Sentencia 3140 de noviembre 9 de 1990 

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA

SALA DE CASACIÓN CIVIL

CAUSALES DE SEPARACIÓN DE CUERPOS

EL CONCEPTO DE INFIDELIDAD MORAL

EXTRACTOS: «2. Si bien es cierto que el numeral 3º del artículo 4º de la Ley 1ª de 1976 es claro al definir, como causal de separación, la agresión injuriosa de uno de los cónyuges al otro, sea de obra o simplemente utilizando palabras, también es igualmente claro que la referida disposición alude a todas aquellas ofensas o menoscabos que, proviniendo de hechos aislados o de actitudes más o menos prolongadas en el tiempo, importan agraviar el honor o el sentimiento de íntimo decoro a los que cualquier persona, por el hecho de ser tal, tiene derecho incuestionable, desde luego en la medida en que, tanto por su trascendencia como por su intensidad-valoradas ambas en consonancia con criterios que la constante doctrina jurisprudencial de la Corte ha señalado en multitud de pronunciamientos (v. gr., las sentencias de 26 de julio de 1929, 17 de febrero de 1930, 26 de julio de 1930, 23 de mayo de 1933, 4 de junio de 1937, 7 de mayo de 1979 y 22 de julio de 1986) refiriéndolos a las particulares circunstancias del caso y en especial al estado social, a la educación y a las costumbres de los esposos-tales vejámenes revistan verdadera gravedad y, además, sean de envergadura hasta el punto que, para el cónyuge ofendido, hagan imposible continuar la comunidad de vida con el ofensor.

De aquí, entonces, la notable amplitud que es forzoso imprimirle a la expresión legislativa “... trato cruel...'''' para definir la aplicación de ésta, la tercera, de las causales de separación de cuerpos enumeradas por el artículo 154 del Código Civil, en concordancia con el numeral 1º del artículo 165 del mismo estatuto (textos de los arts. 4º y 15 de la L. 1ª/76), toda vez que al amparo de este concepto y sobre la base de que los actos ultrajantes de carácter puramente físico adquieren relevancia como expresión de “...los maltratamientos de obra (...)”, entran a jugar papel preponderante un conjunto de actos, más de índole moral y puestos de manifiesto en palabras o comportamientos, que realizados sin causa legítima sean capaces de herir la justa susceptibilidad del otro cónyuge, independientemente de que arremetan contra la persona de este último, contra su familia, contra sus costumbres o contra su manera individual de ser, de pensar o de sentir; el inventario de supuestos es de suyo extenso y no parece posible enlistarlo en una enumeración exhaustiva, pero no cabe la menor duda que, encabezándolo, siempre estarán aquellos casos, por cierto muy frecuentes en nuestro medio y que los tribunales son proclives a juzgar con demasiada benevolencia, de faltas ostensibles y continuadas contra el decoro, el respeto mutuo y la consideración que la mutua fidelidad exige en la conducta de quienes son esposos entre sí, faltas que por lo común se hacen explícitas en actitudes que, así constituyan el contexto circunstancial antecedente o subsiguiente de adulterio que el paso del tiempo obliga a tener por consentidos, relevan absoluto desprecio por la persona del cónyuge inocente, como podría suceder, por ejemplo, cuando alguien responsable confeso de violaciones groseras del deber de fidelidad matrimonial pero jurídicamente protegido por la caducidad sostuvo en el pasado sucesivas relaciones amorosas con personas distintas a su cónyuge y en la actualidad persiste en asumir actitudes que, inherentes a esa misma situación y por la pública notoriedad que revisten, engendran vergüenza y humillación en aquél.

