Sentencia 13119 de diciembre 15 de 2000 

• CORTE SUPREMA DE JUSTICIA 

SALA DE CASACIÓN PENAL

TESTIMONIO ÚNICO

COMO FUNDAMENTO DE UN FALLO DE CONDENA

EXTRACTOS: «Aunque el demandante no invoca expresamente los artículos 254 y 294 del Código de Procedimiento Penal, lo cierto es que toda la argumentación se orienta a algunos reparos sobre supuestas falencias en el ejercicio de la sana crítica, entendida tradicionalmente como el reconocimiento de las reglas de lógica, la experiencia y la ciencia.

1. A dicho cometido apunta el señalamiento de que el testimonio único, sobre todo si proviene de la propia víctima, constituye un fundamento defectuoso en grado sumo para una sentencia condenatoria, tanto por su falta de imparcialidad y objetividad como por la imposibilidad de contrastarlo con otras pruebas de igual o mejor abolengo que se echan de menos en este proceso.

En realidad, entiende la Corte, la máxima testis unus, testis nullus surgió como regla de la experiencia precisamente por la alegada imposibilidad de confrontar las manifestaciones del testigo único con otros medos de convicción, directriz que curiosamente aún hoy se invoca por algunos tratadistas y jueces, a pesar de la vigencia de la sana crítica y no de la tarifa legal en materia de valoración probatoria.

2. Al mismo propósito de desprestigio de la valoración racional del fallador, se dirigen las observaciones sobre las posibilidades de contaminación o de error por tardanza en la declaración del ofendido (experiencia común); o de falsas percepciones en virtud de las condiciones psicológicas débiles del declarante producidas por el consumo de alcohol la noche de los hechos (regla de experiencia común o científica); o de la inadvertencia de contradicciones sustanciales entre los contenidos de las dos exposiciones del ofendido en tiempos diferentes (lógica); o de las dificultosas circunstancias de modo, tiempo y lugar en que la víctima pudo percibir la individualidad de su atacante (experiencia); y, en fin, de la posibilidad de que otro de sus enemigos, en la misma situación de oportunidad del procesado, pudiera haber el verdadero agresor (lógica).

(...).

Sin embargo, a pesar del histórico origen vivencial o práctico de la regla testis unus, testis nullus, hoy no se tiene como máxima de la experiencia, por lo menos en sistemas de valoración racional de la prueba como el que rige en Colombia (CPP, arts. 254 y 294), precisamente porque su rigidez vincula el método de evaluación probatoria a la anticipación de una frustración de resultados en la investigación del delito, sin permitir ningún esfuerzo racional del juzgador, que además es contraria a la realidad (más en sentido material que convencional) de que uno o varios testimonios pueden ser suficientes para conducir a la certeza. Todo ello desestimularía la acción penal y se opone a la realidad de que en muchos casos el declarante puede ser real o virtualmente testigo único e inclusive serlo la propia víctima.

No se trata de que inexorablemente deba existir pluralidad de testimonios o de pruebas para poderlas confrontar unas con otras, única manera aparente de llegar a una conclusión fiable por la concordancia de aseveraciones o de hechos suministrados por testigos independientes, salvo el acuerdo dañado para declarar en el mismo sentido. No, en el caso testimonio único lo más importante, desde el punto de vista legal y razonable, es que existan y se pongan a funcionar los referentes empíricos y lógicos dispuestos en el artículo 294 del Código de Procedimiento Penal, que no necesariamente emergen de otras pruebas, tales como la naturaleza del objeto percibido, la sanidad de los sentidos por medio de los cuales se captaron los hechos, las circunstancias de lugar, tiempo y modo en que se percibió, la personalidad del declarante, la forma como hubiere declarado y otras singularidades detectadas en el testimonio, datos que ordinariamente se suministran por el mismo deponente y, por ende, dan lugar a una suerte de control interno y no necesariamente externo de la prueba.

