Sentencia de febrero 27 de 1991 

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA 

SALA DE CASACIÓN CIVIL

POSESIÓN NOTORIA

DEL ESTADO DE HIJO EXTRAMATRIMONIAL

EXTRACTOS: «De conformidad con el artículo 6º de la Ley 45 de 1936, “la posesión notoria del estado de hijo natural consiste en que el respectivo padre o madre haya tratado al hijo como tal, proveyendo a su subsistencia, educación y establecimiento, y en que sus deudos y amigos o el vecindario del domicilio en general, lo hayan reputado como hijo de dicho padre o madre, a virtud de aquel tratamiento”.

Con sujeción al artículo 9º de la Ley 75 de 1968, sustitutivo del artículo 398 del Código Civil, “para que la posesión notoria del estado civil se reciba como prueba de dicho estado, deberá haber durado cinco años continuos por lo menos”, precepto éste que resulta aplicable a la filiación extramatrimonial por mandato del artículo 10 de la Ley 75.

También en obedecimiento al mismo, en relación con igual clase de asunto, debe tenerse presente el artículo 399 del Código Civil, por cuya virtud “la posesión notoria del estado civil se probará por un conjunto de testimonios fidedignos, que la establezcan de modo irrefragable...”.

Del anterior conjunto de normas, dedúcese, de modo indiscutible, que cuando la ley admite la posesión notoria del estado de hijo extramatrimonial como uno de los medios aptos para acceder al respectivo estado civil la rodea de precisas exigencias tanto en lo atañadero a su propia estructuración como en lo que toca con su prueba, todo con el propósito de evitar que en una materia de tal delicada naturaleza y preeminente función, se caiga en un reprochable subjetivismo y, por ende, en la arbitrariedad.

Justamente por el alcance que en realidad le es atribuible a los referidos preceptos, es por lo que la jurisprudencia de la Corte ha estimado que la posesión notoria del estado de hijo es el motivo que, orientado a fundar las demandas de filiación extramatrimonial, “una vez demostrada a plenitud, deja más satisfecha la conciencia del fallador y más plena de convicción su mente, porque para que esta posesión de estado se ofrezca, menester es que el padre haya dejado una profunda huella del reconocimiento de su paternidad, huella que, además, debe ser pública y no privada, prolongada en el tiempo y no fugaz, continua al menos por un quinquenio y constituida por un comportamiento realizado en presencia de deudos y amigos o del vecindario en general, con tal intensidad, reiteración y de manera tan inequívoca que los vecinos, allegados o amigos hayan reputado al hijo como tal, a virtud del mencionado comportamiento del presunto padre. La posesión notoria no surge de improviso, no es situación que sobrevenga en el sentido de presentarse inopinadamente, es una posición fáctica que sólo se va moldeando y definiendo con el paso incesante y prolongado de los días y con la reiteración pública, no secreta, de comportamientos que deudos y amigos, o del vecindario del domicilio en general, van grabando en la conciencia popular la certidumbre de que el beneficiario de esa posesión de estado tiene que ser hijo extramatrimonial de quien así provee a su subsistencia, educación y establecimiento” (Cas. civ. 31 ago. 1983, G.J. t. CLXXII, págs. 165-166).

Por supuesto, tampoco es permisible que se llegue al extremo contrario pues con ello, igualmente, se cae en arbitrariedad. De hecho, la excesiva rigidez al medir la significación probatoria de los medios aportados con el propósito de establecer la posesión notoria, podría hacer nugatorio el derecho del demandante, punto sobre el cual la Corte, tanto en la sentencia acabada de citar como en muchas otras, ha llamado la atención para recordar que por razón de las particulares circunstancias en que se desenvuelve la vida de cada quien, los textos legales no pueden ser proyectados sobre las mismas de una manera inexorable, absoluta, o, si se quiere, matemática. De ahí que haya admitido que, por razón de esas circunstancias, no se den en un caso dado todos los componentes propios del trato; o que los testigos se refieran a distintas épocas, ninguna de las cuales, en sí misma considerada, alcance el mínimo legal; sin embargo, si el haz probatorio muestra, de manera incontrastable, que por causa del trato los deudos y amigos del presunto padre, o el vecindario del domicilio en general, adquirieron la certidumbre respecto de la existencia de la paternidad, bien se puede hacer caso omiso de las limitaciones advertibles en los testimonios puesto que, a su pesar, la convicción sobre la existencia del estado civil, como fruto de la reiterada percepción de unos determinados hechos, se habrá impuesto.

Conviene, sí, insistir en que ese justo medio en la apreciación del acervo probatorio por el que se propugna, debe contar, de manera indefectible, con los hechos como esencial punto de referencia: hechos que, narrados por los testigos, le permitan al fallador llevar a cabo la indispensable confrontación con la previsión abstracta de la norma para ver si se caracteriza o no la posesión notoria. No son, pues, en ningún momento, los meros conceptos o apreciaciones subjetivos de los testigos los que le dan forma a esta causal. Los testigos, por supuesto, deben haber adquirido la convicción en torno al estado civil. Pero esa convicción, por su lado, tuvo que haber surgido de la apreciación de ciertos hechos, siendo estos los que han de ser puestos en conocimiento del juez a fin de que éste, al definir la cuestión, determine si se acomodan o no al trato, tal como la ley lo prefigura. De ahí que la Corte, en sentencia del 12 de octubre de 1988, hubiera dicho lo siguiente reiterando doctrinas anteriores:

“...El tratamiento y la fama no son suficientes por sí para establecer la paternidad, sino bajo condición de que ellos se apoyen en hechos que apunten a señalar que el padre positivamente ayudó a la subsistencia, educación y establecimiento del hijo. En consecuencia, aunque en posterior jurisprudencia se señalaron las reglas a seguir para la valoración de la prueba, en el sentido de que en esa misión el juzgador no debía adoptar un criterio tan severo que hiciera letra muerta el espíritu de la Ley 75 de 1968, ...se siguió haciendo énfasis en que no bastaban los elementos anotados, ya que estos necesariamente debían derivarse o provenir de actos manifiestos y precisos que hagan relación con la crianza o establecimiento o subsistencia del hijo, por un período no inferior a cinco años”.

Si por las condiciones del trato dado por el presunto padre al hijo, dentro de cualquiera de las expresiones que le son consubstanciales —sostenimiento, educación y establecimiento—, para el propósito perseguido por la ley ha de estar orientado hacia una finalidad muy precisa y categórica, como es la de crear una resonancia, una distinción, un convencimiento extendido en el respectivo ámbito social o familiar sobre la existencia del parentesco, que es, con exactitud, lo que constituye la notoriedad aneja a la posesión del estado civil. De ahí que este aspecto de la fama, por su propia significación intrínseca, no pueda ser reductible a una expresión más o menos circunspecta o reservada porque entonces no aparecería como tal, sino como algo modesto o insignificante y, por consiguiente, de acogerlo en estos términos, se desnaturalizaría el alcance de esta causal de investigación de la paternidad extramatrimonial».

(Sentencia de febrero 27 de 1991. Magistrado Ponente: Dr. Héctor Marín Naranjo).

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