Sentencia 2008-00444 de diciembre 19 de 2012

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA 

SALA DE CASACIÓN CIVIL

Ref.: 11001-31-10-011-2008-00444-01

Magistrado Ponente:

Dr. Arturo Solarte Rodríguez

Bogotá, D.C., diecinueve de diciembre de dos mil doce.

EXTRACTOS: «Consideraciones

1. El tribunal, para confirmar el fallo desestimatorio de primera instancia, expuso los siguientes razonamientos:

a) En primer lugar, admitió que entre la demandante y el señor Bernardo Fonseca Sarmiento existió una relación con elementos “característicos de una familia, como son la convivencia y la permanencia”, lo que dedujo de las declaraciones rendidas por los señores Diego Luis Vásquez Marín, Sara Bibiana Rosas Hurtado y Silvio Augusto López Matallana, así como de la prueba documental allegada con la demanda, especialmente, de las cartas remitidas por el citado Fonseca Sarmiento en las que se refirió a la señora Myriam Rosaura Acevedo Piraquive como su “esposa” y del material fotográfico aportado.

b) Y, en segundo término, descartó que dicho vínculo hubiese cumplido con el requisito de singularidad, consagrado en el artículo 1º de la Ley 54 de 1990, habida cuenta que el propio Bernardo Fonseca Sarmiento, en la escritura pública 7893 de 12 de diciembre de 2005, se declaró soltero y “sin unión marital de hecho”; y que “a través de la prueba testimonial se conoce de la existencia de relaciones de similares perfiles afecto-familiares con personas distintas a la demandante, caso de la señora Virginia Rojas Triana”, como se desprende de la declaración de esta y de las de Jairo Bohórquez Fonseca, Andrés Sarmiento Fonseca —hermanos del citado causante— y Martha Yudy Elze León.

2. El recurrente, en la primera acusación, cuestionó la ponderación que el ad quem hizo del testimonio de Andrés Sarmiento Fonseca; en la segunda, denunció la preterición por parte dicha autoridad de las pruebas con las que se acreditó que el vínculo que ató a Bernardo Fonseca Sarmiento y Virginia Rojas Triana no estuvo acompañado del requisito de cohabitación; y en la última, siguiendo muy de cerca a la anterior, reprochó la falta de apreciación conjunta de esos mismos medios de convicción y de aquellos sobre los que el tribunal edificó su juicio, desatino que le impidió establecer, por una parte, que en la relación de los precitados señores, ellos no compartieron lecho y, por otra, que ese nexo, no fue similar al que mantuvieron la demandante y Fonseca Sarmiento.

3. Se sigue de lo anterior, que en los tres cargos propuestos en la demanda de casación, el censor combatió el segundo de los indicados razonamientos esgrimidos por el ad quem y que el ataque que en cada censura se formuló, fue parcial o fragmentario, lo que explica que la Corte, en acatamiento de la facultad-deber prevista en el numeral 3º del artículo 51 del Decreto 2651 de 1991, haya optado por efectuar el estudio conjunto de todas las acusaciones.

4. Ahora bien, si como ya se registró, el tribunal concluyó que el señor Bernardo Fonseca Sarmiento, simultáneamente, hizo vida marital tanto con la demandante, como con Virginia Rojas Triana, fundado en la escritura pública 7893 de 12 de diciembre de 2005 y en la “prueba testimonial”, específicamente, en las declaraciones de la mencionada señora, de los hermanos del causante, señores Jairo Bohórquez Fonseca y Andrés Sarmiento Fonseca, y de Martha Yudy Elze León, es claro que la impugnación extraordinaria, con todo y la conjunción de los cargos planteados para sustentarla, deviene incompleta, puesto que en ninguna de las acusaciones se elevó reparo alguno en relación con la ponderación que tal corporación hizo de la señalada escritura pública y de los primero y último testimonios indicados, pruebas que al no haber sido combatidas en casación, siguen prestándole suficiente apoyo a la decisión confirmatoria adoptada en segunda instancia.

Insistentemente la Sala ha precisado que “los cargos operantes en un recurso de casación únicamente son aquellos que se refieren a las bases fundamentales del fallo recurrido, con el objetivo de desvirtuarlas o quebrantarlas, puesto que si alguna de ellas no es atacada y por sí misma le presta apoyo suficiente al fallo impugnado este debe quedar en pie, haciéndose de paso inocuo el examen de aquellos otros desaciertos cuyo reconocimiento reclama la censura” (Cas. Civ., sent., sep. 7/2006; se resalta).

