“Los sindicatos europeos están colaborando para que la situación económica no sea peor”

Revista Nº 180 Nov.-Dic. 2013

Entrevista realizada por Javier N. Rojas a Jordi García 

Profesor visitante de la Universidad Externado de Colombia 

Jordi García, catedrático español de la Universidad de Barcelona y conferencista del seminario Retos del Derecho Laboral contemporáneo, que tuvo lugar en septiembre pasado, en la Universidad Externado de Colombia, cree que el sector europeo de las relaciones industriales debe agradecer a los sindicatos del viejo continente su actitud colaborativa con las empresas en procura de salir a flote de la crisis económica.

ACTUALIDAD LABORAL: ¿Qué impresión se ha formado del Derecho Laboral colombiano?

Jordi García: En España tenemos un derecho del trabajo que, a pesar de ser el mismo de Colombia, avanza a diferente velocidad. Evolucionamos un poco más en el tiempo. A este derecho colombiano aún le falta progreso, pero está en esa plataforma de lanzamiento en la cual nos puede alcanzar en cualquier momento. Destacaría la polémica muy importante, en Colombia, sobre el tema de cooperativas de trabajo asociado. Hay una ley de cooperativas en Brasil que funciona y la estructura es muy similar. Existe otra figura jurídica donde se halla un planteamiento absolutamente opuesto y radical entre Europa y Latinoamérica, que es la tercerización. En Colombia la desaprueban y en Europa está plenamente reconocida y funciona. Incluso, nos parece una buena herramienta gerencial.

A. L.: ¿Cree que esta postura frente a la tercerización quizás se deba a la mala forma como se adoptó en el país?

J. G.: Probablemente, una de las diferencias más importantes entre la Unión Europea y Latinoamérica y entre España y Colombia sea la fortaleza del Estado. Allá es mucho más poderoso, puede regular más, le da una cierta estructura social diferente. En el caso concreto del mundo de las relaciones laborales, los sindicatos y la patronal de todos los países de la Unión Europea son muy fuertes, de manera que cuando nosotros hablamos de negociación colectiva, aludimos a la verdadera negociación colectiva, a una negociación donde las dos partes tienen poder y no a una situación donde una es más potente que la otra.

A. L.: ¿Tal equilibrio entre esas partes les permite ser ambiciosas a ambas en cuanto al logro de sus objetivos?

J. G.: También tenemos una diferencia respecto a los dos mundos (España y Colombia), y es que ahora aquí hay un desarrollo económico importantísimo y para las relaciones laborales uno de los elementos fundamentales es que la economía funcione bien. Por mucha estructura de Estado que haya, por muy buenas relaciones industriales que existan, en una época de crisis no operan adecuadamente. En cambio, en el momento, en esta región del planeta la situación económica es muy boyante.

A. L.: ¿En el mundo se afianzará el modelo de redes empresariales en las cuales la tercerización resulta fundamental?

J. G.: El sociólogo irlandés Charles Handy, en 1949, dijo que el futuro de las empresas sería de elefantes y pulgas. Esa es la realidad de Europa y del mundo. Nos vamos a encontrar con grandísimas corporaciones, probablemente con muchos parques corporativos que las provean, y con personas que, de manera individual o de a dos o tres, van a ir organizando muchos negocios. Eso está operando ya en EE UU, y en Europa se está desarrollando toda esa dinámica. En este mundo, habrá una parte para la interrelación y la exportación de las grandes empresas y otra para el esquema autárquico (autosuficiente) de las pequeñas empresas. Probablemente, llegaremos a un equilibrio más o menos imperfecto que nos permitirá desarrollarnos a todos.

