Sentencia 30316 de abril 18 de 2012

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA 

SALA DE CASACIÓN PENAL

Aprobado Acta 139

Magistrado Ponente:

Dr. Julio Enrique Socha Salamanca

Bogotá, D.C., dieciocho de abril de dos mil doce.

EXTRACTOS: «Consideraciones

1. Precisiones iniciales.

1.1. La casación es un recurso extraordinario y reglado que permite cuestionar, ante el máximo representante de la justicia ordinaria, la correspondencia de un fallo de segundo grado con el orden jurídico.

Dicha confrontación repercutirá en el caso concreto si se descubre en la providencia un error, ya sea propuesto por el recurrente o advertido de oficio por la Corte.

Una decisión ajustada a derecho, en cambio, es aquella que logra sobrevivir racionalmente a la crítica.

La crítica será intrascendente si no refuta la sentencia, es decir, si no demuestra conforme a los parámetros jurisprudenciales que riñe con la Constitución Política, la ley o los principios que las rigen.

1.2. De acuerdo con la Sala, el error de hecho ocurre cuando el juez falsea de manera relevante la prueba, esto es, cuando la omite, supone, tergiversa, distorsiona o cercena, o cuando a partir de los hechos señalados en ella construye razonamientos contrarios al sistema de persuasión racional (también conocido como sistema de la sana crítica) que orienta su apreciación.

En materia de credibilidad, la Corte ha reconocido que el funcionario tiene cierto margen de discreción a la hora de fijar la realidad histórica de cualquier hecho relatado en una prueba testimonial. Lo anterior, por cuanto en tales casos subsistirán focos imposibles de controvertir. Es decir, más allá del criterio variable de cada intérprete, el acierto o la equivocación en cuanto al valor de verdad de ciertas aserciones fácticas del testigo permanecerán, en algunos casos, insolubles.

El único límite que la Sala encuentra razonable en este sentido es el de las reglas de la sana crítica o, lo que es lo mismo, en la debida observancia de las leyes de la ciencia, los principios de la lógica y las máximas de la experiencia.

Por eso mismo, si el ataque en casación apunta a la credibilidad predicable a determinado testigo, al demandante no le será posible anteponer su propia conclusión probatoria a la del tribunal, a menos que las vincule a ambas con la acreditación, en el fallo de segundo grado, de raciocinios opuestos a la persuasión racional de la prueba.

1.3. En el presente asunto, la demanda de casación allegada por la representante de la Fiscalía se reduce, en últimas, a un problema de credibilidad, relacionado con el mérito probatorio otorgable a uno de los relatos que de lo acontecido hizo el hermano mayor de la víctima, Rafael Eduardo Henríquez Cabana.

Esta persona fue condenada a 19 años de prisión en un trámite de sentencia anticipada(3), luego de aceptar que contribuyó al homicidio de su pariente en los términos aquí imputados en la acusación. De hecho, el único medio de conocimiento que involucra a Marlon Martínez Hurtado y César Enrique Rojano Rodríguez con la muerte violenta del menor son las manifestaciones que aquel hizo bajo la gravedad del juramento.

En cambio, la imputación en la resolución acusatoria contra Nelson Javier González Gelvis tuvo como único soporte probatorio el testimonio de Gustavo Adolfo Redondo Suárez. El fallo absolutorio que en este sentido profirió el a quo jamás fue cuestionado por la censora. Por consiguiente, se entiende que compartió tal decisión.

Tanto la demandante como la procuradora delegada expusieron las razones por las cuales otros medios de prueba (como la necropsia, las inspecciones judiciales y los exámenes psiquiátricos) no refutaban la versión según la cual Héctor Fabio Henríquez Cabana murió como víctima de un sacrificio cometido por un culto secreto consagrado al satanismo.

Lo importante para ellas fue explicar que dicho relato era creíble. Pero no se preocuparon por demostrar, más allá del planteamiento de forma, un verdadero error fáctico en la motivación de la decisión de segunda instancia. Es decir, jamás acreditaron que el tribunal omitió, supuso, tergiversó o cercenó en forma relevante el contenido material de los medios probatorios que apoyaban la hipótesis absolutoria, ni mucho menos que a partir de estos elaboró inferencias contrarias a la sana crítica.

En otras palabras, de acuerdo con la Fiscalía y el Ministerio Público, no habría razones para desvirtuar lo dicho por Rafael Eduardo Henríquez Cabana, en el sentido de que hubo un homicidio cometido en la celebración de un ritual satánico. De ahí la insistencia, que se aprecia con más claridad en el concepto del Ministerio Público, para analizar todas las pruebas en su debido ‘contexto’ (esto es, en el de la ceremonia clandestina).

Sin embargo, en la crítica hecha a los razonamientos del tribunal (por los cuales concluyó que no debía otorgarle crédito a tal persona), jamás se demostró una violación del sistema de persuasión racional.

La invitación a analizar el aludido contexto, entonces, es inocua, pues el extraordinario recurso de casación no sirve para contemplar la racionalidad de otras explicaciones, teorías o hipótesis que podrían solucionar el caso concreto, sino para estudiar si los argumentos (de hecho o de derecho) empleados por el tribunal en su fallo están sujetos a la Constitución y la ley, o si la decisión fue dictada en un trámite que obedeció a tales parámetros. Por este motivo, la casación no es una tercera instancia, sino un juicio a la legalidad del fallo de segunda.

1.4. Ahora bien, como la demanda de casación fue declarada desde el punto de vista formal ajustada a derecho, la Corte tiene el deber de analizar los problemas jurídicos propuestos y resolverlos de fondo, en armonía con los fines de buscar la efectividad del derecho material, respetar las garantías de quienes intervienen en la actuación, reparar los agravios inferidos a estos y unificar la jurisprudencia.

Por lo anterior, la Sala expondrá, en primer lugar, el contenido de los principales medios de conocimiento sobre los cuales fue sustentada tanto la acusación como la sentencia condenatoria del funcionario a quo. A continuación, abordará las razones de la absolución proferida por el tribunal. Por último, responderá los argumentos de la fiscal y la procuradora delegada.

2. La prueba de cargo.

2.1. El cadáver del menor Héctor Fabio Henríquez Cabana apareció en un lote cercano a la carrera 16 E con calle 17 de Santa Marta el 29 de agosto de 2005. El 31 de agosto siguiente, Sindry Patricia Rodríguez Escobar, de dieciséis años, declaró bajo la gravedad del juramento que sostuvo una relación sentimental con Rafael Eduardo Henríquez Cabana, hermano mayor de la víctima. De este último, sostuvo que suscribió una especie de contrato con un culto satánico, por el cual se comprometió a no terminar el noviazgo, pues de lo contrario se vería obligado a ‘entregar’ a su pariente más querido. Después de la muerte violenta, sin embargo, dijo que él, tal como le confió, optó por dar a Héctor Fabio, en lugar de entregarla a ella, para salvarla de los miembros de la secta. En palabras de la testigo:

“... para volver conmigo hizo un trato con una secta satánica donde decía que nunca podía acabar la relación sentimental conmigo y que de lo contrario él tenía que entregar al familiar que más quería, eso lo leí porque Rafael Eduardo me mostró el contrato, él no lo había firmado cuando me lo mostró, inclusive no había colocado el nombre de la persona a quien iba a entregar si ello llegaba a pasar. Ese papel me lo mostró en el mes de abril y yo acepté la relación nuevamente, porque no quería que él se llegara a meter en eso de la secta, la relación siguió normal para mí porque supuestamente eso no se iba a llevar a cabo y él no se iba a meter a la secta, después, al cabo de dos meses, terminamos la relación porque se había deteriorado mucho, después de unos días de haber terminado la relación, un muchacho amigo de Rafael Eduardo, de nombre Héctor, no le sé el apellido, me preguntó que cómo iban las cosas y yo le dije que Rafael Eduardo y yo habíamos terminado, al día siguiente, me llamó Rafael, me reclamó por teléfono, y lo noté alterado y me dijo que por qué yo le había dicho a Héctor que nosotros habíamos terminado, que lo había metido en un problema y que lo estaba obligando a hacer algo que él no quería, que era entregar al familiar o a mí a la secta, por lo del contrato que él había hecho, yo a él no le creía lo que me decía, mas sin embargo yo le dije que cómo se le ocurría a él entregar a alguien y que él siempre me decía que era mi culpa por haberle dicho a Héctor que habíamos terminado, al pasar de los días, como una semana, me llamó nuevamente y me dijo que no había podido entregar al hermano, entonces me dijo que al día siguiente, que era domingo 28, yo estaba en peligro de muerte, yo no le creí. Ese día 28 me fui desde las cinco de la tarde a la Iglesia Cristiana Cuadrangular, asistí con mi hermana y con unas amigas de la cuadra, al día siguiente, o sea, 29, me llamó Rafael a eso de las 8:30 de la mañana y me dijo que habían matado a su hermano y me preguntó que si iba a ir a su casa, yo le dije que sí, como a las doce del día yo llegué a su casa y me di cuenta que era verdad lo que él me había dicho por teléfono, cuando yo llegué a la casa, él me llevó a la cocina y me dijo que me diera cuenta lo que había hecho por mí y que entregó la vida de su hermano por la mía”(4).

