Las relaciones entre la cultura, en sentido antropológico, y la contabilidad

Revista Nº 9 Ene.-Mar. 2002

Belén Senés García 

Doctora en Ciencias Económicas y Empresariales.  

Profesora del Departamento de Economía Financiera 

y Contabilidad de la Universidad de Granada, España 

1. Introducción

La investigación contable viene utilizando, en las últimas décadas y como expondremos, la palabra cultura asociada a la contabilidad. Tenemos que admitir que “la contabilidad como cultura” es un enunciado llamativo, una idea sugerente, muy sugerente. Tanto sugiere que justamente ahí radica uno de los puntos a dilucidar cuando se pretende precisar el contenido de dicho título. Ante esta situación, creemos conveniente ir por partes, esto es, primero a la contabilidad y luego a la cultura o viceversa y después ligar ambos conceptos.

Bien es cierto que, respecto al concepto de contabilidad, cuando nos dirigimos a un lector conocedor sobre el tema, la tarea de precisar su definición, parece baldía. No obstante, en atención al objetivo del trabajo habremos de precisar su consideración “cultural”.

Por su parte, el concepto de cultura es objetivamente confuso, lo que favorece el incremento del prestigio de esta idea. Rodeada de confusión, la idea de cultura resulta oscura aun cuando se apela a ella asiduamente porque se ha convertido en un mito. Se oyen a menudo expresiones como: las diferencias culturales, los valores culturales, la cultura organizativa, los factores culturales, el entorno cultural, el núcleo de valores de la cultura, la esencia cultural, etc., que dan muestra de ello.

La investigación contable no escapa al influjo de esta prestigiosa idea. En el penúltimo congreso de la “International Association for Accounting Education and Research” las aportaciones al epígrafe titulado “Cultural influences on accounting” suman un número igual a las de “Auditing”, por ejemplo. Se organizan Workshops específicamente para el tema “Accounting and culture” e incluso se defienden tesis doctorales con títulos como “La contabilidad como fenómeno cultural de nuestro tiempo”.

El presente artículo trata de situarse ante la idea de cultura analizan-do brevemente sus componentes. A continuación, con esos materiales, entra en el campo contable al que supone conocido, resalta las características del fenómeno contable de manera que éste quede descrito como una manifestación cultural y así puede que, en el mejor de los casos, el lector tenga la base sobre la cual construya la idea de la contabilidad como cultura. Después expone los instrumentos metodológicos con los que hay que operar en este tipo de investigación y termina destacando el tratamiento globalizador que ello supone.

2. La cultura en su significado antropológico

La palabra cultura viene del latín culturam. En general significa cultivo, en especial, cultivo de las facultades humanas. De designar algo tan fundamental para la sociedad romana como la agricultura, la palabra cultura fue evolucionando semánticamente hacia concepciones más vulgares, que también hoy entendemos bajo ese vocablo: ocupaciones del tiempo de ocio, secciones de cultura en los periódicos, ministerios de cultura, etc.

Para conocer el significado de un término, aparte de buscar la etimología, se suele recurrir al diccionario. El Diccionario de la Lengua Española, vigésima primera edición (1992) recoge en su 4ª acepción de cultura:

“Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grados de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época o grupo social, etc.”.

Definida así, esta acepción se deriva de otra de Edward Tylor, autor irremediablemente citado al buscar el origen de las acepciones de cultura que manejamos en la actualidad (Tylor, 1871, p. 31)(1):

“La cultura... es ese todo complejo que incluye el conocimiento, creencias, arte, moral, ley, costumbres, y cualquier otra habilidad o hábito adquirido por el hombre como miembro de la sociedad”.

No se podría decir con mayor simplicidad, de manera que intuitivamente se comprenda lo que es cultura: “ese todo complejo”.

Tylor, a la cabeza de los antropólogos, constató la unidad del concepto de cultura. En esencia se trata de algo aprendido, compartido por los miembros de un grupo y que está en la base del tipo de vida de los hombres.

