Sentencia de casación de octubre 22 de 1993 

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA 

•SALA DE CASACIÓN PENAL

INDICIOS

NATURALEZA PROBATORIA

EXTRACTOS: «a) Tal como se confeccionó la demanda, en la cual la única alegación consistía en negarle al indicio su naturaleza de medio probatorio, el recurrente, al señalar que el fallo había tenido por único fundamento esta clase de comprobación, estaba obligado a señalar de manera concreta los “indicios” recogidos a este fin por el Tribunal, a efecto de poder la Sala cumplir con una confrontación de verdad en el aserto y señalar un posible desacierto en el casacionista al tomar por indicio lo que no se asumió en igual nivel probatorio por el fallador.

b) La forma como el legislador, en definitiva, se ha referido en el Código de Procedimiento Penal a los indicios (libro I, título V —pruebas—, cap. I, principios generales; cap. II, inspección; cap. III, prueba pericial; cap. IV, documentos; cap. V, testimonio; cap. VI, confesión; y cap. VII, indicios), obliga a estimar los mismos en esa su especificada calidad de “prueba”, de “medio de prueba” de “probanza”, de “recaudo o acervo de certeza”, etc. Pretender, con inclusión tal acompañada de un lineamiento de definición del concepto y de las formas más esenciales que deben considerarse en su producción y valoración, que ello no comporta la singularización de un idóneo y calificado elemento de prueba, es negar lo evidente. Es imposible que desarrollando el legislador el instituto de las pruebas, se vaya a referir a algo, en este título, que no represente esa connotación y no cumpla con ese especial y propio cometido. De los indicios se puede decir, en contra, lo que se quiera y pocas de sus apreciaciones, cuando tienen un contenido de sensatez y de crítica jurídica, no suscitarán enjundiosa controversia; pero no es dable iniciar ese cuestionamiento negando, al menos en nuestro Código de Procedimiento Penal, su legal carácter de medio de prueba.

¿Tendrá alguna explicación distinta a la ya anotada, destacándose como se destaca esa específica y diciente ubicación y el previsor afán de fijar sus “elementos” —art. 300—; el indebido fraccionamiento de un hecho indicador para hacerlo servir como pluralidad de indicios —art. 301—; la exigencia de la válida demostración del hecho indicador —art. 302— y lo referente a la “apreciación de los indicios” —art. 303—? Posición contraria no pasa de ser o una audacia argumentativa o una insensatez mental.

Pero es más, todo ese fundamental aprestamiento legislativo debe servir para algo y no se concibe racionalmente que esa finalidad no conduzca a nada cierto en cuanto a su visible efecto, o sea, establecer, demostrar, comprobar, fijar, etc., objetivos del proceso, los cuales se resumen, a la postre, en una declaratoria o negación de “certeza del hecho punible y la responsabilidad del sindicado” —art. 247—.

c) El aparte del art. 248, tomado como decisivo para despojar al indicio de su mérito de medio de prueba (“los indicios se tendrán en cuenta al momento de realizar la apreciación de las pruebas siguiendo las normas de la sana crítica”), es una adición intrascendente y en la cual la palabra no logró traducir la idea que se quería expresar. Cierto, porque como está redactado el aparte, este tolera múltiples interpretaciones pero nunca la de servir al pretendido fin de no poder justipreciar el indicio como prueba. A ese respecto podría destacarse, aunque los aspectos traduzcan perogrulladas, que se quiso imponer la evaluación de los indicios al momento de apreciarse las demás pruebas, en otros términos, que no debe hacerse interpretación separada dentro del haz probatorio de un proceso; o, que la evaluación surgiera cuando se requiriese, esto es, al momento de tomarse la determinación que en ello se apoyare, v.gr., resolver una situación jurídica, calificar un sumario, dictar una sentencia; o, también entender la advertencia como la necesidad de analizar el indicio simultáneamente con la prueba que lo establece; o, que el análisis no descuidase el equilibrio conceptual de indicios y contraindicios; o, finalmente, para no abundar en más deducciones, advertir la necesidad de someter el indicio a una rigurosa sana crítica.

