La evolución del marco conceptual para las empresas mercantiles en Estados Unidos(*)

Revista Nº 4 Oct.-Dic. 2000

Stephen A. Zeff(1) 

Rice University Houston, Texas 

Los comienzos(2) 

Los antecedentes del desarrollo de un «Marco Conceptual» en la literatura contable norteamericana pueden atribuirse a William A. Paton y John B. Canning. En su Accounting Theory (1922), Paton presenta «una reformulación de la teoría contable congruente con las condiciones y necesidades de la empresa mercantil por excelencia, la gran empresa» (pp. iii-iv), y en el capítulo final discute una serie de asunciones básicas o «postulados», que constituyen la estructura de la contabilidad moderna. En The Economics of Accountancy (1929), Canning fue el primer autor que desarrolló y presentó un entramado conceptual para la medida y valoración de activos basado expresamente en las expectativas futuras. El libro de Paton fue una ampliación de su disertación doctoral presentada en la Universidad de Michigan; el de Canning tiene un origen similar, también su disertación doctoral, defendida en la Universidad de Chicago. A través de estos trabajos, Paton y Canning han ejercido su influencia sobre muchos otros autores a lo largo de los años (vid. Zeff 2000).

Probablemente, el primer intento institucional de establecer los fundamentos de un Marco Conceptual fue el Tentative Statement of Accounting Principles Affecting Corporate Reports, emitido en 1936 por el Comité ejecutivo de la American Accounting Association (AAA) y publicado en The Accounting Review(3). La principal razón para la publicación del Tentative Statement, encendida defensa del coste histórico, fue suministrar elementos conceptuales a la recientemente creada Securities and Exchange Commission (SEC). De hecho, el equipo de la SEC citó con frecuencia en su apoyo este documento, así como las revisiones del mismo publicadas en 1941 y 1948, y también las ocho declaraciones suplementarias emitidas entre 1950 y 1954. La revisión final del Statement, que vio la luz en 1957, resultó excesivamente renovadora frente a la práctica del momento como para ser aceptada de inmediato por la SEC.

El trabajo An Introduction to Corporate Accounting Standards, publicado en 1940 por la AAA como ampliación de su Tentative Statement de 1936 es, probablemente, el que mayor influencia ha tenido en la literatura contable estadounidense. Sus autores son W.A. Paton y A.C. Littleton, dos de los más importantes académicos de su tiempo. Ante todo, se trata de una elegante explicación y racionalización del modelo de valoración basado en el coste histórico, que ya era ampliamente aceptado en los Estados Unidos. Disfrutó de amplia aceptación y fue utilizado durante muchos años en cursos de contabilidad en todo el país. Hasta donde puede conocerse, la monografía de Paton y Littleton probablemente contribuyó mucho más que cualquier otra publicación a la perpetuación de la utilización del coste histórico en los Estados Unidos. Este trabajo también popularizó la correlación de ingresos y gastos, conocida normalmente como «matching convention». Reed. K. Storey, que ha dedicado la mayoría de su carrera profesional a dirigir la investigación del Accounting Principles Board y del Financial Accounting Standards Board, afirma:

“La monografía (de Paton y Littleton) fue una sorprendente excepción a la creencia general de que los trabajos de los académicos tienen poco efecto en la práctica contable... Generaciones de expertos contables aprendieron a utilizarla como si de la Biblia se tratara...

Desde la monografía de Paton y Littleton, durante los años cuarenta, la práctica contable se ha desarrollado sustancialmente en las líneas especificadas en la misma, a la vez que las racionalizaciones de la teoría congruentes con su contenido han sido ampliamente utilizadas y han resultado habituales en los pronunciamientos de la regulación» (Storey, 1981, p. 90).

En 1938, dos años antes de la aparición de la monografía de Paton y Littleton, el American Institute of Accountants (AIA) publicó A Statement of Accounting Principles, de Thomas H. Sanders, Henry Rand Hatfield y Underhill More —académicos los tres, del ámbito contable los dos primeros y del campo del derecho el tercero— que fue, en buena medida, una defensa de las prácticas aceptadas en el momento. La monografía fue encargada en 1935 por la Haskins & Sells Foundation, al objeto de que la recientemente creada SEC —que había declarado su interés en establecer la forma y contenido de los estados financieros para las empresas cotizadas— pudiera contar con criterios sobre la mejor práctica contable posible.

En 1938-39, el AIA adoptó una postura más activa en el suministro de criterios a la SEC, cuando ésta autorizó a su Committee on Accounting Procedure la emisión de Accounting Research Bulletins. En una de sus primeras decisiones, el Comité rechazó la posibilidad de desarrollar una declaración general de principios contables —una especie de «Marco Conceptual»— porque la culminación del proyecto podría demorarse quizás cinco años, tiempo durante el que la SEC podría perder la paciencia y comenzar a emitir sus propias reglas contables al margen del comité (Zeff, 1972, p. 137). Durante los años cuarenta y cincuenta se formularon varias propuestas para desarrollar un conjunto de conceptos básicos, a la vez que en la primera de estas décadas, la de los cuarenta, el departamento de investigación del AIA publicó una revisión de ocho páginas de los principios básicos de contabilidad (AIA, 1945). No obstante, ninguna de esas iniciativas fue aceptada por el comité como parte de su programa de trabajo (Zeff, 1972, pp. 141-143).

También, durante estas dos mismas décadas, se generó, en el seno del comité del instituto y entre el mismo y el equipo contable de la SEC, una cierta frustración a causa del desacuerdo sobre algunos temas contables controvertidos, tales como los impuestos diferidos, la alternativa coste histórico versus valores presentes, la idoneidad de los ajustes a nivel general de precios y el tratamiento de los resultados extraordinarios en la cuenta de pérdidas y ganancias. Los representantes en el Comité de las grandes sociedades de auditoría discrepaban en sus posturas sobre si debía imponerse un amplio grado de uniformidad o permitir la flexibilidad en la elección de los métodos contables (vid. Zeff, 1984, pp. 458-459). Estas discrepancias tuvieron un efecto poco favorable en el trabajo del Comité.

Considerando que resultaba necesaria una amplia actividad de investigación como apoyo de las deliberaciones, Alvin R. Jennings, presidente del Instituto, propuso, al ser nombrado para este cargo, la creación de una fundación para la investigación, que «se ocupe del examen y de la revisión continua de las asunciones contables y de promulgar declaraciones investidas de autoridad, como guías tanto para la empresa como para la profesión» (Jennings, 1958, p. 32). Al mismo tiempo, Leonard Spacek, combativo socio director de Arthur Andersen & Co., criticó públicamente la profesión contable por no establecer las premisas y principios de la disciplina (Spacek, 1957, p. 21).

Comenzaron a aparecer presiones a favor de un enfoque más adecuado para el establecimiento de «principios de contabilidad generalmente aceptados» (generally accepted accounting principles, GAAP), que hasta el momento habían sido formulados de manera separada, aplicados a cada caso concreto, por el Committee on Accounting Procedure. Se suponía que un programa de investigación básica podría ayudar al comité en la resolución de algunos de sus profundos desacuerdos, así como persuadir a la SEC de la valía del nuevo enfoque. De inmediato, Jennings designó un comité especial para un programa de investigación (Special Committee on Research Program), para estudiar y hacer recomendaciones sobre el papel del instituto en el establecimiento de principios contables, con especial atención a la vertiente de la investigación.

La etapa del accounting principles board

El Special Committee on Research Program del Instituto estuvo compuesto por figuras líderes de la profesión: auditores, elaboradores de estados financieros y académicos, y también incluyó al Chief Accountant de la SEC. En su informe programático, publicado en 1958, el Comité propuso simultáneamente el establecimiento del Accounting Principles Board (APB), para reemplazar al Committee on Accounting Procedure, y la creación de una división de investigación contable para apoyar al APB. Al mismo tiempo identificó cuatro amplios niveles en la contabilidad financiera: postulados, principios, reglas y otros criterios para la aplicación de principios a situaciones específicas e investigación (Report to Council of the Special Committee on Research Program, 1958, p. 63).

El término «postulados» había tenido poca utilización en la literatura contable. El Comité afirmó que los postulados «son pocos en número y son las asunciones básicas en las que descansan los principios. Necesariamente derivan del entorno económico y político y de la forma de pensamiento y costumbres de todos los segmentos de la comunidad de negocios» (p. 63). Añadía que «Partiendo de los postulados, debe formularse un adecuadamente amplio conjunto de principios contables coordinados» (p. 63). La principal prioridad de la división de investigación fue el encargo de estudios (Accounting Research Studies) sobre los postulados contables y sobre el conjunto de principios contables, contemplados en sentido amplio. Afirmó, así mismo, que «Los resultados [de estos estudios], una vez adoptados por el Comité [Accounting Principles Board], deben servir como fundamentos para el conjunto de futuros pronunciamientos del instituto en materias contables, de manera que cada nuevo pronunciamiento se relacione con ellos» (p. 67). Acababa de nacer el primer programa institucional para establecer un Marco Conceptual —con principios apoyados en postulados— aunque la denominación «Marco Conceptual» no apareció formalmente hasta la década de los setenta.

El instituto aceptó las recomendaciones del Comité, y en 1959 el APB sucedió al Committee on Accounting Procedure. Un profesor de contabilidad de la Universidad de California-Berkeley, Maurice Moonitz, fue designado el primer director de investigación a tiempo completo, y procedió al encargo de estudios de investigación sobre postulados y principios en sentido amplio. Moonitz se asignó a sí mismo el proyecto sobre postulados, y colaboró con su colega de Berkeley, Robert T. Sprouse, en el estudio de investigación relativo a los principios en sentido amplio.

El trabajo de Moonitz, The Basic Postulates of Accounting, (Accounting Research Study Nº 1), fue publicado en 1961, y consistía en la enumeración y explicación de tres conjuntos de postulados contables: postulados del entorno, postulados del ámbito de la contabilidad y postulados imperativos (tales como empresa en funcionamiento, objetividad, consistencia, unidad monetaria, importancia relativa, prudencia e información). No resultaba claro en este trabajo si Moonitz apoyaba el coste histórico o alguna de las versiones del valor presente, por lo que muchos lectores consideraron su trabajo demasiado abstracto y general como para comprometer su interés y su pensamiento crítico.

El estudio siguiente, de Sprouse y Moonitz, titulado A Tentative Set of Broad Accounting Principles for Business Enterprises (Accounting Research Study Nº 3), publicado en 1962, no muestra una neutralidad similar. Apoyándose en los postulados de Moonitz, los autores argumentan que debe prestarse menor atención al concepto de realización «como un rasgo esencial de la contabilidad» (p. 15), y que la utilización de los valores presentes debe generalizarse, cuestión que, a la vista de la tradicional antipatía de la SEC en cuanto a la posibilidad de apartarse del coste histórico, se convirtió automáticamente en controvertida, cuando no rechazable. Sprouse y Moonitz abogaban por la utilización de los costes de reposición para las existencias y para los inmovilizados técnicos, así como por el uso de valores actuales netos para las cuentas a cobrar y a pagar a saldar en efectivo. En los primeros años de la década de los sesenta, la utilización de los valores actuales netos, basados en los flujos esperados de caja, era prácticamente desconocida en la práctica contable estadounidense, y los valores presentes (excepto por lo que respecta a la regla «valor histórico o de mercado, el más bajo») resultaban difícilmente aceptables. Sprouse y Moonitz también recomendaban que las pérdidas y ganancias por tenencia, procedentes de la reevaluación de las existencias, fueran consideradas como ingresos (p. 30).

