Sentencia SC033-2015 de enero 25 de 2015

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA

SALA DE CASACIÓN CIVIL

SC033-2015

Rad.: 11001 31 03 027 2006 00307 01

Magistrada Ponente

Dra. Margarita Cabello Blanco

(Aprobado en sesión de nueve de septiembre de dos mil catorce)

Bogotá, D. C., quince de enero de dos mil quince.

EXTRACTOS: «Consideraciones

1. Ha quedado en evidencia en las diligencias allegadas, que lo juzgado por los funcionarios de instancia concierne con la simulación absoluta denunciada respecto de dos negocios jurídicos de compraventa. Tal punto no amerita controversia en la medida en que las partes asintieron, ciertamente, que ese era el epicentro de la controversia, habiendo presentado, cada una de ellas, su propia perspectiva.

La confrontación se originó, entonces, por razón de la determinación adoptada por el sentenciador de segundo grado al haber negado la ficción reclamada; conclusión a la que arribó, según el casacionista, a partir de los errores ya de hecho ora de derecho en que incursionó dicho funcionario, en la actividad probatoria cumplida.

2. La institución de la simulación, tanto la doctrina como la jurisprudencia, en las últimas décadas, han coincidido desde el punto de vista de su naturaleza, los elementos definidores de la misma, sus características, clases y los efectos dimanantes luego de aceptar su realidad. Tal concordancia permite decir que dicho estado de cosas no transmite otra percepción que la apariencia de una realidad o, en otras palabras, la situación visualizada resulta ser solo una ficción; es hacer creer lo que no es.

Por supuesto, esa falsa creencia no solo puede referir a los actos cotidianos o comunes que a diario cumple el ser humano; sino que, igualmente, se proyecta con frecuencia a escenarios específicos y especiales, por ejemplo, los actos o negocios jurídicos. En esta hipótesis, dada su trascendencia frente al campo normativo, la Corte Suprema de Justicia, junto con los especialistas en el tema, han optado por clasificarla en relativa y absoluta. De la primera se ha dicho que acontece cuando el acuerdo o negociación puesto en duda existe y, la ficción, entonces, refiere a la clase del pacto convenido; en otros términos, tuvo lugar un negocio en particular pero se transmite la apariencia de otro. El segundo evento alude, ahí sí, a una inexistencia total y completa respecto de lo exteriorizado; no hay, en términos absolutos, ningún negocio concertado; lo aparentado es total.

La Corte Suprema, al abordar el análisis del punto, en copioso estudio plasmó las siguientes reflexiones:

El ordenamiento jurídico no define la simulación y la Corte, ex abundante iurisprudentia, partiendo de los artículos 1759, 1760, 1766, 1767 del Código Civil y de los otrora vigentes artículos 91 a 93 de la Ley 153 de 1887, especialmente por la vía de su artículo 8º, estructuró principios relativos a su noción, supuestos, tipología, efectos inter partes y respecto de terceros, pruebas y consecuencias normativas.

Desde un punto de vista semántico, la locución simulación atañe a ‘remedar’, ‘fingir’, ‘aparentar’ denotando la apariencia de realidad y, por tanto, una distorsión.

En el plano negocial, se caracteriza por constituir un acuerdo generatriz de una apariencia contractual creada intencionalmente revistiéndola de realidad con el entendimiento recíproco, convergente y homogéneo de las partes de esta significación y, aún cuando, por su virtud, se remeda la celebración de un acto dispositivo de intereses no celebrado (simulación absoluta) o diferente del estipulado en cuanto al tipo negocial, su contenido, su función (simulación relativa) o las partes, tiene entidad real, fáctica y jurídica, obligando a los contratantes al tenor del compromiso simulado, único, prevalente y vinculante respecto para estos.

(….)

Por consiguiente, la simulación constituye un negocio jurídico, cuya estructura genética se conforma por un designio común, convergente y unitario proyectado en dos aspectos de una misma conducta compleja e integrada por la realidad y la apariencia de realidad, esto es, la creación de una situación exterior aparente explicada por la realidad reservada, única prevalente y cierta para las partes.

En consecuencia, si de simulación absoluta se trata, inter partes, la realidad impone la ausencia del acto dispositivo exterior inherente a la situación contractual aparente y la permanencia de la única situación jurídica al tenor de lo acordado, y, en caso de la simulación relativa, esa misma realidad precisa, entre las partes, la prevalencia del tipo negocial celebrado, el contenido acordado, la función autónoma que le es inherente, ora los sujetos; a este respecto, lo aparente no está llamado a generar efecto alguno entre las partes y, frente a terceros, in casu, dentro del marco de circunstancias concretas se definirán las diferentes hipótesis que pueden suscitarse entre éstos conforme deriven derechos del titular real o del titular aparente en la cual, por principio se privilegia el interés de quien actuó de buena fe con base en la apariencia en preservación de ésta, la regularidad y certidumbre del tráfico jurídico y de las relaciones jurídicas negociales (CSJ SC 30 de julio de 2008, rad. 1998-00363-01). Pronunciamiento reiterado por la Corporación, entre otras, en decisiones de 30 de agosto de 2010, rad. 2004-00148-01; 16 de diciembre de 2010, rad. 2005-00181-01; y, 13 de octubre de 2011, rad. 2002 00083-01).

