Traducción, viajes culturales e historia del presente de la criminología en América Latina Máximo Sozzo(1)

Revista Nº 9 Oct.-Dic. 2004

Universidad Nacional del Litoral (Argentina) 

“Mi versión española no es literal pero es digna de fe”.

Jorge Luis Borges (“Undr”, El Libro de Arena, 1975). 

Sumario

La especificidad de los contextos culturales, obliga a repensar la comparación en el campo del saber y en especial en el saber criminológico, mirando en consecuencia la propia historia. Este trabajo intenta poner en evidencia esta situación y además la importancia de cuidar el uso de palabras idénticas ya que pueden estar enraizadas de manera diferente en los varios lugares articulándose de manera diferente. La traducción como importación de conceptos y palabras, presenta estos problemas y no pueden ser recibidas sin las correspondientes salvedades del contexto cultural sobre el cual se van a aplicar o estudiar. 

Temas relacionados

Criminología crítica; criminal nato; importación cultural; positivismo; garantismo penal; vieja y nueva criminología; importación cultural; criminología y traducción. 

Premisa

La criminología debe ser considerada como un campo del saber en las ciencias sociales referido a una “problematización” (Foucault, 1984; Castel, 1994), la “cuestión criminal” (Pitch, 1989; 63-5), cuyas fronteras son flexibles y borrosas y han ido cambiando a lo largo del tiempo y del espacio, en el contexto de la modernidad y sobre la cual se suceden y compiten diferentes intentos de significación.

La criminología es visualizada aquí como una “ciencia política”, utilizando la feliz expresión con que Robert Castel se ha referido a la psiquiatría (Castel, 1980), pues básicamente —como aquella— tiene como centro de referencia la actividad de gobernar, de gestionar individuos y poblaciones. Esta premisa fue planteada medularmente, hace ya más de 20 años —entre otros— por Massimo Pavarini, comparando justamente a la criminología con la psiquiatría: “La criminología —en su originaria fundación como conocimiento de la criminalidad y de sus causas— fue y es todavía ciencia normativa, inteligible y dotada de sentido solo y en cuanto sea entendida como saber orientado a brindar respuestas —también operativas— a los problemas de malestar social normativamente criminalizados.

Este cordón umbilical entre mandato social de orden y estatuto de conocimiento no creemos que haya sido cortado por el impacto, en otros aspectos traumáticos, de la reflexión de la criminología crítica. Nos parece que agotada la función saludable pero contingente de develamiento y desencanto respecto a la “vieja criminología”, la ciencia criminológica termina siempre por construirse —o reconstruirse— en torno a una demanda social de política criminal.

Si la criminología responde, de todas maneras, a demandas sociales de orden, por lo tanto, es estructuralmente ciencia para una práctica disciplinaria. O en todo caso, simplemente, no es criminología. Esto podrá dejar a algunos infelices, a otros con mala conciencia, pero siempre y en el fondo “honestos”. De qué parte está la criminología es o debería ser de palmaria evidencia, de cualquier forma, siempre contra la “trasgresión” (Pavarini-Betti, 1999, 94-5).

Desde punto de vista, ciertamente, el carácter más o menos “científico” de la criminología no resulta una cuestión primordial, desplazada en función de una óptica interesada en el “gobierno de los vivos” (Foucault, 1980, 1982, 1991, 1993a, 1993b). En sentido, la criminología es tratada aquí más bien como “... un tipo de maquinaria intelectual para el gobierno, en tanto procedimientos que hacen pensable el mundo, moderando su realidad intratable sujetándola al análisis disciplinado del pensamiento” (Rose-Miller, 1992, 182).

El nivel en el que preferimos ubicar nuestra argumentación se preocupa especialmente por los vocabularios teóricos de la criminología en tanto articulaciones discursivas en las que se tramitan —además de la capacidad de comprender “lo que sucede”— racionalidades, programas y tecnologías gubernamentales sobre la cuestión criminal.

La cuestión criminal aparece, en sentido, como un ámbito —entre otros— en donde se juegan las relaciones de gobierno, que en el desenvolvimiento de nuestro presente —más allá de sus diversas manifestaciones en las diferentes geografías— ocupa cada vez más un lugar preponderante (Simon, 1997).

* * *

La traducción en tanto actividad cultural es considerada en trabajo como una compleja “tecnología intelectual” en tanto “forma de hacer la existencia pensable y practicable” (Rose-Miller, 1990, 27; Dean, 1996, 54), que tiene la peculiaridad de ligar dos contextos y lenguas —que a falta de mejor denominación, calificamos “de recepción” y “de emisión”—, “viajando”, atravesando el espacio cultural, entre textos del “allá” y del “acá”. Sobre esta idea volveremos en la primera parte de ensayo.

* * *

En trabajo pretendemos unir la “criminología” y la “traducción”, en un ejercicio de “historia del presente” en tanto sinónimo de “genealogía” (Foucault, 1992; 1993c, 11-22), en el sentido planteado por Foucault “... hacer la historia del pasado en los términos del presente” (Foucault, 1989, 37) , es decir, partir “... de un problema en los términos en que se presenta actualmente e intentar establecer su genealogía. La genealogía significa desarrollar el análisis partiendo de la situación actual” (Foucault, 1984, 674). Como señala Castel, se parte de la convicción de que el presente refleja una combinación de elementos heredados del pasado y de innovaciones actuales, de allí que: “Analizar una práctica contemporánea significa observarla desde el punto de vista de la base histórica de la cual emerge; significa enraizar nuestra comprensión de su estructura actual en la serie de sus transformaciones previas. El pasado no se repite a sí mismo en el presente, pero el presente juega e innova utilizando el legado del pasado”(Castel, 1994, 238).

* * *

En la primera parte del trabajo exploraremos el rol que cumplieron las traducciones en el pasado remoto del surgimiento de la criminología en Argentina y más indirectamente en América Latina. Allí presentaremos algunas claves de lectura que, pensamos, resultan útiles para analizar esta misma cuestión en nuestra contemporaneidad aproximándonos a una “historia del presente”.

En la segunda parte, analizaremos cómo juegan las traducciones en un “presente criminológico” latinoamericano y también, argentino, que abarcaría nuestro pasado inmediato y que identificamos como un escenario cuyos síntomas de disolución se observan en nuestra actualidad.

Concluiremos con una breve reflexión desde la cuestión de la traducción sobre el abordaje del problema de la “dependencia cultural” y sobre la “radicación cultural” en criminología y sus implicaciones para la tarea de la comparación.

Parte I. Pasado

El nacimiento de la criminología en Argentina —y en América Latina— se produjo en el marco de la instalación y desarrollo de una compleja tecnología intelectual, la traducción de textos extranjeros a través de diversas técnicas: reseñas, artículos, libros, revistas, visitas y conferencias (Salessi, 1995, 128; Scarzanella, 1999, 87 y ss.). La traducción implicó procesos de importación cultural en la configuración de racionalidades, programas y tecnologías de gobierno de la cuestión criminal llevados adelante por distintos “expertos” locales —juristas, médicos, administradores de prisiones, etc.— que operaron, con dichas herramientas importadas, transformaciones de los discursos y prácticas existentes en los propios contextos nacionales.

1. Primera lectura: la metáfora de la traslación

Esta actividad de traducción/importación cultural en el nacimiento de la criminología, comenzó a ser problematizada en América Latina —muchas veces recurriendo como ejemplo paradigmático el caso argentino— a inicios de la década de 1970. Diversos intelectuales que encararon la elaboración de una criminología “nueva”, “crítica”, “de la liberación” en la región —sobre la que volveremos en la segunda parte de trabajo— abonaron, aunque en forma más bien incidental, lo que podría pensarse como una “primera lectura” de aquellos procesos culturales, primera en un doble sentido, cronológicamente hablando, pero también en tanto lectura superficial, provisoria(2).

Esta primera lectura parte, a nuestro criterio, de una comprensión de la traducción fundada en lo que podríamos llamar una “metáfora de la traslación”. La traducción en tanto tecnología intelectual puede adquirir dos formas diferentes, que implican un conjunto de técnicas distintas: la “traducción en sentido estricto” y la “traducción en sentido amplio”.

Por traducción en “sentido estricto” entendemos el tipo de actividad y producto cultural que se asocia tradicionalmente al verbo “traducir”. A partir de la metáfora de la traslación, la traducción en sentido estricto es considerada una operación que consiste en que un texto —oral o escrito—, una unidad en tanto conjunto de significados de un “autor” es trasladado de una lengua a la otra por un “traductor” a través del uso de los componentes constitutivos de ambas lenguas, teniendo en cuenta las reglas especiales de traslación entre ambas, convencionalmente aceptadas en los ambientes culturales emisor y receptor.

El traductor se presenta en esta imagen tradicional como pura mediación neutra entre el punto de partida-texto del autor en la lengua de emisión y el punto de llegada-texto del autor en la lengua de recepción, asegurando la identidad de ambos.

Esta metáfora de la traslación se extiende, en esta primera lectura, desde las traducciones en sentido estricto a las traducciones “en sentido amplio” que constituyen un tipo de actividad y producto cultural diverso. Esta operación implica la traslación de un texto o de fragmentos de un texto de un autor, concebidos como “portadores” de definiciones, descripciones, explicaciones, prescripciones, etc., de una lengua de emisión a una de recepción(3), pero que es llevada adelante por “otro autor”, que los inscribe —a través de citas textuales, referencias bibliográficas, etc.— en un complejo textual, por lo general más amplio, que es concebido por él mismo como resultado de una actividad intelectual propia.

En ese nuevo texto se combinan, siempre en la lengua de recepción y de diferentes maneras, dichas definiciones, descripciones, explicaciones, prescripciones, etc., “portadas” en los textos o fragmentos de texto trasladados entre sí con definiciones, descripciones, explicaciones, prescripciones, etc. que son concebidas como propios por el otro autor.

Los procesos de importación cultural involucrados en la constitución de la criminología en Argentina y en América Latina abarcaron tanto traducciones en sentido estricto como en sentido amplio. Ambas son presentadas en esta primera lectura, esencialmente, como traslaciones entre lenguas y contextos culturales diferentes, del centro a la periferia, de norte a sur. Por ejemplo, Roberto Bergalli —cuyo aporte al nacimiento de la tradición crítica latinoamericana fue muy importante— planteó en diversas ocasiones la cuestión a comienzos de los años 80 (Bergalli, 1982a, 1982b, 1983a, 1983c).

Su aproximación se sostenía conceptualmente en una clave de lectura más general sobre la relación entre los procesos económicos y los procesos culturales en América Latina: “... los desarrollos culturales de los países latinoamericanos tuvieron lugar siempre en relación de dependencia con ideas o teorías generadas en ámbitos foráneos, lo cual ha acaecido en mayor o menor medida según los procesos históricos particulares y por virtud de los mecanismos que se gestaron en sus formaciones económicas” (Bergalli, 1982a, 268-9)(4).

Sin embargo, Bergalli señalaba la aparente paradoja de que: “En algunas circunstancias, sin embargo, parece que en ciertos terrenos América Latina ha ganado la delantera a Europa. Esto ocurre cuando se analiza la aparición y el crecimiento de la criminología en el área latinoamericana, sin prestar atención a las razones externas a la disciplina que han provocado esa gestación” (1983a, 199). Esas razones externas eran, a su juicio, el subdesarrollo de la región determinado por la expansión del capitalismo que habría impulsado una necesidad de disciplina social en relación con la división internacional del trabajo y la exigencia de orden de las clases dominantes locales para la protección de sus intereses (1983a, 199).

El nacimiento de la criminología en América Latina habría sido, entonces, el resultado de un “asombroso transplante” (Bergalli, 1983a, 199), un “exitoso y veloz “trasvase” a América del Sur, principalmente al Río de la Plata” (1982b, 280). De allí que comentando uno de los primeros textos criminológicos argentinos —sobre el que volveremos más adelante— Bergalli señalaba: “... revela una transposición directa de las premisas fundamentales del positivismo lombrosiano” (1982b, 284). Traducciones/importaciones culturales en tanto traslaciones, generaban “transplantes”, “trasvases”, “transposiciones”(5).

Frente a esta primera lectura es posible ubicar ambiguamente la contribución de Rosa del Olmo en “América Latina y su criminología” (1981), uno de los libros centrales en la construcción de la criminología crítica en la región y que representó el primer intento sistemático de reconstruir la historia de la criminología en América Latina(6). texto es, de todos los producidos en momento de “ruptura criminológica” —en palabras de la misma del Olmo—, aquel en el que la cuestión de la traducción/importación cultural en la historia de la criminología en la región se aborda de manera más completa.

Del Olmo parte de una mirada acerca de la relación entre los procesos económicos y los procesos culturales en América Latina similar a la de Bergalli (Del Olmo, 1981, 60). El nacimiento de la criminología positivista —y su posterior desarrollo— en América Latina como parte de esta difusión cultural es visualizado, por ende, como consecuencia del “imperialismo científico” que se habría impuesto como “resultado de condiciones estructurales específicas del desarrollo histórico del capitalismo en ese continente”, aunque al mismo tiempo, señalaba la autora, habría jugado un papel en dicho desarrollo (Del Olmo, 1981, 248).

Los países de América Latina no habrían evitado esta “imposición” de “normas universales”, de un “paradigma general dominante”, con respecto a la cuestión criminal, en virtud del beneplácito de sus “minorías ilustradas”, pues no se habría tratado de “una relación unilateral de imposición como se cree generalmente”, sino que habría contado con el entusiasmo y “aceptación acrítica” de los representantes intelectuales de las clases dominantes -los “especialistas”, que habrían manifestado una “actitud de subordinación” y un “comportamiento mimético” —Del Olmo, 1981, 124; véase más recientemente Del Olmo, 1999, 24—. De allí que la criminología en América Latina, para Del Olmo, tuvo en un inicio “un carácter netamente divulgativo. Es decir, los abogados y médicos, como representantes de las clases dominantes de sus respectivos países, se van a encargar de importar la forma en que se define, estudia y controla la criminalidad en esos momentos en el continente europeo” (1981, 12).

Hasta aquí la autora parece manejarse en el marco de la metáfora de la traslación. Sin embargo, Del Olmo señalaba también en términos más generales que “... la asimilación de las ideologías europeas en su versión latinoamericana, fue deformada y artificial” y que había que advertir cómo “... esa adopción de las ideologías europeas —aunque aparentemente deformada y artificial en relación con el modelo europeo— respondía a las necesidades locales y precisamente tuvo que deformarse para hacerse racional en América Latina” (Del Olmo, 1981, 125).

Dentro de estas “ideologías europeas”, el “... positivismo, por supuesto, se deformó y surgió una versión latinoamericana, aun cuando cada país lo acogiese por razones diferentes, de acuerdo a su propia historia” (Del Olmo, 1981, 127). Por consiguiente, también en el terreno de la criminología verificaba tipo de fenómeno: “En un comienzo se acogieron las enseñanzas de la antropología criminal surgidas en Italia, pero las características propias de nuestras sociedades dependientes y subdesarrolladas, así como las necesidades de sus clases dominantes fue deformando esa antropología criminal, institucionalizando aquello que les fuese útil y descartando lo que no correspondiese con su racionalidad histórica” (1981, 155; véase también, 251-2; y más recientemente, Del Olmo, 1999, 26).

En estos últimos pasajes, la metáfora de la traslación, la imagen del transplante/transposición/trasvase como clave de lectura de los procesos de traducción/importación culturales se ve atravesada por “artificialidades” y “deformaciones”. Estos aparentes defectos con relación al “modelo europeo” esconderían unas “necesidades locales”, el imperativo de “hacerse racional” en los países latinoamericanos.