Nueve de los doce miembros del comité consultivo para los estudios relativos a los postulados y principios comentaron las recomendaciones de Sprouse y Moonitz en anexos publicados con el estudio, y la reacción de ocho de ellos osciló entre posturas tibias y de rechazo. El Chief Accountant de la SEC, así como otros dos miembros que habían ocupado este cargo, se encontraron entre los críticos más duros. El propio APB, encargado de decidir si adoptaba o no los dos estudios de investigación, emitió una famosa declaración en la que los rechazaba como «demasiado radicalmente diferentes de los principios de Contabilidad generalmente aceptados, como para ser implantados en este momento» (APB, 1962).

Moonitz y Sprouse habían pensado que su encargo consistía en el desarrollo de argumentos racionales para un adecuado enfoque de la información financiera. Por el contrario, la mayoría de los miembros del APB y otros líderes de la profesión contable consideraron la investigación básica como un instrumento para racionalizar el status quo (en la línea de la monografía de Paton y Littleton), más como razonamientos normativos que dieran lugar a cambios importantes en la contabilidad. Sobre todo, la SEC actuó en ese momento como un organismo regulador de talante conservador, que consideró que las posibles transgresiones a la «objetividad» del coste histórico podrían confundir a los lectores de los estados financieros. En la década de los sesenta, la SEC estimaba que su misión era principalmente evitar la confusión en los estados financieros, más que mejorar su contenido informativo. Como resultado del rechazo del APB a los estudios sobre postulados y principios, la idea de la investigación contable como piedra angular de los pronunciamientos sobre cuestiones concretas sufrió un serio revés y, en su lugar, el comité comenzó a emitir pronunciamientos específicos —como antes había hecho el Committee on Accounting Procedure— sin un conjunto de conceptos subyacentes en que apoyarlos.

Uno de los miembros del Project Advisory Committee, Paul Grady, ex-socio de Price Waterhouse & Co., protegido del primer «decano» de la profesión, George O. May, argumentó que resultaba oportuno un sumario de los principios de contabilidad generalmente aceptados. Consideraba, al igual que su mentor académico, A.C. Littleton, que las explicaciones teóricas deberían derivarse inductivamente de la práctica. El APB encargó a Grady la realización de tal estudio, y en 1965 el Instituto publicó su Inventory of Generally Accepted Accounting Principles for Business Enterprises (Accounting Research Study Nº 5) que, según se esperaba, podría ser actualizado por suplementos periódicos. El trabajo tuvo una gran demanda en el exterior, en la medida en que se consideró como una compilación, investida de autoridad, de la práctica aceptada en Estados Unidos. Aunque el estudio de Grady identificaba conceptos básicos, objetivos y principios implícitos en los pronunciamientos del momento, ofrecía pocos elementos para introducir mejoras en la práctica. Al menos pretendió mostrar que la contabilidad descansa en tales conceptos básicos, objetivos y principios, contrariamente a la postura mantenida por los escépticos.

A mediados de la década de los sesenta, el APB respondió a la recomendación de un grupo de trabajo especial, que ponía de manifiesto la necesidad de que el Board «enumere y describa los conceptos básicos por los que los principios contables deben orientarse» y «establezca los principios contables sobre los que debe conformarse la práctica contable» (énfasis añadido; Zeff, 1972, p. 196). En definitiva, el encargo implicaba que el comité debía adoptar un planteamiento normativo en el desarrollo de los conceptos básicos, y no limitarse exclusivamente a sintetizar las prácticas aceptadas en el momento. Se intentó que el producto final de este cometido fuera una opinión del Board, que tuviera la forma de pronunciamiento obligatorio.

El Comité y uno de sus grupos de trabajo estuvo ocupado en esta cuestión durante cinco años, en los que sus miembros tuvieron notables dificultades en alcanzar acuerdos en relación con las proposiciones normativas. Finalmente, resultó más fácil consensuar un pronunciamiento de carácter más bien descriptivo, que fue publicado en 1970 como Statement Nº 4 bajo el título Basic Concepts and Accounting Principles Underlying Financial Statements of Business Enterprises. Como tal declaración (Statement) y no como una opinión, el pronunciamiento no resultaba obligatorio y sus conceptos podían ser ignorados. La emisión de un documento fundamentalmente descriptivo desagradó de forma notable a los que habían confiado en que el Comité proporcionaría finalmente elementos para mejorar la información financiera. Un miembro del APB, George R. Catlett, de Arthur Andersen & Co., mostró su disconformidad con el Statement, «porque, en su opinión, fracasa en el suministro de los propósitos que deben constituir «una base para guiar el desarrollo futuro de la contabilidad financiera»» (APB, 1970, p. 105). Sin embargo, incluso como pronunciamiento descriptivo, el documento era amplio, notable y profundamente analítico, y sus contenidos han sido citados con frecuencia cuando se discuten conceptos subyacentes en la práctica contable.

El statement of basic accounting theory de la AAA

Mientras que el Committee on Accounting Procedure y el APB, compuestos principalmente por expertos procedentes de la práctica profesional, fueron incapaces o reacios en cuanto al desarrollo de un conjunto normativo de conceptos subyacentes y de principios básicos, no ocurrió lo mismo con aportaciones procedentes del ámbito académico. En 1966, un comité de la American Accounting Association publicó una monografía pionera, titulada A Statement of Basic Accounting Theory (ASOBAT), que reorientó la atención sobre las virtudes inherentes a los modelos de valoración de activos y al enfoque basado en la «utilidad en la toma de decisiones» de los estados financieros(4). En este documento se definía la contabilidad como «el proceso de identificar, medir y comunicar información financiera que permita juicios y decisiones informados a sus usuarios» (AAA, 1966, p. 1). Mientras tal definición difícilmente puede considerarse excepcional en la actualidad, en la década de los sesenta, cuando los teóricos estaban ocupados en debatir activamente la superioridad de modelos alternativos para la valoración de activos (vid., p.e. Nelson, 1973; Henderson and Peirson, 1983, capítulos 8 y 9; y Lee, 1996), la orientación expresa hacia la utilidad de la información fue una bocanada de aire fresco. Este trabajo también prestó atención a la predicción:

«El Comité sugiere que la información contable para usuarios externos debe reflejar sus necesidades mediante la inclusión de mediciones y formulaciones que sean relevantes en la realización de pronósticos, sin que ello implique que la información suministrada sea completamente adecuada para tal predicción...

Casi todos los usuarios externos de la información financiera suministrada por una empresa con ánimo de lucro están interesados en torno a la predicción de los beneficios de la misma en varios períodos futuros. Tales predicciones son más cruciales en el caso de los inversores en capital, actuales y potenciales, considerados por la mayoría como los más importantes entre los diferentes grupos de usuarios... Los beneficios pasados de la empresa se consideran como la partida más importante de información relevante para la predicción de beneficios futuros. Ello implica que los beneficios pasados deben medirse y ponerse de manifiesto de manera que suministren a los usuarios el mejor apoyo posible en sus esfuerzos de realizar predicciones con un mínimo de incertidumbre (pp. 23-24)(5).

El Comité identificó y elaboró «cuatro requisitos básicos para la información contable... que suministran criterios que deben utilizarse en la evaluación de la información contable potencial»: relevancia, verificabilidad, imparcialidad y cuantificabilidad (p. 8). Seguidamente, enjuició un buen número de áreas problemáticas en la contabilidad a la luz de tales criterios (pp. 27-36). En una de sus más importantes opiniones, la relativa a la controversia coste histórico versus valores presentes, concluyó, después de valorar la verificabilidad frente a la relevancia, que los estados financieros deben suministrar información obtenida con ambos modelos (lo cual fue una recomendación radical en su momento):

«El suministro únicamente de información histórica [basada en las transacciones] excluye el impacto del entorno en la empresa; la presentación solo de información basada en valores presentes dificulta el registro de las transacciones de mercado consumadas. El comité recomienda que se ofrezcan ambos tipos de información en informes multicolumna, en los que aparezca simultáneamente una y otra información» (pp. 30-31).

En una pequeña sección del informe, el Comité sugiere que «los contables normalmente han tenido una estrecha visión del cumplimiento de la norma de cuantificación» y que, a la luz de la incertidumbre subyacente en la valoración contable, «no existen razones de peso para que la contabilidad no pueda informar en términos de estimación de intervalos o de distribuciones de probabilidad» (p. 29).

Robert R. Sterling, importante teórico del momento, evaluó el ASOBAT en los siguientes términos:

«El Comité nos invita a contemplar la contabilidad como un sistema de medida e información. Esta nueva óptica cierra algunas cuestiones, pero plantea otras. En su marco de referencia, ya no es apropiado discutir sobre cuál es la convención o asunción que ofrece más adecuadamente los valores «actuales» del coste o de los ingresos; tampoco es correcto asumir que si describimos cuidadosa y completamente (fully disclose) los métodos utilizados, las representaciones así obtenidas son necesariamente significativas, o que solo los costes incurridos o los datos de las transacciones son objeto de la contabilidad, o que mediante la adecuada clasificación se reflejan los costes. Con la nueva óptica, las mediciones en contabilidad son función de un fin concreto...

Ello implica un cambio en la visión del mundo, y es el crisol en el que se forja la revolución» (nota a pie de página omitida; Sterling, 1967a, pp. 99-100).

Una de las «ocho grandes» anuncia su propia declaración de objetivos

En 1972, Arthur Andersen & Co. (AA), una de las «ocho grandes», dio a conocer una publicación de 130 páginas, titulada Objectives of Financial Statements for Business Enterprises. Las razones de esta manifestación aislada hay que buscarlas en la frustración de la entidad por el fracaso del Accounting Principles Board en su intento de llegar a un acuerdo sobre una declaración normativa de conceptos y principios en su Statement Nº 4 de 1970 (Wyatt, 1999, p. 161). La atención de la entidad se centró especialmente en los «objetivos», ya que el Comité Trueblood del Instituto había recibido el encargo de estudiar en profundidad esta cuestión para los estados financieros (vid. el epígrafe siguiente). La publicación de AA fue crítica con la práctica contable del momento, especialmente en cuanto a la importancia prestada a la prudencia y al coste histórico como un fin en sí mismo, y no como un método orientado a fines concretos (pp. 34-38). En cambio, afirmaba que «los estados financieros deben ser adecuados para todos sus usuarios, y deben suministrar las bases para resolver [sus] conflictos de intereses...» (p. 8), visión que el anterior socio y director de la entidad, Leonard Spacek, había mantenido en comparecencias públicas desde la década de los cincuenta (vid. A Search for Fairness..., 1969). La entidad concluía que el objetivo básico de los estados financieros:

«...es comunicar información relativa a la naturaleza y valor de los recursos económicos de una empresa mercantil de los intereses de los acreedores y de la participación de los propietarios en los recursos económicos, así como relativa a los cambios en la naturaleza y valor de tales recursos en los diferentes períodos» (p. 116).

Una implicación del objetivo así formulado es que los activos deben medirse a valores corrientes, con lo que la entidad recomendaba que las pérdidas y ganancias no realizadas por tenencia fueran puestas de manifiesto en la cuenta de pérdidas y ganancias (capítulos 7 y 8).

La propuesta de AA fue intrépida, y fue la única firma de auditoría que emitió una declaración de este tipo sobre sus puntos de vista.