3. Ahora, respecto de la prueba idónea para acreditar esa apariencia de negocio, en vísperas de abordar el estudio del caso traído a esta corporación, cumple decir que no existe limitación alguna; es decir, demostrar la existencia de la simulación convenida, trátese de una ficción absoluta o relativa, no es un asunto que esté restringido o supeditado a un medio persuasivo en específico; es posible, por tanto, acudir libremente a cualquier elemento de juicio para llevar a la conciencia del sentenciador el convencimiento de lo aparentado o, dado el caso, para descartar su presencia, por ello, la parte interesada tiene la prerrogativa de acudir a los diferentes mecanismos de convicción que estén a su alcance. Así lo patentizó la Sala:

“De este modo, podrá demostrarse mediante prueba de confesión, declaración de tercero, documento, inspección judicial, dictamen pericial e indicio de cuya valoración lógica, racional y sistemática derive inequívocamente (cas. civ. sentencias de 15 de febrero de 2000, Exp. 5438, S-029 y 15 de marzo de 2000, Exp. 5400; 28 de febrero de 1979, CLIX, Nº 2400, pp. 49 a 51; 25 de septiembre de 1973, CXVII, Nos. 2372 a 2377, pp. 65 a 68; 10 de marzo de 1955. CCXXXIV, pp. 406 y ss.)”.

Sin embargo, la experiencia así lo ha enseñado, dadas las características de la conducta de quienes fingen el estado de cosas proyectado, que regularmente ocultan a los ojos de terceros dicho proceder, que aducción de prueba directa, en la mayoría de las veces, resulta de gran complejidad y, persuadidos en ese sentido tanto la doctrina como la jurisprudencia, igualmente, han consolidado el criterio de que la atestación de la apariencia denunciada está afincada, por excelencia, en los indicios.

En los siguientes términos lo señaló la Corte:

Por las características, modalidades, cautela de las partes y circunstancias ‘que rodean este tipo de negocios, en orden a desentrañar la verdadera intención de los contratantes, se acude las más de las veces a la prueba de indicios, mediante la cual a partir de determinados hechos, plenamente establecidos en el proceso, como lo exige el artículo 248 del Código de Procedimiento Civil, el juzgador despliega un raciocinio mental lógico que le permite arribar a otros hechos desconocidos’ (CSJ SC 24 de octubre de 2006, Rad. 00058-01).

De manera enunciativa, la corporación señaló las siguientes circunstancias que estructuran esa clase de prueba:

De ordinario, se establecen por indicios de la simulación, ‘el parentesco, la amistad íntima, la falta de capacidad económica del adquirente, la retención de la posesión del bien por parte del enajenante, el comportamiento de las partes en el litigio, el precio exiguo, estar el vendedor o verse amenazado de cobro de obligaciones vencidas, la disposición del todo o buena parte de los bienes, la carencia de necesidad en el vendedor para disponer de sus bienes, la forma de pago, la intervención del adquirente en una operación simulada anterior, etc.’, ‘el móvil para simular (causa simulandi), los intentos de arreglo amistoso (transactio), el tiempo sospechoso del negocio (tempus), la ausencia de movimiento en las cuentas bancarias, el precio no entregado de presente (pretium confesus), el lugar sospechoso del negocio (locus), la documentación sospechosa (preconstitutio), las precauciones sospechosas (provisio), la no justificación dada al precio recibido (inversión), la falta de examen previo por el comprador del objeto adquirido, especialmente cuando se trata de un bien raíz, etc. (CSJ SC, 13 de octubre de 2011, rad. 2002 00083-01).

4. Pero, al margen de qué mecanismo o medio de persuasión logre permear el juicio del sentenciador, cierto es, que, como toda decisión judicial, la proferida debe estar, inomisiblemente, apalancada en las pruebas allegadas por los extremos de la contienda o aquellas que buenamente haya dispuesto el funcionario incorporar de manera oficiosa y, por supuesto, en la medida en que cumplan las exigencias previstas en la ley en torno a los términos u oportunidades para su petición y aducción (arts. 174, 179, 180 y 183 del C. de P.C.); además, atendiendo la naturaleza del instrumento probativo pertinente, en el mismo debe encontrarse ese poder de convicción para dar por establecido el hecho tema de prueba y, como en el asunto de marras, la labor demostrativa gira alrededor del indicio, con mayor veras, el juzgador ha de estar atento a razonar en forma tal que al plasmar su decisión la misma traduzca la realidad de lo acontecido.

Así lo puntualizó la Corte:

Y si bien en la labor de la ponderación de la prueba indiciaria el juez se encuentra asistido de cierta autonomía o poder discrecional, no puede desentenderse, cuando se trata de litigios de esta naturaleza, del deber en que se encuentra, como lo advierte Héctor Cámara en su obra, de sondear con esmero hasta los más insignificantes detalles que rodean el hecho, porque un indicio que a prima facie parezca insignificante, puede darle el hilo conductor de la investigación’ (cas. Marzo 26/1985, mayo 10/2000, Exp. 5366), siendo necesario ‘que los indicios y las conjeturas tengan el suficiente mérito para fundar en el Juez la firme convicción de que el negocio es ficticio; lo cual sólo ocurrirá cuando las inferencias o deducciones sean graves, precisas y convergentes. Vale decir, la prueba debe ser completa, segura, plena y convincente; de no, incluso en caso de duda, debe estarse a la sinceridad que se presume en los negocios (In dubio benigna interpretatio ad hibenda est ut magis negotium valeat quam pereat)’ (cas. Junio 11/1991) CSJ SC, 13 de octubre de 2011, rad. 2002 00083-01).

