Nuevas tecnologías de la información y la comunicación: cambios en el sector empresarial

Revista Nº 20 Oct.-Dic. 2004

José Antonio Laínez Gadea Yolanda Fuertes Callén (España) 

Doctores en economía financiera y contabilidad Profesores de la Universidad de Zaragoza 

Introducción

El término sociedad de la información intenta englobar la gran cantidad de acepciones que se utilizan para describir la compleja situación económica actual. Es precisamente esta complejidad la que impide encontrar un término unívoco que exprese de forma clara y precisa lo que queremos definir. Así, hablamos de sociedad de la información, sociedad del conocimiento, nueva economía o economía digital, en función de cuál sea el ámbito desde el que nos aproximemos.

El manejo y transmisión de información se ha convertido en el principal motor de cambio social y desarrollo económico. La revolución digital en el ámbito de las telecomunicaciones está provocando una transformación acelerada de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC). El proceso de implantación de las TIC está siendo muy rápido y su impacto afecta a todos los sectores de la economía y a toda la sociedad.

Siguiendo a Castells (1997), estamos ante un salto cualitativo en la experiencia humana. Si la historia de la humanidad había estado definida por las tensiones entre dos polos —naturaleza y cultura—, la convergencia entre evolución histórica y cambio tecnológico nos ha llevado a un modelo puramente cultural de interacción y organización social. La información es el ingrediente clave de nuestra organización social, y los flujos de mensajes e imágenes de unas redes a otras, constituyen la figura básica de nuestra estructura social.

En este artículo analizamos la forma en que los principales cambios económicos y tecnológicos que han tenido lugar en las últimas décadas —globalización y revolución de las tecnologías de la información y la comunicación—, han ido transformando la sociedad hasta convertirla en una sociedad en la que la información y el conocimiento juegan un papel fundamental.

Pretendemos situar, además, la problemática existente en relación con el impacto que ello supone para uno de sus principales agentes: el sector empresarial. Con este fin examinamos la respuesta dada por las empresas con el fin de adaptarse a esta nueva situación, analizando, a su vez, los principales estudios y aportaciones realizadas sobre la actividad empresarial y el entorno económico en el que se desarrolla.

1. Nuevo escenario internacional

En las últimas décadas han sucedido una serie de cambios económicos y tecnológicos sin precedentes que han pasado a configurar el nuevo escenario que ahora conocemos.

El crecimiento de los mercados comerciales y financieros internacionales, la actuación de las empresas multinacionales y el comportamiento de los inversores, entre otros, han contribuido al desarrollo del proceso de globalización internacional de la actividad económica.

El paulatino incremento de los mercados comerciales internacionales ha favorecido, por las mejoras introducidas, a los medios de transporte y la necesidad de las empresas de acceder a nuevos mercados con el fin de ampliar su cartera de clientes. La búsqueda de recursos financieros con los qué acometer nuevas inversiones ha implicado un incremento en la movilidad internacional de capitales y el desarrollo de los consiguientes mercados. Las empresas multinacionales, a través de una sólida red productiva, comercial o financiera de inversiones, se han establecido en un gran número de países aprovechando las ventajas competitivas que ello les aporta. Incluso un gran número de gobiernos, con el fin de facilitar la penetración de algunas empresas en los mercados de bienes o servicios de sus países, han favorecido los intercambios comerciales y financieros en su ámbito de influencia.

Este proceso de globalización ha ampliado el ámbito de actuación de los distintos agentes económicos, lo que ha supuesto que el interés por la actividad de cualquier unidad empresarial haya traspasado también las fronteras nacionales, siendo de interés no solo para los usuarios del país en que se sitúa la empresa sino también fuera del mismo, surgiendo así un nuevo concepto de usuario, esto es, el usuario internacional.

Por otro lado, el incremento acelerado de la productividad y el crecimiento económico de los años noventa están estrechamente relacionados con los avances de las tecnologías de la información y las comunicaciones. Los precios de los semiconductores han ido bajando a un ritmo imparable en los últimos cuarenta años, mientras que su capacidad ha ido en aumento a un ritmo igualmente notable. El descenso del coste de capital de las TIC ofreció fuertes incentivos que atrajeron hacia ellas las inversiones que antes se dirigían a otras formas de capital y servicios laborales (Comisión de las Comunidades Europeas, 2001).

