Sentencia T-244 de marzo 3 de 2000 

CORTE CONSTITUCIONAL 

SALA SÉPTIMA DE REVISIÓN

LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN LAS OBRAS LITERARIAS

LA NOVELA INSPIRADA EN HECHOS REALES NO VIOLA EL BUEN NOMBRE

EXTRACTOS: «En esta oportunidad le corresponde a la Sala revisar los fallos de primera y segunda instancia producidos en el proceso de tutela de la referencia, que denegaron la acción interpuesta por la actora, a través de la cual ella pretendía la protección inmediata de los derechos fundamentales a la intimidad, al buen nombre, a la honra y al libre desarrollo de la personalidad de ella y de su familia, que en su opinión fueron vulnerados por el accionado, catedrático de literatura y autor del libro “Amor y Crimen”, pues según ella ese es un relato histórico sobre los hechos que protagonizó su hermano Cornelio R... en agosto de 1970 en la ciudad de Tunja, hecho que terminó con la muerte de un niño que él secuestro y de una señora de quien decían era su amante y con su suicidio.

Como relato histórico, sostiene la actora, él mismo debió ser fiel a la verdad y exacto en sus descripciones y aseveraciones, pues lo contrario implicaría desvirtuar los acontecimientos y en el caso concreto incurrir en la violación de los derechos fundamentales que alega vulnerados, pues además de no ser ciertas las descripciones que el autor de la obra hace de sus padres, de sus hermanos y de ella misma, éstas son ofensivas y denigrantes y atentan contra la honra y buen nombre de su familia.

(...).

Lo que en primer lugar debe determinar la Sala, en el caso concreto que se revisa, es si efectivamente, como lo señala el juez constitucional de segunda instancia en el proceso de la referencia, la tutela que se revisa era procedente no obstante estar dirigida contra un particular, dado que la actora frente al autor del libro que ella impugna, se encontraba en estado de indefensión.

Sobre el estado de indefensión esta corporación ha dicho lo siguiente:

“La indefensión implica una situación en la cual el afectado se encuentra en posición de impotencia ante el agresor; no puede hacer nada ante su conducta, activa u omisiva, excepto ejercer la acción de tutela, para buscar y obtener el reconocimiento y eficacia de sus derechos amenazados o vulnerados. La persona depende literalmente de la otra en el orden fáctico, de tal modo que le resulta imposible evitar que lleve a cabo los actos violatorios o que cese en la omisión que repercute en la lesión de la cual se queja. En ese sentido, la tutela viene a ser el único medio jurídico a disposición del individuo para invocar ante la administración de justicia, con posibilidad de efectos prácticos, las garantías básicas que en abstracto le reconoce la Constitución”. (C. Const. Sent. T-293, M.P. José Gregorio Hernández Galindo).

Teniendo como base los anteriores presupuestos de carácter jurisprudencial, no hay duda que una persona, en este caso la actora, que asume que ella es uno de los personajes de una obra escrita, que el autor reivindica como una novela pero en que en su criterio es un relato histórico, y cree que la descripción que se hace de ella y de su familia vulnera varios de sus derechos fundamentales, no dispone, por sí misma, de los medios que en igualdad de condiciones le permitan contrarrestar esa situación de manera inmediata, lo que la coloca en estado de indefensión frente al demandado y hace procedente la acción de tutela.

4. La obra impugnada reúne los elementos esenciales de una novela, cuya trama, si bien tuvo como base un hecho cierto que como tal se ubica en un espacio y en un tiempo determinados, es el producto del ejercicio creativo del autor, que lo alimentó y recreó con sus fantasías, con sus conocimientos e inventiva.

Para dirimir la controversia que plantea la actora es necesario primero establecer, si la obra objeto de impugnación es una novela, como lo sostiene el autor, o si por el contrario es un relato histórico, como tal sujeto al ejercicio previo de investigación y verificación que garantice la fidelidad y precisión que exigen tales trabajos, que pretenden ilustrar e informar a la opinión pública sobre un determinado suceso.

Lo anterior por cuanto el debate que subyace en los argumentos y peticiones que presenta la demandante al juez constitucional, es precisamente ese, dado que para ella la obra del accionado no es una novela, esto es un relato nutrido de ficción y de imaginación, sino un relato histórico que tiene como protagonista a su familia, que como tal debió ceñirse de manera estricta a la realidad de lo acontecido y a las características ciertas y verificables de cada una de las personas que directa o indirectamente tienen que ver con él.