Como pertenecientes a la congregación de adoradores del demonio, Sindry Patricia Rodríguez Escobar mencionó el nombre de varias personas que, según Rafael Eduardo, estuvieron presentes en el entierro, entre ellos, el de un tal Gustavo. También aseguró que la líder del grupo era una mujer llamada Andrea:

“Él me presentó a Gustavo, Eduardo, Jerry, Héctor y Roque como sus amigos, y después que ellos se iban Rafael Eduardo me decía que ellos pertenecían a ese grupo, de otros también, pero no me dio los nombres, esos los conocí el día del sepelio, ellos asistieron, también me dijo Rafael que ahí había llegado la líder, de nombre Andrea, que ella había llegado en una moto, y que uno de esos muchachos le había hecho una seña a él, diciéndole a él que la líder estaba ahí y que tuviera mucho cuidado”(5).

2.2. A raíz de estos señalamientos, las autoridades individualizaron al menor Gustavo Adolfo Redondo Suárez(6), de 17 años de edad. En la entrevista efectuada el 31 de agosto de 2005, aseguró que, por solicitud de su amigo Rafael Eduardo Henríquez Cabana, entregó la víctima a dos miembros de una secta satánica:

“El día domingo Rafael Henríquez Cabana y yo nos pusimos de acuerdo, a eso de las diez de la mañana, en la esquina del parque San Miguel, en el sentido de que me comprometiera con Rafael de llevar a Héctor Fabio hasta la línea, cerca del barrio San Martín, y ahí nos íbamos a encontrar con dos tipos, que son de una secta satánica a la que pertenece Rafael, por lo que no le pregunté con qué finalidad. Él me comentó que iba a realizar un tipo de acto satánico, a eso de las 12:00 o 12:30 de la noche, no me dijo el lugar (...). Héctor me acompañó (...). Paramos en los rieles y al frente de nosotros paró el vehículo molongo [sic] de esos que hacen viaje como colectivo (...), se bajaron dos tipos (...). Entonces el moreno que tiene acento del interior agarra a Héctor por las muñecas y le tapa la boca, y el otro le cogió las piernas, y lo entraron en las sillas traseras del vehículo a la fuerza y se lo llevaron”(7).

También admitió pertenecer, pero solo cuando vivió en Bogotá, a un grupo de satanistas que secuestraban a niños y los ‘marcaban’ para iniciarlos en el culto:

“Sí hago parte de una secta satánica de nombre Hoblisco, su símbolo es una bolita con una crucecita en la parte de abajo, yo practico esos rituales desde que estaba en Bogotá, desde el año 2003, en esa ciudad los expertos o de alto grado, que tienen unas marcas en la parte alta de la oreja que se realizan con un bisturí, secuestraban a los niños y los llevaban hasta el Salto del Tequendama, a las 12:00 de la noche cogían a los niños y la hacían unas marcas en forma de H egipcia en las nalgas, luego los montaban en un carro y los dejaban en sus casas, eso con la finalidad de marcarlos para una nueva generación del satanismo, yo aquí hasta ahora no lo he practicado con nadie”(8).

En todo caso, sugirió que Rafael Eduardo habría participado de manera directa en el homicidio de su hermano, debido a lo que luego escuchó acerca de su comportamiento:

“... encontrándome con Rafael en la calle 21 con carrera 6ª, le dije ‘qué fue lo que pasó’ y él me abrazó y me dijo en voz baja ‘me mataron a mi hermano’, le dije ‘no será que fuiste tú’, él me dijo que cómo él iba a matar a su propio hermano, porque él fue la primera persona que lo encontró. Después, ese mismo día, Rafael tuvo un percance o discusión con la abuela, porque él el día lunes había llegado a las 4:00 de la mañana, me enteré ya que la abuela, delante de todos nosotros, dijo que por qué había llegado a esa hora, ya que el hermano estaba desaparecido”(9).

No obstante, en el testimonio que rindió el 6 de septiembre de 2005, Gustavo Adolfo Redondo Suárez varió en ciertos detalles la versión relativa a las prácticas de satanismo, pues afirmó que cuando estuvo en el culto bogotano lo obligaron a ingresar a la fuerza y le dibujaron un símbolo en la frente con la sangre de un gato, que sacrificaron en su presencia. Agregó que también en Santa Marta ha asistido a ritos satánicos a instancias de Rafael Eduardo Henríquez Cabana, a quien calificó como un alto jerarca de la secta satánica:

“... la verdad, la verdad, él no me comentó a mí qué era lo que iba a hacer, pero como yo estuve en secta satánica y a mí me hicieron prácticamente lo mismo que Héctor, pero a mí me hicieron para meterme a la fuerza, yo nunca pensé que él iba a hacer con el hermano eso, que va a hacer un llamado sacrificio, eso siempre lo hacen los tipos que tienen alto rango. A mí también me llevaron como a la parte de atrás de un cine, a mí me cogieron cuatro tipos, todos con vestimenta negra, y me aventaron al carro, cerraron las puertas con seguro, se puso uno de a un lado y él [sic] al otro lado, después llegamos hasta el Salto de Tequendama y me hicieron con sangre de gato una señal en la frente, eso era como un bautizo, sé que era sangre de gato porque lo sacrificaron delante de mí (...), yo tenía unos catorce años, después ellos tienen como una especie de control mental cuando le hacen eso a uno, fue cuando yo empecé a ir a los cultos, en esos cultos ellos hacen una estrella, los mayores empiezan a decir un poco de cosas raras, como si fuera inglés al revés, uno de los mayores coge una copa y bebe un líquido verde, que eso según ellos les hace coger poder, después de eso le hacen a uno unos huequitos como si fueran unos colmillos de rata (el declarante exhibe su mano derecha donde se observan dos puntos con huequitos), esto es para marcar a los de rango bajo y los de rango alto tienen una señal como rasguños en la parte de atrás de las orejas, entonces los que practican todos esos sacrificios son los de alto rango (...) Yo me di cuenta que él pertenecía a una secta cuando yo vengo de Bogotá y me encuentro con él, y con él yo fui una o dos veces a una de las reuniones esas de culto, eso fue en el 2003, yo tengo dos años de haber venido, yo fui después de cinco días de haber venido de Bogotá, a esos cultos que él asistía, esos cultos lo hacían en la parte más alta del Ziruma, yendo para el Rodadero”(10).

2.3. En la diligencia de indagatoria de 1º de septiembre de 2005, a Rafael Eduardo Henríquez Cabana, de 18 años, le fue anotado como un rasgo físico particular “unas pequeñas rayitas en la parte trasera del pabellón auricular en ambas orejas”(11). En esa primera ocasión, negó lo dicho por Sindry Patricia (“no sé de qué contrato dice ella”(12)) y Gustavo Adolfo (“[n]o tengo nada que ver en esto”(13)). De su abuela Berthilda Arias Ortega, dijo que pertenecía a un grupo de cristianismo evangélico denominado Nacer de Nuevo. Y de las relaciones entre ella y su hermano, adujo que eran buenas, excepto por el tema de la religión:

“... yo lo defendía mucho de mi abuela, a él no era que le gustaba mucho la religión y, por ejemplo, a mi abuela no le gustaba que él viera tal programa y entonces yo empezaba a discutir con ella (...) Preguntado. ¿Cómo eran las relaciones de tu abuela con la que vives y tu hermano? Contestó. Bien hasta donde yo sé, solo que quería someterlo a la religión de ella. Preguntado. ¿Por qué lo quería someter a esa religión? Contestó. No sé, porque como anteriormente yo me había salido, ella no quería que a él le pasara lo mismo”(14).

