Sentencia SP1478-2015/42273 de febrero 18 de 2015

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA 

SALA DE CASACIÓN PENAL

Magistrada Ponente:

Dra. María del Rosario González Muñoz

SP 1478-2015

Rad.: 42273

(Aprobado Acta 63)

Bogotá D.C., febrero dieciocho de dos mil quince.

EXTRACTOS: «Consideraciones de la Corte

Para resolver la controversia puesta a consideración de la Sala, se examinará primero si el tribunal incurrió en los errores denunciados por el actor y, luego, en caso de resultar afirmativa la respuesta, se determinará la trascendencia de los yerros.

i) Los errores denunciados:

Sea del caso señalar, ante todo, que la Sala hará caso omiso a los desaciertos técnicos contenidos en el cargo objeto de análisis, pues su admisión, como ya es criterio jurisprudencial consolidado, conlleva la superación de esos defectos y el deber, consecuencial, de la Corte de emitir pronunciamiento de fondo.

El demandante, en primer lugar, atribuye al juzgador de segundo grado incurrir en falso juicio de identidad respecto de los testimonios rendidos por J... E..., G… M... M... y T... F... R.... En el orden propuesto en el libelo se examinará si tales errores se presentaron.

Previamente, considera la Corte importante recordar que el aludido error de hecho se estructura cuando el juzgador, al apreciar la prueba, distorsiona su contenido fáctico para hacerle decir lo que ella no expresa, bien por agregarle aspectos ajenos a la misma o por suprimirlos. Se trata, como lo ha dicho la jurisprudencia, de un yerro de contemplación objetiva de la prueba que surge luego de confrontar su expresión material con lo que consigna el sentenciador acerca de ella.

Según el impugnante, el ad quem adicionó el testimonio de J... E... cuando le asignó afirmar, sin ser ello cierto, que el procesado M... M... retornó al interior del establecimiento comercial, buscó un arma de fuego, salió y le disparó a L... B... en repetidas oportunidades.

En el fallo cuestionado el tribunal, ciertamente, manifestó respecto de G… A… lo siguiente:

“… este testigo apunta igualmente que después de apreciar que el hombre ebrio que había llegado se metía la mano a la mochila, el hoy procesado retorno (sic) hacia el interior del establecimiento comercial, buscó un arma de fuego, salió y le disparó en repetidas oportunidades”(1).

Confrontado el anterior texto con el contenido de la declaración rendida por J... E..., se advierte que éste no efectuó la afirmación atribuida por la corporación de segunda instancia. El testigo, en realidad, manifestó que, estando sentado en el estadero junto con R... D... G..., observó cuando arribó al lugar el hoy occiso y empezó a discutir con el dueño del establecimiento. El altercado verbal, dijo, se acaloró y de repente escuchó tres (3) disparos, y aunque aclaró que los efectuó el acusado contra L... B..., aseguró que no vio de dónde el acusado “sacó un arma”(2).

Resulta evidente la distorsión de la mencionada prueba por parte del tribunal, pues mientras el testigo manifestó que no apreció de dónde el procesado tomó el arma, la citada colegiatura, en cambio, sostiene que éste se dirigió al establecimiento comercial para sacar de allí el artefacto bélico, tras lo cual retornó al lugar donde se encontraba el hoy occiso para disparar contra él.

En relación con lo anterior, el delegado de la fiscalía, en la audiencia de sustentación de la casación, argumenta que aun cuando el testigo no relató que el acusado regresó al interior del inmueble a buscar el arma, sí aludió al hecho de haber interrumpido momentáneamente el enfrentamiento verbal que sostenía con su vecino para obtener el artefacto bélico y disparar contra este.

Sin embargo, el contenido integral del testimonio de G… A… no admite el alcance que le asigna el sujeto procesal no recurrente, pues el declarante se limita a manifestar que el procesado y el hoy occiso estaban discutiendo y luego vio cuando el primero disparó al segundo, sin saber de dónde tomó el arma de fuego.

