Las reformas laborales sin consenso han sido efímeras

Revista N° 157 Ene.-Feb. 2010

Entrevista realizada a José Bouzas por Javier N. Rojas 

Especial para la REVISTA ACTUALIDAD LABORAL 

En aquellos países latinoamericanos en los que se han adelantado reformas laborales encaminadas a mejorar la productividad de los trabajadores sin consultarlos, los cambios no han dado frutos duraderos, advierte José Bouzas, abogado laboralista mexicano, catedrático e investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Actualidad Laboral conversó con Bouzas sobre los temas más importantes del derecho laboral latinoamericano.

ACTUALIDAD LABORAL: ¿Cuáles son los principales obstáculos en Latinoamérica que impiden el reconocimiento pleno de los derechos laborales?

José Bouzas: El gran tema es el de la flexibilidad. Prácticamente, en todos los países latinoamericanos hemos venido discutiendo sobre este tópico, pero yéndonos a un lado o al extremo contrario, sin encontrar un verdadero punto en donde el trabajo se mantenga dentro de parámetros de dignidad. El concepto de flexibilidad se ha distorsionado, de tal manera que, en realidad, debemos hablar de degradación del trabajo. Y ahí está el quid del asunto: ¿Por dónde aparece la solución? Creo que está mediada fundamentalmente por la capacidad que tengamos de reivindicar a los sindicatos como actores sociales.

A. L.: ¿Qué papel tienen los sindicatos en este proceso?

J. B.: Nuestra situación no es la misma en toda Latinoamérica. En el caso de México y Colombia, tenemos muchos puntos comunes y, a la vez, diferentes, por ejemplo, en comparación con el caso argentino, el chileno o el uruguayo. Las organizaciones sindicales tienen que transformarse sin perder su esencia. Esa transformación, en el caso de México, tiene que ver con que dejen de ser sindicatos corporativos. En México, estos forman parte implícita y explícita, consciente o inconscientemente del aparato de Estado, no de gobierno, y esto es consecuencia del esquema gobernativo que surge en 1931 con la primera ley federal del trabajo. De acuerdo con esta norma, la existencia de los sindicatos quedó sujeta al requisito de reconocimiento por parte del aparato de gobierno. Y eso ha generado todo un esquema perverso, en donde los trabajadores han perdido sus organizaciones y los líderes sindicales se han apropiado de las mismas.

A. L.: ¿Cómo ve la región en cuanto a la reivindicación de los sindicatos como interlocutores para mejorar la aplicación del derecho laboral?

J. B.: Podemos dividir en dos a los países latinoamericanos: los que han adelantado reformas laborales y aquellos que no las hemos hecho. El tema sigue siendo común. Para que las reformas laborales sean aquellas que resuelven el problema de la reconversión empresarial, las que responden al escenario global tienen que ser tomadas en consenso. En donde se han hecho sin consenso social, la vida de las reformas ha sido efímera. Y, para que sean de mutuo acuerdo, es necesario que tengan auténticos interlocutores y, precisamente, estos son los sindicatos.

A. L.: ¿Es imprescindible que se revitalicen los sindicatos en Latinoamérica para dar pleno cumplimento al derecho de sindicalización y de negociación colectiva?

J. B.: Por supuesto que sí. Pero también diría que se reformulen en muchos aspectos. Por ejemplo, en el tema de productividad. Hoy, más que nunca, los sindicatos tienen que voltear a ver hacia esta, involucrarse en el proceso productivo: en qué se hace, cómo y por qué se hace. Y, por supuesto, también ver cómo se distribuyen los saldos del proceso productivo. A partir de eso, podemos hablar de flexibilidad, pero de una flexibilidad concertada, en donde los trabajadores sepan que lo que ceden tienen que hacerlo o, de lo contrario, se cierra la empresa. Y para eso tienen que estar involucrados.

A. L.: ¿A qué obedece esa falta de conciencia de los sindicatos?

J. B.: Me cuesta trabajo hablar del caso colombiano, pero hay varios elementos comunes. El más importante, insisto, la desvinculación de los trabajadores de sus organizaciones sindicales. Segundo, el empresariado todavía es reticente a sentarse a discutir abiertamente qué está haciendo y, por lo tanto, en el caso de México, prefiere simular contratar al margen de los trabajadores y supone que ellos van a responder bien. Y ese no es un esquema que nos permita crecer en las relaciones laborales del futuro. Los temas son muy delicados, no son fáciles de solucionar.

A. L.: ¿El sindicalismo está anquilosado?

J. B.: Estamos entrando en un nuevo escenario, uno muy distinto dentro de un esquema igual. El sistema, en sus factores estructurales, no cambia. Antes estábamos en un derecho laboral para un sistema de producción capitalista. Hoy seguimos en un derecho laboral para un modelo de producción capitalista, pero con una serie de cambios muy significativos. La globalización nos tiene que hacer pensar. Si en el pasado las soluciones regionales o nacionales, incluso locales, eran factibles y los contratos colectivos, por ejemplo, se firmaban por empresa, hoy ya no es posible. Tenemos que hablar de sectores y de industrias y tratarlas como grandes contrataciones de áreas de la economía.

A. L.: ¿En ese contexto, cobra mayor importancia el sindicato de industria que el de empresa?

J. B.: Tiene más perspectivas el de industria. Es difícil decir que se liquida o desaparece el sindicato de empresa. Pero los convenios por rama de actividad económica son fundamentales. Sería, por ejemplo, la única forma como podríamos atender las necesidades transnacionales. En una empresa pequeña no hay condiciones para que se estudie el mercado internacional ni la producción mundial.