El Informe Trueblood: los objetivos de los estados financieros

El enfoque de la utilidad para la toma de decisiones, que tiene su precedente en el ASOBAT, fue desarrollado en 1973 mediante un más amplio informe de un Comité especial del American Institute of Certified Public Accountants (AICPA)(6) sobre los objetivos de los estados financieros. Se formó en 1971, después de que tres de las «ocho grandes» (incluida Arthur Andersen & Co.) hicieran públicas sus opiniones sobre la ineficacia del APB, y sobre su falta de habilidad para resistir presiones de intereses concretos, especialmente de los encargados de la elaboración de los estados financieros (vid. Zeff, 1984, pp. 463-464).

El AICPA constituyó dos comités especiales en este episodio de crisis. El primero, conocido como Study Group on the Establishment of Accounting Principles, o Comité Wheat, fue llamado a recomendar mejoras en el proceso de emisión de principios contables. En su informe (Establishing Financial Accounting Standards, 1972), propuso la creación de un organismo, independiente, con miembros dedicados al mismo y a tiempo completo, conocido como Financial Accounting Standards Board (FASB), bajo los auspicios de una nueva Financial Accounting Foundation. La AICPA aprobó enseguida el informe del Comité Wheat y creó el FASB que, de este modo, sucedió al APB en julio de 1973. El segundo Comité especial, denominado Study Group on the Objectives of Financial Statements, conocido también como Comité Trueblood, estuvo compuesto por importantes miembros de la profesión contable, académicos y usuarios de la información financiera, y recibió el encargo de proponer los objetivos básicos de los estados financieros que debían guiar la mejora de la información financiera. Se trataba de elaborar un pronunciamiento normativo y no una declaración inferida de la práctica del momento. Como cuestión importante, cabe mencionar que el director de la investigación del Comité Trueblood, George H. Sorter, profesor de contabilidad de la Universidad de Chicago y director de investigación del Comité Trueblood, fue uno de los miembros con mayor influencia en el comité de la AAA que desarrolló el ASOBAT(7).

El informe del Comité Trueblood, Objectives of Financial Statements, que fue publicado en octubre de 1973, adoptó el enfoque de la utilidad en la toma de decisiones del ASOBAT y, en concreto, puso su atención en los flujos de caja futuros:

«Un objetivo de los estados financieros es suministrar información útil a los inversores y acreedores para predecir, comparar y evaluar los flujos de caja potenciales que recibirán, en términos de importe, momento e incertidumbre» (p. 20).

El Comité afirma que los estados financieros deben «servir principalmente a los usuarios que tienen autoridad, posibilidades o recursos limitados para obtener información y que confían en los estados financieros como su principal fuente de información sobre las actividades económicas de la empresa» (p. 17). Mientras el Comité prestó especial atención a los inversores y acreedores, también contempló a los directivos y empleados como integrantes del conjunto de usuarios de los estados financieros, concluyendo que: «Mientras los usuarios pueden ser diferentes, sus decisiones económicas son similares. Cada usuario mide los sacrificios y beneficios en términos de los desembolsos o entradas de caja, actuales o potenciales» (p. 18).

Siguiendo los pasos del ASOBAT, el Comité consideró oportuno enumerar varias «características cualitativas de la información»: relevancia e importancia relativa (relevance and materiality), prioridad de la sustancia sobre el fondo (form and substance), fiabilidad (reliability), imparcialidad (freedom from bias), comparabilidad (comparability), consistencia (consistency) e intelegibilidad (understandability) (capítulo 10). Concluyó, por otro lado, al igual que el comité de la AAA que preparó el ASOBAT, que «los objetivos de los estados financieros no pueden alcanzarse mediante la utilización de un único conjunto de criterios de valoración» (p. 41). El Comité Trueblood consideró un conjunto de tales criterios más amplio que el contemplado por la AAA: coste histórico, valores de salida, coste de reposición y valor actual neto, afirmando que «La combinación específica de diferentes criterios de valoración a utilizar es una cuestión de juicio profesional» (p. 42). No obstante, como elemento de ayuda en la elección, sugirió la manera en que cada uno de estos criterios puede apoyar a los requerimientos de la información, así como aquellos para los que no es adecuado.

En dos secciones del Informe Trueblood, que no han sido objeto de excesiva atención, el comité comentaba la escasa utilidad de las medidas únicas en los estados financieros en cuanto al cumplimiento de sus fines sociales. Como en el punto anterior, siguió al ASOBAT afirmando que «la medida en términos de un único conjunto de números, que no indica posibles intervalos y su dispersión, plantea problemas en la descripción de hechos sujetos a incertidumbre» (p. 39). Es ésta una cuestión que rara vez ha sido tratada expresamente en los círculos relacionados con la regulación contable. El comité concluyó sugiriendo que:

«Para satisfacer las preferencias individuales de los usuarios en la predicción y control del impacto de los hechos actuales en la capacidad de la empresa para obtener beneficios, algunas de las cuantificaciones expresadas con una única cifra deben complementarse, para representar su complejidad real, poniendo de manifiesto intervalos en términos de precisión, razonabilidad e incertidumbre» (p. 40).

En un contexto ampliamente social, el Informe Trueblood afirmaba que los fines sociales de la empresa no son menos importantes que los económicos. Citando como ejemplo la polución, el comité llama la atención sobre «las actividades de la empresa que requieren sacrificios de aquellos a los que no benefician» (p. 54). Con ello, concluyó que:

«Un objetivo de los estados financieros es suministrar información sobre aquellas actividades que afectan a la comunidad y que puedan ser determinadas, descritas o medidas, y que sean de importancia para evaluar el papel de la empresa en su entorno social» (p. 55).

El Informe Trueblood fue importante por la novedad de su enfoque. Contribuyó decididamente a replantear la discusión en el área de la regulación contable, cambiando el énfasis en la administración de un patrimonio (stewardship reporting) por el suministro de información útil a la toma de decisiones. El informe se convirtió en una especie de borrador para el proyecto de Marco Conceptual que acometió el entonces recién creado FASB(8).

La etapa del Financial Accounting Standards Board

Los primeros pasos

El Comité Wheat, en su informe que recomendaba la creación del FASB, no contempló la posibilidad de que este organismo acometiera el desarrollo de un Marco Conceptual. En dicho informe afirmaba que:

«La necesidad de búsqueda de fundamentos conceptuales básicos ha sido discutida ampliamente en los ámbitos contables durante muchos años. Estimamos que este debate ha producido más calor que luz. La contabilidad y la información financiera no descansan en leyes naturales, como las ciencias físicas, pero deben apoyarse en un conjunto de convenciones o normas diseñadas para alcanzar lo que se considera como los objetivos deseables de la contabilidad y de la información financiera. Entendemos que el trabajo principal del [Comité Trueblood] debe ser el desarrollo de tales objetivos, así como de algunos criterios para alcanzarlos...

El trabajo del órgano regulador debe ser desarrollar normas para la preparación de información financiera que sean consistentes con tales objetivos» (1972, p. 19).

Y, más adelante:

«No creemos que deba esperarse del equipo [del FASB] el desarrollo de un amplio programa de investigación fundamental que se ocupe de los conceptos básicos en sentido amplio, sino que consideramos que la investigación de ese tipo debe descansar preferiblemente en el ámbito académico» (p. 78).

No obstante, en noviembre de 1973, transcurridos cinco meses de su primer año de actividad como sucesor del APB, el FASB informó de su intención de desarrollar «la jerarquía completa de la teoría de la contabilidad financiera», iniciada con el Informe Trueblood:

«Una vez que se ha llegado a un acuerdo sobre los objetivos, el Board pretende acometer la jerarquía completa de la teoría de la contabilidad financiera, incluidas las características cualitativas, los tipos de información necesarios para los usuarios de los estados financieros y los conceptos contables básicos» (Board Meets with Trueblood Study Group, 1973).

Un mes después, en diciembre de 1973, el FASB anunció que su proyecto sobre estándares contables (Board Qualitative Standards for Financial Reporting), hecho público en el mes de abril, sería ampliado bajo un nuevo y más omnicomprensivo título: «Marco Conceptual para la contabilización y presentación de estados financieros: objetivos, características cualitativas e información» (Task Force Appointed, 1973, p. 1). No cabía duda, en consecuencia, de que el Board pretendía desarrollar un extenso y completo Marco Conceptual, y tal término comenzó a utilizarse ampliamente para designar este propósito(9).

Robert T. Sprouse, miembro del Board inicial, que desempeñó el cargo de vicepresidente del mismo desde 1975 hasta 1985, ha afirmado que fueron dos los factores que condujeron a este grupo a embarcarse en el proyecto del Marco Conceptual. En primer lugar, se sintió obligado a continuar el trabajo del Comité Trueblood (Sprouse, 1988, p. 124). En segundo lugar, necesitaba un entramado de conceptos como apoyo para desarrollar los seis proyectos técnicos de su agenda inicial: costes de investigación y desarrollo, contingencias, arrendamientos, conversión de moneda extranjera, información por segmentos e importancia relativa. Sprouse afirmó:

«Casi inmediatamente el Board reconoció la necesidad de desarrollar algunos conceptos fundamentales en los que pudiera apoyarse como criterios racionales y consistentes para el análisis y la resolución de cuestiones contables. La ausencia de una definición claramente establecida para un concepto tan básico como es un activo fue una dificultad en el tratamiento de los costes de investigación y desarrollo; la ausencia de una definición para algo igualmente tan básico como un pasivo hacía difícil la resolución de las cuestiones relacionadas con la contabilización de las contingencias. Estas primeras experiencias potenciaron el nuevo reconocimiento por el Board de la importancia de establecer un Marco Conceptual para analizar cuestiones y para relacionar sus decisiones con el mismo» (Sprouse, 1984/85, p. 25)(10).

El año siguiente, en junio de 1974, el Board emitió su primer borrador de discusión (discussion memorandum) sobre el proyecto denominado Conceptual Framework for Accounting and Reporting, relativo a los objetivos y características cualitativas recomendados por el Comité Trueblood (FASB, 1974). Su contenido fue un análisis objetivo de los temas a los que se enfrentaba, sin indicación alguna de sus puntos de vista o preferencias. Celebró una sesión pública para su discusión en septiembre de 1974.

En diciembre de 1976, el Board publicó dos importantes documentos relativos al proyecto de Marco Conceptual. El primero, titulado «Conclusiones provisionales en torno a los objetivos de los estados financieros de las empresas mercantiles» (Tentative Conclusions on Objectives of Financial Statements of Business Enterprises, FASB, 1976), se basó en el análisis de los comentarios escritos y de los testimonios orales recogidos en la sesión pública celebrada en junio de 1974 sobre el borrador de discusión. El segundo documento fue otro borrador de discusión, de 360 páginas, subtitulado «Elementos de los estados financieros y su valoración» (Elements of Financial Statements and Their Measurement), que también incluía un tratamiento extenso tanto de las características cualitativas de la información financiera como de los criterios de valoración de los elementos de los estados financieros. Las conclusiones provisionales sobre los objetivos y el contenido de su prolijo borrador de discusión sobre el resto del Marco Conceptual fueron también sometidos a una sesión pública, esta vez en junio de 1977.

Estas conclusiones provisionales del Board sobre los objetivos son dignas de ser incluidas como anexo en un tratado de teoría moderna de mercados de capitales, en la medida en que representan el primer reconocimiento por un organismo regulador estadounidense de la importante corriente de investigación generada en la literatura financiera. El borrador de discusión de diciembre de 1976 dedicó una importante sección a la elección, relativa a la definición del beneficio (párrafos 32-70 y capítulo 5), entre el punto de vista de «activos y pasivos» y la visión, más tradicional, de «ingresos y gastos» (asociada esta última con la monografía de Paton y Littleton). Bajo la óptica de los «activos y pasivos», por la que el Board apostó provisionalmente, el concepto de beneficio depende de la definición previa de estos dos conceptos, por lo que debe constatarse la incidencia en el balance para validar la existencia de beneficios, ingresos y gastos(11). El borrador de discusión también contenía un capítulo sobre la importante distinción entre «mantenimiento del capital financiero» y «mantenimiento del capital físico» (capítulo 6), que no había recibido excesiva atención en la literatura contable estadounidense, así como una amplia discusión de los «atributos» de los activos: coste histórico, coste corriente, valores de salida y valor actual (capítulo 8).