2.4. Ese mismo día, en su declaración, la abuela Berthilda Arias Ortega admitió ser muy religiosa (“antes está Dios, soy cristiana”(15)). Agregó que cuando desapareció Héctor, Rafael se la pasó toda la noche buscándolo y que este último “una vez dio un testimonio en la iglesia, dijo que cuando estudió en el Hugo J. Bermúdez asistió a una secta satánica”(16). A esta circunstancia se refirió con más detalle en la declaración de 31 de agosto de 2005:

“Cuando cumplió sus dieciséis años, Rafael Eduardo se apartó porque ya quería estar bebiendo, fumando cigarrillo y teniendo novias, andar en esas libertades. La Iglesia lo exhortó y él dio un testimonio, manifestando que él asistió a unos actos satánicos, pero que estaba arrepentido de eso y siguió en la iglesia. Él no explicó qué clase de actos, cuál era el grupo o dónde se reunían, eso fue hace dos años que dio ese testimonio. Preguntado. Diga si en su vivienda ha encontrado algún tipo de objeto extraño, perteneciente a otra religión, en caso afirmativo indique en qué lugar de la casa, para qué fecha y a quién pertenecían estos elementos. Contestó. A raíz del testimonio que Rafael dio, la pastora de la Iglesia, que es mi hija María Isabel Henríquez Arias, y yo comenzamos a hacer un seguimiento en el dormitorio de los niños, haciendo liberaciones y viendo qué encontrábamos, entonces encontramos una bolsa pequeña en tela roja en forma de corazón, contenía una imagen del Divino Niño y unas piedras de imán y un azogue. Nosotros la destruimos, Rafael mismo la descubrió porque él nos estaba ayudando, estaba entre los dos colchones de su cama, pensamos que se trataba de hechicería e hicimos la liberación de la casa”(17).

2.5. Los antecedentes de Rafael Eduardo con prácticas de satanismo fueron corroborados por José de Jesús Ariza Arévalo, compañero permanente de Berthilda Arias Ortega:

“Estando muchachito, tenía 12 o 13 años, estudiando en el Hugo J. Bermúdez, se le encontró en el cuarto, donde dormía, figuras y signos satánicos, pero nosotros cambiamos de domicilio, nos mudamos para otro barrio y la tía y el tío político, que son pastores evangélicos, lo encaminaron al Evangelio, incluso era quien tocaba el piano en la iglesia, después hizo un testimonio donde decía que ya él había dejado ese satanismo y estaba en el camino de Dios y últimamente (...) había renunciado de la Iglesia y él últimamente hacía creer que iba a la iglesia de la novia que también es practicante evangélica, creo que tenía una doble personalidad, ya que demostraba estar con Dios pero también estaba con el diablo”(18).

2.6. En diligencia de ampliación de indagatoria de 3 de septiembre, Rafael Eduardo Henríquez Cabana cambió su versión inicial. Sostuvo que Alfonso Antonio Salas Correa, alias Foncho, un homosexual que vivía en el barrio, lo convenció en fecha reciente para que ingresara, por primera vez en su vida, al satanismo. Y que su participación en la muerte de Héctor Fabio se redujo a decirle a este que, por medio de Gustavo Adolfo Redondo Suárez, fuera a hablar con Foncho. De esta manera, él sería informado o amenazado por la entrada de Rafael a la secta (“[n]o sé cómo se llama porque apenas iba a ingresar”(19)). Es decir, afirmó no saber que los satanistas le quitarían la vida y que el pacto con ellos, entonces, consistía en informar a su ser más querido acerca de su condición de garantía para no abandonar el culto:

“... mentí en esa indagatoria, resulta y pasa que por el barrio hay un homosexual que siempre me molestó con cuestiones de sexta [sic] satánica, desde que me conoce él a mí siempre trató de inducirme a eso, con la cuestión de que siempre me decía me entró curiosidad la cosa, hasta que por curiosidad decidí saber qué era el satanismo, él me dijo que para entrar en eso principalmente era entregar a la persona que más quería como garantía de que no me saliera, la cuestión era que no la iba a entregar en sacrificio, sino que iban a hablar con él, que lo iban a mantener al tanto de lo que yo iba a hacer, y supuestamente le iban a decir a él que si yo me salía lo iban a matar a él, entonces yo accedí a hacerlo y dije que bueno, que yo ingresaba, (...) me dijo que lo mandara con Gustavo y efectivamente lo hice, le dije ‘vete con Gustavo que él te va a llevar a hablar con Foncho’, así le dicen a él. Es un tipo que es un depravado, porque prácticamente todas las personas que se acuestan con él son menores de edad (...), cuando ya vi la demora de mi hermano, me empecé a preocupar, empecé a buscarlo por todos lados, eran las 7:00 de la mañana cuando fui y le pregunté que qué había pasado, que dónde estaba, él ese día estaba como drogado porque se le empelotaba la lengua y estaba nervioso, me dijo que efectivamente estaba privado por la casa fiscal, por ahí por el estadio, no le pregunté más nada, sino lo que me imaginé era que estaba drogado, aclaro, entendí yo que a mi hermano lo habían drogado, como no entiendo su lenguaje, su vaina, yo fui a buscar a mi hermano (...) y precisamente me acerqué ahí y me preguntaron que si ese era mi hermano y efectivamente era él, lo encontré tirado ahí, yo seguía en mi cosa que él estaba drogado y lo volteo, lo cojo por la camisa, y vi sangre y toda esa vaina y ahí fue que [sic] supe que estaba muerto”(20).

De las personas relacionadas por Sindry Patricia Rodríguez Escobar, manifestó no conocer a Andrea. Agregó que ni Gustavo ni las otras personas por ella mencionadas pertenecían al culto (“es mentira porque que yo sepa ellos no pertenecen a una cosa de esas, ellos son amigos míos”(21)). También se apartó de lo dicho por su exnovia respecto del pacto de continuar la relación sentimental (“[y]o no me acuerdo haberle dicho eso”(22)), así como la conversación sostenida el día del sepelio (“yo le dije que se cuidara porque no sabía si iban a coger represalia contra ella”(23)).

Igualmente, rechazó la versión de Gustavo Adolfo Redondo Suárez en aspectos puntuales, como su antigüedad en el grupo satánico, lo que ambos habían acordado y su ignorancia acerca de lo sucedido:

“Mentira, porque yo no estoy en ninguna sexta [sic] satánica, apenas iba a ingresar; segundo, yo no me puse de acuerdo con él, simplemente le dije que le iba a dar a mi hermano para que se lo presentara a Foncho y, tercero, yo en ningún momento sabía para dónde iba a él [...] yo no sabía qué era lo que ellos iban a hacer, la otra cosa es que yo sé que si él hubiera sabido lo que iban a hacer, él tampoco lo hubiera llevado, yo sé que él no es capaz de hacer una cosa de esas”(24).

2.7. Como era de innegable “importancia el registro a fin de buscar documentación o escritos relacionados con la práctica de sectas satánicas”(25), la Fiscalía ordenó el 5 de septiembre un allanamiento a la residencia de Alfonso Antonio Salas Correa, alias Foncho, a quien, entre otras obras, le encontraron los libros Los versos satánicos de Salman Rushdie, La semilla del diablo de Ira Levin y La lucha contra el demonio de Stefan Zweig(26).

2.8. En la ampliación de 13 de septiembre de 2005, Rafael Eduardo Henríquez Cabana insistió en la versión de la diligencia anterior, excepto en el diálogo que sostuvo con Alfonso Antonio Salas Correa la mañana en que fue encontrado el cadáver, en el sentido de que este último prácticamente le admitió la realización del homicidio y, además, lo amenazó:

“... yo le pregunté ‘hermano, usted qué fue lo que hizo con el pelao’, fue cuando me amenazó, me dijo ‘usted sabe qué es lo que le pasa a los sapos’ y ‘no creo que usted vaya a cometer la alta traición a la hermandad’, y me dijo ‘oiga, gracias por su regalo’, en el momento fue cuando me asusté y agarré la cicla y empecé a buscarlo por todos lados”(27).

