Sentencia 68001-31-03-003-1996-19728-02 de diciembre 15 de 2005 

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA

SALA DE CASACIÓN CIVIL

ACCIÓN DE SIMULACIÓN

El juez puede hallar demostrada la simulación a partir de indicios no mencionados en la demanda.

EXTRACTOS: «A juicio de la Corte, en la cadena más o menos extensa de los hechos que son motor de un resultado, hay unos aledaños a la consecuencia valorada por el derecho y otros más bien remotos que anteceden y que apenas podrían enlazarse causalmente con una influencia tenue y casi imperceptible. Entonces, la fuerza que vincula los hechos que preceden a un efecto no es siempre la misma, pues hay una especie de distancia causal que hace que no todos ellos tengan el mismo influjo sobre el resultado. Puestas en esta dimensión las cosas, aseverar que la causa de la pretensión de simulación es siempre y en todo caso una e inamovible, es asunto más complejo de lo que parece, pues en los preámbulos de la simulación los hechos contribuyen de distinta manera a la configuración del resultado según la distancia que los separa del suceso final.

Bajo esa perspectiva, la descripción e identificación de las causas que inducen a la simulación es asunto difícil, por la variedad de los motivos que anteceden al concierto simulatorio. Se refiere a la Corte a que en el iter que precede a la simulación se entretejen muchas circunstancias que obran de modo diferente como motor de la voluntad de los simulantes.

Se añade a lo anterior, que los hechos antecedentes al acuerdo simulatorio tienen lugar en un período más o menos extenso, según las circunstancias del caso. Así, cuando en la base del propósito de los simulantes está la intención de conjurar las dificultades de un juicio de sucesión ante la aparición súbita de una enfermedad terminal, la decisión de simular emerge de un solo golpe y el designio se consuma de inmediato con poca maduración y mucha presteza. Pero no siempre es de esta manera, pues casos hay en que el tiempo que precede al acto simulado es más o menos dilatado. Lo anterior se dice para significar que el paso del tiempo introduce la posibilidad de que concurra un número plural de hechos como antecedente e impulso de la simulación. Así, puede ser que la simulación tenga una finalidad múltiple, como acontece cuando se logran con ella varios objetivos. A manera de ejemplo, el acto por el cual el padre vende fingidamente al hijo podría servir a los fines de presentar una situación fiscal más favorable, evadir a los acreedores, encubrir una donación, anticipar los efectos que se lograrían en un juicio de sucesión, evitar sus molestias, y aun restablecer el equilibrio con los otros hijos ya favorecidos.

De lo dicho hasta aquí puede concluirse que la posibilidad de madurar el designio simulatorio durante un trecho amplio, permite que la simulación pueda tener varios motivos desencadenantes, que a la vez que motor de la voluntad son metas y objetivos que los simuladores se proponen lograr.

Así como el tiempo más o menos extenso que antecede al acto simulado permite la posibilidad de multiplicación de los motivos que llevan a la realización del fingimiento, el lapso que viene después del simulacro también tiene relevancia.

Acontece que una vez consumada la simulación, perfeccionado el acto que realiza los propósitos de los simulantes, se crea un verdadero estado de engaño, llamado a prolongarse, tanto como lo exijan los designios que inspiraron a los contratantes. En algunos casos la ficción tiene vocación de permanecer por siempre, como cuando se encubre una donación bajo el palio de una compraventa, apariencia que perdura hasta tanto no sea desvelada la mentira o prescriba la acción.

En otros casos, el estado de engaño se concebirá en orden a una función transitoria como cuando el interpósito tiene el encargo de pasar por dueño durante algún tiempo, pero con la carga de revertir la propiedad a su verdadero dueño.

Cuando la simulación está subordinada a permanecer apenas durante algún tiempo, puede suceder que haya un cambio en la intención original de las partes. Así, puede acontecer que en un acto simulado en el cual los simulantes convinieran en una venta ficticia para engañar a los acreedores, decida uno de ellos donar al otro el bien transferido mediante el acto fingido. Puede así mismo suceder que una simulación urdida inicialmente para defraudar al fisco, termine siendo utilizada en desmedro de los acreedores o de la sociedad conyugal. En estos eventos es posible que ambas partes hayan compartido los motivos que llevaron a fraguar la simulación, o que mientras para uno de los artífices la simulación tenga una finalidad, para el otro esta sea bien diferente, como cuando quien lleva el liderazgo de la construcción de la apariencia engaña a los copartícipes sobre los verdaderos motivos que mueven a ese fingimiento. Sucede también que una vez consumado el simulacro las cosas cambian de tal modo que aquello que los dos simulantes crearon contra un tercero se pueda volver contra uno de aquellos que intenta hacer valer contra el otro la apariencia y no la verdad. A manera de ejemplo, puede ocurrir que dos comuneros deciden vender simuladamente a un tercero para defraudar a sus acreedores, y superada la necesidad uno de los vendedores acuerda con el interpósito darle verdad a lo que antes era mentira, dejando por fuera al otro.