Aquí se abre una brecha que complejiza la lectura, aun cuando no compromete —en la argumentación de Del Olmo— la premisa de fondo en torno a la relación entre procesos económicos y procesos culturales en América Latina. En adelante pretendemos explorar esta grieta abierta por la autora venezolana concentrándonos en el nacimiento de la criminología positivista en Argentina. Es posible que el planteamiento que pretendemos elaborar sea a su vez utilizable —más o menos parcialmente— para el análisis de estos procesos en otros países latinoamericanos(7).

2. Anécdotas

Para esta exploración del funcionamiento de la traducción como tecnología intelectual, de estos procesos de la importación cultural, en la configuración de la criminología positivista en nuestro país creemos que puede resultar útil recurrir a algunas anécdotas ilustrativas, pequeñas historias en la historia de la criminología en este país.

Anécdota 1

El 18 de febrero de 1888 se fundó en la ciudad de Buenos Aires con la participación, entre otros, de Luis Drago, Francisco Ramos Mejía, José María Ramos Mejía, Norberto Piñero, la Sociedad de Antropología Jurídica, con el objetivo de “estudiar la persona del delincuente, para establecer su grado de temibilidad y su grado de responsabilidad, aspirando al mismo tiempo a la reforma gradual y progresiva de la ley penal de acuerdo con los principios de la nueva escuela”. Una de las iniciativas fundamentales del nacimiento de la criminología positivista en la Argentina(8).

El 27 de junio de ese mismo año en el Colegio Nacional, en el marco de esta sociedad, Luis M. Drago realizó una conferencia titulada: “Los Hombres de Presa” que luego fue publicada por Lajouane, constituyéndose en uno de los primeros textos “criminológicos” argentinos (Drago, 1888)(9).

Un año después en Archivio di Psichiatria, Scienze Penali ed Antropologia Criminale, Enrico Ferri comenta libro reconociendo “delle idee originali, sostenute dall’ A. con molta sagacia ed eloquenza e con una conoscenza perfetta di tutte le pubblicazioni non solo della antropologia criminale, ma anche di filosofia scientifca” (Ferri, 1889, 102) y concluye: “Noi quindi non possiamo che rallegrarci coll`A. del brillante saggio da lui datoci della sua valentia non solo nel difondere le nuove teorie critiche, ma anche nel sottoporle a critica originale e feconda, e quindi nel correggerle e completarle” (Ferri, 1889, 103). libro fue traducido al italiano y publicado en 1890 como “I Criminali Nati”, con una nota de más de 30 páginas de Cesare Lombroso y una introducción de Francisco Ramos Mejía —presidente de la Sociedad de Antropología Jurídica— (Drago, 1890).

Como señala Francisco Ramos Mejía, el libro de Drago representa fielmente “... lo spirito della nostra associazione nascente, che potremmo riassumere cosí: accettando, come accetta, i principi fondamentali della scienza, ne esaminerà e discuterà i principi che ne derivano o le conclusioni, respingendo tutti quelli che non riposano sopra una base veramente scientifica, tutta quella moltitudine di generalizzazioni più o meno empiriche, figlie di un buon desiderio sicuramente, ma non per questo meno pregiudizievole, poichè sono esse quelle che offrono il miglior terreno alla critica e alla intolleranza” (1890, 2)(10). En su libro, Drago examina diferentes elementos de las construcciones teóricas de la antropología criminal, planteando algunas observaciones críticas.

Rechaza —y lo sigue en ello Ramos Mejía— la idea lombrosiana de que la jerga es una característica típica de las clases criminales. Con Tarde, Drago sostiene que es solo un medio destinado a facilitar el desarrollo de actividades perniciosas. Ramos Mejía(11) va un poco mas allá y sostiene que la jerga responde a la necesidad de expresar con precisión y brevedad ideas comunes en determinados grupos sociales —en sentido la jerga respondería a las mismas necesidades que los dialectos nacionales— y pone el ejemplo de su pertenecía, en la juventud, a un grupo de amigos íntimos que llegaron a formar un “linguaggio speciale” con el que se entendían perfectamente pero que hacía incomprensible sus conversaciones a los extraños: “E debbo aggiungere che nessuno fu nè è stato in seguito un ladro, un assasino o qualche cosa altro da simile” (1890, 4).

También Drago niega que el amor por el juego y por las orgías fueran una característica de los hombres delincuentes, pues en general son rasgos de una vida vagabunda. Con refuerzo de Ramos Mejía: “Se teniamo conto della difussione che ha il giuoco in tutte le classi sociali e così pure dei costumi sregolati di certe epoche della vita, crediamo che facilmente potrà dimostrarsi quanto siano infondate le affermazioni di Lombroso” (1890, 4) y por último, pone en duda la cuestión del tatuaje, trayendo a colación la evidencia empírica de que los criminales argentinos no se tatúan casi nunca (1890, 5).

Lombroso inicia su nota introductiva diciendo: “Un fenomeno che fermerà forse fra qualche secolo l’ attenzione degli storici del pensiero umano, è la strana differenza che si osserva ora, da paese a paese, e pel numero e pel valore, fra i cultori della nuova scuola penale –cosí mentre i creatori di questa sorsero quasi tutti nel nord, invece i suoi seguaci mancano quasi affatto nel nord e nel centro d’ Italia, le Romagne eccettuate, ed abbondano, invece, nella parte più meridionale ed insulare d’ Italia” (1890, V). Lo mismo, dice, sucede a nivel de Europa, donde son escasísimos los creadores y pocos los cultores de la nueva escuela penal. Pero es en la “razza iberica”, en España y en Portugal y sobre todo en la América española y portuguesa que esta ideas “presero un grande sviluppo” (1890, VII).

Luego de analizar la situación de la “nueva escuela” en Europa, en España y Portugal, dedica un apartado a “América del Sur” que se refiere casi exclusivamente a Argentina. Aquí se inscribe el pasaje —citado frecuentemente— en el que alaba a José María Ramos Mejía: “... che è uno dei più potenti pensatori e dei più grandi alienisti dei due mondi, nell`opera: La nevrosi degli uomini ilustri della Repubblica Argentina, aveva non solo sostenuto, ma completate le dimostrazioni delle relazione tra il genio e la pazzia, mostrando come quasi tutti i capi e grandi rivoluzionari della Repubblica Argentina erano stati o pazzi o alcoolisti o neuropatici” (1890, p. XXXI)(12).

Con respecto a la obra de la Sociedad de Antropología Jurídica afirma: “Spetta all`America del Sur l`aver fondata una Società antropòlogica criminale, quando in Europa si battagliava perfino per concederle un nome che non si rifiuti quasi agli innocenti-che mai non fur vivi (Dante): e questa ebbe l’ onore d’ essere presieduta dall`alienista più insigne del nuovo mondo – nuova lezione pel vecchio in cui la lotta più viva e più tenace partì di quelli che chiamo pseudo-alienisti” (1890, p. XXXV) —ver en el mismo sentido (Ferri, 1929, 60). Anuncia: “Ed ora viene l òpera veramente magistrale di Drago, preceduta della geniale prefazione di Ramos Mejía, che dimostrano come l`accetazione delle nuove idee non portò danno alla originalità della ricerca e alla perfetta indipendenza del giudizio, perchè se molte sono le conferme delle nostre teorie, non ne sono poche le critiche” (1890, p. XXXV)(13).

Anécdota 2

En mayo de 1905 se realizó en Roma el V Congreso Internacional de Psicología. En el Tomo IV de los Archivos de Psiquiatría, Medicina Legal y Criminología que dirigía, José Ingenieros publicó una especie de nota de corresponsal sobre las vicisitudes de la reunión académica que califica solemnemente: “En el inmenso arenal de un Sahara filosófico, la ciencia ha organizado su modesto oasis” (Ingenieros, 1905, p. 357). El “delegado argentino” —Ingenieros mismo— participó activamente en la sección cuarta, donde la criminología “sentó sus cuarteles”.

Ante la exposición de Sommer sobre el paralelismo o antagonismo de los caracteres físicos y psíquicos de la degeneración: “El delegado argentino, observó que los caracteres físicos degenerativos son comunes a todos los degenerados, no presentando ningún carácter especial en los delincuentes; además, su estudio en los degenerados y particularmente en los delincuentes, debería considerarse secundario, siendo los caracteres psíquicos los más importantes en su estudio y para su diferenciación” (Ingenieros, 1905, p. 354). En su propia exposición, Ingenieros presenta la nueva clasificación de los delincuentes —que ya venía exponiendo desde 1902 (ver Ingenieros, 1902)— que estaba asentada en la premisa teórica sostenida anteriormente de la importancia de los caracteres psíquicos.

Leamos la descripción del mismo Ingenieros del debate que siguió a su presentación: “Guarnieri le —al “delegado argentino”— hizo objeciones técnicas y Montesano otras de carácter jurídico, extensiva a toda la escuela positivista; pero su más ardiente impugnador fue Enrique Ferri, el cual, como es sabido es autor de la clasificación actualmente adoptada por los secuaces de la nueva escuela. La controversia fue larga y vivaz. Ferri es orador extraordinario. Tiene un físico altivo, hermosamente dominador, su voz está poblada de inflexiones que dan todos los matices de la pasión, no obstante su timbre atiplado, más propio de Capilla Sixtina que asamblea revolucionaria.

Su reciente campaña, a la cabeza del socialismo semianarquista, le ha valido el prestigio entre la gente de ciencia, algunas hostilidades por parte de sus adversarios y no pocas diatribas de los socialistas-reformistas que acaudilla Turati. Pero cuando toma la palabra se hace oír con respeto por los adversarios y arrastra a sus partidarios con ímpetu de huracán.

Sin embargo, como orador, está muy viciado por el género tribunalicio, que es actualmente el de su predilección, esto le quita eficacia en la oratoria científica, en la dilucidación técnica de las ideas, pues se ha acostumbrado más al manejo de las pasiones que al de los cerebros. Es inútil repetir lo que la escuela criminológica italiana le debe a su prestigio y difusión, pues Ferri supo transformar en sistemas las concepciones de Lombroso y deducir todas las aplicaciones del derecho penal.

En la primera parte de su discurso, Ferri levantó las objeciones de Guarnieri, que afectaban en común a todos los positivistas, alcanzando momentos de elocuencia felicísimos. Enseguida entró a criticar la nueva clasificación, desde el punto de vista técnico y dentro del común criterio positivista reconoció sus ventajas consideradas clínicamente, a la vez que formuló sus deficiencias desde el punto de vista jurídico-penal, rindiendo homenaje a su autor, por la originalidad de su clasificación en asunto tan trillado. El autor respondió extensamente, proponiéndose demostrar que, según los propios criterios de la escuela positivista, el estudio de los delincuentes debía ser clínico independientemente de toda preocupación jurídica y de todo apriorismo en la distribución de la penalidad” (Ingenieros, 1905, p. 456).

Al otro día del debate L`Avanti (30/05/1905) —periódico del Partido Socialista Italiano dirigido por Enrico Ferri— publica un artículo al respecto en el que se reconocen las cualidades del intelectual argentino.

La nuova classificazione di José Ingenieros. Enrico Ferri dá la parola al giovanissimo sociologo argentino, il quale espone la sua nuova classificazione dei delinquenti e la espone con molta facilità di lingua italiana e con insolito spirito di oratore. Le prime ovviezione le sono mosse dal avvocato Guarnieri il quale è convinto che la clasificazione psicologica non debba prevalere su quella giudiziaria; ma ambedue sono neccesarie e rappresentino il risultato inevitabile del diritto, che è arma di difesa di una classe e della scienza clinica. Il dottor Montesano fa per conto suo due appunti di tecnica psicopatologica.

Parla Ferri. Poi prende la parola Enrico Ferri, dimostrando come la verità nel dibattito non sta nè da una parte nè dalla altra, sibbene in un concetto nuovo di integrazione in cui prevale la visione di una umanità salvata e una profilassi della scienza che si sostituisce ai codici che sono determinati dall`oppresione sociale.Inutile dire la frenessia degli applausi che accolsero la breve confutazione di Enrico Ferri. Ad essa risposse ancora l`Ingegnieros il quale rivelò nella polemica la larga preparazione psicologica, piscopatologica, sociologica e giuridica per la sua nuova classsificazione”.

En parte es mismo reconocimiento —citado en su crónica— el que le permite anunciar al “delegado argentino”/corresponsal, con un tono que mal esconde un cierto triunfalismo: “Estas discusiones y otras que fuera inoportuno resumir, anuncian la inminencia de una nueva orientación del estudio de los delincuentes; el examen de sus anomalías antropológicas va cediendo el paso al estudio de sus anormalidades psicológicas. La antropometría de los delincuentes es análoga a la de todos los demás degenerados; los caracteres diferenciales deben buscarse en el terreno de la psicopatología” (Ingenieros, 1905, p. 356-7)(14).

En 1907 se publicó en italiano el libro de Ingenieros: “Nuova Classificazione dei Delinquenti” (Ingenieros, 1907)(15). Es a partir de momento en que se comienza a hablar de una “escuela argentina” (Areco, 1908)(16).

Anécdota 3

En 1907 Gina Lombroso que como su hermana Paola, cultivaba intereses científicos y se dedicaba a la difusión y organización del “movimiento lombrosiano”, en Italia y en el extranjero y su esposo Guglielmo Ferrero discípulo de Cesare Lombroso, con quién escribió “La donna delinquente, la prostituta e la donna normale” (1893) y colaborador desde los años noventa de La Nación, hicieron una gira por Brasil, Uruguay y Argentina —sobre viaje, en general, ver Scarzanella, 1999, 90-100—. Durante la estadía en la Argentina estos misioneros del credo positivista realizaron múltiples actividades. Una de ellas fue la visita a diversos espacios institucionales referidos a la gestión de la cuestión criminal.

Visitaron la Penitenciaría Nacional de Buenos Aires, inaugurada en 1877, guiados por Antonio Ballve, su director. Gina Lombroso (1907, 649) escribe inmediatamente al respecto a su padre el 29 de julio de 1907, carta publicada en: Archivio di Psichiatria, Scienze Penali ed Antropologia Criminale: “Se ti avessero cavato della testa quello che volevi fare per i delinquenti, per eseguirlo non avrebbero potuto far meglio di qui”. El 20 de noviembre de 1907 publica en L`Avanti un articulo titulado: “Instituzioni Americane. La Penitenziaria Nazionale di Buenos Aires”. texto es traducido al castellano y publicado en 1908 en un pequeño libro titulado “La Penitenciaría Nacional de Buenos Aires juzgada en el extranjero” que es justamente publicado por los Talleres Gráficos de la institución penitenciaria.

Allí Gina Lombroso canta loas a la Penitenciaría Nacional de Buenos Aires, en una detallada descripción de lo que pudo observar a través de su visita, señalando el origen italiano de las ideas que dieron lugar a su organización: la penitenciaría ha sido, dice, “instituida según los últimos dictados de la Escuela Antropológica Italiana, por el Sr. Ballvé, ferviente discípulo de Lombroso y de Ferri cuyos libros le son familiares” (Lombroso, 1908, 42).

Pero al hacerlo, simultáneamente, da cuenta del propio contexto italiano, señalando: “Penitenciaria que no es un ergástulo, ni una prisión, sino una casa de redención, física, psíquica, intelectual y moral, tal y como la nueva escuela la ha concebido y como en Italia, seguramente, no la verán jamás los contemporáneos” (1908, 42) o comentando el aspecto de los presos: “un aspecto sereno, normal, viril, como no he visto igual en las cárceles del Reino de Italia” (1908, 48).