Añadió que Gustavo Adolfo Redondo Suárez le había confiado a él que, de acuerdo con alias Foncho, los asesinos de Héctor Fabio eran Julio, César y el mismo Alfonso Antonio Salas Correa:

“... me dijo ‘yo le voy a decir a usted la verdad, pero, hermano, a mí no me vaya a meter en problemas, a su hermano lo sacrificaron en un culto satánico, en donde, según Foncho, quienes lo mataron fueron tres personas, Julio, que no lo conozco, César del Cundi, y Foncho, entonces fue donde empezó a hablar conmigo para vengar la muerte de mi hermano porque a él supuestamente lo engañaron, y eso fue lo que me dijo él”(28).

2.9. En la ampliación de 16 de noviembre de 2005, Rafael Eduardo Henríquez Cabana denunció al abogado de Alfonso Antonio Salas Correa por haberle ofrecido la suma de $ 7.000.000, al igual que una celda, un televisor y una grabadora, para retractarse de su versión(29). Esto lo ratificó en la misma diligencia bajo la gravedad del juramento. No obstante, al final de la misma, aseguró que Alfonso Antonio Salas Correa, alias Foncho, no tenía relación alguna con el homicidio:

“Preguntado. Sírvase decir si tiene algo más que agregar, corregir o enmendar a esta diligencia. Contestó. Que las acusaciones respecto al señor Salas no son ciertas, él es inocente. Preguntado. Díganos por qué razón en la ampliación de indagatoria (...) hace imputaciones en contra del señor Salas Correa. Contestó. Porque fue la primera persona que se me ocurrió, ya que tenía miedo de que me fueran a hacer daño en la cárcel, o sea, para no llegar solo a la cárcel”(30).

2.10. Por último, en la ampliación de indagatoria de 8 de diciembre de 2005, Rafael Eduardo Henríquez Cabana, aparte de asegurar que la anterior afirmación obedeció a unas amenazas (“de los satánicos diciendo que atentarían contra la vida de mi abuela”(31)), presentó (al parecer de una manera muy emotiva), y ratificó bajo juramento, la versión de los hechos que a la postre fue adoptada por la Fiscalía y el funcionario de primera instancia como la ajustada a la realidad de los acontecimientos (al menos en lo que a la situación jurídica de los dos absueltos por el tribunal concierne):

“La verdad, el del mayor rango y patrocinador, o sea, el que costea los gastos de la hermandad le dicen Cristopher Andretti, el nombre no lo sé, sé dónde vive y en qué trabaja, vive en el Santa María del Mar en el Rodadero y es dueño de una clínica por los Almendros, la clínica se llama Bagar, donde ahí se practican abortos, y eso lo llevan a los sacrificios. El día 28 de este año, Gustavo llevó a mi hermano a esa playa que hay un pedazo más allá de Los Cocos, donde fue que mataron a mi hermano, yo le entrego a mi hermano a Gustavo, en garantía mía que yo no me saliera, y fue cuando el Donis me dijo que estaban en ese lugar, cuando yo llegué a ese lugar vi cuando tenían a mi hermano amordazado y pregunté qué pasaba y me dijeron que lo iban a sacrificar porque fue el escogido de esa noche, eso me lo dijo Cristopher, cuando yo vi a mi hermano que lo iban a matar, yo intenté ayudarlo porque me pedía ayuda, me pedía que lo ayudara, pues César (se deja constancia que el indagatoriado en este estado de la diligencia irrumpe en llanto. Sigue diciendo:) fue cuando me agarró por el cuello y no me dejó ayudar a mi hermano, fue cuando Donis empezó a apuñalarlo en el cuello de una forma depravada, fue cuando se turnaron para golpearlo y hacer cuantas cosas con él, mi hermano gritaba pidiéndome ayuda y, tratando de soltarme, César me mordió los dedos y me tiró en la arena, fue cuando vi que la gente hizo un círculo y mi hermano tendido en el piso lo golpearon con una piedra para que no gritara (el indagado sigue llorando de manera continua, derramando lágrimas y gemidos, sigue diciendo:) fue cuando vi el poso [sic] de sangre de mi hermano que corría y yo me agarré a gritar pidiendo piedad por él, fue cuando me montaron en el carro de Cristopher, que es una bléiser [sic] verde y me llevaron y me dejaron en el parque Cundi, me dijeron que si hablaba algo contra alguno de los de alto rango, lo que habían hecho con mi hermano no era comparación a lo que iban a hacer con mi abuela [...] Cristopher también le dio una puñalada y se tomaron su sangre, que fue la de acá (el declarante se lleva su mano derecha a la parte anterior del cuello, costado derecho). Gustavo también lo apuñaló por el cuello (el declarante se lleva su mano al centro del cuello y sigue diciendo:) Donis le pegó dos puñaladas en el pecho o por el lado de las costillas y el resto no alcancé a ver como lo terminaron de matar, porque me taparon y ahí fue cuando me llevaron después de haberle pegado con una piedra en la cabeza. Alfonso Salas fue el que lo golpeó y Alfonso tenía como una especie de cáliz en el cuello esperando que se desangrara y luego se la repartió a varias personas, cuando el pelado estaba apuñalado le apretaban el cuello para recoger la sangre en el cáliz, Salas la recogió, se la entregó a Is Boset, me imagino que la habrán repartido, de ahí me montaron en el carro y no vi qué más le hicieron, me prohibieron llorar (...) Cristopher es líder de la Hermandad de Andretti Generación 2005 (...) él es alto, de nariz gruesa, pelo engajado, blanco, boca algo grande, de ojo más o menos grande, marrones, tiene como de 33 a 35 años, él es dueño de la clínica, vive en el Santamaría del Mar, él es médico, ginecólogo creo que es (...) La verdad es que no solamente me está fregando el encierro sino la conciencia por mi hermano, para poder dormir tengo que consumir marihuana porque recuerdo lo que había pasado (continúa llorando el indagado), me he dado cuenta que tengo problemas psicológicos, o sea que me dan ganas de matarme, de suicidarme (...), para poder dormir tengo que consumir marihuana, cocaína, eso por las noches”(32).

Esta versión fue corroborada posteriormente mediante diligencia testimonial practicada el 24 de marzo de 2006(33) y también durante la vista pública dentro de la actuación seguida contra Alfonso Antonio Salas Correa(34). Las autoridades encontraron que los datos brindados acerca de alias Cristopher Andretti correspondían a los de Marlon Martínez Hurtado; y los de César, a César Enrique Rojano Rodríguez. Ambos también fueron señalados por Rafael Eduardo en sendas diligencias de reconocimiento en fila de personas(35). En una de ellas(36), el testigo de cargo manifestó su deseo de acogerse al trámite de sentencia anticipada, por lo cual le fueron formulados cargos el 11 de enero de 2006(37).

3. La hipótesis absolutoria.

3.1. En su fallo, el tribunal descartó todos los indicios construidos por la primera instancia para explicar el homicidio como un crimen ritual satánico (por ejemplo, los libros encontrados en la casa de Alfonso Antonio Salas Correa, las heridas de la víctima y los datos que condujeron a individualizar a Cristopher Andretti). Según el cuerpo colegiado:

“El primer indicio es, según el aquo, que varias personas, entre ellas el testigo, los procesados y Alfonso Salas Correa, hacían parte de sectas satánicas, como está demostrado en el proceso, por el hecho de haberse encontrado en casa de este último libros de satanismo como La lucha contra el demonio, La semilla del diablo y Los versos satánicos.

Es necesario aclarar que esas obras, a pesar de los títulos, nada tienen que ver con el satanismo (...), desde ningún punto de vista están relacionados con el culto al demonio, así que la posesión de dichas obras no puede tenerse como indicio en contra de los procesados. Por otra parte, no le fueron encontradas a Martínez Hurtado y Rojano Rodríguez, sino en casa de Alfonso Antonio Salas Correa.

