Sistema contable y nuevas necesidades de información(*)

Revista Nº 7 Jul.-Sep. 2001

Alfonso A. Rojo Ramírez 

Catedrático de Economía Financiera y Contabilidad 

Departamento de Dirección y Gestión de Empresas 

Universidad de Almería, España 

1. Introducción

Muchas cosas están cambiando hoy día en el mundo de los negocios y en el conjunto de la sociedad. La denominada nueva economía y sus elementos más representativos, la tecnología y la globalización, están modificando hábitos y comportamientos sociales e individuales.

La nueva economía es un concepto acaparador de multitud de síntomas sociales y económicos y ha traído consigo, o ha acogido dentro de sí, según queramos verlo, otros conceptos más escuetos aunque no siempre más perceptibles. Entre éstos cabe citar los de capital intelectual(1) y capital social(2) que, a su vez, llevan asociados, en el trasfondo, el fenómeno de gestión empresarial de moda: la creación de valor económico y la lucha por la creación de riqueza.

Así, el concepto de capital intelectual ha cobrado una inusitada importancia en los últimos años. Con él se quiere hacer referencia a todos aquellos elementos o factores que no están reconocidos en los balances pero que permiten que las empresas compitan en un entorno más agresivo, más incierto y sometido a cambios continuos como consecuencia, sobre todo, de lo que algunos han denominado(3)metacapitalismo’. En esencia, una transformación económica y, sobre todo empresarial acelerada, apoyada en la tecnología, y cuyo factor clave está siendo Internet, que está cambiando las relaciones empresa-cliente (E/C), empresa-empresa (E/E) y empresa-inversor (E/I), por no citar nada más que las relaciones más tradicionales que tienen que ver con el mundo de los negocios, pues fácilmente se podría hablar de empresa-administración, empresa-entorno, etc. Esta transformación se sustenta en una ‘estilización de la figura’, esto es, una reducción del capital físico para centrarse en el capital humano y capital marca. En cualquier caso, estos cambios pueden ser contemplados en sentido positivo, pues lo que permiten es aflorar potencialidades y crear riqueza.

El concepto capital social ha de entenderse como el conjunto de redes que interconectan los diferentes agentes sociales, individuales y colectivos, y las reglas de reciprocidad y confianza que tales redes generan, creadoras de valores aceptados y empuje social. También este capital está siendo modificado de forma considerable por las nuevas circunstancias, esta vez en sentido negativo, pues actúa destruyendo las interconexiones establecidas, los roles y, a menudo, las reglas de juego.

Sin duda ambos capitales están relacionados con la economía a través del mundo de los negocios. El auge de la tecnología ha impulsado la floración del capital intelectual como elemento básico del mundo empresarial, centralizado en la labor del sujeto individual en el desarrollo empresarial(4), lo que ha generado una reinterpretación del factor trabajo de la teoría económica con implicaciones en la actuación social de los individuos y la correspondiente influencia en el papel que juega en la vida familiar, política y cívica.

El objetivo de este trabajo es analizar el papel de la contabilidad en este entorno, tratando de reconocer el impacto que los cambios producidos en la economía, y particularmente en las empresas, están produciendo en este sistema de información, así como la posible apreciación que los sujetos interesados o usuarios de la información contable comienzan a tener de la misma, si es que ésta está cambiando.

No obstante, antes de abordar la cuestión de estas tendencias en la contabilidad como disciplina encargada de suministrar información económica para los sujetos interesados en la empresa, permítaseme hacer una incursión previa en el concepto de creación de valor que subyace en todo este proceso, ya que ello nos ayudará a ofrecer una visión más centrada del sistema informativo contable y a comprender la necesidad de potenciales cambios.

2. La creación de valor y el sistema informativo contable

2.1. La medida de la creación de valor, la contabilidad y la gestión basada en el valor

Comencemos por indicar que la creación de valor es un concepto asociado, en su origen, al mundo anglosajón, siendo Rappaport (1981 y 1986) el primer autor académico que ha desarrollado esta teoría y que más la ha impulsado(5). En este entorno se habla de “shareholder value creation” (creación de valor para el accionista), cuya traducción en Europa parece sospechosa por asociarse con el capitalismo más duro. Es por ello que en este ámbito las empresas prefieren suavizar el término, que levanta sospechas en los sindicatos y la propia administración (Arnold, 1999; 4), por otros como el de “stockholder value creation” o “economic value creation” que podríamos traducir como ‘creación de valor económico’ (CVE) y que, aunque dicen lo mismo, parecen otra cosa.

Este concepto, la CVE, considera que el objetivo básico de toda organización, de acuerdo con la teoría generalmente aceptada de la empresa, es la creación de valor, es decir, el incremento de la riqueza de los sujetos partícipes en la empresa, lo que se consigue haciéndole llegar los máximos flujos de tesorería y plusvalías posibles, de manera que maximicen su rentabilidad. Traducido al ámbito empresarial supondría alcanzar una rentabilidad económica (ROIC) lo más elevada posible:

 

Siendo:

l FLT los flujos libres de tesorería sustentados en la política económica de la empresa;

l PV las plusvalías que ésta ha logrado alcanzar en el ejercicio;

l CI el capital invertido en el negocio que hace posibles los FLT y del que se espera las plusvalías (o, en su caso, minusvalías).

Esta forma de ver las cosas es fácilmente comprensible cuando tomamos como referencia la rentabilidad de un accionista, tal como refleja la tabla 2.1 para el caso de un accionista del Banco Popular Español (BPE) para el período 1995 a 1999. En este caso el CI, dado que se considera que el mercado de capitales valora los títulos por descuento de flujos de tesorería, es la inversión efectuada por el accionista al comienzo de cada ejercicio, equivalente al descuento de los flujos de tesorería esperados en función del riesgo.

Como se observa, la ROIC está calculada en términos de flujos de tesorería, por lo que es equiparable con la tasa interna de rentabilidad o coste de capital (ko), de forma que el inversionista potencial solo llevará a cabo la inversión si su ROIC > ko. De esta manera, si la rentabilidad esperada por el accionista (su ko) fuera del 10%, a partir del año 98 dejaría de adquirir títulos de BPE y procedería a enajenar los poseídos, ya que su rentabilidad (Ra), a partir de ese año es inferior a ko (3’52 y 4’03, respectivamente para los ejercicios 98 y 99).

 

(*) Elaboración propia con datos del Cuadro 30 del Informe Anual, 1999 del Banco Popular. Tomado de Rojo, A.; Ramírez, A. y Sánchez, J (2000).

Cuando pretendemos determinar la ROIC de un negocio o empresa, las cosas no son tan sencillas. Ello se debe a un hecho fundamental: el sistema de información que ha de aportar los FLT y el CI y, por tanto, las PV, no está concebido para ese fin, por lo que no nos ofrece información en términos de flujos de tesorería, sino en términos de flujos económicos de renta, el resultado (RTDO).

Tradicionalmente se ha venido considerando que el RTDO podría ser un subrogado de los FLT, bastando con sumar a aquél las correcciones de valor, esto es, las amortizaciones y provisiones. Hoy día se sabe que tal subrogado no es correcto por varios motivos:

1) Las características de complejidad de la contabilidad, fiel reflejo de la propia complejidad del mundo de los negocios, no permiten agrupar estas dos variables por la cantidad de correcciones asociadas al principio de devengo y prudencia, así como por el de correlación de gastos e ingresos;

2) Los FLT de un ejercicio cualquiera toman en consideración las inversiones económicas efectuadas durante el mismo para conseguirlos, aspecto este poco estudiado años atrás y que, por tanto, no se tomaba en consideración;

3) Los flujos de tesorería operativos toman en consideración la variación del capital circulante operativo o, como otros lo denominan, necesidades del fondo de maniobra o necesidades de financiación(6).