5. Y, precisamente, la actividad que cumplió el tribunal al momento de dilucidar la segunda instancia fue la que despertó el desacuerdo del promotor de este recurso extraordinario, en la medida en que, tal cual lo condensó en las diferentes acusaciones, el ad quem desvío su camino dejando de valorar algunos elementos de prueba, varios de los evaluados fueron distorsionados o no los sopesó en su verdadera dimensión y, de algunos más, desdeñó la reglamentación normativa que gobierna su incorporación al plenario.

6. Frente a dicha inconformidad, debe decirse, primeramente, que la labor que cumplen los jueces de instancia en materia de pruebas, en línea de principio, queda blindada ante cualquier ataque a través del recurso de casación; premisa que anida en la autonomía que asiste a los funcionarios de conocimiento en asuntos de valoración probatoria, amén de que la censura extraordinaria no constituye una tercera instancia, por tanto, no se erige en una nueva oportunidad para auscultar el caudal de pruebas; en ese orden, el fallo censurado se torna, por lo general, intangible.

Empero, tal salvedad no es absoluta, pues de acaecer un error evidente, notorio, manifiesto y trascendente, la sentencia adoptada puede revisarse en procura de enmendar el dislate señalado por el recurrente.

En esa dirección, cuando de la causal primera de casación se trata y, particularmente, la vía indirecta (que ha sido la invocada por el impugnante), fundamentada en errores de hecho o de derecho, no cualquier desvío, tal cual se indicó en precedencia, del tribunal puede ser expuesto en función de derruir los cimientos de la providencia emitida.

Así lo dejó expresado la Corte:

Si, como se sabe, en tratándose del recurso extraordinario de casación y por razones que no es del caso reiterar en esta oportunidad, es claramente excepcional el reexamen de la cuestión fáctica del litigio, al punto que tal aspecto de la acusación queda circunscrito a denunciar y demostrar, dentro del reducido y específico ámbito previsto en la ley, los errores de apreciación probatoria en los que hubiese podido incurrir el sentenciador, ora por haber omitido, alterado o supuesto de manera manifiesta el contenido objetivo de determinados medios probatorios, o ya por haber asentado algunas inferencias contrariando las normas reguladoras de la actividad probatoria, no le es dado, subsecuentemente, al recurrente, conformarse con ensayar su propia estimación de las pruebas, a manera de sustentación de su inconformidad, pues su tarea, como ha quedado dicho, es de distinta naturaleza.

No debe olvidarse, al respecto, que el artículo 187 del Código de Procedimiento Civil, le atribuye categóricamente al juzgador la libertad de ponderar las pruebas y obtener a partir de ellas su propio convencimiento, siempre y cuando, claro está, las examine conforme a los mandatos de la lógica, la ciencia y a las reglas de la experiencia, labor en la que, en principio, no puede ser desplazado por la Corte, dada la autonomía que en el punto tiene el Juzgador (CSJ SC 24 de marzo de 1998, rad. 4658).

7. Por manera que la única posibilidad de que la Corte se inmiscuya en la sentencia opugnada, cuando la inconformidad concierna con defectos de hecho o de derecho, alusiva a la actividad probativa cumplida por el juez de segunda instancia, sólo deviene posible si el dislate denunciado se muestra alejado de un mínimo de razonabilidad, coherencia y lógica; y, en cuanto que dicho desvío se erige decisivo o determinante de la resolución proferida, es decir, que sin la presencia de esa equivocación, las resultas de la sentencia hubiesen sido similares.

En el fallo precedentemente memorado, alrededor del tema que se comenta, la Sala asentó:

Empero, como la soberanía del juzgador de instancia en el punto no puede desbocarse hacía la arbitrariedad, cabalmente, porque su ponderación debe ser razonada, la labor del recurrente en casación sube de punto cuando trata de cuestionar la crítica que de la prueba haga el tribunal, pues puede acontecer que éste la hubiese percibido en su realidad objetiva, sólo que al razonar sobre ella, o sea, al pasarla por el tamiz que la lógica, la experiencia y la ciencia conforman, le reste credibilidad, ‘... de modo que sería vana una confrontación entre lo que el medio dice con lo que el tribunal afirmó de él, desde luego que en tal evento ambos coincidirían. Por el contrario, debe circunscribirse a demostrar que el fallador, desligado de toda lógica y sensatez, valoró antojadiza e inicuamente la prueba, o que la supuesta regla de la experiencia de que se vale, raya en lo absurdo, o porque se equivoca manifiestamente al creer ver en el proceso la hipótesis de aquella regla, sin que ella en verdad exista’.

Bajo los siguientes términos, en otra oportunidad, validó lo expresado sobre el particular:

Empero, en tratándose del recurso de casación, la cuestión asume un cariz distinto, pues no se trata de persuadir a la Corte en los términos anotados, sino la de convencerla, por medio de la demostración pertinente, de que la apreciación del recurrente es la única racionalmente posible, ejercicio que, ni por asomo, aquí se advierte. (CSJ SC, 4 de julio de 2002, rad. Nº 6316).