5. Pese a que la deficiencia anteriormente advertida sería suficiente para colegir el fracaso del recurso de casación auscultado, las razones que pasan a exponerse permiten arribar a similar conclusión:

5.1. Comoquiera que el error de hecho que da lugar al quiebre de los fallos de instancia debe ser manifiesto y trascendente, esto es, aflorar a simple vista de los planteamientos expresados por el correspondiente sentenciador e incidir en la decisión adoptada, al punto que de no haberse incurrido en él, otra hubiese sido la solución que se habría dado al proceso, no encuentra la Corte que la indebida ponderación del testimonio del señor Andrés Sarmiento Fonseca, a que se concretó el cargo primero, sea tal, pues, como pasa a analizarse, dicho declarante, en síntesis, sí afirmó que su hermano, Bernardo Fonseca Sarmiento, mantuvo relaciones paralelas con la accionante y con las señoras Martha Yudy Elze León y Virginia Rojas Triana, que, en definitiva, fue el hecho que tuvo por probado el ad quem y que lo motivó a desestimar las pretensiones elevadas en la demanda.

El mencionado deponente, hermano medio de Bernardo Fonseca Sarmiento, expuso que conoció a la demandante quince o veinte años atrás —la declaración se recibió el 13 de julio de 2009—; que la había visto “unas cuatro o cinco veces no más, nunca he tratado a fondo con ella”; que la señora Acevedo Piraquive mantuvo una relación de convivencia con su hermano, “porque él tuvo dos hijos con ella”; que “[e]sa convivencia siempre fue adjunta a otras dos relaciones que él tenía con la señora Yudy Else (sic) y [con] doña Virginia Rojas, es que él hacía esa convivencia con las tres personas, siempre tuvo convivencia con las tres después de que tuvo la familia en cada uno de los hogares. Él pernoctaba en un sitio y hacía convivencia diaria con todas las tres señoras y todos sus siete hijos, las tres tienen hijos más o menos de las mismas edades”; que “cuando ya hubo familia, hubo convivencia con todas las tres, las edades de los hijos, el muchacho, el primero, debe tener unos 36 ó 37 años y después para acá se generaron mis otros sobrinos, cuando comenzó a haber familia él empezó a hacer convivencia, él se estableció en los tres hogares y esta[ba] a diario con ellos hasta morir”.

Precisó que la demandante tuvo conocimiento de esas otras relaciones, puesto que “aquí nadie fue engañado, ella lo sabía porque no llegó de primeras, primero hubo hijos con Yudy y con Virginia y después con Myriam, entonces yo no puedo creer que una persona no percibe que él tenía ya dos personas de convivencia”; que “él vivía o dormía, pernoctaba, en el apartamento de la señora Virginia Rojas, él llevaba yo creo que muchos años pernoctando, porque yo no le conocí otro sitio, de ahí [tengo] entendido que él permanecía después de esto en el apartamento de doña Yudy, que era donde tenía todos sus documentos, todas sus cosas referente[s] al trabajo, el salía del apartamento de doña Virginia y se dirigía al apartamento de Yudy y allí permanecía adelantando papeles de su trabajo, tenía su oficina allí, esa sí la conocí, y permanecía hasta las horas de la tarde allí”.

Especificó que “a la hora de la muerte de mi hermano él vivía, hacía habitación, allí en el apartamento los Corales con doña Virginia Rojas”; que en relación con “la convivencia de él, del señor Bernardo Fonseca, con doña Virginia, desde que él tuvo su primer hijo vive con ella, de eso no sé cuántos años tiene el hijo mayor Diego y él siempre manifestó vivir con ella y las dos veces que lo visité siempre estuvo en el apartamento de ella, nunca fui a otro sitio, para nosotros localizarnos en la noche teníamos que llamarlo al apartamento de doña Virginia, entonces tengo que pensarlo así y él lo manifestaba textualmente”.

Añadió que “en algún momento en que estuve yo con él, me invitó a su apartamento en los Corales y él tenía una habitación aparte, me mostró y dijo mire mi televisor, mis cosas, y el apartamento originalmente [p]ues la dueña debe ser doña Virginia, de los otros casos no tengo conocimiento que él haya tenido habitación para quedarse” (fls. 247 a 252, cdno. 1).

En cuanto atañe a la relación que mantuvo con su hermano, el testigo indicó que Bernardo y su familia “vivían muy aparte de nosotros”; que nunca frecuentó el hogar de aquel y la actora; que fue solamente “dos veces al apartamento de doña Virginia Rojas, en dos oportunidades lo visité por encontrarse muy enfermo e hice una visita breve, eso hace como quince años o algo más”; que tenía “un trabajo totalmente independiente de ellos”; que “nunca le hice visitas de cortesía”; que las razones para sostener que él mantuvo “tres relaciones paralelas” fueron la existencia de “los sobrinos” y que “más bien mi hermano iba a la casa con los muchachos, pero yo al sitio de él no”; que pese a que “él no me lo decía, se sabía porque él lo manifestaba a la familia”; y que “no tenía ninguna conexión” con Bernardo, “ni le trabajé, ni me trabajó, ni nada”, “[n]os comunicábamos por teléfono para los cumpleaños, cosas sociales pero no más”.