Otro indicio grave contra los mencionados procesados, según el juez de primera instancia, es que se deduce —por las regiones del cuerpo donde están localizadas las heridas en la víctima, su poca profundidad, vasos sanguíneos comprometidos— que le fueron causadas para que manara sangre, la que es perseguida por las personas que practican el satanismo. Esta circunstancia no es indicio, sino perogrullada; cuando se utiliza un arma contra la humanidad de otro, en el caso concreto arma blanca, lo normal es que mane sangre, sea cual fuere la parte del cuerpo vulnerada, sin que este solo hecho signifique que el victimario pertenezca o no a secta satánica. Si se tiene como indicio grave que de la víctima manó sangre al causarle las heridas es tanto como decir que siempre que eso ocurra, quien mata o lesiona hace parte de un rito satánico.

En relación con Marlon Martínez Hurtado, se tuvo como indicio grave en su contra el hecho de que a pesar de afirmar él que estuvo en la clínica Bagar durante el día 28 de agosto de 2005, no lo acreditó en el proceso. Para la Sala indicio grave constituiría que dicho procesado hubiera hecho esa afirmación y se le hubiere comprobado que estaba en un lugar distinto; era la Fiscalía General de la Nación la que tenía que comprobar que el médico no estuvo ese día en el centro asistencial de su propiedad para que se respetara el principio consistente en que la carga de la prueba la tiene el Estado, no el procesado.

Igualmente se tiene como hecho indicador contra Martínez Hurtado, catalogado de grave en la sentencia, que él haya sostenido que para el día de la muerte del Héctor Henríquez Cabana ya no era el propietario de la camioneta Blazer de color verde en la que fue retirado Rafael Henríquez Cabana, según lo dicho por él mismo, del sitio donde ultimaron a su hermano. Según el juez de primera instancia, la gravedad está en: no hay soporte probatorio de que dicho procesado haya vendido el automotor, la vendió a otra persona que a su vez la enajenó a un tercero por menor valor, el segundo comprador dijo que no recordaba los números de las placas del vehículo.

Para la Sala ninguna de estas circunstancias, ni aislada ni conjuntamente, constituyen indicio grave (...).

Rafael Eduardo Henríquez Cabana conocía antes del hecho investigado a médico Marlon Martínez Hurtado porque estuvo en la clínica Bagar, de propiedad de este, vendiendo unos bonos para la adquisición de vivienda de interés social; (...) de todo esto hay suficientes pruebas en el proceso”(38).

3.2. También desestimó la credibilidad atribuible al principal testigo, entre otros motivos porque “en Rafael Henríquez Cabana no hubo retractaciones, sino contradicciones”(39), pues “mentía premeditadamente, acomodando sus versiones a medida que transcurría la investigación”(40). En otras palabras, no le otorgó credibilidad al testigo.

3.3. Por último, elaboró una hipótesis según la cual la única persona que estuvo detrás de la muerte violenta de Héctor Fabio Henríquez Cabana fue su hermano mayor Rafael Eduardo. De acuerdo con el ad quem, había motivos suficientes para atribuirle a esta persona la realización del injusto:

3.3.1. En audiencia pública, Deybe Manuel García Castiblanco, vecino del sector en donde fue hallado el cadáver, se refirió al extraño comportamiento que en la mañana del 29 de agosto de 2005 tuvo un joven que preguntaba por el menor, de quien luego se enteró era el hermano de la víctima. Así mismo, el testigo mencionó la expresión ‘¿por qué me hiciste eso?’ que a la persona aludida le dirigió otro pariente o allegado:

“A las 5:45 de la mañana, (...) me pregunta un muchachito de tez morena, bajito: ‘señor, no ha visto por aquí un niño como de 11 o 12 años, delgadito, blanquito’. Yo le toqué el hombre [sic] y le dije: ‘no joda, mijo, por aquí los niños se reúnen en la iglesia en la Divina Misericordia o en el campo’ y él inmediatamente se fue. Él venía de la calle 18 hacia la calle 19, iba por la carrera 16E. Él me preguntó una solita vez, yo no lo vi entrar al solar, pasó derecho, cruzó para donde estaba el campo. Preguntado. Díganos si una vez que se descubre el cadáver y llega la policía y se amontona la gente, vio al mismo muchacho que se averiguaba por el menor. Contestó: Sí lo vi. Lo vi en una actitud extraña, como si no tuviera un hermano muerto. (...) Cuando él llega por segunda vez, llega con su abuelo o un señor moreno, y ahí es cuando me entero que son hermanos, porque el señor grita, y agarra al muchacho, y dice en voz alta ‘por qué me hiciste eso’, él agarra al muchacho muerto y se le salió las lágrimas, eso lo vio todo el mundo”(41).

3.3.2. José de Jesús Ariza Arévalo, abuelo de crianza del testigo de cargo, manifestó que este último actuó desde un comienzo como si tuviese conocimiento de lo sucedido con Héctor Fabio:

“La verdad es que él daba a entender que ya tenía conocimiento de eso, hubo personas que lo vieron temprano en el lugar donde estaba el cadáver, vecinos del barrio ese, personas que fueron a dar el pésame comentaron que él había estado temprano en el lugar donde estaba el cadáver, que iban a llamar a la policía creyendo que era un ladrón. Eso como que fue antes de dar el aviso, parece que él tenía conocimiento de que al hermano le iba a pasar algo”(42).

3.3.3. Luz Zenith Cabana Teherán, tía de los hermanos, afirmó que recibió una llamada a las 11:30 de la noche del 28 de agosto de 2005 (esto es, horas antes de encontrarse el cadáver), de una voz que creyó era la de Rafael Eduardo Henríquez Cabana (“lo confundí con la voz de Rafa”(43)) y le decía “Luz Zenith, aquí en la universidad ahí [sic] un man [sic] tirado, que tenía este número de teléfono”(44). Esta circunstancia fue confirmada por José de Jesús Ariza Arévalo:

“... dentro de las averiguaciones supimos que el hermano Rafael se había paseado varias veces por el sitio donde fue hallado el cadáver, y empezamos a sospechar que él tenía algo que ver en esto, además, estando en el hospital esperando que le hicieran la necropsia, me llamó una tía de Rafael Eduardo a contarme confidencialmente que le habían hecho una llamada en la noche donde le decían que fuera a recoger el cadáver del sobrino que estaba allá tirado por la universidad, pero no le dieron nombre de la universidad ni el nombre del sobrino y ella me aseguró que era la voz de Rafael”(45).

El tribunal precisó que “el lote donde fue encontrado el cadáver de Héctor Henríquez está situado cerca de la Universidad Sergio Arboleda”(46).

3.3.4. Gustavo Adolfo Redondo Suárez decía que el comportamiento de Rafael Eduardo hacía Héctor Fabio era hostil:

“... lo maltrataba verbalmente, (...) él lo insultaba, le decía malas palabras y Héctor Fabio se resentía (...) Le decía palabras como hijo de puta, marica, tú no debiste ser mi hermano, te odio y no quiero verte más, no se iban a los golpes”(47).

3.3.5. Finalmente, tanto el examen psiquiátrico del Instituto de Medicina Legal como su respectiva ampliación aluden a rasgos de la personalidad, presentes en Rafael Eduardo Henríquez Cabana, que son compatibles con los de un psicópata:

“Apreciamos en el examinado rasgos de una personalidad malgeniada, impulsivo, hábil, malicioso y desconfiado, tal como lo sustentan diferentes manejos a través de la vida, durante la entrevista, e incluso manifestado por él mismo”(48).

“... estas son características que puede tener un psicópata, además de otra serie de elementos, que se complementan para determinar de acuerdo a la literatura un trastorno de personalidad psicopática; sin embargo, se ilustra a la autoridad que estas personas con un trastorno de personalidad psicopático les permite comprender y entender todo tipo de información, incluso cuando cometen ilicitudes y vulneran normas. Por último, concluimos que las personas que cometen delitos mayores y menores por lo regular tienen, según lo describe la literatura, rasgos de personalidad o comportamientos que sustentan trastornos de personalidad psicopática, sin que esto configure trastorno mental alguno”(49).