Termina emotivamente afirmando: “Mientras recorríamos las vastas salas y los presos levantaban hacia nosotros los ojos llenos de complacencia por nuestra admiración y de respeto por su director, Señor Ballve, verdadero padre espiritual, nos hacía advertir con cuanto cuidado había observado todo los preceptos dictados por mi padre y a mí se me anudaba la garganta pensando que él estaba tan lejos y que no podía presenciar la realización de sus teorías, pensando también que nuestra Italia, en donde trabajó y luchó toda la vida no había sido capaz de recompensarlo, con la creación de un instituto que, siquiera lejanamente, se pareciera a la penitenciaria de Buenos Aires, que será gloria y admiración de la República Argentina” (1908, 50)(17).

El 4 de febrero de 1908 en Le Figaro aparece una nota de Guglielmo Ferrero titulada “Europa y América” en la que reflexiona sobre esta visita a la Penitenciaria Nacional de Buenos Aires. artículo también va a ser traducido al castellano y publicado en el volumen “La Penitenciaría Nacional de Buenos Aires juzgada en el extranjero”. En texto Ferrero proclama su admiración por el funcionamiento de esta institución penitenciaria, que resalta como una de las cosas más interesantes que vio en su viaje a la “América Meridional”: “Me parece difícil que pueda darse a una cárcel una organización industrial más perfecta y obtener de esta organización resultados mejores para la reforma moral del delincuente” (1908, 7), extendiendo su admiración en diversas formas a su director Ballvé.

Pero esta actitud inicial, se declina en una preocupación “de un carácter más general”, que consiste en la posibilidad de que la comparación entre ejemplo y las instituciones penitenciarias europeas —que él mismo en su visita hacía continuamente: “En vano buscaba esas fisonomías sombrías y cavilosas que tan a menudo se ven en las prisiones europeas” (1908, 9)— otorgue argumentos a los “detractores sistemáticos” de la “vieja Europa”, “tan numerosos”, “admiradores a todo trance de América” que podrían usar a la Penitenciaría Nacional de Buenos Aires como ejemplo cuando “no quieran buscar argumentos para sus tesis solamente en Estados Unidos” (1908, 10).

Por ello, acto seguido explica que esta organización industrial de la prisión se ha dado en la Argentina por la existencia de una condición favorable que no existe en Europa: la existencia de una mano de obra escasa y cara, la gran demanda de trabajadores —aun cuando aclara que Ballvé tiene el “gran mérito de haber sacado partido, magníficamente de esta circunstancia” (1908, 11)—. A partir de aquí Ferrero construye el argumento central de las condiciones diferentes de Europa y de América como una justificación de por qué los europeos no deben tratar de cambiar su concepción y estilo de vida maravillados por el dinero y el lujo americano, concluyendo: “Es necesario no olvidar nunca que todo lo que con razón se admira en América no puede ser transportado a Europa” (1908, 18).

El 5 de marzo de 1908, Ballvé le envía una carta a Ferrero —publicada en el mismo volumen— en la que el director, luego de agradecerle su “honroso juicio” sobre la penitenciaria en su artículo de Le Figaro(18) y de resaltar cómo la Argentina se “había anticipado a muchos otros —países— en la adopción del único sistema de reforma del delincuente”, el “régimen de trabajo, inteligente y productivo” (1908, 22).

Aborda el argumento de Ferrero sobre la mayor facilidad y conveniencia en la Argentina —porque la mano de obra era rara y escasa— con respecto a los países europeos, para “utilizar con provecho el trabajo de los criminales”, señalando: “me aventuro a pensar que podría extraerse alguna consecuencia distinta de la que usted menciona, desde que siendo todo relativo, el número de nuevos obreros que pudieran producir en Europa las cárceles-escuelas, no podrían ser causa jamás de un desequilibrio o competencia perjudicial para las gentes honestas y, aun cuando así fuera, no podrá negarse que siempre sería más conveniente para cualquier país tener exceso de obreros que abundancia de antiguos delincuentes holgazanes y sin oficio” (1908, 23).

Continuando en esta contestación —que es al mismo tiempo una revalidación de la obra “personal” y “local”— concluye: “En cambio, debe presumirse que en las prisiones europeas sería más fácil que en las nuestras montar talleres de industrias comunes, por el hecho de que entre los prisioneros de aquellas hay mayor número de obreros que ya tenían arte u oficio al ingresar a la cárcel, en tanto que aquí es necesario enseñárselo todo a la inmensa mayoría.” (1908, 23)(19).

3. Segunda lectura: la metáfora de la metamorfosis

Estas tres anécdotas históricas tienen en común el hecho de involucrar traducciones que unen al contexto italiano y al contexto argentino en el período 1890-1910, momento central de la emergencia de la criminología positivista en la Argentina(20).

Drago, Ramos Mejía —Francisco, pero antes que él José María—, Ingenieros, Ballvè, tradujeron en sentido amplio textos de Lombroso, Garófalo, Ferri, etc., pero a su vez, estas operaciones se sostenían e interactuaban con un conjunto de traducciones en sentido estricto de los textos de los autores involucrados en el nacimiento de la criminología positivista en Italia —y también en otros horizontes culturales—.

En algunos casos realizadas en otros países latinoamericanos o en España y consumidas por los criminólogos argentinos, pero también muchas veces realizadas en nuestro país, como lo atestiguan las páginas de “Criminología Moderna” —la revista fundada y dirigida por Pietro Gori en 1898 y que apareció hasta 1901— o de los “Archivos de psiquiatría, medicina legal y criminología”, fundada por Francisco de Veyga en 1902 y dirigida por José Ingenieros.

Además, por supuesto, se sostenían e interactuaban en un conjunto aún mayor de traducciones en sentido amplio llevadas adelante por los intelectuales argentinos desde los primeros textos positivistas de la década de 1880, escritos por médicos y abogados —Korn, Alcacer, Piñero, Magnasco, etc.— y latinoamericanos. Una verdadera tecnología intelectual de traducción de vocabularios teóricos en pleno funcionamiento, desarrollada no solo a través de la escritura sino también de la oralidad, tanto en los cursos de la Facultad de Derecho —desde que en 1887 es designado profesor de derecho penal Norberto Piñero— como en los cursos de la Facultad de Medicina fundamentalmente, desde que en 1897 es designado profesor del curso de antropología criminal y sociología criminal, Francisco de Veyga.

Luego también, a través de las visitas de los intelectuales extranjeros y sus conferencias como la de Ferrero-Lombroso en 1907 (anécdota 3) o las de Ferri en 1908 y 1910 (ver al respecto Scarzanella, 1999, 87-100 y 108-118)(21).

Las traducciones en “sentido estricto” son aquellas que, por lo general, generan una imagen de tipo de actividad y producto cultural fundado en la metáfora de la traslación, que se comunica por analogía a las traducciones en “sentido amplio”. Ahora bien, como cualquiera que tenga una cierta experiencia en ejercicio de traducir reconoce, esta imagen resulta poco realista, ya que supone una operación que resulta sencillamente imposible. Como señala Darío Melossi: “todo término —aun el más simple— se encuentra radicado en el interior de un contexto, de un milleu cultural, que le confiere sentido” (1997, 66).

En sentido: “El significado de un objeto es el fruto y simultáneamente, el vehículo del intercambio comunicativo en que aquel objeto está involucrado. Al ser tal intercambio comunicativo puesto en movimiento en el interior de una red muy compleja de intercambios comunicativos, —aquello que llamamos “cultura”— una red histórica y espacialmente situada en un conjunto de acciones y comportamientos (Mills, 1940), tal significado es determinado solo a partir de esta complejidad” (Melossi, 1997, 69). De allí el carácter irreductiblemente creativo de toda actividad de traducción en sentido estricto, pues descansa en un ejercicio de interpretación del texto del autor realizado por el traductor.

Este tipo de actividad y producto cultural se comprende no tanto a través de la metáfora de la traslación sino mediante lo que podríamos llamar la “metáfora de la metamorfosis”(22). Lo que está en juego son dos textos, el del punto de partida —en la lengua de emisión— y el del punto de llegada —en la lengua de recepción— dos textos que son recíproca y simultáneamente —borgeanamente— para recordar nuestro epígrafe “el otro, el mismo”.

Una cuota de “otredad” del texto traducido es inevitable y es el producto de una operación humana que atraviesa contextos culturales y lenguas diferentes y debe pagar un costo por ello. Sin embargo, jamás puede llegar a anular completamente la cualidad de ser “el mismo”, ese hilo sutil que lo liga a la lengua y al contexto de emisión. El ejemplo más característico de ello es el de las palabras o expresiones que el traductor juzga “intraducibles” y que se conservan en la lengua original, con una “N. del T.” que intenta sortear de alguna forma el fracaso de la metamorfosis.

En esta dirección, es que para nosotros adquiere sentido, en primer lugar, la común expresión “traduttore traditore”: la “infidelidad”, la “traición” es un componente inevitable de la traducción en sentido estricto como ejercicio culturalmente creativo, interpretativo (Benjamin, 1995)(23).

Si en el caso de la traducción en sentido estricto con poco esfuerzo se descubre su carácter de actividad creativa, interpretativa esto es mucho más evidente aun en la traducción en sentido amplio. Aquí la metamorfosis del texto o fragmentos de texto del “autor” está subordinada a los objetivos de la construcción del propio texto por el “otro autor”. La infidelidad, la traición son aquí no solo más obvias sino que pueden adquirir proporciones mayores, porque la fidelidad, la lealtad no son, en sí mismas, reglas de la operación.

La posibilidad de la fragmentación del texto del “autor” a través de la cita —cuando se trata de mantener en la operación su “textualidad”— así como la imputación de definiciones, descripciones, explicaciones, etc. al “autor”, por otros mecanismos, abren aún más el juego a la metamorfosis. De hecho, tipo de traducción no necesariamente es presentada como tal por parte del “otro autor”. Evidentemente, la traducción en sentido amplio produce una cantidad y una cualidad de efectos culturales más importantes aun que la traducción en sentido estricto, pero su naturaleza misma la hace menos aislable y definible, sus contornos fluctuantes hacen transitar su análisis en un terreno de incertidumbres.

En síntesis, toda traducción posee un componente creativo, interpretativo; de allí que las traducciones concretas involucradas en el nacimiento de la criminología positivista en la Argentina no puedan ser pensadas a través de la metáfora de la traslación, como meros transplantes, transposiciones, trasvases. Lo traducido era el fruto —también— de la operación del “traductor”/“otro autor” que interpretaba y creaba significado en el marco de la lengua y la cultura de recepción. Ambos tipos de traducción, aunque diferentes, implicaban metamorfosis de los vocabularios criminológicos entre el “allá” y el “acá”.

4. Viajes culturales entre adopción, rechazo y complementación criminológica

Estas traducciones criminológicas fueron de por sí procesos de importación cultural, en el sentido que los textos —o fragmentos de textos— en la lengua de emisión al metamorfosearse en textos en la lengua de recepción pasaban a formar parte de esa “red muy compleja de intercambios comunicativos” que constituía la cultura local, en primer lugar la “cultura científica” pero luego mucho más allá de la misma, la “cultura argentina” (Teran, 2000), es decir, pasaban a ser objetos culturales, materiales de los intercambios comunicativos generados por y entre los actores locales.

Ahora bien, en la traducción criminológica estaba involucrada inmediata y efectivamente —en sentido amplio— o mediata y potencialmente —en sentido estricto— la utilización de lo traducido en la lengua y el contexto cultural de recepción. Los intelectuales argentinos, al traducir en sentido estricto los textos criminológicos extranjeros, abrían la posibilidad para su empleo en la construcción de una racionalidad, un programa y unas tecnologías de gobierno de la cuestión criminal en el contexto argentino. Al traducir en sentido amplio esos mismos textos, los estaban ya utilizando en esta construcción.

Esta utilización de lo traducido, podía inscribirse en, lo que podríamos llamar, una lógica de la “adopción criminológica”, es decir, la postulación —basada en la lectura e interpretación— de la apropiación de uno o varios elementos del vocabulario teórico originario de otro contexto cultural y su inclusión en la construcción de la criminología argentina. Las “adopciones” atraviesan todas las anécdotas históricas que hemos traído a colación y son declaradas no solo por los criminólogos italianos sino también por los argentinos.

Por ejemplo, en la anécdota 1 estas se manifiestan: en el objetivo de la Sociedad de Antropología Jurídica de trabajar “de acuerdo a los principios de la nueva escuela”; en la declaración de Lombroso de que Piñero presta atención en su informe pericial a las particularidades de la caligrafía y los gestos en la diagnosis de epilepsia de acuerdo a los pareceres de la nueva escuela; o en la señalización de Lombroso sobre como Drago y Ramos Mejía “accetino le nuove idee”.

Pero también lo traducido podía ser utilizado por los expertos locales en forma opuesta, en una lógica del “rechazo criminológico”. Estos “rechazos” se pueden observar también en las tres anécdotas históricas presentadas, con grados y modalidades diversas. Por ejemplo, en la anécdota 2, el rechazo de Ingenieros a la idea de determinación por las anomalías antropológicas de Lombroso —“tal vez la presencia de Lombroso sea un obstáculo a la renovación de su escuela...”— y de la preocupación jurídico-penal de Ferri en cuanto a la clasificación de los delincuentes.

Cada uno de estos rechazos generaba de por sí mecanismos de innovación en el vocabulario teórico de mayor o menor envergadura. Estos rechazos/innovaciones teóricas eran reconocidas por los intelectuales/criminólogos italianos: las “idee originali” o “critiche originali e feconde” que Ferri o las “non poche... critiche” que Lombroso reconocen a Drago, en la anécdota 1. En estos rechazos/innovaciones teóricas muy frecuentemente se hacía alusión, como justificación, a información empírica referida al contexto local. Por ejemplo, en la anécdota 1 el señalamiento de Ramos Mejía de la inexistencia de tatuados entre los criminales prisioneros en la Penitenciaria Nacional de Buenos Aires.

Ahora bien, por detrás y un poco también en medio de las lógicas de la adopción y del rechazo, se ubica una lógica de la “complementación criminológica” que es la fuente de la convivencia entre ambas en la utilización de lo traducido. Las “complementaciones” en nuestras anécdotas históricas son postuladas tanto por los expertos argentinos como italianos y constituyen un terreno que une la adopción y el rechazo. La “complementación” se piensa y expresa a veces en términos generales, a veces en referencia a lagunas conceptuales, a veces en torno a datos empíricos del contexto local, a veces en torno a la “aplicación” de los vocabularios teóricos a las prácticas de gobierno de la cuestión criminal.

Por ejemplo, en la anécdota 3, las varias declaraciones de Gina Lombroso sobre el grado de realización de los principios de la escuela positiva en la Penitenciaria Nacional y su comparación con Italia —cosa que también es posible observar en el texto de Ferrero—.

Los vocabularios criminológicos traducidos no se mantuvieron intocables sino que el “viaje cultural” entre el allá y el acá les hacía adquirir nuevas formas, los metamorfoseaba. Pero los rasgos o caracteres novedosos no implicaron la destrucción total de una matriz discursiva mínima común —“positivismo criminológico”—. Se trataba de procesos de “indigenización” de los idiomas criminológicos que en cierta medida no renunciaban a su universalidad (Karstedt, 2001).

De allí, la importancia de la lógica de la complementación reconciliando los rechazos y las adopciones criminológicas. Pero también es importante destacar, al mismo tiempo, cómo esa matriz discursiva común era sinuosa en sus contornos y permitía una gran flexibilidad atravesando el tiempo y el espacio(24).