Esta nueva situación se refleja en la economía a través del sector de las TIC: ordenadores, programas informáticos y equipos y servicios de telecomunicaciones. La aplicación intensiva de las TIC ha provocado una rápida disminución de los precios y costes en los ámbitos de la informática y de las telecomunicaciones, con un impacto positivo sobre otros productos como, por ejemplo, la fabricación de aviones, automóviles e instrumentos científicos.

Gran parte de esta revolución tecnológica ha venido de la mano de internet, cuya aparición ha supuesto un cambio de paradigma tecnológico, económico y social.

El “fenómeno internet” está siendo analizado desde muy diferentes perspectivas, dadas las distintas connotaciones que su utilización tiene, entre otros ámbitos, en el mundo de los negocios, la economía, la cultura, la política o la filosofía.

Siguiendo a Gómez (2002, p. 2), podríamos definir internet como el primer medio global de comunicación bidireccional que permite a sus usuarios acceder e interactuar con millones de documentos que contienen información audiovisual de muy diversas fuentes (organismos públicos, empresas, universidades, asociaciones, particulares, etc.), así como comunicarse entre sí de múltiples formas (correo electrónico, videoconferencia, conversaciones múltiples, etc.), todo ello a un coste mínimo y facilitando la eliminación de barreras espaciales y temporales. Asimismo, permite realizar transacciones comerciales e incluso, distribuir ciertos productos digitalizados.

De entre las múltiples características que se atribuyen a internet, podemos destacar las siguientes: su alcance global, universalidad en el acceso, disponibilidad de 24 horas los 365 días del año, información permanentemente actualizada, comunicación bidireccional e interacción del usuario, contenido hipertextual, rotura del compromiso riqueza-alcance de la información, capacidad para realizar transacciones comerciales, capacidad para distribuir productos digitales, coste reducido y personalización de la comunicación, entre otras.

Las estadísticas justifican la trascendencia que tiene internet en el momento actual, así como su potencialidad futura. En este sentido el número de usuarios de internet en 1995 en todo el mundo era, aproximadamente, de 44 millones de personas; mientras que, a finales de 1998 era de casi 182; de 414 millones a principios del 2001 y está previsto que para el año 2005 la cifra alcanzará los 1.000 millones de personas(1).

2. Sociedad de la información y el conocimiento

La evolución de la sociedad moderna puede describirse, según algunos autores, como la sucesión de tres etapas: sociedad industrial, sociedad postindustrial y sociedad de la información. Cada una de ellas puede caracterizarse por un hecho clave o factor diferencial. Superada la sociedad industrial, cuyo factor diferencial era el acceso a bienes materiales producidos por otros, nos encontramos, hoy, al final de la sociedad post-industrial, caracterizada por el acceso a los servicios que otros prestan, e iniciando los primeros pasos hacia la sociedad de la información.

 

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Sin embargo, como indica Cornella (1998), los distintos enfoques adoptados por los investigadores a la hora de abordar sus estudios generan cierta confusión. Diferentes acepciones, por un lado, y distintos sistemas nacionales de cuentas en cada país, por otro, dan lugar a definiciones substancialmente distintas.

2.1. Definiciones

Los medios de comunicación utilizan términos como, nueva economía, la era de internet, la revolución de las tecnologías de la información (IT), economía electrónica, sociedad de la información y economía digital, entre otros. Las estimaciones sobre su importancia varían ampliamente debido a la ausencia de una definición clara y comúnmente aceptada del término y de sus componentes.

Como señala Moore (1997, 18), tres son los hechos que demuestran que estamos inmersos en una “sociedad de la información”:

1. Las organizaciones dependen cada vez más del uso inteligente de la información y de sus tecnologías para ser competitivas, convirtiéndose así en organizaciones intensivas en información.