Otra definición de la línea antropológica, esta vez de un autor contemporáneo, aunque ya clásico, es la de Marvin Harris (1994, p. 629):

“La cultura humana se refiere al estilo de vida total, socialmente adquirido, de un grupo de personas, que incluye los modos pautados y recurrentes de pensar, sentir y actuar”.

Harris refiere que el término cultura, según los antropólogos, tiene distintas connotaciones. Puede referirse exclusivamente a las “reglas” mentales para actuar y hablar compartidas por los miembros de una determinada sociedad, estimando que estas reglas constituyen una especie de gramática de conducta y considerando a las acciones como fenómenos de índole “social” más que “cultural”. Y también puede tener un significado más inclusivo: el de las ideas de la vida mental de la gente más las actividades que realizan.

Este último significado engloba los aspectos mentales y conductuales de la cultura, componentes que pueden ser situados en diferentes capas (Bueno, 1997, p. 14): la capa subjetual(2) o intrasómica, la capa social o intersómica(3) y la capa material o extrasómica(4).

En cualquier caso, los aspectos conductuales —manifestaciones fácticas o realizaciones sociales—son debidos al espíritu y a la mano del hombre, el cual al hacer y producir, se hace y se produce a sí mismo, en un cambio continuo.

Si ello es así, la raíz de las manifestaciones culturales está en el cerebro, más concretamente en la información que contiene. Pero hay que precisar que ésta podría ser, a su vez, innata o adquirida.

En efecto, el punto de partida de nuestro ser como hombres está en la herencia genética, la cual constituye una información base contenida en los genes; es una información innata. Después, la vida del hombre, al transcurrir junto a la de otros hombres, se encamina por unos cauces que son consecuencia de la interacción social, manifestándose en unos concretos modos de vida, costumbres, conocimientos y grados de desarrollo. Estas formas de vida impregnan el pensamiento del hombre, de manera que constituyen otro tipo de información que se puede llamar mimética (Mosterín, 1993, p. 16) —por diferenciación respecto de la información genética.

La “herencia mimética” se adquiere por aprendizaje social y se manifiesta en los quehaceres del hombre. Esas manifestaciones fácticas junto con las pautas mentales que las originan forman, como ha quedado dicho, el concepto de cultura. Como se desprende de la siguiente definición (Mosterín, 1993, p. 16), la cultura es información, pero no información innata sino adquirida:

“es la información que se transmite entre cerebros, es decir, la información transmitida por aprendizaje social”.

Si se analiza la información en su dualidad social-congénito, cabe hacer un paralelismo entre las unidades de información genética —genes—y unas hipotéticas unidades de información mimética, o memes, entendidos éstos como unidades de información cultural, como ‘trozos de cultura’(5). Ciertamente, éstas serían unidades “postuladas”, abstractas(6).

Este desarrollo procede del paralelismo entre la teoría del plan biológico y la teoría del cambio cultural. Según esto, el cambio, tanto biológico como cultural, es el equivalente de la mayor capacidad adaptativa que van consiguiendo los seres.

La evolución social sería, así, un proceso de diferenciación paulatina de las instituciones sociales (equivalente a la diferenciación genética). En ese camino, la sociedad iría aumentando la habilidad para integrar grandes números de personas dentro de una comunidad global. Pero son los individuos, como miembros pensantes de una cultura, el eje de la acción social, la fuente que genera los hechos.

Así, Giddens, con su teoría estructuracional de la sociedad (1987, 1990, 1995), enfatiza en la producción continua de la cultura, estudiándola a través de la observación de los procesos sociales que han hecho surgir las instituciones.

Resumiendo lo antedicho, se puede afirmar que:

La cultura es un producto de una época y de un lugar, es decir, es localizable temporal y espacialmente. Al ser el resultado de la interacción de los hombres, responde a un proceso dinámico de cambio social que queda recogido en diversas instituciones. Las instituciones quedan subsumidas en la cultura, mostrando ésta, por tanto, el estado de una sociedad.