El demandado en cambio, que es licenciado en idiomas, magister en literatura y docente de esa materia en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Tunja, sostiene en las declaraciones rendidas ante los jueces constitucionales de primera y segunda instancia y en el escrito que remitió al a quo para defenderse de las imputaciones que le hace la actora, que su obra es una novela, cuyo punto de partida en efecto fue un hecho acaecido en la ciudad de Tunja en agosto de 1970, que fue protagonizado por el señor Cornelio R... hermano de la actora, quien después de secuestrar y asesinar a uno de sus alumnos y de terminar con la vida de una amiga suya, con quien se decía mantenía relaciones afectivas, se suicidó.

No obstante, dice, ese suceso fue ampliamente divulgado por los medios de comunicación de la época, constituyéndose en un hecho público, que desde luego causó consternación en la sociedad tunjana y en general en el país, pues por entonces las muertes violentas no eran una constante en nuestro medio, lo que le permitió acceder a informaciones de prensa sobre él mismo, e indagar con personas que tuvieron conocimiento directo de los sucesos, e incluso entrevistarse con los padres del menor asesinado, quienes le colaboraron y en ningún momento mostraron renuencia a que él escribiera una novela sobre el desafortunado incidente. Lo anterior, advierte, no desvirtúa el género de su obra, que insiste es una novela, es decir un relato ficticio y no histórico, en el cual “el narrador no miente ni deja de mentir”, pues “...el concepto de ficción que la literatura ha institucionalizado es el de ficción como transposición a contextos que es preciso imaginar...”.

Resolver la controversia es importante por lo siguiente: porque si el escrito impugnado es, como lo afirma su autor, una novela, sus personajes y las situaciones descritas en él son una ficción, no son reales, son el producto de su imaginación después de desarrollar un complejo proceso de reelaboración intelectual, recreando y magnificando unos hechos, que si bien le sirvieron de inspiración, él nunca pretendió reconstruir y consignar en un documento; en ese caso las acusaciones que presenta la actora de la tutela en principio no tendrían ningún asidero, pues el autor del libro no se habría referido en su obra ni a ella ni a su familia en particular, ni siquiera a su hermano, cuya figura y acciones constituyeron apenas un referente que en ningún caso quiso “reproducir” en el libro.

Ahora bien, la contradicción que existe entre la descripción que el autor hace de cada uno de los personajes del libro y la que presenta la actora de ella misma y de los diferentes miembros de su familia, no hace más que corroborar el carácter ficticio del relato, pues el escritor no se limitó a sustituir los nombres de los protagonistas de la tragedia acaecida en Tunja en 1970, sino que trascendió el relato de esos hechos concretos, nutriéndolo con su inventiva, con sus fantasías, con su personal concepción del mundo y con su específico conocimiento e interpretación de su entorno, que es el de sus personajes; su obra, sin duda es una novela, que como tal “evoca la historia pero no corresponde a ella”(2).

(2) Fuentes Carlos, “Geografía de la Novela”, Fondo de Cultura Económica, México 1993.

En esa perspectiva, son las mismas afirmaciones de la accionante las que desvirtúan las acusaciones que presenta, así por ejemplo, no puede ella identificarse con el personaje de la hermana del profesor Antonio Rojas, y reclamar por las características que el autor le atribuye al presentarla como una profesora alcohólica, las cuales considera injuriosas y calumniosas, si cuando sucedieron los hechos que protagonizó su hermano ella apenas era una niña; tampoco puede argüir que falta a la verdad el autor del libro cuando describe a los padres de “su” protagonista, pues no se trata de sus padres, son una ficción, un invento, no obstante que algunas de las características de sus respectivas personalidades coincidan con las de sus progenitores; de otra parte, vale la pena señalar, que así como el autor se refiere a ellos como campesinos pobres y de escasa educación, bien pudo presentarlos como intelectuales ricos de gran influencia en la región, y así como ni lo uno ni lo otro corresponde a la realidad de la actora, tampoco ni lo uno ni lo otro constituyen características que denigren a un ser humano.

“La novela ni muestra ni demuestra al mundo, sino que añade algo al mundo. Crea complementos verbales del mundo. Y aunque siempre refleja el espíritu del tiempo, no es idéntica a él. Si la historia agotase el sentido de una novela, ésta se volvería ilegible con el paso del tiempo y la creciente palidez de los conflictos que animaron el momento en que la novela fue escrita...”(3).

(3) Fuentes Carlos, “Geografía de la Novela”, Fondo de Cultura Económica, México 1993. 