A. L.: ¿Qué pasará en ese modelo con los derechos de los trabajadores?

J. G.: El derecho del trabajo clásico se tiene que redefinir, porque está pensado para la gran empresa, para el sistema de producción en serie, para la compañía industrial, para el esquema de trabajo tradicional. Ese modelo no existe en el derecho del trabajo actual. Por lo tanto, tendremos que adaptarnos. No quiere decir que todo vaya en contra de los trabajadores, sino que las cosas que aceptábamos como conceptos dogmáticos, las vamos a modernizar. Eso ha sucedido en la economía, en la sociedad, en el derecho, en las finanzas.

A. L.: ¿Europa está avanzando hacia esa nueva visión del Derecho Laboral?

J. G.: Allá se ha desarrollado mucho lo que llamaríamos el modelo clásico, el que nos ha llegado por vía del Estado social y democrático, del Estado del bienestar, y ahora estamos en posición de paro. Hacia dónde tenemos que ir, porque la situación económica nos hace replantear diversos aspectos. Confiamos en que los Estados nos iban a dar pensiones de jubilación suficientes para que, una vez dejáramos de trabajar, pudiéramos vivir sin problemas. Pero eso ya está amenazado. Entonces, qué debemos cambiar para que las personas que ya no trabajan puedan vivir de una manera digna. Estamos en una situación de incertidumbre. Bienvenida, desde ese punto de vista, la crisis que afecta desde el 2007 y que nos ha hecho replantear de una manera traumática todos esos elementos.

A. L.: ¿Qué soluciones se vislumbran?

J. G.: El problema es que aún estamos en una situación muy traumática. Hay una línea de opinión que no sabe muy bien hacia dónde ir o bien está la vía que pretende destrozarlo todo. Por ejemplo, decir que hemos llegado demasiado lejos, que hemos de retroceder y que se debe intentar flexibilizar al máximo. Se requiere dar solución a los temas inminentes: el desempleo, los jóvenes desempleados y la sostenibilidad de las pensiones y que, a mediano plazo, nos hagan replantear todas esas cuestiones hacia conceptos mucho más flexibles: no quiere decir sin derechos, significa que estos han de cambiar. La sociedad evoluciona, por lo tanto, el derecho del trabajo también debe cambiar.

A. L.: ¿Ese cambio alteraría la estabilidad laboral de los trabajadores?

J. G.: Se puede tener estabilidad desde dos puntos de vista. Uno, si una persona trabaja en una empresa y el costo que le representa a esta despedirlo es muy alto. O si alguien labora en una compañía, pero puede trabajar en otra al día siguiente y en otra distinta un día después. Los dos modelos le brindan la misma estabilidad.

A. L.: ¿Esta última opción pertenece al contexto de la tercerización?

J. G.: O sencillamente del desarrollo económico. En Europa, en un momento determinado, las personas han sido poco emprendedoras, porque era más cómodo trabajar en una empresa. En cambio, nos podemos encontrar con sociedades mucho más dinámicas, creo que las latinoamericanas lo son, además de las del norte de América, donde los individuos se sienten más cómodos siendo sus propios empresarios. Cuando uno es su propio empleador no valora si están más o menos reconocidos sus derechos laborales, valora otras cuestiones. Consiste en un cambio de ideas generales y hacia eso debemos tender. Pero no puede ser de un día para otro.

A. L.: ¿Para los trabajadores ya no es tan importante la estabilidad laboral?

J. G.: Probablemente de la misma manera que han cambiado los criterios en Europa (uno entraba a trabajar a los 16 años de edad en una empresa y en ella se jubilaba), ese modelo de la estabilidad ha desaparecido. Por lo tanto, tendremos que cambiar el paradigma. Veremos cómo se organiza la economía para que todos conservemos el máximo de derechos, el máximo de estabilidad. Esta puede encontrarse en el cambio. Hasta hace unos, en España, las personas que cambiaban mucho de trabajo eran miradas de muy mala manera, con cierta sospecha. Mientras que en otros países, como Brasil, cambiar de trabajo cada cinco o diez años es lo que recomiendan. Esa dinámica está bien valorada. Por lo tanto, a lo mejor, tenemos que intentar la búsqueda de esos valores clásicos de otra manera.

