Propuesta de aplicación de la lógica difusa al cálculo del valor razonable

Revista Nº 67 Jul. - Sep. 2016

Marco Aurelio Rico Flores 

(Venezuela) 

Doctor en ciencias contables, Magíster scientiae en finanzas, Licenciado en contaduría pública

Resumen

Atendiendo a las críticas que se le han realizado al valor razonable, se infiere que el problema es cómo hacer que los valores obtenidos sean fiables, relevantes, comparables, comprensibles y en consecuencia justos, para lo cual se propone usar instrumentos de la lógica difusa, agregando la opinión de los expertos evaluadores y acotando así la dispersión o entropía de la información compilada, accediendo a la determinación del valor razonable de máxima presunción de un activo o pasivo que cumpla con las características mencionadas.

Palabras clave:

Incertidumbre; Lógica difusa —fuzzy logic—; Normas internacionales de información financiera; Subconjuntos borrosos; Subjetividad; Valor razonable —fair value—.

Introducción

El desenvolvimiento operacional de las entidades se realiza en la actualidad en un entorno altamente globalizado, caótico y complejo que lo impregnan en gran medida de incertidumbre, subjetividad e imprecisión, por lo cual se hace necesario incorporar los efectos de su existencia a la mencionada información para rescatar la función debilitada de la ciencias contables y así soportar la oportuna y adecuada toma de decisiones.

Por ello, en esta innegable globalización de la actividad económica de los presentes tiempos, han jugado un papel importante las normas internacionales de información financiera —NIC, SIC, NIIF, CINIIF—, impulsadas por los diferentes organismos reguladores, entre ellos el International Accounting Standards BoardIASB— y el Financial Accounting Standard BoardFASB—, dado que la internacionalización de los mercados creó la necesidad de información financiera comparable, tanto localmente como con entidades del extranjero.

Refiere Zeff (1999: 68), citado por Hervás (2002: 68), que “se está produciendo en los últimos años un cambio internacional que tiende hacia la expresión de valores actualizados (actuales) en detrimento del comúnmente utilizado costo histórico” y es que el advenimiento de la armonización de la información financiera a través de la aplicación de las normas internacionales, indujo la necesidad de nuevos métodos de valoración, diferentes al costo de adquisición, y con ellos se introduce la obligación, en algunos casos, y la recomendación en otros de usar el valor razonable o “fair value” (de la literatura anglosajona) para la valoración de diferentes partidas de activos y pasivos en la contabilidad de las entidades.

En este sentido, y en el marco de la normalización contable global, indica Castellanos (2009: 17), que “la valoración de las operaciones, está relacionado con la aplicación del valor razonable […], en el modelo valorativo NIIF es mencionado en el cuerpo de 23 normas, y, específicamente, se encuentra aclarado en 17 de ellas”. Por otra parte, se estableció en una sola NIIF, un marco para la medición del valor razonable (NIIF 13, 2012) y deberá ser aplicada cuando otra NIIF requiera o permita mediciones a valor razonable (párrafo 5º).

Diferentes conceptos se han manejado de valor razonable, sin embargo, en general, de las normas internacionales de información financiera se infiere que es el importe por el que puede ser intercambiado un activo o liquidado un pasivo, entre partes interesadas y debidamente informadas, que realicen una transacción en condiciones de independencia mutua. Por otra parte, el párrafo 9 de la NIIF 13, define el valor razonable “como el precio que sería recibido por vender un activo o pagado por transferir un pasivo en una transacción ordenada entre participantes del mercado en la fecha de la medición”. En todo caso, determinar el valor razonable implica, lograr el “consenso con respecto a los futuros flujos de efectivo del instrumento así como con respecto a sus riesgos e incertidumbres” (Fortis y García, 2006: 17).

Al respecto, indica Túa Pereda (2006: 167-168), que de la mano de las normas internacionales, el valor razonable empezó a gestarse en la década de los sesenta, con la utilización de criterios de valuación alternativos al costo histórico “en función de la naturaleza de la partida a valorar y, en consecuencia, de lo que se pretenda reflejar con tal valoración”.

De este concepto se desprende la inquietud de si efectivamente este valor constituye el más justo o más apropiado en la valoración de las partidas, por lo que se han generado críticas al mismo, especialmente de los países ibéricos y de los cuales destaca España. Al respecto, indican Navarro y Pérez (2010: 91), que:

“En el proceso de reforma contable que está viviendo España, la fijación de criterios de valoración de activos representa un problema de gran trascendencia para los usuarios de los estados financieros, sobre todo por la incorporación de métodos de valoración distintos del costo histórico, en especial el valor razonable”.

Ahora bien, este problema radica en la consideración de que tal valor se presta para reflejar una situación alejada de la seguridad objetiva que proporciona el costo de adquisición, por lo que cabe preguntar si “el concepto de valor razonable es considerado adecuado para medir todo tipo de activo y pasivo” (Silva y Azua, 2006: 70). En este sentido, hay que considerar que en el entorno de la globalización los mercados son altamente dinámicos, por lo que se dificulta el establecimiento de un valor razonablemente justo, porque si bien este lo fuera para un momento determinado, podría dejarlo de ser en otro momento inmediatamente posterior.