El demandante, de otra parte, cuestiona al tribunal por cercenar el testimonio rendido por el acusado G… M... M..., en cuanto le asignó decir que solamente hizo un disparo, cuando en realidad él aceptó haber percutido el arma de fuego en dos oportunidades más.

En la sentencia el ad quem reflexionó al respecto en los siguientes términos:

“De otra parte no resulta concordante con la versión de una supuesta defensa putativa, que el procesado en su relato señale que el (sic) sólo buscaba disuadir a su agresor, y que le disparara para asustarlo, advirtiendo que sólo hizo un disparo, pues lo cierto es que todo (sic) los testigos admiten haber oído por lo menos tres detonaciones, y lo cierto es que en el cuerpo de L... B... se encontraron dos impactos con arma de fuego tal y como consta en la diligencia de necropsia que fue estipulada e incorporada como evidencia…” (las subrayas son de la Corte)(3).

La revisión del contenido del testimonio de M... M... permite arribar a la conclusión de que también el tribunal tergiversó esa prueba, pues el aludido, ciertamente, admitió haber accionado en tres ocasiones su arma de fuego cuando el hoy occiso lo perseguía llevando la mochila consigo, en cuyo interior creyó portaba un artefacto de esa misma naturaleza con el cual le apuntaba, precisando que el primer disparo lo percutió hacia el suelo, pese a lo cual L... B... J… siguió detrás de él con la intención de matarlo, según así lo interpretó en ese momento(4).

Tiene razón, por tanto, el actor cuando sostiene que el juzgador de segundo grado cercenó la declaración del acusado.

El fiscal delegado ante la Corte argumenta que cuando el tribunal se refirió a un único disparo estaba haciendo alusión al efectuado por el procesado al inicio para intimidar al agresor. Sin embargo, la lectura detenida de la sentencia trasluce que la corporación de segunda instancia solamente tuvo en cuenta la parte del testimonio del acusado en la cual afirmó que disparó una sola vez para amedrentar a su vecino, pues aun cuando advierte que M... M... disparó en tres oportunidades, la existencia de las otras dos denotaciones la encontró demostrada con el relato de los testigos de los hechos y con la diligencia de necropsia.

El impugnante reprocha al ad quem, igualmente, tergiversar el testimonio de T... F... R..., en cuanto le atribuye decir, sin ser cierto, que la víctima “ya había lanzado la botella, no tenía arma alguna, y sin embargo M... M... ingresó al establecimiento por el arma y volvió a salir al parqueadero contiguo…”.

Al consultar el fallo de segundo grado, se advierte que allí el tribunal señaló lo siguiente:

“… para la legítima defensa se requiere defender un derecho propio o ajeno, para el caso la vida de G… A… M... y la tranquilidad de su establecimiento de comercio, de una injusta agresión, para el caso, los improperios e insultos que lanzaba reiteradamente L... B..., y la botella de vidrio que lanzó contra el establecimiento sin embargo la agresión repelida no fue actual o inminente, ni la defensa esgrimida proporcionada, pues el exaltado L... B..., según lo narra el testigo T... F... R..., ya había lanzado la botella, no tenía arma alguna, y sin embargo, M... M... ingresó al establecimiento por el arma y volvió a salir al parqueadero contiguo, con lo que evidentemente la inminencia o actualidad de la agresión sufrida ya había terminado” (resaltado también la Corte)(5).

Al verificar el respectivo registro magnetofónico, se observa que el testigo T... F... R... declaró que el “mono” (así llama a L... B... J…), luego de intimidar a M... M... con la mochila, en la cual “se le veía algo grande… pensamos que era un arma”(6), esperó a este detrás de un bus que estaba allí parqueado. Según expresó también el declarante, ante esa situación el procesado, quien ya había ido por el arma que se encontraba en la cocina, le hizo un disparo al suelo, pese a lo cual el “mono” se le “aventó” y le pegó con una botella en la cabeza, por cuya razón don G… salió a correr, pero el “mono” fue tras él, quien entonces le disparó, acción que repitió momentos después(7).