A. L.: ¿Qué piensa del prolongado tiempo de desempleo de los jóvenes hoy?

J. G.: Ahí tenemos una doble crisis importante. Contamos con unos jóvenes mucho mejor formados que hace varios años. Estoy seguro de que nuestros jóvenes son los mejor formados de toda la historia, con muchas capacidades que no acceden al mercado de trabajo y, a su vez, las personas mayores —todas las sociedades están envejeciendo— necesitan cuidados, que se les apoye, y esa responsabilidad que estaba a cargo de la familia, ya no la asume. Esta situación se debe resolver en los dos extremos. Los políticos tienen una circunstancia difícil de solventar y la sociedad, en general.

A. L.: ¿En Europa se han incrementado los conflictos entre empleadores y trabajadores por la crisis económica?

J. G.: No, porque la situación económica ha sido tan real que ha dado pocas posibilidades a procesos judiciales. De otro lado, en la Unión Europea hay juicios muy mediáticos, pero en la gran mayoría de conflictos jurídicos se llega a acuerdos. Por lo tanto, bienvenido sea el hecho de que algún caso, de vez en cuando, aparezca en un noticiero, pero que la mayoría de conflictos se resuelva entre las partes, la mejor manera de abordarlos.

A. L.: ¿Cuáles son las causas principales de esos conflictos?

J. G.: Son situaciones económicas clarísimas. La crisis económica está pasando factura a las empresas y está haciendo que deban utilizar todos los mecanismos de adaptación posibles y en el momento en que ya no pueden más, recurren al despido de muchos trabajadores. Una de las crisis más importantes en Europa es el cierre de empresas, porque aquellas que lo hacen ya no vuelven a abrir. Representa un doble drama: se pierden trabajadores y se acaba una empresa. Debemos intentar que no suceda esto.

A. L.: ¿Europa está viviendo un proceso de desindustrialización?

J. G.: El continente tiene ese problema. En un momento determinado apostó por el sector de servicios, por eliminar actividades molestas, y eso ha hecho que el sector industrial, el cual al final es el que crea la economía, quede muy debilitado. Conflictos como el de las empresas navieras, el de las industrias metalúrgicas o el del sector de industrias químicas, han llevado a la desaparición de empresas. ¿Volverán? No creo. ¿Puede vivir Europa exclusivamente del sector servicios? Desde luego que no.

A. L.: En adelante, ¿serán constantes unos mayores niveles de desempleo en Europa?

J. G.: Los Estados europeos admiten un porcentaje razonable de desempleo fijo que puede estar entre 5% o 6%, pero no más. Lo que va a suceder es que puedan encontrarse personas como desempleados crónicos y que llegue un momento en que la sociedad no les brinde ningún tipo de protección y acaben en ese fenómeno de la pobreza. Aún estamos a tiempo de replantear tal situación. Europa necesita, claramente, recuperar actividades industriales. Evidentemente, se requiere la realización de actividades de investigación y desarrollo, pero eso da ocupación a muy pocos trabajadores. Lo que necesitamos son grupos empresariales que inviertan en Europa y que ofrezcan ocupación a los trabajadores. Tenemos muchas personas desempleadas. Entonces, ante esa realidad, precisamente las grandes empresas, sea directamente o por medio de sus firmas satélites, son las que pueden contratar numerosos empleados. Es difícil, porque al final las normas y los gobiernos no crean empresas.

A. L.: ¿Qué cambios han generado en los sindicatos europeos la crisis económica?

J. G.: Están en una situación de cierto desconcierto, porque han tenido que redefinir su actividad de lucha, de reivindicación, por una actitud más colaborativa, de pacto. Pero les tocaba adoptarla. De hecho, el mundo de las relaciones industriales les ha de dar gracias por ese cambio que seguro les va a costar mucho: pérdida de afiliados y discusiones dentro de sus élites. Pero la verdad es que son uno de los elementos que están colaborando más para que la situación no sea peor.