Es del caso insistir, entonces, en que el ad quem no erró de manera grave cuando, con apoyo en esta declaración, coligió la coexistencia de las relaciones maritales que el señor Bernardo Fonseca Sarmiento sostuvo con las señoras Myriam Rosaura Acevedo Piraquive y Virginia Rojas Triana, pues así lo puso de presente el testigo, quien, incluso, fue más allá, toda vez afirmó que esa pluralidad de vínculos, también comprendió a la señora Martha Yudy Elze León.

No escapa a la Corte que, según las propias manifestaciones del deponente, el lazo fraterno que mantuvo con el señor Bernardo Fonseca Sarmiento fue distante; y que, por lo mismo, la consideración del tribunal consistente en que el testimonio del primero esclareció la situación personal del último, no se avizora del todo apropiada, pues es evidente que entre ellos no hubo un trato cercano, ni la confianza suficiente para revelarse aspectos de su vida íntima o familiar, sin que, adicionalmente, por el alejamiento que existió respecto de la cotidianidad, el declarante hubiese tenido la oportunidad de percibir hechos específicos que le permitieran formarse una idea cierta y real de la forma de vida de aquel.

Con todo, ese desatino no alcanza a erigirse en yerro fáctico, toda vez que, por una parte, no desvirtúa la comprensión objetiva que de la prueba efectuó esa misma autoridad y, por otra, de admitirse, solo conduciría a restarle la especial importancia que dicho sentenciador le otorgó, pero no el mérito demostrativo que la declaración tiene, reducción que, como más adelante se verá, estaría suplida con los otros testimonios invocados por el ad quem.

5.2. Sobre el cargo segundo, son pertinentes las siguientes reflexiones:

a) No es cierto que el tribunal hubiese preterido los testimonios de Andrés Sarmiento Fonseca y Martha Yudy Elze León, pues como a lo largo de este proveído se ha advertido, tales probanzas, entre otras, constituyen la base fáctica de su fallo. Tal acusación, en lo tocante a la primera de esas declaraciones, se contradice con la inicial censura, que se dejó ya analizada, puesto que mientras aquí se reprochó la falta de apreciación de tal elemento de juicio, allá se endilgó su indebida ponderación.

b) A voces del artículo 201 del Código de Procedimiento Civil, “[t]oda confesión admite prueba en contrario”. Por consiguiente, así se admitiera que las manifestaciones que el señor Bernardo Fonseca Sarmiento hizo en la carta que remitió a la señora Virginia Rojas Triana, fechada el 5 de mayo de 2001, militante a folio 264 del cuaderno principal, y en la declaración notarial que rindió ante el Notario Veintidós del Círculo de Bogotá el 10 de agosto de 2004 (fl. 267, cdno. 1), son prueba de confesión en contra de los demandados, por ser estos causahabientes de aquel, habría que colegir que los hechos allí reconocidos por el citado causante fueron infirmados con las pruebas recaudadas en el litigio, comoquiera que con ellas quedó acreditado que la relación de los dos, fue marital e implicó su convivencia recíproca, hasta cuando Fonseca Sarmiento falleció.

c) La escritura pública 02427 de 21 de junio de 2005, otorgada en la Notaría Cincuenta y Uno de esta capital (fls. 268 a 288, cdno. 1), en cuanto hace a las declaraciones que efectuó la señora Virginia Rojas Triana, como compradora del inmueble enajenado a través de ese instrumento, relativas a que era “soltera” y a la constitución por su parte de un patrimonio de familia en “favor suyo, de su cónyuge o compañero(a) permanente, de sus hijos menores actuales y de los que llegare(n) a tener”, al provenir de ella, quien no es parte en el proceso, ostentarían un mérito demostrativo similar al del testimonio y, por lo mismo, no son suficientes para desvirtuar las conclusiones a las que arribó el tribunal con apoyo en el documento y las declaraciones que expresamente invocó y que, como se sabe, lo condujeron a admitir el paralelismo de relaciones maritales que mantuvo el señor Fonseca Sarmiento y, por contera, a descartar que el vínculo de este y la señora Acevedo Piraquive, hubiese sido singular.

d) Lo expuesto por la propia demandante en el interrogatorio de parte que absolvió, en tanto que le es del todo favorable a ella, carece de la fuerza de una confesión, ya que no se cumple la exigencia establecida en el numeral 2º del artículo 195 del Código de Procedimiento Civil y, por consiguiente, siguiendo el principio de que a nadie le es permitido constituir sus propias pruebas, no son manifestaciones a las que deba asignárseles mérito demostrativo.

e) En lo atinente a los interrogatorios de parte de los demandados José Bernardo y Luis Alejandro Fonseca Acevedo, hijos de la actora, quienes, en síntesis, admitieron que ella y su padre, señor Bernardo Fonseca Sarmiento, convivieron como marido y mujer durante todo el tiempo de que tienen memoria, se advierte que ese reconocimiento, pese a serles desfavorable, tampoco puede apreciarse como confesión, en razón a que los accionados integran un litisconsorcio necesario y no proviene de todos ellos, por lo que, de conformidad con el mandato del artículo 196 del Código de Procedimiento Civil, su valor es del “testimonio de tercero”.