Como queda visto, contrario a lo consignado por el ad quem, el testigo aseguró que el hoy occiso lanzó la botella en contra del procesado cuando ya éste portaba el arma de fuego; es más, afirmó que lo persiguió aún después de que el procesado hizo el primer disparo hacia el suelo. Por lo demás, el declarante nunca afirmó que L... B... Jaramillo no portara elemento bélico alguno. Antes bien, manifestó que éste siempre llevó consigo la mochila, “actuando como si tuviera un arma”(8).

No comparte la Sala, por tanto, el criterio del fiscal delegado ante esta corporación cuando expresó que no se presentó la distorsión denunciada en el testimonio de T... F... R.... Sí la hubo, y recayó en los aspectos antes referidos.

A esta altura importa precisar que el tribunal no sólo incurrió en las tergiversaciones del contenido material de la prueba denunciadas por el libelista a las cuales se ha hecho referencia, sino que, por igual, también alteró lo dicho por el testigo J... E... en relación con la actitud desarrollada por el occiso con respecto a la mochila que portaba cuando enfrentó al procesado. Sostuvo la corporación:

“…Para el presente caso dicha hipótesis se construye en el fallo del a quo partiendo de la supuesta manifestación que hace el testigo J... E..., conductor de una empresa de buses que llegó al parador de la ruta del café a desayunar en compañía de R... D... G..., testigos igualmente criticados por las partes como aleccionados previamente en la versión que iba a rendir en el juicio, de que en un momento en el que L... B... insultaba, manoteaba y vociferaba en contra de M... M..., se llevó las manos a una mochila que portaba, y de lo narrado por el procesado de que L... B... llegó incluso a apuntarle con algo que tenía dentro de la mochila lo que hizo creer erróneamente iba a ser atacado con un arma de fuego…”(9) (subraya fuera de texto).

Sin embargo, tras consultar en toda su extensión la versión ofrecida por el mencionado deponente, por parte alguna se advierte la veracidad de tal afirmación del tribunal en cuanto lo que siempre adujo fue que vio al occiso portando dicho objeto (tula o mochila) y que la esculcaba, pero nunca que hubiere llevado las manos a su interior en el instante preciso del enfrentamiento que culminó con su deceso. Lo que textualmente dijo el testigo fue lo siguiente:

“LE VIO USTED ALGÚN ARMA A ESA PERSONA? No, el señor tenía una tulita y se la esculcaba pero en ningún momento le vi arma. BUENO CONTINÚE…Ya nosotros esperábamos pues el desayuno y ellos siguieron alegando, ya subiendo el temperamento...TAMBIÉN EL SEÑOR DE ADENTRO TAMBIÉN LE DISCUTÍA? No, el señor de adentro no discutía casi pero el otro señor ya se estaban subiendo mucho en la conversación y ya se estaban desacalorando, ya después yo no vi donde el señor saco un arma…”(10) (resaltado fuera de texto)

Más adelante, en el contrainterrogatorio a cargo de la defensa, el testigo también refirió al punto, en los siguientes términos:

“…USTED NO PRESENCIÓ QUE EL HOY OCCISO SACARA ARMA O SACARA ALGO DE LA MOCHILA? Él no saco nada. PERO SIEMPRE TUVO CONTROL SOBRE LA MOCHILA…Siempre estuvo teniendo la mochila. SOSTENÍA LA MOCHILA…Sostenía la mochila… GRACIAS SEÑOR JUEZ, SIEMPRE SOSTUVO LA MOCHILA CIERTO? Y TUVO CONTROL DE LA MOCHILA? Si…”(11) (subrayas fuera de texto).

Aduce el libelista, finalmente, que el tribunal vulneró la lógica y las reglas de la experiencia cuando, a pesar de reconocer la grave, injusta e inminente agresión de que fue víctima el procesado, a causa de lo cual éste se encontraba en grado de excitación extrema y temor fundado, terminó señalando que M... M... pudo acudir a otro tipo de reacción, como propinar un golpe, llamar a la autoridad, pedir la intervención de vecinos e incluso lanzar agua al ebrio enardecido.