Por todo cuanto se acaba de decir, en materia de simulación la nominada congruencia fáctica, no ha de ser tan estricta que siempre deba mantenerse milimétricamente ajustada a los perfiles exactos definidos en la demanda, pues en tanto que se mantenga lo medular, es posible la introducción de otros factores antecedentes de la consecuencia jurídica pedida, a condición sí, de que aparezcan plenamente probados en el curso del juicio y que el demandado haya podido razonablemente controvertirlos. En la acción de simulación, es preciso ver sus particulares fines y objetivos para ajustar la congruencia a las necesidades prácticas del instituto. En esta materia, la consecuencia jurídica que el juez deduce cuando accede a las pretensiones de la demanda, está constituida por el hallazgo de la voluntad real, es decir, que hubo simulación en la modalidad absoluta o relativa. Así las cosas, el fundamento fáctico en la simulación está constituido por la revelación de una voluntad real, y tal evidencia empírica, de ser descubierta, vendría a ser la causa de que se diga en la sentencia, a manera de mandato, que el acto oculto está llamado a gobernar a los contratantes.

Desde luego que hay otras circunstancias ubicadas en la periferia de la simulación que prestan su valiosísimo concurso para demostrar que hubo la intención de crear la apariencia, pero que no son la apariencia misma en tanto están detrás o son antecedente de ella. Entonces, cuando el juez emprende su labor heurística, apenas tiene una hipótesis de que las partes crearon un negocio ficticio, pero que hay otro real, y aunque para la búsqueda de esa voluntad oculta el juzgador se apoya en diversos hechos, estos no son de modo directo e inmediato la causa de que se declare que el acto es simulado, son apenas la prueba del fingimiento, por lo tanto, operan como antecedente y medio de convicción para demostrar el rastro dejado por el designio de las partes, además que evidencian los fines que ellas perseguían.

Desde esta perspectiva, es posible que se llegue a la conclusión inequívoca de que hubo una voluntad callada, ignorando cuál fue el motivo real que indujo a la creación del simulacro. Así, cuando concurren a manera de circunstancias en el margen, aquellas que revelan que el precio es vil o irrisorio, que nunca se pagó, que el vendedor se mantuvo en la posesión del bien, que simultáneamente se despojó de todos sus bienes, que no tenía necesidad alguna de vender, ni apremio económico; o que el adquirente carecía de capacidad económica, que no hubo actos previos ni preparatorios, para solo mencionar algunos indicios, puede asegurarse razonablemente que el acto es simulado, sin que fatalmente el juez deba desvelar la causa que llevó a fraguar la simulación. Inclusive, puede acontecer que la parte demandada confiese que realmente hubo la simulación pero que a ella llegó acuciado por la necesidad de evadir impuestos y no para defraudar a su cónyuge, pues en tal caso se diría que simulación hubo, aunque inducida por móviles distintos. Es posible también, que habiendo anunciado como objetivo de la simulación la defraudación de los acreedores, se arribe a la conclusión de que la intención haya sido defraudar la sociedad conyugal o al fisco y que el hallazgo de la prueba de ese hecho sea el resultado de la actividad oficiosa del juzgador en materia probatoria.

En suma, el petitum en una demanda de simulación está constituido por la pérdida de eficacia jurídica del acto, y de cómo se adquiere esa persuasión dan cuenta diferentes medios de convicción; destácase entre ellos la posibilidad de que el demandado confiese que la voluntad real es diferente a la declarada, sin que suministre el motivo que le indujo a edificar esa apariencia o mienta sobre él, y más aún, cabe la posibilidad que quienes concurran a la simulación lo hagan por móviles no compartidos, como cuando un familiar cercano recibe la propiedad de la cosa en la creencia de que así su pariente evade el pago de impuestos, cuando en verdad el enajenante quiere excluir el bien de la sociedad conyugal, en cuyo caso poco importaría la diferencia de los motivos inspiradores del negocio ficticio, sino que este fue apenas una ilusión.