3. La consideración cultural de la contabilidad

Considerando las ideas del epígrafe anterior, es fácil ensartar el fenómeno contable en la cuerda del discurso cultural. Basta con pensar que uno de los quehaceres humanos se refiere a los cálculos económicos, a la forma en que se cuantifican las transacciones económicas, atribuyendo cantidades a las cualidades o a la inversa.

La ciencia contable cumple esa función, dado que, utilizando unos criterios de interpretación, capta la realidad económica y la representa en la forma final que conocemos con el nombre de imagen fiel.

Mostrar esa imagen fiel requiere de la utilización de un repertorio de técnicas de medida, de cálculo y control de los fenómenos económicos. Para tal fin, la contabilidad opera con datos cualitativos y cuantitativos. Éstos condicionan el modo de vida de la sociedad pero, a su vez, los variados agentes sociales están condicionando esas ‘tecnologías de cálculo’ porque son el vehículo para implantar sus programas (Miller y Hopper, 1991).

La contabilidad contribuye a entender la actividad económica de la sociedad, y por tanto, asienta una determinada forma de relación entre los hombres al instalar la posibilidad de gobernar a los individuos y sus actividades. En otras palabras, las prácticas contables no son neutras (Humfhrey y Scapens, 1996).

Si se admite que la contabilidad no es una herramienta de cálculo con la característica de neutralidad, sino que se desarrolla ante las diversas necesidades de implantar un control, se admitirá también que la investigación cultural trate de analizar los procesos de ejercicio de poder cuando éstos se canalizan a través de una determinada materialización de la disciplina contable. Y es que, a través de la contabilidad, se hacen visibles unas transacciones económicas para un determinado grupo social más o menos amplio, al cual, de esta forma, se le abren vías para ejercer el control sobre otros individuos.

En fin, si se admite que la contabilidad constituye relaciones sociales, asimismo se admitirá que ésta puede entenderse como cultura.

4. Cultura y contabilidad en la investigación contable

La introducción del vocablo “cultura” asociado al de “contabilidad” se ha producido en el ámbito contable a raíz de los procesos internacionalizadores.

Se ha llegado al convencimiento de que la tarea armonizadora internacional se realizará con mayor éxito si parte de un conocimiento amplio de las circunstancias particulares de cada nación.

Las orientaciones de autores de prestigio apuntaban recientemente a los aspectos sociales y culturales de la contabilidad, como futuras direcciones deseables en la investigación contable:

“Los macroaspectos de los sistemas contables que fueron mencionados bajo el título de contabilidad social, están determinados, o al menos fuertemente influidos por la cultura nacional. Por consiguiente, se deben llevar a cabo investigaciones que comparen los sistemas entre sí y clarifiquen cuáles son los factores principales que inciden en un particular sistema contable nacional” (Mathews, M. R.,1993, p. 218).

Gray (1985), respecto de los sistemas contables financieros, refiere que las diferencias internacionales en contabilidad deben ser relacionadas y explicadas por las diferencias de los factores culturales. De ahí el auge tomado por las investigaciones de culturas específicas nacionales que con su herencia histórica y su tradición y sus valores, determinan la caracterización de la ciencia contable en un momento dado del tiempo.

El proceso normalizador contable se extiende entre los países más avanzados económicamente y va consiguiendo sus objetivos en la medida que es conocedor de las diferencias de los sistemas contables implicados en ese proceso homologador.

La raíz de este problema homogeneizador en el campo contable se ha denominado con una sola palabra, la de cultura, que encierra, sin embargo, muchos componentes. Entre dichos componentes se encuentran la regulación, la política, la profesionalización, el mercado, la educación, la ideología, la religión, y la democracia, entre otros.

La cultura se ha convertido en el centro de las discusiones sobre los factores que tienen influencia en el desarrollo de la contabilidad en un país (Nobes y Parker, 1986; Bromwich y Hopwood, 1983; Choi y Mueller, 1992; Arpan y Radebaugh, 1985; Riahi-Belkaoui et al., 1991).

Dichas investigaciones internacionales conducen, como esperábamos, a la antropología. En general, estos autores defienden que, al igual que la cultura de un país afecta el entorno contable, la contabilidad afecta la cultura de ese país, y en consecuencia, tratan de determinar parámetros para analizar “las relaciones entre la cultura y la contabilidad”.