2. Los ciudadanos también utilizan estas tecnologías en muchas de las tareas de su vida diaria, consumiendo grandes cantidades de información en el trabajo y en el ocio. El ciudadano debe desarrollar, o potenciar, habilidades para el mejor manejo de estas tecnologías, para no quedar apartado del mercado laboral, así como capacidades de análisis crítico para no ser manipulado desde el punto de vista informativo.

3. Está emergiendo un sector de la información, hoy inserto dentro de la diversidad del sector servicios, pero con entidad suficiente como para convertirse en uno de los grandes hipersectores de la economía, junto con el sector primario, el manufacturero, construcción y servicios.

Castells (1997, 21) señala que siempre ha existido una sociedad de la información, puesto que la información siempre ha jugado un papel importante en la sociedad, entendida en el sentido más genérico de comunicación del conocimiento. Sin embargo, la emergente “sociedad informacional” en que estamos inmersos es una forma específica de organización social en la que la generación, el proceso y la transmisión de información se convierten en las principales fuentes de productividad y poder.

Desde una perspectiva más economista se ha acuñado el término “nueva economía”. En la literatura económica existen dos tipos de definiciones de este fenómeno. Una de ellas abarca una noción amplia, haciendo referencia a las características del comportamiento de la economía en su totalidad, mientras que, el otro conjunto de definiciones, mucho más específicas, recogen el papel del proceso de información y de las tecnologías de comunicación en la aceleración de la tendencia de la tasa de crecimiento de la producción y la productividad.

En este sentido, Duisenberg (2001) establece una clara distinción entre ambas nociones. En su opinión, la visión más amplia abarca afirmaciones tales como la mejora del mercado de capitales con un constante incremento de las cotizaciones, el fin de los ciclos económicos o, al menos, la reducción de sus fluctuaciones, etc. Pero en su opinión, todas estas afirmaciones no pueden ser juzgadas correctamente en el estado actual y, dadas las incertidumbres con respecto a los desarrollos económicos globales, la discusión sobre la nueva economía ha quedado en la sombra. Por todo ello, parece más prudente enfocar y dirigir la definición hacia aspectos más específicos.

De este modo, entre las definiciones que limitan el concepto de nueva economía a un cambio fundamentalmente tecnológico, podemos destacar las siguientes:

l. La propuesta por Quah (1998), quien utiliza el término Weightless economy, haciendo hincapié en el aspecto de los intangibles, con conceptos operativos tales como conocimiento e información. Desde este punto de vista, la economía de los intangibles comprende cuatro elementos principales:

• Tecnologías de la información y la comunicación (TIC).

• Capital intelectual: no solo patentes sino también marcas registradas, nombres de marca, publicidad, servicios financieros y de consultoría y educación.

• Bibliotecas electrónicas y bases de datos digitales: incluyendo nuevos medios de comunicación y distribución.

• Empresas de alta tecnología.

2. El Departamento de Comercio de Estados Unidos (1999) introduce el término Economía digital, poniendo énfasis en los principales sectores implicados y destacando la convergencia sin precedentes entre tecnologías de información, informática y comunicaciones.

3. Otros autores, como Choi et al. (1997) y Kelly (1999), hablan del nacimiento de la “economía virtual” o “economía en red” basada en la interconexión de ordenadores a través de la red. De este modo los productos, procesos y agentes, todos ellos virtuales, se encuentran en un proceso de constante innovación, incrementando la tendencia hacia la convergencia de productos, mercados e infraestructuras.

4. Por su parte, la Comisión Europea utiliza el término “economía electrónica” para referirse a las modificaciones del comportamiento de los agentes económicos y de los ciudadanos, como consecuencia de las posibilidades que ofrece el espectacular desarrollo y asequibilidad de las TIC y, sobre todo, de internet.

Hasta el momento, las definiciones examinadas se centran en destacar cómo la revolución de la tecnología, de la maquinaria, de las técnicas, del software, etc., han facilitado la recogida de datos, su almacenamiento, transmisión y presentación, convirtiendo, de este modo, la información en un factor clave del éxito económico. Sin embargo, no debemos olvidar que la abundancia de información no es garantía de conocimiento.