Pero, aun admitiendo que RTDO más amortización fuera un buen subrogado del FLT, nos encontramos con un obstáculo todavía mayor. Nos referimos al denominador de la anterior expresión, el CI y, por tanto, al cálculo de la PV, ya que ésta se determina por diferencia entre en valor de CI en dos momentos consecutivos del tiempo (PV (j+1) – PV j ). Efectivamente, el CI no es otra cosa que el valor actual de los flujos de tesorería previstos por la empresa y la contabilidad no está dedicada al cálculo de los flujos de tesorería previstos.

Conviene resaltar aquí, por tanto, que el análisis de la CVE está sustentado, según acabamos de comentar, en los flujos de tesorería que es capaz de generar la empresa, lo que está de acuerdo con el concepto económico de beneficio (EP – ‘economic profit’) de la teoría económica (EP = FLT + PV), pero choca con el concepto de renta económica de la teoría contable (BE = I – C).

Sin menoscabo de que volvamos sobre esta cuestión posteriormente, es preciso señalar que, aún así, la CVE está arraigando entre la mayor parte de las grandes empresas del mundo. Así, una encuesta a 453 grandes empresas europeas llevada a cabo por KPMG(7), ponía de manifiesto que dos tercios de los encuestados (más del 80% en el caso de Alemania) afirmaban haber implementado la gestión basada en el valor (value-based management – GBV). El propio análisis de las empresas españolas revela este creciente interés, tal como he tenido oportunidad de mostrar en otra ocasión(8), y muchas de ellas comienzan a hacer gala de cómo su objetivo es la creación de valor.

Esencialmente la GBV es un sistema de gestión que, acorde con las circunstancias del entorno a que se ha hecho alusión en la introducción, la nueva economía y el metacapitalismo, pretende hacer del individuo parte esencial de la estrategia de la empresa, centrada sobre el objetivo de creación de valor a largo plazo. Es por ello que los modelos desarrollados con este fin (EVA, CFROI, etc.)(9) no pueden basarse exclusivamente en medidas financiero-contables, especialmente a corto plazo (el RTDO), sino que se ven abocadas a tomar en consideración elementos hasta ahora no reconocidos en los estados contables poniendo su mirada en el futuro.

El capital intelectual de la empresa, es decir, las relaciones estratégicas con proveedores y clientes, la eficiencia de los procesos internos, los sistemas de calidad, los procesos de I + D, los medios tecnológicos, las cualidades humanas, etc., como elementos generadores de valor, han de ser tomados en consideración en el análisis, lo que requiere evaluarlos adecuadamente e integrarlos en la planificación estratégica de la empresa.

Como se aprecia, es aquí donde comienza a entrar en juego el sistema de información de la empresa y, particularmente, el sistema informativo contable (SIC). Efectivamente, la necesidad de evaluar los elementos intangibles, e integrarlos en las proyecciones financieras estratégicas orientadas al análisis de la creación de valor, ha generado una gran inquietud entre los economistas y, particularmente entre los contables, sobre todo debido a la insistencia con que los analistas remarcan las diferencias que se producen entre el valor de mercado de la empresa y los valores registrados por la contabilidad en los balances.

Quizá a ello también ha contribuido la introducción de conceptos equívocos en su aspecto externo como el “balanced scorecard”(10), traducido al español como “cuadro de mando integral” y “tablero de comando” que, en realidad, tiene que ver con un sistema de información-evaluación interna y externa de la empresa encaminado al diseño de estrategias y objetivos empresariales y la elaboración de indicadores y factores clave capaces de medir la gestión y con ella la creación de valor(11).

Los factores clave del valor o ‘conductores de valor’ (value drivers, VD) cobran una especial importancia en la GBV, que trata de analizar los VD capaces de ser manejados por los gestores y que más contribuyen a generar valor.

2.2. El papel de la contabilidad

Tal y como se ha indicado, la medición de la creación de valor, consustancial hoy día al funcionamiento y gestión de los negocios en un contexto globalizado, requiere del conocimiento de la ROIC. Ésta es el referente para evaluar los proyectos de inversión al ser comparada con el coste de capital, ko. De esta forma se dice que un negocio crea valor si la dirección de la empresa es capaz de incrementar la riqueza de la misma y esto se produce cuando la ROIC es superior al ko.

La cuestión es cómo determinar esas dos magnitudes, y cuáles son los factores o VD que hacen que la ROIC sea más elevada que el ko. Aquí es donde la contabilidad se la juega.

Ya comentamos que la contabilidad ha calculado la ROIC basándose en el beneficio, pero he aquí que éste es considerado como una magnitud de corto plazo, aun a pesar de que es síntoma de potencialidad. Ya Rappaport (1986; cap. 2) señalaba las deficiencias de los números contables y, particularmente de la ROIC contable, alegando, ante todo, que dicha rentabilidad debe calcularse tomando en el numerador el beneficio económico (el flujo de tesorería descontado de la inversión más el cambio de valor actual de la inversión) respecto de dicha inversión [Ver ecuación (1)].

Pero con ser esta cuestión clave en nuestra decisión, no es la única que pone en entredicho la ROIC contable. Así, junto a otras, también se puede resaltar:

a) El efecto que tiene en el numerador la creatividad del RTDO por sustentarse sobre el principio de devengo y correlación de gastos e ingresos, que abogan por la periodificación como mecanismo de reajuste de unos y otros, y

b) El efecto que tiene en el denominador la política inversora y, particularmente, el ciclo en que se encuentran los productos de la empresa, que hacen que empresas en igual situación puedan dar lugar a rentabilidades diferentes.

Todas estas cuestiones plantean la validez de la información contable como instrumento de gestión de la empresa. Esta situación se agrava todavía más cuando la gestión de los negocios dentro del metacapitalismo está asociada, no tanto con los activos físicos, sino con los intelectuales(12), lo que hace que el denominador que sirve para el cálculo de dicha ROIC pierda la mayor parte de su interés. Como señalan Kaplan, R. S. y Norton, D. P. (2001; 8):

“...las estrategias, que son las únicas formas sostenibles que tienen las organizaciones de crear valor, están cambiando pero las herramientas para medirlas no”.

O como dice Means, G & Schneider, D. (2000; 29):

“La contabilidad normal y las mediciones financieras ya no son capaces de reflejar todo lo que ocurre”.

Sin duda el problema del capital intelectual, o como desde una perspectiva contable se viene denominando, los intangibles, constituyen hoy día uno de los retos más importantes a los que se enfrenta la contabilidad. De ello es buena muestra el número de trabajos, proyectos, tesis, artículos y libros que están aflorando en los últimos años(13).

¿Qué puede hacer el SIC ante esta nueva tesitura? ¿Ofrece el SIC toda la información necesaria para cumplir con su fin? ¿Debe recoger la información contable las expectativas asociadas al capital intelectual y a la creación de valor? En definitiva, ¿es útil la información contable en este contexto?

3. La función del SIC: ¿enfoques antagónicos?

Sin duda la respuesta a la última de las cuestiones tiene mucho de compromiso político y de intereses encontrados. Quizá ahora más que nunca lo más importante es no perder de vista el papel fundamental que ha desempeñado la contabilidad en el mundo de los negocios como elemento de control y organización. Por sí misma esta función ya justifica sobradamente la necesidad de mantener un sistema como el existente, al margen de que gusten más o menos los criterios sobre los que se asienta.

Efectivamente, el papel tradicional de la contabilidad se manifiesta en la necesidad de ordenación y organización de la actividad desarrollada. La contabilidad supo convertirse en un sistema de información estructurado capaz de recoger los hechos económicos dando un tratamiento sistemático a la información bajo un lenguaje ciertamente peculiar (que ha de ser aprendido) que se contrasta, que ofrece ventajas por la lectura poliédrica que permite, frente a la información unidimensional del lenguaje común.