5. Criminólogos positivistas locales, inventiva teórica y política e intercambio cultural

Las traducciones criminológicas constituyeron un impulso central en la construcción de los “criminólogos” en la Argentina. Los intelectuales argentinos producían estos procesos de importación cultural recortando sobre el fondo de la genérica actividad intelectual, esta identidad, esta jurisdicción específica. El prestigio social y cultural de las producciones intelectuales extranjeras, europeas —lo civilizado, lo moderno— en la Argentina, les permitía en la operación de traducción criminológica conferirse el carácter de “autoridad”, transformarse a sí mismos en “expertos” de la cuestión criminal.

Los vocabularios criminológicos positivistas traducidos posibilitaban a estos criminólogos, en tanto intelectuales, construirse como “legisladores” (Bauman, 1997; Haggerty, 2002). Una vez que ha dejado de concebirse el orden social como algo que se reproduce naturalmente —como la “cultura silvestre” premoderna lo imaginaba—, una vez que se lo concibe como el “producto de los hombres”, los intelectuales reivindicaban la capacidad y el deber de moldear la realidad social, de acuerdo a los preceptos de la razón, el paso a una “cultura de jardín”, adquiriendo la práctica intelectual los rasgos típicamente modernos.

Esta práctica intelectual moderna encarna en los criminólogos positivistas locales, que a partir de estos viajes culturales, proclaman su aptitud en tanto autoridades de determinar “lo que es” y “lo que debe ser” en forma verdadera y vinculante, la “corrección del conocimiento” —objetivo, universal— y la “efectividad del control”, como pretensiones estrechamente relacionadas e interdependientes (Bauman, 1997, pp. 12, 13). De allí esa relación íntima e indisociable de los criminólogos positivistas locales con los aparatos del Estado y en su máxima expresión, su consolidación como “agentes estatales” encargados no solo de conocer sino también —y directamente— de controlar.

Por ejemplo, José Ingenieros fue desde 1899 a 1902 encargado de la Sala de Observación de Alienados del Depósito de Contraventores 24 de Noviembre de la Policía de la ciudad de Buenos Aires —como tal ostentaba el rango de comisario— y desde 1907 a 1913 fue director del Instituto de Criminología de la Penitenciaria Nacional de Buenos Aires (Huertas, 1991, 194-199; Zimmermann, 1995, p. 72).

Ahora bien, las traducciones permitían a los criminólogos locales producir innovaciones, como veíamos, ejercitar su “inventiva” —tanto teórica como política (Rose-Osborne, 1997; Rose, 1999)— enfrentando los vocabularios criminológicos extranjeros con la multiplicidad de problemas a través de la cual se configuraba la cuestión criminal en nuestro país, actuando como verdaderos “traduttori traditori” (Salvatore-Aguirre, 1996b, p. 21; Salvatore, 1996, p. 194). Su inventiva no era obstaculizada por estas importaciones culturales, sino que era, justamente, vehiculizada a través de ellas(25).

Esta capacidad de inventar, de innovar es una de las razones —probablemente, la otra sea, justamente a la inversa, lo que tenían de idéntico, de mimético— de que a partir de estas metamorfosis de los vocabularios criminológicos extranjeros en Argentina se generara un verdadero intercambio cultural, que se evidencia en la producción de procesos de traducción criminológica en sentido inverso a los originarios.

Como en las anécdotas históricas analizadas, ya no se trata de la traducción de textos de los criminólogos positivistas italianos al contexto argentino, sino a la inversa, la traducción de textos argentinos al contexto italiano: los textos de Drago, Ramos Mejía, Piñero de la anécdota 1, los textos de Ingenieros de la anécdota 2, etc. intercambio cultural, por otro lado, vehiculizaba también que más allá de la inventiva, de la innovación, involucradas en las metamorfosis de los vocabularios criminológicos entre el allá y el acá, se refuerce con base a una matriz discursiva común —como decíamos, extremadamente sinuosa y flexible— la identidad entre los criminólogos positivistas.

Las traducciones de los criminólogos positivistas locales se pueden leer globalmente —como lo han sugerido Salvatore-Aguirre (1996 b, p. 33) con respecto a la historia del proyecto penitenciario en América Latina—, como un proceso de “adaptación” a interrogantes locales que implica múltiples metamorfosis de los vocabularios criminológicos con respecto a sus formas originarias en otros horizontes culturales(26).

Así, por ejemplo, como plantea Salvatore (1996, pp. 209 y ss.) en su comparación de la criminología positivista argentina y brasileña a fines del siglo XIX, aun cuando los intelectuales/criminólogos locales estaban influenciados por las mismas lecturas europeas –aun cuando hacían las mismas traducciones criminológicas— construyeron imágenes de la criminalidad en parte diversas, los primeros poniendo el acento en la cuestión de la inmigración, los segundos, en la cuestión de la raza (Salvatore, 1996, p. 215).

El nacimiento de la criminología positivista en Argentina —como en América Latina— implica un conglomerado de adopciones/rechazos/complementaciones en la utilización de lo traducido, metamorfosis para la adaptación a los múltiples contextos locales y debe comprenderse, en fin, como parte de un proceso cultural más general que es el de la interpretación y apropiación de la “modernidad”, la instalación de un “idioma de la modernidad” en nuestro país y en nuestra región (Salvatore-Aguirre, 1996 b, p. 5; Salvatore, 1996, p. 195; Huertas, 1991, pp. 2-4; Zimmermann, 1995, p. 16) que tenía a su vez como correlato la modernidad de la propia identidad de quienes lo pronunciaban, en tanto expertos, autoridades, “legisladores”.

Parte II. Presente.

Los confines de aquello que consideramos nuestro propio presente son siempre difíciles de determinar. El presente es un horizonte cuyos límites son dibujados más o menos antojadizamente por el observador/actor.

Puede convenirse que nuestro “presente criminológico”, en América Latina, empieza a configurarse en la década del 70, en el contexto de la emergencia de una criminología “nueva”, “crítica”, “de la liberación” en la región(27). “impulso desestructurador” (Cohen, 1994) de las formas tradicionales de hacer criminología —representadas en América Latina por el positivismo/defensismo— inauguró un nuevo escenario en la reflexión desde las ciencias sociales sobre la cuestión criminal que pensamos es todavía el nuestro, aun cuando crecientemente se presentan síntomas del agotamiento de muchos de los intentos teóricos que dio a luz, que anuncian y que reclaman nuevas sendas intelectuales.

Es todavía nuestro escenario pues, en todo caso, estos anuncios y reclamos solo pueden enfrentarse rescatando las piezas y fragmentos útiles que nos ha brindado la deconstrucción de la criminología tradicional activada en América Latina en esos años 70 (ver Pavarini, 1994; Sozzo, 1999).

1. Contra las “viejas” traducciones criminológicas

Los intelectuales latinoamericanos que configuraron las bases de esta nueva criminología, como decíamos en la primera parte de trabajo, elaboraron una lectura de los viajes culturales en el nacimiento de la criminología positivista en América Latina —y en particular en Argentina— fundada en la metáfora de la traslación. Esta imagen del pasado remoto fue extendida por estos mismos intelectuales locales, a toda la historia de la criminología en la región, hasta su “actualidad”, años 70 y 80. Veamos algunos ejemplos: Venezuela fue uno de los contextos claves de la construcción de esta tradición intelectual en América Latina desde los años 70(28).

Fueron los criminólogos venezolanos los primeros en América Latina en producir un manifiesto colectivo crítico en el marco del IX Congreso Internacional de Defensa Social en 1976(29). Allí se afirmaba, específicamente, la “diferencia de modos de vida y ambiente entre los países europeos y los nuestros”, por lo que no se podía “equiparar posiciones teóricas, prescindiendo de la correspondiente historicidad de las situaciones” siendo, por ende, “imposible alcanzar cualquier acuerdo utilizando criterios “universalistas”.

Una de las intelectuales que cumplió un rol central en la construcción de impulso desestructurador en América Latina, desde Venezuela, fue Lola Aniyar de Castro —véase al respecto: 1977, 1981-2b, 1982, 1987b, 1992—. Además de ser una de las impulsoras de la declaración de 1976 y directora del Instituto de Criminología de Zulia (ver nota 41), fue una de las promotoras, en la reunión de Azcapotzalco en México D.F. en junio de 1981, de la constitución del Grupo Latinoamericano de Criminología Crítica a través de la adhesión a un manifiesto que promovía la “construcción de una Teoría Crítica del Control Social en América Latina”, que redactó junto con Bergalli, Mayaudon y Sandoval Huertas(30).

En un texto de inicios de los 80, Aniyar señalaba: “Ciertamente, la criminología que generalmente se ha vivido en América Latina —que no es lo mismo que la “criminología latinoamericana”—, no es una excepción a toda la problemática de la dependencia que ha caracterizado la ciencia, la técnica y aun las políticas de los países de la periferia. Esto es un lugar común, en Europa y en Estados Unidos se gestó la criminología tradicional. En ninguna otra parte se había hecho criminología.

Como el positivismo pretendía hacer ciencia universal, poco importaba la realidad sociopolítica donde sus resultados se aplicaran. Como esta era una criminología al servicio del poder, los intereses locales veían útil la aplicación de la “ciencia” extrafronteras” (Aniyar, 1981-82a, p. 10). En otro texto, del mismo año, Aniyar refuerza con respecto a la situación de la criminología en su propio país: “Existe un gran desconocimiento de la realidad histórica, económica y cultural del país, entendida como una totalidad, lo que ha obstaculizado formar un pensamiento criminológico de corte nacional. Esto se refleja en la recepción mecánica de teorías importadas, sin atinencia efectiva a lo concreto latinoamericano, en general y venezolano, en particular.

La dependencia no es solo económica sino también de las ideas”(Aniyar, 1982, 37). Se observa aquí el mismo esquema conceptual que ya analizamos en la primera parte de trabajo: la dependencia económica de los países periféricos se traduce en dependencia con respecto a los artefactos culturales producidos en los países centrales, lo que en el campo de la criminología se observa a través del fenómeno de la “traducción criminológica” como importación cultural, leída a través de la metáfora de la traslación; pero ya no solo con respecto al pasado remoto sino también con respecto al pasado próximo y a la “actualidad” de la criminología en América Latina(31).

En el mismo sentido —aunque con los matices propios de su posición, ya señalados— se dirige la otra intelectual cuyo aporte fue central para el desenvolvimiento de esta tradición en Venezuela y América Latina, Rosa del Olmo(32). Del Olmo señalaba ya en 1975 la necesidad de partir de la dependencia económica y política y la “tendencia a copiar lo que sucede en las naciones desarrolladas”, para comprender la “realidad criminológica latinoamericana” (1975, p. 22).

El criminólogo latinoamericano “depende del criminólogo extranjero”, adoptando temas y modas propias de las criminologías de los países desarrollados, lo que es una expresión del “colonialismo cultural” (1975, p. 24). Su criminología no se corresponde con su realidad social: “El criminólogo latinoamericano está más interesado en lo que sucede en Europa que en lo que sucede en su país o en otros países de América Latina” (1975, p. 25).

Este “desdén por la realidad social” y la “adopción de técnicas de otros lugares” son las razones fundamentales de que “no exista una criminología latinoamericana”. “En América Latina no existe teoría criminológica. Lo que tenemos es un consumo poco digerido de teorías extranjeras —“copiamos y traducimos lo que ha sido producido para otras realidades”— que, cuando son aplicadas, solo sirven para distorsionar nuestra realidad” (1975, p. 25)(33).

La utilización de la metáfora de la traslación como clave de lectura de los procesos de traducción/importación criminológicas asociados al positivismo/defensismo en su actualidad —nuestro pasado próximo— por parte de estos intelectuales críticos latinoamericanos se inscribía en una estrategia discursiva —teórica y política, inescindiblemente— que tendía a separar aguas, a divorciarse absolutamente de las formas tradicionales de hacer criminología.

En general, en el período 1940-1970, marcado por la progresiva pérdida de hegemonía del vocabulario criminológico positivista y por el auge de otros vocabularios criminológicos en otros contextos culturales, América del Norte y Europa, mientras en América Latina(34) se produjo un progresivo empobrecimiento de las producciones culturales asociadas a campo de saber/poder en el marco de una fuerte continuidad a nivel de las racionalidades, los programas y las tecnologías de gobierno de la cuestión criminal inventadas en la edad de oro del positivismo criminológico(35).

Este empobrecimiento tuvo en primer lugar un carácter cuantitativo, es decir, la disminución del volumen de las producciones criminológicas locales, Marroquin Grillo-Camacho Flores (1985, p. 286) se refieren en el caso colombiano al “silencio criminológico” y en segundo lugar, un carácter cualitativo, la disminución de la inventiva teórica y política de los criminólogos locales, también en lo que hace a la utilización de lo traducido(36).

Esta era de la “miseria de la criminología” en América Latina, alienta el empleo de la metáfora de la traslación como clave de lectura de las traducciones/importaciones criminológicas.

Sin embargo, aun en período, esa metáfora oscurece todo un juego de metamorfosis en los múltiples contextos locales, la complejidad que por su naturaleza tienen estos “viajes culturales”, piénsese, como ejemplos, en fenómenos tales como la subsistencia misma de la hegemonía de la matriz discursiva positivista en su vinculación con ciertas formas de populismo político específicamente locales o en la colaboración de los criminólogos locales —como auxiliares del derecho penal— con las estrategias militarizadas de control del delito de los gobiernos autoritarios latinoamericanos (sobre estos ejemplos en el caso argentino, ver Bergalli, 1982b; 1983a; 1983c; García Méndez, 1983; 1987; Caimari, 2002).

La utilización de la metáfora de la traslación, más allá de su (in)capacidad para comprender estos procesos culturales, ligaba el empleo de la traducción como tecnología intelectual en los años 70 y 80 al pasado remoto del nacimiento de la criminología en América Latina, además de la persistencia de líneas maestras en los vocabularios criminológicos traducidos entre positivismo y defensismo.

Los “nuevos” criminólogos se comprometían en la construcción de una “alternativa” –tanto en el campo del saber como del poder— que en tanto tal era “radical” y en virtud de su radicalidad construía un imaginario de “fin de la historia” (Bravo Dávila, 1987, p. 552) con respecto a la “vieja” criminología —que abarcaba también producciones “actuales”— y se producían anuncios acerca del “cambio de paradigma” o del surgimiento de “una nueva disciplina” (autocalificaciones empleadas, por ejemplo, por Aniyar, 1982, p. 18; 1986, p. 9; 1987, p. 126).

La configuración de esta alternativa radical posee matices diversos en los distintos autores que contribuyeron a su construcción desde los años 70, pero consensuadamente parecían resaltar el deber de que esta nueva criminología fuese una “criminología latinoamericana”. Ejemplo paradigmático de ello son los textos de Aniyar de Castro (ver Aniyar, 1981-82a, 1981-82b, 1986a, 1986b, 1987a, 1987b).

En sentido, la “vieja” criminología —además de ser positivista/defensista— era un conjunto de traducciones/importaciones culturales que por ser pura traslación —trasvase/transposición/transplante— no daba cuenta de la “realidad social latinoamericana”. Liberarse de ella significaba, por ende, liberarse de estas “viejas” traducciones criminológicas y sus utilizaciones —simples adopciones— por parte de los “viejos” criminólogos que buscaban, en primer lugar, constituirse como “expertos” o “autoridades” locales y, en segundo lugar, configurar “viejas” racionalidades, programas y tecnologías de gobierno de la cuestión criminal local.

