Sentencia 7187 de julio 4 de 2002 

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA

SALA DE CASACIÓN CIVIL

JUSTO TÍTULO

CARECE DE ESTA CALIDAD LA VENTA DE MERAS ACCIONES Y DERECHOS

EXTRACTOS: «En el cargo se protesta que el tribunal pase por justo título la mera negociación de los “derechos y acciones” que a título de herederos les cupiere a los vendedores en el inmueble.

Y la verdad es que, si como es admitido por todos en este pleito, en el contrato que esgrime el demandado alude a la venta, no del bien en sí, sino de aquellos derechos y acciones, eso sólo, por encima de cualquiera consideración, elimina la posibilidad del título que con el carácter de justo exige la prescripción adquisitiva de corto tiempo. Pues resulta coruscante que el convenio celebrado en dichos términos, no puede considerárselo apto, ni siquiera en apariencia, para servir de medio de traslación, no de meros derechos de posesión, sino del dominio, debe seguirse, tiene que seguirse en acato de las voces del artículo 765 del Código Civil, que aquí no se presentó título idóneo a dichos efectos. Y naturalmente que cuando el código aborda en el artículo siguiente la labor de decir cuáles títulos no son justos, parte de la premisa de que haya, obviamente cuando se encara el caso de los traslaticios, no un título cualquiera, sino uno que, teniendo simiente en un acto jurídico del enajenante, posea virtualidad para una ulterior transmisión de la propiedad. En bien de la brevedad, siempre se requiere una relación jurídica con el antecesor de la posesión, sendero por el que tratará de explicar el poseedor regular cómo entró en posesión de la cosa.

Dicho en otros términos, no puede haber justo título en quien celebra un negocio que, por su propia naturaleza, le está diciendo de antemano que el objeto de transmisión no es la cosa misma sino los escuetos y eventuales derechos que llegaren a corresponderle al enajenante que de ese modo habló. Porque solamente es justo el título que hace creer razonadamente en que se está recibiendo la propiedad; y que si a la propiedad no se llegó a la postre, se debió, antes que por defecto del título, a la falencia en la tradición; caso elocuente el del tradente que, siendo apenas poseedor, no es dueño de la cosa, y mal pudo transmitir esta calidad (nemo plus jure trasfere potest quam ipso habet); obsérvese que en este evento trata el obligado de cumplir con lo suyo, cual es el de hacer dueño a otro, quien a su turno espera, fundadamente porque a eso se obligó el otro contratante, convertirse en tal mediante la tradición. Todo dispuesto como para hacerse propietario; sólo un valladar lo impide, pues que a la larga falla la tradición.

En una palabra, recibe el nombre de justo título traslaticio el que consistiendo en un acto o contrato celebrado con quien tiene actualmente la posesión, seguido de la tradición a que él obliga (C. C., inc. 4 del art. 764), da pie para persuadir al adquirente de que la posesión que ejerce en adelante es posesión de propietario. Precisamente por esta condición especial es que la ley muestra aprecio por tal clase de poseedores, distinguiéndolos de los que poseen simple y llanamente; y denominándolos regulares los habilita para que el dominio que, en estrictez jurídica no les llegó, puedan alcanzarlo mediante una prescripción sucinta, que, para el caso de los inmuebles, es de diez años. Salta al punto la esclarecedora idea que Andrés Bello quiso que en materia posesoria figurase en el Código Civil Chileno, pues el artículo 830 del proyecto correspondiente al año 1853 establecía tres clases de posesión, a saber: la que va unida al dominio, que es la ejercida por el verus domino; la que ejerce quien no es dueño pero tiene justo título y buena fe, denominada posesión civil; y, por último, la que ejerce quien ni es dueño ni tiene justo título o buena fe, llamada posesión natural. Y aunque finalmente no quedó consagrada esa brillante división tripartita de la posesión, el caso es que la mencionada en segundo término quedó a la postre denominada como posesión regular.

Lo que realmente acontece con el justo título es que la ley, sabedora como está de que el poseedor no se ha hecho al dominio por razones puramente jurídicas, no desea extremar su rigor y viene entonces en pos de quien tenía razones creíbles para pasar por propietario, sin serlo, permitiéndole la posibilidad de una prescripción más generosa en cuanto a su duración; para decirlo de una vez, es esta otra de la ocasiones en que la ley mira con buen favor las situaciones que crea la apariencia, pues fundada como puede estar ésta en la falibilidad humana, se cuida de calificarla como infértil del todo. Le atribuye uno que otro efecto jurídico, más o menos importante: en la de ahora se patentiza con la dulcedumbre con que la ley mira a ese poseedor, distinguiéndolo del de posesión simple, esto es, carente de justo título.

Para compendiar, nada mejor que remembrar el criterio que al respecto ha plasmado desde vieja data esta corporación, al asegurar que “la teoría del justo título posesorio está predicada como elemento para ganar el dominio por la usucapión cuando no es verdadero dueño quien vende y entrega a quien recibe de buena fe y, sin embargo, no adquiere la propiedad en el acto, porque nadie puede recibir lo que no tiene su autor” (sent. de feb. 27/62, XCVIII, 52).

Ya es hora de señalar derechamente que el tribunal se equivocó porque en vez de indagar qué es lo que vende un heredero, simplemente se contrae a averiguar si éste en verdad lo es, para concluir en caso afirmativo que ese mero hecho, de suyo demuestra que el título es justo. Su apotegma es, pues, el siguiente: cada vez que un heredero, siendo tal, efectúe una operación jurídica con un tercero, éste se hace a un título justo. No se da cuenta que la estructura del justo título cabalga sobre el pensamiento de que la operación jurídica pertinente debe tener por objeto la transferencia del dominio o cualquier otro derecho real. De donde se sigue que no toda negociación jurídica sirve de justo título, pues carecen de esta cualidad las que, como la venta de meras acciones y derechos sobre las cosas, no tienen por objeto la transferencia del dominio de la cosa en sí; lo que allí se pretende ceder es el derecho que al heredero le pueda corresponder, y naturalmente que el comprador respectivo ha de saber que su derecho no es el real de dominio sobre el bien, sino simplemente el eventual que le llegare a corresponder al heredero.

Por ahí mismo se explica el error a que tal apreciación condujo al tribunal para afirmar luego que si el título es injusto cuando el heredero es putativo, debe ser justo el del heredero real y verdadero. En tal argumento de contraste se agazapa un sofisma, porque se echa a perder la premisa mayor, cual es el de que sin título traslaticio o constitutivo de dominio no hay para qué entrar a establecer justeza alguna del título para los efectos de la posesión regular; sencillamente, cuando el título no ostenta tal condición, y antes que tener siquiera la aptitud para generar el derecho real de dominio, pretende transmitir es meros derechos y acciones, se descarta de plano el justo título.

De modo que grueso fue el error hermenéutico del tribunal, y resultó distorsionando las normas que gobiernan la posesión regular, exactamente en el punto inherente a lo que debe entenderse por título justo. Por lo que este cargo prospera y será necesario entonces casar el fallo impugnado».

(Sentencia de casación, 4 de julio de 2002. Expediente 7187. Magistrado Ponente: Dr. Manuel Ardila Velásquez).

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