En reciente determinación, volvió a decir:

(…) Sucede, entonces, que por regla general las conclusiones razonables a que arribe en el punto quedan a salvo de reproche, y se mostrarán así impermeables al ataque en casación (sentencia de 11 de julio de 1990 y 24 de enero de 1992)’ (cas. Octubre 24/2006, Exp. 00058-01), pues, ‘… en la prueba por indicios se trata fundamentalmente de que el juzgador, por el hecho conocido, pase a descubrir el hecho que se controvierte’, ‘… no existe duda alguna acerca de que por regla general el debate sobre su mérito queda cerrado definitivamente en las instancias, y que la crítica en casación se reduce a determinar si por error evidente de hecho o de derecho estuvieron admitidos como probados o como no probados los hechos indicativos; si todas las conjeturas dependen exclusivamente de un indicio no necesario; y si la prueba por indicios es o no de recibo en el asunto debatido. Pero en lo que atañe a la gravedad, precisión, concordancia y nexo de los indicios con el hecho que se averigua, el sentenciador está llamado por la ley a formar su íntima convicción, que prevalece mientras no se demuestre en el recurso que contraría los dictados del sentido común o desconoce el cumplimiento de elementales leyes de la naturaleza’ (LXXXVIII, 176; CXLIII, 72); y ‘… aún en el evento de que surgieran dudas a través del nuevo examen de los indicios, es bien claro que el recurso extraordinario no podría fundarse en base tan deleznable como el estado dubitativo para decretar el quiebre de la sentencia objeto de acusación’ (LXXXVIII, 176 Y 177), (cas. Febrero 16/1996, CCXL, pp. 194, reiterada en Sentencia S-029 de marzo 15/2000, Exp. 5400, cas. Julio 16/2001, Exp. 6362, cas. Octubre 24/2006, Exp. 00058-01)’ (cas. civ. sentencia de 30 de julio de 2008, Exp. 41001-3103-004-1998-00363-01) –la Sala hace notar– CSJ SC, 13 de octubre de 2011, rad. 2002 00083-01).

Por tanto, los planteamientos del casacionista, por muy elaborados que resulten, no vendrán suficientes para infirmar la sentencia cuestionada sino en la medida en que se acredite que la forma en que discurrió el ad quem desquicia cualquier regla básica de razonar; en otros términos, la tesis ensayada por el impugnante habrá de ser la única posible para resolver la controversia, pues de admitir posiciones diferentes o albergar diversas formas de enfocar la problemática descrita, significa que el trabajo judicial del Tribunal no vulnera los más elementales referentes del sentido común o la lógica; implica que el debate fue zanjado por una de las diferentes fórmulas posibles, al margen de la conformidad con dicha resolución.

8. Ahora bien, el asunto traído a esta corporación, por razón del recurso extraordinario, como se recordará, alude a la decisión del tribunal, reprobada por el recurrente, cuyo fundamento involucra, entre otras pruebas, la Escritura Pública Nº 0741 de 12 de marzo de 1997, exhibida tanto en primera como en segunda instancia. Precisamente, respecto de este elemento persuasivo se esgrimió el discurso impugnativo del tercer cargo, pues como lo reclama el censor, ante el a-quo, el instrumento público se incorporó en copia carente de la nota de autenticidad, mientras que otro igual llevado ante el ad quem, se adujo de manera extemporánea, no obstante que su procedencia y autoría sí fue atestada.

Al respecto, oportuno resulta comentar que existe una particular circunstancia que trunca la acogida de la queja formulada, en cuanto el actor, en la demanda de simulación, numeral 15, acápite de pruebas (fl. 125, cuaderno principal), solicitó que la Escritura Pública Nº 0741 de 12 de marzo de 1997, aunque la aportó en copia simple, fuera tenida como tal. En ese momento y, durante el trámite de primera instancia, no reparó en el texto o legalidad de dicho instrumento público, por tanto, en esta oportunidad, reluce inviable cuestionar ese elemento de prueba. Es evidente la contradicción.

En un caso similar, la Corte expuso:

“Ninguna alteración sufre la conclusión precedente, por la circunstancia de que el error de derecho denunciado no esté llamado a acogerse, habida cuenta que la copia informal de la escritura (…), en la que dicho yerro se funda, fue aportada, precisamente, por el recurrente al contestar la demanda, sin que, en ese momento, o en oportunidad procesal posterior, la hubiese cuestionado por no cumplir las exigencias contempladas en el artículo 85 del Decreto 960 de 1970, conducta ésta suya que hace de su ataque un reproche novedoso y que, por lo mismo, le está vedado en casación”.

“Es aplicable en este punto la tesis sostenida por la Sala, consistente en que un comportamiento como el que aquí se le atribuye al demandado ‘en cuanto concluyente e inequívoco en poner de manifiesto una aquiescencia tácita respecto del valor demostrativo integral de un terminado medio probatorio a pesar del vicio existente, excluye la posibilidad de que aquel, cambiando su posición y contrariando en consecuencia sus propios actos anteriores en los que otros, particulares y autoridades, fundaron su confianza, pretenda obtener ventaja reclamando la descalificación de dicho medio por estimarlo inadmisible’ (Cas. Civ., sentencia del 27 de marzo de 1998, expediente Nº 4993) (CSJ SC 30 de junio de 2011, rad. 1998 00238 01).

Bajo esas razones, emerge con claridad que si el demandante fue gestor de que la escritura 0741 de 12 de marzo de 1997, fuera tenida como prueba aun habiéndola agregado en copia simple, no resulta entendible cómo, hoy, llenando la totalidad de requisitos para su autenticidad, pretenda, a través del recurso extraordinario, que sea excluida del acervo probatorio.