Entre 1974 y 1985, el FASB dio a conocer 30 publicaciones en su intenso proyecto de Marco Conceptual:

8 borradores de discusión;

7 informes de investigación;

8 proyectos previos;

1 invitación a realizar comentarios, y

6 declaraciones de conceptos,

que totalizan más de tres mil páginas(12). Además, el Board recibió más de mil cartas con comentarios en respuesta a sus borradores de discusión y proyectos previos, y organizó ocho sesiones públicas, que supusieron veinte días de testimonios orales, que fueron transcritos y situados en registros de carácter público. Los documentos generados y la cantidad de tiempo de los miembros del Board y de su personal de apoyo dedicados al proyecto fueron inmensos. Puede estimarse que en los primeros años de la década de los ochenta, el proyecto de Marco Conceptual implicó más del cuarenta por ciento del tiempo del personal técnico de este organismo (Van Riper, 1994, p. 81).

Las declaraciones de conceptos del FASB(13)

El FASB emitió seis «Declaraciones de conceptos sobre contabilidad financiera» (Statements of Financial Accounting Concepts), de las cuales dos (los números 4 y 6) constituyen adaptaciones a las entidades no lucrativas. La finalidad de estos documentos se enunció del siguiente modo:

«Las declaraciones de esta serie pretenden poner de manifiesto los objetivos y fundamentos que constituyen la base para el desarrollo de normas de contabilidad financiera y de presentación...

El marco conceptual es un sistema coherente de objetivos y fundamentos interrelacionados, del que se espera pueda conducir a normas consistentes, y que prescribe la naturaleza, función y límites de la contabilidad financiera y de la presentación de estados financieros. Se confía en que sirva al interés público suministrando estructura y dirección a la contabilidad financiera y a la presentación de estados financieros, para facilitar el suministro de información tanto financiera como relacionada con la misma, que resulte útil como apoyo a los mercados de capitales y de otro tipo, de modo que contribuya al funcionamiento eficaz en la asignación de los recursos escasos en la economía...

Las declaraciones de conceptos de contabilidad financiera no establecen normas prescribiendo procedimientos contables o prácticas de presentación para partidas o hechos concretos, cuestiones estas emitidas por el consejo como Statements of Financial Accounting Standards. Por el contrario, las declaraciones de este tipo describen los conceptos y relaciones subyacentes en las futuras normas de contabilidad financiera y en las prácticas de presentación, a la vez que sirven como base para la evaluación de las existentes» (FASB, Concepts Statement Nº 2, pp. i-ii).

Objetivos. Los comentarios recibidos al borrador de discusión sobre objetivos constituyeron una lección para los miembros del Board. En 1975, este organismo realizó una encuesta de opinión sobre las recomendaciones del Informe Trueblood. Marshall S. Armstrong, su presidente, divulgó una conclusión que le inquietaba:

«En nuestro primer borrador de discusión sobre el Marco Conceptual de la contabilidad, el proyecto más importante en nuestra agenda, buscamos la opinión de los encuestados sobre la siguiente afirmación, como objetivo básico de los estados financieros, tomada directamente del Informe Trueblood:

«El objetivo básico de los estados financieros es suministrar información útil para la toma de decisiones económicas».

¿Puede existir desacuerdo en torno a una manifestación como ésta? Estoy seguro de que resultarán ustedes sorprendidos de saber que solo el treinta y siete por ciento de nuestros encuestados estuvo dispuesto a recomendar la adopción de este objetivo. Un veintidós por ciento abogó por su rechazo, mientras que un diez por ciento insistió en la necesidad de estudios adicionales. Es difícil pensar que solo el 37 por ciento puede estar de acuerdo en que el objetivo básico de los estados financieros es suministrar información útil para la toma de decisiones económicas. Pienso que ello define el problema de manera bastante clara.

Los que muestran una postura disconforme opinan que la función básica de los estados financieros es informar por la dirección a los propietarios sobre la administración [management’s stewardship] de los activos de la empresa, y que las necesidades informativas de los lectores resultan de importancia secundaria. Se deduce de esta línea de pensamiento que la dirección puede determinar mejor los principios a utilizar al informar sobre sus empresas, y que las normas —de cualquier tipo— solo contribuyen a establecer dificultades para la dirección en sus esfuerzos para cumplir con su responsabilidad» (Armstrong, 1977, p. 77).

Dos académicos del ámbito de la contabilidad pusieron de manifiesto que quienes respondieron a la encuesta del FASB probablemente pensaban en defender sus propios intereses personales más que en promover la satisfacción de las necesidades de los usuarios generales. Reflexionando sobre las manifestaciones de Armstrong sobre esta cuestión, afirmaron:

«¿Por qué hemos de creer que todos los grupos de las partes interesadas deben adoptar la finalidad de la utilidad de la información en la toma de decisiones como su motivación al ser implicados en el proceso de emisión de información financiera? Por ejemplo, no estaríamos sorprendidos si los auditores, al igual que cualquier otro, buscaran maximizar su propia riqueza a través de su participación en el proceso contable. Si el suministro de información económicamente útil implica un mayor riesgo de ser demandado sin los correspondientes beneficios de una compensación mayor, no apreciarán el suministro de información económicamente útil (aunque esté definido de este modo) como su objetivo en el proceso de emisión de información financiera» (Dopuch y Sunder, 1980, p. 13).

Por mi parte, habría añadido que la mayoría de los auditores probablemente fueron educados para pensar que la contabilidad sirve principalmente al suministro de información sobre un patrimonio (stewardship function), y que ello solo puede conseguirse en alguna medida insistiendo en que la contabilidad debe tener una función más activa en la sociedad económica. Tales concepciones y predisposiciones previas hacen difícil para el Board imponer un objetivo de utilidad en la toma de decisiones a un profesional que está acostumbrado a ver la contabilidad básicamente como un registro pasivo de la actividad económica.

La Declaración de Conceptos Nº 1, «Objetivos de la información financiera para las empresas mercantiles» (Objectives of Financial Reporting by Business Enterprises), emitida en noviembre de 1978, sigue de cerca al Informe Trueblood en el énfasis puesto en los pronósticos, tal como se pone de manifiesto en el siguiente párrafo básico:

«La información financiera debe suministrar información para ayudar a los inversores y acreedores actuales y potenciales, y a otros usuarios, en la evaluación de los importes, momento en que se producirán e incertidumbre de los futuros flujos de caja procedentes de dividendos o intereses, o de la venta, recuperación o vencimiento de acciones o créditos» (párrafo 37).

En la Declaración Nº 1, el Board prefirió el término «información financiera», más amplio, en lugar del más reducido, «estados financieros», utilizado en el Informe Trueblood. Donald J. Kirk, presidente del FASB cuando fueron aprobadas las declaraciones de conceptos, explicó más tarde cómo tal decisión «calmó», en alguna medida, la oposición al Marco Conceptual, que para algunos parecía resucitar el espectro de los valores corrientes:

«Se pensó con esta ampliación que, bajo las leyes reguladoras del mercado, las necesidades de los usuarios podrían incluso satisfacerse mediante información separada de los estados financieros y que, en consecuencia, no resultarían necesarios los tipos de cambios en la medición de la renta que sus oponentes temían [es decir, los valores corrientes]» (Kirk, 1988, p. 13)(14).

David Solomons, profesor de contabilidad de la Universidad de Pennsylvania y redactor principal del Informe Wheat, escribió una crítica de las declaraciones de conceptos, en la que otorgaba una calificación media(15) a la relativa a los objetivos, porque en su opinión «los propósitos definidos por el Board para la información financiera son excesivamente limitados» (Solomons, 1986, p. 118). Entre sus comentarios se encuentran los siguientes:

«Si bien el Informe Trueblood reconoce, aunque sea brevemente, que las empresas mercantiles tienen responsabilidad frente a la comunidad, y no solamente frente a sus accionistas, la declaración de objetivos del Board reduce especialmente su atención a las necesidades de los inversores y acreedores, apenas reconoce las correspondientes a la dirección, e ignora la totalidad de las necesidades de otros grupos con interés en la productividad de la empresa, tales como los trabajadores y las autoridades fiscales» (1986, p. 118).

Para quien escribe esto, la evaluación global de Solomons de la declaración resulta más crítica de lo necesario.

Características cualitativas. La Declaración de Conceptos Nº 2, «Características cualitativas de la información contable» (Qualitative Characteristics of Accounting Information) fue emitida en mayo de 1980(16). Donald Kirk escribió que «la definición de las características que apoyan la utilidad de la información financiera fue el menos controvertido de los aspectos del proyecto de Marco Conceptual, en parte porque los lectores no encontraron implicaciones para apoyar los valores corrientes» (Kirk, 1988, p. 13).

La Declaración Nº 2 siguió en la tradición del ASOBAT y del Informe Trueblood y, en la línea de la utilidad para la toma de decisiones, enumeró y explicó una jerarquía de cualidades de la información financiera. David Solomons que, a petición del Board, confeccionó el borrador de la declaración, rectificó el énfasis predominante en los inversores y acreedores de la Declaración Nº 1, que el mismo había criticado anteriormente (vid. párrafo 26). La «relevancia» (relevance) y la «fiabilidad» (reliability) fueron los dos pilares básicos, y en varios pasajes se discutieron las inevitables contradicciones entre ambas. La «fiabilidad» se apoyó en la «representación fiel» (término acuñado por Solomons) y en la «verificabilidad». La representación fiel, que se definió como «la correspondencia o acuerdo entre la medida o descripción y el fenómeno que se pretende representar» (párrafo 63), resultó un concepto más elegante y amplio que la «imparcialidad» del ASOBAT y del Informe Trueblood. En la discusión de la verificabilidad, el término «objetividad» no aparece por ninguna parte, probablemente para hacer posible la admisión de posturas diferentes al coste histórico, al igual que la «objetividad» tampoco estaba presente en el ASOBAT ni en el Informe Trueblood. La «verificabilidad», se afirmó, «implica acuerdo; puede medirse comprobando la dispersión de un determinado número de medidas independientes de un fenómeno concreto» (párrafo 84).

A diferencia del ASOBAT y del Informe Trueblood, el Board contempló un papel para el «conservadurismo», si bien reducido: «Existe lugar para una convención tal como el conservadurismo —con el significado de prudencia— en la contabilidad financiera y en la presentación de estados financieros, dado que en la actividad empresarial y económica subyace la incertidumbre, pero debe ser aplicada con cuidado» (párrafo 92). Pero dejó claro que «El conservadurismo en la información financiera no debe implicar la minusvaloración deliberada y significativa de los activos netos y de los resultados» (párrafo 93)(17). El Board limitó cuidadosamente la utilización del conservadurismo del siguiente modo:

«El conservadurismo es una reacción prudente ante la incertidumbre, al objeto de tratar de asegurar que la misma y los riesgos inherentes a las situaciones mercantiles han sido considerados adecuadamente. En consecuencia, si dos estimaciones de importes a recibir o a pagar en el futuro son igualmente probables, el conservadurismo implica utilizar la estimación menos optimista; sin embargo, si dos importes no son igualmente probables, el conservadurismo no implica necesariamente utilizar el más pesimista antes que el más probable» (párrafo 95).