En síntesis, valdrá siempre distinguir con cuidado las dos maneras en que la infidelidad, en materia matrimonial, puede presentarse. La primera, llamada infidelidad material, equivale al adulterio, queda configurada al mediar relaciones sexuales extraconyugales de cualquiera de los esposos, probadas fehacientemente, y su régimen, en cuanto causa legal determinante del derecho de demandar la separación de cuerpos, se encuentra previsto en el num 1º del artículo 154 del Código Civil; por el contrario, la infidelidad moral, constitutiva de agravios y en tal concepto también motivo legal para ejercitar dicho derecho con fundamento en el numeral 3º del artículo recién mencionado podrá tenerse por acreditada con la demostración de todos aquellos hechos que, poniendo al descubierto un profundo menosprecio del que uno de los cónyuges hace objeto al otro, tienen su fuente en comportamientos incompatibles con el deber de fidelidad conyugal, pero siempre en el entendimiento—se repite—que conductas pulposas de esta especie únicamente podrán dar lugar a la separación si, en virtud de las secuelas que acarrean, la unidad de vida matrimonial se perturba de modo tal que al otro cónyuge, y frente a este estado de cosas impuesto y mantenido por voluntad de uno de ellos, no pueda exigírsele la continuación de la relación porque ya no le es posible tratar al ofensor con el amor y atención que según la esencia del matrimonio, entre sí se deben los casados.

3. En este orden de ideas, tratándose de procesos de separación de cuerpos por causa de ultrajes, ofensas o crueldad en el trato que “...hacen imposibles la paz y el sosiego doméstico...“ el objeto final de la prueba no es otro distinto que el de llevar al ánimo del juzgador la certeza acerca de la existencia de un estado de intenso alejamiento entre los cónyuges, motivado por la conducta de uno de ellos que ha roto, de hecho, ese vínculo de mutua consideración indispensable en la vida matrimonial; en otras palabras, es en últimas el radical distanciamiento personal de los esposos—originado en el proceder injusto de uno de ellos e incompatible con la armonía, el respeto y el afecto espiritual que han de presidir el desenvolvimiento de las relaciones maritales— la pauta decorosa básica que, ante controversias de esta clase, debe inclinar el pronunciamiento judicial, elemento éste sobre el cual obran en estos autos importantes argumentos de prueba, como lo son los testimonios mencionados que, en su conjunto, suministran suficientes argumentos de prueba sobre el comportamiento indebido de la demandada, incurriendo así en una conducta que sin duda alguna cabe enmarcar dentro del numeral 3º del artículo 154 del Código Civil, tantas veces mencionado.

Con relación a este tipo de faltas como causal para decretar la separación de cuerpos, en sentencia del 19 de julio de 1989 la Corte señaló lo siguiente:

“...la infidelidad, cuando se materializa en adulterio, se rige por el numeral 1º. de la ley citada, y cuando no llega a concretarse así o no se logra la prueba plena y completa del acto podrá significar un ultraje o injuria grave tratada por el numeral 3º de la misma ley.

Acerca de esta última situación, ha dicho la doctrina jurisprudencial que hay conductas que, sin embargo de no ser constitutivas de relaciones sexuales con personas distintas del cónyuge, sí lo son de injuria grave contra la dignidad del honor conyugal, cuando ellas tengan la suficiente connotación de crear apariencias comprometedoras o lesivas para uno cualquiera de los casados.

En este sentido, se considera como tales aquellos comportamientos contrarios al decoro, respeto mutuo, recato y, en fin, a la consideración que se debe los cónyuges, ocasionados con palabras, con escritos, hechos o actitudes, cuando revistan el calificativo graves según las circunstancias particulares esto es, acuerdo con la educación y estado social de los casados, con costumbres y tradiciones, con el entorno o ambiente, etc., los cuales, repítese, aunque no alcanzan a configurar trato sexual alguno, por lo n nos constituyen violaciones al deber de fidelidad moral, como quiera que, por ejemplo, cualquier relación aun simplemente sentimental con persona diferente al cónyuge, bien puede crear la apariencia el aspecto exterior de una relación amorosa y, I ende, herir la susceptibilidad del cónyuge inocente”.

(Sentencia de noviembre 9 de 1990. Expediente 3140. Magistrado Ponente: Dr. Carlos Esteban Jaramillo Schloss).

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