Pero, todo ello, dígalo o no la comentada fracción del artículo 248, tiene que asumirlo el juzgador porque la prueba de indicios, como todo medio de comprobación, tiene su metodología teórica y práctica, técnica y científica, que no puede dejar de consultar y aplicar el que conoce de un juicio penal. Por eso resulta estéril pretender como descubrimiento dialéctico-probatorio, en este segmento, la consagración de una variante legislativa que se traduce en considerar el indicio, no como medio de prueba, sino como “actividad del raciocinio sobre un medio de prueba” o “juicios de valor que permiten realizar conclusiones que tienen valor probatorio”, pues esto tiene que decirse también y con igual sentido, de la pericia, de la confesión, de los testimonios.

d) La tendencia constante de la justicia es abrirse a los nuevos aportes de la ciencia, mientras estas se compatibilicen con la dignidad del hombre, y no cerrarse a sus progresos. A la verdad no hay que temerle y menos cuando se impone como meta imprescindible en los procesos de justicia, especialmente en el campo penal en donde tantos valores y bienes entran en juego y corren el riesgo de afectarse de manera fundamental y hasta irreversible.

Si se quieren apariencias de justicia o se procura que ésta no logre sus propósitos, está bien que alguien se esmere por privar al juez de medios para desentrañar los hechos sometidos a su conocimiento. Pero todavía no se está en este espacio histórico y antes bien todos los ordenamientos legales escancian posibilidades de saber, en un conflicto, de qué lado está el derecho, la ley y la justicia.

La prueba de indicios, como amplia categoría de medios jurídicos para hacerse a la verdad, se muestra par de otras recogidas por nuestro estatuto: inspección judicial, testimonio, confesión, pericia, documentos. Su resultado óptimo o despreciable no depende tanto del medio abstractamente considerado, como sí de la idoneidad en su producción y la calidad, perspicacia, poder crítico y evaluativo de quien maneja este invaluable instrumento y debe hacerle servir sus fines propios. Nunca puede afirmarse, a no ser que se desconozca su esencia, que su naturaleza (y de ahí su riesgo y menosprecio) sea equivalente a “sospecha, conjetura, suposición, suspicacia”, o que se trata de un artificio de convicción de origen subjetivo o que sólo responda a incontrolables impulsos personales. No. La prueba de indicios se ha vuelto tan importante e imprescindible porque, precisamente, se suele nutrir cada vez más de la tecnología y la ciencia modernas. Y, además, tiene una tan amplia historia que antecede a muchos otros elementos de prueba. El hombre estableció comparaciones ciertas, que le ayudaron a conformar un estado social respetable, antes de darle denominación y reglas jurídicas. Este abolengo se destaca cuando se recuerda que en el siglo XVI se produjo su “más exacta noción y valoración” y que su manejo está cimentado en un proceso de inducción lógica que opera a base del silogismo, en el cual la premisa mayor está dada por reglas de experiencia, sentido común, ciencia, y la premisa menor por circunstancias ciertas, probadas, relevantes que, en el proceso penal, de modo prioritario se relacionan con situaciones del procesado. Su reducción taxativa a clasificaciones (recordar la antigua “tabula indiciorum” de Francisco Casoni) es “vana labor... que, por muy extensa que fuere, nunca recogería los hechos y circunstancias que en la infinita variedad de los casos pueden tener fuerza indiciaria”. En todo caso, esas propuestas teóricas y pragmáticas, los ha depurado la lenta tradición y la acertada crítica probatoria, y, además, la ciencia ha introducido valiosas adiciones y sustituciones, con apreciables efectos en su seguridad y eficacia.

Para destacar su definitiva importancia baste aseverar que es más fácil que un proceso deje de contar con otros medios de prueba que con éste y que, en el campo penal, el delincuente o el supuestamente ofendido pueden manipular todos aquellos pero siempre se les escaparán algunos decisivos indicios. Y, de otro lado, que la ciencia cada día reconoce en el hombre características intransferibles que, como inconfundible sello de individualidad, los deja plasmados como impronta en su conducta delictuosa.

La ciencia probatoria que se ocupa de los indicios no deja de suministrar preciosos derroteros y requisitos que colman de seguridad y valor a este medio de convicción. Ella, y no es la oportunidad de un escrutinio exhaustivo al respecto, muy conocido por quien como abogado o juez maneja estos temas, establece preciosas reglas (que los factores se muestren serios, graves, convergentes, plurales, independientes, con origen probatorio distinto, coordinables, con conclusiones naturales y lógicas que puedan exhibirse como coherentes, etc.) de comprobación y evaluación, que excluyan el azar, la apariencia, la falsificación o la casualidad.

Ni siquiera es susceptible de hacérsele la crítica de la presunción, medio de prueba que se estima como sustitución de la prueba.

Lo escrito es suficiente para rechazar el cargo».

(Sentencia de casación, octubre 22 de 1993. Magistrado Ponente: Dr. Gustavo Gómez Velásquez).

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