Así las cosas, las declaraciones de parte en comento carecen de la fuerza necesaria para enervar las otras pruebas del proceso en las que el tribunal fundamentó su fallo, particularmente, por el advertido vínculo entre los absolventes y la actora, que los hace sospechosos, de lo que se sigue que sus dichos, según lo tiene decantado la Sala, deben mirarse “con cierta aprensión a la hora de auscultar qué tanto crédito merece[n]”, lo que dependerá, “primeramente, [de que] su relato care[zca] de mayores objeciones dentro de un análisis crítico de la prueba, y, después —acaso lo más prominente— hall[e] respaldo en el conjunto probatorio” (Cas. Civ., sent., sep. 19/2001, Exp. 6624).

5.3. Fijada la atención de la Corte ahora en el cargo tercero, se colige su desacierto, puesto que si en el proceso, como el propio recurrente lo advirtió, existen dos grupos de pruebas, uno que avala la posición que asumió el ad quem, esto es, que las relaciones amorosas que vincularon a Bernardo Fonseca Sarmiento con la actora y con la señora Virginia Rojas Triana, supusieron la cohabitación de los miembros de cada una de las parejas así formadas, y otro que se contrapone a esa conclusión, en la medida en que desvirtuó que aquel y la última hubiesen llevado su relación hasta la convivencia, no es admisible que el tribunal, al optar por uno de ellos, hubiese cometido el error de derecho allí denunciado, toda vez que, en criterio de esta corporación, “[l]a selección de un grupo de pruebas respecto de otro, tampoco constituye per se un error de derecho por ausencia de apreciación conjunta”, en la medida que tal “escogencia es, en línea de principio, fruto de la apreciación, análisis y confrontación integral de los elementos probatorios, lo cual excluye la conculcación del artículo 187 del Código de Procedimiento Civil” (Cas. Civ., sent., dic. 2/2011, Exp. 25899-3103-001-2005-00050-01).

6. No está de más señalar que si, en gracia de discusión, se admitiera que el Tribunal incurrió en los errores de hecho y de derecho que el recurrente le enrostró en los cargos examinados y, por lo tanto, se casara su fallo, la Corte, al proferir la correspondiente sentencia de remplazo, de todas maneras, estaría llamada a colegir la insatisfacción del requisito de singularidad que caracteriza toda unión marital de hecho, conforme a continuación se explica.

6.1. En relación con el aludido elemento estructural de toda unión marital de hecho, esta corporación ha precisado que “[l]a singularidad de algo puede entenderse por su peculiaridad o especialidad, atendiendo que no se parece del todo a otra cosa. Pero también entraña el contrario de plural. El empleo que de ella hizo la Ley 54 dice más de la segunda de las anotadas acepciones que de la primera; vale decir, refiere es al número de ligámenes o uniones maritales y no a la condición sui generis de la relación; esto es, la exigencia es que no haya en ninguno de los compañeros permanentes más uniones maritales que la que los ata, la que, en consecuencia, ha de ser exclusiva. Porque si uno de ellos, o los dos, sostienen no solo esa unión sino otra u otras con terceras personas, se convierte en una circunstancia que impide la configuración del fenómeno” (Cas. Civ., sent., sep. 20/2000, Exp. 6117).

Adicionalmente, la Sala, luego de advertir “que los elementos de comunicación seleccionados por el legislador en la Ley 54 de 1990 deben ser analizados de manera conjugada, para que mediante un proceso de asociación natural se pueda adjudicar el verdadero sentido, no solo a cada una de las expresiones lingüísticas, sino al conjunto de ellas, de modo que unas acudan en auxilio de las otras para delinear armoniosamente la representación de lo que quiso mandar el legislador” y que “los sintagmas ‘comunidad’, ‘de vida’, ‘permanente’ y ‘singular’, necesitan una relación contextual de modo que el sentido emerja, no solo de cada uno visto aisladamente, sino del conjunto de ellos”, observó que “la expresión ‘comunidad de vida’ implica de suyo la comunión permanente en un proyecto de vida, no episodios pasajeros, sino la praxis vital común. Si la comunidad de vida es entre dos, por exigencia de la misma ley, y si esa comunidad es de ‘la vida’, no se trata de compartir fragmentariamente la vida profesional, la vida sexual, la vida social, la vida íntima, ni siquiera de la vida familiar, sino de compartir toda ‘la vida’, concepto de suyo tan absorbente que por sí solo excluiría que alguien pueda compartir ‘toda la vida’ con más de una pareja”.