La “nueva” criminología debía ser exactamente lo opuesto de la “vieja” criminología. Debía ser “latinoamericana” en oposición a “dependiente”, “colonizada”. Esta es una de sus promesas medulares. Ahora bien, ¿qué significaba hacer una criminología latinoamericana? y ¿qué implicaba esto con respecto a la tecnología intelectual de la traducción?.

2.¿“Nuevas” traducciones criminológicas?

El “impulso desestructurador” de las formas tradicionales de hacer criminología en América Latina desde los años 70 en adelante se construyó —como ellas— a través, también, de la utilización de la traducción como tecnología intelectual. Se produjeron traducciones criminológicas —en sentido amplio y en sentido estricto— que unían los contextos latinoamericanos con diversos horizontes culturales, con diversas lenguas, gestionando vocabularios en parte disímiles pero igualmente coincidentes en cuanto a su inscripción en una criminología nueva, alternativa con respecto al positivismo/defensismo, pero también con respecto a otras formas de hacer criminología que se habían ido construyendo durante el siglo XX en esos otros contextos culturales tal como la llamada “criminología liberal” (véase nota 31).

Es posible encontrar infinidad de ejemplos de estas “nuevas” traducciones criminológicas. Dentro del contexto venezolano —para mantenernos inicialmente en el ámbito utilizado como ejemplo en el apartado anterior— y refiriéndonos exclusivamente a las traducciones en sentido estricto, se pueden mencionar las de textos de autores claves en el surgimiento de la criminología crítica en el mundo anglosajón realizadas por la misma Rosa del Olmo por ejemplo el libro de Edwin Sutherland “El delito de cuello blanco” (Ed. de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, 1969) o impulsadas por ella tales como las traducciones de los artículos de Sutherland, Quinney, Becker, Lemmert, Young, etc.

En sus recopilaciones: “Criminología. Textos para su estudio” (Centro de Investigaciones Penales y Criminológicas, Universidad de Carabobo, Valencia, 1972) y “Estigmatización y conducta desviada” (Publicaciones del Centro de Investigaciones Criminológicas de la Universidad de Zulia, Maracaibo, 1973).

En mismo sentido podría señalarse la traducción y publicación desde los primeros años 70 en Capítulo Criminológico, la revista dirigida por Lola Aniyar de Castro, de artículos de criminólogos críticos como Tony Platt, Richard Quinney, Frank Pearce, Alessandro Baratta, Massimo Pavarini, etc.

Más allá del contexto venezolano, también en otros países de América Latina, se produjo una importante actividad de traducción en sentido estricto, durante los años 70 y principios de los 80 que coincide y alimenta el auge de la nueva criminología.

Así se puede mencionar —restringiéndonos exclusivamente a los libros— la traducción y publicación de: Howard Becker: “Los extraños. Ensayo de sociología de la desviación” (Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1971); Ian Taylor, Paul Walton y Jock Young: “La nueva criminología. Contribución a la teoría social de la conducta desviada” (Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 1973); Michel Foucault: “Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión” (Siglo XXI, México D.F., 1976); Ian Taylor, Paul Walton y Jock Young: “Criminología crítica” (Siglo XXI, México D.F., 1977).

Dario Melossi y Massimo Pavarini: “Cárcel y fábrica” (Siglo XXI, México D.F., 1980); Frank Pierce: “Los Crímenes de los poderosos” (Siglo XXI, México D.F., 1980); Anthony Platt: “Los salvadores de niños o la invención de la delincuencia” (Siglo XXI, México D.F., 1982); Massimo Pavarini: “Control y dominación. Teoría criminológicas burguesas y proyecto hegemónico” (Siglo XXI, México D.F., 1983); Alessandro Baratta: “Criminología crítica y crítica del derecho penal” (Siglo XXI, México D.F., 1984); Nils Christie: “Los límites del dolor” (FCE, México D.F., 1984); Richard Quinney: “Clases, Estado y delincuencia” (FCE, México D.F., 1985); etc.

Algunas de estas traducciones fueron también realizadas directamente por los intelectuales locales que participaban en la construcción de la criminología crítica en América Latina, como por ejemplo, la del libro de George Rusche y Otto Kirchheimer: “Pena y estructura social” (Temis, Bogotá, 1984) por parte del argentino Emilio García Méndez. También en distintas revistas de otros países latinoamericanos, se producían constantemente en periodo traducciones en sentido estricto de artículos de autores europeos y norteamericanos que apoyaron la emergencia de la criminología crítica, como, por ejemplo, en Nuevo pensamiento penal y Doctrina penal de Argentina, Derecho penal y criminología, Nuevo foro penal, Revista del Colegio de Penalistas del Valle y Tribuna penal de Colombia, etc.

A toda esta inmensa labor de traducción escrita, habría que agregar un creciente volumen de visitas de criminólogos críticos a países latinoamericanos para participar en diversos tipos de actividades académicas: seminarios, congresos, conferencias, cursos, etc. desde los años 70 en adelante con su carga de traducciones orales.

Todo ello a su vez impulsaba y era impulsado por una labor de intelectualidad en sentido amplio muy importante, llevada adelante por los intelectuales locales en la intelectualidad de sus propios textos escritos y orales. Solo por mencionar un buen ejemplo de ello podría señalarse un texto de Aniyar de Castro, fundacional de esta tradición en Venezuela y América Latina, “Criminología de la reacción social” (Aniyar, 1977), que es un ejercicio de lectura y presentación de la historia de las criminologías producidas en Europa y en Estados Unidos que culmina en la intelectualidad de la criminología “de la reacción social” en dichos contextos intelectuales.

Ahora bien, ¿cómo es posible leer esta masa de “nuevas” intelectualidades criminológicas con respecto a la promesa de construir una criminología crítica en la región que fuese una “criminología latinoamericana”? Diversos ntelectuales latinoamericanos comprometidos activamente en esta construcción nos brindan ciertas claves de lectura sobre interrogante.

a) Apología

Aniyar de Castro en los inicios de los 80 reconocía: “Justo es decir que tampoco la criminología desmistificadora, que se iniciara con los primeros planteamientos problemáticos de la llamada criminología de la reacción social, surgió en los países de la periferia. Como es obvio, los impulsos intelectuales de mayor alcance geográfico surgen de los centros de gran poder de financiamiento y difusión. También esta criminología nos viene de afuera” (1981-82a, p. 11). Señalando con mas precisión: “En América Latina se recepta toda la conmoción producida en estos ámbitos —criminológicos— en Europa y Estados Unidos”.

Los movimientos radicales norteamericanos y el del grupo europeo para el estudio del delito y del control social entran a través de las traducciones hechas por Rosa del Olmo y tardíamente por Argenis Riera, mientras que la perspectiva más bien filosófico-jurídica del grupo denominado de La Questione Criminale se percibe permeando los trabajos de Aniyar de Castro y Bergalli y luego del Grupo Crítico Latinoamericano, aun cuando hay un libro de Aniyar de Castro —Criminología de la reacción social— que es anterior a la aparición de La Questione Criminale (Aniyar, 1986a, p. 9; 1987a, p. 126)(37).

Pero estas “nuevas” traducciones criminológicas a diferencia de las “viejas”, vehiculizaban vocabularios que impulsaban la exploración de los propios contextos culturales: “Pero lo importante de la llamada nueva criminología —o radical o crítica, con sus matices— es que, por razones inmanentes a la metodología que le es propia, debe necesariamente construirse en y para cada sociedad, en cada momento histórico, en cada coyuntura” (Aniyar, 1981-2a, p. 11). Las “nuevas” traducciones criminológicas importaban mandatos de investigación e interpretación del propio contexto, como consecuencia de una teleología ínsita en los lenguajes que trasladaban, era una consecuencia necesaria del viaje cultural —véase más recientemente Aniyar (1999, p. 174)—.

De allí que el producto final, ayudado por proceso, se visualizaba como una “criminología latinoamericana”: “Por esta razón, solo el desarrollo de una criminología de tipo puede llamarse, en nuestro continente, latinoamericana, por haber sido hecha en Latinoamérica y para Latinoamérica. Criminología latinoamericana es, por las razones arriba expresadas, aquella que ha intentado construirse gracias a una investigación fundada en premisas variadas —el materialismo histórico, la filosofía crítica, por ejemplo; los que por cierto tampoco son de origen latinoamericano— sobre la concreta realidad sociopolítica del continente” (Aniyar, 1981-82a, p. 11).

Christopher Birbeck (1983) repitiendo —¿paradójicamente?— el argumento de los intelectuales locales involucrados en la construcción de la nueva criminología con respecto al nacimiento y desarrollo de la criminología en América Latina, señalaba críticamente, que estos autores anunciaban una teoría novedosa y luego reproducían los esquemas teóricos ya formulados en otras latitudes.

Frente a esta objeción, Aniyar distinguió una “metodología para construir una criminología latinoamericana”, en tanto “forma de hacer criminología en América Latina” de una “teoría criminológica latinoamericana” señalando que la intención que animaba al grupo de los criminólogos críticos era la de no hacer, precisamente, una “teoría criminológica latinoamericana”, en el sentido convencional, por diversas razones (1987a, p. 135; 1987b, p. 76).

En primer lugar, porque el objeto de esta nueva forma de hacer criminología era el control social —formal e informal— y no la criminalidad o el criminal (1987a, 135-6; 1987b, 76). En segundo lugar, porque al partir de la teoría crítica se pensaba a la teoría en un sentido antipositivista, es decir como una “antiteoría”, para “no formalizar, no congelarse” (Aniyar, 1986b, 312; ver también 1987b, 76-79; 1999, 183). En tercer lugar, porque: “Las teorías no tienen nacionalidad. Menos aún puede afirmarse que una “metodología”, que no es más que un instrumental ideológico, deba tener nacionalidad.

Aclaremos rápidamente, por si fuere necesario, que no estamos hablando de técnicas de investigación sino de una weltangschaung directiva con la cual se obtendrían resultados propios de un lugar en un momento determinado” (Aniyar, 1987a, p. 136; 1987b, p. 77 ). Esta tercera razón —que es la que más nos interesa a los fines del problema de la traducción/importación cultural— la retoma y clarifica posteriormente, señalando: “Y aunque nuestra “teoría” no es latinoamericana, nuestra criminología sí lo es. Porque la teoría que utilizamos es solo un marco epistemológico y valorativo que se llena de contenido en cada lugar y en cada momento histórico en el cual se aplica... las teorías no tienen marco geográfico. Lo dañino es no investigar el marco concreto” (Aniyar, 1992, p. 297)(38).

Para concluir: “No hay conocimiento que no circule. Es paranoico pretender inventar ideas haciendo tabula rasa del saber preexistente. No hay conocimiento sin contaminaciones. Lo importante es alimentarse de lo histórico concreto, someterlo a prueba y reformularlo cuando se requiera. El intercambio es la regla de la comunidad científica contemporánea, pero debemos aprender a conocernos” (Aniyar, 1992, p. 298; véase también 1999, p. 183).

Desde el inicio de las reflexiones culturales sobre la traducción se ha problematizado la distinción entre “traducciones buenas” y “traducciones malas”. Las traducciones buenas, de acuerdo a la metáfora de la traslación, son aquellas que aseguran la identidad entre el texto en la lengua de origen y el texto en la lengua de recepción. Es decir la bondad radicaría en la perfección de la operación de trasvase, transplante, transposición —para una discusión fundacional ver Benjamin (1995)—.

Aniyar de Castro funda una distinción diferente que, sin embargo, no lesiona la metáfora de la traslación como clave de lectura. La “bondad” o “maldad” de las traducciones criminológicas tiene que ver más bien con el contenido de lo que se traduce. Hay textos “buenos” y textos “malos”. Las “nuevas” traducciones criminológicas son “buenas”, las “viejas” son “malas” en función de los textos que transportan. Las primeras trasladan vocabularios criminológicos que son valorados positivamente —teórica, políticamente— y apoyan la necesidad de una investigación/interpretación local de los contextos locales.

Lo que se juega en la distinción es la reproducción o no de la dependencia cultural fundada en la dependencia económica de los países latinoamericanos con respecto a los Estados Unidos y a Europa. Las viejas traducciones criminológicas refuerzan la dependencia, el colonialismo; las nuevas, en cambio, producen “liberación”.

Ahora bien, ese contenido, ese objeto que se transporta de un contexto cultural al otro aparece en Aniyar poco precisado, ya que intencionalmente se plantean diversos sinónimos superpuestos para definirlo: “metodología”, “weltanshaung”, “teoría”, “instrumental ideológico”, “marco epistemológico o valorativo”.

Es posible y deseable hacer “criminología latinoamericana” utilizando estos diferentes objetos de allá trasladados acá y no se trata solo de una proclamación de “deber ser” sino que, para Aniyar, esto estaba siendo llevado adelante —en “su” actualidad— por los investigadores latinoamericanos involucrados en el movimiento de la criminología crítica.

Se trata de una lectura que hace apología de las nuevas traducciones criminológicas, que presenta una visión optimista acerca de la posibilidad de la generación a partir de ellas de una criminología crítica latinoamericana.

b) Autocrítica

Resulta interesante observar como algunos intelectuales latinoamericanos que participaron en la construcción de esta tradición producían “autocríticamente” elementos para una lectura alternativa de los viajes culturales y su vinculación a la promesa de una criminología crítica latinoamericana. Esto evidencia también en qué medida la criminología crítica en los países latinoamericanos —como en los otros horizontes culturales— no era una experiencia unívoca.

La misma Rosa del Olmo también reconocía la existencia de traducciones culturales en la base del desarrollo de la criminología crítica en América Latina(39). Desde mediados de los años 80 planteaba la importancia que tuvieron para la construcción de esta tradición, las visitas a los países latinoamericanos de criminólogos críticos europeos —como Baratta, Pavarini o Hulsman— que alentaron su desenvolvimiento (Del Olmo, 1985, p. 137). Específicamente se refería a la figura de Alessandro Baratta y planteaba que, mas allá de la valoración de su producción intelectual, le producía “alarma la idolatría que ha despertado entre algunos de nuestros estudiosos. Su pensamiento ha sido asimilado acríticamente al discurso que se está construyendo en América Latina a pesar de que en nuestro contexto puede correr el riesgo de quedarse en simple retórica. Comprendo, sin embargo, que como discurso se presta a canalizar las inquietudes de quienes están conscientes de las injusticias en que viven las mayorías de nuestro continente, pero a veces se adopta sin profundizar su contenido” (Del Olmo, 1987, p. 26)(40).

Separándose claramente de la posición de Aniyar de Castro, Del Olmo afirmaba: “... se están repitiendo los mismos errores en que incurrían los criminólogos latinoamericanos —se refiere a los “viejos” criminólogos latinoamericanos— al depender de una forma exagerada y repetitiva del discurso criminológico europeo, así sea un discurso crítico” (1985, p. 138-9). Continuaba: “Nuestros criminólogos no han podido romper la dependencia del conocimiento que viene de los países desarrollados. En tanto no se rompa esa dependencia, no se podrá hablar de una criminología crítica latinoamericana” (1985, p. 139; 1988, p. 209)(41).

Aquí aparece contestada la identificación, propia de la lectura “apologética”, de las nuevas traducciones criminológicas como “buenas” en sí mismas, más allá de que se reconozca la “bondad” de los artefactos culturales que viajaban culturalmente. La “bondad” de los vocabularios criminológicos producidos en otros horizontes culturales no aseguraba su bondad en el contexto latinoamericano, ya que igualmente podían reproducir, como en las viejas traducciones criminológicas, la “dependencia cultural”. Las nuevas traducciones criminológicas que no excluyen lo que podríamos considerar sus potenciales “efectos perversos”.