En cuanto al falso raciocinio así denunciado por el impugnante, resulta imperioso otorgar razón al fiscal delegado ante esta corporación cuando sostiene que en la demanda se parte de un supuesto inexacto, y es atribuir al tribunal reconocer la existencia de una agresión inminente, lo cual no es cierto. El fragmento último transcrito del fallo confutado confirma el aserto de la Sala, en cuanto en la parte final de dicha reproducción se lee lo siguiente: “… con lo que evidentemente la inminencia o actualidad de la agresión sufrida ya había terminado”.

Como lo ha expresado la Corte, “la sola elaboración de máximas a partir de hechos no admitidos por las instancias carece de idoneidad para desvirtuar el valor de verdad de las conclusiones fácticas de los fallos” (CSJ SP, 12 de sept. de 2012, rad. 36824). Esto es, precisamente, lo pretendido por el actor, pues el postulado lo construye a partir de un hecho no admitido por el juzgador, esto es, la inminencia de la agresión.

ii) Trascendencia de los errores cometidos:

Aun cuando el Delegado de la Fiscalía inicialmente rechaza la configuración del yerro en lo relativo al testigo J... E..., termina admitiendo su existencia. No obstante, estima que el dislate no reviste trascendencia, por cuanto el Tribunal ponderó otras pruebas que demuestran la ausencia de inminencia o actualidad en la agresión, y al respecto se refiere a los testimonios de R... D... G..., T... F... R... y B… H… M…, esta última inspectora de policía del lugar, así como a la prueba documental referida al acta de inspección, en lo que respecta a la ubicación del cadáver.

No comparte la Corte el anterior aserto. Con fundamento en el testimonio de R... D... G... no es posible descartar la inminencia o actualidad del ataque, pues este declarante se limitó a narrar que, estando en el establecimiento junto a J... E... G..., apareció en el lugar un señor por el lado del parqueadero en estado de embriaguez, poniendo problema por un “agua” al aquí procesado. Según el deponente, no le “paró bolas a eso”(12) y siguió jugando con el celular, como lo venía haciendo hasta cuando se produjo el arribo de esa persona. De pronto, dijo, oyó un disparo, razón por la cual se agachó y se tapó la cabeza con las manos, escuchando después otros dos (2) disparos, en cuyo momento su compañero le dijo “…a ese señor como que lo mataron”(13).

Como se advierte, R... D... G... ni siquiera apreció quién hizo los disparos, menos aún observó de dónde el autor de los mismos tomó el arma de fuego.

Conforme quedó visto en el acápite precedente, tampoco con basamento en el testimonio de T... F... R... es posible arribar a la conclusión del tribunal, pues aquél declaró que el acusado, luego de disparar al piso, accionó su arma en contra del hoy occiso sólo después de que este le arrojó una botella y emprendió su persecución.

Mucho menos sirve de apoyo a la tesis del ad quem la declaración de la inspectora de policía B… H… M…, pues esta de lo único que da cuenta es acerca de la existencia de una querella formulada por L... B... Jaramillo en contra del aquí procesado por discrepancias acerca del vertimiento de aguas al predio del primero. Empero, nada relató, por no haber sido testigo de ellos, respecto de los hechos en los cuales falleció éste.

Tampoco avala el criterio del tribunal, finalmente, lo relativo a la ubicación del cadáver, pues sobre el particular esa corporación señaló:

“… tal como se puede apreciar en el levantamiento del lugar de los hechos… el cuerpo sin vida de L... B... fue encontrado fuera del establecimiento, pasando la vía púbica y como lo termina admitiendo el acusado, cuando le dispara a L... B..., éste se encontraba en el parqueadero, por lo que no se esta (sic) frente a una inmediata respuesta a la agresión…”(14) (subraya la Corte).