Así las cosas, la novela escrita por el demandado corresponde al ejercicio de su derecho fundamental a la libre expresión, consagrado y garantizado en el artículo 20 de la Carta Política, pues su intención fue crear un hecho estético que emerge de su propia subjetividad, y no informar sobre un específico acontecimiento histórico, en esa perspectiva su obra es intangible y pretender que el juez constitucional ordene retirarla de circulación, o la rectificación de su contenido, no es otra cosa que solicitarle que imponga una forma de censura, la cual está expresamente prohibida en nuestra Constitución, pues esa práctica riñe con todos y cada uno de los principios rectores del Estado social de derecho.

“A diferencia de la publicación o difusión de hechos y de opiniones por los medios de comunicación, los libros que revelan una elaboración intelectual y personal constituyen una creación de sus autores. Por ello, los libros de esta naturaleza constituyen una unidad inescindible, cuya autoría es producto de la creatividad intelectual, propósito e intención del autor y su contenido no puede ser modificado por una autoridad pública o particular”. (C. Const., Sent. SU-056/95, M.P. Antonio Barrera Carbonell).

En cuanto a la prueba que en concepto de la demandante demuestra fehacientemente que el escrito impugnado es un relato histórico y no una novela, esto es la reseña que sobre el libro hizo un periódico de Tunja, esta no es más que un comentario sobre la obra, que señala que la misma se inspiró en unos hechos concretos sucedidos en esa ciudad en los años setenta, lo cual nos desvirtúa su género literario, que deviene no de la clasificación que haga una u otra persona, sino del análisis de los elementos constitutivos de la misma.

Sobre la diferencia entre la libertad de expresar una opinión y la libertad de informar, a la que alude el problema que analiza la Sala, en anterior oportunidad, al conocer de un caso similar, dijo esta corporación:

“Cuando el propósito del comunicador es informar sobre hechos o situaciones objetivas, debe respetar el derecho de los receptores a recibir información veraz e imparcial e igualmente los demás derechos fundamentales de los sujetos involucrados en la noticia, en particular los derechos a la intimidad personal y familiar, a la honra y al buen nombre (C.P., art. 15).

En lo que concierne con la libertad de expresión que no se materializa o no tiene por objeto informar, sino recrear en una obra literaria, gráfica, plástica o fílmica, hechos o situaciones reales o imaginarios, no es procedente sujetarla a las exigencias impuestas a la libertad de información, como son el atenerse a la verdad e imparcialidad de la noticia, lo cual no significa que el artista —escritor, periodista, caricaturista, pintor, director— pueda desconocer impunemente los derechos fundamentales de terceras personas, en particular sus derechos a la intimidad, a la honra y al buen nombre”. (C. Const., Sent. SU-056/95, M.P. Antonio Barrera Carbonell).

Siguiendo con el análisis de los cargos que formula la demandante contra la obra literaria cuyo contenido impugna, y establecido como quedó que se trata de una novela y no de un relato histórico, debe ahora la Sala verificar que el escritor de la misma, con su contenido, no haya vulnerado los derechos fundamentales para los cuales ella solicitó protección vía tutela.

5. En el caso objeto de estudio, no se menoscaba la intimidad personal o familiar ni el buen nombre de la accionante o de su familia.

Alega la actora en su escrito de tutela y en la impugnación que presentó contra el fallo del juez constitucional de primera instancia, que la obra del demandado vulnera sus derechos fundamentales a la intimidad, a la honra y al buen nombre de ella y su familia.

A continuación verificara la Sala que ello no haya ocurrido, pues como se dijo antes, no obstante que ha quedado demostrado que el relato que impugna la actora es una novela, como tal una ficción que no corresponde a la realidad, con su contenido eventualmente el autor del mismo ha podido incurrir en la violación de los derechos a la intimidad, a la honra y al buen nombre que ella alega vulnerados.

El derecho a la intimidad, ha señalado esta corporación,

“...hace referencia al ámbito personalísimo de cada individuo o familia, es decir, a aquellos fenómenos, comportamientos, datos y situaciones que normalmente están sustraídos a la injerencia o al conocimiento de extraños. Lo íntimo, lo realmente privado y personalísimo de las personas es ...un derecho fundamental del ser humano, y debe mantener esa condición, es decir, pertenecer a una esfera o aun ámbito reservado, no conocido, no sabido, no promulgado, a menos que los hechos o circunstancias relevantes concernientes a dicha intimidad sean conocidos por terceros por voluntad del titular del derecho o porque han trascendido al dominio de la opinión pública”. (C. Const., Sent. SU-056/95, M.P. Antonio Barrera Carbonell).

En el caso concreto que se revisa, es necesario analizar dos posibles escenarios en lo cuales era posible la vulneración del derecho a la intimidad de la actora y de su familia.