3. Nuevos viajes culturales: promesas y características de la criminología crítica en América Latina

Las nuevas traducciones criminológicas implicaron —como las viejas— complejas metamorfosis de los vocabularios criminológicos en el viaje cultural entre el allá y el acá, estaban, como aquellas, inmersas en diversas lógicas de utilización de lo traducido; rechazo, adopción, complementación, para enfrentar los problemas de los múltiples contextos locales en la construcción de un nuevo idioma criminológico.

Inicialmente, los intelectuales latinoamericanos no produjeron “rechazos” significativos con respecto a los lenguajes producidos en Estados Unidos y en Europa. Habría que esperar hasta la mitad de la década de los 80, cuando se produjeron las primeras traducciones —en sentido estricto y en sentido amplio— en los países latinoamericanos de textos “abolicionistas” (por ejemplo, Christie, 1984; AA.VV., 1987), para que determinados autores planteasen un rechazo más o menos encendido de algunos de los elementos —sobre todo normativos— de esa perspectiva crítica —véase, por ejemplo, García Méndez, 1985; Del Olmo, 1988).

Pero estos rechazos se verían favorecidos por una cierta creciente heterogeneidad en el lenguaje criminológico crítico en los horizontes culturales desde lo que se importaba, que implicaba la posibilidad de rechazar determinados elementos de cierta perspectiva considerada crítica adoptando otros de otra perspectiva considerada igualmente crítica en el ejemplo, “abolicionismo” y “garantismo”.

La invención de la criminología crítica en los distintos contextos culturales europeos y norteamericanos desde los años 60 en adelante tuvo características específicas. Es posible distinguir claramente elementos diferenciadores en la construcción de tipo de lenguaje en Escandinavia, Gran Bretaña, Estados Unidos, Alemania e Italia (Bergalli, 1983c, pp. 209 a 252). De hecho, se ha interpretado que la creciente heterogeneidad de los años 80, la diferenciación entre “abolicionismo”, “garantismo”, “realismo de izquierda”, la pluralización de “criminologías críticas” (Lippens, 1995), es —en buena medida— consecuencia de esta diversidad cultural (Sagarduy-Zaitch, 1992; Van Swaaningen, 1997).

Desde fines de la década de los 70, los intelectuales latinoamericanos críticos dirigieron su mirada fundamentalmente hacia el contexto italiano —recordar la referencia de Del Olmo, Novoa y Aniyar (véase nota 34) a la influencia de Baratta—.

Existía una cierta “afinidad electiva” entre los contextos latinoamericano e italiano en lo que se refiere a campo de saber que se asentaba en diversos elementos. En primer lugar, la herencia de los viajes culturales del pasado remoto, en el momento de nacimiento de la criminología positivista allá y acá y su extensión en los vínculos estrechos en el marco del defensismo en el período 1940-1970. En segundo lugar, la similitud de la situación previa a la invención de la nueva criminología en Italia y en los países latinoamericanos en lo que se refiere a las formas de saber que hegemonizaban la cuestión criminal: la dogmática jurídico-penal y la criminología clínica y el infradesarrollo de una “criminología sociológica”. En tercer lugar, la centralidad de los juristas en la construcción de esta nueva forma de hacer criminología.

La criminología crítica en Italia surgió también, en buena medida, a partir de un proceso de traducción e importación cultural de textos anglosajones —la sociología de la desviación y la nueva criminología estadounidense e inglesa— y en menor medida, alemanes (Melossi, 1983, pp. 450, 462; 1997, pp. 78-80; Pitch, 1989, p. 56; 1992). Estos procesos de importación cultural fueron liderados por juristas no obstante que los materiales importados provenían mayormente de otras ciencias sociales.

Si bien se registró un diálogo con los sociólogos (Faccioli, 1984), en esta construcción de la criminología crítica italiana la posición central fue de los intelectuales del campo del derecho.

Esto se debió, tal vez, a la ausencia de una sólida cultura sociológica en el contexto italiano (Melossi, 1983, p. 462), otra semejanza con algunos países latinoamericanos. Pero fundamentalmente, fue consecuencia de una transformación en el campo del derecho, durante las décadas de los 60 y de los 70, en virtud del nacimiento y desarrollo de miradas críticas sobre el funcionamiento del sistema jurídico, que se expresaron, por un lado, en una tendencia antiformalista “débil” que se tradujo en una “crítica de la cultura jurídica” y, por el otro, en una tendencia antiformalista “fuerte” que retomando algunas temáticas marxistas —entre Gramsci y la Escuela de Frankfurt— se tradujo en una “crítica del derecho penal”–tendencias que implicaron el nacimiento de una verdadera sociología del derecho en Italia (Pitch, 1989, p 58)(42).

Esta “crítica del derecho penal” se vinculó con corrientes culturales antiinstitucionales y antiautoritarias para dar vida a un análisis del sistema penal en clave de “desmistificación crítica” (Pitch, 1989, p. 59) —como ejemplos, ver Pitch (1975), Pavarini (1980); Baratta (1982; 1991) y las revistas La Questione Criminale y Dei Delitti e Delle Pene—.

Como bien afirma Stanley Cohen (1994, p. 7), el impulso desestructurador inicial de las formas tradicionales de hacer criminología en los diversos horizontes culturales “se originó en una excitante combinación intelectual” entre teoría crítica, marxismo de la nueva izquierda, fenomenología, etnometodología e interaccionismo simbólico. En Italia se debe destacar la incidencia de la crítica marxista del derecho (Melossi, 1983, p. 449). Esta última invadió el carácter de la criminología crítica italiana, signando en buena medida sus rasgos.

Las características más importantes a los fines de comprender su impacto en las nuevas traducciones criminológicas latinoamericanas fueron: primero, una cierta vocación por construir una “gran narrativa”, a través de la introducción de la perspectiva del “labelling approach” en el interior de un paradigma marxista de filosofía política, social y jurídica, que se constituía como un “monismo explicativo”. Segundo, una cierta centralidad de la metacriminología, la reflexión sobre cómo debía ser una criminología que merezca el adjetivo de crítica.

Tercero, una inclinación a la re-proposición permanente de la cuestión del compromiso político del criminólogo crítico. Cuarto, una tendencia a la reflexión constante sobre el “deber ser” de las formas de gobernar la cuestión criminal, la construcción de una “política criminal alternativa”. Quinto, una “política criminal de las clases subalternas” y sexto, una vocación por la “teoría” más que por la práctica de investigación —sobre estos rasgos, explorados a partir de la evaluación de la obra de Baratta, ver Pavarini, en prensa—.

Los intelectuales latinoamericanos al apropiarse sobre todo de los vocabularios criminológicos críticos italianos, en cierta medida, importaron estas características a la nueva criminología en la región, pero justamente en función de la metamorfosis implicada en la traducción cultural estos rasgos adquirieron matices propios.

Rosa del Olmo, señalaba hacia mediados de los 80 la importancia medular de la reflexión metacriminológica en la nueva criminología latinoamericana. Esencialmente, estaba constituida por un conjunto de textos programáticos, unas declaraciones “antipositivistas y antiderecho penal”, que marcaban “el deber ser de la criminología crítica” y reflejaban “... cómo les gustaría a los autores que fuera esa criminología” (Del Olmo, 1987, p. 36).

Para agregar: “La criminología crítica tal como la hemos esbozado se ha quedado en la intención” (Del Olmo, 1988, p. 206). tipo de reflexión metacriminológica generaba “un criminólogo crítico pero no una criminología crítica” (Del Olmo, 1988, p. 205). Como en el nacimiento de la criminología, los intelectuales latinoamericanos recortaban en la actividad intelectual una jurisdicción específica, nueva, con unas características muy especiales. recorte les permitía reivindicarse a sí mismos como “expertos”, “autoridades”, en particular frente a los “viejos criminólogos”, pero con el mismo modelo de práctica intelectual “moderna” que aquellos, en tanto “legisladores” (Bauman, 1997).

La centralidad de la metacriminología estaba estrechamente ligada a la concentración en la discusión sobre el compromiso político del intelectual y sobre las posibles articulaciones de una “política criminal alternativa” en la región. Este fuerte peso de la reflexión sobre el “deber ser” de la criminología crítica, del criminólogo crítico y de la política criminal, conjuró en el contexto latinoamericano una lesión del “ser” de la criminología crítica.

La importación cultural de una “gran narrativa” que funcionaba como un monismo explicativo también contribuyó en sentido. En muchos casos, argumentos traducidos de la criminología crítica italiana o, en su caso, anglosajona, se metamorfoseaban perdiendo complejidad, empobreciéndose y el reenvío a una unidad, a un marco de referencia, ubicado en un lugar puro y coherente de la teoría, pretendía absolver la simplicidad, cristalizando actitudes y proposiciones en forma dogmática.

De allí, algunos juicios autocríticos de los contemporáneos como Marroquín Grillo-Camacho Flores, que resaltaban que en esta nueva forma de hacer criminología, salvo contadas excepciones, existía un “escaso nivel científico”, lo que la hacía “teóricamente inconsistente. Son notables aún las confusiones entre paradigmas, mezclas teóricas autoexcluyentes, falta de claridad en definiciones teóricas, etc.” (1985, p. 292).

En el mismo sentido, Rosa del Olmo rescataba la palabras autocríticas de Tony Platt con respecto a la criminología radical norteamericana, pensando en la criminología crítica en América Latina, señalando su “debilidad teórica” así: “teóricamente esta criminología era ecléctica y subdesarrollada”, como una consecuencia del “activismo a corto plazo y de las expectativas idealistas sobre el impacto de la protesta social en las estructuras políticas establecidas”, resaltando como a su vez esta “pobreza de la teoría criminológica radical” había generado —en los Estados Unidos y también en América Latina— una “dependencia intelectual de la obra producida en otros países” (1988, p. 209)(43).

Esta cristalización del “ser” de la criminología crítica en el “viaje cultural” entre el allá y el acá, estuvo a su vez estrechamente ligada al infradesarrollo de prácticas de investigación y a la preferencia por un estilo de producción intelectual que se ubicaba en el espacio de la “teoría” pero se resolvía en el “ensayo”. Las investigaciones históricas sobre la cuestión criminal y sus formas de gobierno fueron en América Latina, como decíamos en la primera parte de trabajo, más bien excepcionales. Lo mismo sucedió con las investigaciones empíricas.

Ciertamente hubo actividades que se emprendieron en este sentido, pero tendieron a ser grandes investigaciones comparativas que abarcaban diversos países y temáticas más o menos amplias, como aquellas sobre la violencia, los delitos de cuello blanco y el control social en América Latina llevadas adelante por el Grupo Latinoamericano de Criminología Comparada, la llevada adelante por el Ilanud sobre el preso sin condena en América Latina y el Caribe (Carranza et al, 1983), las llevadas adelante por el Instituto Interamericano de Derechos Humanos sobre los derechos humanos y los sistemas penales y sobre las muertes producidas en el funcionamiento de los sistemas penales en América Latina (IIDH, 1986, Zaffaroni, 1993).

La ambición de la “gran narrativa” se trasladaba a los diseños de investigación empírica y esto sin duda retroalimentaba dicho monismo explicativo y hacía perder de vista la contingencia, la fragmentación y la heterogeneidad del mundo social(44). Es decir que, en líneas generales, no se produjo un profundo “encuentro con el momento empírico” (en un sentido “no empiricista”, ver Rose-Osborne, 1997, 102), tanto con respecto al pasado como con respecto al presente.

No se debería opacar en esta descripción, sin embargo, el ejercicio de la inventiva teórica y política de muchos de los intelectuales latinoamericanos que pusieron en marcha la construcción de la criminología crítica en la región. Tal vez uno de los ejemplos más importantes en sentido haya sido la propuesta de un “realismo criminológico marginal”, planteada por Eugenio Zaffaroni(45), que tuvo un impacto muy importante en la Argentina y en –América Latina y resultando particularmente interesante aquí pues en ella —aunque expresada en otros términos— encontramos una cierta reflexión sobre el papel de los viajes culturales en la construcción de una criminología crítica latinoamericana.

Zaffaroni parte de una descripción de los procesos económicos, sociales y culturales en la historia latinoamericana desde la llamada “teoría de la dependencia” (1988, p. 23; 1989, p. 68). Colonialismo —revolución mercantil—, neocolonialismo —revolución industrial— y tecnocolonialismo —revolución tecno-científica— serían las diferentes fases de la incorporación por parte del “poder mundial” de los países latinoamericanos “como sociedades proletarias” a la división internacional del trabajo y de “transculturación” en tanto incorporación a “su civilización universal”, que hace que los diversos tipos de procesos latinoamericanos no sean idénticos a los producidos en los países centrales sino derivados de ellos (Zaffaroni, 1989, 69-70; 121-7).

Cada una de estas fases estuvo acompañada, de acuerdo con el autor argentino, por la importación y difusión de saberes-justificantes de las diversas formas de dominación —colonial, neocolonial y tecnocolonial— de los países centrales sobre el “margen”, configurando un “saber oficial”, “supracultural” (Zaffaroni, 1988, p. 88). Precisamente es por ello que resulta imposible, a su juicio, interpretar la “originalidad” de los procesos económicos, sociales, políticos y culturales de los países latinoamericanos desde estos marcos conceptuales (Zaffaroni, 1988, pp. 33-95; 1989, p. 171)(46).

En el campo específico de la criminología, el autor plantea, que los problemas en América Latina en tanto área periférica “son cualitativa y cuantitativamente diferentes”, que los de los países centrales (Zaffaroni, 1988, 2). “Nuestro margen tiene una dinámica que esta condicionada por su dependencia y nuestro control social está íntimamente ligado a ella” (Zaffaroni, 1989, 70). Esto es lo que hace que el discurso criminológico del centro se importe a los países latinoamericanos (Zaffaroni, 1988, 22, 61), pero los debates que plantea —pese a que repercuten y hasta se reproducen en el “margen” (Zaffaroni, 1988, 1)— tienen “acá” un significado diverso.

Los “marcos teóricos ordenadores de los países centrales” son en cierta medida ineficaces en contexto (Zaffaroni, 1988, p. 2; 1989, p. 77); todas las “perspectivas centrales” son “en mayor o menor medida, siempre parciales” (1988, p. 3). De allí que sea indispensable que los intelectuales asuman “la posición marginal”, abandonando su “preparación y entrenamiento” para discutir siempre en forma “universal” “como si centro y periferia del poder no existieran” (Zaffaroni, 1988, p. 3). “Nuestra crítica no puede ser, por consiguiente, la crítica criminológica central” (Zaffaroni, 1988, p. 22). Esta es la afirmación fundacional de lo que Zaffaroni llama el “realismo criminológico marginal” (1989, pp. 166-171).

Sin embargo, al mismo tiempo, señala la “notable inferioridad de desarrollo teórico y recursos informativos disponibles” en los países periféricos en comparación con los países centrales (Zaffaroni, 1988, 2). La escasez de investigaciones empíricas no es, a su juicio, un problema tan grave ya que en Latinoamérica “no suelen ser indispensables en la misma medida que en los países centrales puesto que la magnitud y naturaleza de algunos fenómenos es tan evidente que la distorsión encubridora de algunos discursos no necesita mayores esfuerzos” (Zaffaroni, 1988, 4; 1989; 16). “En ninguna ciencia se pretende mostrar lo evidente” (Zaffaroni, 1988, 18) y muchas de las características de la cuestión criminal en América Latina, son tan “evidentes” que “solo un autista puede negarlas” (Zaffaroni, 1988, 18).