Por ello, autores como Linares y Ortiz (1995) afirman que la sociedad de la información se caracteriza por basarse en el conocimiento y en los esfuerzos por convertir la información en conocimiento. Cuanto mayor es la cantidad de información generada por una sociedad, mayor es la necesidad de convertirla en conocimiento.

En la misma línea, en el Libro verde sobre la sociedad de la información (Comisión de la sociedad de la información, 1997) se enfatiza este concepto al señalar que el término de la sociedad de la información se refiere a una forma de desarrollo económico y social en el que la adquisición, almacenamiento, procesamiento, evaluación, transmisión y distribución de la información con vistas a la creación de conocimiento y a la satisfacción de las necesidades de las personas y de las organizaciones, juega un papel central en la actividad económica.

Por otro lado, como indican Cáliz et al. (2001, 20), no debemos olvidar que el conocimiento ha sido la base de todos los grandes avances desde el inicio de la civilización. Las revoluciones agrarias e industriales del siglo XVII y principios del XIX fueron consecuencia del desarrollo y difusión del conocimiento. Según Grant (2000), lo que distingue la economía actual, desde la perspectiva cognitiva, es la pura acumulación de conocimiento por la sociedad, el rápido ritmo de la innovación y, lo más importante, los avances de la tecnología digital.

2.2. Esfuerzos en la implantación

Los gobiernos de los países europeos, de EE UU y de algunos países del sudeste asiático han apostado decididamente por contribuir al desarrollo de la sociedad de la información, aprobando una serie de medidas que apoyan la inversión en equipos y tecnologías de la información, impulsando la introducción de internet en los colegios y universidades y desarrollando nuevos servicios para ofrecer a los ciudadanos, a través de internet, programas de teleformación, servicios de información, solicitud y seguimiento de trámites administrativos, etc.

La Unión Europea ha sido uno de los principales promotores de la sociedad de la información, pues ya en 1994, a partir del informe sobre la sociedad de la información conocido como “Informe Bangemann”, elaboró un plan de actuación que incluía un paquete de medidas sobre el proceso de liberalización de las telecomunicaciones, el marco regulador, las redes y servicios, los aspectos sociales y culturales y las actividades de promoción y sensibilización.

En la Cumbre de Helsinki, celebrada en 1999, la comisión presentó una iniciativa para acelerar la transformación de Europa en una sociedad de la información: la iniciativa e-Europe. Entre otras acciones, dicha iniciativa contemplaba el fomento del comercio electrónico, acceso más económico a internet y desarrollo del capital-riesgo para las pymes de alta tecnología.

A partir de entonces, el número de iniciativas llevadas a cabo por la Comisión Europea ha sido muy numeroso: comunicaciones, recomendaciones del grupo de expertos, informes del comité económico y social, proyectos, etc.(2).

El próximo plazo de la iniciativa e-Europe es el año 2005, época en que los diez nuevos miembros integrarán sus economías con las del resto de la Unión Europea. Un acceso de banda ancha a internet que proporcione unas telecomunicaciones en línea rápidas, baratas y permanentes se considera la tecnología generadora clave en este período.

Por otro lado, en el año 2001 el Consejo de la Unión Internacional de Comunicaciones (UIT) acordó celebrar una cumbre en la que se pudieran reunir a jefes de estado, directores generales de los organismos de Naciones Unidas, líderes de la industria, organizaciones no gubernamentales, representantes de los medios de comunicación y de la sociedad civil en un evento único de alto nivel. El aspecto central a tratar en dicha cumbre es el papel de los diversos representantes en el establecimiento eficaz de la sociedad de la información en todo el mundo. Para ello, dicha reunión ha sido estructurada en dos etapas: la primera, en Ginebra (Suiza), del 10 al 12 de diciembre de 2003, y la segunda, en Túnez (Túnez), del 16 al 18 de noviembre de 2005(3).