El registro de la información por sí mismo ya constituye un mecanismo disciplinario del empresario, que unido a un sistema de agregación ordenada de la información, orientado al conocimiento de la riqueza y de la renta, permite a éste conocer de forma ágil y resumida, la situación en la que se encuentra y cómo ha llegado a ella, sin influencias del contexto externo. Dispone de un sistema de ordenación y numeración visualmente ágil y catalogado, que permite la búsqueda de aquello que más le pueda interesar (por ejemplo, cuál es el valor de sus elementos de transporte o en cuántos gastos de personal incurrió durante el ejercicio).

Ciertamente toda esa información es de carácter histórico, particularmente la recogida a través del balance. Todavía más, está valorada en términos heterogéneos. Pero sigue constituyendo un sistema de ordenación y control objetivo.

¿Quiere ello decir que hemos de contentarnos y limitar al SIC a este papel de control y organización? Evidentemente no. De todos es suficientemente conocido cuál ha sido el devenir de esta disciplina científica, particularmente en los últimos 40 años, y sobre todo a partir de lo que se ha denominado teoría positiva de la contabilidad(14). En estos años se ha asistido a una búsqueda permanente del poder explicativo de SIC en el comportamiento de los usuarios de la información empresarial. Se ha pretendido que el SIC fuera capaz de explicar o justificar por qué los usuarios de la información contable toman unas decisiones y no otras en relación con la empresa o negocio, por ejemplo, la relación existente entre la información contable publicada por la empresa y su cotización en el mercado de valores y, por tanto, la decisión de invertir o no en la misma. Este ansia se ha traducido en un gran número de trabajos de investigación tendentes a analizar este tipo de relaciones, particularmente entre el mercado de valores y datos contables como el beneficio, los flujos de tesorería, etc.

Pero la teoría positiva de la contabilidad no solo es una teoría orientada al mercado de capitales, también ha tratado y trata, de forma particularmente intensa, la relación de agencia. En este sentido también se le exige a la información contable que sea capaz de justificar por qué la gerencia de las empresas adoptan unos criterios contables u otros en función de sus particulares intereses o, llevado al ámbito de los reguladores contables, un sistema justificativo del propio proceso político de formación de la norma.

Ciertamente los trabajos de corte empírico(15) parecen afirmar este tipo de relaciones, pero no se puede decir que los mismos sean claramente concluyentes. Gran parte de las veces se achaca esta falta de conclusión categórica a las propias bases sobre las que se asienta la contabilidad, a los consabidos principios contables, básicamente el principio de coste histórico. Baste observar cómo en los últimos tiempos este conflicto normativismo-empirismo ha dado lugar a cambios significativos en el enfoque de la regulación contable, cuyo ejemplo más representativo lo vemos en el marco conceptual. Lo que constituía uno de los principios por excelencia, el de precio de adquisición, comienza a ser relegado a mero criterio de valoración, al igual que pueden serlo otros, por ejemplo el valor actual neto(16).

Sin duda el paradigma de utilidad ha de ser tomado en consideración. Bajo esta perspectiva, el SIC no solo ha de ser un sistema que suministre información que permita a la dirección de la empresa ejercer un mero control técnico sobre la misma, sino que ha de permitir la toma de decisiones. Más aún, dado el impacto de la empresa en la sociedad, la información financiera ha pasado a ser considerada como un bien público y por tanto, también ha de servir para la toma de decisiones por los usuarios externos.

Algo está cambiando en la contabilidad pero, sobre todo, aún queda mucho por cambiar con la nueva economía, la creación de valor y la problemática del capital intelectual o activos intangibles. Hasta ahora, como acabamos de ver, las tendencias, a menudo antagónicas, se han saldado con cambios como el del marco conceptual. Se ha tratado de dar cabida a dos enfoques del SIC: el que propugna que la contabilidad es un sistema de información para el control y gobierno de la organización con repercusiones externas, lo que requería de una armonización contable; y el que sugiere que la contabilidad debe ser ante todo un sistema útil para la toma de decisiones por parte del usuario, particularmente el inversor, lo que, al igual que en la anterior visión requiere de un sistema armonizado de información.

En este punto conviene que precisemos a las nuevas necesidades de la información derivadas del entorno al que venimos refiriéndonos.

4. Las nuevas necesidades de información y el SIC

4.1. La situación de hecho

El contexto actual demanda del SIC intentar conjugar necesidades de control y organización con la necesidad de servicio a la toma de decisiones en un ambiente de riesgo y tecnología evolucionando a velocidad de vértigo.

La postura seguida hasta el momento por los organismos normalizadores ha consistido sustancialmente en una lectura flexible de los principios y criterios contables y en ciertos cambios formales o conceptuales asociados. Así se entiende, por ejemplo, el reconocimiento de las deudas a valor de reembolso; el tratamiento del leasing; el reconocimiento de gastos e ingresos diferidos, por ejemplo, las subvenciones de capital; el tratamiento dado a los gastos de I + D; la valoración de ciertas inversiones financieras a valor de mercado; etc.

Estas modificaciones han podido ser absorbidas en un plazo relativamente largo de tiempo, debido a cambios económicos relativamente lentos si los comparamos con los que se están produciendo en los últimos años.

Sin embargo, el entorno ha evolucionado mucho más deprisa en los últimos años y las exigencias de utilidad de la información se han agudizado. Los pequeños cambios no parecen que terminen de satisfacer a nadie, particularmente ahora que se hace necesario prestar más atención a los intangibles, la tecnología y el riesgo derivado de la incertidumbre. Los cambios en el marco conceptual adornan bien pero han de trasladarse al plano práctico.

La nueva economía está sustentada en el conocimiento, en la información y en las expectativas sobre ese conocimiento y, en este entorno, la utilidad para el usuario exige algo más que un mero lavado de cara. Como señalan Cañibano, L. y García-Ayuso, M. (2000; 9: 10):

“...la creación de valor está cada vez menos relacionada con la acumulación y gestión de activos materiales y más con la generación y mantenimiento de ventajas competitivas relacionados con los activos intangibles. En la medida en que las normas de contabilidad no permiten el reflejo de estos activos en balance, la estimación contable del valor de la empresa... y de su capacidad de generación de riqueza ... aparecen sesgados a la baja...”. Se hace necesario, por tanto, (Ibíd., 27) “cambiar el enfoque de la contabilidad hacia la nueva economía...”.

Repitiendo las palabras de Means, G & Schneider, D. (2000; 29), la contabilidad normal ya no es capaz de reflejar todo lo que ocurre, por lo que se impone efectuar un repaso de las nuevas necesidades de información derivadas de este nuevo entorno. Tres son los aspectos que merecen nuestra atención:

a) El papel de los intangibles en la nueva economía.

b) El impacto de las nuevas tecnologías en los sistemas de información.

c) La incorporación del riesgo asociado a una era de rápido cambio e incertidumbre.

4.1.1. Los intangibles y el SIC

Ya se ha comentado que el metacapitalismo está sustentado de forma principal en el capital intelectual, con especial hincapié en el capital humano y el capital marca. Esta realidad impacta en la información que ha de ofrecer la empresa. En particular, tres cuestiones deben ser tomadas en consideración:

1. La importancia de los intangibles para la empresa y los usuarios de la información.

2. La regulación sobre intangibles.

3. El papel de los intangibles en la creación de valor.

l Hoy día se admite que son factores tales como la fidelidad de los clientes; el nombre de la empresa; la marca; los recursos humanos; la tecnología empleada, las barreras de entrada, etc., los que están diferenciando a unas empresas de otras.