Obsérvese cómo aunque el ad quem aduce que el cuerpo quedó fuera del establecimiento, admite que los hechos ocurrieron en el parqueadero del mismo. Su reflexión, por lo demás, está acorde con los testimonios de J... E... G... y T... F... R..., en cuanto el primero manifestó que el hoy occiso, luego de recibir los disparos en el parqueadero, “se fue desplazando… hacia la cuneta del lado inverso de la carretera, se fue desplomando y se desplomó”(15). El segundo, por su parte, atestó que el “mono”, ocurridos los disparos, “se voltió para la otra orilla y cayó allá al otro lado”(16).

De acuerdo, por tanto, con los anteriores testigos, el cuerpo quedó al otro lado de la vía porque el hoy occiso, luego de recibir los impactos de bala, alcanzó a caminar hasta ese lugar.

No obstante el cúmulo de yerros de apreciación probatoria en que incurrió el ad quem por tergiversación, según lo visto in extenso, lo cierto es que por manera alguna desvirtúan la responsabilidad penal que deviene en contra del aquí procesado por el delito de homicidio en la persona de L... B... en tanto, de cualquier modo, no corroboran su exposición en el sentido de que actuó bajo la creencia o convicción invencible de defenderse de una agresión injusta, actual o inminente, pues, a juicio de la Sala, ésta nunca existió. Por el contrario, lo que surge demostrado es que dolosamente accionó su arma contra el mencionado ocasionándole la muerte.

Ahora bien, la figura reconocida por el a quo está exactamente contemplada en el aparte del inciso primero del numeral 10 del artículo 32 del Código Penal, en el cual se considera legitimada la conducta de quien “obre con error invencible… de que concurren los presupuestos objetivos de una causal que excluya la responsabilidad”.

Dicho motivo excluyente de responsabilidad dogmáticamente se denomina error de prohibición -indirecto- y tiene como elemento esencial, como lo ha señalado la jurisprudencia de la Sala, el error invencible en que incurre el agente acerca de la existencia del ataque o agresión o en torno a su justificación, es decir que el mismo no es real, pero aquel lo crea, lo representa imaginariamente, hasta el punto de considerar necesario ejercer un acto de defensa para repelerlo, convencimiento errado que entonces legitima la conducta del agente (CSJ SP, 29 de jun. de 2011, rad. 28143).

Sobre las diferencias existentes entre la legítima defensa pura y simple y la defensa putativa o subjetiva, la Corte ha explicado lo siguiente:

“La legítima defensa se considera como causal excluyente de la antijuridicidad porque la conducta de quien obra en defensa de un derecho propio o ajeno, contra una agresión que es injusta, actual o inminente, no es pasible de juicio de reproche dado que en esas condiciones se afirma que el hecho es justificado; en cambio, en el error de prohibición no es acertado hablar de legítima defensa, sino de defensa putativa o supuesta, porque quien actúa lo hace bajo el errado convencimiento de que ha sido objeto de una injusta agresión, cuando en realidad no ha existido un ataque injusto, actual o inminente, luego la conducta del agente está determinada por una deformación de la verdad que da lugar a excusar la responsabilidad, pero siempre y cuando el error sea invencible, dado que si fuere “vencible la conducta será punible cuando la ley la hubiere previsto como culposa” (CSJ SP, 14 de jul. 2008, rad. 27910).

Con este marco referencial se tiene que, en definitiva, asiste razón al tribunal al pregonar que en este asunto no confluye la aludida causal de exoneración penal, ni ninguna otra de las previstas en el artículo 32 del estatuto sustantivo penal, contrario sensu aparece acreditada, más allá de toda duda razonable, la responsabilidad de G… M... M... a título doloso en los hechos. Las razones son las siguientes:

Empiécese por señalar que el error, como estado interior y subjetivo de quien lo padece, recayendo en este caso concreto en la existencia de la agresión injusta, actual o inminente que habría determinado una reacción letal amparada en una causal de justificación del hecho, fue alegado, como dimana de tal naturaleza, por el propio procesado M... M... durante su testimonio en el juicio oral.