En ese mismo fallo, más adelante, sobre el requisito de que se trata, esta corporación expuso que “en la ponencia para el primer debate de la normatividad en comento, se dejó expresamente consignado que era muy importante ‘señalar que en todos los casos se ha pretendido evitar la legitimación de uniones simultáneas conyugales o de hecho, no solamente con base en argumentos morales, sino también para prevenir una fuente inacabable de pleitos, donde las dificultades probatorias son obvias’ (Gaceta del Congreso, oct. 24/88, pág. 9). Tal exposición de motivos, sin duda permite entender que las expresiones lingüísticas ‘comunidad de vida permanente y singular’, empleadas en la Ley 54 de 1990, todas a una convergen en la exigencia de exclusividad, y por fuerza de las reglas de la lógica, la pluralidad de relaciones de similar naturaleza destruye la singularidad” (Cas. Civ., sent., sep. 5/2005, Exp. 47555-3184-001-1999-0150-01).

En tiempo más reciente, puntualizó que “después de constituida la unión marital de hecho, la singularidad, sin duda, sigue siendo elemento fundamental de la comunidad de vida emprendida por la pareja. Con otras palabras, el normal desarrollo de dicho vínculo estará siempre soportado, en gran medida, en la circunstancia de que los miembros de la pareja, día a día, continúen compartiendo su vida, en lo fundamental, en forma exclusiva entre ellos” y que, “como puede ocurrir que uno de los compañeros, o ambos, sea infiel al otro, por sostener una relación afectiva o amorosa con una tercera persona, ya sea de manera accidental o transitoria, ora debido a una vinculación que tenga algún grado de continuidad, es del caso advertir que esta circunstancia, per se, e independientemente del reproche que en otros órdenes pueda comportar dicha conducta, no destruye automáticamente la singularidad de la unión marital que, como en precedencia se anotó, desde la conformación de la familia originada en los lazos naturales y durante toda su vigencia, le ha servido de sustento, siempre y cuando que sus elementos esenciales, como la cohabitación, la colaboración, el apoyo y el socorro mutuos, se mantengan, es decir, en tanto que el vínculo sobreviniente no desplace por completo al preexistente.

“Sobre el particular, la Sala ha señalado que ‘una vez establecida una unión marital de hecho, la singularidad que le es propia no se destruye por el hecho de que un compañero le sea infiel al otro, pues lo cierto es que aquella, además de las otras circunstancias previstas en la ley, cuyo examen no viene al caso, solo se disuelve con la separación física y definitiva de los compañeros; por supuesto que como en ella no media un vínculo jurídico de carácter solemne que haya que romper mediante un acto de la misma índole, su disolución por esa causa no requiera declaración judicial. Basta, entonces, que uno de los compañeros, o ambos, decidan darla por terminada, pero, claro está, mediante un acto que así lo exteriorice de manera inequívoca. Trátase, entonces, de una indeleble impronta que la facticidad que caracteriza el surgimiento y existencia de esa especie de relaciones les acuña’” (Cas. Civ., sent., abr. 10/2007, Exp. 2001 00451 01; se resalta).

En definitiva, “de conformidad con la normatividad vigente, la ausencia de singularidad para el momento en el que se pretende haya de surgir una unión marital de hecho, es circunstancia suficiente para impedir que, jurídicamente, pueda tenérsele como tal. Y que, durante la vigencia de la unión, es decir, después de haberse constituido en debida forma el estado originado en los vínculos naturales, el debilitamiento del elemento en estudio —singularidad— por los actos de infidelidad de los compañeros permanentes, solo puede desvirtuar el mencionado requisito y destruir la unión marital de hecho si la nueva relación, por sus características, sustituye y remplaza a la anterior y se convierte en un nuevo estado marital para sus integrantes o, en su defecto, si los actos de deslealtad entre los compañeros producen el resquebrajamiento de la convivencia por ocasionar la ‘separación física y definitiva de los compañeros’” (Cas. Civ., sent., dic. 12/2001, Exp. 11001-3110-022-2003-01261-01; se resalta).

6.2. No obstante que, como ya se advirtió, obra en el proceso un grupo de pruebas de las que podría inferirse que los señores Bernardo Sarmiento Fonseca y Virginia Rojas Triana no llegaron a vivir juntos, es lo cierto que la prueba testimonial recaudada acredita suficientemente el hecho contrario y, adicionalmente, podría sostenerse que esa unión ya existía cuando surgió la de la actora con el nombrado causante, como pasa a constatarse.

6.2.1. El propio progenitor de la demandante, señor José Jaime Acevedo Vásquez, luego de referirse al vínculo de pareja que existió por espacio de veinticinco años entre su hija, Myriam Rosaura Acevedo Piraquive, y el señor Bernardo Fonseca Sarmiento, al ser preguntado sobre si esa relación fue “única o por el contrario se dieron relaciones concomitantes o simultáneas de cualquiera de sus miembros con terceras personas”, respondió: “[O]í alguna vez que él tenía sus amoríos con una trabajadora de tiburones, y que habían tenido dos hijos, y no sé si él haya vivido con otra persona, porque públicamente vi[v]ía era con mi hija, no sé si por detrás viviera con otra persona, se que él tenía sus aventuras, pero vivir con otra persona no” (fls. 238 a 241, cdno. 1).