La discusión del Board en torno a la «neutralidad» siguió de cerca el trabajo de Solomons (1978) y alertó a los lectores sobre la postura del propio organismo regulador en un mundo politizado (vid. Kirk, 1988, pp. 13-14). La posición esencial adoptada por la declaración fue la siguiente:

«Aunque se rechace la visión de que las normas de contabilidad financiera deban ser emitidas por razones políticas, o en favor de algunos intereses económicos frente a otros, el Board reconoce que un organismo regulador ha de permanecer alerta acerca del impacto económico de las normas que promulga» (párrafo 106).

Finalmente, la «comparabilidad» se introdujo como un desideratum (párrafos 111-122), a la vez que se afirmó que las decisiones contables deben satisfacer un espectro o umbral significativo (párrafos 123-132). Introduciendo una alteración sobre un texto que había sido utilizado desde la década de los sesenta para definir este concepto, el Board afirmó que «el mayor grado de comparabilidad no se alcanza mejor haciendo diferentes cuestiones que son similares, que haciendo similares cuestiones que son diferentes» (párrafo 119).

La Nº 2 es tal vez la más admirada y la más emulada de las declaraciones de conceptos. Su contenido analítico está ordenado con lógica y sensibilidad, está bien explicado (refleja la afición de Solomons por las metáforas), y los términos están cuidadosamente definidos. Miller et al. han escrito que la Declaración Nº 2 «suministra un conjunto de definiciones que el Board y sus miembros pueden utilizar y utilizan para comunicarse con otros. Las definiciones aportan mayor rigor al procedimiento contable adecuado, y posiblemente al proceso de razonamiento por parte de los participantes» (1998, p. 110). El anterior presidente, Kirk, ha escrito que la Declaración Nº 2 «ha contribuido ampliamente a la comprensión de la necesidad de contar con un objetivo para las normas» (1988, p. 13). Davies et al., socios en Gran Bretaña de la firma Ernst & Young, que estudiaron en profundidad el Marco Conceptual del FASB, elogiaron la Declaración Nº 2, sobre las características cualitativas, como un «trabajo destacado» (1997, p. 63).

Un estudio empírico sobre la opinión de 26 miembros principales del APB y del FASB puso de manifiesto, sin embargo, conclusiones diferentes. A los encuestados se les preguntó su opinión sobre si las once características cualitativas resultaban operativas, comprensivas y excluyentes (libres de redundancias importantes en su significado). La conclusión de los investigadores fue la siguiente:

«Muchos de los resultados puestos de manifiesto en este trabajo no son favorables a la declaración. Nueve de las once características cualitativas fracasan claramente en la prueba de su operatividad. No solamente existe una considerable falta de acuerdo entre experimentados expertos en la regulación sobre el significado de las características cualitativas en el contexto de temas contables concretos, sino que también existe un notable desacuerdo sobre la importancia relativa de cada una de ellas. Mientras que las características cualitativas pretenden incluir un conjunto de variables adecuado para la elección entre alternativas contables, tal conjunto no es excluyente. En consecuencia, la declaración fracasa en el cumplimiento de dos de las tres finalidades que se propone...

Estos autores dudan sobre la habilidad de las características cualitativas definidas en la declaración para facilitar la tarea de emisión de normas contables» (Joyce et al., 1982, p. 670).

Elementos. La Declaración de Conceptos Nº 3, «Elementos de los estados financieros para las empresas mercantiles» (Elements of Financial Statements for Business Enterprises) fue publicada en diciembre de 1980, siete meses después de la Declaración Nº 2. Contiene la definición de activos, pasivos, fondos propios (equity), inversión de los propietarios (investments by owners), distribución a los propietarios (distributions to owners), resultado global (comprehensive income) y sus componentes —ingresos, gastos y pérdidas y ganancias— que en conjunto constituyen los «elementos» de los estados financieros. Como justificación del documento, Kirk, anterior presidente del Board manifestó que la necesidad de definiciones operativas de activos y pasivos en proyectos tales como los de contabilización de los costes de investigación y desarrollo o de las contingencias, ambos en la agenda inicial, «sirvió como catalizador» para este proyecto, relativo a los elementos de los estados financieros (1998, p. 15).

Es en esta declaración donde el Board mostró su preferencia por la visión de los «activos y pasivos» sobre la óptica de los «ingresos y gastos» para la definición del resultado. Aunque no discutió estas dos posibilidades en la declaración, puede percibirse que los ingresos, gastos y pérdidas y ganancias se definen en términos de activos y pasivos. Así, los ingresos constituyen «entradas u otros aumentos de activos de una entidad o disminuciones de sus pasivos (o una combinación de ambos) durante un período de tiempo, como consecuencia de la venta o producción de bienes, prestación de servicios o cualquier otra actividad que constituyen las operaciones más importantes o principales de la entidad» (énfasis añadido; párrafo 63). En cambio, la definición de ingresos propuesta veinticinco años antes por el Institute’s Accounting Terminology Bulletin Nº 2 refleja la tradicional visión basada en los «ingresos y gastos», sin referencia a los activos y pasivos. Así: «Los ingresos resultan de la venta de bienes y de la prestación de servicios y se miden por el adeudo realizado a clientes, acreedores o receptores de los bienes y servicios suministrados» (Proceeds, Revenue, Income, Profit, and Earnings, 1955, p. 34).

Fue en esta declaración (como se presagiaba en el proyecto de 28 de diciembre de 1979), donde se utilizó un nuevo término, el «resultado global», para describir «el cambio en los fondos propios (activos netos) de una entidad durante un período, procedentes de transacciones y de otros hechos y circunstancias diferentes a las que tienen lugar con los propietarios» (párrafo 56). En el contexto de la elección entre mantenimiento del capital financiero y del capital físico, cuestión sobre la que el Board difirió su decisión hasta una declaración posterior, el resultado global se contempló como «un retorno sobre el capital financiero» (párrafo 58)(18). El resultado global incluye, en consecuencia, las pérdidas y ganancias no realizadas, si se estima que son devengos reconocibles.

Dos aspectos de la Declaración Nº 3 causaron conmoción, especialmente entre los expertos en el ejercicio profesional y entre los ejecutivos financieros: que la adopción por el Board de la óptica de los «activos y pasivos», así como su propuesta sobre el resultado global, conducirían inevitablemente a algún tipo de valor corriente (vid., p.e. Way, 1977, pp. 40-41; Schuetze, 1983, p. 260; Beresford, 1983, p. 67; Pacter, 1983, p. 84; Gore, 1992, pp. 94-95; y Van Riper, 1994, p. 75). Las manifestaciones, procedentes del Board y de otras fuentes, en las que se aseguraba que tal implicación era infundada, no consiguieron aliviar estos temores. Y, además, una franca declaración de Reed Storey, veterano miembro del equipo de investigación del FASB, añadió ansiedad al asunto:

«Pienso que el registro está ya en los últimos momentos del modelo actual (que con frecuencia ha sido erróneamente etiquetado como «coste histórico») porque, entre otras cosas, no puede competir con complicaciones diarias, tales como los precios cambiantes y la fluctuación de los tipos de cambio de la moneda extranjera... Aquellos que se sienten amenazados por el Marco Conceptual o esperan que el mismo mantenga el status quo, resultarán contrariados. El cambio llega, incluso si el Marco Conceptual no se adopta nunca, a causa de la debilidad del modelo contable actual» (Storey, 1981, pp. 94, 95-96).

Solomons, en su crítica a las declaraciones de conceptos, otorga a la Nº 3 una calificación media-alta(19). Aunque contempla las definiciones del Board como «un claro avance en relación con la anterior definición del Statement Nº 4 del APB» (1986, p. 120), estima, no obstante, que no son lo suficientemente sólidas como para hacer frente a los problemas contables más difíciles. Ilustra su opinión tratando de aplicar la definición de pasivos a las pensiones, y la encuentra deficiente. En cuanto a la postura del Board, este autor, defensor del punto de vista de los «activos y pasivos», constata con satisfacción que «La definición ha sido formulada de manera que no deja lugar a dudas razonables sobre la primacía de los activos y los pasivos, y sobre la dependencia de ellos de los restantes elementos» (pp. 120-121).

Resulta de interés señalar que Dennis R. Beresford, que asumiría la presidencia del FASB en 1987, se refirió en 1981, mientras era todavía socio de Ernst & Whinney (y presidente del Institute’s Accounting Standards Executive Committee), a las declaraciones números 1, 2 y 3 (y 4), afirmando que eran «declaraciones o propuestas amplias y abstractas que, en mi opinión, han suministrado, si acaso, poca ayuda en la resolución de las cuestiones contables de nuestros días» (Beresford, 1981, p. 66). Se describía a sí mismo como un pragmático y fue, desde el comienzo, escéptico en relación con el proyecto del Marco Conceptual (vid. Beresford, 1983).

Reconocimiento y valoración. En diciembre de 1984, cuatro años después de la emisión de la Declaración sobre Elementos(20), el Board publicó la Declaración de Conceptos Nº 5, sobre «Reconocimiento y valoración en los estados financieros de las empresas mercantiles» (Recognition and Measurement in Financial Statements of Business Enterprises)(21). Se trató del más esperado de los pronunciamientos, que marcaba la postura del Board en los temas más controvertidos del proyecto de Marco Conceptual, incluyendo su punto de vista sobre cuáles deberían ser los criterios (o el criterio) centrales de valoración a adoptar. En esta Declaración, el Board se equivocó de tal manera que llevó a Solomons a otorgarle la calificación de suspenso(22), «requiriendo del Board la repetición del curso, es decir, desechar la Declaración y comenzar de nuevo» (1986, p. 124). Al mismo tiempo, fue la primera Declaración de Conceptos en la que se incluyó el desacuerdo expreso de uno de sus miembros.

En los comienzos de la Declaración se indicaba que no existían suficientes avances en la literatura como para alterar la práctica:

«El criterio de reconocimiento y las recomendaciones de esta declaración son, por lo general, consistentes con la práctica actual, y no implican cambios radicales. Tampoco impiden la posibilidad de cambios futuros. El Board estima que los cambios futuros tendrán lugar de la manera gradual y evolutiva que ha caracterizado al cambio en el pasado» (párrafo 2).

El punto que mayor desacuerdo produjo entre muchos lectores en la Declaración Nº 5 fue la renuncia a adoptar una decisión sobre el criterio de valoración preferible. El Board enumeraba el coste histórico, el valor actual, el valor actual de mercado, el valor realizable neto y el valor actual de los flujos de caja, pero únicamente alcanzaba a concluir lo siguiente:

«Más que intentar seleccionar un único criterio, de modo que se aplique a todos los activos y pasivos, forzando con ello cambios en la práctica, esta Declaración de Conceptos sugiere que la utilización de diferentes criterios debe continuar, y discute la manera en que el Board debe seleccionar el criterio adecuado en cada caso particular» (nota a pie de página omitida; párrafo 70).

El Informe Trueblood al menos alcanzó a sugerir la manera en que los diferentes criterios de valoración resultan más o menos útiles en la satisfacción de ciertos requisitos de la información (Objectives of Financial Statements, 1973, capítulo 6). Pero el Board, después de diez años de intenso trabajo en el proyecto del Marco Conceptual, no fue capaz de superar el contenido alcanzado en treinta meses, a tiempo parcial, por el Comité Trueblood.