El resultado previsto de la cumbre es la elaboración y promoción de una declaración nítida de voluntad política y un plan de acción concreto para lograr los objetivos de la sociedad de la información, que refleje plenamente todos los intereses en juego. El alcance y la naturaleza de este ambicioso proyecto exigirán asociaciones estratégicas con las entidades públicas y privadas.

3. Las empresas en la sociedad de la información

La transición hacia una economía basada en la información y el conocimiento está cambiando el mundo de los negocios. Algunos de los supuestos fundamentales en los que se cimentaba el éxito de las empresas líderes en el mercado se han modificado (Kelly, 1999). Los costes de interacción y de transformación ya no son tan elevados, los activos físicos ya no desempeñan un papel protagonista en la oferta de las empresas, el acceso a la información ha dejado de ser costoso y restringido y ya no se necesitan varios años ni grandes capitales para establecer un negocio con presencia a escala mundial. Ello representa tanto amenazas como oportunidades para las empresas establecidas.

Desde comienzos de los ochenta, las compañías de casi todos lo sectores económicos, movidas por presiones competitivas, iniciaron una profunda reestructuración. De este modo, la típica estructura de las empresas pertenecientes a la era industrial, integradas verticalmente, intensivas en activos físicos y diseñadas para explotar economías de escala, ha dado paso a organizaciones más especializadas que tienen como principal fuente de ventajas competitivas, la innovación.

3.1. El papel de las tecnologías de la información y la comunicación

Como indica Jonscher (1999), las tecnologías de la información se han introducido en las empresas en tres etapas:

En la primera etapa, que abarca desde el siglo XIX hasta 1960, se produce un notable incremento en la necesidad de gestionar la información para coordinar toda la actividad económica, logística y productiva de las empresas, como consecuencia del espectacular desarrollo de las tecnologías de la producción.

La segunda etapa, entre 1960 y 1990, se caracteriza por la introducción de las tecnologías de la información en las empresas para automatizar la coordinación y la gestión de la información.

La tercera etapa comienza a principios de los años 90 con la transición a la economía digital. La convergencia de la informática y las comunicaciones acelera esta transición y las empresas se encuentran ante la necesidad de explotar la información acumulada para facilitar la innovación y su adaptación a los continuos y rápidos cambios del entorno. De este modo, la información se convierte en un recurso de especial importancia para la actividad económica.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE, 2000) señala las transformaciones que la introducción de las tecnologías de la información ha supuesto en la relación entre empresas:

Los nuevos desarrollos disminuyen en gran medida los costes de subcontratación de servicios externos y de cooperación entre empresas, contribuyen a reducir la duración de los ciclos productivos y facilitan la difusión de ideas y conocimiento al proporcionar las herramientas necesarias para una comunicación más rápida y amplia.

Por otro lado, la necesidad de desarrollar de facto normativas tecnológicas está conduciendo a un gran número de alianzas entre compañías de alta tecnología y a la cooperación entre industrias.

Otra de las consecuencias de los avances tecnológicos es la digitalización de la información. Actualmente, la información puede almacenarse en grandes cantidades y transmitirse a la velocidad de la luz. Este hecho supone un gran cambio a la hora de realizar el trabajo, pues los conceptos de espacio y tiempo cambian de manera fundamental.

En este contexto, adquiere una especial relevancia el concepto de virtualidad. En la actualidad, las personas que trabajan y participan en una compañía pueden estar ubicadas fuera de ella. Las barreras geográficas desaparecen, lo cual afecta tanto a la fuerza laboral nacional como a la internacional (Fontela, 2000, 13). Los profesionales con talento y altos conocimientos serán requeridos para trabajar en empresas de cualquier parte del mundo sin la necesidad de un traslado físico.

Esta nueva situación del entorno requiere cambios en el estilo de dirección y el desarrollo de nuevas estructuras organizativas, que permitan potenciar el papel del capital humano y en las que los trabajadores tengan menos “compartimentadas” sus actividades. Estas serán más polivalentes y flexibles en lo que se refiere a tareas, horarios y ubicaciones geográficas.