6.2.2. En atención a un interrogante similar, la testigo Sara Bibiana Rosas Hurtado, amiga de la actora por espacio de veinte años, señaló que “se dijo que él había tenido su enredo con una empleada, pero que viviera con otra persona no”. Más adelante precisó que “él tenía un hijo con [V]irginia, supe que tenía otro hijo cuando murió, pero no sé de qué edades” (fls. 241 a 243, cdno. 1).

6.2.3. Por su parte, el señor Tito Oliveros Daza relató que conoció a Bernardo Fonseca Sarmiento “desde el año 95, lo conocí porque yo me dedicaba a prestar servicios de administración en propiedad horizontal y vigilancia, entonces como él construía edificios, empecé a prestarle servicio de vigilancia en el edificio Los Corales, que está ubicado en la calle 103 con Cra. 13, él me contrató para que le prestara los servicios de vigilancia, aseo y era quien me pagaba por estos servicios”. Aclaró seguidamente que “a quien conozco es a doña Virginia Rojas, yo a doña Myriam no la conozco, él vivía en el edifico Los Corales con la señora Virginia”.

En relación con el contacto que mantenía con el señor Fonseca Sarmiento, indicó que “yo de pronto llegaba en la noche, me lo encontraba entrando al edificio por ahí a las seis y media o siete, eso es lo que conlleva a afirmar que vivía ahí”; que por tal motivo podía afirmar que el citado causante “vivía permanentemente, o sea, que su sitio de residencia era ahí”; que le prestó los indicados servicios “en dos temporadas, del 95 como hasta el año 97 y luego en el año, en los últimos tres años antes de la muerte y después, cuando él murió, yo estaba prestando servicios hasta el año 2007, hasta el 30 de abril”; que “hacía visitas esporádicas para pasar revista a los trabajadores”, “[s]emanalmente dos o tres veces (...) a distintas horas del día”; que “[l]a mayoría de veces él me citaba para cancelarme lo de los servicios y los empleados que allí prestaban el servicio como porteros, cuando yo lo necesitaba, me decían que allí estaba o que había salido hace poco”; observó adicionalmente que se comunicaba con el señor Fonseca Sarmiento “por medio del citófono, timbrándole al apartamento donde él vivía, muchas veces en la noche, pero yo la mayoría de veces siempre lo contactaba ahí en el edificio Los Corales y en algunas ocasiones en la oficina de la 95 con 15”; añadió que “[e]n las veces o en el momento que yo lo solicitaba allí lo encontraba, la frecuencia no era que fuera, cuando había alguna inquietud o anomalía o cuando él me iba a realizar los pagos, siempre era frecuentemente cuando se iban a tratar temas que un vigilante no iba o que había que cambiarlo, pero sí había contacto permanente dentro del edificio Los Corales, cuando lo necesitaba y yo iba lo encontraba, no es que fuera todos los días, las veces que las circunstancias lo ameritaban lo contactaba en el edificio, muchas veces un sábado, entre semana, pero siempre que lo necesité lo contacté en el edificio y otras veces en la oficina”.

Manifestó que conoció el apartamento 701 del mencionado edificio, donde residía el nombrado causante con la señora Virginia Rojas Triana, “cuando él me citaba o necesitaba hablar con él o cobrar lo de los servicios y en ocasiones me mandaba el dinero a la portería”, que ingresó “solo hasta la sala del apartamento” y que allí también vivían “dos jóvenes” (fls. 255 a 259, cdno. 1).

6.2.4. La señora Martha Yudy Elze León, en declaración que rindió el 14 de julio de 2009, dejó claro que convivió con el señor Bernardo Fonseca Sarmiento “desde el 74 como hasta el 92, terminamos como pareja pero seguimos como socios, porque nosotros trabajábamos juntos y él tenía en la casa una oficina y todos los días compartíamos la oficina, pero lecho no”; que con él tuvo tres hijos; y que el nombrado Fonseca Sarmiento “después se fue a vivir solo una temporada” y luego “pasó a vivir con otra persona”, esto es, según más adelante precisó, con “Virginia Rojas, en la carrera 13A Nº 102-06, apto. 701, ahí lo conseguía uno a todas horas, él trasladó todas sus cosas allá como un matrimonio me imagino, porque habiendo dos hijos de por medio me imagino que es un hogar común y corriente”.

Al ser preguntada sobre la rutina diaria del señor Fonseca Sarmiento, contestó: “Él dormía en su residencia de la Cra. 13A Nº 102-06 y salía a hacer su entrenamiento todos los días, trotaba muy temprano, porque él siempre sacaba el niño pequeño al bus del colegio, el niño que tuvo con Virginia, a XXXXXX, y después se dirigía a sus oficinas, iba a la 103 y después a la calle 95, visitaba sus obras también”.