Sin embargo, la delimitación del concepto de cultura que hemos recogido anteriormente y que pretendía sustentar, mediante su traslación al campo contable, el tratamiento del fenómeno contable como fenómeno cultural, nos hace sostener que la contabilidad es también cultura. Con ello, quizás estemos dando un paso más en el estado actual de la investigación contable internacional expuesta.

El trasfondo o la clave de la concepción que mantenemos, creemos verla reforzada en las siguientes palabras:

“La constitución de la idea de cultura requiere, obligatoriamente, la totalización de la integridad de diversas objetivaciones o sustantivaciones que ha ido produciéndose según líneas específicas (arte, poesía, cerámica, religión, derecho, geometría...), en una unidad sustantiva de conjunto que integra unas líneas objetivas con las otras de tal modo que todas ellas puedan reaparecer como partes de una entidad nueva, que será precisamente la que recibirá el nombre de “cultura”, hasta entonces recluida en el campo de la subjetividad, como cultura animi”. (Bueno, 1997, p. 53).

Igualmente, pero expresado ahora en consecuencia con los presupuestos de la cultura informacional, la consideración cultural de la realidad contable lleva a tratar el fenómeno contable como unidad de cultura (meme). Fijando la atención en esa unidad de cultura, se estaría destacando uno de los aspectos de la vida social, el aspecto contable, que es uno más —y no poco importante— de los componentes del entramado de instituciones de todo tipo que constituyen la vida en sociedad. (Benavides, 1997, p. 84).

En cualquier caso, este enfoque se basa en la posibilidad de realizar una abstracción que ha de conducir a clarificar la esencia morfológica de las instituciones contables.

El fenómeno contable ha de ser considerado, según nuestra opinión, como una forma de institucionalización entre la gran variedad de instituciones que constituyen el contenido concreto de una cultura.

5. Metodología de la investigación cultural-contable

Hofstede (1987) defendía que la cultura no es un fenómeno fácil que se pueda medir directamente, sino que, es en gran medida invisible e inconsciente.

Si como sostiene Geertz (1973, p. 4), la enumeración de lo que es cultura se expone en forma de listado, podrá entenderse la dificultad de medir lo siguiente:

1. El modo total de vivir de la gente.

2. La legalidad social que los individuos adquieren de su grupo.

3. El modo de pensar, sentir y creer.

4. Una abstracción de la conducta.

5. Una teoría de parte de los antropologistas referida a cómo se comporta la gente.

6. Un almacén de aprendizajes comunes.

7. Un conjunto de orientaciones normalizadas para problemas recurrentes.

8. Conducta aprendida.

9. Un mecanismo para la regulación normativa del comportamiento

10. Un conjunto de técnicas para ajustarse tanto al ambiente externo como a los otros hombres.

Así es que medir el término cultura en toda su amplitud es medir ese “todo complejo”, en palabras de Tylor. La complejidad de este objeto material de estudio proviene de la unicidad que conlleva. Esa complejidad exige mayores esfuerzos en la instrumentación metodológica. El investigador se ve abocado a usar el pluralismo en el método: crítico-racional, cualitativo, comparativo, empírico e histórico, los cuales pasan a comentarse a continuación.

El nivel de análisis elegido para acometer una investigación cultural ha de establecerse dentro del amplio campo posible. El investigador empieza el proceso organizando hechos e ideas. En ello ha de tener presente que la propia elección de los hechos a analizar implica concepciones subjetivas, ya que parte del conocimiento personal de la situación del problema a investigar. Aún así, el énfasis subjetivo recae sobre la interpretación científica y racional de los fines sociales, bien entendido que “la consideración de la racionalidad de los fines no implica ningún contenido dogmático porque la ciencia social no puede suplantar la decisión política” (Beltrán, 1985).

Los foros en los que se discute sobre la teoría de la contabilidad requieren a menudo, comentarios de este tipo, lo que no es sino el contenido del método crítico-racional.