La evidencia empírica parece apoyar la importancia de estos activos(17) en la empresa. En igual sentido diversos estudios parecen poner de manifiesto la pérdida de relevancia de la información contable como instrumento útil para el inversor y las decisiones de crédito(18).

Esta circunstancia ha hecho que surjan propuestas encaminadas a la elaboración de modelos de información sobre intangibles(19) que forzosamente han tenido que ir seguidas de modelos para su gestión(20).

Si esto es así, parece normal que las empresas, particularmente aquellas que dependen para su financiación de los mercados de valores, informen sobre este tipo de activos. Diversos trabajos se han encaminado a contrastar este hecho, si bien es cierto que de forma muy parcial(21). La mayor parte de ellos se centran en información sobre empleados, sobre el fondo de comercio o los gastos de I + D. En general, los trabajos (Rojo, A. y Sierra, M., 2000; 73) sugieren que este tipo de información no se está recogiendo en los estados contables tradicionales sino que se hace a lo largo del informe anual de la empresa, en distintos apartados del mismo.

Sea donde fuere, esto es, sea cual sea el estado contable o documento en donde se informe, lo cierto es que los activos intangibles han centrado la atención de las empresas, que desean poner de manifiesto la importancia que éstos tienen como elementos esenciales de su gestión y competitividad. Este hecho, unido al interés de los investigadores, ha generado cierta preocupación en los organismos reguladores que se han visto obligados a prestar atención a esta cuestión.

Así, recientemente, el FASB hizo público el informe “Improving business reporting: insights into enhancing voluntary disclosure”(22) en el cual se sugiere a las empresas la conveniencia de publicar de forma voluntaria información que puede resultar útil para los inversores, según ciertas pautas y forma de explicación, siguiendo la experiencia de otras empresas del sector.

El informe señala que la información a suministrar por las empresas es algo más que los estados contables (FASB, 2001; 1). Así, distingue entre información contenida en los estados contables e información voluntaria, esto es, aquella que se encuentra fuera de los estados contables y no es requerida, explícitamente, por las normas contables o por la SEC (FASB, 2001; 5), aunque parte de ellas se elaboran para atender a los requisitos de la SEC, relativos a aspectos de la gestión empresarial, análisis financieros y resultados de las operaciones.

La información voluntaria a que se refiere el FASB incluye diferentes categorías:

1. Datos económicos

2. Análisis de los datos por la dirección

3. Información previsional

4. Información relacionada con la dirección y los accionistas

5. Información sobre la empresa

6. Información sobre los activos intangibles no reconocidos

Los datos aportados en el estudio permiten concluir que la información aportada por las empresas de los sectores estudiados(23) en relación con los intangibles es escasa, salvo en el caso del sector farmacéutico para los gastos de I + D, aunque suele ser considerable la mostrada en las otras áreas.

l Desde el punto de vista de la regulación contable, parece claro que tres son las preocupaciones básicas en relación con este tipo de activos:

1. En primer lugar, se trataría de deslindar cuando puede considerarse que existe un activo intangible.

2. En segundo, establecer los criterios que han de servir de base para su valoración.

3. Finalmente, cómo han de hacerse figurar tales elementos en la información suministrada a terceros.

En relación con la primera de las cuestiones, tradicionalmente el SIC solo ha permitido el reconocimiento de aquellos intangibles que han llegado a la empresa mediante una transacción y que, por tanto, tenían asignado un valor objetivo, el de la factura o coste incurrido. Esto ha sido así porque la regulación contable (o si se prefiere el marco conceptual) consideraba la existencia de un activo solo si tenía magnitud física o reconocía algún derecho para la empresa.

Hoy en día, sin embargo, se pretende ir más allá, distinguiendo (Sierra, M. y Rojo, A. 1988) entre intangibles generados externamente, es decir adquiridos a terceros de forma individualizada, o como parte de un negocio y los generados internamente, es decir, que se considera su existencia pero no ha existido ninguna transacción que los haga aflorar. El reconocimiento de tales activos sería posible siempre que estos bienes fueran claramente identificables, fueran separables de forma individual y estuvieran controlados por la empresa.

Los primeros reúnen tales requisitos y, por tanto, ya son reconocidos por la contabilidad, estando formados por elementos como marcas, patentes, concesiones administrativas, etc. Entre éstos se encuentra el fondo de comercio asociado a la compra-venta de una empresa o negocio y aquellos activos intangibles individualizables que se pongan de manifiesto en este tipo de operaciones.

Sobre los segundos es donde existe una mayor problemática hoy día. Son elementos que se derivan de la actividad desarrollada por la empresa que, en algunos casos, pueden ser identificables y asignársele un valor objetivo, en cuyo caso serían objeto de reflejo contable (por ejemplo, los gastos de I + D). En otros casos no existe posibilidad de que estos elementos sean aislados y pasan a formar parte del fondo de comercio generado internamente. Pero donde hoy se centra la mayor polémica es sobre aquellos activos generados internamente, identificables, separables, pero de los que no se dispone de costes asignables (por ejemplo, los recursos humanos de la empresa). En estos casos nos encontramos con problemas de asignación de valor y de reconocimiento o no en los estados contables.

La segunda cuestión es la relativa a su valoración. Como fácilmente se puede entender ésta va a depender de la categoría a la que asignemos al bien. Si es un intangible externo el valor será su precio de adquisición o precio comprometido. Si se trata de un intangible interno identificable y separable, desarrollado por la empresa, será su coste de producción. Si se trata de un activo intangible interno no identificable, o que pudiéndose identificar no es separable, no podrá ser reconocido en contabilidad.

En caso de tratarse de un activo generado internamente, identificable y separable, pero que no tiene un coste asignable, está claro que para su reconocimiento no puede emplearse el criterio de coste histórico, ya que éste no existe. En tal situación sería admisible (IASC, 1999) la utilización del valor de mercado, siempre que dicho valor pueda ser estimado de forma razonable con referencia a un mercado activo de dicho intangible. Si no existe dicho mercado no sería factible su reconocimiento al ser imposible asignarle valor.

La tercera y última cuestión está estrechamente unida al reconocimiento. Si los elementos no identificables o no separables no pueden ser reconocidos, o si no existe un mercado de referencia para la asignación del valor, no pueden ser mostrados en los estados contables. Igual ocurriría si un elemento deja de estar controlado por la empresa.

l Por último hay que señalar que la creación de valor en la empresa está asociada tanto a los activos tangibles como a los intangibles. Desde este punto de vista los diferentes posicionamientos estratégicos de la empresa y las previsiones que ésta haga a resultas de los mismos, al basarse en los flujos de tesorería previsionales, han de tener forzosamente en cuenta ambos tipos de activos.

La posibilidad para la empresa de poder confrontar sus flujos financieros previstos con los activos que los hacen posibles, al objeto de determinar la ROIC, requieren forzosamente el poder evaluar todos los activos intangibles, tanto externos como internos, identificables o no, separables o no.

En este sentido, no cabe duda que el principio de coste histórico resulta insuficiente para la valoración de los activos intangibles(24), cualquiera que sea su origen.

La creación de valor es uno de los aspectos considerados por el FASB (2001; 22) dentro de los factores económicos que las empresas deberían ofrecer a los usuarios de la información, dadas las demandas previstas en el S. XXI ante un entorno que cambia dramáticamente.

4.1.2. Las nuevas tecnologías y el SIC

El SIC es un sistema de información y como tal, está profundamente asociado a la tecnología de la información. Internet está cambiando nuestra apreciación de la información y, particularmente, de la información contable. Ello es debido a que esta herramienta permite que la información contable se mueva rápida y fácilmente, en todo el mundo y en todo momento, al tiempo que se comporta interactivamente entre el emisor y el receptor, esto es, bidirecional.