Pero la mayor dificultad es la “escasez de instrumentos teóricos adecuados” (Zaffaroni, 1988, p. 4). La ausencia de “élites de pensamiento pagadas” constituye la causa de obstáculo. De allí que: “Desde el punto de vista del nivel de elaboración y de la completividad lógica de las respuestas centrales, nuestras respuestas marginales aparecerán siempre como defectuosas. Prácticamente resulta titánica la tentativa de crear algo semejante a un marco teórico que nos permita acercarnos a nuestra realidad; dependemos de marcos teóricos centrales y de sus elementos.

Esto nos impone valernos de esos elementos, seleccionándolos y combinándolos conforme a algún criterio que, en nuestro caso, nos permita “ver” los componentes teóricos necesarios o útiles (Zaffaroni, 1989, p. 165-6). Esta premisa selectiva, es lo que Zaffaroni llama el “realismo marginal” es lo que hace que se obtenga una “referencia teórica sincrética”, “lo que no nos preocupa porque creemos, justamente, que es lo inevitable y lo deseable en cualquier tentativa teórica que pretenda ser realista y llevarse a cabo desde nuestro margen” (1989, p. 166).

No nos interesa aquí discutir el “realismo criminológico marginal”, su lectura de la “teoría de la dependencia”, sus presupuestos de “antropología filosófica”, el lenguaje que articula —“genocidio en acto”, “usinas ideológicas”, “policización”, “clínica de la vulnerabilidad”, etc.— ni intentar determinar su grado de originalidad aun cuando creemos que dado el impacto que ha tenido —sobre todo en Argentina— son tareas a realizar en el marco de una historia del presente de la criminología en la región. Simplemente nos interesaba remarcar, como el planteo de este autor argentino articula una cierta reflexión con respecto a los nuevos viajes culturales y a la criminología crítica latinoamericana.

Para Zaffaroni una “criminología latinoamericana” no puede construirse a partir de los artefactos culturales importados. Parece asumirse, aunque en otros términos, la metamorfosis de los vocabularios criminológicos como algo inevitable en el viaje cultural, pero al mismo tiempo deseable. En Zaffaroni la metamorfosis implicada en las traducciones criminológicas —viejas o nuevas— se transforma en un programa: el intelectual latinoamericano, frente a la “escasez de instrumentos teóricos adecuados” debe importar, seleccionar y combinar elementos generados en otros horizontes culturales produciendo un “referencia teórica sincrética”.

Pero esa tarea de selección y combinación debe partir del reconocimiento de la originalidad del contexto latinoamericano. Resulta llamativa, sin embargo, la forma en que se concibe esa originalidad contextual —la “concentración histórica de la marginalidad planetaria por el poder mundial”, la “sincretización cultural”, etc.— y sobre todo la individualización de la fuente de criterios a partir de la cual se debe operar la selección y la combinación de los elementos importados —los “saberes no-oficiales”, “populares”, que se plantean las “preguntas antropológicas fundamentales”, etc.—

En general, la producción criminológica de Zaffaroni de fines de los 80 comparte, más allá de sus innovaciones, los rasgos característicos de la criminología crítica latinoamericana producto —cuanto menos en parte— de los viajes culturales desde el contexto italiano, que individualizamos anteriormente. Sin embargo, lo que resulta más claro en esta reflexión sobre la relación entre producciones culturales generadas en geografías diversas, es el desencuentro con el momento empírico. La originalidad de los contextos locales y la determinación de criterios para la importación cultural no es registrada y gestionada a nivel de la exploración empírica de sus características, sino que es construida a partir de una visión de “antropología filosófica”.

Aún más, Zaffaroni hace explícito —adquiriendo un nivel programático— esta escasa preocupación por el “momento empírico” en función de la pretendida autoevidencia de los fenómenos latinoamericanos con respecto a aquellos que se producen en los países centrales.

Estas características de la criminología crítica en América Latina que genéricamente hemos individualizado como nacidas de los nuevos viajes culturales, en las complejas metamorfosis que significaron con respecto a lenguajes producidos en otros contextos culturales —especialmente, en Italia— y que se ven ratificadas aun en aquellas producciones culturales locales que evidencian un mayor grado de inventiva teórica y política, son las que, a nuestro juicio, justifican una evaluación muy crítica de la realización durante los años 70 y los 80 de la promesa medular de la construcción de esta nueva forma de hacer criminología como una “criminología latinoamericana”.

En sentido, vale la pena recordar el planteamiento a mediados de los 80 del colombiano Emiro Sandoval Huertas, quien señalaba que, sin duda, existía en “su” actualidad una “criminología crítica en América Latina”, lo que no quería decir que existiera una “criminología crítica latinoamericana” entendida como “una sociología crítica de los sistemas penales de nuestro continente, que tome en consideración las peculiaridades de los países agrupados bajo el nombre de América Latina” (Sandoval Huertas, 1985, p. 7).

4. Expertos reconstruidos. Los criminólogos críticos locales y el nacimiento del “garantismo penal” en América Latina

Para los juristas latinoamericanos comprometidos en la construcción de la criminología crítica, esta empresa implicó saltar la cerca e ir a jugar en el “jardín de al lado” —para usar la metáfora de Aniyar (1986b)—, pero lo que estaba al lado no era un jardín (Novoa, 1986) sino un inmenso territorio inexplorado y en cierta medida inconmensurable, como las producciones en permanente ebullición de la teoría social y política. Una de las formas de comprender el nacimiento de la criminología crítica, sobre todo en nuestra región, es en términos de una apertura de los saberes de la cuestión criminal a los debates más generales de las ciencias sociales.

Los juristas se sintieron en cierta medida desorientados ante la sensación de inmensidad que nacía de la imposibilidad de observar confines que cada vez se hacían menos aprehensibles. Además de los estilos de pensamiento sobre los que asentaron sus propias producciones intelectuales que así lo reclamaban, esta es una de las razones por las que apostaron a la construcción y defensa de una gran narrativa. Frente a las contingencias, fragmentaciones y complejidades crecientes del mundo social, cristalizaron ciertos argumentos heredados de otros contextos culturales muchas veces empobreciéndolos en un único marco de referencia.

Para ello renunciaron al “encuentro con el momento empírico”. terreno de certezas fue ilusoriamente, entonces sí, un “jardín”. Sin embargo, ya a fines de los ochenta y en función de las propias contradicciones que albergaba en su interior, que explotaban en la heterogeneidad creciente de los vocabularios criminológicos críticos en otros contextos culturales (Pitch, 1989, 1992; Sagarduy-Zaitch, 1992; Cohen, 1994; van Swaaningen, 1997; Lippens, 1995), los criminólogos críticos latinoamericanos comenzaron a padecer una cierta desestructuración de esta unidad de referencia.

Desde mediados de los 80 en el contexto italiano (Pavarini, 1985; Ferrajoli, 1986; Baratta, 1987) y sobre todo desde la publicación de “Diritto e ragione. Teoría del garantismo penale” de Luigi Ferrajoli (1989), se observa la emergencia de una construcción teórica en el campo de la filosofía del derecho penal que sistematiza un juego de respuestas “de izquierda” a las preguntas ético-políticas sobre la cuestión criminal que como dijimos tenían un rol central en la criminología crítica de allá y de acá, el plano del “deber ser”. Además, esta filosofía del derecho penal, se articula con una teoría del derecho penal, en tanto exploración del deber ser de esta rama del derecho al interior del sistema jurídico teniendo en cuenta el programa constitucional (Ferrajoli, 1985, 1988, 1998).

El “garantismo penal” —para una radiografía inicial, ver Sagarduy-Zaitch, 1992— se presentó como una posible derivación lógica de la aventura intelectual y política de la criminología crítica italiana. Se planteaba a sí mismo en continuidad con la tradición de crítica del derecho que había recubierto en buena medida la combinación intelectual llamada criminología crítica en ese contexto cultural.

Desde fines de los 80 en adelante para muchos criminólogos críticos latinoamericanos pasará a ser el foco de las operaciones de traducción, en continuidad con el vínculo cultural que había unido a ambos ambientes desde fines de los 70 —sobre esta importación cultural (Ferrajoli, 1998, p. 107)—. Las traducciones del garantismo penal en los países latinoamericanos, se plegaron a los intentos que ya se venían desarrollando en el ámbito del denominado “derecho penal crítico” (Zaffaroni, 1989, pp. 185-188) y posibilitaron a algunos de estos intelectuales, sobre todo a los que habían mantenido una identidad ambivalente de “penalistas-criminólogos” o “criminólogos-penalistas” regresar a la “gran casa”, la “que cuenta, la que es seria”, diría Pavarini (1996, p. 13) del derecho penal, con la conciencia más o menos tranquila.

El garantismo penal promovía la reconstrucción de la identidad de estos criminólogos críticos locales. Muchos de ellos habían mantenido una cierta ambigüedad con respecto a su carácter de juristas, de penalistas. El garantismo penal permitía redescubrir carácter de “expertos”, “autoridades” en el campo del derecho penal y su jurisdicción en sentido en tanto “legisladores” (Bauman, 1997), como bien señala recientemente Pavarini, la “lógica recurrente de vuelta al redil” que sigue a todas las crisis: “Tarde o temprano los penalistas acabarán por hacer lo que saben hacer; es decir hacer de juristas” (Pavarini, en prensa).

El garantismo penal implica una actividad de crítica externa, desde la filosofía ético-política o interna, desde la teoría jurídica de los sistemas penales existentes (Ferrajoli, 1986; 1989; 1998). Para Ferrajoli, ello implica diferenciar la propia actividad de una “sociología jurídico-penal”, como implicación de la asunción como principio cardinal de la ley de Hume: “no se pueden derivar lógicamente conclusiones prescriptivas o morales de premisas asertivas o fácticas, ni viceversa” (1989, p. 227), aunque este presupuesto no es compartido por otros autores italianos que sostienen posiciones filosóficas y ético-políticas garantistas (Baratta, 1987, 1998; Pitch, 1989).

Mas allá de esta discusión —absolutamente trascendente—, para muchos criminólogos críticos latinoamericanos la adopción del garantismo penal fue —y es— una forma de dar nombre a la actividad intelectual que ya venían desarrollando en el marco de lo que consideraban la criminología crítica. El garantismo penal además era —y es— una forma de recuperar las certezas que empezaban a tambalearse con el multiplicarse de “criminologías críticas” que evidenciaba el desmoronamiento de los preexistentes basamentos comunes de la gran narrativa.

El garantismo penal ofrecía —y ofrece— una construcción discursiva unitaria, que bien podía —y puede— articularse como reemplazo de la unidad de referencia de la nueva criminología. Al mismo tiempo, permitía —y permite— seguir manteniendo vivas las temáticas del compromiso político del intelectual dedicado a la cuestión criminal, del deber ser de su propia práctica intelectual y de la política criminal como campos del propio debate y, sobre todo, perpetuar y consagrar, pero justificadamente, aferrándose a la reconstrucción de la propia jurisdicción, el “desencuentro con el momento empírico”. Al mismo tiempo, permite ser “relevantes” políticamente, reclamando una conexión, un vínculo sin solución de continuidad con las posiciones críticas del pasado reciente.

No podemos detenernos aquí en el proyecto o programa que implica el “garantismo penal” en tanto conjunto de propuestas de “deber ser” sobre la política criminal y en las potenciales dudas e insatisfacciones que puede generar, más allá de su loable objetivo global de la minimización de los sistemas penales contemporáneos (véase, en cambio, Melossi, 1996; Pavarini, 1998).

Pero en tanto programa o proyecto acerca del deber ser del intelectual crítico que se ocupa de la cuestión criminal y de sus prácticas intelectuales es claro que supone una cierta “redención” de algunos de los estilos de pensamiento contenidos en la criminología crítica en América Latina durante los años 70 y los 80, ahora “validados” por la opción que representa de rígida separación de una mirada sociológica sobre el derecho penal, en tanto filosofía y teoría del derecho penal, que tal vez es una de las razones de su difusión local contemporánea: el “desencuentro con el momento empírico” y la construcción de una “gran narrativa”.

En cierto sentido, es la vía inversa la que pensamos que resulta imperioso recorrer para la reconstrucción de un saber crítico sobre la cuestión criminal en América Latina. Se trata de recrear la apertura a la teoría social que significó originariamente la criminología crítica en nuestra región, evitando la cristalización de argumentos y la regeneración de monismos explicativos (Nelken, 1994a, p. 7).

En esta dirección, resulta indispensable la necesidad de encontrarse con el momento empírico, generando lenguajes de “mediano alcance”, a partir de descripciones analíticas en profundidad de la cuestión criminal en el marco de la heterogeneidad y fragmentación del mundo social. En todo caso, sobre estas bases debe asentarse una discusión realista acerca del deber ser de las formas de gobierno de la cuestión criminal en nuestros propios contextos culturales.

En esta empresa las traducciones criminológicas tienen y tendrán un rol inevitablemente. Pero los vocabularios criminológicos traducidos son y serán probablemente otros, comprometidos “allá” con el desarrollo de prácticas de investigación y con los debates contemporáneos de la teoría social. Por su parte, estos lenguajes deben y deberán ser metamorfoseados “conscientemente” a partir del escrutinio detallado y paciente del momento empírico y de la movilización de la inventiva política y teórica, pero anclada en esa práctica de investigación.

Solo así la empresa de la traducción criminológica cobrará un sentido nuevo para la reconstrucción de un saber crítico sobre la cuestión criminal en América Latina, pues de esta forma se abrirá realmente la posibilidad de un diálogo, una conversación cultural entre el acá y el allá, para la generación de una forma de conocer/intervenir que no pierda el anclaje en la opción por los más débiles pero que al mismo tiempo posea la capacidad de interpretar la complejidad social local(47).

Conclusión

Hace casi veinte años Stanley Cohen (1982) escribió un artículo en el cual se refería a la exportación de modelos de control del delito desde los países centrales a los países del tercer mundo. Aisló en ese texto, dos modelos que interpretaban fenómeno de la exportación e importación de tecnologías de gobierno de la cuestión criminal: la transferencia benigna y el colonialismo maligno. Nuestro tema en artículo se encuentra de alguna manera ubicado dentro del objeto de su argumentación, pues hemos presentado a la criminología en tanto “ciencia política”, indisolublemente ligada a racionalidades, programas y tecnologías gubernamentales.

Ambos modelos delimitados por Cohen se construían a partir de una combinación de una forma de concebir el control del delito y una forma de pensar la naturaleza del subdesarrollo (Cohen, 1982, p. 90). De acuerdo al “colonialismo maligno”, el colonialismo y neocolonialismo nacidos de la mundialización de la relaciones capitalistas de producción, la dependencia económica de los países periféricos con respecto a los países centrales, se traducía en colonialismo y neocolonialismo cultural, que en nuestro campo de saber, significaba la “reproducción mimética de las criminologías occidentales” (Cohen, 1982, p. 102).

No en vano dentro de los ejemplos del colonialismo maligno que utilizaba, Cohen citaba a los “criminólogos radicales contemporáneos” y en particular dos textos: Del Olmo (1975) y Riera (1979) en parte, creo, por haber sido de los pocos de esta tradición publicados en inglés antes de 1982.

Este tipo de argumentación está en la base, como decíamos a lo largo de trabajo, de todas las lecturas producidas por los criminólogos críticos latinoamericanos sobre la historia de la criminología en la región, con excepción, claro está, de la consideración de su propia empresa intelectual aun cuando también algunos de estos intelectuales, autocríticamente, la extendían a la propia tradición crítica, como vimos en el caso Del Olmo o Marroquín Grillo-Camacho Flores.