Explicó que el conocimiento que tiene de los hechos que narró deriva de la circunstancia de que “vivíamos cerca” y porque “muchas veces fui hasta la puerta a llevar a mis hijos por alguna cuestión que necesitaban de su papá y tarde de la noche y a veces madrugado, o a llevar algún obrero que necesitaba hablar con él”.

Adicionalmente, en cuanto hace al apartamento donde residía la señora Virginia Rojas, explicó que el señor Fonseca Sarmiento tenía allí como habitación privada “su estudio, donde tiene todas sus cosas, como él vivía ahí tenía todo ahí, tuve conocimiento porque mis hijos lo frecuentaban seguido” (fls. 299 a 306, cdno. 1).

6.2.5. La señora Virginia Rojas Triana rindió testimonio el 18 de agosto de 2009, ocasión en la que afirmó que “Bernardo fue mi compañero permanente” y que a la aquí demandante la conoció “más o menos como en el 80 porque ella iba a nadar a la escuela los tiburones donde yo trabajaba, pero solamente la veía ir a nadar y sabía que era novia de un señor Jorge Gutiérrez hasta un día que no sé qué problema hubo entre ellos y Bernardo dio la orden de despedirlo a él y nunca volví a saber de ella, hasta cuando mi hijo mayor ya tenía como siete u ocho años, ella un día se acercó a la escuela y me mostró una foto de dos muchachos que me decía que eran sus hijos y que Bernardo era el padre, de ahí en adelante ocasionalmente la veía pero nada más, hasta el momento que el señor Bernardo Fonseca falleció, en ese momento ya empecé a tener más contacto directo con ella y con sus dos hijos, en busca de arreglar los problemas de la sucesión”.

Aseveró que la demandante y el señor Fonseca Sarmiento “nunca convivieron como pareja, después que me enteré que ella existía y sus dos hijos, lo único que sabía y que supe siempre, fue que él iba a visitar a sus dos hijos ocasionalmente, incluso después de que ella fue a mostrarme la foto, Bernardo y Myriam tuvieron una discusión terrible y él duró años que no podía ver los hijos, es más, ahí dentro del proceso hay una carta que Bernardo le envía al papá de Myriam donde corrobora lo que estoy diciendo”; que “todo el tiempo vivimos juntos, él siempre vivió en nuestro apartamento, es más, él era [el] que todos los días sacaba a mi hijo menor XXXX al bus a las seis y media de la mañana y eso quedó plenamente demostrado en mi ordinario, ahí hubo testigos como los celadores y testigos que corroboraron lo que yo estoy diciendo”.

Reiteró que Fonseca Sarmiento no convivió con la aquí accionante, que él iba al apartamento de esta “ocasionalmente a visitar a sus hijos”, que “jamás él se quedó fuera del apartamento donde vivía conmigo” y que “él siempre vivió y convivió conmigo y en los últimos quince años vivíamos en el apartamento ubicado en la Cra. 13A Nº 102-06, apto. 701, el cual figura a nombre de Diego Alberto Fonseca, mi hijo mayor, Virginia Rojas y Bernardo Fonseca Sarmiento y prueba de esto es que ese inmueble está dentro de los bienes de la sucesión”.

Especificó que “[y]o tengo un proceso, no sé exactamente cuál es el proceso, lo que sí es que tengo un proceso donde pido el reconocimiento como compañera permanente de Bernardo Fonseca Sarmiento el cual cursa en el Juzgado Diecinueve y es más, este ya falló en primera instancia a mi favor y creo que va para el tribunal” (fls. 343 a 349, cdno. 1).

6.2.6. El señor Jairo Bohórquez Fonseca, hermano medio de Bernardo Fonseca Sarmiento, en la declaración que rindió el 25 de enero de 2010, manifestó que conoció a Myriam Rosaura Acevedo Piraquive, más o menos, quince años atrás y que no ha mantenido trato con ella. Sobre la relación de esta con Bernardo, precisó que “[é]l tuvo dos hijos con ella, pero él nunca vivió con ella”, toda vez que hizo vida marital con “Virginia Rojas (...) tod[o]s l[o]s días y todas las noches”. Negó que su hermano pernoctara en el lugar de residencia de la aquí demandante, “porque él tenía su apartamento en la 102 y él vivía con la señora Virginia (...) hasta que murió”. Añadió que el edificio donde estaba ubicado dicho apartamento “se hizo en 1992, ese edificio se hizo con Bernardo Fonseca y él diseñó su apartamento para irse a vivir allá, como fue, y desde que se pasó al edificio él vivió siempre con Virginia”, y que “él tenía su alcoba desde que se pasó para [a]llá, tenía su alcoba de matrimonio”, manifestación que sustentó en que pintó “más de tres veces ese apartamento y lógico conocí todas las alcobas y la alcoba que él tenía con la señora Virginia”.