Ciertamente una de las debilidades que a menudo se achaca a la contabilidad es que, dadas las premisas sobre las que se asienta y la regulación a la que se somete, no es capaz de ofrecer la información a tiempo para hacerla relevante. Esto es, no cumple con una de las características básicas, la oportunidad(25). Esto conlleva que dicha información pierda parte o toda su capacidad para influir en las decisiones de los usuarios.

Probablemente uno de los efectos más inmediatos de la tecnología sea la rapidez con que los datos que elaboran las empresas pueden ser transmitidos a los potenciales usuarios(26). Particularmente interesante resultará para las empresas globales que cotizan en distintos mercados y están bajo el punto de mira de inversores institucionales. No obstante, la diferente regulación de los mercados y las diferentes exigencias contables nacionales o locales plantean problemas para estas empresas, ya que se ven en la tesitura de tener que elaborar diferentes informes bajo diferentes regulaciones.

Las nuevas tecnologías, con toda probabilidad, no solo permitirán eliminar estos inconvenientes, sino que harán posible la disposición y tratamiento de toda aquella información que la empresa desee y sea capaz de poner a disposición de los usuarios, tanto los estados contables actuales como cualquier otro tipo de información financiera o previsional, que se considere relevante o conveniente(27).

Si se observa la información demandada por el mercado y considerando que el sistema objetivo de creación de valor hace hincapié en los FLT en base futura, la empresa, particularmente la global, requiere ofrecer información distinta de la tradicional, tal como información sobre los conductores del valor o variables claves del mismo, así como sobre las actividades creadoras de valor, en definitiva, planes de negocio estructurados financieramente, tal como revela el FASB (2001; chapter 3).

Entre las variables creadoras de valor se encuentran las de naturaleza intangible que, con un sistema de información ágil y flexible como podría ser el XBRL, serían fácilmente incorporadas al sistema contable de la empresa, ganando así en credibilidad.

En definitiva, las nuevas tecnologías, y en especial Internet, brindan hoy día a la empresa capacidad para elaborar y ofrecer a los usuarios información útil y relevante para la toma de decisiones, tanto en cantidad como en calidad. Tanto en términos históricos como futuros. Tanto en términos tangibles como intangibles.

No cabe duda que se abren nuevas posibilidades de información en cantidad y calidad de las que no se ha dispuesto hasta el momento, lo que va a posibilitar ofrecer cualquier tipo de información económico-contable sin grandes esfuerzos adicionales.

4.1.3. El riesgo y el SIC

Otra de las características propias del entorno al que venimos refiriéndonos, la nueva economía y el metacapitalismo, es la incertidumbre asociada al cambio acelerado, manifestado en términos económico-financieros por la necesidad de seleccionar alternativas de inversión que produzcan los mejores flujos de tesorería con el más bajo riesgo.

Hasta ahora, cuando tratamos el concepto de ROIC no nos detuvimos en contemplar la opción de riesgo: ante dos proyectos alternativos, elegimos aquél que, cumpliendo que ROIC > ko, tenga un riesgo más bajo. En función de las preferencias de riesgo estaremos dispuestos a jugar con nuestra rentabilidad. Inversores adversos al riesgo preferirán una tasa de rentabilidad más baja con tal de evitarlo. Por el contrario, inversores más arriesgados exigirán una ROIC superior.

El SIC, tal como manifiesta Cea, J. L. (1995; 34) debe ser capaz de ofrecer información tanto de una como de otra de estas cuestiones, esto es, relacionada con la rentabilidad y el riesgo. Tal como hemos señalado, la cuestión de la rentabilidad contable presenta serios inconvenientes si deseamos equipararla con la rentabilidad en sentido económico. No llega a ser un adecuado subrogado de ésta.

El SIC tampoco sale bien parado con relación al riesgo. Es verdad que la regulación contable ha ido adaptándose a estas cuestiones a través del principio de prudencia y de correlación de gastos e ingresos. Así, por ejemplo, los sistemas de provisiones son casos suficientemente claros a este respecto, particularmente las provisiones para riesgos y gastos. También ha desempeñado un papel interesante a este respecto la memoria o notas a las cuentas anuales. Por ejemplo, a través de ella se suelen recoger los compromisos asumidos por la empresa con otros agentes económicos o con la dirección, o se muestra información adicional sobre los riesgos tales como las pensiones.

Pero el riesgo asociado a la empresa no se puede limitar, exclusivamente, a aspectos concretos de la actividad, sino que ha de ser contemplado a nivel del conjunto de la organización. Aunque es admisible, y probablemente conveniente, el plantear la confección de un Estado de riesgos empresariales, como comenta Cea, J. L. (1995; 38), que debería recoger dos aspectos clave:

1. El riesgo de obtención del resultado.

2. Elaboración de indicadores clave sobre áreas de riesgo.

A mi juicio, el riesgo debe ser contemplado en un contexto general de la empresa que recoja las expectativas del negocio. Es decir, el riesgo empresarial se debe, sobre todo, a las expectativas sobre las que dicho negocio se asienta, por tanto, sobre la obtención de los FLT con los que remunerar el capital invertido, conforme a la ecuación (1) vista en el epígrafe 2.

El riesgo global se deriva de los planes y estrategias que desarrolla la empresa, de la eficiencia con que la gerencia es capaz de llevar a cabo el proceso de inversión y de cómo se hace frente a los efectos de la competencia.

En consecuencia, la evaluación del riesgo debe ser recogida por el SIC en dos ámbitos distintos. Una primera, en el ámbito de elementos concretos y áreas concretas de la empresa. Esta función se viene haciendo de forma bastante restringida y debería ser desarrollada para poder comprender aspectos relevantes del negocio de la empresa. Una segunda que sería de análisis global del riesgo del negocio y que, de nuevo, tendría que ver con las expectativas de la dirección y los conductores de valor que dominan la creación de valor.

4.2. Una reflexión sobre el papel del SIC en el metacapitalismo

El SIC ha venido siendo un sistema de información sustentado en un conjunto de principios orientados hacia la objetividad, el control y organización de los negocios. La evolución del entorno ha forzado a este sistema a adoptar criterios valorativos complementarios, esto es, a ir introduciendo criterios que se han ido compaginando con el de coste histórico, tal como el valor de reembolso y el de mercado, que han llevado a este sistema de información a ciertas contradicciones que le han hecho perder parte de su lógica interna (Gonzalo, J. A., 2000; 236).

Las distorsiones experimentadas por el SIC están asociadas a las demandas de información del usuario. La introducción del concepto de utilidad para la toma de decisiones en el marco conceptual(28) ha proporcionado una excusa para el cambio, apoyada en la teoría positiva y en las nuevas necesidades de información.

En esta situación se ha ido perdiendo la visión histórica de la contabilidad como instrumento de control y lo que en un comienzo se configuraba como un concepto de utilidad contable, orientada a satisfacer las necesidades de organización interna y posteriormente hacia el cálculo del resultado, hoy solo se contempla desde el punto de vista de la utilidad económica, orientada hacia la toma de decisiones económico-financieras por los usuarios, particularmente de inversión o crédito, fin al que debe servir un sistema de información económica.

Pero este concepto utilitarista de la información sustentado en el justo valor o valor razonable (fair value) no deja de tener pro y contras. Los que argumentan a favor de una transición del precio de adquisición al valor razonable argumentan (Pulido, 2000; 269-270):

1. Que favorece un más adecuado cálculo del resultado.

2. Que ofrece una imagen económico-financiera más acorde con la realidad.

3. Que el patrimonio neto está más ajustado al valor real de la empresa.

4. Que la enajenación de activos no generaría plusvalías asignables a ejercicios puntuales cuando son asignables el período de permanencia en la empresa.