En conclusión, para el tribunal, el homicidio de Héctor Fabio podía ser explicado, no en función del acción plural por parte de miembros de una secta satánica, sino por obra del comportamiento individual de su pariente; y los señalamientos contra Martínez Hurtado y Rojano Rodríguez obedecieron a la personalidad psicopática del testigo de cargo, es decir, a la ausencia de remordimientos, miedo, vergüenza o angustias a la hora de incriminar injustamente a otras personas. En palabras del ad quem:

“La lectura del expediente lleva a concluir que esas características generales son rasgos concretos de la personalidad de Rafael Eduardo Henríquez Cabana, de ahí que sin empacho de ninguna naturaleza haya sostenido que los procesados, en compañía de por lo menos dieciocho personas más, dieron muerte a su hermano Héctor, cuando la verdad es que todos los caminos conducen a él como el autor del homicidio”(50).

4. Legalidad del fallo de segunda instancia.

4.1. Tras examinar la actuación, la Sala advierte que la decisión del tribunal es acertada desde el punto de vista jurídico. En particular, la explicación atinente a la muerte violenta del menor de edad no es absurda, por lo menos en lo que atañe a la propuesta de una duda razonable.

Por el contrario, la postura sostenida a esta altura del proceso por la Fiscalía y el Ministerio Público carece de sustento racional. Ninguno de los argumentos presentes en la demanda de casación interpuesta por la fiscal delegada ante los juzgados penales del circuito de Santa Marta está llamado a prosperar, precisamente porque se sostiene en afirmaciones infundadas, de tipo irracional e incluso prejuicioso. Veamos:

4.2.1. En el proceso penal jamás se demostró la índole satánica ni la pluralidad del sujeto activo del delito.

Los testimonios que obran al respecto son, por sí solos, incoherentes. Por ejemplo, Sindry Patricia Rodríguez Escobar dijo en un principio que en el pacto satánico tenía como obligación mantener el noviazgo con Rafael Eduardo Henríquez Cabana para que este no entregara a un familiar. Al continuar su relato, sin embargo, señaló que ante la ruptura de la relación Rafael había escogido entre ella y su hermano como objeto del sacrificio ceremonial.

Gustavo Adolfo Redondo Suárez sostuvo en un comienzo que había experimentado con sectas satánicas solo cuando estuvo en Bogotá. Posteriormente, adujo que con Rafael había asistido a tales cultos después de regresar a Santa Marta.

Y Rafael Eduardo Henríquez Cabana presentó por lo menos tres versiones acerca del supuesto rito satánico. Una en la cual no sabía nada de lo ocurrido. Otra en la que el principal responsable era Alfonso Antonio Salas Correa con otros dos sujetos. Y la última, en la cual él estuvo presente, el líder era Cristopher Andretti y participaron muchos otros, entre ellos, alias Foncho y su amigo Gustavo.

Al ser confrontados, los relatos son incompatibles. Si se le diera crédito a Sindry Patricia (cuya historia se asemeja a la de un chantaje emocional a partir de fantasías de adolescentes), no se podría aceptar la versión final de Rafael Eduardo, porque para ella los satanistas eran los amigos presentados por este, dirigidos por una tal Andrea. Y si se aceptara lo dicho por Rafael Eduardo, ello reñiría con lo narrado por Gustavo Adolfo en varios aspectos, como los vínculos del primero con ritos satánicos, la participación del segundo en el sacrificio, la forma como llegó Héctor Fabio a caer en manos del culto, etc.

Las historias, en varios sentidos, también son absurdas e imposibles. Para poner un ejemplo, Rafael Eduardo Henríquez Cabana aseguró, en la narración que sirvió de soporte a la resolución acusatoria, que encontró a Héctor Fabio amordazado. Luego manifestó que intentó ayudarlo, porque su hermano le gritaba pidiéndole ayuda. Cuando en intervenciones posteriores le preguntaron al testigo acerca de tal inconsistencia, respondió que en su criterio el término ‘amordazado’ significaba estar atado de pies y manos(51). Como lo indicó el tribunal, parecía que el testigo iba acomodando poco a poco el relato para que se ajustase a un escenario más acorde con la realidad debatida.

4.2.2. A pesar de estas y otras tantas ligerezas, la Procuradora afirmó en su concepto que la historia de Gustavo Adolfo Redondo Suárez confirmaba la de Rafael Eduardo Henríquez Cabana en cuanto a la práctica, propia de los satanistas, de derramar la sangre de sus víctimas.

El razonamiento implícito es desafortunado. Como Rafael Eduardo y Gustavo Adolfo tienen en común aludir en sus testimonios a rituales satánicos, el sacrificio de Héctor Fabio estaba demostrado para la representante de la sociedad, sin importar la coherencia entre lo dicho por ambos. Si en Bogotá una secta satánica mató a un gato con el fin de beberle la sangre (que fue el relato de Gustavo Adolfo), no es menos cierto que en Santa Marta apuñalaron a un niño para hacerle otro tanto.

4.2.3. La regla, teoría o hipótesis que subyace a tal raciocinio es de índole conspirativa. Es decir, obedece a la idea, per se irracional, de que es una práctica frecuente, entre ciertos grupos con ideología religiosa que operan en la clandestinidad, la de realizar sacrificios animales y humanos.

Esta teoría fue la que en la práctica imperó en todo el desarrollo del proceso. Sin embargo, jamás fue racionalmente demostrada. Veamos:

4.2.3.1. La única razón para esgrimir que de la necropsia de Héctor Fabio Henríquez Cabana era posible extraer una preparación o sistematicidad para propiciar el abundante flujo de sangre radicó, en palabras del Ministerio Público, en el hecho de que “las heridas fueron cuidadosamente realizadas en conductos de relevante paso sanguíneo”(52).

La Sala encuentra obvio que antes de aludir a un determinado acto como indicativo de un comportamiento, práctica, costumbre o patrón, el entendimiento humano debe tener incorporado un conocimiento teórico, así sea precario, de lo que se pretende demostrar. Y, en este sentido, una teoría conspirativa como la del satanismo criminal (es decir, la que propugna por la existencia de grupos que de manera clandestina realizan sacrificios humanos) no puede probarse con la misma situación problemática que suscitó la explicación, además de que no hay razones para suponer que ritos como el atribuido en este caso sean sucesos regulares o frecuentes, ni que por ende puedan corresponder a reglas o máximas de la experiencia.

La Sala no sostiene que los homicidios rituales satánicos no existen ni que jamás han existido. Sería un imposible empírico sustentar tal negación. Son eventos posibles, aunque improbables, y por eso deben ser objeto de demostración de quien lo plantea (en este caso, del organismo encargado de derruir la presunción de inocencia).

4.2.3.2. No son demostrativos del evento menos frecuente lo dicho por Gustavo Adolfo Redondo Suárez (alusivo al sacrificio ceremonial de un gato), ni lo declarado por la experta de Medicina Legal Cristina de Jesús Acosta Hernández.

Cuando se le preguntó si la ausencia de contusiones en la cabeza de la víctima era señal de no haber sido impactada con un elemento de contundencia, esta última aseguró que “si la intensidad [del golpe] es leve, es factible que no aparezca ningún signo evidente”(53).

Teniendo en cuenta el relato de Rafael Eduardo Henríquez Cabana (según el cual Héctor Fabio, después de haber sido apuñalado, fue golpeado con una piedra para que no gritara), era de esperarse que quien lo golpeó con el elemento contundente actuara de manera categórica y dejara signos de lesiones. Sin embargo, no fue así. Pero para la representante del Ministerio Público tal circunstancia era suficiente para respaldar la credibilidad del testigo de cargo.

Por supuesto, cuando en la declaración de 26 de marzo de 2006 se le preguntó a Rafael Eduardo acerca de tal inconsistencia, ‘aclaró’ que la piedra usada por Alfonso Antonio Salas Correa era pequeña(54).

4.2.3.3. El tribunal declaró demostrado (y tanto la demandante como la procuradora ni siquiera lo cuestionaron) que, debido a un trabajo que desempeñó antes de los hechos, Rafael Eduardo Henríquez Cabana conoció al ginecólogo Marlon Martínez Hurtado y lo visitó al menos en una oportunidad en la clínica de su propiedad, lugar en donde tuvo la ocasión de adquirir todos los datos que luego brindó acerca del Cristopher Andretti, el líder de la hermandad, (como sus rasgos morfológicos, automóvil, profesión, lugar de residencia, etc.), para su identificación y posterior reconocimiento en una diligencia en fila de personas.