El cargo no prospera.

9. En lo que concierne con la acusación primera y segunda, que fueron planteadas por la vía indirecta de la causal primera de casación, con fundamento en los errores de hecho en que incurrió el ad quem, a diferencia del cargo analizado precedentemente, deben prosperar habida cuenta que las motivaciones plasmadas por el tribunal en la sentencia opugnada estructuran el dislate planteado, lo que impone infirmar dicho proveído.

9.1. En efecto, el fallo objeto del recurso extraordinario, entre otros razonamientos, expresó:

“(…) la oficina falladora le otorgó valor suficiente a los indicios derivados de la relación de parentesco entre vendedores y compradores; del móvil para simular; el tiempo de sospecha; el precio; la persistencia del enajenante en la posesión; la falta de demostración del recibo del dinero con que se pagó y de su inversión, inferencias que igualmente tienen respaldo testimonial; elementos probatorios que en conjunto lo llevaron a tener por cierta la irrealidad de las compraventas atacadas por el actor (…)” -folio 111 ib-.

A renglón seguido, agregó:

“Los anteriores indicios, de los que el juzgador de instancia, de manera juiciosa, extrajo la irrealidad de los negocios atacados, en línea de principio justifican tal determinación”.

Luego de plasmar lo anterior, aseveró:

“(…) procede la Sala a analizar el material de prueba con que se ha abastecido el contradictorio con el propósito de establecer si los hechos indicadores destacados habilitan de manera natural y lógica la inferencia de la irrealidad del negocio, para lo que es importante reflexionar” (fl. 112, cuaderno del Tribunal).

En esa dirección, al ‘analizar el material de prueba’ o ‘reflexionar’ sobre el mismo, la instancia, en un comienzo concluyó, junto con el funcionario de primer conocimiento, que los indicios enunciados en acápite anterior sí constituían sospecha (en algunos eventos grave), de la simulación efectuada; así manifestó:

i) ‘La cercanía corporativa existente entre el ente moral –vendedor inicial– y las personas naturales (…) introducen serio motivo de duda’, aunque agregó que no siempre tal circunstancia conduce, fatalmente, a considerar que los actos que se celebren bajo esas condiciones son simulados.

ii) El desconocimiento por parte del inicial comprador (Luis Fernando Ramírez), de las condiciones de la negociación ‘genera una grave sospecha’, ‘inferencias de fantasía que se agudizan más si se tiene en cuenta la forma como posteriormente vendió, a mitad del precio de compra’ –la Sala hace notar–.

iii) En cuanto al móvil para simular, determinado por el ánimo de ‘separar a la representante legal de la sociedad de su administración y, evitar la práctica de cautelas (…)’, sostuvo que ‘se aúna como otra de las inferencias de la mendacidad (sic) expuesta por los contratantes en los negocios atacados’.

iv) Sospechas a las que deben sumarse, dijo, la forma en que se convino la negociación y se realizó el pago del precio ajustado; al igual que la ausencia de movimientos para el recaudo de dicha suma. Todo ello, según el ad quem, constituye ‘indicios indiscutibles de la simulación denunciada’.

9.2. No obstante las anteriores reflexiones, el juzgador de segunda instancia, al continuar con el discurso decisorio, se apartó de las mismas al considerar que existían otras probanzas en calidad de contraindicios que desvirtuaban la simulación inicialmente respaldada; sin embargo, para esta Sala no se plantearon, en la forma debida, las razones o motivos que justificaran y destruyeran los indicios acreditados, con la existencia de esas contrapruebas.

Por ejemplo, no dijo el por qué el indicio relacionado con la cercanía de la empresa familiar vendedora y los compradores (primero y segundo), dejó de acogerlo o, en últimas, al desecharlo, indicar el fundamento de tal decisión. Lo propio aconteció con la sospecha, grave por lo demás, que le generó el hecho de que el comprador inicial no hubiese conocido las circunstancias del negocio, el estado del predio, etc. Optó el tribunal por desdeñar dicho elemento y no expuso la motivación de ese proceder. En el mismo sentido procedió frente a lo relacionado con el precio de la negociación y su pago, así como con la determinación de separar a la representante legal de la sociedad, de tal función, con el propósito de salvaguardar los bienes del ente societario de la persecución judicial.

En reciente pronunciamiento, la Corte, abordando el tema de la valoración de la prueba de indicios, dijo:

“El indicio aunque desdeñado en épocas pretéritas tiene ganado, en los tiempos que corren, un sitial importante y destacado en el campo del derecho probatorio, reconociéndose que puede suministrar al juez convicción íntima –certeza o probabilidad– acerca de la ocurrencia de los hechos desconocidos, pero en su apreciación éste debe ser muy cauteloso, como se anticipó, debiendo sopesar de manera muy juiciosa, de una parte, las razones que lo llevan a creer en la existencia del hecho desconocido, y de la otra, los motivos para no creer en él» (CSJ SC 27 de junio de 2005, rad. 0333 01) –La Corte resalta–.

Puestas así las cosas, al sentenciador le sobrevenía el compromiso probatorio de, acoger los indicios deducidos por el funcionario de primera instancia o, en caso contrario, exteriorizar las razones por las cuales, en palabras de esta corporación, no creía en ellos. Sin embargo, como se dejó señalado, el Tribunal no adujo argumento alguno (art. 187 C. de P. C.), para abandonar aquella prueba indiciaria a partir de la cual, el a-quo, apalancó el fallo opugnado.