Por ello, este método de valoración ha sido objeto de críticos y defensores, originándose un interesante debate en el mundo científico que aborda las ciencias contables, generado principalmente en los países ibéricos y con especial énfasis en España por su involucramiento activo en la aplicación de las normas internacionales de información financiera, en el marco de los acuerdos de la Unión Europea, y con respecto a cómo influye este en la incertidumbre que pudiera generarse para una apropiada toma de decisiones, ya que como afirma Mattessich (2006: 224), hay que hacerse consciente de que “la incertidumbre ya no puede ser descuidada en contabilidad” y por lo tanto, en tiempos de caos, inexactitud y complejidad, los métodos valorativos deben tomarla en cuenta para garantizar una adecuada toma de decisiones para el mediano y largo plazo.

Además, se requiere incorporar de manera regular en el discurso de los profesionales de la contaduría pública, factores cualitativos y flexibles que contribuyan con el ensanchamiento del conocimiento científico de las ciencias contables, generando una visión integral y representativa de los resultados de la entidad.

Sin embargo, en la práctica, la discrecionalidad del contador al incorporar estos factores y “decidir sobre la forma de valorar activos, pasivos o capital, no toma en cuenta los cambios del contexto; simplemente toma la decisión de acuerdo con la experiencia pasada e ignora cualquier posibilidad de incertidumbre que altere los valores” (Casal, Maldonado, Peña y Viloria, 2007: 4), lo cual le resta validez a la información financiera, ya que dada la complejidad y dinamismo de las operaciones mercantiles en los tiempos actuales, los valores así obtenidos no explican acertadamente las realidades del futuro, pues este contiene elementos que no son explicables por las probabilidades basadas en el pasado, sino por la determinación de la incertidumbre existente en ellos y en su entorno, sin embargo, para IASB y el FASB, “el único método apropiado para valorar todos los instrumentos financieros es el valor razonable, reconociendo los cambios en la cuenta de resultados” (Morales y Berbel, 2008: 14).

En este orden de ideas, se estructuró el presente trabajo con cinco apartados, el presente a manera introductoria, en el siguiente se aborda la información financiera en el entorno del valor razonable y la incertidumbre con miras a la satisfacción de demandantes internacionales de información, seguidamente, un apartado que trata las principales críticas que se le hacen al valor razonable, las cuales se orientan principalmente al método o técnica de medición. En el tercer epígrafe se infiere que el problema no es que el valor razonable se ocupe de expresar pronósticos o expectativas en un ambiente de incertidumbre, sino que el mismo radica, en cómo hacer que los valores obtenidos sean fiables y en consecuencia justos por lo que se propone la determinación del valor razonable de máxima presunción con base en lógica difusa (fuzzy logic), la cual ya ha sido adoptada para incorporar la incertidumbre y la subjetividad en el tratamiento de problemas de economía y administración de empresas, tal y como lo recuperan Rico y Tinto (2008); finalmente se presentan las conclusiones de los temas abordados en los apartados anteriores.

1. La información financiera en el entorno del valor razonable y la incertidumbre

En la actualidad, la contabilidad se circunscribe en un enfoque analítico reductor que la comprime a una fórmula interpretativa de naturaleza filosófica, produciendo un deslinde básico entre objeto y sujeto. En reflexión a lo anterior, menciona Zaá (2001), que en el fondo de la ecuación patrimonial que da pie a la estructuración del estado de situación financiera, subyacen mensajes económicos inexplorables frente a la concepción de equilibrio aparente, por lo que es necesario indagar en ellos, analizarlos y explicarlos.

Lo indicado anteriormente, ayuda a entender el hecho de que hasta ahora se ha pensado en la contabilidad como la fiel expresión de la inequívoca verdad de la entidad que pretende representar a través de los estados financieros, sin considerar el grado de fiabilidad de sus métodos de medición, impregnados de subjetividad, imprecisión e incertidumbre. Situación que debe cambiar en el futuro, producto de la nueva incursión paradigmática, pasando más allá del reduccionismo matemático, más allá del hacer y de la artesanía contable.

En este contexto, indica Túa Pereda (2009: 8), que “en general, los sistemas contables han evolucionado hacia planteamientos basados en la “predicción” […], buena muestra de este tránsito lo constituyen las Normas Internacionales de Contabilidad […], claramente orientadas a la predicción”, no obstante, los tomadores de decisiones, en la mayoría de los casos lo hacen con base en la información suministrada por los sistemas contables tradicionales, los cuales usan como insumos información histórica nominal y, si acaso, a valores constantes producto del reconocimiento de las variaciones en el nivel general de precios. Ahora bien, la información así presentada no resulta apta para avalar una acertada toma de decisiones en el actual mundo globalizado, inmerso en un ambiente de incertidumbre, en el que las entidades tienen que desenvolverse, caracterizado por una continua presencia de subjetividad e imprecisión, situaciones que no están previstas en las respectivas normas que rigen la materia financiera o constituyen aspectos no formulados en las teorías contables disponibles.