Sin embargo, el carácter eminentemente subjetivo del error no impide, desde luego, la ponderación de las circunstancias narradas por quien la esgrime bajo el prisma de las reglas de la sana crítica, en orden a establecer su credibilidad o, lo que es lo mismo, requiere de valoración jurídico-probatoria, como lo precisó la Sala al justipreciar un error de tipo, pero que igual vale para ponderar el error de prohibición. Señaló, en aquella oportunidad:

“Lo que concierne a la presunta existencia del error de tipo, corresponde a una causal que requiere valoración jurídico-probatoria en torno del injusto típico y de las posibilidades de acción que en su ejecución tuvo el procesado, luego necesariamente debe agotarse el juicio, y, por ende, la evacuación de las pruebas ordenadas, de tal manera que si aquella causal excluyente de responsabilidad es demostrada, la decisión del proceso terminará con su reconocimiento en la sentencia”. (CSJ AP, 21 feb. 2007, rad. 26817).

Pues bien, la valoración de la versión ofrecida por el procesado junto con los demás medios de prueba de índole testimonial, constituida por las atestaciones vertidas por los mencionados J... E..., R... D... G... y T... F... R..., únicos presenciales de los hechos que acudieron al juicio oral, en sentido de haberse presentado ciertas circunstancias que lo indujeron en error, permite arribar a la conclusión de que la causal de exoneración de responsabilidad penal que invoca carece totalmente de respaldo probatorio.

Al respecto, es preciso destacar que el dicho del procesado, concretamente en cuanto a que su opositor lo persiguió blandiendo la mochila que tenía consigo como si contuviera un arma de fuego o cortopunzante, actitud con la cual le hizo incurrir en el error de que se encontraba ante una agresión injusta, actual o inminente, sólo encuentra acogida probatoria en la declaración del menor T... F... R..., en tanto los demás testigos presenciales mencionados nada acotaron sobre ese particular.

Es verdad, sí, que el testigo J... E... confirma que el hoy occiso portaba una mochila o tula, como la denomina al inicio de su atestación(17), pero, anticípese desde ya, jamás da cuenta que la hubiera esgrimido contra el procesado de forma tal que permitiera pensar que llevaba algún arma de fuego o cortopunzante en su interior con la cual pudiera causar daño a su integridad.

Ahora, como ya se anotó, la única testimonial que respalda la versión disculpante de G… A… M... M... es la del menor T... F... R..., pero resulta evidente el marcado interés que tuvo en favorecer al procesado.

A esa inferencia se llega, en principio, por las reiteradas alusiones en su declaración encaminadas a exaltar el comportamiento agresivo del hoy occiso(18) —hasta aseverar incluso que en una oportunidad previa lo había amenazado de muerte e intentado agredir con esa intención(19)— al tiempo que con frecuencia se emborrachaba y “tiraba vicio”(20), y porque también de forma recurrente alude que en la mochila “se le veía algo grande ahí, pensamos que era un arma…”(21).

Empero, lo más incidente que conduce a evidenciar el ánimo de T... F... R... de favorecer al procesado M... M... es que, también de forma insistente, alude a la agresión que sufrió el procesado al ser golpeado con una botella en la cabeza por parte del hoy occiso previamente a que disparara contra su humanidad(22), episodio que ni siquiera relata en su vasta atestación sobre los hechos el mismo implicado, no obstante haber sido cuestionado, como es apenas obvio, en múltiples oportunidades sobre las circunstancias que rodearon el ataque en su contra llevándolo a la supuesta convicción de que se atentaba contra su vida. No está de más advertir que ese acontecer tampoco fue narrado por alguno de los testigos presenciales.