5. Que el grado de utilidad y relevancia de la información ganaría con todo ello.

Los que están en contra ponen de manifiesto que una transición hacia tal concepto no está exenta de riesgos, particularmente el que se deriva de la pérdida de objetividad y, consecuentemente, falta de comparabilidad de la información.

Pero hay algo más. Tal y como se ha puesto de manifiesto, el objetivo de la empresa es la creación de valor, que requiere la confección por parte de ésta de una estrategia a largo plazo, evaluable en términos de FLT y soportada en un conjunto de variables estratégicas o conductores de valor. Este plan de negocio, que permite al mismo tiempo orientar al usuario de la información en relación con el riesgo de la actuación gestora, no aparece recogido por la contabilidad, ya se base ésta en el precio histórico, ya lo haga en el valor razonable.

¿Qué ventaja ofrece el valor razonable en comparación con el coste histórico? La respuesta sigue siendo una referencia a los 5 puntos anteriores, aunque no recoge el aspecto fundamental: el riesgo y rentabilidad esperada por un inversor potencial, la fiabilidad de que el prestamista pueda tener garantizado su crédito. El valor razonable sigue siendo prácticamente tan incompleto como el coste histórico, pero eliminando la comparabilidad entre empresas y la objetividad contable.

Sin duda, la introducción en el sistema de nuevas necesidades de información como son los intangibles y el riesgo, y el medio que nos brinda la tecnología, ha hecho que seamos más valientes al exigir al SIC el cumplimiento de la utilidad económica, pensando que con ello solucionábamos todos los problemas.

Es cierto que se requieren actuaciones precisas que den respuesta a las necesidades surgidas del nuevo entorno, lo que no se hace, ni se puede hacer, con el sistema contable actual. ¿Quiere ello decir que se debe emigrar hacia la incorporación de los valores de mercado? ¿Se debe romper con el tradicional principio del precio histórico?

Aunque en este punto existen opiniones para todos los gustos, parece claro que, aunque los hechos demuestran que se está apuntando en este sentido, no es éste mi punto de vista. Ciertamente los posicionamientos de las diversas organizaciones profesionales y, particularmente para Europa, la decidida apuesta por incorporar el valor de mercado a las directivas europeas(29), argumentando la necesidad de favorecer la comparabilidad entre empresas y la política de la “Comisión orientada a mantener la coherencia entre la normativa de la UE en materia de información financiera y las normas internacionales de contabilidad, NIC, desarrolladas por el Comité de Normas Internacionales de Contabilidad, CNIC” (Exposición de motivos 1. Final), apuntan en este sentido.

Es verdad que la reforma que se propone es muy parcial y de aplicación transitoria, ya que, además de sugerirse su aplicación solo para instrumentos financieros utilizados por empresas cotizadas y consolidadas, la propuesta contiene una cláusula que obliga a una revisión de la misma una vez transcurrido el plazo de tres años desde su entrada en vigor, a la luz de la evolución en materia de contabilidad internacional.

Sin embargo, no cabe duda que esta “potencial” revisión será a más(30), ya que las propuestas del IASC tienen por denominador común el abandono del modelo básico de valoración basado en el coste histórico en favor de la valoración por el método del valor razonable. ¿Debemos, pues, despreciar la faceta de la utilidad contable?

Evidentemente el modelo de valor razonable, si es que así se puede llamar, no aporta una solución al problema de fondo. El valor razonable sigue abundando en un modelo híbrido del coste histórico sin respuesta a las necesidades reales de inversores y prestamistas. Una orientación hacia un sistema de utilidad económica de la contabilidad no puede ser abordada con parches como los que se proponen.

5. Un enfoque de trabajo

5.1. Bases para una propuesta racionalmente económica

En mi modesta opinión esta tendencia hacia el mercado y, por tanto, hacia una contabilidad basada en el valor razonable, frente a la contabilidad basada en el coste histórico, aunque necesaria, no debe perjudicar a la segunda, ya que la adopción de este sistema llevaría con toda probabilidad a una desarmonización difícil de controlar, que acabaría perjudicando la credibilidad del SIC como sistema de control y organización.

Tal como se ha señalado, un sistema contable basado en el valor razonable no soluciona los problemas principales de información útil: el análisis de la rentabilidad de la inversión y del riesgo.

Tampoco se trata, de nuevo, de engrosar la memoria de la empresa con información complementaria que subsane el ‘gap’ entre coste histórico y valor de mercado, pensando que así se elimina el existente entre contabilidad para el control y contabilidad útil para la toma de decisiones. Tampoco se trata de un sistema de información complementaria tipo “reporte narrativo” como si se tratara de una doble capa de información. Mi punto de vista es otro. Se trata de dar soluciones dentro de un contexto regulado en donde se han de tomar en consideración los dos aspectos que se pretenden conjugar, control y estrategia, pero a sabiendas de que las herramientas no tienen por qué ser forzosamente las mismas, aunque sí se ha de aprovechar la sinergia propia de sistemas de información que pretenden cubrir necesidades complementarias.

El concepto de utilidad debe ser contemplado en su más correcta acepción. Debemos aprender a separar la utilidad económica para la toma de decisiones de cualquier otro concepto de utilidad de naturaleza contable. Por mucho que nos empeñemos los valores contables sustentados en el concepto de devengo, apoyados en el coste histórico y la prudencia y maleados por el principio de correlación de gastos e ingresos nunca pueden constituirse de forma íntegra en datos útiles económicamente. La utilidad para la toma de decisiones se deriva, forzosamente, de información previsional sustentada en hipótesis de comportamiento asumibles de acuerdo con el pasado de la empresa, y según las circunstancias del entorno, y esta información no puede ser ofrecida, solo y exclusivamente, sobre la base de la contabilidad(31).

Es más, tampoco el criterio de valor razonable, aun reconociendo que aporta algo más que el de coste histórico, permite hacer frente a la utilidad económica. Esta solo tiene sentido en el contexto de los datos previsionales y, más particularmente, los FLT y las probables plusvalías que se alcanzan con la tenencia de un CI.

Ni un SIC sustentado en el coste histórico, ni otro sustentado en el valor razonable, son capaces de hacer frente a las dos necesidades básicas: ofrecernos los FLT previsionales y mostrar el CI, en sentido económico, que recoge tanto activos físicos como intangibles. Solo sobre estos datos clave se sustenta la decisión de inversión y de crédito, y solo sobre ellos puede ser evaluado el riesgo.

Al sistema contable actual no se le debe pedir más de lo que es capaz de dar. Se trata de un sistema de regulación y control soportado con bases que contrastadamente han funcionado y pueden seguir funcionando. Se trata ahora de estructurar un nuevo sistema de información para la valoración y gestión de la empresa que complete y complemente el anterior y se sirva de aquellas de sus reglas y criterios que puedan dar contenido y coherencia al mismo. Los cambios llamativos, como puede ser el criterio de valor de mercado, no pueden por sí solos dar respuesta a esta necesidad y simplemente sirven como cortina de humo a la realidad subyacente.

5.2. Una propuesta de trabajo

Lo que se propone no es otra cosa que un sistema de información que, aprovechando parte de los criterios, reglas y normas del actual sistema contable, incorpore aquella información, valorada y no valorada, que permita ofrecer al usuario una visión estratégica y de valoración actual de la empresa, en un contexto regulado, que permita la homogeneidad y comparabilidad de la información entre empresas y en tiempo real.

Se trata de un sistema de información complementario del sistema basado en el coste histórico o histórico híbrido, orientado hacia la toma de decisiones, frente a este último orientado al control.