Si bien en la actualidad se trabaja en la homologación y armonización internacional de las normas de contabilidad, estas continúan orientadas por la cuantificación y comprobación de los hechos contables (Calvo, 2004) y, como indican Silva y Azua (2007: 3), “en muchos países la aplicación de esta normativa ha venido a afectar el paradigma de medición en contabilidad, principalmente a causa de la aplicación del modelo de revaluación que se basa en el uso del concepto de valor razonable”, por lo cual su implementación en la mayoría de los países latinoamericanos se ha visto pospuesta o avanza a marcha lenta.

Además, indica Mattessich (2006: 219), que “la información financiera de la contabilidad es el eje del que depende el éxito o fracaso de las empresas”. Por lo que, la información mostrada en los estados financieros tiene que ser completa, prudente y sin distorsiones, pues para que la misma sea “útil en la toma de decisiones económicas racionales tiene que tener las características de relevancia, fiabilidad, y comparabilidad” (Fortis y García, 2006: 11), además de comprensibilidad. En atención a estas características de la información financiera y de acuerdo con el marco conceptual del plan general de contabilidad (PGC) español, se tiene que:

“Una información es relevante cuando ejerce influencia sobre las decisiones económicas de los que la utilizan (cuando es útil para la toma de decisiones económicas), ayudándoles a evaluar sucesos pasados, presentes o futuros, o bien a confirmar o corregir evaluaciones realizadas anteriormente. De igual forma, la información es fiable cuando está libre de error material y de sesgos, y los usuarios pueden confiar en que es la imagen fiel de lo que pretende representar, o de lo que puede esperarse razonablemente que represente” (Navarro y Pérez, 2010: 92).

Ahora bien, lo cuantitativo como único destino, aun en las ciencias fácticas, no es suficiente. En cambio lo cualitativo es lo que demuestra el perspectivismo y enriquece las visiones colectivas, evitando el empobrecimiento de una sola visión reduccionista de un método o de un paradigma, por ello, tal y como lo indica Túa Pereda (2009: 11), “se imponen a la información financiera unas características cualitativas, como requisitos necesarios para que pueda cumplir sus objetivos y, por tanto, como atributos que garantizan su utilidad, que giran en torno a la relevancia y a la fiabilidad”.

Por otra parte, cuando la información financiera se prepara pensando en la utilidad para el usuario, se ubica en el hacer contable. Allí subyace una corriente filosófica de la modernidad: el pragmatismo, el cual postula que lo útil es lo verdadero y, por lo tanto, la verdad está en que sea útil para el usuario, sin embargo hoy día, el contador habita un mundo caótico que impide la simetría en la concepción de los objetos del conocimiento, por ello los mismos no tienen necesariamente que ser de perfecta definición, no hay por qué uniformar todos los fenómenos pues en la naturaleza nada cumple ese requisito, por lo que tales valores, como lo establece la normativa internacional con el cúmulo de exigencias de revelación, deben ser complementados cualitativamente.

En consecuencia, la contabilidad tradicional en general ha perdido capacidad para suministrar información veraz y oportuna que permita una adecuada toma de decisiones, por ello Calvo (2004), plantea como un reto urgente que el conocimiento contable debe ser dimensionado desde la óptica comunicativa y decisional, por lo que se requiere, partiendo de la información así obtenida, generar conocimientos que salven las debilidades mencionadas de las ciencias contables y potenciar el avance hacia una contabilidad que cumpla con estas necesidades y que mejore la calidad de la información por ella suministrada, para permitir a los tomadores de decisiones realizar sus funciones en forma confiable y oportuna.

La introducción del valor razonable en la normativa internacional pretende contribuir con este objetivo, para lo cual se hace necesario buscar herramientas confiables que permitan salvar las debilidades para obtener tales valores, cuando no existen mercados activos o no están suficientemente organizados o perfeccionados, tal y como se expone en el siguiente apartado.

2. Principal crítica a la determinación del valor razonable: el método de medición

El valor razonable pretende lograr una valuación más coherente y comparable, acercando los valores al reflejo de la realidad actual, pues los mismos estarán expresados en un mismo momento y bajo un mismo principio. Por tanto, Morales (2010: 175), refiere que “los analistas y las asociaciones de analistas abogan por una información más transparente y relevante, y para ellos el valor razonable contiene mucha información útil para su trabajo”. Así mismo, indica Hervás (2002: 68-69), que “el introducir valores actuales tiende, al menos en intención, a expresar una imagen más fiel de la realidad de las empresas, al tiempo que proporciona una información más significativa y relevante del mercado”, sin embargo, se critica un problema de confiabilidad en los resultados obtenidos como razonables, por ejemplo, a los auditores no les resulta fácil determinar si los modelos utilizados para obtener tal valor son verdaderamente fiables o solo lo parecen, es decir, se pone en duda la capacidad de la entidad para asignar un adecuado valor razonable.