Si esto fue así (como en efecto ocurrió), no hay motivo razonable alguno para suponer que la última versión del sacrifico satánico expuesta por el testigo sea suficiente para destruir la presunción de inocencia.

Es posible que en estos señalamientos hayan incidido los prejuicios religiosos del pretendido delator. Según las aseveraciones de Berthilda Arias Ortega y su compañero, y también del propio testigo cuando fue vinculado a la actuación, el ambiente en el cual vivían los hermanos Henríquez Cabana era de extrema religiosidad. No es de extrañar, entonces, que la injusta e inaudita incriminación hubiera podido guardar alguna conexión en este sentido.

Nótese que cuando se refería a Cristopher Andretti, Rafael Eduardo afirmó de él otros aspectos en su opinión execrables, como ser dueño de una clínica en donde se practicaban abortos. Para ciertos cristianos, el aborto es incluso más reprochable que un homicidio, pues ni siquiera lo estiman viable para las tres excepciones previstas en la Sentencia C-355 de 2006 de la Corte Constitucional (en cambio, figuras como la legítima defensa no son lesivas para ellos del derecho a la vida). Otro ejemplo es el de las imputaciones efectuadas contra Alfonso Antonio Salas Correa y su condición de homosexual, circunstancia que para ciertos extremistas religiosos constituye una abominación, o un acto contra la naturaleza humana. La Corte, en el proceso que se le siguió a esta persona, analizó así las declaraciones que el testigo de cargo hizo en su momento:

“Ante estas circunstancias, bien hicieron los falladores de instancia en determinar el valor suasorio de las exposiciones de Rafael Eduardo Henríquez Cabana, quien en el presente asunto cambió su comprensión de los hechos de acuerdo al ánimo que le asistía y procedió a comprometer criminalmente a personas que descalifica por alguna condición personal, como ocurre con el procesado Alfonso Antonio, a quien tilda de depravado y enfermo por su condición de homosexual”(55).

4.2.3.4. Le asiste la razón al tribunal cuando sostuvo en la sentencia objeto del extraordinario recurso que en el testigo de cargo no hubo retractaciones sino tan solo contradicciones. De hecho, desde que reveló su última versión de lo acontecido, Rafael Eduardo jamás dijo algo distinto acerca de la participación y responsabilidad de Marlon Martínez Hurtado y César Rojano Rodríguez. Lo único que podría catalogarse como un acto de desdecirse de lo que ya se ha dicho es una manifestación relativa a alias Foncho (transcrita 2.9). Que en tal oportunidad haya señalado a Alfonso Antonio Salas Correa como inocente de toda vinculación con el grupo de satanistas carece en este asunto de incidencia distinta a la nula credibilidad que cualquiera de sus otras narraciones despierta.

Dicho sea de paso, no es cierto, tal como lo sostuvo la procuradora, que si Rafael Eduardo Henríquez Cabana mintió en un principio, fue debido a su participación en los hechos. La verdad es que el testigo, por lo menos en todas las intervenciones que aparecen a lo largo de esta actuación, nunca admitió contribuir dolosamente a la muerte de su hermano. El acto de entregarlo, tal como se transcribió, era para él el de permitir que Foncho, o cualquiera de la secta, lo intimidara y lo amenazara, no el de permitir que lo ejecutaran en el marco de un sacrificio ritual. Incluso cuando ‘admitió’ observar la ceremonia, Rafael tuvo la intención de ayudarlo e imploró por su vida. De esta manera, todas las mentiras que dijo en su vinculación, ampliaciones y testimonios no podían obedecer al temor de resultar implicado.

El motivo por el cual se aceptan cargos para sentencia anticipada es del fuero interno de cada uno, pero una explicación razonable en este caso es que de alguna manera él sí se reconoció jurídicamente responsable de la muerte de su hermano menor. Esto último (el allanamiento) no demuestra, en todo caso, su vinculación con cultos satánicos, como en forma desacertada lo afirmó la demandante.

4.2.3.5. Para proferir el fallo absolutorio, el tribunal no debía demostrar con absoluto poder de convicción que la autoría del homicidio del menor residía solamente en Rafael Eduardo Henríquez Cabana. Ni mucho menos que debía estar demostrada en este proceso una motivación en el sujeto activo para producir la lesión del bien jurídico, pues la Corte ha desarrollado una línea jurisprudencial en virtud de la cual el móvil en el delito de homicidio no es requisito indispensable para la configuración típica de la conducta.

En este orden de ideas, es desafortunado el argumento de que no había móvil para que el testigo de cargo le quitara la vida a su propio pariente. El tribunal, en cualquier caso, aventuró una ligera hipótesis al respecto, concerniente a la hostilidad que de acuerdo con Gustavo Adolfo Redondo Suárez había en el trato de los dos hermanos.

4.2.3.6. No es cierto, como lo sostuvo la demandante, que los rasgos de personalidad psicótica fueron esgrimidos por el ad quem para explicar la muerte del niño. El cuerpo colegiado de segunda instancia se valió de ese factor de la personalidad para desestimar la credibilidad del testigo en relación con sus señalamientos contra Martínez Hurtado y Rojano Rodríguez. Este criterio es admisible para la valoración crítica del testimonio, según lo establecido por el artículo 277 del Código de Procedimiento Penal.

Pero aun en el evento de concluir que las propuestas de solución del tribunal no eran las más adecuadas, no sobra destacar que existirían otras hipótesis por las cuales el testigo hubiera podido cometer el injusto y, al mismo tiempo, disfrazar lo hecho como satanismo o señalar a otros como perpetradores de un sacrificio humano. No obstante, insiste la Sala, es irrelevante si Rafael Eduardo Henríquez Cabana mató a su hermano Héctor Fabio debido a una rivalidad existente entre los dos, o a una manifestación de rebelión (consciente o inconsciente) hacia la extrema religiosidad de su familia, o a un problema de psicosis, o a otro rasgo complejo que luego ocultara, distorsionara o justificara con elementos fantasiosos acerca del satanismo, etcétera.

Lo importante, en este asunto, es que ningún medio probatorio soporta racionalmente un fallo de condena contra los procesados.

4.2.3.7. En cuanto a las inspecciones judiciales, si en la playa en donde supuestamente tuvo lugar el sacrificio de Héctor Fabio hay tierra, y no arena, es una circunstancia que carece de trascendencia para los efectos de demostrar un error, pues ni ello ni cualquier otro aspecto de dicha diligencia desvirtúan la teoría del ad quem de acuerdo con la cual el delito se consumó en el mismo sitio en donde fue hallado el cadáver.

Y que el espacio de este último fuere concurrido e iluminado le representaría a un sujeto activo individual el mismo inconveniente de cometer el injusto que a una colectividad el acto de dejar botado el objeto material de un delito de homicidio consumado en otro lado, dadas las circunstancias en las que fue hallado el cadáver. En todo caso, la demandante no tuvo coherencia con este argumento, pues adujo que las circunstancias de luminosidad y concurrencia de pública le representaría inconvenientes a un sujeto plural activo. El tribunal jamás afirmó que Héctor Fabio Henríquez Cabana murió en el lote como resultado de la obra conjunta de varios individuos, sino como el fruto de la acción de una sola persona, su hermano.

4.2.3.8. Tampoco demuestra que el hecho violento debió cometerse en otro lado la declaración de José de Jesús Ariza Arévalo, abuelo putativo de los hermanos Henríquez Cabana. En su opinión, cuando observó la escena donde apareció el cuerpo sin vida del menor, había “un pequeño charco de sangre que no correspondía a toda la sangre de él”(56). Así mismo, aseguró que “las heridas habían sido realizadas de manera pausada [...], prácticamente como una tortura”(57).

El testigo no era experto ni perito calificado para otorgar con mérito suasorio tal tipo de conclusiones. De hecho, esta persona también sostuvo: “[a]l mirar el estado en que quedó el cadáver del niño, lo primero que pensamos fue en una secta satánica”. Esta teoría (la de la acción criminal de un grupo satánico) es en esencia la misma que plantearon en este asunto los intérpretes de la norma. En ningún momento, sin embargo, tal propuesta de solución estuvo apoyada en algún fundamento serio o siquiera fue sometida a una crítica racional.