Esta idea no es nueva. Hace ya once años escribía (Rojo, A. 1989; 469):

“Está claro que las decisiones empresariales no se toman sobre la base de aquel valor (el de transacción o contable), sino a este último (valor económico), y si la contabilidad ha de informar con este fin, habrá de permitir la obtención del valor económico de la empresa”.

Indudablemente muchas cosas han cambiado en estos últimos once años, particularmente la tecnología y el auge del conocimiento como base de la competitividad a medio y largo plazo. Estos hechos han generado, a su vez, cambios de estrategias empresariales sustentados en el objetivo de creación de valor para el accionista(32) y una necesidad de información más específicamente orientada hacia el usuario que pretende tener una base más sólida para tomar decisiones en un contexto altamente competitivo y de incertidumbre.

No cabe duda que un sistema doble de información implicaría un mayor coste para la empresa. Si embargo, hay que considerar que ésta ya viene haciendo esto de forma individual de cara a los analistas de empresas o simplemente porque considera que ello le reportará algún tipo de ventaja competitiva(33). Estudios recientes revelan esta circunstancia(34).

Se debería ser decidido en este campo y efectuar propuestas claras y comprometidas, sin dejarse llevar necesariamente por lo que se plantea en otros entornos. En concreto, la propuesta que aquí se efectúa trata de un sistema complementario de información orientado a la valoración y gestión de las empresas, esto es, encuadrado dentro de la GBV y que, por tanto, trata de recoger la información sobre el plan de negocio que desarrollará la empresa en el próximo período de planificación, lo que permite centrarse en las diversas áreas a las que se refiere el FASB (2001).

Este sistema ha de ser compatible con un sistema tradicional y debería estar compuesto de los siguientes estados contables:

1. Posición de riqueza en términos de precios actuales(Balance a valores presentes). Este balance debe tomar en consideración tanto los elementos tangibles como los intangibles, valorados según criterios aceptados de acuerdo con normas específicas emitidas para tal fin(35) que deberían de servir de pautas de comportamiento en las diferentes regulaciones nacionales, regionales e internacionales, de manera que la información no pierda comparabilidad.

La valoración de activos y pasivos a valores presentes precisa de un proceso de análisis individualizado de los elementos tangibles más representativos de la empresa y su valoración de acuerdo con criterios económicos, fundamentalmente el descuento de los flujos de tesorería esperados o criterios normalmente admitidos en valoración de empresas.

Así mismo, requiere un esfuerzo de identificación de los elementos de naturaleza intangible individualizables y la correspondiente valoración de los mismos.

Finalmente, la diferencia entre los valores calculados a valor presente y el valor calculado para la empresa por actualización de flujos de tesorería constituiría el valor inmaterial interno no asignable de forma individual que habría que incorporarlo como fondo de comercio.

Una valoración económica de activos y pasivos no quedaría completa sino se procede a una adecuada clasificación de los mismos en función de su participación en los procesos de la empresa, debiendo distinguir entre activos afectos a la actividad y ajenos a la misma, de forma similar a como se procede en banca, distinguiendo entre activos y pasivos onerosos (afectos) y no onerosos (no afectos).

2. Cuenta de pérdidas y ganancias orientada al cálculo de un resultado económico-contable que tome en cuenta los valores presentes de los diferentes bienes, así como las expectativas y periodificaciones asociadas a estrategias específicas (por ejemplo, la enajenación o adquisición de participaciones de control, cesión o intercambio de activos, etc.).

Se trata del cálculo del resultado distinguiendo entre resultado típico y ajeno, acorde con los activos y pasivos afectos y no afectos. Este sistema permite analizar una rentabilidad contable ajustada más coherente y, sobre todo, analizar los componentes del resultado de acuerdo con la función de activos y pasivos que los generan. Se trata, en definitiva, de calcular lo que en el área anglosajona es el resultado típico y total.

Ni qué decir tiene que los conceptos de coste e ingreso estarían influenciados por los valores asignados a los activos y pasivos, particularmente los costes de periodificación de los activos duraderos, incluyendo la amortización de los intangibles.

En ningún caso el resultado económico-contable sería equivalente al resultado económico de la teoría económica (EP), aspecto éste que queda asignado al estado de flujos de fondos financieros, ya que el EP se sustenta en flujos de tesorería.

3. Un estado de flujos de fondos financieros (estado de flujos de tesorería o cuadro de financiación) que ha de recoger las expectativas asociadas a estrategias planteadas por la dirección.

Aunque el cuadro de financiación podría ser utilizado eficientemente, la tendencia actual pone de manifiesto la preferencia por un estado de flujos de tesorería (EFT), lo que se ha traducido en la emisión de normas y documentos contables con las propuestas en este sentido(36).

El EFT debe estar orientado a la estimación de los FLT, lo que puede chocar con los modelos de estados de flujos de tesorería actualmente sugeridos por los organismos normalizadores. En este sentido sería útil analizar la conveniencia de un estudio orientado a analizar la pertinencia de introducir modificaciones en los estados contables de esta naturaleza hoy vigentes.

En cualquier caso, el EFT debería recoger los flujos de tesorería debidos a las actividades de inversión, financiación y operativa o de explotación.

4. Unamemoria explicativa de los criterios seguidos en la confección de cada uno de los estados, indicando las hipótesis, expectativas, variables, y todas aquellas consideraciones que puedan contribuir a su comprensión.

La memoria, indudablemente, no puede ser considerada en el sentido convencional contable, aunque sí debe guardar una estructura similar a ésta, siendo su finalidad fundamental justificar las proyecciones realizadas por la empresa en su plan de negocio de los próximos ejercicios.

En consecuencia, debería distinguirse tres tipos de notas en este estado contable:

1. Notas principales relativas a los criterios e hipótesis manejadas en las proyecciones.

2. Notas auxiliares, cuya finalidad sería explicar contendidos concretos de las partidas proyectadas, tales como cálculos aplicados, movimientos justificativos, etc.

3. Notas de conciliación entre los diferentes estados contables previsionales.

Así mismo un sistema de esta naturaleza alcanzaría su máxima utilidad si comprendiese, además, una comparación entre los estados contables del ejercicio con las estimaciones del período precedente y una estimación para el ejercicio futuro.

6. Conclusiones

Para terminar me gustaría volver al comienzo de mi exposición. Muchas cosas están cambiando hoy día en el mundo de los negocios y en el conjunto de la sociedad. La nueva economía y sus elementos más representativos, la tecnología y la globalización, están modificando hábitos y comportamientos sociales e individuales. La contabilidad no escapa a esta revolución y ha de saber captar la nueva realidad sin tener por qué abandonar aquello que de bueno tiene y es de utilidad. Se ha de intentar conjugar pasado y futuro con propuestas razonables y sin dejarnos llevar por tendencias o modas sin pararnos a analizar la realidad subyacente.

En cualquier caso, de lo que se ha expuesto en los epígrafes precedentes se pueden extraer las siguientes conclusiones:

1. El sistema contable tradicional es un sistema de control y organización que aporta utilidad contable a los emisores de la información y permite una limitada utilidad económica a los usuarios externos de la misma.

2. Los usuarios externos de la contabilidad demandan, particularmente en los últimos años, una mayor capacidad de la información contable para la toma de decisiones, particularmente de inversión y crédito.

3. El objetivo reconocido de creación de valor para la empresa revela que los datos contables no son capaces de ofrecer la información que es precisa para este fin.

4. La que se ha dado en denominar nueva economía y el metacapitalismo, están impactando considerablemente en el sistema de información contable, particularmente afectado por la tecnología, el interés que han cobrado los intangibles en la empresa y la necesidad de incorporar el riesgo dentro de la misma.

5. Existe una honda preocupación en los últimos años por dar satisfacción a las demandas de los usuarios, y de las propias empresas, sobre la pérdida de utilidad económica de la información.