El concepto de valor razonable involucra otros relacionados con los métodos de medición, de acuerdo con los activos o pasivos que se pretenda valuar, en este sentido, se infiere de Silva y Azua (2006) lo siguiente: el valor de mercado para las propiedades, planta y equipo, los activos intangibles y las propiedades de inversión, el valor actual de los flujos futuros esperados para los activos y pasivos financieros, los activos realizables, los arrendamientos y las propiedades de inversión. Así mismo, para la valoración de activos biológicos se toman en cuenta los montos transados en el mercado activo, los precios de las transacciones más recientes, los precios de activos similares y referencias del sector, entre otros.

En consecuencia, indica este autor que “la información puede ser relevante, pero poco fiable en su naturaleza, por lo que su reconocimiento puede ser potencialmente una fuente de equívocos” (Silva y Azua, 2006: 72), pero muchas veces no es tan importante medir los fenómenos como su análisis y comprensión, pues tal cuantificación también puede ser inexacta ya que depende del criterio humano, el cual es subjetivo. En este sentido, Casal et ál. (2007: 2), refieren que:

“Uno de los casos más relevantes que ilustra la presencia de los sesgos del contador, y que constituye el centro del debate tanto en el gremio como en la academia, es el papel que desempeña el contador en la asignación de un valor razonable a las transacciones”.

Por lo tanto, resulta de mayor importancia la aplicación de modelos adecuados para entender o comprender la existencia de efectos relevantes no cuantitativos y que, quizá, lo fundamental es saber aprovecharlos, como es el caso de los activos intangibles. Interesante incluso, desde el punto de vista científico positivista para lograr una apropiada valoración.

El valor razonable pretende que los estados financieros muestren el valor más justo posible (máxima presunción) para el momento en que informan, sin embargo, se presenta una situación especial, y es que dependiendo de la volatilidad de las partidas registradas, estos valores podrían cambiar con considerable rapidez. En este sentido, Silva y Azua (2006: 73), expresan que “la adopción de un modelo de valor razonable puede hacer que los resultados netos varíen por causas que quedan fuera del control de la empresa, por lo que se vuelven volátiles distorsionando el patrimonio”, por ello, por ejemplo se hace necesario proteger a la entidad con un apropiado sistema de reparto de dividendos que controle la distribución de resultados no realizados.

Por otra parte, el valor razonable sería claro e inequívoco siempre que exista un mercado activo de referencia debidamente organizado, completo y profundo, que proporcione el valor razonable de los activos o pasivos que se pretendan valorar, sin embargo, cuando este valor deba hallarse por la vía del valor de uso, valor de reposición o cualquier otra técnica o modelo, resulta en una cuantía de relativa razonabilidad (García y Zorio, 2002), pues se trata entonces de un valor estimado y por tanto, con diferentes grados de subjetividad, dependiendo de las herramientas aplicadas y de los criterios y experiencia de quienes tienen la responsabilidad de determinar tales valores, así como por las asimetrías de la información que pudieran estar presentes.

Así las cosas, la adopción del valor razonable como criterio de valoración, marca el punto de quiebre del costo histórico y se aleja del principio de prudencia en busca del reconocimiento de resultados no necesariamente generados por las operaciones normales de las organizaciones, sino por los cambios de valor de los activos y pasivos, según los afecte el paso del tiempo y las condiciones cambiantes del entorno que les envuelve. Con ello, se pretende llegar a una noción más próxima al valor de mercado, sin embargo, indican García y Zorio (2002: 60), que “en el caso de que no exista un mercado organizado, completo y profundo, en el que se negocien dichos activos (pasivos) resulta bastante discutible cómo medir ese valor razonable”, lo cual puede causar más problemas que soluciones al agregar mayor incertidumbre para la toma de decisiones.

Por ello, con frecuencia se han relacionado las quiebras de importantes empresas como Enron y Parmalat, que se presentaban como muy sólidas, e incluso el desencadenamiento de crisis como la de Estados Unidos en el año 2008, al indebido uso de la discrecionalidad en la asignación del valor razonable. Al respecto, indican Herranz y García (2009: 647), que “la reciente crisis financiera internacional ha hecho que se cuestione el uso del valor razonable en la contabilidad”. Así mismo, Cañibano y Herranz (2008: 18) indican que:

“Muy posiblemente, las debilidades de las actuales normas contables internacionales han influido en las deficiencias de información que han precedido a la crisis. Pero es muy probable que esa influencia negativa no se haya derivado del mayor uso del valor razonable que dichas normas han incorporado, sino de la propia complejidad de las opciones y alternativas de clasificación, calificación, etc. que las normas contemplan, dando lugar, de forma más o menos indirecta, a una pérdida de objetividad de la información emitida bajo sus preceptos, llegando incluso a propiciar un cierto grado de discrecionalidad para el emisor de los estados financieros, realmente inaceptable”.