La Declaración Nº 5 contenía una proposición cuidadosamente redactada: «La información basada en valores actuales debe presentarse si es suficientemente relevante y fiable como para justificar su coste, y más relevante que la información elaborada con criterios alternativos» (párrafo 90), que Storey y Storey criticaron como «criterio extremamente débil» (1998, p. 159). Miller et al. (1998, p. 115) lamentaron que el criterio de «relevancia» y «fiabilidad» en esta proposición resultaba «demasiado amplio como para suministrar ayuda útil a los responsables de la regulación o a los expertos contables interesados en la resolución de una nueva cuestión». David Mosso, miembro del Board desde 1978 hasta 1987, que continuó en el equipo asesor del mismo hasta 1996, afirmó que tal propuesta «puede parecer un apoyo débil, pero al mismo tiempo, es extremadamente controvertida y constituye la mayor concesión a los miembros del Board que apoyan una utilización más amplia de los valores de mercado» (Mosso, 1998, p. 7). Añadía que «es el concepto que subyace en los avances realizados en el registro de instrumentos financieros de mercado» (Mosso, 1998, p. 7). Tal como ha señalado Kirk, el asentimiento del Board en relación con esta proposición, aunque conservador, es congruente con la manera en que deben ser tratadas las pérdidas y ganancias no realizadas por tenencia. Quienes elaboran los estados financieros mantienen firmemente que tales conceptos no deben afectar al resultado. En definitiva, se estableció una postura de compromiso entre la renta neta convencional (denominada «resultado» [earnings] en la Declaración Nº 5), y el resultado global, que esencialmente consiste en el resultado más o menos las pérdidas y ganancias por tenencia no realizadas, de manera que ambos conceptos deben ser incluidos en la información. Dado que la elección del atributo de valoración no puede ser resuelto por las implicaciones en el resultado de las pérdidas y ganancias por tenencia no realizados, este compromiso resultaba necesario para asegurar la supervivencia de la Declaración Nº 5 (Kirk, 1989, pp. 100-103).

Como fácilmente puede pensarse, la atención prestada por el Board al resultado global es una novedad que puede tener ramificaciones futuras. En la Declaración Nº 5 propone la preparación de ambos documentos, la cuenta de pérdidas y ganancias y el estado de resultados global, afirmando que «el conjunto completo de estados financieros contemplado en esta declaración se basa en el concepto de mantenimiento del capital financiero» (párrafo 45). Lo cual pone de manifiesto, si bien de manera indirecta, que es favorable a este último criterio(23). John W. March, antiguo socio de Arthur Andersen & Co, disidente con la Declaración Nº 5, rechazó el resultado global «como un concepto de resultado, porque incluye todos los cambios reconocidos (incluidos los relativos a los precios) en los activos y pasivos...» (p. 32). March era partidario del concepto de mantenimiento del capital físico (pp. 32-33).

Aunque el Board no estaba preparado en la década de los ochenta para emitir un pronunciamiento requiriendo que el resultado global se incluyera en los estados financieros básicos, volvió a retomar con vigor esta cuestión a mediados de la década de los noventa. Fue entonces cuando trabajó en la definición del resultado global de la declaración 3 y de los párrafos 13 y 39-44 de la Declaración Nº 5, emitiendo un proyecto en el que se proponía que el resultado neto y el resultado global tuvieran igual rango, indistintamente de que su presentación se realizara en uno o en dos estados de comportamiento financiero (FASB, 1996). Pero la fuerte resistencia de los elaboradores de los estados financieros forzó al Board a aceptar un compromiso, permitiendo una tercera opción: incluir el resultado global en el estado de cambios en los fondos propios (FASB, 1997). Con ello se permitía excluir del estado de comportamiento financiero partidas como las pérdidas y ganancias no realizadas(24).

En diferentes pasajes de la Declaración Nº 5, tal como se ha indicado más arriba, el Board dejó espacio para un proceso evolutivo. Solomons, en su crítica, se mostró desconfiado con este enfoque:

«Estas llamadas a la evolución deben contemplarse como lo que realmente son: un fiasco. Si todo lo que necesitamos para mejorar nuestro modelo contable es la confianza en la evolución y en la selección natural que resulta del desarrollo de normas, ¿por qué es necesario en primer lugar un costoso y prolijo proyecto de Marco Conceptual? No se niega que los conceptos y prácticas deben evolucionar como condición para el cambio. Pero si el Marco Conceptual no puede ir más allá, ¿para qué lo necesitamos? Y, por la misma razón, si el progreso es simplemente una cuestión de esperar a que se produzca la evolución, ¿para qué necesitamos el FASB?» (Solomons, 1986, p. 122).

Dicho autor se lamentaba de que la poco comprometedora lista de criterios de valoración en la Declaración Nº 5 mostraba que no se había realizado progreso alguno desde el 2 de diciembre de 1976, en que el borrador de discusión (p. 193) mantenía la misma postura.

Oscar S. Gellein, que perteneció al Board entre 1975 y 1978, también fue crítico con el fracaso en el suministro de criterios conceptuales, sin los que —afirma— «existe el riesgo de volver a reglas ad hoc en determinados métodos contables» (1986, p. 14). Wolk et al. (1992, p. 177) opinaron que la Declaración Nº 5 «debe considerarse como un indudable retroceso, o incluso como un rotundo fracaso».

Storey y Storey, firmes defensores del enfoque del Marco Conceptual, criticaron al Board por la abdicación de su responsabilidad en el Statement Nº 5:

«Si bien la exposición neutral de alternativas es apropiada en un borrador de discusión, una retahíla de las posibles prácticas de valoración, sin análisis conceptual, ni evaluación, ni criterio para realizar elecciones, no es adecuada para una Declaración de Conceptos.

Al describir exclusivamente la práctica actual, la Declaración de Conceptos Nº 5 constituye un retroceso hacia las declaraciones de principios contables producidas por la escuela de pensamiento de la «destilación de la experiencia» [por ejemplo, el enfoque de Paul Grady en el Accounting Research Study núm. 5], un esfuerzo esencialmente práctico y no conceptual. Sus disposiciones para mejorar la práctica recuerdan las del Committee on Accounting Procedure o las del Accounting Principles Board; los problemas de valoración deben resolverse caso a caso. Lamentablemente, este enfoque funcionó solo medianamente bien en los organismos reguladores ya desaparecidos» (Storey y Storey, 1998, p. 159).

Un observador cercano al Board ha escrito que la decisión de este órgano de no perturbar el status quo en materias de reconocimiento y valoración, «fue liderada por representantes del estamento de los elaboradores de los estados financieros, especialmente por miembros del Financial Executives Institute, y apoyado por tres miembros del Board [incluido March]» (Miller, 1990, p. 28).

El papel del SFAS 33. Hasta el momento no hemos hecho ninguna referencia al Statement of Financial Accounting Standards Nº 33 (SFAS núm. 33), «Información financiera y cambios en los precios» (Financial Reporting and Changing Prices), emitido en septiembre de 1979, que obligó a más de mil trescientas empresas de gran tamaño a incluir, en una nota adicional, no sometida a auditoría, alguna información, de carácter general, sobre los cambios en los niveles de precios y sobre valores corrientes(25). Por tanto, es imposible discutir el proyecto de reconocimiento y valoración sin tener en cuenta el impacto en el mismo de las reacciones de los elaboradores y usuarios de los estados financieros al SFAS Nº 33. Tal como indica Kirk, anterior presidente del Board, que previamente había sido socio de Price Waterhouse:

«Aunque no forma parte del proyecto de Marco Conceptual sobre reconocimiento y valoración, el SFAS 33 fue el laboratorio para el proyecto conceptual. Constituyó el banco de pruebas para la aplicación del sistema de coste corriente a los problemas más difíciles de valoración —activos fijos— y para la constatación de la validez y utilidad del concepto de capital físico frente al de capital financiero...

...la experiencia del SFAS 33 en el momento en que debatíamos la Declaración de Conceptos Nº 5 me reveló que la utilización de información a costes corrientes era muy limitada, y que existían serias dificultades en cuanto a su fiabilidad. He podido encontrar pocas razones para apoyar a nivel conceptual el sistema de valores corrientes para futuras normas, cuando parece que la utilidad de tal sistema en el SFAS 33 ha sido seriamente cuestionada» (Kirk, 1988, p. 16).

En agosto de 1984, una vez finalizadas las deliberaciones de la Declaración Nº 5, se puso de manifiesto en el Status Report del Board, que:

«los trabajos de investigación y las respuestas a la Invitación a realizar comentarios [bajo el título Supplementary Disclosures about the Effects of Changing Prices, FASB, 1983] indican que la información exigida por el SFAS 33 no ha sido utilizada ampliamente. Tanto el número de usuarios como la medida en que ha sido empleada resultan limitados. Un amplio número de respuestas a la Invitación a Realizar Comentarios indican que los costes de preparación de la información han superado, hasta el momento, sus beneficios» (Financial Reporting and Changing Prices, 1984).

En noviembre de 1984, el Board emitió el Statement of Financial Accounting Standards Nº 82, en el que se eliminaba el requerimiento de información suplementaria sobre la incidencia de la inflación en la contabilidad, y dos años más tarde, en diciembre de 1986, se emitió el SFAS Nº 89, en el que se suprimió enteramente la información suplementaria sobre cambios en los precios.

Valor actual. En los últimos años de la década de los ochenta, el Board, consciente de la creciente importancia del valor actual (present value) como herramienta para la toma de decisiones, y sensible a los ampliamente diferentes enfoques adoptados a lo largo de los años por el FASB y por otros organismos reguladores estadounidenses para la implantación de medidas basadas en tal criterio, comenzó a desarrollar un entramado común para la utilización de valores actuales y estimaciones de los flujos de caja futuros en la valoración contable(26). Emitió un borrador de discusión en 1990, «Mediciones basadas en el valor actual en contabilidad» (Present Value-Based Measurements in Accounting), convocó una sesión pública en 1991, publicó un informe especial (Upton, 1996) y emitió un proyecto de propuesta de normas (1997). Finalmente, el Board concluyó que la cuestión debería formar parte del proyecto de Marco Conceptual, y procedió a la publicación de un proyecto de Declaración de Conceptos (1999). Con ello, el Nº 7 de esta serie, “Utilización de la información sobre flujos de caja y valor actual en la valoración contable» (Using Cash Flow Information and Present Value in Accoounting Measurements) se publicó en febrero de 2000. La declaración no se ocupa de la amplia cuestión del reconocimiento, pero, en su lugar, suministra una «referencia para la utilización de los futuros flujos de caja como base de la valoración contable» (2000, párrafo 11). Se prevé su publicación definitiva a comienzos del año 2000.

Evaluación. Las numerosas críticas sobre las declaraciones de conceptos relativas a reconocimiento y valoración implican que el proyecto de Marco Conceptual finaliza con una calificación «baja». No se ha materializado la esperanza, tal vez ingenua, de que el marco pudiera apuntar un camino claro hacia la mejora de la información financiera.

Richard Macve, académico británico, que ha realizado un amplio estudio del Marco Conceptual del FASB, ha sido escéptico ante tales pretensiones:

«Dadas las limitaciones conceptuales inherentes a la medida del «resultado» y del «valor», parece poco realista esperar que los intentos oficiales de desarrollar «marcos conceptuales» para la preparación y presentación de información financiera sean capaces de suministrar criterios coherentes para la resolución de los problemas contables... Además, los mayores problemas de los organismos reguladores son, con frecuencia, políticos. Un marco, aunque técnicamente correcto, no puede resolver los problemas políticos planteados por los diferentes intereses y necesidades al nivel de las normas concretas» (nota a pie de página omitida; Macve, 1997, p. xxii).