Con una operación rigurosa de control interno de la única prueba (aunque sería deseable la posibilidad de control externo que pueda propiciar la pluralidad probatoria), como la que ordena singularmente la ley respecto de cada testimonio o medio de prueba (CPP, art. 254, inc. 2º), también es factible llegar a una conclusión de verosimilitud, racionalidad y consistencia de la respectiva prueba o todo lo contrario. Ciertamente, la valoración individual es un paso previo a la evaluación conjunta, supuesto eso sí el caso de pluralidad de pruebas, pero ello que sería una obligación frente a la realidad de la existencia de multiplicidad de medios de convicción, no por lo mismo condiciona el camino a la adquisición de la certeza posible aún con la prueba única.

En razón de lo dicho, desde antes la Corte ha enseñado:

“El testimonio único purgado de sus posibles vicios, defectos o deficiencias, puede y debe ser mejor que varios ajenos a esta purificación. El legislador, y también la doctrina, ha abandonado aquello de testis unus, testis nullus. La declaración del ofendido tampoco tiene un definitivo y apriorístico demérito. Si así fuera, la sana crítica del testimonio, que por la variada ciencia que incorpora a la misma y mediante la cual es dable deducir cuándo se miente y cuándo se dice la verdad, tendría validez pero siempre y cuando no se tratase de persona interesada o en solitario. Estos son circunstanciales obstáculos, pero superables; son motivos de recelo que obligan a profundizar más en la investigación o en el estudio de declaraciones tales, pero nunca pueden llevar al principio de tenerse en menor estima y de no alcanzar nunca el beneficio de ser apoyo de un fallo de condena” (Cas. de 12 de julio de 1989, M.P. Gustavo Gómez Velásquez. Las subrayas pertenecen al texto).

(...).

Vale resaltar que la juez hizo apreciaciones probatorias tan razonables como las siguientes:

Que el mismo día de los hechos, el comandante de la policía del municipio de Entrerríos presentó un informe sobre los mismos, documento en el cual daba cuenta de que el lesionado fue trasladado a la ciudad de Medellín, pero que les manifestó cómo el autor de las lesiones había sido Hernán Alonso Palacio Mejía. Al día siguiente de los episodios, también se presentó al juzgado de la población la señora Ofelia Echavarría Duque, hermana del herido, quien expresó bajo juramento cómo su consanguíneo le había confiado que el agresor fue Palacio Mejía (C. 1, fls. 343 y 344).

Es decir, aunque se trata de dos testigos de oídas, por lo menos contienen referentes empíricos y racionales para inferir que la imputación al procesado no fue un señalamiento deliberado, engañoso o de última hora que haya hecho el ofendido, ocurrido tres (3) meses después de los acontecimientos (como lo pretende la defensa), sino que lo puso de presente inmediatamente después, como lo acreditan las fechas y las actas que entonces se asentaron y también lo relieva el juzgado (C. 1, fls. 1, 2, 3, 354 y 355).

Sobre los demás componentes para una evaluación racional de la prueba única testimonial, ignorados según el reparo de la demanda, el tribunal puntual y atinadamente dijo:

Primero, que el ofendido no exageró las circunstancias para forzar la credibilidad en su dicho, pues, interrogado si había recibido amenazas de parte del procesado, con seguridad y aplomo contestó que ello no había ocurrido; además, no obstante la gravedad de las heridas recibidas, que lo dejaron recluido en una silla de ruedas, ni siquiera intentó la constitución de parte civil.

En segundo lugar, sobre el señalamiento de que el agresor se haya puesto la capucha después de haberle disparado, dato que el defensor tacha de inverosímil, el ad quem acotó que ello tenía mucho de opinativo, pues cuantas veces el cobertor mismo puede dificultar la visibilidad en la acción de disparo y el agresor prefiere utilizarlo con posterioridad a la agresión, precisamente para proteger su identidad en su huida frente a los eventuales testigos y no de cara a la víctima que considera muerta.