A. L.: ¿El conflicto laboral no es solo entre trabajadores y empresa, sino que rebasa las fronteras del país de ambos?

J. B.: Sí, sin dejar de ser un conflicto de clase o entre los dueños de los medios de producción y los trabajadores.

A. L.:¿Pero ahora ambos están sometidos a la competencia con actores económicos internacionales?

J. B.: Están en un escenario internacional. Todos estamos sometidos a esa competencia y ni siquiera nos damos cuenta de las consecuencias.

A. L.:¿Ha pesado más la influencia de China con sus bajos salarios y precios en esa fuerte competencia económica mundial que el mismo Consenso de Washington?

J. B.: Más que el Consenso de Washington y las directrices del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional han pesado las realidades. El caso de China es significativo de una realidad: una competencia entre trabajadores que ni siquiera se percatan de que están en tal situación. Conozco esa circunstancia con precisión, porque los chinos nos quitaron la maquila del norte de México. De un día a otro, siendo una de las variables con las que el país empezaba a repuntar en la década de los noventa, se levantó la maquila en la parte norte del país y se fue a China. Eso implicó la pérdida de empleo muy importante en un país donde la tasa de desempleo es altísima, arriba del 50% de la población económicamente activa. Y ¿por qué no podemos hacer nada? Porque no le podemos pedir a México y a sus trabajadores que sean competitivos con un salario de 50 centavos de dólar que se cobra en China. Entonces, ese mercado ya lo perdimos. Hay que evitar este dumping (competir con salarios bajos).

A. L.: ¿Eso implica lograr mayor productividad de la mano de obra?

J. B.: Pero no la mayor degradación de las condiciones de trabajo.

A. L.: ¿Cómo fijar límites al respecto?

J. B.: Si se globalizan la economía y el comercio, la globalización de los sindicatos, de las leyes laborales y de las relaciones laborales es lo único que puede abrirnos un escenario más positivo para quienes viven de su trabajo.

A. L.: ¿Se está caminando hacia esa globalización del derecho internacional del trabajo?

J. B.: Creo que sí. La cláusula social en los principales tratados internacionales de comercio es un paso significativo. Y, como este, hay otros que se vienen dando que comprometen a las empresas a cumplir las leyes laborales en su país de origen y en el de destino de sus exportaciones.

A. L.: ¿En el avance hacia la globalización está presente el principio del trabajo decente de la OIT?

J. B.: La OIT lo recoge, decimos nosotros, ‘después de que el niño se cayó a la bañera y se ahogó’. Ante el gran desempleo que atentaba en contra de la humanidad, la OIT modificó, en 1995, sus principios y planteó como el centro de su formulación la búsqueda de trabajo a toda costa. Incluso, en su documento fundamental dice que la pandemia del mundo es el desempleo, por lo tanto, la obligación era encontrar trabajo en donde se pudiera. Después de esta formulación, viene el despegue del sector informal de la economía, las contrataciones atípicas, el outsourcing y, a principios de esta década, la OIT replantea su formulación incorporando el concepto de trabajo decente. Es decir que, a partir de lo que había dicho todo el mundo, interpretó libremente a tal punto que la OIT tiene que recular y decir: ‘un momento, hablemos de trabajo decente’. Y ese filtro del trabajo decente no pasa por el sector informal, no pasa por la tercerización. Habría que ver otros espacios en donde a lo mejor no pasa. No lo afirmo, pero habría que llevar a juicio al cooperativismo a ver si pasa el filtro del trabajo decente.

A. L.: ¿Cree que las cooperativas de trabajo asociado en Colombia no acatan el concepto de trabajo decente?

J. B.: No sé si pasa ese filtro. En el caso de México, figuras paralelas como la tercerización no cumplen con el trabajo decente, porque no hay garantías de las seguridades básicas del derecho del trabajo. La tercerización se ha convertido en una forma de evadir la responsabilidad laboral. Con esto no quiero decir que no sea un esquema necesario. Pero, para el caso de México, tiene que haber responsabilidad compartida entre quien opera la tercerización y el beneficiario final. Es un esquema al que se ha recurrido para evadir la responsabilidad de este. Entonces, se trata de una forma de fraude laboral.

A. L.: ¿Existen experiencias positivas con la subcontratación de un tercero para que realice ciertas actividades en una empresa?

J. B.: Hay países en donde esa figura sí pasa el examen. La tercerización en Alemania, en Dinamarca, en Francia es otra cosa. No se abusa del esquema, sino que responde a las necesidades de la actualidad. Es cierto que un empresario no tiene por qué ser experto en todo. La especialización de la empresa resulta necesaria para ser más rentable, más productiva. Y eso justifica la presencia de la tercerización. Cuando, por ejemplo, todas las empresas tradicionales de 50 o más años de México se quedan, de un día para otro sin trabajadores o con tres o cinco empleados de planta y los demás son externos, podríamos hablar de un fraude. ¿Qué hizo? Simplemente, despedir a la gente en manos de un tercero para dejar limpia de responsabilidades laborales a la beneficiaria final.

A. L.: ¿Cómo promover la formalización del trabajo en aquellos países donde ha tomado fuerza la subcontratación de trabajadores?

J. B.: Por el lado de los sindicatos, oposición a la simulación de contratos de trabajo. Se requiere el rescate, la reivindicación de todo lo que han venido cediendo bajo esquemas como empleo privado, empleo de confianza, libre empleo, en fin, una serie de figuras. Hay que revisar eso, reformular el carácter que se les ha aceptado de vínculo laboral. Y se requiere la garantía por parte del Gobierno de no permitir la simulación.