Sentencia 6490 de abril 27 de 1994 

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA

SALA DE CASACIÓN LABORAL

SECCIÓN SEGUNDA

ORDENES AL TRABAJADOR

RESPETO A SU DIGNIDAD

EXTRACTOS: «De ninguno de los hechos afirmados en la demanda resulta la confesión de una circunstancia de incompatibilidad, sino la afirmación del abusivo desconocimiento por parte del patrono de sus obligaciones contractuales. Para convencerse que esa y no otra es la intención que anima las aserciones de la demanda inicial, basta tomar en consideración las manifestaciones que se hacen en el quinto y sexto de los hechos de la demanda, en los que aparece dicho textualmente por el actor que “desde dos meses anteriores a la terminación de su contrato”, el gerente lo destinó “a trabajar en el taller de la empresa, (en) labores diferentes a las contratadas, y en ningún momento producto de la reorganización técnica, económica, etc., de la misma, por cuanto es conocido que tales labores son cumplidas por medio de unos contratos con terceros, ajenos a trabajadores de la misma” y que “finalmente el 12 de junio de 1991, contrariando todos los principios de respeto humanos y laborales, el señor gerente ordenó al trabajador, para que le hiciera limpieza al vehículo de su propiedad conforme lo afirma en la respectiva acta de cargos y descargos de la misma fecha, labora (sic) que naturalmente no podía cumplir (...), por obvias razones, y principalmente por no ser sus funciones” (fl. 21). Bajo esta perspectiva resulta por demás claro que lo aceptado en el hecho tercero de la demanda, o sea, que el trabajador se negó “a cumplir órdenes personales y caprichosas del señor gerente, jamás propias de una relación laboral y menos con una empresa” (ibídem), está circunscrito a su negativa a efectuar la limpieza del vehículo de propiedad del gerente. Incumplimiento del trabajador que se fundó en la consideración por parte de éste —y sin que le falta razón al así considerarlo— de no ser la misma una orden de aquellas que pueden lícitamente darse por ser inherentes a la relación de trabajo y estar, por consiguiente, implícitas dentro de la facultad subordinante y la ejecución de buena fe del contrato de trabajo.

No sobra anotar que ni el empleador ni sus representantes se encuentran autorizados, para, so pretexto de la subordinación en que se halla el trabajador, impartirle cualquier orden no importa qué tan ajena sea a la relación laboral.

El principio de buena fe que inspira la ejecución de cualquier contrato, pero de manera específica y primordial el contrato de trabajo dadas sus peculiares características, no autoriza para incurrir en desafueros, o para que el empleador —o quienes para efectos laborales llevan su representación y por lo mismo pueden impartirle órdenes al trabajador e imponerle reglamentos— pueda a su amaño desvirtuar la razón de ser del contrato de trabajo. De la ejecución de buena fe del contrato de trabajo no emana, pues no es propio de la relación jurídica ni por ley le pertenece, la facultad por parte del empleador de desconocer la dignidad del trabajador. La continuada subordinación o dependencia del trabajador respecto del patrono, que como bien lo dice el artículo 23 del Código Sustantivo de Trabajo, “faculta a éste para exigirle el cumplimiento de órdenes en cualquier momento, en cuanto al modo, tiempo o calidad de trabajo”, sólo puede ser rectamente entendida cuando dicha facultad tiene como mira la cabal ejecución del contrato y no su desconocimiento abusivo.

Falta a esa buena fe en la ejecución del contrato el empleador, o el representante suyo, que so capa de la subordinación en que se halla el trabajador pretende impartirle órdenes que para nada se relacionan con el contrato de trabajo. La dignidad del ser humano que vive de su trabajo obliga a que las órdenes laborales que reciba no afecten su honor ni desconozcan sus derechos mínimos, conforme lo establece ahora perentoriamente el artículo 23 del Código Sustantivo de Trabajo, en la forma en que fue modificado dicho precepto por el artículo 1º de la Ley 50 de 1990. Este principio cardinal de respeto a la dignidad y al honor del trabajador, no es, en rigor, una innovación de nuestra ley positiva, aun cuando justo es reconocerlo que quizá por primera vez se consagra un texto tan expreso que tal cosa disponga.

Para los efectos del examen de la prueba que se hace es suficiente en este caso recordar, sin que sea necesario acudir a la transcripción de los fallos donde se ha consignado dicha jurisprudencia, que al reconocer el denominado “ius variandi” la Corte le ha puesto siempre como condición el que su ejercicio deba estar guiado “por razones objetivas, humanas o técnicas, de organización o producción”, y jamás como una extravagante potestad por parte del empleador para impunemente causarle agravio a su trabajador.

Cuando una orden del patrono se sale tan ostensiblemente de las que son obligaciones legales y contractuales del trabajador, como en este caso aparece, la simple desobediencia de éste, no acompañada de actos de violencia o agresión, no puede constituir motivo válido para justificar su despido y muchísimo menos para edificar sobre tan falso y deleznable presupuesto una circunstancia de incompatibilidad. Si así fuera le sería muy fácil a un empleador que ha cobrado malquerencia a un trabajador suyo crear a su amaño circunstancias de incompatibilidad, pues le bastaría darle una orden que sabe no va a ser cumplida por el empleado, por mostrarse ella totalmente ajena a sus deberes y a la ejecución de buena fe del contrato de trabajo, para enervar su acción de reintegro».

(Sentencia de casación, abril 27 de 1994. Radicación 6490. Magistrado Ponente: Dr. Rafael Méndez Arango).

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