9.3. Tal omisión afecta de manera significativa la razonabilidad de la decisión recurrida, connatural a toda providencia judicial, en la medida en que se aludió a que los indicios vindicados por el a quo resultaban válidos para acreditar la ficción de las ventas, sin embargo, contradiciendo esas reflexiones, el ad quem se deshizo de los mismos sin explicación alguna para tomar tal determinación.

9.4. Ahora, el juez colegiado, luego de la omisión señalada líneas atrás, procedió a valorar otros medios de prueba que, a continuación se analizarán y, en su sentir, ‘demuestran que este primer contrato es serio y real’.

i) Del texto de la escritura pública relacionada con la liquidación de la sociedad Inversiones Agropecuarias Sinforoso Ocampo C. y Cía. S. en C., vindicada como prueba de contraindicio, dada la naturaleza e implicaciones de dicho procedimiento, infirió dos consecuencias: la primera que el ente societario se extinguió; la segunda, que los actos simulados debían denunciarse y hacer parte del proceso liquidatorio; al no proceder en ese sentido, podía concluirse que los negocios de venta vinculados a esta controversia eran reales y válidos.

ii) El silencio de la demandante sobre los hechos simulados, pues no obstante actuar como secretaria para el momento en que la asamblea de socios dispuso la liquidación, ninguna manifestación hizo frente a los inventarios realizados, especialmente respecto de la partida de ‘ingresos no operacionales’, en donde quedaron señaladas algunas sumas de dinero y la indicación de que las mismas correspondían a la venta de la finca citada, esa actitud, para el fallador, resultaba indicativa de que ella estaba de acuerdo con lo realizado.

iii) La representante de la sociedad demandada (Hilda Torres de Ocampo), en ningún momento tildó la venta de la finca en Yopal de simulada, situación que develaba que la vendedora no tenía conciencia de la ficción que supuestamente llevaron a cabo, lo que impedía que se estructura la apariencia denunciada.

iv) Alusivo al precio del inmueble, afirmó que su no pago podía atribuirse, eventualmente, a la inexistencia del acto respectivo pero, también, existía la posibilidad que fuera el resultado del incumplimiento de una negociación. Por supuesto, en uno y otro caso el procedimiento para denunciar la situación presentada era diferente.

v) Argumentó, además, que en el proceso de liquidación, en el que fueron incluidos los dineros recibidos por la venta del predio, si bien, ello podría resultar aparente, dicha declaración no se ha controvertido judicialmente y, por tanto, conserva la presunción de legalidad y veracidad.

vi) El paso del tiempo sin que la accionante reclamara por los hechos constitutivos de la enajenación aparente, según lo argumentó, aparecía como otra prueba indicativa de la realidad del negocio, habida cuenta que no resultaba razonable que la actora hubiese dejado transcurrir más de diez años, sin formular la respectiva denuncia de simulación.

10. Sin embargo, estos nuevos elementos, considerados en rigor como contraindicios en cuanto que estarían llamados a desdecir del contenido persuasivo de los señalados por el a quo o, engendran la equivocación descrita en las acusaciones que se analizan, pues antes que estructurar nuevos indicios o contrariar probatoriamente los prohijados en la primera instancia, traslucen solo conjeturas. Reflejan apreciaciones del juzgador, en algunas oportunidades, sin respaldo procesal alguno. No hubo la necesaria confrontación de unos y otros para, a partir de dicho ejercicio, concluir cuál de esos elementos disuasorios conducía a validar la simulación o, contrariamente, a dercartarla.

En la sentencia señalada precedentemente (CSJ SC 27 de junio de 2005, rad. 0333 01), la Corte expuso sobre el particular:

(…) el hecho indicador, de ordinario, presenta un doble cariz: el que indica algo de una manera más o menos probable y el que –aunque menos verosímil– puede contradecirlo y eventualmente podría llegar a ser el real –contraindicio–, y como los dos no pueden ser verdaderos al mismo tiempo, conforme al principio filosófico de la contradicción que enseña que una cosa no puede ser y ser al mismo tiempo, se requiere confrontar los dos extremos, de manera tal que de su cotejo pueda deducirse cuál de los dos es el pertinente.

Lo anterior deja ver que la apreciación de los indicios tiene que ser efectuada de manera dinámica, vale decir, confrontando los indicios con las circunstancias, con los motivos que los puedan desvanecer o infirmar, sea que tales circunstancias afloren del mismo hecho indicador o de otras pruebas que aparezcan en el proceso, lo que ha llevado a la Sala precisar que ‘dentro de las circunstancias y condiciones que determinan la eficacia probatoria del indicio, cabe destacar las que conciernen a la ausencia de “contraindicios” que infirmen su poder demostrativo, amén de que, por mandato del artículo 250 del Código de Procedimiento Civil, ‘El juez apreciará los indicios en conjunto, teniendo en consideración su gravedad, concordancia y convergencia, y su relación con las demás ´pruebas que obren en el proceso’ (cas. civ. 10 de mayo de 2000, Exp. 5366)’ –La Corte resalta–.