6. Los esfuerzos normalizadores en el ámbito contable para satisfacer estas demandas se están orientando hacia una mayor flexibilidad de la norma mediante la incorporación de criterios valorativos más cercanos al mercado y la sugerencia a las empresas para que ofrezcan información estratégica de forma voluntaria.

7. El sistema adoptado sigue siendo un proceso incompleto que complica la comparabilidad de la información y convierte el modelo tradicional en algo más híbrido y, por tanto, complejo.

8. Se sugiere la necesidad de abordar con detenimiento los requerimientos de los usuarios, que habría que catalogar, con toda probabilidad, en función del tipo de empresas, para ofrecer información útil económicamente, sin menoscabo del sistema tradicional.

9. La propuesta sugerida en este trabajo considera que un sistema de información útil, económicamente hablando, debe ofrecer información de tipo estratégico que solo puede incorporarse si la empresa presenta su plan de negocio sobre hipótesis consistentes.

10. La comparabilidad de la información, requisito imprescindible para que sirva eficientemente al usuario, requiere que la información útil señalada en (9), se haga sobre bases consistentes, lo que requiere de cierta armonización, que habría de realizarse sobre una estructura similar a la de la contabilidad tradicional.

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(*) Este trabajo constituye un desarrollo del publicado en el Boletín de AECA Nº 53 (Rojo, A. 2000a).

(1) Ver, por ejemplo, Sullivan, P. H. (2000; 4:7) o Edvinsson, L. y Malone, M. S. (1999; 17:22).

(2) Ver Putnam, R. D. y Willianson, T. (2000).

(3) Means, G & Schneider, D. (2000).

(4) No hay que olvidar que uno de los factores componentes principales del capital intelectual es el factor humano.

(5) Los primeros trabajos formalizados pertenecen a los años 70. Ver Stewart, G.B. (2000; 13).

(6) Así, García, V. y Callejón, A. (2000; 40:41)

(7) Citada en Arnold, J. (1999: 1).

(8) Rojo, A.; Ramírez, A. y Sánchez, J. A. (2000; 172:173).

(9) Una referencia a estos métodos puede verse en Fernández, P. (1999; Cap. 11).

(10) El balance scorecard aparece como un instrumento integrado de información y gestión con el trabajo de Kaplan, R.S. y Norton, D.S. (1992).

(11) Puede verse su concepto y contenido en el trabajo reciente, en el ámbito contable español, de Banegas, R; Nevada, D. y Tejada, A. (2000). Normalmente este documento se ha asociado al ámbito de la contabilidad de gestión, por ejemplo, Escobar, R. (1999).

(12) Diversos autores han tratado esta cuestión. Esencialmente consideran el capital intelectual como un valor oculto (contablemente) formado por tres componentes básicos: capital humano, estructural y clientela. Véanse los autores anteriormente citados: Edvinsson, L. y Malone, M. S. (2000) y Sullivan, P. H. (2000).

(13) Para una revisión de la literatura al respecto puede consultarse Cañibano, L; García-Ayuso, M. y Sánchez, P. (2000). Sobre el posicionamiento de las empresas españolas en esta cuestión. Rojo, A. y Sierra, M. (2001).

(14) Esta teoría tiene su origen a finales de los años 50 y principios de los 60. Los trabajos más representativos de sus precursores, que recogen y resumen los aspectos más significativos de esta teoría son Watts, R. L. y Zimmerman, J. L. (1986) y Watts, R. L. y Zimmerman, J. L. (1990).

En esencia, la teoría positiva de la contabilidad tiene como objetivo fundamental tratar de explicar lo que la contabilidad es (Ryan, B; Scapens, R. W. y Theobald, M. (1992; 78). Es decir, se orienta a dar razón del porqué de los fenómenos observados sin entrar a especular si tales fenómenos podrían darse de otra forma distinta o si existen alternativas más válidas.

(15) Puede consultar a este respecto Monterrey, J. y Pineda, C. (1995).

(16) Comparar, por ejemplo, el documento 1 de AECA (1980) y el marco conceptual de esta misma asociación (AECA, 1999). Téngase en cuenta que estos cambios se han realizado siguiendo la tendencia de otros organismos nacionales e internacionales. También puede consultarse el trabajo de Gonzalo, J. A. (2000).

(17) Por ejemplo: Lev, B. & Sougiannis, T. (1996); Aboody, D. & Lev, B. (1998) y Barth, M. E. & Clinch, G. (1999).

(18) Así, por ejemplo, Amir, E & Lev. B. (1996); Lev, B. & Zarowin, P. (1998); Francis, J. & Schipper, K. (1999).

(19) Por ejemplo: Sveiby, K. E. (1997); Euroforum (1998).

(20) Así, Sullivan, P. H. (2000).

(21) Ver a este respecto Rojo, A. y Sierra, M. (2000; 61-78). También Cañibano, A. y García-Ayuso, M. (2000).

(22) Este informe se incluye dentro del proyecto “Business reporting research project” que comenzó a funcionar en 1998 y está orientado a conocer las prácticas de información voluntaria de las empresas; a sugerir recomendaciones para coordinar los GAAP USA con la SEC y a estudiar los nuevos sistemas de información electrónica. Este proyecto sucede a su vez, a un estudio publicado en 1944 por el ‘Comité especial’ del AICPA, creado en 1991, bajo el título “Improving business reporting – a customer focus: meeting the information needs of investors and creditors”, por medio del cual se recomendaba a las empresas mejorar la información suministrada a los inversores para que estos pudieran evaluar el riesgo de sus inversiones.

(23) Estos son: automóvil; químico; ordenadores; alimentación; petróleo; farmacéutico; banca regional; textil.

(24) Ello al margen de que pudiera decirse lo mismo para los activos tangibles.

(25) Ver por ejemplo AECA (1999; 60-61).

(26) Sobre las ventajas y posibles inconvenientes, así como una recopilación de información al respecto, ver Gandía, J. L. (2000).

(27) Así, por ejemplo, el nuevo sistema XBRL (extensible business reporting language) (Willis, M., 2000), como una adaptación específica del sistema XML (extensible markup language).

(28) Así, FASB (1978; 15) y AECA (1999, 33).

(29) Propuesta de directiva del parlamento europeo y del consejo por la que se modifican las directivas 78/660/CEE y 83/349/CEE en lo que se refiere a las normas de valoración aplicables en las cuentas anuales y consolidadas de determinadas formas de sociedad (BOICAC, Nº 41. Marzo, 2000).

(30) Ver, por ejemplo, Cañibano, L. (2001).

(31) Aunque éste puede y debe servir de soporte para tal fin.

(32) Algunos ejemplos pueden verse en Rojo, A.; Ramírez, A. y Sánchez, J. A. (2000;173:173).

(33) El FASB (2001:17-18) señala algunos de estos potenciales beneficios (siempre referidos a las grandes empresas):

1) Para los inversores:

• Un menor coste de capital.

• Mejorar su credibilidad y su relación con los inversores.

• Un acceso a mercados más líquidos con menores cambios en los precios de las acciones.

• Menor peligro de demandas por falta de información.

2) Para la economía en general:

• Una mejor asigna-ción del capital.

• Los efectos en la inversión de un menor coste de capital.

• Mercados de capitales más líquidos.

El apéndice B (FASB, 2001; 35 y ss) presenta algunos estudios de investigación que tratan de analizar estos potenciales beneficios.

(34) Ver sobre estos temas, por ejemplo los trabajos recogidos en Cañibano, L. y García-Ayuso, M. (2000); Gandía J. L. (2000) y Rojo, A. y Sierra, M. (2000).

(35) Puede verse sobre valoración de intangibles Arthur Andersen (1992).

(36) Un estudio comparativo en el entorno de la UE puede verse en Rojo, A. (1997).