En atención a las crisis económica del 2008, indica Moles (2009: 95), que “ha sometido a una tensión sin precedentes a todo el marco conceptual relativo a los instrumentos financieros y la determinación de su valor razonable” al dejar en evidencia ciertas deficiencias de este método de valoración, permitiendo el reparto de resultados no realizados y las altas bonificaciones a los ejecutivos, en detrimento de la liquidez de las entidades; sin embargo, no se trata del concepto o esencia del valor razonable lo que ocasiona las dificultades, sino del uso y abuso en la aplicación del mismo a conveniencia de las entidades.

Por otra parte, indica Tua Pereda (2006: 168-169), que no resulta importante la mecánica de la contabilización de los activos que puedan llevarse a valor razonable, pero sí lo que puede significar la introducción de este criterio para el ordenamiento normativo. En este sentido, este autor refiere cuatro consecuencias del valor razonable: a) significa un tímido paso hacia la consideración de los resultados por tenencia, b) se infiere un riesgo diferente, para los instrumentos financieros, al clasificarlos atendiendo a las intenciones que tiene la gerencia de la entidad con respecto a ellos y no con respecto a su forma jurídica, c) rompe tímidamente con el habitual criterio del costo histórico, creando el problema para el tratamiento de las posibles contrapartidas de las revalorizaciones que ocasione su aplicación y d) cuando la contrapartida es el patrimonio neto, constituye el principal ajuste que afecta al estado de situación, infiriéndose un nuevo concepto: el resultado total, “que estaría integrado por los gastos e ingresos con contrapartida en la cuenta de resultados, más los que tienen su asiento (aunque pueda ser provisional) en el patrimonio neto” (Túa Pereda, 2006: 170).

Así las cosas, se puede sintetizar que las principales críticas que se le hacen al valor razonable, están relacionadas con el método, técnica o instrumental utilizado para su determinación, tales como:

a) Alto grado de subjetividad inherente al proceso de valoración;

b) Su criterio de valoración continúa siendo cuantitativo, determinista, estático y puntual, por lo que no resuelve el problema del dinamismo de la información financiera;

c) Su obtención puede resultar excesivamente discrecional (sesgos de quien debe asignarlo), lo cual da cabida a que la información financiera pierda fiabilidad, por cuanto la misma pudiera presentarse a la conveniencia de la entidad;

d) La diferencia de valor con respecto al costo histórico, puede o no considerarse un resultado repartible, lo cual introduce ambigüedad en el método;

e) El modo de hallar el valor razonable para instrumentos financieros no cotizados o en mercados imperfectos proporciona valores ambiguos;

f) No está basado en transacciones reales (operativas) por lo cual se impregna de falta de fiabilidad (Navarro y Pérez, 2009: 144); y

g) Es difícil de auditar (no es un método fácil de verificar).

Ahora bien, con la recuperación de las críticas anteriores al valor razonable no se pretende desvirtuar su aplicación, pero como “parece claro que el IASB y el FASB seguirán avanzando hacia la mayor utilización del valor razonable” (Morales y Berbel, 2008: 18), si se pretende emplazar el método o el instrumental utilizado para su determinación, con el fin de proporcionar información con una máxima presunción de relevancia, coherencia y comparabilidad, que permita mejorar notablemente el proceso de toma de decisiones, ya que los valores así obtenidos presentan un significativo acercamiento de la información financiera a la realidad de la entidad para un momento determinado, porque, si bien el valor razonable, como opción de valoración posterior al costo histórico, pudiera no tener una exacta precisión, en todo caso este estaría más cerca del verdadero valor que el costo original de adquisición, es decir, sería razonablemente exacto.

Y es que el establecimiento de un valor razonable verdaderamente justo, supone la existencia de un mercado dinámico de activos idénticos que proporcione información perfecta a los participantes y los proteja de las asimetrías de información, tal y como se desprende de García (2009), debe ser un mercado eficiente, de libre competencia, sin costos de entrada ni manipulaciones y en un ambiente ordenado. Sin embargo, cuando estos mercados no existen o no están debidamente ordenados, no es tan fácil el establecimiento de un valor razonable verdaderamente objetivo, por lo cual se hace necesario incorporar novedosas herramientas que permitan valuar el valor razonable con un alto grado de presunción de obtener el importe más justo posible, tal y como se muestra en el apartado siguiente.

3. Valor razonable de máxima presunción. Su valuación con base en la lógica difusa

Ante todo, es importante precisar que en las ciencias contables se trabaja con conocimientos razonables, que deben ser sometidos a la indagación, a la discusión y a la crítica. Ya no se puede mantener la creencia que solo lo tangible, lo evidentemente mensurable, la lógica formal, las tablas de verdad, es lo que lleva a la aprehensión de lo real en contabilidad. Este debe ser el camino del valor razonable como método de valoración contable que permita el acotamiento de la incertidumbre, para lograr alcanzar el valor de máxima presunción, es decir, aquel que mejor represente la realidad valorativa de todos y cada uno de los elementos que conforman los estados financieros de las entidades, en determinadas condiciones y para un momento determinado.