Aun los autores más heterodoxos, que evitaban un compromiso marxista demasiado fuerte en su propia producción intelectual, partían de esta base común, como Zaffaroni, quien, aún más, la convertía en el eje central de su mirada y de su propuesta conocida como el “realismo criminológico marginal”. Como señalaba Cohen, en el “colonialismo maligno” “la importancia de las ideas y las intenciones frecuentemente es obscurecida” (1982, p. 102).

Esta argumentación generaba un vínculo automático y simple entre procesos económicos y culturales, hacía de la cultura una variable dependiente, aun cuando se intentará, en las versiones más agudas, complejizar esa dependencia.

Sentimos una cierta incomodidad frente a tipo de aproximación y a lo largo de trabajo, en la exploración particular del rol de la traducción como tecnología intelectual, hemos tratado de mostrar los elementos que generaban dicha sensación. Rechazar el “colonialismo maligno” no implica para nosotros replegarse sobre el modelo de la “transferencia benigna”, infinitamente menos proponible aún. Supone sí, más bien, tratar de instalar una vía diferente, que en nuestro caso no es tanto la esperanza de construir un “modelo” que es un poco la intención, más bien política que heurística, de Cohen en la construcción del modelo del “daño paradójico” (Cohen, 1982, pp. 103 y ss.).

Pretendimos a lo largo de trabajo, transformar a la “dependencia cultural” en un fenómeno complejo solo mediata y no necesariamente ligado a la dependencia económica, reconociendo la esfera de los intelectuales, los expertos, las autoridades y sus prácticas discursivas como el terreno apropiado para la reconstrucción de los canales que ligan las producciones culturales de allá y de acá.

En esta esfera observamos como la traducción —tanto en un sentido estricto como en un sentido amplio— en tanto tecnología intelectual ha funcionado en dos momentos de la historia de la criminología: el nacimiento y desarrollo de la criminología positivista en la Argentina y en América Latina a fines del siglo XIX y principios del siglo XX y el nacimiento y desarrollo de la criminología crítica desde los años 70 a nuestro días. Pasado y presente unidos por la constante de la traducción criminológica, una tecnología que no produce la traslación de los vocabularios criminológicos —entendido en un sentido amplio, abarcando elementos de racionalidades, programas, tecnologías gubernamentales— sino su metamorfosis.

Una tecnología puesta en funcionamiento por los intelectuales de acá para “autorizarse”, para hacerse expertos en la cuestión criminal en el pasado y en el presente, “rechazando”, “adoptando” o “complementando” las prestigiosas producciones culturales extranjeras. Una tecnología que media entre el lenguaje importado culturalmente y los plurales problemas de los contextos locales, generando a través de la inventiva política y teórica de los intelectuales latinoamericanos, artefactos culturales acá que eran a la vez otros y los mismos que los de allá —como el Zeus-buey de Castel—.

La traducción no ha excluido ni excluye la creatividad, la innovación sino que en cierta medida han estado y están viabilizadas por ella, aun cuando la gama de opciones no sean infinitas si se pretende mantener una cierta identidad —la criminología positivista, la criminología crítica— entre los contextos culturales ligados a través de esta tecnología intelectual. Pero tampoco ha excluido ni excluye la mera repetición, la imitación, la mimesis.

A través del largo recorrido de la descripción analítica de los textos del pasado y del presente intentamos restituir estas complejidades e inaugurar una vía de mediano alcance que debe desarrollarse en diferentes direcciones en el futuro, pero siempre indagando mas profundamente en las prácticas discursivas de los intelectuales, los expertos, las autoridades en momentos y lugares concretos, allá y acá.

Como un subproducto —no por ello menos importante— de esta exploración sobre el papel de las traducciones criminológicas hemos esbozado una reflexión crítica sobre el desarrollo de la criminología crítica en América Latina desde los años 70, con respecto específicamente a su promesa de hacerse “latinoamericana”, individualizando en el desencuentro con el momento empírico una de las razones centrales —junto con otras como la pretensión de la “gran narrativa”— de su incumplimiento.

Al mismo tiempo, hemos señalado que la necesidad de ese encuentro es una de las claves principales de la posibilidad de la reconstrucción de un saber crítico sobre la cuestión criminal en la región, que eluda el confinamiento que determinadas versiones de garantismo penal generan en el ámbito de la filosofía del derecho y la teoría jurídica y recupere la apertura hacia los debates más generales de la teoría social, haciendo que las traducciones criminológicas del presente y el futuro se produzcan entonces sí en el marco de un diálogo, una conversación cultural.

Por último, a través de este trabajo pretendimos contribuir a poner en evidencia la especificidad de los contextos culturales y de esta forma colaborar en el repensar la cuestión de la comparación en campo de saber, en caso mirando su propia historia. Como bien ha señalado recientemente Melossi: “Si por un lado, podemos observar conceptualizaciones sobre cómo organizar el mundo emergiendo más o menos al mismo tiempo en partes del mundo muy diferentes y muy distantes. Por otro lado, el uso de palabras idénticas frecuentemente oscurece el grado en el cual ellas están radicadas/enraizadas en las diferentes historias de los distintos lugares, así como la forma en que son articuladas a través de discursos cuanto menos parcialmente diferentes” (Melossi, en prensa).

Más allá de las traducciones/importaciones culturales, la construcción de racionalidades, programas y tecnologías de gobierno de la cuestión criminal fueron y son siempre e irreductiblemente locales pues estaban y están radicados o enraizados en el propio contexto histórico y cultural (Melossi, 1997, 2000, 2001; Karstedt, 2001). Esto no implica necesariamente afirmar que la tarea de la comparación entre diversos contextos culturales sea imposible, como parecería ser la consecuencia directa de un relativismo epistemológico radical (Beirne,1983, 381).

Pero sí supone reconocer las múltiples particularidades de la criminología positivista o crítica en la Argentina en comparación con Italia, pues estas formas de hacer criminología adquirieron sentidos diversos en los distintos “milleu” culturales e históricos, aun cuando ambas se adjetiven de la misma manera, acá y allá, “positivista” y “crítica”. La genealogía de la criminología —de las racionalidades, programas, tecnologías de gobierno de la cuestión criminal, de la misma cuestión criminal— no puede sino ser local (Melossi, 1997; Geertz, 1994).

Solo a partir de la “descripción densa” (Geertz, 2000) de las especificidades en los diversos contextos locales se puede comenzar a construir herramientas comparativas entre ellos. Solo a partir de ese encuentro intenso con el “momento empírico” —en nuestro caso los textos de los criminólogos— es posible pensar en lo “convergente” o aún más, actualmente, lo “globalizante” (Sparks, 2001, p. 170; Karstedt, 2001).

Como bien ha sintetizado Nelken: “En lugar de enfrentar una elección entre producir leyes generales o interpretaciones específicas estamos de hecho constreñidos a ofrecer perspectivas específicas de una problemática implícitamente generalizable” (Nelken, 1994b, p. 226). En fin, esto implica como plantea Geertz asumir una posición poco cómoda y a veces no del todo coherente, pero al mismo tiempo la “única que puede defenderse con eficacia”; “Las diferencias han alcanzado una mayor profundidad de la que un humanismo fácil del tipo “los hombres son los hombres” permite ver y las similitudes son demasiado sustanciales para que las disuelva un relativismo fácil del tipo “otros salvajes”, otras costumbres” (Geertz, 1994, p. 57).

Bibliografía

AA. VV. Abolicionismo penal. Editorial Ediar, Buenos Aires: 1987.

Aniyar de Castro, Lola. Criminología de la reacción social. Instituto de Criminología. Universidad del Zulia, Maracaibo: 1977.

Aniyar de Castro, Lola. La historia aun no contada de la criminología latinoamericana. En: Capítulo Criminológico, 9-10, Maracaibo: 1981-82a, pp. 7-22.

Aniyar de Castro, Lola: “Conocimiento y orden social: criminología como legitimación y criminología de la liberación”. En: Capítulo Criminológico, 9-10, Maracaibo, 1981-82b, pp. 39-65.

Aniyar de Castro, Lola. La realidad contra los mitos. Reflexiones críticas en criminología. Universidad del Zulia, Maracaibo: 1982.

Aniyar de Castro, Lola. El movimiento de la teoría criminológica y evaluación de su estado actual”.En: Anuario de derecho penal y ciencias penales. Madrid: 1983.

Aniyar de Castro, Lola. L`educazione come forma di controllo sociale. En: Dei Delitti e delle Pene. N°1, 1985, pp. 131-148.

Aniyar de Castro, Lola. Orígenes, fundamentos, aportes y límites de desarrollo futuro de una criminología de la liberación en América Latina como aporte a la teoría crítica del control social. En: AA.VV. Hacia una teoría crítica del control social. Universidad del Zulia, Instituto de Criminología, Maracaibo: 1986, pp. 1-24.

Aniyar de Castro, Lola. El jardín de al lado, o respondiendo a Novoa Monreal sobre la criminología crítica. En: Doctrina Penal, N° 33-34, 1986b, pp. 305-313.

Aniyar de Castro, Lola. Orígenes, fundamentos, aportes y límites de desarrollo futuro de una criminología de la liberación en América Latina. En: Poder y Control, 1987a, 1, pp. 121-140.

Aniyar de Castro, Lola. Criminología de la liberación. Universidad del Zulia, Maracaibo: 1987b.

Aniyar de Castro, Lola. La política criminal y la nueva criminología en América Latina. En: Aniyar de Castro, Lola (ed.). Criminología en América Latina, Unicri, Roma: 1990, pp. 9-37.

Aniyar de Castro, Lola. Democracia y justicia penal. Ediciones del Congreso de la República, Caracas: 1992.

Aniyar de Castro, Lola. El triunfo de Lewis Carol. La nueva criminología latinoamericana en el siglo que termina. En: Elbert, Carlos (coord.). La criminología del siglo XXI en América Latina. Rubiznal-Culzoni Editores, Buenos Aires: 1999, pp. 159-191.

Areco, H.P. Enrique Ferri y el positivismo penal. En: Archivos de Psiquiatría y criminología, año VII, 1908, pp. 397-437.

Ballvè, Antonio. Carta a Guglielmo Ferrero. En: AA.VV. La Penitenciaría Nacional de Buenos Aires juzgada en el extranjero. Talleres Graficos de la Penitenciaria Nacional, Buenos Aires: 1908, pp. 21-24.

Baratta, Alessandro. Criminologia crítica e crítica del diritto penale. Il Mulino, Bologna: 1982.

Baratta, Alessandro. Principios del derecho penal mínimo (para una teoría de los derechos humanos como límite y objeto de la ley penal). En: Doctrina Penal, Bs.As. Año 10, 1987, Nº 37-40, pp. 623-650.

Baratta, Alessandro. Cosa è la criminologia critica? En: Dei Delitti e delle Pene. Año I, N°1, 1991, pp. 53-81.

Baratta, Alessandro. La politica criminales e il diritto penale della costituzione. Nuove riflessioni sul modello integrato delle scienze penali. En: Dei Delitti e delle Pene. 3, 1998, pp. 5-36.

Bauman, Zygmut. Legisladores e intérpretes. Sobre la modernidad, la posmodernidad y los intelectuales. Universidad Nacional de Quilmes, Bernal, 1997.

Beirne, Piers. Cultural relativism and comparative criminology. En: Contemporary Crises. 7, 1983, pp. 371-391.

Benjamin, Walter. Il compito del traduttore. En: Angelus Novus. Saggi e Frammenti. Einaudi, 1995, pp. 39-52.

Bergalli, Roberto. Hacía una criminología de la liberación para América Latina. En: Bergalli, Roberto. Crítica a la criminología. Temis, Bogotá: 1982a, pp. 267-278.

Bergalli, Roberto. La cuestión criminal en América Latina (origen y empleo de la criminología). En: Bergalli, Roberto. Crítica a la Criminología. Temis, Bogotá: 1982b, pp. 279-298.

Bergalli, Roberto. Crítica a la Criminología. Temis, Bogotá: 1982c.

Bergalli, Roberto. El pensamiento crítico y la criminología. En: Roberto Bergalli et al. El pensamiento criminólogico. Temis, Bogotá: 1983a, pp. 181-208.

Bergalli, Roberto. Criminología: propuestas críticas concretas. En: Roberto Bergalli et al. El pensamiento criminológico. Temis, Bogotá: 1983b, pp. 209-252.

Bergalli, Roberto. Epílogo y reflexiones —de un argentino— sobre el control social en América Latina. En: Massimo Pavarini. Control y dominación. Siglo XXI, Mexico DF: 1983c, pp. 197-223.

Bergalli, Roberto. Diez últimos años de criminología en Argentina: la epistemología del terror. En: Revista de la Facultad de Derecho – Universidad Complutense. N° 69, Madrid: 1983d, pp. 163-185.

Bergalli, Roberto. Control y liberación en América Latina. En: Poder y Control. 1987a, pp. 101-106.

Bergalli, Roberto. Una intervención equidistante pero a favor de la sociología del control penal. En: Doctrina Penal, N° 36, 1987b, pp. 777-785.

Bergalli, Roberto. Il dibattito della criminologia critica e la realtà dei sistemi penali in Spagna e America Latina. En: Dei Delitti e Delle Pene. N° 3, 1994, pp.151-156.

Birbeck, Christopher. La criminología comparada y las perspectivas para el desarrollo de una teoría latinoamericana. En: Revista Cenipec. N° 8, Mérida: 1983.

Bravo Dávila, Luis. A propósito del debate crítico. Anexando ingredientes tradicionales. En: Doctrina Penal. Año 10, N° 37. Depalma, Buenos Aires: 1987, pp. 540-555.

Carranza, Elías y otros. El Preso sin condena en América Latina y el Caribe. Ilanud, San José: 1983.

Castel, Robert. El orden psiquiátrico. Las Ediciones de la Piqueta, Madrid: 1980.

Castel, Robert. Problematization as a way of reading history. En: Jan Goldstein (ed). Foucault and the Writing of History.Cambridge University Press, Cambridge: 1994, pp. 237-252.

Caimari, Lila. Que la revolución llegue a las cárceles. El castigo en la Argentina de la justicia social (1946-1955). En: Entrepasados, Año XVI, N° 22, pp. 27-48.

Christie, Nils. Los límites del dolor FCE. México D.F.: 1984.

Cohen, Stanley. Wrn crime control models in the third world: benign of malignant? En: Research in Law, Deviance and Social Control. Vol. 4, pp. 85-119.

Cohen, Stanley. Escepticismo intelectual y compromiso intelectual: la criminología radical. En: Delito y Sociedad, N° 4-5, 1994, pp. 3-31.

Dean, Mitchell. Putting the technological into government. En: History of the Human Sciences. Volumen 9, N° 3, 1996, pp. 47-68.

Del Olmo, Rosa. Limitations for the prevention of violence. The Latin American reality and its criminological theory. En: Crime and social justice. 1975, pp. 21-29.

Del Olmo, Rosa. Sobre una criminología propia de América Latina (1976). En: Del Olmo, Rosa. Segunda ruptura criminológica. Universidad Central de Venezuela, Caracas: 1990, pp. 13-26.

Del Olmo, Rosa. América Latina y su criminología. Siglo XXI, México: 1981.

Del Olmo, Rosa. Un reencuentro con América Latina y su criminología. (1985). En: Del Olmo, Rosa. Segunda ruptura criminológica. Universidad Central de Venezuela, Caracas: 1990, pp. 101-140.