Un ejemplo concreto de acotación del campo de estudio de la contabilidad en su consideración cultural sería el estudio circunscrito a España, que tiene que completarse con la delimitación de su ámbito temporal.

Bajo la teoría de la cultura y estudiando el campo de lo contable, cabría elegir otros ‘trozos elementales de cultura contable’, tales como el análisis comparativo actual de la contabilidad a nivel internacional (macromeme contable), del que se están llevando a término abundantes investigaciones o los que consideran memes más reducidos(7), como los estudios de la contabilidad en determinados sectores productivos o más específicamente en una determinada empresa.

“La dificultad de la cultura como fenómeno se amplía por la existencia de diferentes capas de cultura dentro y a través de las sociedades, como la cultura nacional, la cultura profesional y la cultura organizacional. A pesar de eso, las características generales de la cultura de una sociedad deben ser percibidas por los investigadores aún con la presencia de diferentes subculturas”.

Las características culturales de un país serían, en este sentido, manifestaciones del macromeme nacional.

Cuando se pretende hacer una disertación sobre una cultura específica, como puede ser la cultura contable española, es muy usual la utilización del método cualitativo.

Una difundida forma de investigación basada en este método, es la observación participante. El investigador participa en su objeto de conocimiento científico al estar integrado activamente en los procesos o grupos que trata de estudiar, es decir, se sitúa en el punto de vista del investigado. Observa conductas, acciones o interacciones y recurre a su propia experiencia como fuente primera de conocimiento acerca de la realidad estudiada.

La otra perspectiva es la del observador. En este caso el investigador se sitúa desde fuera del campo de estudio y normalmente parte de concepciones teóricas apriorísticas, es decir, se sitúa en un punto de vista que no es el del investigado, sino el suyo propio.

En ambos casos, son posibles descripciones científicas y objetivas de los campos mental y conductual. En la primera perspectiva, los observadores emplean conceptos y distinciones que son significativos y apropiados para los participantes; y en el segundo, conceptos y distinciones significativos y apropiados para los observadores que, sin embargo, los seres estudiados podrían encontrar inadecuados o carentes de significado.

El primero de estos dos modos de estudiar la cultura se llama emic(8) y el segundo etic(9).

En la línea de estas consideraciones antropológicas, matizadas con una perspectiva cognitiva, se han estudiado las posibles diferencias de percepción entre los contables de diferentes grupos culturales (Riahi-Belkaoui & Picur, 1991). Estos autores consideran que las investigaciones sobre contabilidad han adoptado mayoritariamente el modo etic, mientras que ellos defienden el uso de una aproximación emic porque:

— estudia los comportamientos desde el sistema

— usa la estructura descubierta por el analista, en lugar de la creada por él

— examina una cultura en un tiempo

— usa criterios que son relativos en lugar de criterios que han sido asumidos como absolutos o universales.

Este modo emic permite que sea un individuo perteneciente a una determinada cultura el que acometa la investigación. Sin olvidar el sesgo que comporte la descripción realizada por el propio participante, el proceso investigador pasa por la identificación en un marco espacial y temporal que no ha surgido ex novo sino que encuentra sus raíces en los sucesos históricos enmarcados así mismo en un espacio y en un tiempo.

Si en general la ciencia de la sociedad ha de recurrir al método histórico, especialmente la perspectiva cultural acoge de buen grado la consideración histórica ya que la cultura se desenvuelve en la historia. Es así como muchos practicantes de lo que se viene denominando “nueva historia contable”, consideran a la contabilidad en su manifestación como cultura compartida (Carnegie y Napier, 1996).

Hay que precisar que este método se complementa en los análisis culturales con el método comparativo, en sus vertientes temporal y espacial. La comparación evidencia y (re)afirma el (re)conocimiento: comparación con otros seres, comparación con otras culturas o comparación con otros tiempos.

Las investigaciones comparativas en sistemas de contabilidad nacionales (cross-cultural) se han dirigido, sobre todo, a países angloamericanos (como EE UU, Canadá, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda) y europeo-continentales(10).