3.2. La importancia de los intangibles

Hasta hace unos años, el enfoque más seguido por las empresas consistía en aprovechar sus oportunidades de negocio, basándose en la capacidad de competir que les ofrecía su tamaño. En la actualidad, en todas las industrias, aunque con distinta intensidad, la clave para incrementar la competitividad pasa por la forma en la que se combina, se gestiona y se comercializa el conocimiento.

Como indican Nonaka y Takeouchi (1995), Chan Kim y Mauborgne (1997) y Bueno (1998), estamos viviendo en una sociedad en la que están adquiriendo primacía los conocimientos teóricos y los conocimientos tácitos o implícitos sobre cualquier otra clase de conocimiento, es decir, aparecen como relevantes aquellos conocimientos que requieren de un determinado modelo mental y de un proceso concreto de creación intelectual. Para Nonaka y Takeouchi (1995) estos conocimientos son los que posibilitan en la economía actual la generación y sostenibilidad de la ventaja competitiva empresarial.

En esta línea, Bueno (1998) señala que en los últimos cincuenta años se ha venido protagonizando un claro proceso de cambio que ha ido creando la nueva realidad que caracteriza la economía del conocimiento actual, tal y como queda expresado en la figura 2.

 

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Como podemos observar en el gráfico, la información es útil cuando se transforma en conocimiento y se utiliza para obtener alguna ventaja competitiva.

Este conocimiento o know-how puede provenir de diversas fuentes, desde mejoras en la calidad y productividad, ideas del personal de ventas para ofrecer un mejor servicio al cliente, nuevos diseños técnicos o científicos, la propia cultura de la organización, el talento directivo, etc. Todos estos elementos son más difíciles de identificar y percibir, puesto que no tienen entidad material y no son susceptibles de tocarse o percibirse de un modo preciso. Tales recursos se engloban bajo la denominación de intangibles.

Desde una perspectiva contable los activos intangibles pueden definirse como “fuentes no monetarias de beneficios económicos futuros, sin sustancia física, controlados, o al menos influidos por la empresa, como resultado de acontecimientos y transacciones pasadas (producidos por la empresa, comprados o adquiridos de cualquier otra manera) y que pueden o no ser vendidos separadamente de otros activos de la empresa” (Cañibano et al., 2002, 17).

El empleo conjunto y armónico de todos estos recursos conforma el denominado capital intelectual, que puede definirse como la posesión de conocimientos, experiencia aplicada, tecnología organizacional, relaciones con clientes y destrezas profesionales que dan a la empresa una ventaja competitiva en el mercado (Edvinsson y Malone, 1999, 64).

Existen diferentes clasificaciones para los activos que integran el capital intelectual, todas ellas vinculadas a propuestas realizadas por distintos autores. Como puede apreciarse en la tabla 1, en la que recogemos algunas de estas clasificaciones, existe cierta diversidad en cuanto a los factores identificados así como en sus componentes.

 

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Todos los elementos a los que se está haciendo referencia en las diferentes clasificaciones constituyen hoy en día elementos claves para la obtención de ventajas competitivas. De este modo, surge la necesidad de generar nuevos instrumentos para desarrollar la gestión y valoración de tales partidas.

Paralelamente a estos estudios conceptuales y clasificatorios del valor del capital intelectual en las empresas, son numerosos los trabajos empíricos sobre activos intangibles, por ejemplo, contrastando su influencia en la cotización de las empresas. Los trabajos de Aboody y Lev (1998), Barth y Clinch (1998), Lev (1999), Kristen y Gregory (1999), Deng et al. (1999) o García-Ayuso (2003) abordan la influencia de esos activos en el valor bursátil de las empresas, que en casos extremos sobrepasa en más de cinco veces al valor en libros. Serrano et al. (2003) proponen utilizar modelos matemáticos de reducción de dimensionalidad para identificar y medir intangibles, aplicando esta técnica a una muestra de portales de internet y tiendas virtuales. Rihad-Belkaoui (2003) encuentra una relación positiva entre el capital intelectual —medido como el número de marcas a registrar por la empresa— y un ratio financiero —el valor añadido entre activo total—, en una muestra de 81 multinacionales.