Por ello, ante la pérdida de efectividad del costo histórico para representar la información financiera que muestre la verdadera situación de las entidades y soporte la toma de decisiones, se requiere asumir nuevas herramientas que permitan solventar el problema, y por ello, los organismos reguladores de la información financiera internacional, entre ellos el IASB y el FASB introducen el valor razonable en las normas internacionales de información financiera, donde uno de los aspectos de mayor trascendencia consiste en la incorporación de este “valor razonable” como método de valoración, en algunos casos de manera obligada como en ciertos activos financieros y para otros, de manera optativa como en los activos fijos.

Ahora bien, el valor razonable más representativo requiere de la existencia de mercados activos, perfectos y organizados que proporcionen tal valor y cuando estos no existen, siempre permanecerá la posibilidad de que tales mediciones puedan ser manipuladas o influidas por la discrecionalidad, experiencia y percepciones humanas de quienes deben asignar tales valores, lo cual y muy a pesar de sus bondades, ha repercutido en una pérdida de fiabilidad en tal medición y que le han ocasionado importantes cuestionamientos para su uso generalizado.

Por lo tanto, cuando el valor razonable es asignado por las mismas entidades, existen altas posibilidades de distorsión, y es que como indica Casal et ál. (2007: 2), “el contador, en su actividad consuetudinaria, no deja fuera de su responsabilidad sus propias interpretaciones idiosincráticas, sus sesgos, sus preferencias, sus preconcepciones y en general, sus influencias no estrictamente profesionales”, por lo tanto una asignación de valor razonable, aún utilizando modelos matemáticos que arrojen resultados puntuales, va a estar impregnado de estas condiciones humanas y subjetivas y es que el problema no es que el valor razonable se ocupe de expresar pronósticos o expectativas en un ambiente de incertidumbre, el problema es cómo hacer que los valores obtenidos sean fiables, es decir, se trata del cómo dar confiabilidad a los métodos, modelos o procesos de valuación para obtener el valor razonable.

Así las cosas, el autor plantea el uso de la lógica difusa para lograr que los pronósticos o expectativas, determinados por el valor razonable, se ajusten lo más cerca posible a la realidad, es decir, que se pueda crear una imagen con un alto grado de posibilidad (no probabilidad), de que se estará llegando al máximo nivel de presunción del valor justo posible (no del valor deseado) que permita adherirse fielmente a la supervisión, control y vigilancia de los hechos realizados por la entidad y con ello, mejorar la calidad de los resultados y la adecuada toma de decisiones.

Con tal fin, se instruye el uso de instrumental con base en la teoría de los subconjuntos borrosos(1), legado de Zadeh (1965) y fundamento de la lógica difusa y de la teoría de la posibilidad (Zadeh 1978), en el marco del principio de la simultaneidad gradual el cual enuncia que “una proposición puede ser verdadera y falsa a la vez, a condición de asignar un grado a la verdad y un grado a la falsedad” (Gil Aluja, 2000: 7), tales como el uso de escalas endecadarias, recuperación de efectos olvidados y el expertizaje para conformar expertones que permitan agregar la opinión de los expertos y acotar así la dispersión o entropía de la información compilada para la determinación del valor razonable de un activo o pasivo.

Para ello se requiere la consulta a un grupo de expertos, tal y como lo sugiere Rubio (2009: 21), “la solución pasa por crear un registro específico de expertos en valoración de empresas y otros activos, como el que ha creado el Instituto Español de Analistas Financieros (IEAF)”, con lo cual se evita la tentación o injerencia de los administradores o accionistas de manipular el valor a su conveniencia. La consulta se realiza mediante una tabla endecadaria, con once expresiones lingüísticas descriptivas del valor razonable que se pretende valuar, y con los resultados obtenidos se procede a realizar el expertizaje y cálculo de los expertones con lo cual se agrega la opinión de los expertos consultados y se disminuye la dispersión de los datos.

Asimismo, tal y como indica Morales (2010), “se puede afirmar que en muchos casos el valor razonable no es una cifra única, sino un rango “razonable”. En determinadas ocasiones el rango es estrecho y en otras ocasiones es mucho más amplio” (Morales, 2010: 189). Igualmente, estas bandas pueden ser determinadas mediante la implementación del mencionado instrumental difuso, solo que la compilación de la información se hará en intervalos de confianza, con un mínimo y un máximo o en números borrosos triangulares y donde uno de los tres valores representa el máximo de presunción.

Por otra parte, mediante la aplicación de la teoría de los efectos olvidados de Kaufmann y Gil Aluja (1989) se pueden recuperar, en caso de que los haya, los errores, omisiones, descuidos u olvidos en los que pudieron haber incurrido los expertos, utilizando para ello un proceso de convolución máx-mín entre causas y efectos y conformando matrices de incidencia borrosa.