Los métodos histórico y comparativo se asocian en las investigaciones socio-culturales con el método empírico(11), con especial frecuencia bajo la forma secundaria de cuantificación (datos que existen como tales previamente al análisis).

Un ejemplo de aplicación del método empírico a la investigación cultural, en la variante primaria de obtención de datos es el de Hofstede (1980). Mediante un trabajo llevado a cabo con 116.000 trabajadores de IBM en 50 países, identificó cuatro dimensiones distintas en las que podía considerarse reflejada la orientación cultural de un país, a saber:

a) Individualismo versus colectivismo

b) Distancia al poder grande o pequeña

c) Evitación de la incertidumbre fuerte o suave

d) Masculinidad versus feminidad

En un trabajo posterior que estudiaba los valores de China, se evidenció una quinta dimensión (Hofstede y Bond, 1988):

e) la orientación al corto o largo plazo.

Basándose en esta clasificación de las dimensiones culturales, Gray (1988) presentó un modelo en el que unía los valores del sistema contable con los valores sociales de Hofstede. Los valores contables fueron enunciados como sigue:

Profesionalismo versus control estatutario. La preferencia por el ejercicio de los juicios de la profesión y el mantenimiento de las regulaciones profesionales opuestos a la sumisión, los requerimientos de las prescripciones legales y el control estatutario.

Uniformidad versus flexibilidad. La preferencia por el reforzamiento de que las prácticas contables entre compañías sean homogéneas y que tengan un uso consistente a lo largo del tiempo opuesto a la flexibilidad de las compañías con sus notorias circunstancias individuales.

Conservadurismo versus optimismo. La preferencia por una aproximación cautelosa a las mediciones que venzan la incertidumbre del futuro opuesto a la mayor transparencia, apertura y publicidad contables.

Secretismo versus transparencia. La preferencia por la confidencialidad y la restricción de la información sobre los negocios solo extensible a lo relacionado con el mundo de la gerencia y de las finanzas opuesto a la mayor transparencia, apertura y publicidad contables.

El nexo entre los valores sociales y los contables dio como resultado que el profesionalismo estaba positivamente relacionado con el individualismo y negativamente relacionado con la evitación de la incertidumbre y la distancia al poder; la uniformidad estaba positivamente relacionada con la evitación de la incertidumbre y negativamente relacionada con el individualismo; el conservadurismo positivamente relacionado con la evitación de la incertidumbre y negativamente relacionado con el individualismo y la masculinidad; y el secretismo positivamente relacionado con la evitación de la incertidumbre y la distancia al poder y negativamente relacionado con el individualismo y la masculinidad(12).

6. Conclusión

El análisis de la contabilidad como manifestación cultural se revela como un campo de estudio fructífero. Ahora bien, es necesario entrar, primeramente y de lleno, en la Idea de cultura porque este término comporta una gran confusión objetiva.

La consideración cultural acogería de muy buen grado el estudio de un objeto material concreto como es el hecho, y el pensamiento contable como tarea de investigación científico positiva. Con ésta y con otras esferas culturales, que se han de estudiar separadamente pero no desconectadamente, se estaría en el camino de constituir la idea de cultura en el sentido de Tylor, el del “todo complejo” o totalización que integra diversas objetivaciones. Una de ellas es la línea específica de las manifestaciones contables.

El hecho contable, cuando es entendido como manifestación cultural, puede analizarse en su distribución geográfica, histórica, en sus categorizaciones o segmentaciones y en las estructuras o legalidades que crea. Por otro lado, la introducción de la perspectiva evolutiva, es decir, el tratamiento de las esferas culturales como totalidades en desarrollo y no fijas, permitirá redefinir la universalidad de las partes atributivas en un sentido más profundo (Bueno, 1997, p. 142).