Para la Sala, la actitud sesgada del atestante encuentra explicación en la relación de subordinación laboral que tenía con el procesado M... M... y que persistía para el momento de los acontecimientos juzgados, en tanto su presencia allí precisamente se debía a ese vínculo de trabajo, máxime cuando el mismo implicado reconoció durante su testimonio en el juicio oral que, junto con su cónyuge, han sido “benefactores” de este joven. Concretamente indicó:

“…A ver son 2 tipos de cosas, yo creo que con respecto a Tomás fuimos más bien benefactores y lógicamente que también prestaba el servicio de lavado de vehículos…”(23).

Tales circunstancias, en suma, permiten evidenciar que se está ante un testigo con interés en favorecer a G… A… M… y, como tal condición afecta en grado sumo la credibilidad de su dicho, la Sala no lo tendrá en cuenta en aras de reconstruir lo realmente sucedido la mañana de los sucesos.

Ahora, en la dirección de no otorgar credibilidad al error manifestado por el procesado, deviene evidente su referencia a circunstancias que “insólitamente” no observó el testigo, este sí imparcial, J... E..., quien ninguna relación tenía con el primero en tanto su presencia en el restaurante fue casual como cliente por primera vez y especialmente por cuanto ofrece un relato global y objetivo de lo sucedido, en contraste con R... D... G..., de quien ya se dijo expresó no haber prestado plena atención a los sucesos por estar jugando con su celular(24), aun cuando también revela algunos aspectos determinantes para esclarecer la verdad, según se verá.

Así, para empezar, J... E... en momento alguno refirió, como atrás se consignó, que hubiera existido la alegada persecución por parte del obitado hacia M... M... mientras esgrimía la mochila de forma amenazante o apuntándole como dando a entender que en su interior portaba algún elemento con el que pudiera causar daño a la integridad del procesado, se limitó a decir, conforme atrás se destacó, que “la sostenía”(25) y que “la esculcaba”(26), pero no dio fe de ese específico comportamiento del hoy occiso L... B..., menos aún en los instantes previos a que el procesado accionara el artefacto bélico.

Tampoco dio cuenta este deponente de la supuesta arremetida violenta del mismo L... B... contra la cónyuge de M... M..., momento en el cual, según éste, se decidió por tomar el arma que conservaba en la cocina del establecimiento. Es más, se afirma por los testigos de forma unánime, que dicha señora permaneció en el interior del establecimiento y el occiso nunca ingresó(27).

En cuanto a la participación de la dama en los hechos, lo único que declara G… A… es que se les acercó y “nos decía que el señor estaba borracho y que venía alegando por un problema de aguas”(28), pero nunca que hubiera sido objeto de intimidación o amenaza por L... B...

Sobre ese aspecto y ante el cuestionamiento concreto de la Fiscalía en el interrogatorio directo de si la señora fue atacada por el sujeto que estaba afuera poniendo problema, el testigo R... D... G..., refirió: “No, no vi…”(29).

J... E... G... tampoco percibió que M... M..., una vez provisto del artefacto bélico y al salir del restaurante, haya efectuado el primer disparo al piso con el objeto de amedrentar a L... B..., simplemente relata que percibió cuando el procesado accionó el arma contra el otro señor(30).

Ahora, R… D… G… sí confirma que primero escuchó un disparo y luego los otros dos, acorde con la versión del justiciable, pero como al oír la primera detonación dejó de jugar con el celular y se resguardó debajo de la mesa, no observó nada(31), a diferencia de J… E…, quien, se repite, indica claramente y sin vacilaciones que M… M… accionó el arma contra L... B... sin mediar la persecución relatada y el acto de apuntarle con la mochila simulando tener algo en el interior.

Para la Corte, entonces, además de las razones expuestas que llevan a desconfiar del dicho del menor T... F... R..., la versión del procesado no merece credibilidad dado que resulta inexplicable que las circunstancias referidas no hayan sido aducidas por los demás testigos, especialmente por J... E..., no obstante su evidente notoriedad y trascendencia en el desarrollo de los hechos, particularmente, insístase, la persecución emprendida por el hoy occiso al procesado apuntándole con la mochila y la supuesta arremetida del interfecto contra la cónyuge del justiciable, más aún cuando no existen motivos para dudar de su versión, pues, se itera, se trata de un testigo imparcial respecto de quien, además, no se demostró concurre algún tipo de limitación física para la época de los sucesos que le hubiera impedido percibirlos integralmente.