Los comentaristas generalmente han emitido opiniones negativas del Marco Conceptual. Solomons, ferviente defensor del proyecto del Board, concluye sentidamente que «mi evaluación del proyecto en su conjunto es que ha fracasado» (1986, p. 122). En especial, contempla la Declaración Nº 5 como un «deplorable fracaso» (1986, p. 118). Miller et al. (1998, p. 105), sin embargo, muestran algo de luz entre los nubarrones:

«Aunque probablemente sea exagerado considerar el proyecto como un completo fracaso, ciertamente es discutible. No obstante, realiza una contribución significativa a la literatura contable estableciendo que la satisfacción de las necesidades de los usuarios es el principal objetivo de la contabilidad financiera. También ha contribuido a la eficacia en el adecuado establecimiento de procedimientos, definiendo un conjunto de términos clave, utilizados por el Board y por sus miembros. Estos logros contribuirán a aportar más rigor y eficiencia a las deliberaciones, pero tal finalidad solo podrá ser alcanzada plenamente a largo plazo».

En relación con las necesidades de los usuarios, puede argumentarse que la literatura ya había sido enriquecida por el Informe Trueblood.

Kenneth Most contempla el resultado como «seriamente defectuoso», y muestra su «gran sorpresa ... porque el proyecto del Marco Conceptual del FASB haya sido imitado en otros países» (1993, pp. 109, 107). Davies et al. (1997, p. 63) opinan que su debilidad resulta probablemente atribuible en mayor medida al «fracaso del Board para hacer frente a las cuestiones fundamentales de reconocimiento y valoración». Archer afirma que «El intento del FASB implica un esfuerzo masivo; pero, en términos de aportación de un grado adicional de autoridad intelectual o institucional al proceso de emisión de normas, en realidad lo ocurrido es el parto de los montes» (1993, p. 113).

Una visión favorable es la correspondiente a Kevin Stevenson, director de The Australian Accounting Research Foundation, quien afirma: «Debo decir que estimo que el trabajo del FASB en su Marco Conceptual es notablemente valioso» (1987, p. 49). Su desacuerdo en relación con la Declaración Nº 5 estriba en que «no suministra un análisis completo de los temas tratados» (p. 51).

A finales de 1984, Arthur Andersen & Co., después de haber evaluado el proyecto del Board (1983) sobre reconocimiento y valoración, publicó una segunda edición de sus «Objetivos de los estados financieros para las empresas mercantiles», en la que resaltaba la importancia atribuida a la valoración. Esta firma mostró claramente su discrepancia en cuanto al trasfondo del término «recursos económicos» adoptado por el Board (definición que hemos transcrito antes), argumentando que existe una «amplia diferencia... dado que nosotros abogamos específicamente por la «naturaleza y valor» de los recursos económicos, mientras que el FASB se conforma con solicitar información acerca de estos conceptos» (1984, p. 8n). La firma reiteró su apoyo al mantenimiento del capital financiero, y amplió la aplicación de valores corrientes a los pasivos. Como contribución al diálogo, esta publicación constituyó una crítica implícita a la posición del Board en relación con la valoración.

Las reacciones al Marco Conceptual dependen, lógicamente, de las expectativas de cada uno. En un extremo, Sterling (1982, p. 106) indica lo siguiente:

«Desde mi punto de vista, el próximo paso esencial [después de las declaraciones 1 a 3] es la presentación de conexiones lógicas entre los conceptos y las conclusiones en relación con prácticas concretas. El suministro de estas conexiones probablemente requiere perfilar los conceptos, para hacerlos lógicamente fértiles... si los conceptos se perfilan de modo que las conexiones lógicas sean al menos plausibles, preferiblemente discutibles, probablemente el Marco será, en el mejor de los casos, útil, y en el peor, servirá para racionalizar posiciones preconcebidas que probablemente sean contradictorias».

En el otro extremo, Peasnell (1982, p. 255) sugiere que el Marco Conceptual:

«puede considerarse que no suministra más que objetivos amplios y generales para la información financiera, con respecto a los que no pueden oponerse objeciones serias; su propósito es «incrementar la moral» de la profesión».

Probablemente, la obtención de soluciones incuestionables en relación con normas contables concretas resulta una expectativa excesiva para el Marco Conceptual.

En 1977, un comité de la American Accounting Association, compuesto por nueve académicos, concluyó con pesimismo, después de tres años de estudio, que «no puede dictarse una teoría definitiva», y que «cualquier enfoque teórico puede considerarse imperfecto cuando se contempla desde la perspectiva de un enfoque alternativo» (AAA, 1977, pp. 49 y 50). Cada entramado conceptual, añade, «incorpora implícitamente posturas personales y premisas que no pueden ser probadas o refutadas por la lógica» (p. 48); por ello, el comité concluyó que no puede demostrarse que una construcción es superior a las restantes(27).

Dopuch y Sunder (1980) son igualmente pesimistas en relación con cualquier intento de imponer un Marco Conceptual normativo a la sociedad, en la medida en que los diferentes grupos e individuos implicados en la información financiera mantienen sus propios motivos y objetivos. En conclusión, afirman, las normas resultan inevitablemente compromisos para apaciguar tales conflictos de intereses.

Storey y Storey (1998, p. 161), en la página final de su amplio estudio, prefieren subrayar los logros del Marco Conceptual:

«El FASB ha utilizado todas las partes del marco con éxito considerable. Los destinatarios de las declaraciones del Board también han aprendido a utilizarlo, al menos en parte, porque han descubierto que, de esta manera, probablemente podrían ejercer mayor influencia en este órgano. Tanto el Board como los destinatarios de sus pronunciamientos parecen ser conscientes de que, actualmente, los conceptos funcionan aparentemente mejor que en el pasado, y de que, indudablemente, en ocasiones pueden haber sido aplicados de manera más adecuada... algunos extremos del Marco Conceptual resultan todavía controvertidos, al menos en parte, porque los puntos de vista mantenidos durante largos períodos tardan en desaparecer. El marco permanece inacabado, y el Board no ha mostrado signos de completarlo en un futuro próximo...

A pesar del hecho de que el Board lo haya dejado incompleto, el Marco Conceptual del FASB:

— es el primer esfuerzo razonablemente fructífero realizado por un organismo regulador para formular y utilizar un conjunto íntegro de conceptos de contabilidad financiera,

— ha cambiado de manera decidida la forma en que se elaboran los estados financieros en los Estados Unidos, y

— ha suministrado un modelo al Comité Internacional de Normas Contables (International Accounting Standards Committee, IASC), y a algunos organismos reguladores nacionales de otros países angloparlantes, que no solo han elaborado sus propios planteamientos, sino que también han sido claramente influenciados por las declaraciones de conceptos del FASB, a veces incluso hasta el punto de adoptar el mismo o casi el mismo conjunto de conceptos».

Quien escribe esto querría formular algunas consideraciones sobre los puntos de vista expresados por Storey y Storey: 1. Sin duda, el Board ha mostrado que puede organizar un enorme proyecto de esta dimensión, pero si tal esfuerzo ha sido «razonablemente fructífero» es todavía una cuestión abierta a la discusión. 2. Tengo mis dudas de que el enfoque del Board en la emisión de normas haya «cambiado de manera decidida» a causa del Marco Conceptual; cambios tal vez existen, pero no decididos. 3. Es verdad que el Marco Conceptual ha sido imitado en otros países y por el International Accounting Standards Committee (IASC). Pero el marco del IASC no es más útil en lo relativo a la valoración que la Declaración Nº 5 del FASB. El Accounting Standards Board (ASB) británico, que publicó en 1999 un nuevo proyecto de su Declaración de Principios (Statement of Principles), también declinó elegir entre el coste histórico y valores corrientes como criterios de valoración (párrafo 6.4). Y el ASB, a diferencia del FASB no está constreñido por una comisión del mercado de valores conservadora o por una tradición atrincherada en favor del coste histórico. La Australian Accounting Research Foundation, que comenzó la investigación relativa a su Marco Conceptual en la década de los setenta, incluso no ha emitido todavía borrador de conceptos sobre reconocimiento y valoración. Parece, por tanto, que la exportación del Marco Conceptual a otros países no ha tenido un éxito notable.

Al juzgar el trabajo global del Marco Conceptual del FASB, es posible criticar de manera justificada el fallo del Board al no haber elegido, como cuestión de principios, el criterio (o criterios) de valoración más adecuado para regir la preparación de los estados financieros. Esta era, ante todo, la raison d’etre de la totalidad del proyecto, de manera que cada punto del mismo se orientaba a tal fin. ¿Con qué razones puede explicarse esta indecisión? La resistencia al cambio —de los elaboradores de los estados financieros, de los expertos contables y de la SEC, así como del propio Board— unida a la indiferencia, al menos, de los usuarios, constituye una barrera excesivamente alta como para ser sobrepasada.

La bien conocida reticencia de la SEC en relación con las posibilidades de apartarse del coste histórico en los estados financieros puede haber sido vista por algunos miembros del Board como un obstáculo a la elección del principio aplicable. Todavía está reciente el recuerdo de la condena por el APB (y por el chief accountant de la SEC) de la postura de Sprouse y Moonitz en favor de los valores corrientes en su Accounting Research Study publicado en 1962, cuyo resultado fue que sus dos trabajos sobre postulados y principios resultaron relegados al olvido.

Algunos miembros del FASB no han querido arriesgarse a que el Marco Conceptual fuera marginado de manera similar, como «demasiado radicalmente diferente». Además, el abandono del coste histórico representa un riesgo potencial no solo para los elaboradores de los estados financieros, sino también para los que están en el ejercicio profesional (vid. Revsine, 1991). Para los elaboradores, la utilización de valores corrientes hace aflorar el espectro de la posible inclusión de pérdidas y ganancias no realizadas por tenencia en la cuenta de resultados.

Entre los ejercientes, pocos han tenido conocimientos sobre criterios de valoración diferentes al coste histórico, en ocasiones modificado, debido a la situación de monopolio que tal criterio ha disfrutado en Estados Unidos. Por ello pueden haber temido que su experiencia se convierta en obsoleta por la imposición de un sistema de contabilidad que no les resulte familiar. Macve ha caracterizado estas fuentes de resistencia como «los problemas políticos de los diferentes intereses y necesidades». Incluso, entre los miembros del Board, existen diferencias intelectuales y emocionales acerca de la elección del criterio de valoración, posturas que Horngren (1981) ha denominado sus «marcos conceptuales propios». Esta inamovible resistencia al cambio procedente de diferentes ámbitos ha tenido una presencia influyente en las deliberaciones.

¿Cuáles han sido los efectos prácticos del Marco Conceptual en el Board?. A menos que se puedan presenciar y escuchar sus deliberaciones —o, como investigador, que se realicen encuestas a sus miembros o se revisen sus actas— es difícil conocer si el Marco Conceptual ha alterado criterios o si ha sido invocado en la elaboración de algunas normas para apoyar una determinada postura. Arthur R. Wyatt, que se incorporó al Board inmediatamente después de la publicación de la Declaración Nº 5, ha afirmado que «los miembros actuales del FASB y su equipo de trabajo se refieren constantemente al marco», en especial lo que respecta a las características cualitativas y a la definición de los elementos. Además, indica que «los destinatarios de las declaraciones se refieren especialmente al Marco Conceptual cuando no están de acuerdo con una conclusión provisional obtenida para una cuestión concreta, y argumentan que es inadecuada porque no se deriva lógicamente del Marco Conceptual» (Wyatt, 1987, p. 46). Pero sería útil tener las conclusiones de alguna investigación empírica.