4.2.3.9. No constituye un indicio grave de responsabilidad contra Marlon Martínez Hurtado que el adquirente de su vehículo lo haya vendido poco tiempo después por un menor valor al del precio de compra. Si en el peor de los escenarios se demostrase que mintió acerca de esta circunstancia, la irrelevancia de la misma seguiría indemne, porque no convertiría automáticamente la incriminación de Rafael Eduardo Henríquez Cabana en verdadera, ni la hipótesis de la autoría individual en falsa o improbable.

Es más, aun en el evento de no descartarse en este particular caso la hipótesis de una teoría conspirativa, habría simplemente que aplicar el principio de economía, lex parsimoniae o rasero de Occam, según el cual siempre deberá escogerse la teoría o conjetura más sencilla entre todas aquellas que en igualdad de condiciones puedan explicar un mismo acontecimiento. Y aunque la hipótesis de un homicidio ritual satánico cometido por un grupo secreto de confabulados fuese tan plausible como la descrita por el tribunal de un joven que mató a su hermano menor en un hecho aislado y de corte individual, seguiría siendo razonable escoger esta última como la más ajustada a la realidad de los hechos, incluso si el fallo impugnado no disfrutase de la presunción de acierto y legalidad.

4.2.3.10. En lo concerniente a los libros Los versos satánicos de Salman Rushdie, La semilla del diablo de Ira Levin y La lucha contra el demonio de Stefan Zweig, incautados en la residencia de Alfonso Antonio Salas Correa, es aquí donde más fácil se advierte la postura ideológica de la demandante y de la delegada del Ministerio Público.

Al analizar los contenidos lógico-objetivo de tales obras, acerca de los cuales ni siquiera viene al caso profundizar, salta a la vista que el hecho de poseerlas no alude, ni para el tenedor ni mucho menos para terceros, a vínculos con cultos satánicos dedicados al sacrificio humano.

La fiscal, no obstante, concluyó todo lo contrario, porque en su opinión tales obras “en cierta manera niegan la existencia de Dios o propugnaban por su derrota”(58). Por su parte, la procuradora invitó a la Corte a estudiar con cuidado “esa situación dentro del contexto de las circunstancias del caso”(59).

Como el contexto de las circunstancias es el de la convicción, en este asunto infundada, de un homicidio ritual satánico, es oportuno que la Sala les recuerde a los servidores públicos acerca de la necesidad de no transgredir el principio democrático de laicidad, o modelo de separación entre la Iglesia y el Estado.

El principio de laicidad es aquel que busca circunscribir la religión a la esfera de la vida privada del individuo y, al mismo tiempo, inculcar una neutralidad absoluta de las relaciones entre los funcionarios públicos y demás asociados, no solo en relación con las creencias religiosas, sino también frente a las posiciones de los agnósticos y ateos. De esta manera, el Estado no debe intervenir en asuntos religiosos y, a su vez, posturas de esta índole no pueden ser parte de la cuestión pública, ni mucho menos justificar los actos políticos, los conceptos jurídicos o las decisiones judiciales, bajo ningún disfraz o criterio en apariencia desprovisto de tales inclinaciones.

Cuando la demandante (que es una servidora de la Fiscalía General de la Nación) quiere discutir a modo de indicio en un proceso penal el propósito de ‘negar la existencia de Dios o propugnar por su derrota’ y, con fundamento en este y en otros medios probatorios, obtener la condena de dos personas a 30 años de prisión como autores de lo que podría catalogarse un homicidio ‘satánico’ (en un sentido de completa oposición a los valores cristianos y de realización de actos nefandos), salta a la vista que el principio de laicidad está siendo menoscabado.

Todos los funcionarios públicos que intervienen en el proceso penal, pero en especial el juez, deben abordar de manera razonable la racionalidad de los demás. Sobre todo, al apreciar los elementos de prueba que atañen a otros modelos de vida o culturas disímiles a la propia, no pueden dejarse llevar por creencias, supersticiones o fábulas, ni mucho menos tratar de imponer criterios valorativos que respondan a paternalismos éticos, impulsos teocráticos o sentimientos de superioridad moral que riñen con el modelo de vida de cada uno e ignoran la realidad de una sociedad plural como la colombiana.

Por eso la Corte hace un llamado a todos los funcionarios públicos para que, en sus intervenciones, conceptos, actos, resoluciones y providencias, se guíen únicamente por la razón como criterio rector del sistema jurídico, sin perjuicio de sus convicciones o creencias particulares.

4.3. En este orden de ideas, como la Sala no advierte error probatorio alguno en la sentencia dictada por el juez plural, no la casará en razón del único cargo planteado en el escrito de demanda, ni tampoco en virtud de la protección de garantías judiciales.

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal,

RESUELVE:

NO CASAR el fallo dictado por el Tribunal Superior del Distrito Judicial de Santa Marta.

Contra esta providencia, no procede recurso alguno.

Notifíquese y cúmplase».

(3) Folio 179 del cuaderno V de la actuación principal.

(4) Folio 12 del cuaderno I de la actuación principal.

(5) Folio 13 ibídem.

(6) Folios 23-24 ibídem.

(7) Folio 25 ibídem.

(8) Folio 26 ibídem.

(9) Ibídem.

(10) Folios 121-122 ibídem.

(11) Folio 37 ibídem.

(12) Folio 38 ibídem.

(13) Folio 42 ibídem.

(14) Folio 41 ibídem.

(15) Folio 53 ibídem.

(16) Ibídem.

(17) Folios 107-108 ibídem.

(18) Folio 698 del cuaderno II de la actuación principal. En el mismo sentido, folios 241-241 del cuaderno I de la actuación principal: “Es de anotar que Rafael Eduardo estuvo practicando el satanismo cuando estaba en el Hugo J. Bermúdez, pero después entró a la iglesia evangélica e hizo un testimonio de arrepentimiento que hacen ellos, él tocaba el piano de la Iglesia, pero él allá en la casa donde vivíamos nos dio muestras de comportamiento de haber seguido en el satanismo”.

(19) Folio 65 del cuaderno I de la actuación principal.

(20) Folios 64-65 ibídem.

(21) Folios 66-67 ibídem.

(22) Folio 67 ibídem.

(23) Folio 67 ibídem.

(24) Ibídem.

(25) Folio 79 ibídem.

(26) Folio 77 ibídem.

(27) Folios 175-176 ibídem.

(28) Folio 176 ibídem.

(29) Folio 340 del cuaderno II de la actuación principal.

(30) Folio 342 ibídem.

(31) Folio 368 ibídem.

(32) Folios 368-370 ibídem.

(33) Folios 934-955 del cuaderno III de la actuación principal.

(34) Folio 173 del cuaderno V de la actuación principal.

(35) Folios 419 y 437 del cuaderno II de la actuación principal.

(36) Folio 421 ibídem.

(37) Folio 657 ibídem.

(38) Folios 19-23 del cuaderno del tribunal.

(39) Folio 31 del cuaderno del tribunal.

(40) Ibídem.

(41) Folios 106-107 del cuaderno V de la actuación principal.

(42) Folio 242 del cuaderno I de la actuación principal.

(43) Folio 111 ibídem.

(44) Ibídem.

(45) Folio 698 del cuaderno II de la actuación principal.

(46) Folio 42 del cuaderno del tribunal.

(47) Folio 987 del cuaderno III de la actuación principal.

(48) Folios 647-648 del cuaderno II de la actuación principal.

(49) Folio 27 del cuaderno IV de la actuación principal.

(50) Folios 45-46 del cuaderno del tribunal.

(51) Folio 938 del cuaderno III de la actuación principal: “Amordazado es la persona que estaba atada de pies y manos, me imagino yo”.

(52) Folio 27 del cuaderno de la Corte.

(53) Folio 75 del cuaderno V de la actuación principal.

(54) Folio 949 del cuaderno III de la actuación principal.

(55) Sentencia de 21 de julio de 2010, Radicación 30331. En esta providencia, sin embargo, la Corte no analizó el problema de la teoría conspirativa del homicidio ritual satánico.

(56) Folio 698 del cuaderno II de la actuación principal.

(57) Ibídem.

(58) Folio 84 del cuaderno del tribunal.

(59) Folio 55 del cuaderno de la Corte.