En cuanto a la regulación internacional que aborda la contabilidad y divulgación de activos intangibles, el International Accounting Standards Committee, IASC (1998), recoge la norma internacional contable IAS 38 “Intangible Assets”. También ha propuesto borradores de normas para su discusión: ED3, IASC (2002a), sobre combinaciones de negocios; e IASC (2002b) con modificaciones a la IAS 36 e IAS 38. En Estados Unidos, el SFAS 142 del Financial Accounting Standard Board, FASB (2001), modifica las prácticas contables para el reflejo del fondo de comercio y los activos intangibles adquiridos por las empresas. Recientemente, ha incluido en su agenda técnica un proyecto sobre la información a suministrar acerca de los intangibles no reconocidos en los estados contables.

La Federación Internacional de Contadores, IFAC (1998), presenta un interesante documento que recopila los aspectos clave de la valoración del capital intelectual. En España, la Comisión de Expertos para la Reforma de la Contabilidad en España que ha elaborado el Libro Blanco de la Contabilidad, ICAC (2002), considera conveniente que se revise el tratamiento contable actual de los activos intangibles. Stolowy y Jeny-Cazavan (2001) revisan la normativa que aplican diferentes países y organismos internacionales para la contabilización de los activos intangibles.

A pesar de los esfuerzos llevados a cabo hasta el momento por los diferentes organismos con el fin de alcanzar una cierta uniformidad en el tratamiento contable de los intangibles, todavía se sigue excluyendo la presentación de la mayor parte de los intangibles desarrollados internamente, cuyo coste queda incluido en la cuenta de pérdidas y ganancias, lo que impide conocer el verdadero valor de muchas compañías para las que los elementos intangibles se encuentran entre los activos de mayor valor.

3.3. Respuesta de las empresas

Los retos de esta nueva realidad obligan a las compañías a replantearse la manera de afrontar, desde el punto de vista organizativo, los nuevos desafíos del mundo virtual. La flexibilidad, la capacidad de acción y reacción para corregir el rumbo y adaptarse a lo nuevo, resultan indispensables para cualquier modelo de negocio.

Algunos autores como Pettigrew y Fenton (2000) analizan las causas que conllevan a la transición de las organizaciones. En primer lugar, señalan la doble presión ejercida por el nuevo entorno sobre las estructuras jerárquicas tradicionales. Por un lado, la multitud de niveles jerárquicos de ejecutivos medios impide que se pueda dar una respuesta suficientemente rápida, necesaria para la flexibilidad y la innovación. Por ello, muchas compañías intentan introducir estructuras más flexibles con formas organizativas basadas en proyectos. En segundo lugar, las organizaciones, intensivas en comunicación, requieren amplias inversiones en nuevas tecnologías de la información. Esto conlleva, a su vez, a una contínua formación de sus recursos humanos.

Ante la nueva competencia, las organizaciones responden de forma muy diferente. Algunas de las iniciativas se centran en la estructura, reduciendo niveles corporativos para disminuir costes (Shaw y Schneier, 1993), rediseño del trabajo y de las operaciones en unidades operativas autónomas (Donovan, 1989), o iniciativas orientadas al proceso, con continuas mejoras de equipos. Otros autores destacan las implicaciones en las actitudes y comportamiento, señalando la aparición de empresas en permanente aprendizaje (Taylor, 1992).

En este sentido, Sveiby (2000, p. 60) resume los principios básicos de una empresa intensiva en conocimiento en comparación con las características de las empresas de la era industrial (ver tabla 2).

 

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Sin embargo, las repercusiones varían sustancialente de un sector a otro. De este modo, sectores ricos en información como los productos digitales, servicios de información, servicios financieros y empresariales, confirman la aparición de nuevos modelos empresariales y de una competencia creciente en el mercado. Por su parte, en industrias con mayores barreras a la entrada, como la construcción y la industria pesada, es probable que el impacto sea más paulatino.