Entonces, dentro de la libertad probatoria que gobierna los procesos civiles y en particular la acción de simulación, no es menester que desde la demanda misma el actor anuncie con toda estrictez los hechos a partir de los cuales acreditará la existencia de una voluntad real diferente de la declarada, ni cae el juez en falta de congruencia si encuentra que la simulación existió a partir de elementos de prueba que aparecieron en el curso del juicio. Dicho de otro modo, no hay desarmonía cuando el juez halla demostrada la simulación a partir de indicios —y la causa simulandi es uno de ellos— no mencionados en la demanda, pero acreditados plenamente a lo largo del proceso.

Además, en lo que toca con la causa simulandi ella opera desde una doble perspectiva, pues una de sus caras coadyuva para acreditar que la simulación existió y otra es constituyente de la legitimación. El propósito de engañar no está asociado a un simple ejercicio escénico, sino que tal acto se ordena hacia un fin, que generalmente consiste en defraudar a alguien, por ello, el motivo para simular atañe también a la legitimación en la causa, pues de ordinario son los acreedores, herederos o el cónyuge en trance de liquidación de la sociedad conyugal —según revele la causa simulandi— quienes estarían habilitados para demandar la simulación, sin que sea de tal estrictez el asunto que la simulación concebida para defraudar a los acreedores, no pueda estar causando perjuicios a otros, por ejemplo, a la cónyuge que a pesar de haber consentido en la simulación por interposición de persona para proteger el patrimonio conyugal contra los acreedores, a la postre puede verse afectada por tal estado de cosas, si la simulación hecha en el pasado con otros fines, termina lesionando sus derechos en la sociedad conyugal, asunto que, en todo caso, atañe a la posible ausencia de legitimación que ha de plantearse por el sendero de la causal primera y no como aquí se hizo bajo la acusación de incongruencia. Alude la Corte a que la cónyuge, si es que sus intereses no están en peligro, por ejemplo porque no hay en ciernes separación de los bienes, no estaría habilitada para demandar la simulación urdida para defraudar a los acreedores, y los acreedores con garantía suficiente o con créditos no exigibles tampoco podrían pretender la simulación pretextando que ella se hizo para engañar al cónyuge, a menos que hecha la simulación con este propósito singular, termine afectando a los acreedores, transmutación de la causa simulandi que ha de verse según los contornos del caso. Es que el indicio antes mencionado, aunque se concibe desde antes, puede sufrir mutaciones, pues el objetivo buscado por las partes puede variar con el paso del tiempo. [...].

La simulación de los negocios jurídicos en la mayoría de los casos, aflora mediante la prueba por indicios, caso en el que el sentenciador, conforme lo señala el artículo 248 del Código de Procedimiento Civil, debe hallar plenamente acreditado en el proceso aquel hecho del cual, por inferencia lógica, se deriva con mayor o menor fuerza causal otro hecho desconocido. En la prueba por indicios juega papel fundamental la fuerza individual de cada indicio y el elenco de todos ellos, a lo cual se suma que el juez habrá de utilizar la lógica, el sentido común y las reglas de la experiencia, así como dejar vestigio en los argumentos sobre el poder suasorio que le produce cada prueba y la suma coherente y razonada de todas ellas, de modo que pueda reconstruirse el itinerario lógico que llevó al juzgador a decidir como lo hizo, y así seguir su huella sin que haya molestia para la razón o asome por ahí una conclusión absolutamente reñida con la lógica.

Esta labor del juez goza de la natural y limitada discrecionalidad propia de la función judicial que se cumple en las instancias, de tal forma que la Corte en el recurso de casación, en especial cuando de la prueba por indicios se trata, tiene más limitado aún su campo de acción, pues no puede irrumpir por cualquier resquicio para la duda, sino en presencia de un yerro lógico intolerable, esto es, de un desbarro protuberante que de no existir haría más sólida la presunción de acierto que acompaña a las sentencias en su tránsito por la Corte».

(Sentencia de casación, 15 de diciembre de 2005. Expediente 68001-31-03-003-1996-19728-02. Magistrado Ponente: Dr. Edgardo Villamil Portilla).

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