Es requisito, entonces, para la eficacia de la prueba indiciaria, la ausencia de contraindicios y de motivos infirmantes de las inferencias que de ellos se tiene, que le quiten convicción a los primeros, como lo informa el profesor Devis Echandía en el tomo III del compendio de pruebas, editorial Abc, Bogotá, 1988, pág., 520 y lo ordena el artículo 250 del C. de P. C., al expresar que en la apreciación de los indicios se tendrá en cuanta su relación con las demás pruebas que obren en el proceso.

11. Pues bien, corresponde, entonces, a continuación, sopesar los medios de convicción enunciados por el Tribunal.

11.1. En los inventarios verificados en función de la liquidación de la sociedad, dijo la sentencia que, en la medida en que un procedimiento de estas características comporta la extinción de la persona moral, todos los bienes debían hacer parte de ese proceso partitivo, estuvieran o no en cabeza del ente societario o de una persona extraña. Tal argumento se fundamentó en que, un trámite de esas características impone clarificar, de una vez por todas, qué bienes hacen parte del patrimonio de la empresa, incluyendo aun los que hubiesen sido objeto de negocio simulado.

Para la Corte el razonamiento lógico, basado en el sentido común, es contrario; omitir la inclusión de los bienes involucrados en la ficción llevada a cabo, traslucía coherencia con respecto a la actitud simulatoria, pues su exclusión permitiría proyectar la apariencia que los contratantes quisieron; proceder en forma diversa, sería develar ante todos aquellos la real situación patrimonial y, por supuesto, desencadenaría las actuaciones que quisieron evitar con el simulacro llevado a efecto.

De ordinario, así lo enseñan las reglas de la experiencia; como la simulación tiende a cumplir un propósito determinado, cual es que no se conozca la realidad de la relación cumplida y, con ello, vr. gr., evitar la persecución de acreedores, al restituir la titularidad del bien involucrado en una venta ficticia a su inicial propietario, es poner al descubierto lo que, precisamente, se pretendió con la transferencia aparente, deshaciendo todo lo obtenido con esta última, proceder que, generalmente no acontece; por ello, el tribunal contraría ese estado de cosas, sin haber explicitado la razón del argumento.

11.2. En cuanto que la representante legal de la vendedora no tildó las ventas de simuladas, si bien tal omisión quedó atestada, dicha conducta no puede, únicamente, atribuirse a una supuesta realidad de la venta. Antes bien, admitiría lo que la propia vendedora expuso, es decir, que por instrucciones de su hijo Francisco Javier, gestor de todo el manejo económico de la sociedad, una vez el esposo y padre fuera asesinado, la venta se hacía necesaria para poner a salvo el patrimonio de la sociedad y, por ende, el de la familia. Circunstancia que evidencia, sin duda, la aceptación y realización de diversos actos tendientes a salvaguardar el haber social, al margen de la figura o instrumento jurídico al que acudirían. Así lo aceptó el propio Francisco Ocampo y la representante de la empresa, en diferentes declaraciones rendidas, en especial, ante la Fiscalía de Ibagué.

11.3. Referente a que todo proceso liquidatorio implica per se la extinción de la sociedad, lo que, en principio, resulta ser cierto, el planteamiento del ad quem no responde a la realidad procesal, pues cuando la asamblea de socios de la demandada dispuso la disolución y liquidación, no fijó un límite en el tiempo para tal suceso, luego, no podía suponerse, y ello fue lo que hizo el tribunal, que ese procedimiento debía agotarse en un lapso de tiempo determinado o, que, la liquidación comportaba, automáticamente, la extinción de la persona jurídica. En el expediente no existe elemento alguno que conduzca a considerar que la liquidación llegó a su fin, se redujo solo a una especulación o suposición del fallo emitido.

Este efecto (la extinción) tiene lugar cuando se formalice ante la autoridad competente la cuenta final y, tal situación, en el caso de autos, no ha acontecido, al menos no quedó acreditado en el proceso y, por ende, el juez no podía darlo por acaecido.

En fin, las ‘otras pruebas’ que, según el tribunal, obran en la actuación, señaladas precedentemente, no demeritan o desvanecen la capacidad persuasiva de los indicios enarbolados por la primera instancia; al contrario, desnudan una precaria estructura probatoria, exponiendo, inclusive, contradicciones o inconsistencias conceptuales que consolidan la firmeza de los indicios acreditados y valorados por el a quo e inicialmente ratificados por el superior.

12. A lo expuesto debe agregarse que en el proceso existen importantes y variados instrumentos que conducen a consolidar la ficción de la venta, medios que el ad quem dejó de sopesar.

12.1. La carta de fecha veintinueve (29) de enero de mil novecientos noventa y nueve (1999), respecto de la cual, en efecto, el Tribunal nada dijo; la pretirió por completo, no obstante que en el auto de pruebas, el juez de primer conocimiento, expresamente, dispuso tenerla como elemento de juicio (fls. 349 y 350).

En dicho escrito el señor Francisco Javier Ocampo, reconoce que es condueño de varios bienes y entre ellos menciona la finca ubicada en Yopal, aceptando, expresamente, que dicho predio está en cabeza de su hijo, señor Diego Ocampo.

Esta misiva resulta de suma importancia habida cuenta que Francisco Javier, socio del ente demandado e hijo de la representante legal de la sociedad familiar vendedora e, igualmente, socia de la misma persona jurídica, de quien se dice que quedó a cargo de la administración de ella una vez su padre fue asesinado, reconoció que el inmueble no es de propiedad de su hijo Diego Ocampo; además, tal documento fue extendido varios años después de eventos tales como la liquidación de la sociedad, la confección de los inventarios y las ventas realizadas, lo que permite creer, de manera seria y razonada, en la existencia de la ficción denunciada.