Estudios de este tipo alumbrarían el pasado, el presente y el futuro de la contabilidad en una dimensión muy interesante. Por ejemplo, la consideración globalizadora de las diversas ramas de la contabilidad, con estos u otros nombres: contabilidad del Estado, contabilidad externa, contabilidad interna y contabilidad nacional. Y ello vendría de la mano del tratamiento conjunto de las variadas formas de representación contable de unos actos económicos, ya provinieran del Estado, de las cifras globales de la economía de la nación, de la gestión desde dentro de las empresas o de la rendición de las cuentas de éstas a la comunidad o al fisco. Así podrían evidenciarse nexos comunes, pautas culturales comunes que habrían de ponerse en comparación con otras zonas geográficas. En ese camino se comprenderían en su raíz las diferencias nacionales en aras a su armonización —aunque también ese camino podría derivar en una forma moderna de totemismo.

En cualquier caso, cuando usemos, leamos u oigamos la palabra cultura aplicada al campo contable, tengamos presentes las palabras del filósofo (Bueno, 1997):

“La confusión objetiva entre las diferentes partes, momentos o componentes de la cultura es, sin duda alguna, una de las condiciones que más favorecen al incremento espectacular de la idea (p. 16). Una idea abstracta cuyo prestigio semeja ligado esencialmente a su oscuridad y confusión, como parece serlo el de la idea de cultura, ¿no debe ser de inmediato considerada como un mito oscurantista y confusionario? (p. 19)”.

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(1) Su obra es considerada fundacional de la antropología cultural, concretamente en la perspectiva del evolucionismo. La referencia bibliográfica exacta es: Tylor, Edward B. (1871): Primitive Culture (2 vols.) John Murray. Londres. En español: La cultura primitiva (1871), Ayuso, Madrid, 1977-1981, 2 vols.

(2) “Cultura en sentido subjetivo, equivale al ‘cultivo del espíritu o cuerpo’ según las pautas establecidas por la cultura objetiva”.

(3) O intersubjetiva, “conjunto de instituciones, costumbres, ceremonias, & C., que constituyen las pautas del comportamiento de los individuos en cuanto miembros de un grupo social”.

(4) También llamada cultura objetiva (objetual), “es, ante todo, la cultura social y la cultura material o extrasomática (desde los cultivos hortelanos hasta las esculturas que decoran un edificio)”.

(5) “El nombre de genes es un neologismo introducido por Wilhelm Johannsen en 1909 para designar las unidades de transmisión genética. Proviene del griego génesis (generación). Para designar las unidades de transmisión cultural o imitativa introdujo Dawkins en 1976 el neologismo memes, que recuerda tanto a memoria como a mímesis (imitación). A Dawkins le había llamado la atención la similaridad funcional entre genes y rasgos culturales, que ahora quedaba lingüísticamente reflejada en las expresiones paralelas de genes y memes” (Mosterín, Op. cit., p. 76).

(6) En referencia a la opinión de Bueno, 1997, p. 149.

(7) En las investigaciones contables es más comúnmente utilizado el término “subcultura”, coincidiendo con el significado de “meme” o mejor con el de “micromeme”. Eso parece deducirse, por ejemplo, de los comentarios siguientes (MacArthur, J. B., 1996, p. 213):

(8) El término “emic” es una generalización del sufijo del término “fonémica”. La prueba de adecuación de las descripciones y análisis en el modo emic es su correspondencia con una visión del mundo que los participantes estudiados acepten como real, significativa o apropiada.

(9) El término “etic” es una generalización del sufijo del término “fonética”. Las descripciones etic se caracterizan por su objetivo científico: tratan de generar teorías fructíferas sobre las causas de las diferencias y semejanzas socioculturales.

(10) Una de las clasificaciones que toma el método comparativo espacial es la elaborada por Nobes (1986), que va de lo general a lo particular, distinguiendo entre clases, subclases, familias y especies.

(11) Una puntualización sobre empirismo y método cuantitativo: el método cuantitativo es siempre empírico, pero no al contrario. Empírica es también la investigación cualitativa, en la medida en que no es puramente especulativa.

(12) Un trabajo reciente toma en consideración estos parámetros tratando de colegirlos en el caso de España, concretamente en el ámbito de la contabilidad de gestión (Amat y Aguilá, 1997).