En este contexto, la escala endecadaria es una tabla conformada por once expresiones semánticas, propias de la cotidianidad del razonamiento humano y por tanto suelen ser vagas, imprecisas y subjetivas. A cada expresión lingüística se le asigna un grado de presunción de posibilidad de ocurrencia contenido en el intervalo [0, 1], iniciándose en cero para la inequívoca no pertenencia, continuando gradualmente con incrementos de una décima, hasta la total pertenencia y a la cual se le asigna el guarismo uno, obteniéndose once valores en total [0, 0.1, 0.2, 0.3, 0.4, 0.5, 0.6, 0.7, 0.8, 0.9, 1] de los cuales se origina su nombre.

Con la información compilada, a través de la mencionada tabla, se realiza el expertizaje que es un instrumental de la lógica difusa utilizado para agregar la opinión de expertos y disminuir la dispersión de la información. En síntesis, su procedimiento consiste en consultar, una o varias veces, a n expertos en el tema de interés. Así, por ejemplo, suponiendo que se quiere determinar el valor razonable de un instrumento financiero X (IFX) que no tiene un mercado activo, una vez realizada la consulta y obtenida la información del grupo de expertos previamente seleccionado, se procede a la estructuración de los expertones siguiendo el procedimiento que se indica a continuación.

En un primer momento, se procede a realizar la consulta de cuál sería el valor más razonable del activo IFX, en unidades monetarias, y con el menor valor obtenido, de las respuestas de los consultados, o extremo inferior (Ei) y el mayor valor alcanzado o extremo superior (Es) se conforma un intervalo [Ei, Es]. Luego, se procede a consultar nuevamente a los expertos, o a otros diferentes si se prefiere, el grado de presunción, contenido en el intervalo [0, 1], en que cada valor (Ei y Es) se cumplirá.

Obtenida la información se procede de la siguiente manera:

a) Vaciar en una tabla la información aportada por los expertos,

b) Calcular las frecuencias de respuesta por cada uno de los grados de presunción de la escala endecadaria, es decir, se determina cuántas veces se repite cada valor de respuesta,

c) Normalizar las frecuencias, para lo cual se divide cada uno de los resultados hallados (frecuencia de repetición) entre el número de expertos,

d) Se estructuran los expertones, acumulando los valores normalizados, partiendo desde el guarismo correspondiente al valor 1 de la escala endecadaria hasta el valor 0 y finalmente,

e) Para hacer caer la entropía se obtiene la esperanza del expertón de la siguiente manera: hallada la sumatoria de los valores correspondientes al nivel de presunción 0.1 hasta el nivel 1 (adviértase que no se incluye el nivel 0), se divide entre 10, con lo cual se obtiene el resultado agregado de interés, que en el caso propuesto será un intervalo [n1, n2] representativo de las posibilidades de ocurrencia de Ei y Es, respectivamente, y para obtener el valor razonable en unidades monetarias, se aplicará la fórmula: Ei + ([Es - Ei] × expertón) para cada uno de los valores de la escala endecadaria, tanto para Ei como para Es. Con los resultados así obtenidos, se realiza el paso (e) con lo cual se obtiene un valor razonable acotado al intervalo [E’i, E’s]. Si se quiere restringir aún más el resultado, se aplica el contraexpertizaje pero indagando sobre las posibilidades de ocurrencia de los extremos del intervalo obtenido [E’i, E’s].

El procedimiento es similar para el caso que se quiera trabajar con un número borroso triangular [Ei, Mp, Es], obteniéndose además de los dos extremos [E’i, E’s], un valor central [M’p] que representa la máxima presunción de ocurrencia del valor razonable indagado.

Por otra parte, en caso de que en la determinación del valor razonable intervengan varios factores, condiciones o categorías (b) y se quiera verificar la existencia de olvidos, errores, descuidos u omisiones (efectos olvidados) en los que pudieron incurrir los expertos al evaluar las relaciones efectos-causas entre cada b con todas las demás, se procede: a) introducir los resultados agregados (hallados mediante el expertizaje y estructuración de expertones) de las incidencias reciprocas de cada una de las b con respecto a todas las demás, en una matriz M; b) se obtiene la matriz de efectos olvidados de primera generación M’, convolucionando (el valor máximo de los mínimos) M consigo misma, es decir: M o M; c) se conforma la matriz D, restando de M’ la matriz original M (es decir, M’ - M); y d) en D, se determina la existencia de efectos olvidados, utilizando un valor de corte, por ejemplo a = 0.5, permitiendo su recuperación.