Una diferencia básica entre sectores es el potencial de ahorro y crecimiento de la productividad. Por lo general, los sectores más dependientes de la información, como los servicios financieros y los productos y servicios de las TIC, son los que consiguen más ahorros de costes o mayor productividad y los que profundizan más su transformación organizativa (Comisión de las Comunidades Europeas, 2001).

Por otro lado, no debemos olvidar que en el entorno actual en el que compiten las empresas, caracterizado por su complejidad y dinamismo, como indican Ordoñez y Rodríguez (2003, 58) el valor y el carácter idiosincrásico de la base de conocimiento organizativo cambian a medida que las empresas competidoras desarrollan nuevas estrategias competitivas, de forma que la tarea de gestionar la base de conocimiento de la empresa resulta mucho más compleja.

Conclusiones

Los profundos cambios acaecidos en las últimas décadas en el entorno económico, político y social, han diseñado una nueva realidad donde la información y el conocimiento adquieren una gran relevancia.

Conscientes de ello, los gobiernos de los países desarrollados han incentivado la creación de toda una serie de programas y proyectos encaminados a promover la denominada sociedad de la información y el conocimiento.

En la actualidad, a pesar de la escasez de estudios profundos sobre este fenómeno, dada la novedad y velocidad de su aparición, una gran cantidad de autores ha estudiado el impacto que el nuevo entorno económico tiene sobre cada uno de los aspectos de la sociedad.

En este artículo nos hemos centrado en las consecuencias que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación suponen para el mundo empresarial.

De este modo, hemos analizado cómo en el marco de este nuevo paradigma social, la clave para incrementar la competitividad en todas las industrias pasa por la forma en la que se combina, se gestiona y se comercializa el conocimiento.

Los activos de conocimiento no son un fenómeno nuevo. Lo que resulta novedoso es la combinación única de dos fuerzas económicas: la intensificación de la competencia empresarial producida por la globalización del comercio y la desregulación en sectores económicos claves (telecomunicaciones, electricidad, transporte y servicios financieros), y la introducción de las tecnologías de la información. Estos dos desarrollos fundamentales han transformado profundamente la estructura de las corporaciones.

Ante esta nueva situación las empresas de todos los sectores económicos han comenzado a adaptar sus estrategias. Agilidad, flexibilidad, capacidad de respuesta e innovación constituyen hoy en día los cimientos sobre los que han de asentarse los pilares de las nuevas oportunidades en los negocios.

Actualmente, la empresa está más conectada que sus predecesoras. La integración vertical ha sido sustituida por un conjunto de estrechas colaboraciones y alianzas con suministradores, clientes y empleados. Mientras que los contactos entre divisiones en la era industrial eran principalmente físicos, en la actualidad estos son llevados a cabo de manera virtual gracias a sistemas y programas que constituyen el capital organizacional y que, en muchos casos, se encuentran entre los activos de mayor valor de la compañía.

Las empresas más dinámicas comienzan a preocuparse por explotar todos los factores capaces de generar valor en esta nueva economía. Su actuación no se limita a gestionar los recursos tradicionalmente empleados, sino que se ha trasladado hacia un conjunto de elementos de naturaleza intangible (el “saber hacer” tecnológico y comercial, la confianza de la clientela, la imagen de marca, el control sobre la distribución, las relaciones con suministradores, la cualificación del personal, la propia cultura de la organización, etc.) que conforman el denominado capital intelectual de las organizaciones.

Ante esta situación las empresas de todos los sectores deben aprender a combinar, gestionar y comercializar el conocimiento si quieren seguir compitiendo en el mercado.

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(1) Diversas estadísticas sobre el alcance y uso de internet pueden consultarse en la página web de la Internet Society (http://www.isoc.org/) y los datos suministrados por el Computer Industry Almanac (http://www. c-i-a.com/).

(2) Toda la información sobre las iniciativas llevadas a cabo por la Unión Europea con el fin de impulsar la llamada economía electrónica puede consultarse en la siguiente dirección: http://europa.eu.int/information_society/eeurope/index_en.htm

(3) http://www.wsisgeneva2003. org/home.html.