Claro que en la demanda de casación el actor no habló de lo inverosímil del episodio de la capucha, sino que insinuó un contradicción en los términos de las dos exposiciones del ofendido, la segunda de las cuales fue omitida por el sentenciador, o por lo menos una ambigüedad que genera incertidumbre y, por ende, poca credibilidad. Pero las expresiones resaltadas del testigo fueron las siguientes:

“Me hizo dos disparos con la cara destapada y enseguida se la tapó con un trapo negro” (fls. 17 fte.). Y en la ampliación manifestó: “Cuando yo lo vi a él ya estaba listo, se estaba tapando pero como yo siempre di otros dos pasitos o tres, entonces él ya desaseguró la pistola ¿y yo qué iba a hacer?” (fls. 145 fte. Se ha subrayado).

Se sugiere una supuesta antinomia porque al principio el descubierto, mas después afirma que cuando él lo vio “ya estaba listo”; sin embargo, dicha expresión no puede sacarse de su contexto, dado que a continuación sigue una frase aclaratoria, en el sentido de que el agresor apenas “se estaba tapando”, es decir, intentaba la acción de cubrirse pero no lo había consumado, lo cual significa que la manifestación calificatoria de “ya estaba listo” no se refería al uso de la capucha sino a la actitud de dispararle. Es más, la segunda oración (“se estaba tapando”) a su vez sufre otra aclaración por la frase que sigue, identificada y encabezada por la conjunción adversativa “pero”, que expresa cómo por el hecho de que él haya dado “dos o tres pasitos”, ello impidió que el agresor se cubriera el rostro antes de dispararle, y en razón de ello éste de una vez optó por desasegurar la pistola.

No hay nada de equívoco ni contradictorio en la segunda versión pues el afectado sigue sosteniendo que el agresor le disparó con el rostro abierto y después se lo cubrió.

Sostiene el Tribunal, en tercer lugar, que no puede capitalizarse la supuesta embriaguez del ofendido Rubén Guillermo Echavarría Duque, como motivo de desprestigio de su declaración, pues aquél admitió espontánea y honestamente que había ingerido licor, aunque tan poco que no alcanzó a afectar sus sentidos ni su conciencia, y así lo confirmó en testimonio su novia Gloria Cecilia Pérez Uribe.

Respecto de las condiciones de percepción de la víctima, cuestión que se argumenta en cuarto lugar, el ad quem advierte que los hechos ocurrieron en el área urbana y, no obstante que era de noche, la visibilidad estaba compensada con el alumbrado público, máxime que la distancia máxima a la cual fue apreciado el victimario no sobrepasó los diez (10) metros.

En quinto lugar, el tribunal se ocupa del móvil para delinquir, concretado en el hecho de que en el mes de diciembre del año anterior a los hechos (1994), se había producido un enfrentamiento en el cual participaron el procesado y Carlos Ignacio Ruiz Echavarría, sobrino de Rubén Guillermo, y también éste intervino para interponer un taburete que evitara la agresión a su consanguíneo, ocasión en la cual el primero resultó lesionado. Ese antecedente fue reconocido por Belisario de Jesús Osorio, uno de los partícipes en la riña y en cuyo favor había terciado el acusado Palacio Mejía, sin embargo de lo cual éste no lo admitió así, pero su actitud, según inferencia racional del ad quem, refuerza la realidad del móvil en el actuar y también la prueba de que el reticente procesado fue el verdadero agresor.

Todo lo expuesto revela que el juicio probatorio de la sentencia cuestionada no contiene los vacíos de lógica ni de experiencia común o científica que le atribuye el demandante, sino, por el contrario, que éste pretende una valoración diferente de la prueba única y de los datos objetivos que sirven de soporte a su crítica, con el fin de hacer inferencias que se ofrecen como distintas hipótesis explicativas, pero que no por ello desmerecen o tornan absurdas las que hizo el tribunal.

En conclusión, se desestimará el cargo de la demanda y, por ende, no se casará el fallo atacado».

(Sentencia de casación, diciembre 15 de 2000. Radicación 13.119. Magistrado Ponente: Dr. Jorge Aníbal Gómez Gallego).

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