12.2. Igualmente, el sentenciador dejó de valorar los documentos que, en oportunidad, remitiera la Fiscalía 13 de la Unidad Primera de Patrimonio Económico de Ibagué (fls. 377 a 435), de los cuales se desprende, de manera nítida, que el mismo señor Francisco Javier Ocampo, aceptó que las dificultades de orden público, el asesinato de su señor padre, el secuestro de su sobrina y el temor de algunos embargos o persecución de bienes, habían determinado la transferencia de algunos bienes en cabeza de diferentes personas. Fue enfático en decir que un abogado y el contador de la sociedad (a quienes no identificó), le aconsejaron poner a salvo los bienes; proceder que incluía la decisión de no dejarlos en cabeza de la progenitora de ellos.

12.3. Lo mismo acaeció respecto del dictamen pericial allegado (fl. 489), prueba que junto con la inspección judicial, también afectada por la omisión en que incurrió el tribunal, permitían concluir que el inmueble no soportaba las circunstancias denunciadas por el señor Francisco Javier, es decir, que era un predio abandonado, improductivo, afectado por la violencia, distante del casco urbano a más de diez horas, etc., buscando con ello liberar de cualquier interés la adquisición del bien.

Estas dos pruebas dejaron en evidencia que el predio estaba siendo explotado económicamente (por el hermano de la actora); tenía vocación agrícola y ganadera; y, antes que producir ‘solo’ gastos, generaba ingresos.

12.4. El Tribunal, además, dejó de apreciar aspectos tales como que el señor Ramírez, primer adquirente del predio, no obstante haber manifestado que la compra del inmueble tuvo como justificación beneficiarse de la valoración del fundo (según el mismo lo aceptó), un año después (aproximadamente), de dicho negocio, procedió a enajenarlo por menos de la mitad de su valor de adquisición, sin que haya existido una razón para esa determinación, más allá de una supuesta crisis económica que no acreditó y, casualmente surgida en un tiempo relativamente corto.

Debe sumarse que el valor del fundo, expuesto por las mismas partes, rondaba los $200.000.000.oo. M/te., sin embargo, la transferencia se hizo por menos de la mitad. Agrégase que para la enajenación del predio se designó como representante para esos efectos a Francisco Javier y, este, al formalizar la venta por cuenta del señor Ramírez, lo hizo en favor de Diego Francisco Ocampo, su hijo, quién, en un comienzo, cuando se concertó la protección de los bienes, fue señalado por la representante legal de la sociedad, por insinuación de Francisco, para que recibiera el inmueble.

13. En fin, la labor probatoria cumplida por el ad quem, condensa el desvío a que alude el recurso. No hay duda de la equivocación denunciada, pues, los indicios que sirvieron de soporte al fallo del a quo, sin ningún argumento fueron desechados, no obstante haberlos aceptado en un comienzo como válidos para acreditar la simulación; además, dejó de valorar pruebas que, individual y conjuntamente, indicaban, junto con aquellos, la ficción analizada; y, los elementos que esgrimió como soporte de su fallo, catalogados de contraindicios, no desvirtuaron los hechos inducidos en la sentencia de primer grado, amén de mostrarse inconsistentes y, contradictorios, denotando más posiciones especulativas que indiciarias.

14. Corolario de todo lo expuesto, los cargos formulados (primero y segundo), prosperan, lo que impone casar la sentencia impugnada. No obstante, antes de constituirse la Corte en sede de instancia, en ejercicio de la facultad oficiosa conferida en el inciso 2º del artículo 375 del Código de Procedimiento Civil, considera necesario la práctica de una nueva prueba pericial, con miras a responder a la petición sobre reconocimiento de frutos, planteado en el recurso de apelación por la parte recurrente en casación.

V. Decisión

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación Civil, administrando justicia en nombre de la República de Colombia y por autoridad de la ley, CASA la sentencia que el doce (12) de abril de dos mil doce (2012), profirió la Sala Civil del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Bogotá, dentro del proceso ordinario de simulación que presentó Norma Constanza Ocampo de Ramírez contra Diego Francisco Ocampo Tobar; Luis Fernando Ramírez Montoya e Inversiones Agropecuarias Sinforoso Ocampo C. y Cía. S. en liquidación.

Antes de emitir la sentencia sustitutiva, considera la Corte necesario ordenar una experticia con el propósito de resolver lo atinente a los frutos solicitados. El experto, entonces, se pronunciará alrededor del punto, tanto los generados como los que pudo generar el inmueble señalado en este proveído.

El perito, adicionalmente, precisará el valor del inmueble y, respecto del mismo, calculará las sumas aproximadas que, atendiendo la vocación del predio, mes a mes podría generar ante un eventual arrendamiento.

Para el cumplimiento de dicha misión, se designa al señor Fabio Buitrago Romero, quien hace parte del cuerpo de auxiliares y colaboradores de la justicia.

Con el fin de que concurra a tomar posesión, se señala la hora de las 11.30 del día ____ 26____del mes de febrero del año que avanza. La Secretaría le comunicará el nombramiento en la forma y términos regulados en el artículo 9º del C. de P. C.

Sin costas por haber prosperado el recurso.

Cópiese, notifíquese y, en su momento, devuélvase».