El primero, el que se configura en el relato mismo, por cuanto éste se refiere a un crimen cometido en la ciudad de Tunja, por un profesor de un prestigiado colegio de esa ciudad, que enamorado de una mujer casada con la que quiere huir, resuelve, para conseguir el dinero necesario, secuestrar a su mejor alumno, al cual finalmente asesina, para luego proceder a darle muerte a su amante y posteriormente suicidarse. Este hecho coincide en lo esencial con la historia del hermano de la accionante y en efecto sirvió de referente al autor de la novela cuestionada, no obstante, sacarlo a la luz pública, recrearlo, narrarlo desde la perspectiva de un escritor que asume que las acciones violentas, recurrentes en los hogares campesinos, en muchos casos tienen origen en una cultura que desde temprana edad familiariza al individuo con la muerte, la destrucción y la fuerza, en nada vulnera el derecho a la intimidad de la actora o de su familia, pues, de una parte el episodio que protagonizó su hermano fue un hecho conocido, publicitado, informado por los medios de comunicación e investigado por las autoridades competentes, es decir que trascendió la órbita de lo privado, convirtiéndose, por sus características, en un asunto del que se apropió la opinión pública, y de otra, éste en el libro fue recreado introduciéndole una gran dosis de ficción, que lo convierte en un “hecho distinto”, en el que participan los personajes del escritor y no la familia de la accionante.

El autor de la novela, no se inmiscuyó entonces en asuntos reservados, de conocimiento exclusivo de la familia de la actora, sino que retomó, como punto de partida para su relato de ficción, un hecho concreto y cierto del cual fueron testigos muchos ciudadanos que hoy día viven y recuerdan los acontecimientos, lo que desvirtúa que fueran íntimos, no conocidos ni revelados.

El segundo escenario es el de la familia de la actora, quien alega que las condiciones y características que el autor de la obra le atribuye a sus padres, a sus hermanos y a ella misma, no corresponden a la realidad, son mentirosas y denigran de cada uno de ellos. Tratándose como se trata de personajes ficticios, que nada tienen que ver con los miembros de la familia de la demandante o con ella, el escritor obviamente se abstuvo de investigar o indagar sobre sus vidas o sus características, lo que de plano desvirtúa la vulneración del derecho a la intimidad, y al libre desarrollo de la personalidad de los mismos. Sus personajes, como se ha dicho, son todos una ficción, por lo tanto es lógico que no correspondan en su descripción con los miembros de la familia de la demandante, pues ellos sencillamente describen los prototipos que diseñó el autor para su obra y su específico e imaginario contexto.

Sobre el derecho al buen nombre ha dicho la Corte:

“El derecho al buen nombre es esencialmente un derecho de valor porque se construye por el merecimiento de la aceptación social, esto es, gira al rededor de la conducta que observe la persona en su desempeño dentro de la sociedad. La persona es juzgada por la sociedad que la rodea, la cual evalúa su comportamiento y sus actuaciones de acuerdo con unos patrones de admisión de conductas en el medio social y al calificar aquellos reconoce su proceder honesto y correcto. Por lo tanto, no es posible reclamar la protección al buen nombre cuando el comportamiento de la persona no le permite a los asociados considerarla como digna o acreedora de un buen concepto o estimación”. (C.Const., Sent. SU-056/95, M.P. Antonio Barrera Carbonell).

No hay duda que los hechos ocurridos en agosto de 1970 afectaron el buen nombre de la familia R..., por lo demás injustamente, pues las acciones de uno de sus miembros, por condenables que fueran, no tendrían que repercutir en la imagen de los demás, sin embargo sería ingenuo pensar que ello no ocurrió y que nadie relacionó durante varios años su apellido con los nefastos acontecimientos, pues sólo el paso del tiempo diluye las consecuencias de un suceso al cual ellos fueron totalmente ajenos, pero que incidió dramáticamente en sus vidas; ahora bien, ese efecto no lo produjo la novela del demandado, la cual por lo demás se escribe casi treinta años después, sino los hechos mismos, que al hacerse públicos inevitablemente inmiscuyeron a la familia del protagonista en un drama que únicamente él conocía, por lo que carecen de fundamento las acusaciones de la actora contra el escritor, mucho más si se tiene en cuenta lo que tanto se ha reiterado, que los personajes que él describe en su obra son producto de su imaginación y nada tienen que ver con ella, con sus padres o sus hermanos».

(Sentencia T-244 de marzo 3 de 2000. Magistrado Ponente: Dr. Fabio Morón Díaz).

_____________________________