Mosso, antiguo miembro del Board, ha afirmado que «la Declaración de Conceptos Nº 5 asentó los cimientos» para la decisión en 1987 (Statement núm. 95) de reemplazar el estado de origen y aplicación de fondos por el estado de flujos de tesorería, «como un desarrollo adicional del énfasis que la Declaración de Conceptos Nº 1 pone en los flujos de caja como herramienta para la toma de decisiones» (Mosso, 1998, p. 7).

Para demostrar el impacto, Miller (1990, p. 27) ha mantenido que tres normas posteriores incorporan la preferencia del Board por la óptica de los «activos y pasivos»: el Statement Nº 76, sobre extinción de deudas (1983); el Nº 87 sobre pensiones (1985); y el Nº 96 sobre impuestos diferidos (1987). También señala que tres de los primeros pronunciamientos, emitidos entre 1974 y 1976, también utilizan la óptica de los «activos y pasivos» (1990, p. 27). Evidentemente, el Board no necesita una Declaración de Conceptos para adoptar este planteamiento en sus normas.

Como parte de su amplio estudio sobre el proyecto de Marco Conceptual, Gore intenta poner de manifiesto el impacto de la totalidad del mismo en tres normas: el Statement Nº 87, sobre pensiones (1985); el Nº 95, sobre el estado de flujos de tesorería (1987); y el Nº 96, sobre impuestos diferidos (1987). Concluye que el Marco Conceptual «tiene poco efecto en las soluciones adoptadas» (Gore, 1992, p. 124).

Con todo, Daley y Tranter han sostenido que es poco sustancial intentar juzgar normas concretas en términos del Marco Conceptual, que incluye la neutralidad como una de las características asociadas con la fiabilidad. Argumentan estos autores que «el importante papel que las presiones económicas y políticas desempeñan en el desarrollo de las normas contables» debe tenerse en cuenta en el Marco Conceptual y, en consecuencia, en cualquier análisis de la conformidad de las normas con el mismo (1990, p. 15).

¿En qué medida aceptan el Marco Conceptual los miembros que se han incorporado al Board después de completarse este proyecto en 1985? A finales de 1986, un año después de la publicación de la Declaración Nº 6, el presidente Kirk escribió: «He comprobado que los miembros que no estuvieron presentes en los extensos debates que precedieron a las [seis] Declaraciones de Conceptos, especialmente a la Nº 5, sobre reconocimiento y valoración, tienen menos intereses, a causa de vínculos o adhesiones, en ellas» (Kirk, 1986, p. 8).

En 1993, todos los miembros que habían votado el Statement Nº 5 habían dejado el Board. En un organismo regulador, en el que se produce la rotación de sus miembros, ¿en qué medida puede mantener su autoridad en el organismo un Marco Conceptual aprobado previamente? A su favor, hay que señalar que el Board ha tomado medidas para mantener el interés por el Marco Conceptual. En algunas de las sesiones de desarrollo profesional, organizadas para sus miembros y equipo de investigación, se han incluido temas relacionados con el Marco Conceptual. También, algunos de los proyectos recientes en su agenda apuntan a una reconsideración de las primeras Declaraciones de Conceptos.

Finalmente, la evaluación anual de la actuación de los diferentes miembros del Board puede poner de manifiesto alguna falta de conocimiento de las Declaraciones de Conceptos. Pero la pregunta sigue en pie: ¿en qué medida los miembros actuales del Board suscriben el Marco Conceptual?

Se trata de interesantes cuestiones sobre las que, esperamos, la investigación empírica pueda tener algo que decir. Entre tanto vivimos de opiniones.

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*Traducción de Jorge Tua Pereda. Este trabajo fue solicitado y elaborado expresamente para la obra “El Marco Conceptual de la información financiera” [2000] AECA, Madrid. No obstante, ha sido publicado previamente en el volumen extraordinario, Nº 100 [1999] de la Revista Española de Financiación y Contabilidad, editada por AECA

La Revista Legis del Contador agradece al autor, al Comité de Gestión de AECA y al Profesor Jorge Tua Pereda, su autorización e intervención para que este documento sea publicado en nuestra revista.

(1) El autor agradece a Allister Wilson, Tom Dyckman, Larry Revsine, Denny Beresford y Jim Leisenring sus comentarios al borrador de este trabajo.

(2) En relación con los esfuerzos iniciales de la American Accounting Association y del American Institute of (Certified Public) Accountants puede verse Storey (1964) y Zeff (1972, pp. 134-236).

(3) La revisión y análisis más completos de la evolución de los esfuerzos en pos de la formulación de un Marco Conceptual en Estados Unidos puede encontrarse en el trabajo de Storey y Storey (1998) The Framework of Financial Accounting Concepts and Standards, que debe ser consultado en cualquier estudio en profundidad sobre esta cuestión. Reed K. Storey, el más veterano de los autores de este trabajo, fue durante muchos años miembro del equipo de investigación del FASB y el principal impulsor del proyecto de Marco Conceptual de dicho Comité. Una visión escéptica en relación con el Marco Conceptual puede encontrarse en Macve (1997).

(4) Puede encontrarse una discusión sobre el enfoque de la «utilidad en la toma de decisiones» en el Statement on Accounting Theory and Theory Acceptance de la AAA (1977, pp. 10-21); también, en mayor amplitud, en Staubus (en prensa).

(5) En 1969, otro comité de la AAA publicó un informe más extenso sobre la medida en que las prácticas actuales relativas a la información financiera satisfacían las necesidades de los inversores y acreedores, en línea con los criterios sugeridos por el ASOBAT para la información contable (AAA, 1969).

(6) En 1957 el American Institute of Accountants cambió su nombre por el de American Institute of Certified Public Accountants.

(7) Vid en Sorter (1973) la discusión de los puntos principales del Informe Trueblood, así como el enfoque adoptado por el comité.

(8) La transcripción de las actas del encuentro público celebrado en torno al Comité Trueblood en mayo de 1972 fue publicada en un informe mecanografiado. Además, la investigación significativa, las referencias y los soportes documentales que fueron utilizados se publicaron en Objectives of Financial Statements: Selected Papers (1974). En Studies on Financial Accounting Objectives: 1974 (1974) pueden encontrarse amplios comentarios sobre el Informe Trueblood.

(9) En Gore (1992) puede encontrarse un análisis crítico del desarrollo del proyecto de Marco Conceptual. Agrawal (1987) ofrece un análisis de la estructura lógica del mismo. Miller et al. (1998, capítulo 4) realizan comentarios sobre la dinámica del Board y sobre las consideraciones políticas que afectaron su decisión en cuanto a este proyecto.

(10) Puede verse también Kirk (1989, pp. 89-90).

(11) Storey y Storey escribieron que la preferencia del Board por la visión de activos y pasivos «todavía es, indudablemente, el más controvertido y el más tergiversado de los contenidos del Marco Conceptual» (1998, p. 76), principalmente porque esta postura fue contemplada por muchos como un artificio para «imponer algún tipo de valores corrientes en un mundo reacio» (p. 83). En el indicado trabajo se discute la controversia con alguna profundidad (pp. 47-66 y 76-85).

Robert T. Sprouse estimaba que el punto de vista de activos y pasivos puede librar a los balances de ser «lo que uno quiera que sean», situación a la que conducen los ininteligibles residuos producidos por el enfoque de la correlación (matching) de ingresos y gastos (Sprouse, 1966). Vid. también Sprouse (1977, pp 12-13; y 1988, pp. 126-127).

(12) La lista completa de publicaciones puede encontrarse en Gore (1992, apéndice 2). Un borrador de discusión, dos informes de investigación, dos proyectos previos y dos Declaraciones de Conceptos (la cuarta y la sexta), constituyen la adaptación del Marco Conceptual a las entidades no lucrativas, cuestión no incluida en este trabajo. Dos borradores de discusión y la invitación al comentario, que se ocupan de materias relacionadas con la presentación de información financiera, abordan aspectos incluidos en el proyecto titulado «Presentación del resultado, flujos de caja y situación financiera de las empresas mercantiles» (Reporting Income, Cash Flows, and Financial Position of Business Enterprises, FASB, 1981), pero que no cuajaron, al menos por el momento, en una Declaración de Conceptos. Aunque forma parte de la anterior enumeración de los documentos del FASB, el borrador de discusión sobre los «Criterios para la determinación de la importancia relativa» (Criteria for Determining Materiality), emitido el 21 de marzo de 1975, tampoco está incluido formalmente en el proyecto del Marco Conceptual. No obstante, los aspectos conceptuales del proyecto referente a la importancia relativa fueron incorporados en 1978 al proyecto sobre las características cualitativas.

(13) Puede encontrarse una discusión más extensa sobre las Declaraciones de Conceptos del Board en Davies et al. (1997, pp. 46-63), Pacter (1983), Solomons (1986), Wolk et al. (1992, capítulo 6) y Miller et al. (1998, pp. 105-115).

(14) Para una discusión adicional de las «políticas» en el desarrollo del Marco Conceptual, puede verse Rappaport (1977), Horngren (1981), Miller (1990) y Van Riper (1994, pp. 20-22 y 75-82).

(15) En el texto original le otorga una calificación de «C». Se refiere a la escala de cinco posibilidades: A-B-C-D-F, de mayor a menor, dónde la última equivale al suspenso (Nota del traductor).

(16) Puede verse un análisis en profundidad de la Declaración de Conceptos Nº 2 en Storey y Storey (1998, pp. 98-119).

(17) Sterling ha considerado el conservadurismo como «el principio fundamental de valoración en la contabilidad tradicional» (1967b).

(18) Para un tratamiento amplio del mantenimiento del capital, financiero versus físico, vid. Sterling and Lemke (1982).

(19) Véase la nota a pie de página Nº 15. Aquí la calificación es de «B», en la escala A-B-C-D-F (Nota del traductor).

(20) Miller (1990) y Gore (1992, pp. 105-109) explican este retraso. El Board estaba dividido tanto sobre la manera de actuar como sobre las conclusiones a obtener.

(21) En Storey y Storey (1998, pp. 145-160) puede encontrarse un análisis en profundidad de la Declaración Nº 5.

(22) «F», en la escala a la que nos referimos en las notas a pie de página números 15 y 19 (Nota del traductor).

(23) Robert T. Sprouse, vicepresidente del Board, escribió posteriormente que la Declaración de Conceptos Nº 5 «se sitúa decididamente en el mantenimiento del capital financiero» (Sprouse, 1988, p. 126).

(24) Pueden verse comentarios adicionales en relación con el resultado global en Johnson y Reither (1995).

(25) La parte del Statement Nº 33 dedicada al coste corriente refleja la influencia del Informe del Comité Sandilands (1975, capítulo 12) en el Reino Unido, que otorga preferencia al enfoque del «valor de la empresa» (value to the business o deprival value) en cuanto al coste corriente. Pueden verse comentarios de ésta y de otras influencias intelectuales en el pensamiento del Board, incluida la interacción entre el Statement núm. 33 y su proyecto de Marco Conceptual, en Tweedie y Whittington (1984, capítulo 7, así como en las entradas sobre estas cuestiones en el índice del SFAS Nº 33).

(26) Miller y Bahnson (1996, pp. 94, 96 y 98) citan defectos en la aplicación del valor actual en siete pronunciamientos previos.

(27) Lawrence Revsine fue el presidente del comité. Sus puntos de vista sobre las implicaciones del informe para el desarrollo de un Marco Conceptual pueden encontrarse en Revsine (1977, pp. 35-39).