano Germánico (Alemania, Países Bajos, Bélgica, Suiza, Austria y Chequia), el Imperio Otómano (Balcanes y Turquía), Moscovia (Rusia), Inglaterra, Francia, España (Castilla y León y Aragón), Navarra, Portugal, Escocia y una Italia fragmentada en pequeños reinos y repúblicas.