Por consiguiente, encuentra la Corte que aun cuando el ad quem no se sujetó a los precisos términos de la prueba testimonial, incurriendo en los defectos de distorsión denunciados por el libelista, tales no comportan la incidencia suficiente para desvanecer el juicio de responsabilidad penal que recae más allá de toda duda razonable en contra de G… M... M... por haber actualizado dolosamente el delito de homicidio en la persona de L... B....

Lo anterior, habida cuenta que no aparece demostrada la causal de exoneración penal reconocida por el a quo en virtud del error de prohibición indirecto, pues el obitado, según se ha consignado, nunca entró al establecimiento ni amenazó a la cónyuge del enjuiciado, mientras que éste abandonó el altercado verbal e ingresó al mismo, así hubiera sido a muy corta distancia, para hacerse al arma de fuego, la cual accionó contra la humanidad de su oponente, sin que, ciertamente, se hubieran presentado las circunstancias por él narradas para hacerlo incurrir en error invencible, o siquiera vencible, de que estaba ante un ataque injusto, actual o inminente.

En ese escenario, la conducta se ofrece culpable, pues la agresión del hoy occiso no sobrepasó lo verbal, por lo que el sujeto agente ha podido comportarse de otra manera, v.b. gr., como lo precisó el ad quem, informando a la autoridad policiva para que retirara al perturbador, contrario sensu optó, con pleno conocimiento de la antijuridicidad de su acto y de forma voluntaria, por segarle su vida.

En consecuencia, no se casará el fallo impugnado.

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal, administrando justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley,

RESUELVE:

NO CASAR la sentencia impugnada, de conformidad con los argumentos expuestos en la parte motiva de esta decisión.

Contra esta decisión no procede recurso alguno.

Cópiese, notifíquese y cúmplase».

1 Página 10 del fallo de segunda instancia.

2 CD contentivo del juicio oral, parte 5, récord 2:24:20.

3 Página 11 del fallo de segundo grado.

4 CD contentivo del juicio oral, parte 6, récord 01:13:11. También, parte 7, récord 16:15: Igualmente, parte 8, récord 13:10.

5 Página 7 del fallo de segundo grado.

6 CD contentivo del juicio oral, parte 9, récord 8:30.

7 CD ídem, parte 9, récord 09:42.

8 CD ídem, parte 9, récord 32:00.

9 Páginas 9 y 10 del fallo de segundo grado.

10 CD contentivo del juicio oral, parte 5, récord 02:24:13.

11 CD ídem, parte ídem, récord 2:32:40.

12 CD ídem, parte 5, récord 02:59:40.

13 CD ídem, parte 5, récord 03:00:05.

14 Página 11 del fallo de segunda instancia.

15 CD contentivo del juicio oral, parte 5, récord 2:26:50.

16 CD ídem, parte 9, récord 09:10.

17 CD contentivo del juicio oral, parte 5, récord 02:24:13.

18 CD contentivo del juicio oral, parte 9, récord 11:37 y 34:08.

19 CD ídem, récord 11:37.

20 CD ídem, récord 12:40.

21 CD ídem, récord 9:51, 29:03 y 32:03.

22 CD ídem, récord 8:45, 29:14 y 34:46.

23 CD contentivo del juicio oral, parte 8, récord 50:45.

24 CD ídem, parte 5, récord 02:58:16 y 02:58:49.

25 CD ídem, parte 5, récord 2:32:40.

26 CD ídem, récord 2:23:55.

27 Declaración de J… E… G…, ídem, récord 2:22:55 y 2:36:47 y de R… D… G…, ídem, récord 3:03:18.

28 CD ídem, récord 2:34:47.

29 CD ídem, récord 3:02:03.

30 CD ídem, récord 2:24:45.

31 CD ídem, récord 2:59:48.