En lo concerniente al vínculo que mantuvo con Bernardo Fonseca Sarmiento destacó que eran “socios en la construcción (...) e imagínese, lo frecuentaba a diario, porque yo tenía que estarlo llamando para todo, para materiales, para las cargas, para todo, a diario, yo iba allá o lo llamaba, de día, de noche, donde vivía en la 102”.

Reconoció además, por una parte, que mantiene contacto con los demandados Fonseca Rojas y Fonseca Elze, por cuanto siguió “trabajando con ellos” y, por otra, que labora “[c]on los Elze (...) en construcción” (fls. 379 a 382, cdno. 1).

6.2.7. La versión juramentada del señor Andrés Sarmiento Fonseca se compendió en el numeral 5.1 precedente.

6.3. La apreciación conjunta de las anteriores declaraciones, no deja ninguna duda sobre el vínculo que existió entre el causante Bernardo Fonseca Sarmiento y la señora Virginia Rojas Triana; que esa relación fue de convivencia; que fue anterior a la que, luego de su inicio, comenzó aquel con la gestora de esta controversia; y que ese primer nexo, se extendió hasta el deceso del primero.

Así lo pusieron de presente los testigos Tito Oliveros Daza, Martha Yudy Elze León y Jairo Bohórquez Fonseca quienes, en forma coincidente y armónica, aseveraron que el señor Fonseca Sarmiento, desde muchos años atrás a su fallecimiento, hizo vida de pareja únicamente con la señora Rojas Triana, comoquiera que era en el apartamento de esta última —distinguido con el número 701 del edificio “Los Corales”, ubicado en la carrera 13A Nº 102-06 de esta ciudad— donde pernoctaba, lugar en el que ocupó la habitación matrimonial y, adicionalmente, tenía su estudio privado.

Por su parte, el señor Andrés Sarmiento Fonseca predicó la coexistencia de esas dos relaciones maritales, dejando en claro que la de la aquí demandante fue posterior a la de Virginia Rojas Triana; y los testigos José Jaime Acevedo Vásquez y Sara Bibiana Rosas Hurtado, padre y amiga de la actora, informaron el conocimiento que tuvieron del “amorío” que Bernardo Fonseca Sarmiento, pese a ser la pareja de Myriam Rosaura Acevedo Piraquive, sostuvo con una “trabajadora” de la escuela de natación “Los Tiburones”, de propiedad de aquel, que sin duda fue la señora Virginia Rojas Triana, habiendo tenido noticia, el primero, de la existencia de dos hijos habidos por ellos.

En suma, todos los testimonios informaron del lazo amoroso que existió entre Fonseca Sarmiento y Rojas Triana; y en los vertidos por los dos hermanos del causante, por el señor Oliveros Daza y por la señora Elze León, en quien no se avizora ningún interés particular de favorecerse a sí misma, pues expresamente admitió que su relación con Bernardo Fonseca Sarmiento concluyó en 1992, se señaló que el lugar habitual de residencia de este en los últimos quince años de su vida fue el apartamento 701 de la carrera 13A Nº 102-06 de Bogotá, Edificio “Los Corales”, que compartía con Virginia Rojas Triana y con los dos hijos habidos de su unión, el menor de apenas 15 años para cuando la precitada señora declaró —ago. 18/2009-.

6.4. Ya sea que se admita que el nombrado causante solamente compartió techo, lecho y mesa con Virginia Rojas Triana, ora que, en forma paralela, también lo hizo con la aquí demandante, es nítido que este segundo vínculo no fue singular, habida cuenta de la coexistencia de esa otra relación, constatación que, per se, impediría el acogimiento de las pretensiones elevadas en la demanda.

6.5. Más aún, en el mismo plano hipotético en precedencia delineado, sería dable pensar que si la unión entre Bernardo y Virginia se mantenía vigente cuando aquel inició su relación con la aquí demandante, este último ligamen no alcanzó a desvirtuar el carácter marital del primero, pues las analizadas pruebas dejan al descubierto que ese primigenio vínculo no se resquebrajó por completo, ni provocó el abandono definitivo de los compañeros, estado de cosas al que sería aplicable el criterio expuesto por la Corte, en la memorada sentencia de 10 de abril de 2007.

7. Colofón de lo expresado, es que ninguna de las acusaciones planteadas en la demanda de casación estudiada puede ocasionar el quiebre de la sentencia de segunda instancia.

DECISIÓN:

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia, en Sala de Casación Civil, administrando justicia en nombre de la República, NO CASA la sentencia de 25 de mayo de 2011, proferida por el Tribunal Superior del Distrito Judicial de Bogotá, Sala de Familia, en el proceso ordinario que se dejó al inicio de este proveído plenamente identificado.

Costas en casación a cargo del recurrente. En la correspondiente liquidación inclúyase, por concepto de agencias en derecho, la suma de $ 6.000.000.oo.

Cópiese, notifíquese, cúmplase y, en oportunidad, devuélvase al tribunal de origen».