La estructuración de estas herramientas fueron explicadas en detalle por el autor, paso a paso, en el artículo denominado Herramientas con base en subconjuntos borrosos - propuesta procedimental para aplicar expertizaje y recuperar efectos olvidados en la información contable (Rico y Tinto, 2010: 127-146) y una aplicación práctica de las mismas se puede evidenciar en la valuación de deudores individuales de riesgo de crédito con base en lógica difusa - aproximación a un Fuzzy-Score dinámico utilizando la teoría de los subconjuntos borrosos (Rico, 2015), sin embargo, por las limitaciones del presente artículo, su adaptación específica a la determinación del valor razonable será tema de un trabajo posterior, no obstante, el contenido y la sencillez de las dos investigaciones previamente referenciadas les permitirá a los lectores interesados su rápida comprensión del uso y aplicación del mencionado instrumental para determinar un valor razonable con un grado de máxima presunción de justeza del activo o pasivo valuado.

Otros instrumentos que también pueden estructurarse con base en lógica difusa para la determinación del valor razonable son el exponente de ponderación uniforme (Ei) y exponente de máxima presunción (EMP) propuestos por el autor (Rico, 2015), además de la distancia de Hamming, ponderación convexa y el coeficiente de adecuación de Kaufmann y Gil Aluja, entre otros que fueren adaptables.

En definitiva, se debe tener presente que el fin último de la contabilidad debe ser proporcionar información completa, prudente, comparable y sin distorsiones que soporte una adecuada y oportuna toma de decisiones, por lo cual la misma debe reflejar de la manera más justa posible el valor económico de cada una de las partidas mostradas en los estados financieros y en su conjunto el de la entidad allí representada, por lo cual se requiere aplicar las herramientas adecuadas que contribuyan con el cumplimiento de este objetivo, siendo el instrumental de la lógica difusa muy apropiado para tal fin.

Conclusiones

El valor razonable, si bien ha sido cuestionado, tiene la ventaja de reflejar mejor el valor justo del activo o pasivo para la fecha de presentación de los estados financieros, sin embargo, este método tiene una crítica dura por la discrecionalidad para la asignación de los valores considerados razonables, aun cuando la normativa internacional ha regulado su determinación, esta ha estado en manos de la entidad, por lo que es susceptible de ser manipulada para presentar la información que más convenga, tal y como se le atribuye a importantes empresas que se presentaban muy sólidas pero que de un momento a otro se fueron a la quiebra o necesitaron importantes ayudas gubernamentales.

Aquí entra en juego el riesgo y la incertidumbre, características del actual mundo caótico y complejo que no necesariamente reproduce las situaciones históricas, si no que por el contrario, le agrega elementos de complicación y dificultad a la hora de tratar de establecer un valor justo o razonable a determinados activos o pasivos, sobre todo cuando no existe un mercado activo que los proporcione. Esta situación, con la intención de acotar la incertidumbre que se genera, crea la necesidad de establecer grupos de expertos en la valoración de cada uno de estos activos o pasivos, los cuales, mediante un proceso de expertizaje y contraexpertizaje con base en lógica difusa, puedan ser consultados las veces que sean necesarios para acotar paulatinamente los grados de subjetividad e incertidumbre existente en las apreciaciones previas de los expertos. Así mismo, los valores obtenidos no tienen que ser puntuales, pudiendo ser una banda con un límite inferior y otro superior con la posibilidad de establecer un máximo nivel de presunción del valor justo posible, permitiendo la configuración de números borrosos triangulares o incluso trapezoidales.

De lo anterior se deduce que ya no es válido someter la valoración contable a la sola idea cuantitativa, por el contrario, hay que concebir la imprecisión como un enfoque que conduzca a nuevas tendencias científicas, en una convergencia de lo cuantitativo y lo cualitativo, penetrando en lo más profundo de los objetos pensados e indagando sobre qué connotaciones tienen y qué perspectivas se le pueden dar.

Así, quedará en manos de los usuarios de la información financiera evaluar la información y tomar las decisiones con los mejores criterios de que disponga y de acuerdo con la información que recibe a través de los estados financieros y revelaciones, pero también de la que percibe, de conformidad con su experiencia.

Así mismo, reflejó la necesidad de incentivar y mantener la investigación en este método de valuación del valor razonable de máxima presunción, para ir construyendo la teoría que se ajuste a las nuevas exigencias propulsadas por las actuales formas sociales, organizacionales y económicas del imperante mundo globalizado, caótico, complejo y caracterizado por la inexactitud, la incertidumbre y la subjetividad.

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(1) Los subconjuntos borrosos (fuzzy sets) son una especie de conjuntos, propuestos por Zadeh (1965), cuyos elementos no tienen una definición completamente nítida de pertenencia a una determinada clase del conjunto, sino que pertenecen al mismo en un cierto grado y en otro cierto grado no pertenecen. Evidentemente esta característica de los subconjuntos borrosos (A), que contradice al principio aristotélico del tercio excluso y de no contradicción, donde un elemento de un conjunto debe pertenecer o no pertenecer (pero no ambos a la vez), los hace más amplios que los conjuntos nítidos o clásicos, siendo estos últimos apenas un caso particular (la extraordinaria ocurrencia de los máximos extremos de pertenencia o no pertenencia) de los subconjuntos borrosos.